El conocimiento secreto

José Luis Espejo

Fragmento

Creditos

1.ª edición: febrero, 2013

© José Luis Espejo, 2009

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 4971.2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-179-8

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

Introducción

1

2

3

4

5

6

7

8

Consideraciones finales

Bibliografía

Filmografía

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Prólogo

¿Alguna vez ha oído hablar del saber oculto? ¿Se ha interesado por el misterioso mundo del conocimiento secreto? Este libro no pretende convertirle, sin más, en un iniciado.

El conocimiento secreto es un compendio de ideas que circulan —de forma libre y abierta— por el circuito intelectual de las sociedades modernas. Entran dentro de la categoría de lo esotérico, lo mágico y lo mitológico. Multitud de obras de literatura y ensayo incorporan estos contenidos, a veces de forma velada1 y en ocasiones de forma explícita.2

El iniciado expresa sus ideas a través de la pintura (es el caso de Leonardo), de la poesía (Cocteau), de la novela (Chesterton, Verne), del cine (George Lucas, Cocteau), de la arquitectura (Gaudí), de la música (Mozart, Satie), etc... El iniciado es un gran emprendedor, que encontramos detrás de la alta ciencia y del desarrollo de egregias sociedades científicas (Newton y la Royal Society), de los grandes descubrimientos geográficos (Colón, Aldrin), de la fundación de organizaciones internacionales (Naciones Unidas, Comunidad Europea), etc.

El iniciado no se limita a ejercer como mejor le parece su rol social en la sociedad. Todos los grandes iniciados han dejado su «impronta» en sus obras: Leonardo en La Gioconda, Cocteau en El testamento de Orfeo, Gaudí en la Sagrada Familia... Es posible que esa «exteriorización» de su militancia esotérica sea una forma de «comunicar» algo a sus semejantes. Ello es todavía más evidente en el cine moderno, en el que dentro de unas tramas insustanciales, si no pueriles, se ocultan mensajes subliminales que sólo los iniciados pueden desentrañar.

En esta obra he resumido y catalogado los arcanos más importantes que supuestamente comparten los iniciados. He permitido que sean los propios autores —y adeptos— los que hablen por sí mismos. De ahí la profusión de citas textuales. Con ello pretendo que este libro sea una obra de referencia —una guía— sobre esta materia tan enmarañada y confusa, tan repleta de lecturas contradictorias y, demasiadas veces, simplistas e interesadas. Tal vez así el lector pueda alcanzar su propia «iluminación», entendida ésta como confirmación o negación de sus propias intuiciones y/o prejuicios.

Es cierto que no todas las sociedades iniciáticas se parecen: las hay abiertas y cerradas; benévolas y malignas; serias e informales. No es lo mismo la masonería (y dentro de ésta hay categorías) que una entidad New Age. Pero, ¿cómo negar que tanto unas como otras comparten un mismo sustrato de ideas? Dentro del mundo iniciático hay tantas sectas, escuelas, obediencias y ritos como dentro de la doctrina llamada «cristiana», que abraza desde el gnosticismo cátaro (y otras herejías) hasta el catolicismo romano.

No podemos obviar que vivimos en una época mítica. El Mito —con mayúsculas— no murió con la hegemonía del racionalismo y del cientifismo, a principios del siglo xix. Más bien al contrario, se ha fortalecido y se ha transformado. Desde mediados del siglo xx, se ha ido consolidando una doctrina esotérica derivada de las corrientes subterráneas del pensamiento heterodoxo de tipo gnóstico, que a inicios del siglo xxi domina buena parte de las facetas de lo numinoso y lo religioso, en el campo de las creencias, del pensamiento, del arte, y de las formas de vivir. Me refiero, claro está, al movimiento New Age.

Esto es así porque la tecnología y la ciencia, por sí solas, son incapaces de reprimir aquella parte de nuestro ser que se ha venido en llamar «búsqueda de la trascendencia». Si acaso la han transformado; la han «vulgarizado». La significación de los mitos y de los símbolos se ha convertido en objeto de curiosidad y análisis por parte del gran público. De ahí la pertinencia y la necesidad de la presente obra.

Buena parte de las doctrinas y las ideas que subyacen en las sociedades iniciáticas pretenden fundamentar determinadas posiciones que acaban colisionando con los intereses de millones de personas. Es obligado leer entre líneas en algunos pasajes, puesto que no es posible entrar a fondo en cada uno de sus flecos. El lector debe, en alguna medida, «completar» con su propia reflexión diversas cuestiones que aquí han quedado meramente apuntadas. A veces, le costará creer que ciertas tesis que aparecen en esta obra puedan ser defendidas por personas instruidas e inteligentes. Casi todas inspiran la doctrina de las sociedades iniciáticas más conocidas. Los «amos del mundo» se interesan por materias que están a años luz de las creencias o las preocupaciones de los ciudadanos comunes.

Se puede hablar incluso de dos sociedades: la sociedad iniciática y la sociedad civil. Existe una Iglesia iniciática, y una Iglesia civil; una masonería iniciática, y una masonería civil; una New Age iniciática, y una New Age civil. Esta dualidad prefigura un profundo abismo entre los poderosos y los débiles. Los primeros saben, ordenan y manipulan. Los segundos ignoran, obedecen y callan.

Conocer es poder. No importa que lo conocido sea poco menos que basura. Sólo los que tienen acceso al «código secreto» entran dentro de la categoría de los elegidos. Así pues, el conocimiento secreto no es sólo una doctrina: es una contraseña, un password, para acceder al núcleo central del Poder.

El conocimiento secreto es mucho más que un liviano pasatiempo de los poderosos. Es, fundamentalmente, la tapadera de su sed de dominio.

1 Es el caso de los clásicos, como Dante, Rabelais, Goethe o Swift.

2 Son legión los eruditos que, como Guénon, Evola, Bergier o Robin, aluden sin tapujos a estos arcanos.

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Introducción

«El ser humano ha sido instruido por fuerzas superiores para poblar la Tierra y dar nombre a las bestias y a las cosas. Sean dioses o manes, estas fuerzas ocultas sólo revelan su secreto a los elegidos. La espiritualidad forma parte intrínseca del devenir humano: bien de forma explícita, bien soterrada. El rito es la puesta de largo, ante las masas, del mito hecho axioma. La religión nos une —nos liga— a la parte más excelsa de nuestro ser. El esoterismo, aquello que está oculto por el velo de Isis, es fruta prohibida para los profanos, y alimento exquisito para los iniciados. Nuestro cuerpo es sólo una mota de polvo que se lleva el viento. Nuestra alma es un rayo de luz que hiende las tinieblas.»

Así hablaría una persona muy pagada de sí misma, un narcisista intelectual. En tiempos antiguos, los amos y señores consideraban que determinados seres humanos «nacían» esclavos, dado su estado de ignorancia, servilismo y brutalidad; sin reparar en el hecho de que estas carencias humanas tenían mucho que ver con su condición de esclavos. Del mismo modo, ciertas personas, por el mero hecho de formar parte de una elite, por nacimiento o por adopción, consideran gratuitamente que su posición social les hace merecedores del honor de pertenecer al restringido grupo social de los «elegidos», aquellos que salvaguardan el gran tesoro de sabiduría. Los que no forman parte de este selecto grupo no son dignos de ser iluminados por la verdad oculta, aquella que se esconde tras el velo de Isis.

Sea porque dicha verdad puede provocar más mal que bien en el adepto, o porque el arcano esconde un secreto terrible que podría causar un gran daño a la Humanidad, los iniciados se han guardado mucho de airear de forma explícita las bases de su doctrina, con el fin no declarado de apartarla de la torva mirada de la plebe.

Este —en principio— honorable propósito oculta un terrible peligro, que trataremos de expresar con una paradoja: si el vigilante vigila el tesoro, ¿quién vigila al vigilante? En ciertos pasajes míticos era el dragón, con absoluta devoción al deber y ecuanimidad en su proceder, el que ejercía el papel. Pero en la realidad terrena, ¿quién nos asegura que ese terrible secreto está en buenas manos?

A lo largo de esta obra comprobaremos que detrás de la Historia oficial se esconde un desarrollo muy diferente de los acontecimientos, una Historia oculta que, según algunos amigos de las conspiraciones, explicaría la «causa última» de gloriosos u ominosos acontecimientos del pasado: revoluciones, guerras, progresos o regresiones... De acuerdo con esta teoría, existiría una «mano invisible» que, de forma encubierta, habría movido los hilos de todos estos eventos. Superiores desconocidos, reyes del mundo, sinarquías o pandits, soplarían ideas extravagantes en la oreja de unos cuantos prohombres de gran poder —o de pocos escrúpulos—, para impulsarlos a hacer cosas que, en circunstancias normales, ni a un loco se le habrían pasado por la cabeza.

El gran arcano, el absoluto poder, estaría en manos de meros seres humanos, sometidos a las pasiones o debilidades que caracterizan a nuestra especie. Y ya se sabe que no hace daño el que quiere, sino el que puede. El poder absoluto es la madre del mal absoluto. Quien detenta para sí no sólo el poder, sino también el conocimiento, está condenando al mundo, a la gente común, a ser rehén de sus caprichos y decisiones. Aquel que no otorga valor a la vida de los humildes, por considerarla estéril y vana, los somete a la más abyecta de las tiranías: los utiliza, los sacrifica ante el altar del deber, para satisfacer sus más oscuros apetitos, reñidos la mayor parte de las veces con el bien común.

Ya lo afirma la doctrina cristiana, en una de las máximas que la honran: la soberbia es el peor de los pecados capitales. Insensibiliza, embrutece, aboca a la perdición. El que es cegado por ella a duras penas siente el peso de la culpa, o busca la redención por el arrepentimiento. El soberbio justifica lo injustificable: considera que el beneficio de un fin que él considera prioritario compensa el coste en dolor o en sufrimiento que pueda provocar en los otros.

¿Qué tiene que ver todo ello con el tema que nos ocupa? Si es cierto, como algunos opinan, que algunos poderosos salvaguardan algún secreto que de ninguna manera ha de trascender al público; ¿qué garantía tenemos los ciudadanos de que tal preciado tesoro —si es que existe— va a ser juiciosamente preservado?

Aquellos que se reservan para sí los arcanos de una supuesta tradición primordial no confían en la madurez del pueblo. Los que restringen el conocimiento de la Historia oculta que tantos, durante tanto tiempo, y con tanto empeño, se han tomado la molestia de apartar de los ojos de los demás, no creen en la igualdad de los hombres y las mujeres corrientes. Como dice Eliphas Lévi: «Las verdades importantes y fundamentales pertenecen a todo el mundo.»

Michel de Nôtredame (más conocido como Nostradamus) anunció solemnemente en uno de sus vaticinios (centuria III, cuarteta XCIV): «De quinientos años más estima se le tendrá al que fuera ornato de su tiempo: Luego de golpe gran claridad dará, que por este siglo les convertirá en muy felices.» Es decir, quinientos años después de sus días la verdad anunciada por éste aflorará en el mundo. El tiempo ha cumplido.

Esta obra pretende acercar al profano a un conjunto de supuestos conocimientos que forman parte de lo que se ha venido en llamar la Filosofía Perenne: aquella parcela de la Tradición que se ha reservado para sí unos cuantos privilegiados, llamados comúnmente «iniciados». Todos los materiales que aparecen en este tratado son de libre acceso en bibliotecas o librerías. En ocasiones, el autor se ha limitado a interpretar, como considera oportuno, el sentido oculto de ciertos pasajes literarios, símbolos, iconos u obras de arte, que han sido expuestos y revelados al público por determinados personajes de renombre con escaso sentido de la reserva o del recato.

Porque, lo volvemos a repetir, el peor mal de los amos del mundo, de los poderosos, es su soberbia. Los más conocedores del secreto son los que, de forma más clamorosa e impúdica, lo revelan ante los demás, con el fin de proclamar ante sus ojos «que ellos saben...».

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1

Iniciación

Esoterismo

«Esoterismo», o «esotérico», forma parte de ese conjunto de vocablos que utilizamos, a veces sin ser conscientes de su verdadero significado, para expresar algo que consideramos inefable, sublime, suprasensible. De forma intuitiva asociamos la palabra a la noción de «misterio», «mágico», o «místico». Pero ése no es el verdadero sentido del término. Es esotérico aquello que se pretende mantener en un absoluto secreto, o en una prudente reserva. Por ello el esoterismo es característico de las sociedades secretas, o discretas, más que de las organizaciones mistéricas, teúrgicas, o místicas. En definitiva, esoterismo no es equivalente a «ocultismo» (el estudio de lo oculto, de lo que no es tangible o visible en el mundo material).

Si se guarda algo (una idea, un conocimiento, un hecho) en secreto es porque se considera que no conviene divulgarlo. Entonces deviene un «arcano», un conocimiento que no debe salir de un determinado círculo de personas, que pasan así a ser «custodios del secreto». Dichos individuos no pueden revelarlo bajo ninguna circunstancia a otra persona, a no ser que ésta sea «iniciada», a través de una serie de pruebas que le permitan ascender de grado, y con ello, introducirse poco a poco en el conocimiento del arcano.

El esoterismo no está reñido con el «misterio», pero éste no tiene por qué tener, en el caso que nos ocupa, carácter sobrenatural. El arcano suele estar ligado a la idea de lo vetusto, lo venerable, lo sagrado... Pero no porque participe de lo mágico o lo suprasensible, sino porque tiene carácter de reliquia, de tradición, con origen en un pasado remotísimo. Éste nos remite, por lo general, a los antiguos griegos, a los egipcios, a los caldeos, a Salomón, a Enoc, a Adán, o incluso a la Atlántida, fuente —según piensan buena parte de los esoteristas— de todo conocimiento secreto.

Su antigüedad explica en parte su carácter mistérico, y en cierto modo sagrado. Lo esotérico se distingue de lo «exotérico» en que esta última expresión del conocimiento no tiene carácter privativo, iniciático, sino público y popular. El esoterismo parte de la base de que el conjunto de reliquias materiales, ideológicas o espirituales que la sociedad secreta trata de preservar, son reveladas únicamente a adeptos conocidos, seleccionados cuidadosamente por sus cualidades. En cambio, el exoterismo pretende, bien al contrario, hacer proselitismo, comunicar sin restricciones una serie de doctrinas que los poderes establecidos consideran beneficiosas para la sociedad en general.

Aquí tenemos dos parcelas de la «verdad» que se oponen por definición. Aquella que es considerada «nociva» para el conjunto de la población, y ha de ser mantenida en secreto; y aquella que es considerada «saludable» para el conjunto de la población, y ha de tener la mayor repercusión posible.

La dicotomía entre lo esotérico y lo exotérico tiene una prolongación en el uso que ciertas elites hacen del control de la información. Como veremos más adelante, no son pocos los que opinan que existen dos niveles de conocimiento: el saber oculto y el saber socialmente aceptado. El saber oculto comprendería ciertos aspectos del estudio de la materia (alquimia, espagírica), de la religión (hermetismo, gnosticismo, ocultismo), de la Historia (Historia oculta, conocimiento de la civilización primordial), o de la cultura (lenguaje enoquiano, simbolismo) que los grados superiores de ciertas sociedades iniciáticas se reservan para sí. El saber socialmente aceptable es el conocimiento ortodoxo, académico; aquel que aparece en los libros sagrados comúnmente aceptados o en los manuales al uso.

La gnosis

«El conocimiento es poder.» Esta frase hizo fortuna en las postrimerías del siglo xx. En un inicio quería indicar que no es la fuerza bruta, mensurable en caballos de vapor o en kilovatios, sino la información, cuantificable en bits, lo que en el día de hoy mueve el mundo. El conocimiento es el punto de apoyo, el pivote, capaz de efectuar cualquier trabajo, de mover cualquier peso, a poco que se establezcan las condiciones adecuadas para ello.

La «gnosis» de los antiguos está en el corazón del secreto. Es el lenguaje cifrado de los iniciados: el Conocimiento con mayúsculas, la suprema Sabiduría. Fulcanelli1 la describe como el «conjunto de los conocimientos sagrados cuyo secreto guardaban celosamente los magos y que constituía, sólo para los iniciados, el objeto de la enseñanza esotérica». Para extraer de ella todo el provecho, hay que aplicar unas reglas, seguir unos pasos, que difícilmente se pueden aprehender de otra forma que no sea a través de la tradición oral.

La gnosis es un metalenguaje, expresado a través de símbolos, requiebros del lenguaje, mitos, e historia fabulada, que sólo los expertos pueden descifrar e interpretar convenientemente: «Para poder comprender la verdad debemos estudiar los símbolos antiguos, que son el camino más recto hacia la sabiduría», dice el Evangelio según Felipe. A primera vista los textos básicos del gnosticismo dejan perplejo, confunden, e incluso provocan rechazo entre los curiosos escasamente provistos de conocimientos simbólicos.

El «símbolo» es la llave que abre las puertas del conocimiento oculto. Cuando está integrado en el mito, constituye cada una de las cuentas (llamadas «mitologemas» entre los entendidos) del enmarañado collar del folklore popular. El símbolo, así expresado, sería una perla de conocimiento, unida a otras a través del cordel del mito, que da un aparente sentido y unidad al conjunto. El mito es, de este modo, un recurso nemotécnico para preservar, a través del tiempo, el valor y la vigencia del conocimiento secreto, con la menor cantidad de máculas y alteraciones posibles.2 El símbolo, unidad de conocimiento básico del saber oculto, se constituye en fundamento de la gnosis, el Conocimiento Supremo.

El uroboros, el caduceo, el ankh, la esvástica, el mandala, el Tao, el dragón, la espiral, el árbol, la columna, la montaña, el yantra, el pentáculo, el triángulo, el yoni, el sello de Salomón, la vara, la estela, el huevo, el pájaro, la serpiente, los círculos concéntricos, las tres estrellas, la cruz, la rosa, el cisne, el ánade, el Sol, la Luna, los mudras, etc. Todos estos símbolos evocan ideas, expresan conocimientos, que sólo los maestros de sabiduría saben interpretar, siempre que estén convenientemente emplazados en su contexto mítico. Todos estos símbolos tienen un papel especial en la gnosis de los iniciados.

Existe otra categoría de símbolos que, no por menos conocidos, son menos importantes. Nos estamos refiriendo a ciertas concomitancias, o analogías, que hacen las delicias de los aficionados a las ciencias ocultas: así, la onomatopeya del rebuzno («ía») puede estar detrás del Gran Ialdabaoth, uno de los seres supremos del gnosticismo, y del supuesto nombre secreto de Yahvé (Iao), aquel que el Sumo Sacerdote podía pronunciar una sola vez al año, el día del Perdón (Kypur), en el santo de los santos del Templo de Jerusalén.3

La gnosis es conocimiento, pero también doctrina de salvación. Para los gnósticos, especialmente los maniqueos y sus afines (más adelante nos adentraremos en este apasionante tema cuando hablemos de los cátaros), el mundo material es esencialmente malo. El demiurgo (Sumo Hacedor) del mundo tangible es un dios del mal, y sería equiparable al Satán de los cristianos (el Príncipe de las Tinieblas). Es decir, el Yahvé todopoderoso que nos hizo a su imagen y semejanza sería en realidad, para los gnósticos, el responsable de todo lo que de malo, corrupto y perecedero existe en este valle de lágrimas.

El dios auténtico, el Príncipe de la Luz (el Lucifer celestial) habría dejado su destello, su huella, sólo en nuestro espíritu, en lo más profundo de nuestros corazones. Para los maniqueos,
y para los gnósticos en general, la única manera de eliminar el mal, para recuperar lo poco que de puro y numinoso retiene el ser humano, consiste en procurar la extinción de la propia vida, ya sea a través del suicidio, del sacrificio, del martirio, o bien de la negación de la procreación.4

El gnóstico se reconoce como un extraño en el mundo, y siente nostalgia por la grandeza excelsa del Bien Supremo, especie de nirvana espiritual alcanzable sólo por medio del aniquilamiento, de la autonegación como entidad material. Como veremos en su momento, los cátaros, descendientes directos de los maniqueos en el Occidente europeo, eran tachados de ultrapuritanos, de negacionistas de la vida. Así, entre los ojos del pueblo humilde eran vistos como maestros de virtud, continencia y sabiduría (por eso eran llamados «perfectos» o «puros»).

El gnosticismo, en definitiva, es tanto un metalenguaje, una forma críptica de conocimiento, que trata de transcribir de forma simbólica una serie de ideas complejas, como un «camino de salvación», que sitúa al adepto en relación al espíritu (emanación de Dios, el Lucifer celestial) y al mundo (su corporeidad material, maculada por el mal y el pecado). El tratado hermético titulado La llave asegura: «La perversión del alma es la ignorancia; porque el alma, cuando no conoce nada de los seres ni de su naturaleza, ni tampoco del Bien, ciega total, sufre el combate que contra ella levantan las pasiones del cuerpo, y desgraciada, ignorándose a sí misma, sirve de esclava a cosas que le son ajenas y corruptas, y carga el cuerpo como un pesado fardo.» Desde este punto de vista, la ignorancia hace a los hombres esclavos del mundo y sus pasiones; la gnosis (el conocimiento) los libera.

Buena parte de las corrientes iniciáticas actuales (entre ellas, las caracterizadas por la filosofía New Age), así como de las sociedades secretas o discretas de carácter esotérico (por ejemplo, ciertos Ritos masónicos), beben de la fuente del gnosticismo, de una u otra manera. Lo más preocupante del caso es que, como hemos tratado de dejar bien claro, este tipo de creencias se fundamenta en la «negación del mundo sensible», así como en el repudio de los usos y las costumbres del pueblo llano, proclive al hedonismo y al materialismo.

Las elites, neognósticas y maniqueas, herederas del catarismo y del templarismo, a duras penas extirpados por la Iglesia oficial, son fieles a la doctrina del Paráclito (el Espíritu Santo), del Sóter (Salvador), y de la Parusía (Juicio Final). Su pensamiento, de carácter profético y apocalíptico, ávido de revelaciones y de mesianismos, es inquietantemente perturbador en los tiempos que corren. Protagonistas de una Nueva Era en la que ellos son los elegidos, como insistentemente proclaman en las superproducciones cinematográficas al estilo New Age, son los heraldos del Fin de los Tiempos, que tan inocentemente anticipó Paco Rabanne, y más modernamente, el inefable Dan Brown.

Hermes

El hermetismo es otra de las fuentes del esoterismo moderno. Hay quien lo confunde —incomprensiblemente— con el gnosticismo, pero tanto por origen como por filosofía discrepa en muchos aspectos de este último. El hermetismo es, fundamentalmente, un estudio de la materia, tanto a nivel sublunar (es decir, terrestre) como supralunar (celeste). Y a diferencia del maniqueísmo, su interpretación del mundo es indudablemente optimista, muy alejada de la concepción algo más que sombría que de la materia sensible tiene el dualismo gnóstico.

El Corpus hermeticum es un batiburrillo de disciplinas del más diverso carácter que goza hoy día de muy buena salud a nivel popular. De posible origen griego e inspiración egiptianizante, su trasfondo pagano podría tener muy diversas fuentes: caldeas, en lo que se refiere a su vertiente astrológica; persas, en su preocupación por lo mágico; egipcias, en su interés por la alquimia, etc. Es indudable que el hermetismo se remonta a fechas muy tempranas: el siglo II o III después de Cristo, según unos; antes del Diluvio, según otros (nos estamos refiriendo, en concreto, a la Egiptiaca de Manetón).

La tradición establece que Hermes fue un personaje filohistórico, rey de Tebas, llamado realmente Toth (o Atotis). Hijo de Osiris y de Isis, se le reputan muchas invenciones: entre ellas, la escritura, la aritmética, o las leyes políticas. Sin embargo, algunas fuentes señalan que fue un segundo Toth, conocido como Hermes, el verdadero inventor de la alquimia, y por ello el compilador de la Tabla Esmeraldina, que tendremos ocasión de analizar más adelante.

Este segundo Hermes legendario, por sobrenombre Trimegisto (tres veces grande), sería aquel al que Roger Bacon llamaría «Hermes Mercurio, el padre de los filósofos». Y así, de este modo, es representado en numerosas obras pictóricas de la Europa de la Edad Moderna.

Como ya sabemos, este supuesto Hermes es una figura eminentemente pagana. Como buen «héroe civilizador», difusor en el orbe de ciencias, conocimientos, leyes, y buenas costumbres, ha sido identificado con la más amplia variedad de santos, héroes y figuras mitológicas. Entre las razas nórdicas, era hijo de Odín y se llamaba Hermod, que a semejanza de su tocayo griego era asimismo empleado como mensajero, enarbolando una varita (a modo de caduceo) llamada Gambantein.5 El manuscrito Dumfries número 4, una de las fuentes de la masonería operativa, lo identifica con Nemrod, y le aplica el sobrenombre de «gran Hermoriano». Más modernamente, el papel de Nemrod (que, como es sabido, levantó la Torre de Babel) ha sido sustituido por el de Hiram, constructor del Templo de Jerusalén y padre legendario de la masonería, según la peculiar mitología de esta corriente esotérica.

La figura de Hermes ha sido asimismo «cristianizada», hasta el punto que una peculiar secta esotérica lo asimila a Cristo.6 Y si no quedara suficientemente clara esta adquisición pagana del cristianismo, ¿cómo olvidar la pervivencia de Hermenegildo (o Herminia) en el santoral cristiano,7 o la vigencia de leyendas como la de la fabulosa sangre de san Pantaleón, médico milagrero que fue discípulo del mismísimo Hermes (bajo el nombre de Hermolao)?

La cábala

Muchos amantes del esoterismo piensan que la Cábala representa un depósito de creencias supersticiosas y nigrománticas, fruto de una errónea interpretación de las Sagradas Escrituras. Los intelectuales de la Ilustración hebrea, insuflados de fervor racionalista y humanista, la han rechazado a su vez. Tanto unos como otros la confunden con un conjunto de elementos mágicos y numerológicos, ajenos en realidad a su dimensión más profunda, de carácter cosmológico.

La Cábala es mucho más que la creencia de que tras la Biblia es posible encontrar un sentido oculto, interpretable a través de una serie de reglas hermenéuticas, tales como la Gematría (valor numérico de las palabras) y el Notaricón (entender un término como acróstico, desglosarlo en varios, o bien formar uno de varios). En realidad su verdadero significado no hemos de desligarlo de las ideas cosmológicas en boga en la Europa medieval. No en vano, aunque la palabra «cábala» derive del término hebreo qabbalah (el que recibe), aludiendo a una tradición muy remota, cabe situar su origen, sus primeros pasos, en la Cataluña y la Provenza del siglo xii, en plena efervescencia gnóstica de filiación cátara.8

Los judíos catalanes (Najmánides, Ezra ben Selomó y Azriel de Gerona) la introdujeron en España en la primera mitad del siglo xiii, y fue aquí donde vieron la luz sus dos obras más destacadas: el Sefer Yetzyrah (Libro de la Formación) y el Sefer ha-Zohar (Libro del Esplendor).

¿Qué es, pues, la Cábala? Si atendemos a los fundamentos de la que sería su obra principal, el Sefer Yetzyrah, es —por decirlo de forma clara y concisa— un intento de integrar conceptos gnósticos y herméticos en el monoteísmo judaico.

El primero de ellos es su interpretación de la Shekiná, un término que veremos repetido, a lo largo de esta obra, en multitud de ocasiones. Según la peculiar filosofía de los cabalistas hebreos, el mundo —o grado— de la formación (Yetzyrah) constituye «esa parte de la esencia de Dios en la que la luz se ha debilitado para permitir a las almas, a los ángeles y a los mundos materiales subsistir. Ésta es la parte de la esencia divina que nuestros santos sabios, de bendita memoria, llaman Shekinah».9 Es decir, todo lo que ha sido creado «emana» de Elohim; o en otras palabras, todo lo material vive en Elohim y por Elohim, entendido Éste como el Dios revelado y creador, e identificado con la Shekinah (la Divina Presencia). Éste es un concepto claramente panteísta que modernamente ha sido recuperado, e integrado en el corpus doctrinal de la llamada filosofía New Age.

El segundo argumento básico, tal vez de ascendencia gnóstica, en el cabalismo hebreo, es su noción de «transmigración de las almas». Según su doctrina, cuando el alma no ha cumplido su misión sobre la Tierra, es desarraigada y transplantada de nuevo; en cambio, cuando ha sido «purificada», permanece cerca del Santo, en el Más Allá.10

Un tercer elemento de interés, esta vez de influencia hermética, es su noción de microcosmos y de macrocosmos. Pues-
to que «todo lo que fue creado arriba fue (correlativamente) creado abajo», o bien «todo lo que existe en el cielo, existe en la tierra».11

Más adelante comprobaremos que la noción cabalística de la materia primera, así como su visión de los mundos inferiores, les debe mucho a las corrientes de origen gnóstico y hermético.

En definitiva, el moderno esoterismo está inspirado por tres grandes corrientes filosóficas, completamente diferentes, pero en cierto modo complementarias: el pesimismo gnóstico, el optimismo hermético y el cabalismo hebraico. La conjunción de la moral gnóstica, de la física hermética, y de la mística cabalística, da como resultado un conjunto de ideas y conocimientos, de carácter sincrético, que fundamentan el corpus doctrinal y filosófico de buena parte de las sociedades iniciáticas.

La magia

Hasta aquí hemos contemplado el esoterismo como un ejercicio espiritual o intelectual fundamentado en una filosofía ciertamente elitista, pero en ningún modo «intrusiva» en la vida corriente de los demás. La magia, en cambio, tiene un sentido diferente, pues pretende modificar, con la ayuda de una serie de fuerzas de la naturaleza, o de invocaciones ultraterrenas, el curso normal de los acontecimientos, beneficiando o perjudicando a alguien, en función de los propósitos del mago.

Lo mágico entra dentro del ámbito de lo «oculto», lo que no quiere decir que sea sinónimo de «supraterrenal», «numinoso» o «parapsicológico». Leo Talamonti, en su obra Universo prohibido,12 emplea el término «efecto psicocinético», expresando con ello que lo mágico está vinculado con ciertas capacidades paranormales de nuestra mente, activadas a través de la voluntad intuitiva, no reprimida por la consciencia: «Se trata de un influjo mental positivo o negativo creado por el pensamiento, por la imaginación, por el deseo, por la fe en el éxito del logro. Son facultades del espíritu que consideramos aisladamente por equi-
vocación, mientras que, en realidad, convergen todas en una especie de acción mágica, dirigida a allanar el camino de quien “quiere” obtener de veras algo.»13

La Historia ha demostrado que una serie de fenómenos que hasta hace poco parecían imposibles (como comunicarse a través de las ondas, o desplazarse a otros planetas), con los medios tecnológicos actuales han pasado a convertirse en algo perfectamente realizable, cuando no cotidiano. Lo sobrenatural es, pues, un concepto relativo, que hemos de contextualizar en el tiempo y en el espacio. Dennis Wheatley lo expresa muy bien en su novela Fuerzas oscuras:14 «“Sobrenatural” es simplemente una palabra con que se expresa cualquier acontecimiento que se encuentra más allá de nuestra actual comprensión, y “mágico” se aplica a un resultado que normalmente se juzga imposible según las leyes aceptadas de causa y efecto. Cuanto mayor número de leyes naturales va siendo conocido, la palabra “magia” de ayer empieza hoy a sustituirse por el vocablo “ciencia”». En definitiva, con el avance de la ciencia, cosas que hoy nos parecen mágicas, por imposibles, tal vez mañana tengan una explicación perfectamente racional.

El esoterismo es —tanto en su vertiente gnóstica como hermética— una «doctrina», con su cosmogonía, su mitología, sus ritos y su moral característicos. La magia, en cambio, es una «praxis», puesto que el adepto ha de implicarse de forma activa en su implementación y desarrollo tangible. Como tal, se fundamenta en la ley de la analogía, o bien de las correspondencias, según la cual «lo similar incide sobre lo similar» (un muñeco sobre una persona, un remedio sobre una determinada enfermedad). Actuando sobre una representación de un individuo, sobre un objeto suyo, o sobre su nombre, podemos «adquirir su espíritu» e influir sobre él.15 Del mismo modo, manipulando ciertas fuerzas ocultas de la naturaleza, podemos hacer que llueva, que despeje, o que las cosas se muevan de su sitio a voluntad.

La magia es también la invocación de los muertos, de los diablos, o bien de los ángeles buenos. El mago es «médium» cuando sirve de lazo para que los espíritus puedan comunicarse con los hombres, y «poseso» cuando actúa de falso profeta para favorecer los fines del Maligno, o bien experimenta capacidades (don de lenguas, conocimiento paranormal, clarividencia, levitación, telequinesis, etc.) que contradicen las leyes de la física o de la psicología convencional.16

La magia viene acompañada de una serie de rituales, ceremoniales y conjuros, que pretenden crear las condiciones necesarias para que el «acto mágico» tenga lugar de forma efectiva. A veces se hace uso de danzas, sustancias alucinógenas, mortificaciones, ayunos, y otros medios para «entrar en trance», es decir, para preparar psíquicamente al oficiante. Generalmente ha sido clasificada en dos categorías: «magia blanca», o magia natural, y «magia negra», o magia demoníaca. La primera sigue el camino de la derecha (diestro), y la segunda el camino de la izquierda (siniestro).17

Como hemos señalado con anterioridad, la implementación de una u otra dependerá de la intención del mago. Los actos que se llevan a cabo con fines benéficos (elixires de amor, curanderismo, acción positiva sobre el clima o las cosechas, etc.), mediante la invocación a los santos o a los ángeles buenos, o bien operando a base de sellos, talismanes, gemas, yerbas, etc., son catalogados como «magia blanca». En cambio, los conjuros realizados con fines egoístas, especialmente los dirigidos al Maligno, entran sin duda en la categoría de «magia negra». Esta acción destructiva o negativa sobre los hombres o las cosas es denominada «hechizo», y se implementa a través de acciones maléficas, como el célebre «mal de ojo», o el no menos conocido «vudú».

Independientemente de lo que pensemos sobre el poder de la sugestión, el mero fraude o el azar, por lo que se refiere a la magia, lo cierto es que sus practicantes le atribuyen un inmenso poder, tanto constructivo como destructivo. Eliphas Lévi de-
cía de ella: «Encierra todos los secretos de la naturaleza. Por medio de este conocimiento, el adepto se encuentra investido de una cierta omnipotencia y puede actuar sobrehumanamente.»18 Es por ello que tales fuerzas han de permanecer ocultas, y sus secretos han de ser preservados de la mirada de los necios o de los malvados.

Eso es lo que opinan los poseedores del conocimiento oculto de los magos. La primera columna del secreto iniciático, esotérica, explicaría una filosofía y una moral, de carácter elitista. La segunda columna del secreto iniciático, ocultista, fundamentaría una praxis determinada, basada en la responsabilidad y en el secreto. Ahora sabemos en qué consiste este secreto: impedir el mal uso de una serie de fuerzas, ya sean naturales o mágicas, que podrían resultar fatales para el mundo si no son empleadas convenientemente.

Acabaremos este apartado citando textualmente unas palabras del maestro Juan García Atienza: «Hablar de las creencias de los hombres no significa compartirlas, sino únicamente reconocer su existencia.» Aludir a la esfera de lo mágico y lo supranormal, con todo el respeto y distanciamiento posibles, sin acudir a los socorridos tiempos verbales en condicional, no implica dar por buenos ninguno de sus principios. Pero no podemos obviar que la esfera de lo oculto informa buena parte de las creencias de los iniciados, y además participa del sustrato cultural y étnico de nuestra civilización occidental, aunque los modernos racionalistas traten de pasar de puntillas sobre este hecho incuestionable.

Ritos de paso

La iniciación tiene una vertiente teórica, y otra práctica. El postulante ha de aprehender una serie de conceptos y símbolos que le permitirán comprender y asimilar las enseñanzas prácti-
cas que le convertirán en un miembro aceptado de la comunidad iniciática. Por sí solo deberá resolver el Enigma, empleando para ello las herramientas que le proporciona la simbología, con ayuda de la inspiración o de la iluminación interior. No en vano el ritual inglés de la masonería define el Arte Real como un sistema particular de moral, velado por alegorías, e ilustrado por símbolos.

La iniciación no es el final de un proceso, sino el principio de la transmutación personal del postulante, con el objetivo de convertirlo en una persona bien encuadrada en el perfil que se espera del adepto.19 Los masones describen el proceso de iniciación como el «trabajo sobre la piedra bruta, con objeto de transformarla en piedra cúbica»; es decir, perfecta, intachable desde el punto de vista de los maestros masones. Christian Jacq, en El iniciado, afirma: «El hombre que no es iniciado no puede considerarse que haya nacido.»20

El rito de paso es la representación simbólica de la iniciación, dentro del proceso paulatino de perfeccionamiento del discípulo, a instancias del maestro. Los ritos iniciáticos son característicos de toda entidad de tipo religioso o esotérico que se precie. Los podemos encontrar en las lejanas islas del Pacífico, o bien en las logias masónicas de Occidente. Generalmente la iniciación está vinculada al secreto, a la reserva. En este caso nos encontramos con «misterios», como los de Eleusis, o los de Artemis Brauronia, que condenarían a una ignominiosa muerte a quien los revelara. Del mismo modo, en las sociedades iniciáticas de corte occidental, el conocimiento ha de permanecer oculto. Y ello es así porque dichas entidades existen, y perduran, únicamente por ese motivo. Son, por decirlo con pocas palabras, custodios del Gran Secreto.

La vertiente práctica de la iniciación va más allá de la moral, o del perfeccionamiento humano del individuo. Como en el caso de la magia, se trataría de acercarlo a una realidad que supera la esfera de lo tangible. Por ejemplo, para los tibetanos la iniciación no consiste en la comunicación oral de una doctrina o de un secreto, sino en una transmisión de poder o de fuerza psíquica. El término tibetano que alude a su iniciación es angkur, que significa literalmente «comunicar el poder». Los practicantes del rito egipcio (La iniciación egipcia y su relación con el hombre) aseguran que los poderes del iniciado son indescriptibles, y sus obligaciones y responsabilidades, espantosas.

Existen corrientes teosóficas y rosacrucianas que pretenden capacitar al postulante para desarrollar una serie de potencialidades de la mente que, según se dice, han sido inhibidas por el pensamiento racional del hombre occidental. Éstas permitirían a los iniciados ponerse en contacto a distancia (telepatía), reconocer a los suyos de forma intuitiva, o bien controlar con su mente la acción de ciertos personajes más o menos públicos o poderosos: «Los iniciados tratan de dominar el mundo por medio de la Luz pura» otorgada por los «maestros y los guías de las naciones», dice el documento titulado La iniciación egipcia. La iniciación no es un fenómeno binario (estar o no iniciado). Existen grados, según el progreso que el postulante haga en el escalafón de la cadena iniciática. Por otro lado, no es raro que en determinadas organizaciones secretas (era el caso de los templarios, de los cátaros, o el de los Iluminados de Baviera) exista un núcleo interno, para los verdaderos iniciados, y un anillo externo, para los simples adeptos.21 Este fenómeno de castas es descrito por G. K. Chesterton, en su obra El hombre que fue jueves,22 de la siguiente manera: «Aquí se trata de un vasto movimiento filosófico, consistente en un círculo externo y otro interno. Puede llamar, si así lo desea, el grupo laico al primero y el sacerdocio al segundo.»

Para Eliphas Lévi, en su Curso de filosofía oculta, este carácter dual es extensible a la religión establecida: «La Iglesia es la parte exterior de la religión.»23 Así, distingue el ministerio eclesiástico (exotérico) del ministerio profético (también llamado «sacerdocio del espíritu», de naturaleza esotérica).

Es lógico pensar que nadie se tomaría la molestia de realizar una serie de ritos y de asimilar una serie de conocimientos que a cualquier persona profana le parecerían simplemente ridículos, si no entendiera que haciéndolo entrará a formar parte de algo grande, importante. A ello ayuda el pedigrí de la organización. Es por eso que toda sociedad secreta que se precie ha de disponer de una leyenda iniciática suficientemente atractiva como para acallar cualquier duda sobre su legitimidad o solvencia.

Es bien sabido que la francmasonería atribuye su existencia a un supuesto Hiram, que vivió en los tiempos del venerable Salomón. La AMORC rosacruciana se remonta a los antiguos egipcios. Y el celebérrimo René Guénon nos lleva a la remota Atlántida, madre del misterio. Así pues, la iniciación es el vehículo que nos traslada, como por arte de magia, al saber, a la tradición, a la filosofía de los antiguos, de los que las modernas sociedades secretas serían hoy día fieles depositarios.

Simbolismo

El símbolo es la llave que abre las puertas del conocimiento iniciático. Como afirma el Evangelio según Felipe: «Los misterios de la verdad se revelan en imágenes simbólicas.»

Llamamos símbolo a toda imagen o figura que —aplicando el principio de analogía— enmascara un saber oculto. Pero a diferencia del signo, arbitrario, su significado es inmutable y ampliamente aceptado por la comunidad de adeptos. Según René Guénon, existen símbolos que son comunes a las tradiciones más diversas y más alejadas entre sí, no por «préstamos» o «contaminaciones» culturales, sino porque pertenecerían a una misma «Tradición Primordial», de la que derivarían de forma directa o indirecta.

No hemos de confundir el simbolismo, de carácter iniciático, con el mero folklore, mucho más popular. Este último consiste en la creación —o recreación— espontánea, por parte del «genio» popular, de una serie de motivos que se repiten aquí y allá. Para Guénon, todo lo que entra dentro de dicho cajón de sastre (mitología, leyendas, cuentos, tradiciones populares, etc.), no sería más que residuos de la Tradición Primordial, si bien preservados de forma incompleta («deformados, disminuidos o fragmentados», según sus propias palabras).

El folklore, como la simbología, y todo lo referente a la Tradición Primordial, está íntimamente ligado a un pasado muy remoto; y por tanto, al paganismo. El pueblo conserva, a veces sin comprenderlo, los vestigios de antiquísimas tradiciones. En este sentido tanto el simbolismo como el folklore representarían el recuerdo de una memoria colectiva, más o menos subconsciente: lo que Carl Jung llamaría «inconsciente colectivo».24

Un ejemplo de la pervivencia de un recuerdo difuso del más remoto pasado lo tenemos en el Carnaval, las antiguas Saturnales romanas (si bien hace dos mil años esa celebración era ya antiquísima). Tanto en tiempos de los césares, como en la actualidad, el mundo se invierte: los esclavos mandan y los amos obedecen; las pasiones se desatan, y las represiones se desinhiben. La seriedad y la formalidad son de mal tono. Nos remontamos a la Edad de Oro en la que Cronos (Saturno, el moderno Satán) gobernaba el mundo. Edad primordial de dicha y felicidad, la gente vivía sin preocupaciones en un entorno paradisíaco. En definitiva, el Carnaval sería una evocación de lo que Mircea Elíade llamaría «el retorno al Paraíso».

El Carnaval no es el único residuo del pasado pagano que ha llegado hasta nuestros días: el huevo de Pascua, el árbol de Navidad, las danzas en corro, las romerías a las ermitas, así como muchas otras tradiciones, se remontan a una antigüedad remotísima. Todo ello en conjunto pretende «encapsular» una serie de ideas y conocimientos, que podremos transcribir sólo a través del dominio del lenguaje simbólico.

Un símbolo muy repetido, y también muy antiguo, es el llamado «lugar central»: el Meru de los budistas o los hindúes, y el Polo de los teósofos. Según Guénon, este último representa el centro inmóvil, el eje alrededor del cual pivota el mundo: en definitiva, la conocida esvástica, o cruz gamada. Es bien sabido que los nazis le cambiaron el sentido de rotación (la hicieron sinistrógira, respecto a su giro original hacia la derecha), y se apropiaron ilegítimamente de este símbolo universal, empleado desde tiempo antiguo por las más diversas sociedades: en América, en Europa, y especialmente en Asia.

El símbolo conocido como Meru une a su condición de Eje inmóvil, y de centro del mundo, la figura geométrica del mandala, o círculo sagrado. Los mandalas, con la montaña Meru en su centro (y en su cumbre el llamado Jardín de Brahma), están constituidos por tres círculos concéntricos, que tanto nos recuerdan al primer símbolo cristiano (anterior al crismón, al cordero, a la paloma o al pez), y también al llamado «triple recinto druídico» de los celtas.

Los hermetistas eran también aficionados a este icono, como evidencia la llamada Tabula Bianchini, en la cual encontramos tres círculos concéntricos con un dragón en su centro. Muchos opinan que tanto la idea de polo inmóvil, de mandala, de triple círculo, como de triple recinto, aluden a un mismo concepto: la Atlántida, que Platón describió como una gran ciudad con tres recintos circulares concéntricos comunicados por canales. Ello, según Guénon, explicaría la analogía entre lugar central, círculos concéntricos, y el Meru hindú.

Como hemos señalado más arriba, la simbología emplea el llamado «método analógico», que en términos literarios se traduce en la aplicación de la alegoría, o double entendre. Dante Alighieri, en su muy iniciático poema titulado Divina Comedia, justifica de la siguiente manera el repetido uso que él hace de esta forma de expresión sutil y simbólica: «¡Oh, los que de la mente os sentís sanos, mirad bien la doctrina que velada se encuentra de mi verso en los arcanos!»25

Por lo que se refiere a la simbología de uso iniciático, son bien conocidos buena parte de sus iconos: el compás (para medir el Cielo) y la escuadra masónica (para calibrar la Tierra), que esconden el llamado Sello de Salomón (la estrella de seis puntas);26 la G masónica, que representa a God (Dios), a la Geometría (la perfección), y a la Gnosis (el conocimiento); el pentáculo, que evoca lo humano (camino de la derecha) con el vértice hacia arriba, y lo demoníaco (camino de la izquierda) con el vértice hacia abajo; los tres puntos masónicos, expresivos de las tres virtudes teologales (Fe, Esperanza, Caridad), divisas básicas de los iniciados;27 las dos columnas, que aluden a la sabiduría (Jakim) y a la experiencia (Boaz), etc.

En definitiva, la simbología pretende comunicar a los adeptos una serie de ideas complejas, de forma resumida, casi taquigráfica; con el beneficio añadido de que permite mantener asimismo una prudente reserva. Seguidamente, la aplicación de las leyes de la analogía, y nuestros modestos conocimientos en materia de simbología, nos permitirán analizar con mayor detalle la figura más compleja, y asimismo controvertida, del universo iniciático: Lucifer, también llamado Satán, ángel caído y oponente del Dios único judeocristiano.

Lucifer

Para los cristianos, Lucifer, y lo que éste representa en su cosmovisión religiosa, no encarna necesariamente el problema del mal. Lucifer es, simplemente, el negativo de Dios, pues eso es lo que significa el término hebreo Satán: adversario, oponente, acusador, enemigo. Y éste es el papel que asume ante Job: interrogador, tentador, con el objetivo de perderle y demostrar a Yahvé que nadie, ni siquiera el bueno de Job, está a salvo de sus acechanzas.

Satán-Lucifer no puede mover un dedo sin permiso del Altísimo, y ha de estar confinado en sus estancias infernales sin esperanza de redención posible, hasta el Fin de los Tiempos. Existe una discusión entre los teólogos acerca de si la leyenda que John Milton narra en el Paraíso perdido, es decir, la caída de los ángeles rebeldes a los infiernos, tiene un reflejo en la Biblia. En el Antiguo Testamento no se da una noticia clara de este acontecimiento, aunque Lucas dice (10:18): «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo», y en el Apocalipsis (12:7-10): «Hubo una batalla en el cielo y Miguel y sus ángeles arrojaron al dragón grande, al Diablo, al abismo.»

Si bien Lucifer representa lo opuesto del Dios judeocristiano, no todos se ponen de acuerdo acerca de quién hace, en este gran drama celestial, el papel de bueno, y quién el de malo. Ya avanzamos que los cátaros consideraban que el Dios de sus días
(Elohim, Yahvé, Adonai) lo era de la materia, y por tanto de la corrupción, la imperfección y la miseria. No sería el Dios verdadero, sino el Maligno (nuestro Lucifer). En cambio, su dios innominado, el de la Luz, asumía el papel de Dios del Amor, del Bien, de la Belleza. Otto Rahn, citando un poema de Lenau, lo expresa así: «Los espíritus son de Dios; los cuerpos son del Maligno.»28

¿Quién es Dios, quién es el Maligno? Esta pregunta sólo tendría sentido si asumiéramos que existen dos principios (el del Bien y el del Mal) situados en un plano de igualdad. Dicha concepción sólo es posible en un entorno gnóstico o maniqueo. Únicamente un iniciado puede plantearse una cuestión parecida. Así pues, empecemos a pensar como un iniciado.

Lucifer es un término latino, que significa «portador de la Luz» (lucis, genitivo de lux + fero, llevar). Generalmente ha sido identificado con el Lucero del Alba (Venus), el astro más luminoso tras el Sol y la Luna. Pero sus credenciales superan con mucho ese humilde protagonismo. De hecho, «Lucifer» deriva del dios céltico Lug, llamado Lugos en Francia. De Lug proviene el nombre de la actual Lyon (antigua Lugdunum) y de Lugo, en el noroeste español. Pero Lug no personificaba el poético Lucero, sino el poderoso Sol. Lug era realmente portador de la Luz, no como planeta (Venus), sino como gran luminaria (el Sol). Sería equivalente al Febo Apolo de los griegos.

Satán dispone asimismo de un antecedente honorable. Tiene la raíz «set», que en hebreo significa tanto «fundamento» como «ruina». Esta dualidad es constatable en la mitología: el Seth egipcio es el asesino de su hermano (Osiris), y representa la tormenta y el caos (y por extensión el mal); en cambio, el Set hebreo es nuestro antepasado, nuestro progenitor. Todos somos hijos de Set, que a la muerte de su hermano Abel restauró el orden, quebrantado por Caín. (Se supone que los malvados descendientes de éste murieron durante el Diluvio. Aunque no todo el mundo está de acuerdo con esto.)

Aparte de las evidentes similitudes —con guiones cambiados— del mito egipcio y del hebreo, cabe constatar otro aspecto no menos interesante. La raíz «set» es la misma que la del número «siete». Y Saturno representa el séptimo planeta conocido de la Antigüedad. Por lo tanto, la similitud entre Saturno, el número siete y Satán dista mucho de ser casual. Tampoco es una coincidencia que Yahvé fuera repetidamente llamado Yahvé Sabaoth, teniendo en cuenta que el sabbat representa el último día del calendario hebreo (el que hace siete), y que ha dado nombre a nuestro sábado y al saturday inglés (literalmente, «día de Saturno»).

En fin, la raíz (set) que dio nombre al dios de la Edad de Oro (Saturno), al patriarca Set (de quien todos descendemos), a Yahvé Sabaoth, al sabbat y a nuestro sábado, no puede haber dado nombre a algo tan maléfico como al mismo Diablo (Satán). A no ser que dicha raíz tuviera en sí misma un sentido dual (benéfico y maléfico al mismo tiempo). De hecho, René Guénon asimila a la raíz «set» el simbolismo del caduceo hermético: representa-
ría la unión de contrarios, como el Yin y el Yang de los orientales, y el dragón de los occidentales (que como sabemos, es en parte pájaro y en parte serpiente).

Antes mencionamos la curiosa circunstancia de que el mismo nombre de Yahvé (uno de ellos, en concreto «Iao») podría tener como origen la onomatopeya del rebuzno. Éste no es un hecho baladí si tenemos en cuenta que «ío» significa «asno» en egipcio, y que Seth, el dios del desierto, el caos y la tormenta, era representado con cabeza de asno.29 A este respecto, Athanasius Kircher afirma en su Aritmología: «Sabaoth dicen que tiene la forma de puerco o de asno.»30 Así pues, Ío-Yahvé y Seth-Satán no se oponen, ¡sino que se identifican en el símbolo del asno!

El asno (asil en gótico, ase en catalán y occitano) dista mucho de representar un animal «impuro». En Madura (India) los miembros de la casta real de Cavanadonguer se glorían de tener como tótem un asno. En el episodio bíblic

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