Hermana de hielo

Jude Deveraux

Fragmento

Creditos

Título original: Twin of Ice

Traducción: Claudia Ferrari

1.ª edición: diciembre, 2015

© 2015 by Deveraux Inc.

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Diseño de cubierta: Estudio Ediciones B

Fotografía de cubierta: JupiterImages Corporation

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-266-0

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

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Prólogo

La mujer, anciana y gorda, de cabello gris y dientes ennegrecidos se sentó con agilidad en el asiento del carro. En la parte de atrás llevaba una variedad de verduras frescas cubiertas con un toldo húmedo.

—Sadie.

Ella se volvió hacia la izquierda para mirar al reverendo Thomas; un hombre alto y apuesto que ahora tenía el ceño fruncido.

—¿Te portarás bien? ¿No harás ninguna tontería ni llamarás la atención?

—Lo prometo —dijo Sadie con un tono de voz suave y juvenil—. Regresaré pronto. —Azuzó los caballos y se echó a andar.

El camino desde Chandler, Colorado, hasta la mina de carbón era bastante largo. Una vez allí, tenía que aguardar que uno de los trenes pasara por alguna de las líneas de Colorado y Southern Railroad. Cada uno de los diecisiete campos de carbón de los alrededores de Chandler tenía su propia línea de ferrocarril.

Cerca de la mina de Fenton, Sadie se cruzó con otro carro guiado por una mujer anciana. Sadie detuvo sus cuatro caballos para estudiar el paisaje.

—¿Algún problema? —preguntó Sadie a la mujer.

—Ninguno, pero cada vez se habla más del sindicato. ¿Y tú?

Sadie asintió.

—Oí que hubo una pelea en el túnel número seis la semana pasada. Los hombres no se toman el tiempo para salir a la superficie cuando excavan. ¿Tienes un poco de menta?

—Lo vendí todo, Sadie —dijo la mujer acercándose más—. Ten cuidado. La Pequeña Pamela es la peor de todas. Rafe Taggert me da miedo.

—Muchos le tienen miedo. Aquí viene otro carro. —Su voz se hizo más grave cuando ordenó a los caballos que se pusieran en movimiento—. Hasta la semana que viene, Aggie. No aceptes monedas falsas, ¿eh?

Sadie se cruzó con los hombres del otro carro y levantó una mano para saludarlos. Después tomó el sendero que llevaba al campo minero Pequeña Pamela.

El camino era bastante empinado porque estaba situado en un cañón y no vio el puesto de guardia hasta que estuvo frente a él. Comenzó a latirle el corazón.

—Buen día, Sadie. ¿Tiene nabos?

—Sí y muy grandes. —Sadie sonrió, mostrando las arrugas y los dientes podridos.

—Déme un saco lleno —dijo mientras le abría la puerta de entrada. Ni se hablaba del pago. Abrir la puerta a un extraño para que ingresara en el campo era pago suficiente.

Los guardias estaban allí para cuidar que no entrara ningún sindicalista. Si sospechaban que alguno trataba de organizar a los mineros, primero disparaban y luego hacían las preguntas. Con ese tipo de autoridad, lo único que necesitaban decir cuando mataban a alguien era que el hombre era sindicalista y las cortes locales y estatales los liberaban en seguida. Los propietarios de las minas tenían derecho a proteger sus propiedades.

Sadie tuvo que esforzarse para hacer que los cuatro caballos se mantuvieran en el sendero estrecho. A cada lado del camino había unas casillas de madera que los dueños de las minas solían llamar «casas»: cuatro o cinco habitaciones diminutas con un excusado y un cobertizo para carbón en la parte de atrás. Sacaban el agua por medio de baldes del pozo comunitario contaminado por el carbón.

Sadie pasó frente al almacén de la compañía y saludó con frialdad al dueño. Eran enemigos naturales. Pagaban a los mineros con vales, de modo que una familia sólo podía comprar lo que necesitaba en el almacén de la compañía. Algunos decían que los dueños de la mina ganaban más dinero con el almacén que con la mina.

A la derecha, entre las vías del ferrocarril y la empinada ladera de la montaña, estaba Sunshine Row, una hilera de casas pintadas de un amarillo descolorido. Ninguna tenía patio y apenas cinco metros separaban las casas de las letrinas. Sadie conocía muy bien la combinación del humo del tren y el ruido, con los demás olores. Allí vivían los mineros.

Sadie detuvo los caballos frente a una de las casas más grandes.

—¡Sadie! Pensé que no vendrías —exclamó una joven muy bonita que salió de la casa secándose las manos con un trapo.

—Ya me conoces —dijo Sadie mientras luchaba por bajar del carro—. Me quedé dormida esta mañana y la doncella olvidó despertarme. ¿Cómo has estado, Jean?

Jean Taggert sonrió. Sadie era una de las pocas personas que, pese a no pertenecer a la mina, podía entrar al campo, y cada semana Jean temía que le revisaran el carro.

—¿Qué trajiste? —le preguntó Jean en un susurro.

—Remedio para la tos, linimento, un poco de morfina para la señora Carson y una docena de zapatos. No se puede esconder mucho dentro de una calabaza. Y cortinas de encaje para la novia de Ezra.

—¡Cortinas de encaje! —exclamó Jean y luego se echó a reír—. Quizá tengas razón, el encaje le sentará mejor que cualquier otra cosa. Bien, comencemos.

Les llevó tres horas repartir las verduras. La gente pagaba a Sadie con vales y Jean se los devolvía luego en secreto. Ni los dueños de la mina, ni la policía del campo, ni siquiera la mayoría de los mineros sabían que las verduras de Sadie y los artículos secretos eran gratuitos. Los mineros eran orgullosos y no hubieran aceptado ningún tipo de caridad, pero las mujeres tomaban todo lo que podían conseguir para sus hijos y sus cansados maridos.

Ya era tarde cuando ambas mujeres regresaron a la casa de Jean con el carro vacío.

—¿Cómo va Rafe? —preguntó Sadie.

—Trabajando duro, como mi padre. Y el tío Rafe está creando problemas. Tienes que irte. No podemos arriesgarnos a que tú tengas algún problema —le dijo mientras tomaba la mano de Sadie—. Qué mano tan joven...

—¿Problemas? —repitió Sadie confundida. Dio un salto hacia atrás y Jean se echó a reír.

—Hasta la semana que viene. Y Sadie, no te preocupes por mí, hace tiempo que lo sé.

Confundida y sin poder decir palabra, Sadie trepó a su carro y partió.

Una hora después se detenía en la parte de atrás de la vieja rectoría de Chandler. Abrió la puerta y corrió por el corredor hasta el baño donde estaba la ropa limpia.

Se quitó la peluca de un tirón, se lavó el maquillaje del rostro y frotó sus dientes para quitar la goma negra que los cubría. Con movimientos rápidos se liberó de esa ropa vieja y abultada que la hacía parecer gorda y se colocó un corsé abrochado al frente y una falda de sarga de color azul. La blusa de seda era de un color verde pálido y encima llevaba una chaquetilla de sarga azul con bordes de terciopelo verde.

Mientras se ajustaba el cinturón de cuero azul oscuro, llamaron a la puerta.

—Entre.

El reverendo Thomas abrió la puerta y permaneció inmóvil observando a la mujer que tenía adelante. La señorita Houston Chandler era alta, esbelta y hermosa; tenía el cabello castaño con reflejos rojizos, ojos verde-azulados, una nariz aristocrática y una boca pequeña y perfecta.

—Sadie se ha ido hasta la semana que viene —dijo el reverendo con una sonrisa—. Ahora, Houston, debes irte. Tu padre...

—Padrastro —lo corrigió Houston.

—Bueno, sí, pero su furia es la misma, cualquiera sea su título.

—¿Anne y Tía ya regresaron con sus carros?

—Hace horas. Ahora, vete de aquí.

—Sí, señor. —Houston sonrió—. Hasta el próximo miércoles —le dijo al salir por la puerta principal de la rectoría para dirigirse a su casa.

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1

Mayo 1892

Houston Chandler caminó la calle y media de distancia hasta su casa lo más tranquila que pudo. Se detuvo frente a una casa de tres pisos de ladrillo rojo y estilo victoriano que en el pueblo llamaban la Mansión Chandler. Se arregló el cabello y la ropa y subió las escaleras.

Mientras colocaba el parasol en el paragüero de porcelana que estaba en el vestíbulo, oyó que su padrastro estaba regañando a su hermana.

Blair Chandler, la hermana gemela de Houston, miró al hombre que era unos centímetros más bajo que ella, aunque robusto como una piedra.

—¿Y desde cuándo es ésta su casa? Mi padre...

Houston se acercó a la sala y se interpuso entre su hermana y su padrastro.

—¿No es hora de cenar? Quizá tendríamos que entrar. —Miró a su hermana con ojos implorantes.

Blair se volvió y se alejó, furiosa.

Duncan tomó a Houston por el brazo y la condujo hacia el comedor.

—Por lo menos tengo una hija decente...

Houston parpadeó al oír el tan conocido comentario. Odiaba que la compararan con Blair, y peor aun, cuando era la ganadora.

Acababan de sentarse frente a la enorme mesa de caoba, puesta con la mejor porcelana y cristalería, Duncan ubicado en la cabecera, Opal Gates frente a él y cada hermana en uno de los costados; cuando comenzó otra vez.

—Tendrías que pensar en hacer algo para complacer a tu madre —dijo Duncan echando un vistazo a Blair mientras ponían un trozo de carne de cinco kilos delante de él. Tomó los utensilios para cortar y agregó—: ¿Eres tan egoísta que no te preocupas por nadie? ¿Acaso tu madre no significa nada para ti?

Blair apretó los dientes y miró a su madre. Opal era como una copia envejecida de sus hermosas hijas. Era obvio que el entusiasmo que una vez había tenido había desaparecido o estaba profundamente enterrado.

—Madre —replicó Blair—, ¿quieres que regrese a Chandler, que me case con un banquero gordo, tenga una docena de hijos y abandone la medicina?

Opal sonrió a su hija mientras se servía una porción de la fuente de berenjenas que le ofrecía la criada.

—Quiero que seas feliz, querida, y eres muy noble al preocuparte por salvar la vida de los demás.

Blair se volvió con una mirada triunfante hacia su padrastro.

—Houston renunció a su vida para complacerlo. ¿Eso no es suficiente? ¿Quiere ver que me destruya yo también?

—¡Houston! —gritó Duncan asiendo con fuerza la trincheta—. ¿Vas a permitir que tu hermana hable de ese modo?

Houston miró a Blair y luego a su padrastro. No quería ponerse del lado de ninguno de los dos. Cuando Blair regresara a Pensilvania después de la boda, ella tendría que quedarse allí, con su padrastro. Se alegró cuando la criada anunció la llegada del doctor Leander Westfield.

Houston se puso de pie de inmediato.

—Susan —dijo a la criada—, pon otro plato en la mesa.

Leander entró en la habitación con pasos seguros. Era alto, esbelto, de cabello y tez oscuros y muy, muy apuesto. Tenía hermosos ojos verdes y un aire de seguridad que hacía que las mujeres se detuvieran en la calle para mirarlo. Saludó al señor y la señora Gates.

Se acercó hasta Houston y la besó ligeramente en la mejilla. Besar a una mujer en público, incluso a la esposa o prometida, era un atrevimiento, pero Leander tenía una manera de hacer las cosas que le permitía tomarse atribuciones que otros hombres no podían pretender.

—¿Cenarás con nosotros? —le preguntó Houston con educación, indicándole el lugar junto a ella.

—Ya cené, gracias, pero quizá los acompañe con una taza de café. Buenas noches, Blair —saludó mientras se sentaba frente a ella.

Blair lo miró y no dijo nada.

—Blair, contéstale al doctor Leander tal como se debe —ordenó Duncan.

—Está bien, señor Gates —afirmó Leander mirando a Blair sorprendido. Luego se dirigió a Houston—: Luces como una novia.

—¡Novia! —exclamó Blair poniéndose de pie. Se volvió y salió corriendo de la habitación.

—Qué significa... —comenzó a decir Duncan dejando el tenedor para incorporarse.

Houston lo detuvo a tiempo.

—Por favor, no. Hay algo que le molesta. Quizá extraña a sus amigos de Pensilvania. Leander, ¿no querías hablarme de la boda? ¿Podemos salir ahora?

—Por supuesto. —Leander la escoltó en silencio hasta su coche, azuzó el caballo para que el animal se echara a andar, tomó la calle Dos y se detuvo en uno de los tantos lugares desiertos de Chandler. Comenzaba a oscurecer y el aire de la montaña era cada vez más frío. Houston se acomodó en un rincón del carruaje.

—Ahora explícame qué sucede —le preguntó mientras ataba las riendas del caballo y ponía el freno—. Me parece que tú estás tan molesta como Blair.

Houston tuvo que luchar por contener las lágrimas. Se sentía agradecida de poder estar a solas con Lee. Era tan familiar, tan seguro. Era un oasis de cordura en su vida.

—Es por el señor Gates, siempre está discutiendo con Blair, diciéndole que no es buena para nada, que debe dejar la medicina e instalarse en Chandler. Y siempre la compara conmigo recordándole cuán perfecta soy yo.

—Ah, corazón —murmuró él mientras la abrazaba—, tú sí que eres perfecta. Eres dulce, tierna, dócil...

—¡Dócil! —exclamó Houston apartándose—. ¿Quieres decir manejable?

—No —respondió Lee sonriéndole—. Sólo dije que eres una mujer muy hermosa, dulce y me parece correcto que te preocupes por tu hermana. Pero también pienso que Blair tendría que estar preparada para recibir críticas si desea ser médica.

—Entonces tú piensas que no debe renunciar a la medicina, ¿no es así?

—No tengo la menor idea de lo que ella debe hacer. No es mi responsabilidad. —Volvió a abrazarla—. ¿Pero por qué hablamos de Blair? Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir.

Mientras hablaba, la abrazó con más fuerza y comenzó a mordisquearle la oreja.

Ésta era la parte que Houston más odiaba. Era tan fácil estar con Lee, lo conocía tanto. Además, habían sido «pareja» desde que ella tenía seis años y él doce. Ahora, a los veintidós, pasaba gran parte de su tiempo en compañía de Leander Westfield. Lo único que había hecho durante toda su vida era prepararse para el día en que se convertiría en la esposa de Lee.

Pero desde hacía unos meses, después de regresar de su viaje de estudios en Europa, él había comenzado con esos besuqueos en el asiento posterior del coche. Y todo lo que ella había sentido era que deseaba que él dejara de manosearla. Entonces Lee la llamaba «princesa de hielo» y la llevaba furioso a su casa.

Houston sabía que supuestamente tenía que reaccionar ante las caricias de Lee, pero no sentía nada cuando él la tocaba. Muchas veces había llorado angustiada hasta quedarse dormida. No podía amar a otra persona más de lo que amaba a Leander, pero sus caricias no la excitaban.

Lee pareció adivinar lo que Houston estaba pensando y se apartó indignado.

—Faltan menos de tres semanas —dijo la joven con un nudo en la garganta—. Dentro de poco estaremos casados y...

—¿Y luego qué? —preguntó Lee—. ¿La princesa de hielo se derretirá?

—Eso espero —susurró Houston—. Nadie lo desea más que yo.

Permanecieron en silencio por un momento.

—¿Estás lista para la recepción de mañana, en casa del gobernador? —le preguntó Lee mientras encendía un cigarro.

Houston sonrió temblorosa. Los primeros minutos después de haberlo rechazado eran los peores.

—Mi vestido ya está planchado y listo para ponérmelo.

—El gobernador quedará encantado contigo, ¿sabes? —Lee le sonrió pero Houston sintió que era una sonrisa forzada—. Un día tendré la esposa más hermosa de todo el estado.

Ella trató de relajarse. En la recepción del gobernador se sentiría segura. Estaba entrenada para ello. Quizá debería haber seguido un curso sobre cómo no ser una esposa frígida. Sabía que algunos hombres pensaban que las esposas no debían disfrutar del sexo, pero también sabía que Leander era diferente de los demás. Él le había explicado que esperaba que ella lo disfrutara, y Houston le había prometido que lo haría, pero siempre se sentía molesta cuando la besaba.

—Tengo que ir a la ciudad mañana —le dijo interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Quieres venir?

—Oh, me encantaría. Blair quería pasar por la oficina de periódicos. Creo que alguien le envió una revista médica desde Nueva York.

Houston se reclinó en el asiento mientras Leander ponía en movimiento el coche y se preguntó qué pensaría él si supiera que su «dócil» prometida hacía algo ilegal una vez a la semana.

Blair estaba recostada en la cama con las piernas un tanto separadas, lo que permitía ver los pantalones turcos que llevaba. Su habitación, en tonos azules y blancos, quedaba en el tercer piso de la casa y desde su ventana se divisaba el Pico Ayers. Antes había tenido una habitación en el segundo piso, pero cuando dejó Chandler, a los doce años, Opal quedó embarazada y el señor Gates transformó el cuarto de Blair para el nuevo bebé. Opal perdió el bebé y ahora el cuarto estaba vacío, lleno de muñecas y soldaditos que había comprado Gates.

—No veo por qué tenemos que ir con Leander —dijo Blair a Houston que estaba sentada en una silla de brocado blanco—. Hace años que no nos vemos y ahora tengo que compartirte.

Houston sonrió con timidez.

—Fue Leander quien nos invitó a acompañarlo. A veces creo que no te gusta. Pero me parece imposible; es tan amable y considerado y tiene una buena posición en la comunidad y...

—¡Y te posee por completo! —explotó Blair saltando de la cama—. ¿No te das cuenta de que en el colegio trabajé con mujeres como tú, mujeres tan infelices que sólo intentaban suicidarse?

—¿Suicidarse? Blair, no tengo la menor idea de lo que estás hablando. No tengo intenciones de matarme.

—Houston —dijo Blair con tono tranquilo—, me gustaría que pudieses ver lo mucho que has cambiado. Antes solías reír y ahora estás siempre distante. Comprendo que hayas tenido que ajustarte a Gates, pero ¿por qué has elegido casarte con un hombre como él?

Houston se puso de pie y se apoyó con una mano sobre el vestidor de Blair.

—Leander no es como el señor Gates. Es realmente diferente, Blair. —Miró a su hermana en el enorme espejo—. Y lo amo —añadió con suavidad—. Lo he amado durante años y lo único que deseaba era casarme, tener hijos y una familia. Nunca deseé hacer algo noble o grandioso como tú. ¿No puedes ver que soy feliz?

—Me gustaría creerte —repuso Blair con sinceridad—, pero hay algo que no me deja. Supongo que odio la manera en que Leander te trata, como si le pertenecieras. Los he visto juntos y parecen una pareja casada desde hace veinte años.

—Hace mucho tiempo que nos conocemos. —Houston se volvió para enfrentar a su hermana—. ¿Qué puedo buscar en un marido aparte de la compatibilidad?

—Yo creo que los mejores matrimonios se hacen entre dos personas que se consideran interesantes mutuamente. Tú y Leander son demasiado parecidos. Si él fuera una mujer, sería la dama perfecta.

—Como yo —susurró Houston—. Pero no siempre soy una dama. Hago ciertas cosas que...

—¿Como Sadie?

—¿Cómo lo supiste? —le preguntó Houston.

—Meredith me lo contó. ¿Y qué crees que dirá tu querido Leander cuando se entere de que te pones en peligro todos los miércoles? ¿Y qué dirán de un cirujano de su talla casado con una criminal?

—No soy una criminal. Hago algo bueno por el pueblo —replicó Houston con entusiasmo; luego se tranquilizó. Se arregló el rodete de la nuca, acomodó unos rizos sobre la frente y se colocó un sombrero decorado con plumas de un azul iridiscente—. No sé lo que pensará. Quizá nunca se entere.

—¡Ah! Ese hombre tan pomposo te prohibirá participar en cualquier actividad que esté relacionada con los mineros y tú, Houston, estás tan acostumbrada a obedecer que harás exactamente lo que te pida.

—Tal vez tenga que renunciar a Sadie después de casarme —dijo y suspiró.

De repente, Blair se puso de rodillas delante de Houston y le tomó las manos.

—Estoy preocupada por ti; no eres la hermana que conocí. Gates y Westfield te están destruyendo. Cuando éramos pequeñas, solías tirar bolas de nieve con los mejores, pero ahora es como si estuvieses asustada del mundo. Incluso cuando haces algo maravilloso como conducir un carro debes hacerlo a escondidas. Oh, Houston...

Llamaron a la puerta.

—Señorita Houston, el doctor Leander está aquí.

—Gracias, Susan, bajaré en seguida. —Houston se acomodó la falda—. Siento desagradarte tanto —le dijo—, pero sé lo que quiero. Quiero casarme con Leander porque lo amo. —Houston se volvió y abandonó la habitación.

Trató de alejar las palabras de Blair de su mente pero no pudo. Saludó a Leander con aire ausente y apenas se percató de la discusión que surgió entre Lee y Blair, tan concentrada estaba en sus propios pensamientos.

Blair era su hermana gemela. Estaban más unidas que la mayoría de las hermanas y Houston sabía además que su preocupación era verdadera. Sin embargo, ¿cómo podía pensar en no casarse con Leander? Cuando Leander tenía ocho años, había decidido ser doctor, un cirujano que salvara la vida de las personas. Cuando Houston lo conoció, Lee tenía unos once años, ya estudiaba libros que le había prestado un primo lejano. Houston decidió descubrir cómo ser la esposa de un médico.

Nadie pudo hacerlo cambiar de opinión. Lee viajó a Harvard para estudiar medicina, y luego a Viena para perfeccionarse. Houston estudió en Virginia y más tarde en Suiza.

Houston seguía sobresaltándose cada vez que recordaba la discusión que había tenido con Blair sobre la elección de libros.

—¿Vas a abandonar tu educación nada más que para aprender a poner la mesa y cómo caminar sin caerte con un vestido de satén que tiene una cola de cincuenta metros?

Blair asistió a Vassar y luego a la escuela de medicina, mientras que Houston concurrió al colegio de la señorita Jones donde pasó años de riguroso entrenamiento aprendiendo desde cómo arreglar las flores hasta cómo evitar que los hombres discutan durante la comida.

Lee la tomó del brazo para ayudarla a subir al coche.

—Estás tan hermosa como siempre —le dijo bajito al oído.

—Lee... —comenzó a decir Houston—; ¿crees que nosotros nos hallamos... interesantes el uno al otro?

Lee sonrió y le recorrió el cuerpo con la mirada, luego le dijo:

—Houston, para mí eres fascinante.

—¿Me refiero a si tenemos suficientes cosas de qué conversar?

Lee levantó una ceja.

—Me sorprende que recuerdes cómo hablar cuando estoy a tu lado. —Luego partieron hacia el centro de Chandler.

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2

Chandler, colorado, era un lugar pequeño, de ocho mil habitantes solamente, pero su industria de carbón, su ganado y sus ovejas, así como también la fábrica de cerveza del señor Gates la convertían en una pequeña pero rica ciudad. Ya tenía electricidad y teléfono, y era fácil comunicarse con las ciudades más importantes de Colorado Springs y Denver.

Las once calles que conformaban el centro de Chandler estaban casi todas flanqueadas por nuevos edificios construidos con las piedras que extraían de la mina de Chandler. La piedra de un color gris verdoso se usaba en las cornisas e intrincados adornos de las casas victorianas del lugar.

Alrededor de la ciudad había casas de varios estilos Reina Ana y Victoriano. Al norte de la ciudad estaba la casa de Jacob Fenton, una estructura de ladrillo, también de estilo victoriano, que hasta hacía algunos años había sido la casa más grande de todo Chandler.

Hacia el oeste, no muy lejos de la casa de los Fenton, se hallaba la casa de Kane Taggert, construida sobre una especie de elevación que alguna vez se había pensado que era parte de la montaña. La casa de Fenton tenía las mismas dimensiones que la bodega de la casa Taggert.

—¿Siguen intentando entrar en ese lugar? —preguntó Blair. Houston asintió, mientras ambas observaban la casa escondida detrás de unos árboles. Ésa parte «apenas visible» era suficiente para que se viera desde cualquier punto de la ciudad.

—Todos. —Houston sonrió—. Cuando el señor Taggert rechazó todas las invitaciones y no hizo por su parte ninguna, comenzaron a correr ciertos rumores sobre él.

—No estoy seguro de que todo lo que murmuran son sólo rumores —acotó Leander—. Jacob Fenton dijo...

—¡Fenton! —explotó Blair—. Ese Fenton es un ladrón, un...

Houston ni se molestó en escuchar el resto; se reclinó contra el asiento del coche y se dedicó a mirar por la ventana. Lee y Blair siguieron discutiendo.

No sabía si lo que se decía sobre el señor Taggert era verdad o no, pero opinaba que su casa era la cosa más hermosa que jamás hubiese visto.

Nadie sabía mucho sobre la vida de Kane Taggert, excepto que cinco años atrás había llegado un tren cargado de materiales desde el este y cien obreros, y a las pocas horas habían comenzado a construir lo que hoy era esa casa.

Por supuesto que todos tenían curiosidad por saber. Algunos decían que ninguno de los obreros de la construcción había tenido que gastar en comida porque las mujeres los alimentaban a cambio de información. Pero no sirvió de mucho. Nadie sabía quién construía la casa ni por qué la construían en ese lugar desconocido de Colorado.

Llevó tres años terminar el edificio de dos pisos con forma de U, de paredes blancas y techo de tejas rojas. Era el tamaño del mismo lo que preocupaba a la gente de los alrededores. El dueño de un almacén dijo que todos los hoteles de Chandler entrarían en el primer piso de la casa, y eso era mucho decir ya que, dado que Chandler estaba a mitad de camino entre el norte y el sur de Colorado, la cantidad de hoteles era considerable.

Durante un año, después de terminar la casa, siguieron llegando trenes completos cargados con enormes cajas de madera. Las cajas tenían etiquetas provenientes de Francia, Inglaterra, España, Portugal y de todo el mundo.

Pero a pesar de todo, no había ni rastros del dueño.

Por fin un día, dos hombres altos y robustos bajaron del tren en Chandler. Uno era rubio y de apariencia agradable. El otro, tenía el cabello oscuro, barba y parecía

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