Los náufragos

Fragmento

Creditos

Título original: The Lifeboat

Traducción: Jordi Vidal

1.ª edición: noviembre 2012

© 2012 by Charlotte Rogan

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.22781-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-280-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para Kevin

y para Olivia, Stephanie y Nick

con amor

Cita

 

 

 

 

 

Cantaré del diluvio a todos los pueblos.

¡Oíd!

Mito de Atrahasis,

últimos versos

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Prólogo

Primera parte

Primer día

Por la noche

Segundo día

Tercer día

Por la noche

Cuarto día

El Empress Alexandra

Segunda parte

Quinto día

Por la noche

Sexto día

Séptimo y octavo día

Henry

Tercera parte

Noveno día

Por la noche

Decimo día, por la mañana

Decimo día, por la tarde

Por la noche

Undécimo día

Duodécimo día

Por la noche

Decimotercer día

De noche

Decimocuarto día

Cuarta parte

Prisión

El doctor Cole

La justicia

Inocencia

Testigos

Decisiones

Rescate

Epílogo

Agradecimientos

Notas

naufragos-1.xhtml

Prólogo

Hoy he sorprendido a los abogados y me ha impresionado el efecto que he podido producir en ellos. Se ha desatado una tormenta cuando salíamos del juzgado para ir a comer. Ellos han echado a correr para refugiarse bajo el toldo de una tienda cercana y evitar que se les mojaran los trajes, mientras que yo me he quedado de pie en medio de la calle con la boca abierta, transportada al pasado, y volviendo a ver aquella otra lluvia que se acercaba a nosotros en cortinas grises. Había vivido aquel chaparrón y en ese momento, en la calle, pensé que podía revivirlo, que podía sumergirme en él, que podía repetirse el décimo día en el bote salvavidas, cuando empezó a llover.

Una lluvia que, aunque fría, agradecimos. Al principio no era más que una llovizna burlona, pero a medida que avanzaba el día comenzó a caer en serio. Levantamos la cabeza hacia el cielo, con la boca abierta, empapando nuestras lenguas hinchadas. Mary Ann no podía, o no quería, separar los labios ni para beber ni para hablar. Era una mujer de mi edad. Hannah, que era apenas un poco mayor, la abofeteó con fuerza y dijo: «¡Abre la boca o te la abriré yo!» Entonces cogió a Mary Ann y le apretó la nariz hasta obligarla a abrir la boca para no ahogarse. Las dos permanecieron un buen rato en una especie de abrazo violento mientras Hannah mantenía separadas las mandíbulas de Mary Ann, permitiendo que la lluvia gris y salvadora entrara gota a gota.

—¡Vamos, vamos! —dijo el señor Reichmann, que es el jefe del pequeño equipo de abogados contratados por mi suegra, no porque le importe un rábano lo que me ocurra, sino porque cree que mi condena sería contraproducente para la familia.

El señor Reichmann y sus socios me llamaban desde la acera, pero fingí no oírlos. Les irritó mucho que no diera muestra de oírlos o, mejor dicho, que no les hiciera caso, que es algo muy distinto y mucho más ofensivo, me imagino, para quienes están acostumbrados a hablar desde un estrado, para quienes habitualmente reciben la atención de jueces, jurados y personas obligadas por juramento a decir la verdad o a guardar silencio y cuya libertad depende de determinadas verdades que decidan revelar. Cuando por fin me puse en movimiento y me reuní con ellos, tiritando y calada hasta los huesos pero sonriendo por dentro, contenta de haber redescubierto la exigua libertad de mi imaginación, preguntaron:

—¿Qué clase de broma es esa? ¿Qué estabas haciendo, Grace? ¿Te has vuelto loca?

El señor Glover, que es el más simpático de los tres, me cubrió los hombros mojados con su chaqueta, pero el fino forro de seda no tardó en empaparse y probablemente en estropearse, y si bien me conmovió que me hubiera ofrecido su chaqueta, habría preferido que fuese la del apuesto y corpulento William Reichmann la que se hubiese estropeado con la lluvia.

—Tenía sed —contesté, y seguía teniéndola.

—Pero el restaurante está aquí mismo, a menos de una calle. En un par de minutos podrás beber lo que desees —repuso el señor Glover, mientras los demás señalaban y gesticulaban alentándome a seguirlos.

Pero yo tenía sed de lluvia y agua salada, sed de todo su océano sin límites.

—Eso tiene mucha gracia —dije, riendo al pensar que era libre de elegir cualquier bebida, cuando no era algo que me apeteciera.

Había pasado las dos semanas anteriores en la cárcel y ahora estaba libre y a la espera del resultado de un juicio que estaba en curso. Incapaz de contener la risa, que no paraba de sacudirme, pronta a brotar, como gigantescas olas. No me permitieron acompañar a los abogados al comedor y tuvieron que llevarme el almuerzo al guardarropa, donde un funcionario circunspecto me vigilaba sentado sobre un taburete mientras yo comía con desgana mi bocadillo. Parecíamos dos pájaros, y no dejé de reírme hasta que me dolieron los costados y pensé que iba a marearme.

—Bueno —dijo el señor Reichmann cuando los abogados se reunieron conmigo después de comer—, hemos estado hablando del asunto y a fin de cuentas aludir a un trastorno mental como defensa no parece tan descabellado.

La idea de que tuviera un trastorno mental los llenaba de alegre optimismo. Si antes del almuerzo se habían mostrado nerviosos y pesimistas, ahora encendían cigarrillos y se felicitaban unos a otros por razones que yo desconocía. Al parecer habían intercambiado opiniones, habían considerado mi estado mental y habían entendido que presentaba ciertas carencias. Y ahora que habían superado la primera impresión causada por mi conducta y que habían descubierto que quizá pudieran servirse de ella para justificar científicamente e incluso aprovechar la situación en el manejo del caso, me dieron palmaditas en el brazo uno detrás de otro y dijeron:

—No te preocupes, querida muchacha. Al fin y al cabo, ya has sufrido bastante. Déjalo en nuestras manos, hemos hecho esto mil veces. —Mencionaron a un tal doctor Cole y añadieron—: Estamos seguros de que te parecerá muy comprensivo.

A continuación recitaron de un tirón una lista de datos que no me decían nada.

No sé de quién había sido la idea, si de Glover, Reichmann o incluso del tímido Ligget, de que intentara recrear los hechos de aquellos veintiún días y de que el «diario» se presentara como una especie de prueba exculpatoria.

—En ese caso sería mejor que la presentáramos como cuerda, o de lo contrario lo rechazarían del todo —sugirió el señor Ligget con vacilación, como si no le tocara hablar.

—Supongo que tienes razón —admitió el señor Reichmann, frotándose la barbilla—. Veamos qué nos ofrece antes de tomar una decisión.

Se rieron, hicieron girar sus cigarrillos en el aire y hablaron de mí como si no estuviera mientras regresábamos al juzgado donde, junto con otras dos mujeres, llamadas Hannah West y Ursula Grant, iba a ser acusada de un crimen capital. Tenía veintidós años. Había estado casada durante diez semanas y hacía más de seis que era viuda.

naufragos-2.xhtml

Primera parte

naufragos-3.xhtml

Primer día

El primer día en el bote salvavidas estuvimos casi siempre en silencio; asimilando, o negándonos a asimilar, el drama que acontecía en las agitadas aguas que nos rodeaban. John Hardie, un marinero de primera y el único miembro de la tripulación a bordo del bote de salvamento 14, se hizo cargo de la situación de inmediato. Asignó lugares teniendo en cuenta la distribución del peso, y como la embarcación flotaba demasiado a ras del agua, nos prohibió a todos que nos levantáramos o moviéramos sin permiso. Después sacó un timón que estaba encajado bajo la bancada, lo colocó en la popa del bote y ordenó a quienes supieran remar que cogieran uno de los cuatro remos largos. Enseguida, tres hombres y una mujer corpulenta, la señora Grant, los tomaron. Hardie les indicó que se alejaran todo lo posible del barco que se hundía, diciendo: «¡Remad con todas vuestras fuerzas si no queréis morir arrastrados hasta el fondo!»

El señor Hardie estaba derecho, con los pies bien plantados y la mirada atenta, guiándonos hábilmente alrededor de los obstáculos que nos cerraban el paso, mientras los cuatro remaban en silencio, con los músculos tensos y los nudillos blancos. Algunos de los otros sujetaban los extremos de los largos remos para ayudar con el esfuerzo, pero eran inexpertos, y las palas tendían tanto a pasar por encima como por debajo del agua y a impulsarse contra ella de costado, que era para lo que habían sido diseñadas. Yo apretaba los pies contra el fondo de la barca en solidaridad, y a cada remada tensaba los hombros como si por arte de magia favoreciera nuestra causa. De vez en cuando el señor Hardie rompía el impactante silencio diciendo cosas como: «Doscientos metros más y estaremos a salvo», o «El barco se hundirá en diez minutos, doce si acaso», o «El noventa por ciento de las mujeres y los niños se ha salvado». Sus palabras me consolaban, si bien acababa de presenciar cómo una madre arrojaba a su hijita al agua, después saltaba tras ella y desaparecía. No sabía si el señor Hardie lo había visto o no, pero sospechaba que sí, porque los ojos negros que se movían inquietos debajo de sus pobladas cejas parecían registrar todos los detalles de nuestra situación. En todo caso, no lo corregí, ni siquiera lo culpé por decir alguna mentira. En cambio lo veía como un líder, tratando de inspirar confianza a sus tropas.

Dado que el nuestro había sido uno de los últimos botes salvavidas que se habían echado al mar, las aguas que se extendían delante estaban atestadas. Vi chocar dos botes, cuando intentaban esquivar un montón de restos flotantes, y una parte serena de mi mente fue capaz de entender que el señor Hardie se dirigía hacia un espacio de agua despejada apartado del resto. Había perdido la gorra, y con su pelo desordenado y sus ojos feroces parecía tan preparado para hacer frente al desastre como nosotros estábamos aterrorizados por este. «¡Empleaos a fondo, muchachos! —gritó—. ¡Mostradme de qué pasta estáis hechos!» Y la gente que empuñaba los remos redobló sus esfuerzos. En el mismo momento hubo una serie de explosiones a nuestra espalda y los gritos y alaridos de las personas que se hallaban todavía a bordo del Empress Alexandra o en el agua sonaron como debe de sonar el infierno, si es que existe. Miré atrás y vi el enorme casco del transatlántico estremecerse y balancearse, y por primera vez advertí llamas anaranjadas lamiendo las ventanas de los camarotes.

Pasamos junto a astillas dentadas, barriles medio sumergidos y cabos de cuerda enroscados como serpientes. Identifiqué una tumbona, un sombrero de paja y lo que parecía una muñeca flotando juntos, sombríos recordatorios del buen tiempo que habíamos tenido aquella misma mañana y del humor festivo que reinaba en el barco. Cuando nos tropezamos con tres bidones más pequeños que se mecían a la vez, el señor Hardie exclamó: «¡Ajá!», y mandó a los hombres que subieran a bordo dos de ellos y que los colocaran bajo la bancada triangular del extremo en punta de la popa del bote. Nos aseguró que contenían agua potable y que, una vez que nos hubiéramos salvado del remolino provocado por el buque al hundirse, podríamos necesitarla para no morir de sed y de hambre; pero yo no podía pensar a tan largo plazo. En mi opinión, la borda de nuestra pequeña embarcación ya estaba peligrosamente cerca de la superficie del agua y cualquier parada disminuiría las posibilidades de alcanzar la distancia crítica con respecto al barco que se hundía.

Había también cuerpos flotando en el agua y personas aferradas a los restos del naufragio; vi a otra madre con su hijo, el chico de cara pálida extendía las manos hacia mí y gritaba. Cuando nos acercamos, pudimos comprobar que la madre estaba muerta, con el cuerpo inerte apoyado sobre un tablón y la cabellera rubia desparramada a su alrededor en el agua verde. El niño llevaba una minúscula pajarita y tirantes, y me pareció ridículo que su madre lo hubiera vestido de una forma tan inapropiada, a pesar de que siempre había admirado la ropa elegante y de calidad y de que yo misma tuviera que cargar con enaguas, botas de cuero blando y corsé, adquiridos en Londres no hacía mucho. Uno de los hombres gritó: «¡Un poco más y podremos alcanzar al chico!» Pero Hardie replicó: «Bien, ¿y quién de vosotros quiere cambiarle el sitio?»

El señor Hardie tenía una voz potente de marinero. No siempre podía entender lo que decía, pero eso acrecentaba mi fe en él. Conocía aquel mundo de agua, hablaba su lenguaje, y cuanto menos le comprendía yo, más posibilidades había de que el mar sí lo hiciera. Nadie tenía una respuesta para él, y pasamos de largo junto al niño que gritaba. Un hombre menudo que iba sentado a mi lado gruñó: «¡Bien podríamos reemplazar esos bidones por el chico!», pero de hacerlo habríamos tenido que volver atrás con el bote, y nuestra compasión por el muchacho, que se había encendido brevemente, ya formaba parte de una angustia pasada, de modo que guardamos silencio. Solo el hombrecillo habló, pero su voz aflautada apenas era audible entre los rítmicos chirridos de los remos en los escálamos, el fragor de aquel infierno y la cacofonía de voces humanas dando instrucciones o pidiendo ayuda a gritos: «No es más que un niño. ¿Cuánto podría pesar una personita como esa?» Más tarde me enteré de que aquel hombre era un diácono anglicano, pero por entonces no sabía los nombres ni las profesiones de mis compañeros de viaje. Nadie le respondió. Los que remaban persistieron en su empeño y los demás agachábamos la cabeza junto con ellos, pues parecía lo único que podíamos hacer.

Al poco rato nos encontramos con tres nadadores que se dirigían hacia nosotros dando vigorosas brazadas. Uno tras otro, se agarraron a la cuerda de salvamento que rodeaba el perímetro de nuestro bote, cargando suficiente peso sobre este para que empezara a entrar agua por la borda. Uno de aquellos hombres me llamó la atención. Tenía el rostro bien afeitado y lívido por el frío, pero era inconfundible el fulgor de alivio que emitieron sus ojos azules como el hielo. Obedeciendo las órdenes de Hardie, el remero sentado más cerca golpeó un par de manos antes de hacer lo mismo con las del hombre de ojos azules. Oí el crujido de la madera contra hueso. Entonces Hardie levantó su gruesa bota y la descargó contra la cara del hombre, lo que provocó un grito de angustiada sorpresa. Resultaba imposible apartar la mirada, y jamás he tenido un sentimiento más intenso por un ser humano como el que tuve por aquel desconocido.

Si describo lo que sucedía a estribor en el bote de salvamento 14, necesariamente daré la impresión de que no acontecían mil dramas distintos en las turbulentas aguas a babor y popa. Ahí fuera, en algún lugar, estaba mi marido Henry, sentado en un bote y apartando gente a golpes como hacíamos nosotros o bien tratando de salvarse a nado y siendo golpeado por otros. Me consolaba recordar que Henry se había mostrado enérgico a la hora de conseguirme un lugar en el bote, y estaba segura de que había sido igual de enérgico para salvarse; pero ¿habría podido Henry actuar como lo hacía Hardie si su vida dependiera de ello? ¿Habría podido yo? La idea de la crueldad del señor Hardie fue algo a lo que mis pensamientos regresan sin cesar: desde luego fue horrendo, desde luego ninguno de los demás habríamos tenido el valor para tomar las decisiones terribles e inmediatas que se esperaban de un líder en aquel momento, y sin duda es eso lo que nos salvó. Me pregunto si acaso puede calificarse de crueldad esa forma de actuar cuando cualquier otra habría significado nuestra muerte segura.

No había viento, pero incluso, de vez en cuando, en el mar calmo, el agua nos salpicaba al golpear contra el costado del bote sobrecargado. Hace unos días, los abogados demostraron con un experimento que un adulto más de peso medio, en un bote de ese tamaño y tipo, nos habría puesto en peligro de inmediato. No podíamos salvar a todo el mundo y salvarnos al mismo tiempo. El señor Hardie lo sabía y tuvo el valor de actuar en consecuencia, y fueron sus acciones en aquellos primeros minutos y horas lo que marcó la diferencia entre la existencia prolongada y una tumba de agua. También fueron sus actos lo que puso a la señora Grant, la más fuerte y enérgica de las mujeres, contra él. La señora Grant dijo: «¡Animal! Vuelve atrás y salva por lo menos al niño», aunque sabía que no podíamos regresar y escapar con vida. Sin embargo, por esas palabras, la señora Grant fue tildada de caritativa y Hardie, de demonio.

También hubo ejemplos de nobleza. Las mujeres más fuertes atendieron a las más débiles, y hay que reconocer el mérito de quienes remaban por alejarnos tan deprisa del barco que se hundía. El señor Hardie, por su parte, estaba firmemente decidido a salvarnos y enseguida distinguió a aquellos de nosotros que requeríamos cuidado de los que no lo requerían. A los demás nos llevó más tiempo conseguirlo. Durante varios días, tendí a identificarme menos con mis compañeros del bote salvavidas que con los de viaje en primera clase del Empress Alexandra, ¿y quién no lo haría? Pese a las dificultades de los últimos años, estaba acostumbrada al lujo. Henry había pagado más de quinientos dólares por nuestro pasaje en primera, y todavía me veía llegando triunfalmente a mi ciudad natal, no como la desaliñada superviviente de un naufragio ni como la hija de un hombre de negocios fracasado, sino como la invitada a una cena de bienvenida, ataviada con vestidos y joyas que ahora descansaban en el lodo lleno de hierbajos del fondo marino. Me imaginaba a Henry presentándome por fin a su madre, cuya resistencia a mis encantos se esfumaba ahora que nuestro matrimonio era un hecho consumado. Y me imaginaba a los hombres que habían estafado a mi padre abriéndose paso a codazos a través de la multitud para ser rechazados públicamente por todos aquellos con los

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos