Cuando un hombre se enamora (Falcon Club 1)

Katharine Ashe

Fragmento

Creditos

Título original: When a Scot Loves a Lady

Traducción: Noelia Sanabria

1.ª edición: enero 2013

© 2012 by Katharine Brophy Dubois

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 31176.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-312-9

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Dedicado a Lucia Macro y Kimberly Whalen.

En palabras del hijo predilecto de Escocia,

que tu vida día a día tenga calma.

No lento largo en la acción,

pero sí un allegretto forte dichoso

flujo armonioso,

Una danza strathspey magnífica, animada, atrevida:

Encore! ¡Bravo!

Con mi mayor gratitud.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

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Prólogo

Londres, 1813

Una dama elegante dotada de un elevado nivel intelectual no debería mirar fijamente a un hombre. A los veintidós años, y ya con un gusto y refinamiento exquisitos, no debería sentir la necesidad apremiante de estirar tanto el cuello para ver pasar a un Luis XIV corpulento coqueteando con una Cleopatra pechugona.

Pero una dama como Katherine Savege, de noble familia y con una reputación mancillada, acostumbrada a la censura mordaz de la sociedad, en ocasiones podía permitirse estas pequeñas indiscreciones.

La Reina del Nilo se movió y Kitty obtuvo otra visión de aquella figura masculina plantada en la entrada del salón de baile.

—Mamá, ¿quién es ese hombre? —Su voz suave, apenas un susurro, no contenía ni una sola nota de curiosidad pueril. Era como el raso, se movía como olas que acarician la orilla y cantaba como un ruiseñor. O al menos eso le decían sus pretendientes cuando la halagaban.

En realidad, ya no cantaba como un ruiseñor ni, de hecho, como ninguna otra ave. No desde que un hombre vil le había arrebatado la virtud y desatado su ansia de venganza.

El ansia de venganza y el dulce canto no conviven bien en el alma de una mujer.

En cuanto a los pretendientes, ahora ella se veía obligada a soportar más tentativas y proposiciones que declaraciones sinceras. Pero no tenía a nadie a quien culpar, a excepción de ella misma y aquel malvado, por supuesto.

—El caballero alto —precisó—, el del perro.

—¿Un perro? ¿En un baile? —La condesa viuda de Savege inclinó la cabeza; su cabello plateado y la corona de joyas incrustadas brillaban a la luz de un centenar de velas de araña.

Una gorguera isabelina ceñía sus severas mejillas, obstaculizándole los movimientos. Pero sus ojos pardos, perspicaces y delicados, siguieron la mirada de su hija a través de la multitud. ¿Cómo se atrevían?

—En efecto. —Kitty resistió el impulso de mirar de nuevo hacia la puerta. Si se inclinaba demasiado hacia un lado el vestido, que recordaba el atuendo de una diosa griega, podía deslizarse impúdicamente. Su madre nunca debería haber permitido que se lo pusiera, mucho menos que lo luciese en público.

Pero después de treinta años de matrimonio con un hombre que públicamente alardeaba de tener una amante y con un hijo mayor que era un libertino incorregible, la condesa no era precisamente una esclava del decoro. Así, la asistencia de Kitty al baile de máscaras rozaba temerariamente el escándalo. Desde luego, ella no debería estar allí, pues eso no hacía más que confirmar los rumores.

No obstante, Kitty se lo había implorado a su madre, aunque le había ocultado el motivo: en la lista de invitados figuraba Lambert Poole.

—Vaya por Dios. —La noble viuda enarcó las cejas con expresión de sorpresa. Era Blackwood.

A la izquierda de Kitty, una ninfa le susurraba algo al oído a un mosquetero, ambos atentos al caballero alto del umbral. Tras ella, la doncella Marian sonrió tontamente a un moreno Barbanegra. Parte de lo que musitaba llegó hasta los finos oídos de Kitty.

—... Acaba de regresar de la India... Dos años fuera... No soportaba permanecer en Inglaterra tras la trágica muerte de su amada...

—... El bebé quedó huérfano de madre...

—... Una verdadera belleza...

—... Esos escoceses son tremendamente leales...

—... Prometió que no volvería a casarse...

Luis XIV besó la mano de Cleopatra y se alejó lentamente, permitiendo a Kitty una visión perfecta del caballero.

Su aspecto resultaba por demás sencillo, con un pañuelo atado al cuello, un bastón curvo en la mano y una barba que parecía auténtica; su intención era pasar por un pastor. Un perro enorme, desgreñado y gris, estaba a su lado.

Las señoras que lo rodeaban, sin embargo, no prestaban atención al perro. Cogida de su brazo, la Reina Isabel de España pestañeó, y la pequeña señorita Muffet apareció justo en ese momento mostrando sus hoyuelos al sonreír a aquel hombre que, a pesar de la barba, no carecía de atractivo.

Más bien todo lo contrario.

Kitty apartó la mirada de él.

—Entonces ¿le conoces?

—Él y tu hermano Alexander fueron de cacería juntos a Beaufort hace años. ¿Por qué, querida? ¿Te gustaría que te lo presentara? —La viuda entornó los ojos y cogió la copa de champán que le ofrecía el criado que pasaba por su lado.

—¿Y arriesgarme a llenarme el vestido de pelos de perro? Por Dios, no.

—Kitty, soy tu madre. Te he visto cantar a pleno pulmón mientras brincabas por los charcos. Esta arrogancia que has adoptado últimamente no me impresiona.

—Perdón, mamá. —Kitty bajó la mirada. La altanería, sin embargo, le había evitado a Kitty mucho dolor. Mostrándose altanera casi se permitía creer que no le importaba que las invitaciones y las llamadas fueran a menos, los amoríos fueran cada vez más pasajeros—. Naturalmente, he querido decir: por favor, no me presentes ahora, puesto que estoy pendiente de que un señor desaliñado con patillas tan largas como Piccadilly Road se siente a mis pies a recitarme poesía bucólica.

—No seas cruel, querida. El pobre hombre va disfrazado, al igual que todos los presentes.

Kitty, sobre todo. Y no solo por su vestido de diosa griega, sino también por otra clase de disfraz... La música resonaba alegremente en la estancia, turbando los sentidos de Kitty como las dos copas de vino que había cometido la imprudencia de beber. No estaba allí para divertirse, y desde luego tampoco para comerse indecorosamente con los ojos a un bárbaro lord escocés.

Tenía algo pendiente por hacer.

Como en todo evento social, buscó con la mirada a Lambert. Vestido de personaje de Shakespeare, estaba apoyado en una columna y tenía una caja de rapé abierta en la mano.

—Mamá, ¿irás al salón de juegos esta noche? —Nunca había podido adular a Lambert cuando su madre estaba cerca.

—Entonces ¿no te presento a lord Blackwood?

—¡Por favor, mamá!

—Katherine, eres incorregible. —La condesa le tocó el mentón con la punta de los dedos y sonrió amablemente—. Pero todavía eres mi querida niña.

Su «querida niña»... En momentos como ese, Kitty casi creía que su madre no sabía la verdad sobre la pérdida de su honra. En momentos como ese, anhelaba lanzarse a los brazos de su madre y que todo volviera a ser como antes, cuando en su corazón aún había esperanza y todavía no estaba erosionado por el juego perverso en que ahora se veía envuelta.

—Bien, me pasaré un rato por el salón de juegos —dijo su madre—. La semana pasada, Chance y Drake me ganaron cien guineas cada uno, y tengo la intención de recuperarlas. Dame un beso en la mejilla, que eso me traerá suerte.

—Pronto me uniré a vosotros. —Kitty la miró alejarse con su cascada de faldones y luego fue en busca de su víctima.

Lambert la encontró con la mirada. Su espeso cabello y la frente aristocrática captaban la luz de las velas. Pero ya hacía dos años que su visión no provocaba en Kitty ninguna emoción excepto ira, desde que él le había robado la inocencia y con ello le había roto el corazón.

Se le acercó.

—Enseñas mucha piel esta noche, querida —dijo él con voz lánguida—. Debes de tener mucho frío. Ven a calentarte un poco, ¿quieres? —Aspiró un pellizco de rapé.

—Siempre tan gracioso, milord. —Kitty sonrió, pero por den-tro se sentía furiosa. En un tiempo, cuando era una chica ingenua que creyó encontrar el amor en el primer caballero que le prestaba atención, había admirado esa arrogancia aristócrata. Ahora solo buscaba obtener información, de esa que dejan escapar los hombres vanidosos y orgullosos tras adularlos lo suficiente, fin-giendo todo el tiempo y riéndoles sus supuestas gracias.

Era un método que daba excelentes resultados. Tras meses de cuidadosa observación, Kitty había descubierto que lord Lambert Poole se servía de la política para obtener beneficios personales. Una vez había encontrado en su chaleco papeles con nombres de funcionarios ministeriales, números de cuentas y cifras que indicaban libras. Ahora necesitaba algo más de información para desenmascararlo y arruinar su vida social.

Sin embargo, empezó a sentir calor en el pecho y los hombros descubiertos y un sutil malestar. La venganza le había parecido muy dulce cuando la tramaba, pero ahora la angustiaba. Y en su interior el espíritu de la chica que había cantado a pleno pulmón mientras corría por los charcos deseó cantar en lugar de llorar. Esa noche no le preocupaba sacar el as que tenía en la manga y jugar a su juego secreto, ni siquiera para avanzar en la consecución de su objetivo.

—Vamos, Kit. —Él le miró el pecho desvergonzadamente—. Tiene que haber un rincón oscuro donde podamos estar solos.

Ella sintió un escalofrío.

—Claro, ¿por qué no?

—Detrás de ti, querida.

Ella echó a andar, lentamente.

—Ya te he dicho que... —De pronto algo le rozó la pierna, algo gris y peludo que ella apartó con un ademán. Una mano firme le cogió el brazo desnudo.

—Tranquila, solo es un perro —oyó que le decían en escocés. Era una voz cálida y profunda. Maravillosamente cálida y profunda, como la piel de aquella mano en contacto con su piel, y le provocó un cosquilleo interior.

No obstante aquella sensación, los gustos de Kitty se decantaban decididamente por los hombres acicalados, y Blackwood, con su cabellera larga, oscura y rizada y sus cejas hirsutas —por encima de unos ojos, eso sí, bonitos—, distaba de serlo.

—Lady Katherine... —La lánguida voz de Lambert la arrancó de su aturdimiento—. Le presento al conde de Blackwood. Ha regresado hace poco de la India. Blackwood, esta es la hermana de Savege.

—Milady... —dijo Blackwood en su lengua, e inclinó levemente la cabeza a modo de reverencia, supuso ella.

Kitty tendió la mano hacia él.

—No me importa el perro, milord, pero ¿no es un poco grande para guiar ovejas? Me atrevería a decir que hasta un lobo lo haría mejor.

—Las cosas no son siempre lo que parecen, milady —contestó el escocés sin abandonar su particular acento.

Ella no pudo dejar de mirarlo. Tras la oscura belleza de aquellos ojos rasgados algo centelleó. Un reflejo acerado.

Entonces, como un perfecto bárbaro y sin mediar palabra, se alejó.

Kitty lo siguió con la mirada.

En la penumbra, al final del salón de baile, un sátiro con el pecho cubierto de pelo enmarañado y una copa medio vacía en la mano miró de reojo a una camarera. No, no iba disfrazada, era de verdad. Cargaba una bandeja de copas que a todas luces era muy pesada para sus frágiles brazos. El sátiro comenzó a manosearla. La joven se apoyó en la pared mientras usaba la bandeja como escudo.

Lord Blackwood se interpuso entre los dos.

—¡Un momento, caballero! —exclamó en áspero escocés por encima de la música y las conversaciones—. ¿Acaso su madre no le enseñó que no se debe molestar a una chica cuando está trabajando? —Frunció el entrecejo—. Lárguese, o me veré obligado a darle una lección de modales.

El sátiro titubeó un momento, pero la actitud de Blackwood no dejaba lugar a dudas. El disfraz de pastor no ocultaba el porte vigoroso de un hombre en la flor de la vida.

—Es una lástima que trabaje tanto tiempo de pie —gruñó el sátiro, pero se alejó tambaleándose.

—Vaya —murmuró Lambert junto al hombro de Kitty—. Un héroe de la clase trabajadora. ¡Qué conmovedor!

A Kitty se le puso la piel de gallina al sentir su aliento en la mejilla.

Lord Blackwood hablaba ahora con la camarera, pero Kitty no podía oírlo. La chica abrió mucho los ojos e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Y a continuación dejó que el conde la liberara de la bandeja, antes de alejarse cabizbaja entre la multitud.

Lambert tomó a Kitty por el codo y dijo:

—No te hagas ilusiones, Kit. —Sus ojos azules brillaban intensamente—. Desde que su esposa murió, Blackwood no es la clase de hombre que se casa con cualquiera. —Esbozó una sonrisa cruel.

Lambert disfrutaba imaginando que Kitty era infeliz porque no se casaría con él. Años atrás había destrozado su honra con el único objeto de agraviar a sus hermanos, a los que odiaba. Pero ahora Kitty sabía que a Lambert le gustaba pensar que ella suspiraba por él.

En efecto, Kitty había fingido magníficamente, consintiéndole tomarse libertades para mantenerlo cerca, pues deseaba verlo sufrir igual que ella había sufrido, primero al negarse a casarse con ella y, más tarde, al demostrarle que era estéril.

Se volvió hacia el hombre que había perdido a su joven esposa hacía unos años y a la que todavía le era fiel, un hombre cabal que, en medio de una fiesta de la buena sociedad, había evitado que una joven criada fuera objeto de abuso.

Desde las sombras, Blackwood advirtió que lo miraba. De nuevo, un destello acerado iluminó la calidez oscura de sus ojos.

Desde luego, las cosas no eran siempre lo que parecían. Y Kitty lo sabía mejor que nadie.

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1

Londres, 1816

Compatriotas británicos:

¿Comete un delito el Gobierno por despilfarrar el gravemente mermado tesoro de nuestro noble reino aquí y allá sin atención alguna a la prudencia, la justicia o la razón?

Definitivamente, sí.

Irresponsablemente, sí.

¡Vilmente, sí!

Como todos sabéis, he hecho de la denuncia de todo este derroche propio de manirrotos mi cruzada personal. Este mes cuento con un nuevo ejemplo: 14½ de Dover Street.

¿De qué sirve a la sociedad un club exclusivo de caballeros si jamás se ve a un solo caballero cruzando la puerta del mismo? Y ese panel pintado de blanco adornado con un intimidante picaporte: un ave rapaz. Pero la puerta nunca se abre. ¿Alguna vez usan este moderno local los insignes miembros de su club?

Al parecer, no.

Recientemente he obtenido información a través de canales peligrosos en los que me he introducido por vuestro bien, compatriotas. Parece ser que sin el debate previo correspondiente los Lores han aprobado por votación secreta una asignación del Ministerio del Interior destinada a este así llamado club. Sin embargo, ¿cuál es el propósito del mismo, sino mimar a los ricos indolentes para quienes estos establecimientos son ya legión? No puede haber nada bueno en este gasto imprudente.

Me comprometo a desenmascarar este despilfarro encubierto de la riqueza del reino. Averiguaré los nombres de cada uno de los miembros de este club y qué negocios y tramoyas hay detrás de sus arrogantes puertas. Entonces, queridos lectores, os lo revelaré.

La Dama de la Justicia

Señor:

Lamento informar que los agentes Águila, Gavilán, Cuervo y Gorrión se han retirado del servicio. El Club Falcon, al parecer, se ha disuelto. Yo, por supuesto, deberé permanecer en activo hasta que todos los casos pendientes se resuelvan.

Asimismo, me permito llamar su atención sobre el folleto del 10 de diciembre de 1816, publicado por Brittle & Sons, impresores, que le adjunto. La pobre viejecita se llevará una decepción.

Suyo, etc.,

Peregrine

—Gracias, señor. —La dama apretó con dedos temblorosos la mano de Leam Blackwood—. Gracias.

En la densa niebla de una noche sin luna de diciembre alzó la mano y le besó fugazmente los nudillos.

—Vaya con Dios, señora —le deseó en escocés.

Las mejillas de la dama brillaban como dos fuentes de gratitud.

—Usted es demasiado bueno. —Se llevó el pañuelo a los labios trémulos—. Demasiado, milord. —Pestañeó—. Ojalá...

Sonriendo, él la ayudó a subir al carruaje y cerró la puerta. El vehículo partió, las ruedas traquetearon envueltas en la niebla de la madrugada londinense.

Por un instante Leam la observó alejarse. Dejó escapar un largo suspiro.

Una noche como otra cualquiera.

Una noche como no había otra.

Solo un par de versos malos, igual que la mala poesía de su vida durante los cinco últimos años. Pero esa noche se iba a acabar.

Desentumeció los hombros, se abotonó el abrigo y se frotó el mentón. Por Dios, hasta sus perros iban más aseados. Era uno de esos días en que un hombre prefería una navaja de afeitar a un brandy.

—Bien, ya está hecho —dijo sin traza de acento escocés, como había aprendido a hacer desde joven. Sin embargo, cinco años antes, mientras servía a la Corona, lo había recuperado. Cinco años de letargo.

Por voluntad propia.

Se había acabado.

—Bella, Hermes. —Chasqueó los dedos.

Dos grandes sombras emergieron del otro lado del parque. Esa noche había llevado consigo a los perros para que siguieran el rastro de la mujer usando una prenda de esta que le había proporcionado su marido. Acompañarse de aquellos excelentes perros de caza era muy útil en caso de apuro. Al encargado del hotel de mala muerte donde habían maltratado a la mujer no le importaban los animales, y los agentes del Club Falcon habían conseguido rescatarla. Otra alma perdida recuperada.

Por supuesto, Hermes, que aún era cachorro, había causado problemas en la cocina del hotel. En cambio, Bella no había molestado a nadie. Era vieja pero buena y obediente, un magnífico animal.

Eso la había convertido en uno de ellos.

—¿Estás seguro de que quieres dejar todo esto, viejo amigo? —murmuró el hombre de pie en la húmeda y fría acera, detrás de Leam.

Por el tono de Wyn Yale, Leam adivinó su expresión: leve sonrisa y ojos entornados.

—Debe de ser agradable que a uno le cueste tan poco tener en un puño a encantadoras matronas.

—Las damas admiran a los héroes trágicos. —Cerca de Yale, la suave voz de Constance Read sonaba como un arrullo norteño—. Y mi primo es encantador, además de guapo, claro. Exactamente como tú, Wyn.

—Es usted muy amable, milady —dijo Yale—. Pero lo siento, un galés nunca puede ser mejor que un escocés. La historia lo demuestra.

—A las damas no les importa la historia. Especialmente a las más jóvenes, a quienes por cierto les gustas bastante. —Ella se echó a reír y un suave murmullo alivió la tensión que oprimía a Leam.

—La mujer del director del hotel lo llamó rufián —añadió Yale.

—Bah, estaba coqueteando. Todas coquetean con él. También lo llamó fanfarrón.

—No tienen ni idea. —La voz del galés sonó maliciosa.

En efecto, no tenían ni la menor idea.

Se pasó una mano por la cara. Cuatro años en Cambridge y luego tres en Edimburgo. Leam hablaba siete lenguas, leía dos más, había viajado por tres continentes, poseía una propiedad enorme en Lowland y era el heredero del ducado, rico gracias a las sedas y el té procedentes de la India. No obstante, la buena sociedad lo consideraba un rufián y un fanfarrón. Porque era como él se mostraba al mundo.

Por Dios, ya estaba harto. Cinco años eran más que suficiente. Y a pesar de todo, en su corazón se libraba una especie de lucha que no le dejaba dormir.

Dios mío. Pensamientos shakespearianos malgastados en mujeres tontas y mala poesía. El brandy parecía una excelente idea después de todo.

Leam se volvió.

—Si vosotros dos ya habéis terminado, deberíamos entrar. La noche avanza y quisiera irme a dormir a algún sitio. —Señaló hacia la puerta de la modesta casa de vecindad ante la que se encontraban. Como el picaporte en forma de halcón, la placa de bronce en que aparecía el número 14½ relucía sobre el dintel a la luz de la farola de gas.

—¿A qué sitio? —preguntó su prima, Constance, una belleza chispeante de ojos azul celeste que a los veinte años ya había puesto a decenas de hombres de rodillas en los salones de Londres. Enarcó las cejas con curiosidad.

—Algún sitio por aquí. —Él la guio mientras subían los escalones.

—No te ilusiones demasiado, viejo amigo. Colin tiene planes. —Yale empujó la puerta abierta y le guiñó un ojo a Constance al pasar.

—Por mí Colin puede pudrirse —murmuró Leam.

—Ojalá que no. —En el umbral de la sala el jefe de agentes del Club Falcon, vizconde Colin Gray, aguardaba apaciblemente como cualquier otra noche para encargarles una nueva misión. Tenía ligeramente marcada la comisura de los labios. Gray raramente sonreía. La suya era una seria rectitud inglesa, admirada por Leam desde sus días de colegial. Se encontró con los ojos color añil de Leam, de expresión seria—. Pero si esperas lo suficiente, querido amigo, tendrás suerte.

—Es mejor ser guillotina que soga, ¿eh, Colin? —Yale se acercó al aparador. El joven galés nunca balbuceaba al hablar ni vacilaba al andar, pero Leam lo había visto beberse una botella entera de brandy desde el mediodía.

Un par de velas iluminaban las licoreras de cristal. Con un vaso en la mano, Yale se sentó en una silla con la agilidad de un niño. Pero nada parecía lo que era. Leam lo había aprendido años atrás.

Bella se acomodó sobre la alfombra junto al fuego, mientras que su cachorro siguió a Gray.

—¿Cómo han ido las cosas esta noche en el hotel? —El vizconde se apoyó en la repisa de la chimenea—. El señor Grimm se ha ido en el carruaje y vosotros estáis todos aquí, de modo que debo suponer que encontrasteis a la princesa y que ahora está en camino de regreso a su casa.

—Rumbo al pecho amoroso del marido que la espera anhelante.

Yale sonrió.

—Leam coquetea con todo lo que lleva faldas. —Constance se detuvo junto a la ventana y corrió la cortina para mirar hacia la oscuridad.

—Siempre lo consigue. Hace que a las señoritas se les acelere el corazón, que se exalten con sentimientos que nunca han experimentado. —Yale bebió un trago de su brandy—. Mejor dicho, siempre lo conseguía.

—Es muy bueno en eso —dijo Gray, cuyo rostro, al resplandor del fuego, semejaba mármol tallado.

Leam se quedó en la entrada, con los ojos entornados como de costumbre. Un hábito de años no desaparecía fácilmente y aún no se había desprendido de los vestigios de su falsa personalidad. Todavía se aferraba a su disfraz.

Pero no por mucho tiempo.

Constance lo miró por encima del hombro. Un ostentoso reloj dorado colgaba de su cuello tan calculadamente como el papel que le tocaba desempeñar. Todos desempeñaban un papel.

Como miembros del Club Falcon, durante cinco años Leam Wyn Yale, Colin Gray y Jinan Seton habían aplicado sus habilidades en buscar y encontrar personas desaparecidas cuyo rescate exigía confidencialidad. Por el rey. Por Inglaterra. La prima de Leam, Constance, solo había entrado a formar parte del club hacía dos años, cuando él la introdujo.

—Siempre se me hace extraño verlos marcharse con el señor Grimm en el carruaje —dijo ella. Miró detenidamente al vizconde y añadió—: Colin, ¿cómo es que la gente nos encuentra? No será porque nos anunciemos en los periódicos. ¿Acaso conocen a nuestro director secreto? Claro que, en tal caso, ¿verdad que no sería muy secreto? Y nosotros también deberíamos conocerle. —Esbozó una dulce sonrisa.

—Quizá, si permaneces en el club, lo conozcas algún día —respondió el vizconde.

—Oh, sabes que sería imposible. No cuando Leam, Wyn y Jinan están dispuestos a dejarlo todo.

Leam la observó.

—Tampoco es necesario, Constance.

—Haré lo que me plazca, Leam.

—Vamos, primos —dijo Yale, haciendo girar la copa de brandy entre las manos—. No riñamos. Todavía no hemos bebido lo suficiente.

—No son tus primos, Yale —le recordó lord Gray desde el otro lado de la habitación.

El galés enarcó una negra ceja dándole a entender a Gray lo que pensaba.

—En primer lugar, nunca debería haberla metido en esto —dijo Leam, acercándose a su prima—. Pero en ese momento creí que necesitabas diversión. —Adelantó la mano y suavemente le apretó la mano.

—Oh, no. —Constance retiró la mano—. Me harás llorar con esa mirada tuya de poeta. Me he vuelto tan susceptible como toda dama que se precie.

—Descarada —murmuró lord Gray.

Constance lo miró con una sonrisa.

—Debe llorarse con afecto, Colin. Basta solo un poco más del que me inspira cierta gente.

Lord Gray inclinó la cabeza en reconocimiento a su gracioso desdén.

—¿Lo ves, Leam? —dijo ella con un brillo irónico en sus ojos azules—. Colin te agarrará por el cuello si me haces llorar.

—Pues a mí, Blackwood, nunca me ha gustado ver llorar a una dama —musitó Yale con aire adormilado.

—La dama no estaría alicaída si no te hubieras empeñado en retiraros juntos tan repentinamente —comentó Gray.

—No se debe discutir durante nuestra fiesta de despedida. —Yale abrió los ojos, aunque nada seguro podía deducirse de ello. Hasta Leam, después de trabajar con él durante cinco años, ignoraba cuándo su amigo hablaba en serio.

La actuación de Yale, la reticencia de Constance o la insistencia de Gray no importaban. Leam lo había guardado en secreto y había vivido como un gitano. Al principio no le importó, pero ahora, a los treinta y uno, se sentía demasiado viejo para continuar con este plan.

—Supongo que esta noche no veremos a Seton —dijo Gray—. Es deplorable que se despida sin siquiera comparecer en persona.

—Jinan nunca ha formado parte totalmente del club —dijo Leam—. Tenéis suerte de que al menos haya enviado unas palabras.

—Wyn, ¿qué querías decir con el comentario sobre la guillotina? —preguntó Constance, ladeando la cabeza.

Yale lanzó una mirada desafiante a Gray.

—Quizá nuestro augusto vizconde nos lo explique. Usted tiene noticias de lo que pasa en Francia, ¿no es así, Colin?

—Dejémoslo para otro momento. —El vizconde abrió una caja que había en la repisa de la chimenea y sacó un papel doblado—. El director tiene una última misión para vosotros dos.

—Ni hablar —dijo Leam con tono lapidario.

Gray enarcó una ceja.

—Ruego que primero se me deje informar de la misión.

—Ni hablar. —Leam se puso a todas luces tenso—. Renuncio y no se hable más. Te lo he dicho muchas veces, Colin. Me voy a casa. Eso es todo.

—Pero los espías franceses... —murmuró Yale—. ¿Y ahora qué tenemos que hacer, largarnos a Calcuta para salvar a Inglaterra?

Los espías franceses no habían enviado a Leam a la India cinco años atrás. Lo había hecho su desesperación por abandonar Inglaterra. Y todos lo sabían.

Yale lanzó una mirada al vizconde.

—¿Va de espías esta vez, Colin?

Lord Gray le pasó el papel.

—El director y algunos miembros del Consejo del Almirantazgo así lo creen.

—Los informadores del Ministerio del Interior han identificado a ciertos elementos escoceses de las Tierras Altas, lo que representa una amenaza potencial, pues pueden filtrar información a Francia.

Constance arrugó la frente.

—Pero la guerra ya ha terminado.

—El verdadero motivo de preocupación no es un posible ataque de Francia, sino los rebeldes escoceses.

—Ah. —Yale bebió un sorbo de brandy, pensativo.

—Es cierto —dijo Gray con expresión seria—. Los insurrectos escoceses pueden estar congraciándose con ciertos partidos franceses para ganar su apoyo a una rebelión.

—¿Qué podrían tener los rebeldes escoceses que a los franceses les resultara interesante?

—No demasiado, si solo fueran chusma del norte, pero nuestro director y varios miembros del Consejo del Almirantazgo aciertan al pensar que los rebeldes están aportando información confidencial directamente de un miembro del Parlamento.

Yale silbó entre dientes.

—A menos que crean que yo soy uno de esos insurrectos —dijo Leam—, no tengo ni idea de qué tiene que ver conmigo. Será mejor dejárselo al Ministerio del Interior, al que le corresponde, o a los del Foreign Office, como debería haberse hecho hace cinco años. No me importa y nunca debería haberme importado.

—No te importó en su momento.

Leam observó la mirada fría de Gray.

—Es un trabajo honorable, Leam.

—Piensa que estás salvando al mundo tal como deseas que sea, mi noble amigo. Pero desde que terminó la guerra no somos más que palomas mensajeras glorificadas, y no me gusta nada.

El chasquido de un leño en el fuego pareció acentuar su afirmación.

—Un sinsentido simbólico —masculló Yale, que se puso de pie, se acomodó los pantalones y se dirigió hacia la puerta—. Sigo con vosotros, contad conmigo. Buenas noches a todos —añadió como si se tratase de una noche cualquiera y no de la última.

Su mirada perspicaz y cada uno de sus movimientos eran los propios de un espía. El Club Falcon lo había desaprovechado.

—Si hombres como tú, Leam, no continúan este trabajo, podría estallar una nueva guerra antes de lo que imaginamos —dijo el vizconde muy serio.

Yale se detuvo y apoyó un hombro contra el marco de la puerta.

Pero Leam no se sentía responsable. No había necesidad de tenerlo todo resuelto.

—Durante la guerra, al menos salvamos personas de alguna importancia para Inglaterra. —Sacudió la cabeza—. Ahora...

—Pues esta noche rescataste a una princesa.

—Aunque se hubiera tratado de la maldita reina. Nunca fue mi deseo ir cazando a las mujeres que huyen de otros hombres.

Se hizo el silencio, esta vez tenso. Yale por fin lo rompió diciendo con tono significativo:

—No todas las esposas huyen de sus hombres.

Leam se acercó al fuego, sintiendo las miradas de sus amigos puestas en él.

El resto del mundo veía al pobre Uilleam Blackwood como un viudo trágico. Solo ellos tres y Jin Seton conocían la verdad.

—¿Recuerdas aquella niña italiana de trece años que encontramos, la sobrina del arzobispo?

—Justo a tu regreso de Bengala —precisó Constance—. Me hablaste de ella, Wyn —añadió con una sonrisa—. Tú y Leam la encontrasteis trabajando como camarera en un baile de disfraces, aunque todavía no te imagino disfrazado.

—No lo hice. Aunque Blackwood sí, claro. ¿Lo recuerdas, amigo?

Leam no lo había olvidado en los tres años transcurridos desde entonces. Había sido su primera misión en Londres después de la India. Pero no era esa la razón por la que nunca había olvidado aquel baile.

—Él intenta quedar fuera esta vez, Colin —dijo Constance con tranquilidad—. Pensaba que hacía eso cuando entró a formar parte del club y fue a la India a tus órdenes. Pero al final descubrió su error.

—Una última misión, Leam.

Las miradas de Leam y Gray se cruzaron.

—¿Y después?

—Nunca volveré a pedírtelo.

Yale se cruzó de brazos.

—¿Qué desea esta vez nuestro director en la sombra?

—Quiere que los dos os reunáis con Seton. Hace dos meses nuestro amigo el marino mandó decir que tenía noticias que no podía enviar por mensajero ni por correo. Sin embargo, no hemos sabido nada de él desde entonces; creemos que quizá tú sepas dónde está. ¿Lo sabes?

Leam asintió. Eran hombres cortados por diferentes patrones: a Jinan Seton y Colin Gray no se les daba bien estar localizables. Pero el marino informaba a Leam de la situación de su barco al menos una vez al mes. De modo que sabía dónde encontrarlo.

—¿Eso es todo? —dijo.

—El director también quiere la confirmación de la renuncia al club por parte de Seton.

—Así pues, ¿no hay rebeldes escoceses ni espías franceses después de todo?

Yale miró a Leam y a Gray.

—Esta vez no.

—Entonces ¿por qué los ha mencionado? —Ambos se conocían desde hacía años, pero Leam no confiaba del todo en su viejo amigo. A Colin Gray solo le importaba una cosa en la vida: la seguridad de Inglaterra. Leam no lo culpaba por ello, pero no lo entendía. Él no sentía esa lealtad incondicional hacia nada; solo lo aparentaba.

—Esperaba que mordieras el anzuelo, pero creo que no va a ser así —dijo Gray con tono grave—. ¿Podrás hacer este último servicio?

El barco de Jin estaba amarrado en Bristol. Leam podría ir a caballo y aun así llegar a Alvamoor a tiempo para las Navidades. Le apetecía ver al marino una vez más antes de su marcha a Escocia. Además, se lo debía a Gray, el hombre que había acudido en su ayuda cinco años antes, cuando él lo necesitaba.

Asintió.

—Bien —dijo Gray, acercándose a Yale—. No te metas en líos —le advirtió.

—Ni el menor escándalo se podrá relacionar con mi nombre.

El vizconde pareció disimular una sonrisa.

—Es muy posible. —Se inclinó hacia Constance—. Milady. —Y se fue.

Sobre la alfombra que había delante de la chimenea, Hermes cambió de postura con un suspiro perezoso.

—¿Qué dices, Cons? —bromeó Yale, mirándola de arriba abajo—. ¿Me acompañas a dar un paseo a medianoche? Contigo del brazo estaré en el cielo.

—Oh, Wyn. Venga.

El joven sonrió burlonamente, se inclinó y salió detrás de Gray.

—Es incorregible —dijo Constance con una sonrisa en los labios.

—Te tiene en muy alta estima.

—Le gusta aparentar que sí, pero todavía no conozco a la chica capaz de... —Constance se volvió de repente para observar a Leam—. ¿De verdad vas a irte a Escocia? ¿Esta vez es definitivamente?

—Sí —respondió Leam en escocés.

Constance ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Podrás ser feliz en Alvamoor?

—Es mi hogar, Constance.

—¿No estará ella siempre allí, en cierto modo?

—¿Dónde mejor que en la tierra?

Ella se estremeció casi imperceptiblemente.

—Esas palabras no son propias de ti.

—Ya lo creo que lo son —dijo él. Evidentemente, no quedaba nada del joven alocado que había sido seis años antes.

—¿No la has perdonado en todo este tiempo?

—El honrado se fía demasiado

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