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Estado de Kansas, 1879
Si alguien necesitaba cualquier cosa, un retal para un vestido, un saco de harina o una pala, solo tenía que acercarse al almacén de Gertrud y Pete Schmidt. No había nada que ellos no consiguieran en el condado de Ellsworth. Tal vez por eso el establecimiento era el corazón de aquella pequeña población de poco más de cien habitantes, con calles polvorientas en verano y nevadas en invierno, que se convertían en un lodazal con las lluvias de primavera u otoño. No había otro almacén en cincuenta kilómetros a la redonda, lo que obligaba a los rancheros y granjeros del condado a recurrir a la pareja para cualquier necesidad que se les presentara.
Por esa misma razón no era de extrañar que Gertrud llevara su negocio como una reina que impartiera justicia divina. Ni el más audaz de la zona se atrevía a romper las normas de esa mujer de rostro enjuto. Su mirada de halcón era bien conocida, nada se le escapaba en su reino atestado de cachivaches y era capaz de averiguar si faltaba algo con una simple ojeada.
Llevaba el cabello siempre tan tirante que muchos aseguraban que no tenía arrugas por ese sempiterno moño negro salpicado de canas. Sus ojos oscuros, pequeños y vivaces, se agitaban de un lado a otro sin perder de vista su mercancía, y cuando algo la molestaba, fruncía la boca de labios finos. Menuda y flaca hasta parecer un junco y pese a su escaso metro cincuenta de estatura Gertrud era capaz de hacer temblar al más temido. Esa mujer rezumaba autoridad y no dudaba en usar su lengua viperina cuando alguien no acataba sus normas.
Como era de esperar, allí estaba cuando Emily entró en el almacén acompañada de su hijo Cody. La recién llegada habría preferido con mucho encontrarse con Pete Schmidt, un hombre afable de rostro rubicundo y siempre sonriente. Inhaló lentamente para darse ánimos, porque ya sabía lo que estaba a punto de suceder: tendría que humillarse para conseguir los artículos de primera necesidad de la lista arrugada que aguardaba en su bolsillo. Echó un vistazo a la calle, donde la lluvia se cebaba engrosando los charcos que amenazaban con tragarse las ruedas de las carretas. La suya esperaba a pocos metros y Emily se compadeció de Sansón, su viejo caballo, un animal tranquilo que aguantaba con resignación el tamborileo de la lluvia con los cascos hundidos en el barro. Era absurdo esperar a que Pete regresara de donde estuviera; si ella y Cody salían, se calarían hasta los huesos en un abrir y cerrar de ojos, y lo único que conseguirían sería un buen catarro. Su orgullo tendría que sufrir las consecuencias del arisco carácter de Gertrud. Oteó el local desde la puerta y descubrió que en ese momento no había más clientes; al menos en eso tendría suerte: nadie sería testigo de su vergüenza.
—¡Cierre la puerta!
La voz de Gertrud restalló como un latigazo en el ambiente tranquilo del almacén. ¿Cómo había notado su presencia si no había hecho ruido con la puerta, y Gertrud no había levantado la mirada de su libro de cuentas?
La mujer la estudió desde detrás de sus gafas pequeñas y redondas esbozando una sonrisa que provocó un escalofrío en Emily.
—Señora Coleman, justo estaba pensando en usted hace un momento.
De haber provenido de cualquier otra persona, esa frase habría sido una bienvenida. Viniendo de Gertrud, en cambio, era una clara alusión a lo que Emily le debía. El dedo índice de la mujer golpeaba rítmicamente el libro de cuentas, atrayendo la mirada de la recién llegada. Esta tragó el nudo que llevaba anidado en la garganta desde que había salido del rancho. No supo qué contestar, de manera que avanzó hacia el mostrador y sus pasos resonaron sobre el suelo de madera, al ritmo de los fuertes latidos de su corazón. Estrechó la mano de Cody para infundirse valor y el niño le devolvió el apretón, consciente del mal trago que les esperaba. Llegó al mostrador de madera con una vitrina de un extremo a otro dividida en compartimentos, donde se exponían artículos tan dispares como fruslerías de encaje y municiones de rifle.
Emily se dispuso a hablar cuando Gertrud alzó una mano para atajarla.
—Espere aquí, tengo que sacar una cosa al mostrador.
Emily asintió agradecida por esos minutos de gracia. Madre e hijo intercambiaron una mirada. Cody le dedicó una sonrisa vacilante enseñando el hueco que un incisivo de leche había dejado la noche anterior al caerse mientras cenaba. Aquel gesto tan sincero e inocente le llegó a Emily al alma, hasta el punto de que se agachó para besarle la coronilla al pequeño con toda la ternura de una madre.
Atrás oyó un ruido, pero no se dio la vuelta, porque en ese momento Gertrud regresaba con una bandeja de manzanas recubiertas de reluciente caramelo. Desprendían un olor dulzón que arrancó a Cody un suspiro de deseo. Instintivamente el pequeño se puso de puntillas agarrando el filo del mostrador para ver de cerca esas delicias brillantes y sabrosas. Le encantaban, de hecho habría dado cualquier cosa por un bocado, pero en casa el azúcar era un lujo que no se podían permitir, y mucho menos para un despilfarro como manzanas caramelizadas. Se pasó la punta de la lengua por el labio inferior con los ojos fijos en la tentación.
—Aparta, niño —le ordenó Gertrud, y agitó una mano delante de las narices de Cody, como si su simple presencia pudiera contaminar las manzanas—. Ya sabes que no puedes permitirte una.
Emily apretó los labios, sintiendo el impulso de alargar la mano y agarrar uno de los palitos de madera clavados en las manzanas para dárselo a su hijo. Reprimió el gesto, consciente de no poder pagar semejante capricho. Carraspeó tragándose la congoja y se sacó la lista del bolsillo de su abrigo húmedo.
—Buenos días, señora Schmidt. Necesitaría estos artí...
La interrumpió el chasqueo de lengua de Gertrud, que la miraba con una condescendencia insultante.
—Todavía nos debe los últimos tres encargos, señora Coleman.
Emily arrugó la lista en el puño. Gertrud ya le había advertido anteriormente de que no le fiaría más. Aun así necesitaba aquellas cosas tan sencillas.
—La última vez le dije que a finales de mes llevaremos el rebaño a Dodge City. Cuando nos paguen, saldaré mi deuda con ustedes. El señor Schmidt estuvo de acuerdo.
—¿Sigue con esa absurda idea? ¿Llevará un rebaño con un cojo, un gandul y un indio?
—Yo también iré y ayudaré —intervino Cody—. Tengo casi nueve años y sé montar a caballo y manejar el lazo.
Gertrud ni siquiera se molestó en mirarlo, sino que clavó los ojos en la lista que Emily había dejado sobre el mostrador.
—Es una insensatez. Debería ser más responsable y vender la propiedad junto con el rebaño a Cliff Crawford. Sabe que está interesado en esas tierras desde que se estableció en el condado. Es una locura que una mujer lleve un rancho ella sola.
—Mi marido volverá... —aseguró en voz baja Emily.
Un nuevo chasqueo de lengua la interrumpió.
—¿Cuánto tiempo hace que el cabeza hueca de su marido se marchó a Oregón en busca de oro, señora Coleman?
—Seis meses —murmuró, consciente de que Gertrud lo sabía a la perfección.
—¿Y cree que volverá?
Su mirada inquisitiva encogió a Emily. Todos sabían que Gregory se había marchado seis meses antes en busca de oro, dejando a su familia sola en un rancho aislado con tres personas para ayudar a su mujer. Pero nadie sabía cuándo regresaría, ni siquiera su esposa.
—Volverá —insistió Emily—. Y llevaremos el rebaño a Dod-ge City —reafirmó, devolviendo la mirada a la mujer—. Por favor, necesitamos esos artículos.
Gertrud apretó los labios y los surcos que iban de las aletas de la nariz a las comisuras de los labios se acentuaron. Leyó en silencio la lista.
—Esto es pan para hoy y hambre para mañana. ¿Es consciente de los peligros a los que tendrá que enfrentarse para llegar a Dodge City? Además, una vez allí ningún hombre querrá hacer negocios con una mujer.
—Gregory ya había apalabrado la venta del ganado, el comprador nos espera a finales de mes.
—Esta será la última vez —sentenció Gertrud—. Tiene que pagarnos lo que nos debe, y si a final de mes no lo hace, hablaré con el sheriff.
Emily asintió, sintiéndose como una niña a la que estuvieran dando una reprimenda. Se obligó a tragarse las palabras que pugnaban por escapar de sus labios, como que todos sabían que las básculas del almacén de Gertrud estaban manipuladas a favor de los Schmidt; lo que pesaba una libra para Gertrud, era algo menos en cualquier otra balanza.
—Por supuesto —convino Emily a desgana—. A final de mes tendrá el dinero que le debemos.
Gertrud estudió la lista y arqueó las cejas.
—¿Huevos? ¿Acaso sus gallinas ya no ponen?
—Se murieron —informó Emily con una nueva oleada de vergüenza.
—Insensata —musitó la otra.
Gertrud la examinó unos segundos en silencio hasta que algo captó su atención justo detrás de Emily. Entornó los ojos antes de volver a posar su mirada en Cody y su madre.
—Tendrán que esperar a que Pete regrese. No seré yo quien salga con este tiempo para cargar la carreta.
—¿Y cuándo llegará? —inquirió Emily, conteniendo un suspiro de alivio, Gertrud parecía haber capitulado.
—No lo sé. Puede que no vuelva hasta esta tarde.
—No puedo esperar tanto...
—Es lo que hay. Ya que no paga, no pretenderá que se le dé un trato preferencial.
Emily era consciente de que Gertrud la estaba castigando.
—Yo podría cargar mi carreta y Cody me ayudaría...
—Ni hablar —negó Gertrud, regodeándose—. Pete es el encargado de eso y nadie más lo hará. Tendrá que esperar; ni usted ni el niño tienen fuerza suficiente para cargar esos sacos.
—No puedo esperar tanto, se nos hará de noche.
—No debería haber venido sola con un niño —espetó Ger-trud.
—Yo cargaré la compra de la señora.
Una voz profunda provino de la espalda de Emily, que se dio la vuelta con un sobresalto. Tuvo que levantar la cabeza para ver el rostro del hombre vestido de negro de los pies a la cabeza. Su ropa, así como su sombrero de ala ancha, goteaban dejando un charco en el suelo de madera. Lo único que se le veía era el rostro, porque hasta las manos estaban enfundadas en cuero desgastado.
Emily registró todo en unos segundos y finalmente se fijó en los ojos del desconocido; eran azules, tan claros que asustaban por su frialdad. Le recordó la nieve azulada del invierno cuando se reflejaba el cielo en ella. Si no hubiese sido por las pupilas negras y el filo que rodeaba el iris de un azul mucho más intenso, habría tenido ojos de ciego. La nariz era recta con un ligero abultamiento en el centro. De ahí bajó a los labios firmes y ligeramente carnosos. La barbilla prominente estaba partida por una cicatriz que se prolongaba por la parte derecha de la mandíbula. En aquel rostro no había nada suave, todo eran planos y ángulos, y la barba de varios días no ayudaba a suavizar unos rasgos tan masculinos.
Instintivamente Emily dio un paso atrás sin apartar la mirada del desconocido. Su mano buscó la de su hijo, que se pegó a ella al momento.
—Gracias por su ayuda, pero no puedo aceptarla. No nos conocemos...
—Es una estupidez. Yo no tengo nada que hacer y usted ha de irse cuanto antes.
Aquella voz profunda la sobresaltó una vez más, parecía provenir del interior del ancho pecho cubierto de cuero reluciente por la lluvia.
—No puedo pagarle.
—¿Acaso le he pedido que me pague?
El desconocido parecía morder las palabras y su voz sonaba ronca, como si no hablara con frecuencia.
—No, pero...
Los ojos claros del hombre dejaron de observar el rostro asustado de Emily y se clavaron en Gertrud, quien le sostuvo la mirada con inquina.
—Prepare todo lo que la señora ha pedido, yo la ayudaré a cargar la carreta. Con esta lluvia, dentro de una hora los caminos estarán tan embarrados que apenas logrará llegar hasta su casa si espera unos minutos más.
—¿Y usted quién es? —inquirió Gertrud secamente.
—Eso no importa. Cuando haya acabado con la señora, quiero esto. —Le lanzó sobre el mostrador una lista corta garabateada en un trozo de papel sucio.
Gertrud la leyó y asintió.
—Está bien. No es asunto mío quién sea usted y si ayuda a la señora Coleman. Desde luego, no voy a ser yo quien cargue su carreta.
Apenas hubo acabado de hablar cuando la mano del desconocido pasó por encima del hombro de Emily y agarró el palito de una de las manzanas caramelizadas. Sin una palabra se la tendió a Cody. Este buscó los ojos de su madre, dividido entre el deseo de hincarle el diente a la manzana y el miedo que le inspiraba el hombre, que le parecía un gigante. La duda del niño pareció irritar al desconocido.
—¡Cógela!
Cody se sobresaltó y se aferró aún más fuerte a la mano de su madre. Emily se enderezó, aunque el gesto no sirvió de mucho, porque apenas llegaba al hombro del desconocido.
—No puedo pagarla —dijo con toda la dignidad de la que fue capaz.
—¿Quién le ha dicho que la pagará usted? —gruñó el hombre. Volvió a mirar al niño con el ceño fruncido—. Cógela, aprovecha lo bueno que te ofrezcan porque nunca sabrás cuándo volverá a suceder.
Emily se moría por dar un manotazo al desconocido, sin embargo sabía de sobra que su hijo adoraba las manzanas caramelizadas y, aunque le resultara irritante dar la razón a un hombre tan mal educado, no podía saber cuándo tendría Cody la oportunidad de volver a disfrutar de una golosina. Las expectativas no eran halagüeñas y a esas alturas, si el hecho de pisotear un poco su amor propio era el precio por conseguir algo que su hijo deseaba, lo pagaría de buena gana.
—Cógela y dale las gracias —cedió finalmente, tragándose el orgullo.
—Y usted, caballero, ¿tiene dinero suficiente para todo lo que me ha pedido? —intervino Gertrud con malicia—. La munición que desea es cara...
En silencio y con la vista clavada en Cody, que mordisqueaba la manzana con timidez, el hombre sacó un pequeño fajo de billetes enrollados y húmedos y lo arrojó sobre el mostrador.
—Ahí tiene, coja lo que sea mientras cargo la carreta.
Emily quiso decirle que Gertrud le cobraría más de lo que costara la compra si no estaba pendiente de la cuenta, pero al final decidió guardarse el consejo.
Gertrud chasqueó la lengua en gesto reprobatorio.
—Pues venga a por los sacos de la señora Coleman.
De nuevo en silencio, el hombre siguió a Gertrud dejando a Emily y Cody frente al mostrador. Los dos se miraron, todavía consternados.
—Es un pistolero, mamá —susurró el niño—. ¿Has visto sus Colts? Lleva dos colgados al cinto, como los pistoleros...
Emily había vislumbrado las armas cuando el desconocido sacó el dinero. Tragó con dificultad; no sabía si acababa de aceptar la ayuda de un asesino. No entendía por qué la socorría, no parecía de esa clase de hombres. Se preguntó qué habría oído de la conversación que ella había mantenido con Gertrud. Supuso que el desconocido se habría enterado de sus apuros económicos y eso la mortificó hasta la médula, pero lo peor era que habría averiguado que estaba sola. Reprimió un estremecimiento de miedo. Puso un dedo sobre los labios pegajosos de su hijo para acallarlo.
—No digas nada más y cómete la manzana antes de que salgamos de aquí o se te empapará con la lluvia.
En ese momento el hombre apareció con dos sacos cargados sobre los hombros como si no pesaran nada. Se la quedó mirando sin moverse. Emily se removió incómoda ante un escrutinio tan poco amistoso. La ayudaba, y sin embargo la atravesaba con su mirada helada.
—¿Qué? —espetó él—. ¿Dónde está su carreta?
Emily enrojeció hasta las orejas al comprender de repente que no la estaba admirando, sino que esperaba a que le guiara. ¿Y quién se molestaría en mirar a una mujer como ella, vestida como una monja y con el pelo pegado a la cabeza por la lluvia, que ni la lona encerada había impedido que se empapara?
—Sí, claro. Sígame, está aquí, delante de la barbería —explicó ella precipitadamente, abochornada por su torpeza—. Antes había otra carreta delante y no pude acercarla más. Si me espera aquí, la pondré justo enfrente para que no tenga que mojarse más de la cuenta.
Cuando se disponía a salir, recibió un empujón que la apartó de la puerta y el hombre salió. Sus pasos resonaron en la acera de madera, protegido por el alero del tejado del almacén de los Schmidt. Después el desconocido bajó los tres escalones y se acercó a la carreta de Emily sin importarle el barro que le manchaba las botas ni la lluvia que se le echó encima con violencia. Descargó los sacos y los tapó al momento con la lona. Acto seguido regresó al almacén y se metió de nuevo en la trastienda. Salió cargado con un barril lleno de patatas y cebollas sin dirigir ni una mirada a Emily y su hijo. Durante unos minutos, la silenciosa escena fue repitiéndose mientras la señora Schmidt amontonaba la compra del hombre sin dejar de observar el proceso. Cuando el desconocido salió por última vez, la tendera chasqueó la lengua.
Ese sonido seco exasperaba a Emily, lo odiaba.
—No sé si sabrá lo que está haciendo aceptando la ayuda de ese hombre. Lleva la muerte pintada en la cara.
Las palabras de Gertrud la estremecieron. ¿Y si ese desconocido le pedía algo a cambio? No precisamente dinero, sino tal vez algo más peligroso. Sintió frío, mucho frío. Cuando iba al pueblo, hacía lo posible por pasar inadvertida porque todos sabían que estaba sola, sin un marido que la protegiera de cuantos pudieran considerarla una presa fácil. Se palpó el arma que llevaba en el bolsillo interior del abrigo y eso le dio algo de confianza, aunque su puntería fuera pésima. Y tenía el pequeño puñal que Nube Gris le había entregado antes de salir. Lo llevaba en la caña de la bota, pegado a la media de lana.
El hombre la sacó de sus cavilaciones plantándose delante de ella como un árbol en medio del camino.
—Ya lo tiene, ahora márchese cuanto antes. La lluvia arreciará enseguida y podría quedar atascada en el barro.
—¿Por qué me ayuda? —susurró para que la señora Schmidt no la oyera.
Los ojos de hielo la contemplaron en silencio unos segundos, sin parpadear.
—Porque me recuerda a una persona. ¡Y váyase ya!
La cogió del brazo y, con un movimiento fluido de la otra mano, alzó a Cody para llevárselo en volandas pegado a su cuerpo. Los sacó del almacén sin darles tiempo a despedirse de la señora Schmidt. Esta no los perdió de vista hasta que pasaron el amplio ventanal que daba a la calle. Los llevó hasta la carreta cargada, los ayudó a instalarse y se las arregló para que la lona cubriera la carga al tiempo que los protegía de la lluvia.
Una vez madre e hijo estuvieron acomodados, él se quedó observándolos, con las botas hundidas en el barro y sin despegar los labios. Emily quiso decirle algo agradable, pero no se le ocurría nada. La había ayudado y aparentemente no iba a pedirle nada a cambio. Sin embargo, ¿qué se le decía a un hombre que no deseaba ni que le dieran las gracias? Se limitaba a permanecer allí plantado, esperando a que se marcharan, como si eso fuera lo último de una prueba autoimpuesta para demostrarse que podía permitirse ser un buen cristiano y ayudar al prójimo.
—Debería repasar la cuenta de su compra —le aconsejó ella.
El desconocido asintió en silencio.
—Me llamo Emily y este es mi hijo Cody —añadió finalmente, cohibida. La mirada de hielo la intimidaba a pesar de la ayuda.
El hombre asintió una vez más, en silencio.
—¿No va a decirme su nombre? —preguntó ella.
—No creo que eso sirviera de nada. No volveremos a vernos, solo estoy de paso.
Emily agarró las riendas, consciente de que él se quedaría allí hasta que se marcharan. Los regueros de lluvia que le recorrían el sombrero y el guardapolvo no parecían molestarle en absoluto, y cualquiera habría dicho que era inmune al frío y al viento, que convertía las gotas de lluvia en gélidas agujas. Ella asintió. Ya era hora de volver al rancho; tenían por delante un buen trecho y con el mal tiempo tardarían mucho más de lo habitual.
—Entonces adiós, señor desconocido —se despidió Emily—, y gracias por su ayuda. Que dios le bendiga.
Azuzó suavemente a Sansón, que agitó la cabeza y echó a andar dócilmente con lentitud. Se negó a mirar atrás, aunque se moría por hacerlo, porque estaba convencida de que su misterioso buen samaritano seguiría allí hasta que ellos dos se perdieran de vista.
Cuando la carreta estaba ya a varios metros, el hombre se pasó una mano por la cara para apartar las gotas de lluvia que se le adherían a la barba incipiente. Los ojos no se despegaban de la carreta que traqueteaba por la calle enlodada.
—Me llamo Sam Truman —susurró más para sí mismo que para que ella lo oyera.
2
Sam maldijo una y otra vez la lluvia que se le colaba por el cuello y se le deslizaba por la espalda hasta empaparle la camisa. Rufián, su caballo, avanzaba a paso lento, sorteando los desniveles que la lluvia estaba dejando en el camino.
Le era imposible dejar de pensar en la mujer del almacén y su hijo. Cuando le dijo que le recordaba a alguien, pensaba en su hermana Mary Jane. Se parecían: las dos eran menudas, con el cabello castaño y grandes ojos marrones que parecían comerse el resto del rostro. Las dos tenían la piel muy blanca y se sonrojaban con facilidad cuando se ponían nerviosas. Pero las similitudes acababan ahí. Mary Jane estaba muerta, y la mujer del almacén, no.
Tampoco tenía muy claro por qué la había ayudado; hacía mucho que cualquier señal de bondad había desaparecido de su persona. En concreto desde que regresó de la guerra catorce años antes y se encontró el rancho de su padre quemado hasta los cimientos y a toda su familia asesinada por unos comanche-ros. Los vecinos los enterraron en la loma cerca de la casa y lo único que quedó de ellos fueron otras tantas cruces de madera con sus nombres burdamente tallados. Desde entonces llevaba mucho tiempo vagando de un lado a otro y había pasado los últimos tres años trabajando en una mina de oro en Oregón.
En esos momentos se dirigía al este, no había decidido aún dónde se instalaría, pero cuanto más lejos del sur, más atrás dejaba los recuerdos. Después de vagabundear de un estado a otro, quería volver a empezar una nueva vida alejada de todo lo que le recordara a su familia.
Los ojos de la mujer volvieron a atormentarle recordándole que él también sabía lo que era no tener quien le ayudara. La tendera, esa vieja víbora, se había ensañado recalcando lo que Emily le debía por el simple placer de mortificarla. Y la pobre mujer había aguantado la vergüenza con dignidad, cogida de la mano de su pequeño, que parecía un cachorro con aquellos ojos color miel. Su sobrino Julian había tenido su misma edad, unos nueve años, cuando fue cruelmente asesinado a manos de los comancheros.
Se sacudió el recuerdo de su sobrino y el de Emily Coleman. Tenía que pensar en otras cosas, como poner distancia entre Carson y él. Durante tres años trabajaron en la misma veta en la mina, con una diferencia; Carson era un vago peligroso que no dudaba en recurrir a su navaja para cubrir sus vicios sin cansarse demasiado en la mina. Por su parte, Sam no pensaba más que en acumular cuanto pudiera para largarse de allí. Unos días antes de abandonar el barracón mohoso donde llevaba viviendo tres malditos años, sorprendió a Carson registrando sus pertenencias. No tardaron en llegar a las manos y los demás empezaron a apostar a su alrededor azuzándolos como animales. Sam logró finalmente asestarle un puñetazo que dejó a su contrincante inconsciente, pero al momento supo que debía salir de allí cuanto antes. Carson había echado el ojo al oro de Sam y sin duda estaba dispuesto a conseguirlo a cualquier precio con la ayuda de sus amigos. Ya lo había visto acuchillar a un hombre a traición por mucho menos de lo que él escondía en el barracón.
De eso hacía ya una semana; desde entonces había dejado atrás Oregón y se adentraba en Kansas con la intención de buscar algo que le permitiera asentarse. Era consciente de que sería difícil, pero en el este se estaban asignando parcelas y él aspiraba a tener su propio rancho.
Un movimiento le llamó la atención y las orejas tiesas de Rufián le confirmaron que algo los acechaba. La lluvia le entorpecía la vista convirtiendo todo lo que le rodeaba en un borrón difuso. Oteó el camino frente a él: el sendero bordeaba la linde de un bosque oscuro que la escasa luz del día convertía en una trampa. No pensaba cruzarlo, prefería dar un rodeo. No tenía prisa, aunque la lluvia lo estuviese calando hasta los huesos. Se metió una mano bajo el guardapolvo, dispuesto a desenfundar su arma ante cualquier peligro.
No tuvo tiempo de reaccionar: una sombra se le echó encima desde un árbol y lo derribó. Sam cayó muy cerca de su caballo, que se encabritó y se alejó trotando. Enseguida aparecieron cuatro hombres. Estaba rodeado. No pudo hacer nada cuando la primera patada le dio en el estómago dejándole sin aire en los pulmones. Se dobló por la mitad, intentando protegerse la cara con los brazos. La segunda patada, que no se hizo esperar, le dio en los riñones. Soltó un gruñido de dolor. La tercera pierna que arremetió contra él para darle en la cabeza no tuvo oportunidad de acertarle, ya que la agarró con las manos y derribó al hombre. Se le tiró encima, ignorando las punzadas de dolor que le laceraban el cuerpo. Golpeó la boca de su atacante con el puño arrancándole un grito. No se reprimió y volvió a aporrear. Dos atacantes lo agarraron de los brazos alejándolo del cuerpo que segundos antes había estado golpeando. La lluvia le cegaba hasta tal punto que apenas acertaba a distinguir los rostros de sus atacantes, pero la voz de Carson le reveló quiénes eran. —Vaya, vaya... Sí que sabes pegar —dijo con voz burlona. Acto seguido le asestó un puñetazo en el vientre. Sam boqueó buscando aire. No pudo reponerse, ya que un nuevo puño se estrelló contra su mejilla. Notó que la sangre le inundaba la boca y se le colaba por la garganta. Un nuevo golpe le cegó el ojo derecho. Diminutos puntos blancos estallaron detrás del párpado. Ya no sabía si lo que se deslizaba por su cara era la lluvia o su propia sangre. —¿Dónde tienes el oro? —preguntó Carson, agarrándolo del pelo. Le echó la cabeza atrás con tanta brusquedad que Sam notó como le crujían las vértebras del cuello—. ¿Dónde lo has escondido? —No me queda nada —farfulló Sam con la boca llena de sangre—. Lo perdí todo en una partida de póquer. Un puñetazo más lo dejó tan aturdido que se quedó colgado de los dos hombres que lo sostenían. Después perdió la cuenta de los golpes, lo único que sabía a ciencia cierta era que apenas lograba pensar. Los puñetazos se abatían sobre él como la lluvia helada. —Registradlo —ordenó Carson. Lo dejaron caer en el lodo y se dispusieron a despojarlo de todo lo que llevaba encima. —¿Qué hacemos con sus Colts? Son de lo mejor, mirad las culatas de nácar —exclamó uno de ellos. —No es lo que nos interesa —soltó Carson dando una patada a uno de los revólveres. Buscó a su alrededor—. Registrad su caballo, tiene que estar en las alforjas. Rufián los observaba a una distancia prudencial, desconfiando de los desconocidos. Los hombres fueron acercándose lentamente con los brazos abiertos. Sam ya no representaba una amenaza: permanecía tirado en el barro con el rostro ensangrentado mientras uno de los atacantes lo apuntaba con su arma. Lograron acorralar al caballo y enseguida le sujetaron las riendas que colgaban por debajo de la cabeza. Carson se dispuso a vaciar al instante el contenido de las alforjas y soltó un grito de rabia cuando constató que lo que buscaba no estaba allí. Rufián se encabritó, asustando a los hombres, y se alejó trotando. Carson volvió junto a Sam y le pateó las costillas. —¿Dónde tienes el oro? —No me queda nada —repitió Sam con un hilo de voz. —¡En tres años no te he visto tocar una carta! —gritó Carson. Sam le miró con el único ojo que podía abrir. —Puedes patearme hasta dejarme inconsciente, pero no conseguirás mi oro porque ya no lo tengo. Como respuesta Carson lo golpeó hasta que Sam quedó hecho un ovillo en el suelo. —¿Y ahora qué hacemos con él? —preguntó uno de los hombres. —Colgadlo —ordenó Carson, asestándole una última patada en la cara—, pero de los pies. Si ya no tiene el oro, no nos sirve de nada.
La lluvia había convertido el camino habitual para llegar al rancho en un río de barro intransitable. Emily tuvo que retroceder para tomar otro mucho más largo. Rezó para que fuera seguro, porque si ese también se convertía en una trampa para las ruedas de la carreta, se veía pasando la noche bajo la lona en medio de la llanura. Azuzó suavemente a Sansón, alentándolo a apurar el paso. El animal avanzaba con prudencia, escarmentado por el susto que los tres se habían llevado al intentar cruzar lo que habitualmente habría sido un arroyo de pocos centímetros de profundidad y que se había convertido en un río peligroso.
—Tengo hambre —se quejó Cody bajo la lona.
—Lo siento, pero ya te has terminado el pan y el queso; no nos queda nada más. No sé cómo puedes tener hambre con todo lo que has tragado esta última hora.
En efecto, Emily no se explicaba dónde metía su hijo todo lo que ingería al cabo del día, porque el niño estaba flaco como un palo. Le estudió el perfil ceñudo. No se parecía en nada a su padre, todos decían que era el vivo retrato de su madre. Esperaba que su hijo fuera más fuerte que ella, más alto y más valiente. No habían tenido una vida fácil, ni antes de que se marchara Gre-gory Coleman ni después. A sus nueve años, Cody era un chico trabajador que ayudaba cuanto podía a su madre o a los chicos del rancho. No temía ensuciarse ni le hacía ascos a cualquier tarea con el ganado. Emily anhelaba poder darle todo lo que deseaba, como una simple manzana caramelizada. El corazón se le encogió al recordar cómo se la había comido el pequeño, al principio con vacilación, después con glotonería. Una vez acabada la delicia, se estuvo chupando los dedos pringosos hasta que los dejó relucientes. Aquel recuerdo la llevó de nuevo a pensar en el hombre del almacén, consciente de que en adelante siempre que viera una manzana caramelizada su imagen volvería a su mente.
Se había quedado con ganas de averiguar el nombre del desconocido, saber algo más de ese hombre de ojos claros y aspecto amenazador. Evocó su imagen bajo la lluvia, observando cómo se marchaban, callado, con la mirada fija sin parpadear. No volverían a verse y en cuestión de unos pocos días el desconocido se convertiría en un recuerdo difuso. En cierto modo eso la apenaba, porque para ella representaba la prueba tangible de que la bondad podía aparecer en el momento más insospechado y bajo la apariencia de un hombre que parecía un heraldo de la muerte.
El traqueteo de la carreta empezaba a adormilarla. Llevaba levantada desde las cinco de la madrugada y los párpados se le cerraban en cuanto se relajaba. El frío que se le colaba por la falda empapada no la ayudaba a espabilarse. Intentó aferrarse con más fuerzas a las riendas y las agitó en un vano intento de animar también a Sansón.
—¡Mamá! ¡Mira!
La voz excitada de Cody bastó para que ella se irguiera en el asiento. Siguió el punto que el pequeño dedo señalaba en el camino frente a ellos. Un caballo aguardaba junto a un árbol del linde del bosque que tenían a su izquierda. No le costó mucho distinguir lo que el animal empujaba suavemente con la cabeza. Un hombre colgaba de una rama, atado por los pies. No podía verle la cara, porque el guardapolvo le pendía de los brazos tapándole la cabeza. La camisa también le colgaba, dejando al aire una buena porción de piel que mostraba señales de haber recibido una verdadera paliza.
Emily se estremeció y llevó lentamente una mano bajo el asiento, donde guardaba el rifle. Lo sacó con gestos pausados sin dejar de atisbar a su alrededor. Vio objetos tirados en el camino, como la silla de montar, las alforjas, una manta empapada de barro, unos pocos utensilios de cocina y algo que podría haber sido una muda de ropa, hecha jirones. Tiró de las riendas con una mano y apuntó con el rifle buscando un posible peligro escondido. Solo se oía el ruido monótono de la lluvia; por lo demás todo parecía en calma. Temerosa, se deslizó hasta el suelo con cuidado sin bajar el rifle. Era muy consciente de que por esos caminos podía encontrarse con cualquier desalmado que no dudaría en matarlos por lo que llevaban en la carreta.
—Cody, acerca la carreta un poco más, pero ve despacio.
El niño obedeció y guio a Sansón hasta que estuvo a la altura del otro caballo, que los observaba con desconfianza. Por su parte, Emily se acercó al hombre. Con la punta del cañón levantó el guardapolvo lo suficiente para ver el rostro. Ahogó un jadeo cuando vio la cara ensangrentada, tan golpeada y abotargada que apenas si se le veían los ojos. Temió que estuviera muerto, porque no se movía. Tragó saliva, indecisa; aunque estuviese muerto, no podía dejarlo allí colgado del árbol, a merced de los cuervos. Sin embargo, tampoco tenía con qué cubrirlo, y debía darse prisa para llegar cuanto antes al rancho. Dividida entre lo que consideraba un deber cristiano y lo que le dictaba la prudencia, se quedó mirando aquel rostro castigado.
Un gemido salió de la boca del hombre. Emily se sobresaltó, sorprendida.
—Dios mío, está vivo —susurró—. ¡Cody! Acerca la carreta un poco más y déjala justo debajo del hombre. Está vivo.
Cody se apresuró a obedecer, apartando al otro caballo mientras su madre se sacaba la navaja de la bota y cortaba la cuerda. Cuando el cuerpo cayó sobre la lona se oyó un gruñido apenas humano y el hombre se hizo un ovillo resollando con dificultad.
—¿Quién es? —quiso saber Cody, más impresionado que asustado.
—No lo sé. —Lo cubrió como pudo con el guardapolvo, tapando la piel que había quedado expuesta—. Cody, recoge las cosas que están tiradas por el camino y ata las riendas del caballo a la carreta.
Mientras daba órdenes a su hijo, Emily buscó una manta seca que guardaba debajo del asiento. No la había sacado pensando que, si debían pasar la noche en la carreta, al menos tendrían algo con que abrigarse bajo la lona. Lo arropó como pudo y le echó una esquina de la lona encima sin importarle que el barril de patatas y cebollas quedara a la intemperie.
El hombre se quejó suavemente. Con sumo cuidado, Emily le apartó de la cara el pelo empapado y cogió una cantimplora para limpiarle la sangre acumulada en los párpados. El herido abrió los ojos lentamente. Cuando Emily pudo ver esas pupilas tan pálidas como el hielo, sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Cielo santo —musitó. Era el desconocido de la tienda; nadie más podía tener esos ojos claros y fríos—. ¿Qué le han hecho?
—Mi caballo —barbotó él con dificultad.
—Mi hijo lo está atando a la carreta. Los llevaremos con nosotros a nuestro rancho.
—Mis cosas...
—Las recogeremos todas, tranquilícese.
El hombre cerró los parpados sin añadir nada más. Emily se preguntó si habría perdido el conocimiento, porque apenas si le oía respirar.
—Mamá, mira lo que he encontrado.
Cody sostenía por las anillas los Colts de empuñadura de nácar con el índice de cada mano.
—Mételos en las alforjas y déjalo todo aquí.
Bajó de la carreta para ayudar a su hijo. La silla de montar estaba tirada en el camino, embarrada. Aunque pesaba mucho debido a que el cuero se había empapado, la izó hasta dejarla cerca del hombre, que no había vuelto a abrir los ojos.
—¿Le habrán asaltados unos ladrones?
—No lo sé, no se han llevado el caballo ni la silla de montar...
Buscó a su alrededor, inquieta. Cuanto antes se alejaran de allí, más seguros estarían todos. Se subió al pescante con el rifle colgado del hombro y se abrigó bajo la lona como pudo.
—Vámonos, Cody. No quiero quedarme ni un minuto más aquí.
3
El herido no dio señales de recuperar el sentido durante todo el camino y el miedo espoleó a Emily. No volvió a sentir los embates del sueño. Con el rifle pegado al cuerpo, echaba miradas al bulto cubierto con la lona, rezando para que el hombre aguantara. La luz del día se extinguía lentamente y las sombras del camino la inquietaban cada vez más. El único consuelo era que había dejado de llover, aunque el camino había quedado hecho un barrizal resbaladizo.
A su lado Cody fruncía el ceño, tan concentrado como su madre en vigilar todo lo que los rodeaba. Él también era consciente de que quienes habían agredido al desconocido podían toparse con ellos. El pequeño estaba tenso y no abría la boca más que para preguntarle a su madre si estaba cansada.
—Estoy bien —le contestaba ella en un susurro, demasiado nerviosa para hablar con normalidad.
Cuando divisaron finalmente la casa en la ladera de la colina, los dos soltaron un suspiro de alivio. Las ventanas estaban iluminadas, lo cual significaba que los esperaban. Emily agitó las riendas y por fin Sansón apuró el paso, también consciente de que por fin llegaba a su destino. Cuando pararon la carreta frente a la casa, la puerta se abrió y Kirk echó a andar hacia ellos cojeando.
Era un hombre mayor y hasta donde alcanzaba la memoria de Emily, él había estado allí cuando el padre de ella había llevado las riendas del rancho con mano firme pero con generosidad para todo aquel que necesitara su ayuda..., menos con su hija.
—Ya era hora de que llegarais...
Emily saltó al suelo sin fijarse en los charcos.
—Ayúdame, Kirk.
Mientras se dirigía a la parte trasera de la carreta otro hombre salió de la casa, un joven de algo más de veinte años de pelo negro como la noche y ojos oscuros. Era un indio que llevaba trabajando con ellos desde que tenía siete años, cuando el padre de Emily lo encontró entre los matorrales, asustado y hambriento.
—¿Quién es? —preguntó este último cuando Emily apartó la lona.
—No lo sé —contestó ella—, pero hay que ayudarle. Le han dado una paliza y no sé si tendrá algún hueso roto.
Los dos hombres intercambiaron una mirada de incredulidad.
—No sabes quién es y lo has traído aquí —dijo Kirk con su voz aguda.
—Él nos ayudó en el pueblo —explicó Cody, y se puso a contar lo ocurrido en el almacén.
Emily apenas los escuchaba; estaba demasiado pendiente del rostro del herido, tan magullado que resultaba irreconocible. De no haber sido por los ojos, no habría sabido quién era. Pensar que lo habían golpeado y colgado de los pies después de haberla ayudado le encogía el corazón.
—Dejad de hablar como viejas cotillas y ayudadme a meterlo en casa.
—¿Y por qué no lo llevamos a la cuadra?
Era la voz de Douglas, que casi nunca abría la boca. Todos lo miraron, como solía ocurrir siempre que ese hombre alto, fornido y callado se dignaba decir algo. Era el último vaquero contratado por Gregory y, para sorpresa de todos, cuando Emily anunció al resto de los empleados que no podía seguir pagándoles, él decidió quedarse, junto con Kirk y Nube Gris.
—Porque está muy mal —replicó Emily con un deje de impaciencia. Si Gregory hubiese dado la orden de meterlo en casa, nadie habría rechistado, pero con ella siempre discutían las órdenes—. No os quedéis ahí como pasmarotes. Cody, ocúpate de dejar las patatas y las cebollas cerca del fuego para que no se pudran. Vosotros, ayudadme a meterlo en casa.
—¿Y dónde le acostará? —insistió Douglas.
—En mi cama —respondió ella con exasperación. Una vez más los tres hombres la miraron como si se hubiese vuelto loca, lo que colmó la paciencia de Emily—. ¿Queréis moveros de una vez? Nube Gris y Douglas, llevadlo dentro, a mi cama. Kirk, ayuda a Cody a descargar la carreta y después ocúpate de Sansón.
Los hombres decidieron que Emily estaba llegando al límite y acataron sus órdenes, aunque de mala gana. Así pues, agarraron al herido con brusquedad y lo llevaron, sin importarles si le hacían daño o no. Una vez dentro de la oscura habitación, lo tiraron sin contemplaciones sobre el lecho.
—Nube, tráeme toallas y una jofaina con agua templada. Douglas, ayúdame a quitarle la ropa.
El aludido la miró con el ceño fruncido.
—No irá a desnudarlo, ¿verdad?
Emily no esperó y se dedicó a soltar los botones del grueso guardapolvo de cuero, que tal vez le había protegido un tanto de la paliza. El hombre, que pesaba mucho y no podía colaborar, gruñó cuando ella intentó quitarle la prenda. Douglas se mantenía al margen, contemplándola con una expresión de reprobación. Crispada por la actitud del hombre, lo fulminó con la mirada.
—Soy una mujer casada, por si lo has olvidado, y sé qué aspecto tiene un hombre desnudo. Y ahora, si piensas ayudarme, empieza ya. Si no, sal de mi habitación y encárgate de Sansón.
Douglas soltó un suspiro de resignación y se acercó. La ayudó en silencio, esbozando una mueca de compasión al ver el maltratado rostro del desconocido.
—Está hecho una pena —dijo finalmente.
Nube Gris entró con la jofaina sujeta entre las manos y las toallas colgando de un brazo. Mientras lo dejaba todo junto a la cama silbó suavemente al reparar en el trato que había recibido ese hombre. Algunas zonas de su cuerpo ya estaban tomando una tonalidad morada y al día siguiente estarían negras. El rostro no presentaba mejor aspecto, con los párpados hinchados, un corte en la sien, el labio partido y media cara inflamada.
—Le han dado una buena —observó Douglas—. Tal vez se lo mereciera. ¿Cómo se le ha ocurrido traerlo aquí? —la recriminó sin esconder su enojo.
—Esta es mi casa y puedo traer a quien se me antoje. Las botas —le indicó con un gesto de cabeza—, quítaselas. Nube, tráeme un paño para lavarlo.
El joven salió al momento, no porque la jefa lo hubiese ordenado, sino porque presentía que se estaba fraguando una discusión entre Emily y Douglas. Este último se mostraba excesivamente protector con ella, lo que muchas veces la enfurecía.
—Me parece que ha actuado usted de forma muy imprudente. Mañana este tipo podría volver en sí y robarle, si no algo peor.
Emily apretó los labios. No quería discutir con Douglas, estaba demasiado angustiada al constatar que, a pesar de los zarandeos, el herido no daba muestras de volver en sí. Se concentró en el rostro castigado y se dio cuenta de que por primera vez podía fijarse en el color del pelo. Lo tenía negro y demasiado largo. No era una sorpresa, porque la barba de varios días era morena, así como las cejas y las pestañas largas, negras como la noche.
«Resiste», rezó en silencio, desoyendo las recriminaciones que seguían cayendo sobre ella como la lluvia que la había calado hasta los huesos.
—¿Y ha pensado dónde dormirá usted mientras él descansa a cuerpo de rey?
—Con Cody —contestó sin mirarlo. Se dispuso a soltar el cinturón del herido cuando una mano firme le agarró la muñeca. Para su sorpresa, era Douglas quien la frenaba.
—Yo me encargo de eso, salga de aquí.
Se zafó con un gesto brusco. Ya se estaba cansando de ese pesado.
—Creo que eres tú quien debe salir. Ve a ver si Kirk necesita ayuda con Sansón.
El vaquero tensó los puños y no se movió.
—¡Fuera! —gritó Emily.
Douglas salió con la espalda rígida y ella por fin pudo desnudar al herido. Fue dejando la ropa empapada en el suelo, sin preocuparse por si se mojaba la alfombra. Se sentía responsable, ya que él la había ayudado sin esperar nada a cambio. Ahora era el momento de devolverle el favor. Lo cuidaría hasta que pudiera seguir su camino.
Su desnudez no la incomodó, porque lo trataba como a su hijo cuando el pequeño estaba enfermo y la fiebre le subía hasta hacerle castañear los dientes. Le pasó con sumo cuidado el paño húmedo por el rostro, el cuello y el pecho firme. Lentamente fue bajando por los brazos largos y musculosos hasta el vientre plano. No prestó atención a su entrepierna, para ella no era más que un apéndice que permitía concebir un hijo cuando un hombre hacía uso de ello con una mujer. Gregory se lo había dejado bien claro: para una mujer el sexo no era más que un trámite necesario para tener descendencia.
Apartó de la mente el recuerdo de su marido. Pese a los seis meses que llevaba fuera y la delicada situación en la que la había dejado, no lo echaba de menos.
Siguió lavando al herido con gestos meticulosos para no infligirle más dolor. Con un esfuerzo lo puso de lado y siguió por la espalda hasta que su mano se quedó en el aire. Al desnudarlo no se había fijado, pero en ese momento le llamaron la atención las laceraciones que presentaba la piel. Pasó el índice por una de esas líneas. Eran marcas antiguas, blancas e irregulares. En algún momento del pasado lo habían azotado. Eso la llevó a estudiar el cuerpo grande e inmóvil. No eran las únicas señales: el hombro derecho mostraba una cicatriz de bala, otra línea le cruzaba el costado izquierdo transversalmente, y en el muslo derecho lucía una quemadura.
Todas aquellas cicatrices la impulsaron a mirarlo con otros ojos. ¿Quién era ese hombre y qué vida había llevado hasta entonces? La guerra entre el Norte y el Sur había acabado más de diez años atrás. Le estudió el rostro en vano y tuvo que recurrir al recuerdo de esa mañana para deducir que tendría más de treinta años. Era posible que hubiera participado en esa guerra; por su acento sureño, incluso podía haber luchado y perdido todo: hogar, dignidad, esperanzas.
Llevada por una ternura que solo sentía por su hijo, le acarició el cabello húmedo apartándoselo de la cara. Un hombre que había sufrido tanto tenía dos salidas: convertirse en un animal dispuesto a herir como habían hecho con él, o cerrarse a cuanto le rodeaba protegiéndose tras un escudo para no volver a sufrir. Él la había ayudado, por lo tanto aún era capaz de sentir compasión, y no le había hecho ningún daño, lo que significaba que seguía sintiendo respeto por los demás. Tal vez ese hombre misterioso todavía tenía una oportunidad de ser feliz en el futuro.
Cuando el enfermo estuvo limpio, lo arropó con varias mantas y se sentó en una silla junto a la cama. Debería cambiarse de ropa, comer, descansar, pero algo la obligaba a quedarse con él y velar su sueño, esperando que recobrara cuanto antes la consciencia. Lo único que la impulsó a ponerse en pie, pasados unos minutos, fue el pensamiento de que su hijo la necesitaría. Cerró los postigos de las ventanas, apagó la lámpara de aceite y salió de puntillas.
Fuera, en la sala que hacía las veces de cocina y comedor, todos la miraron con diferentes expresiones. Ella únicamente se centró en su hijo, que se mostró preocupado por el herido.
—¿Se pondrá bien, mamá?
—Sí, mañana estará mucho mejor.
Al menos eso esperaba ella, porque no había médicos en la zona y si ese hombre tenía alguna costilla rota o una lesión interna, no sabría qué hacer con él.
4
Sam apenas pudo abrir los ojos cuando fue saliendo de la nube algodonosa que lo envolvía. Poco a poco fue tomando conciencia del dolor que le martilleaba el cráneo y de que el cuerpo apenas le respondía. Se quedó quieto intentando recordar y averiguar dónde se encontraba. Lentamente pasó una mano por las mantas que lo abrigaban. Ese sencillo gesto fue un suplicio, así que se vio obligado a desistir de indagar un poco más. Se notaba el pecho comprimido y le costaba respirar. Aquella oscuridad le estaba poniendo nervioso y su
