Una imperfecta flor inglesa

Concha Álvarez

Fragmento

Creditos

1.ª edición: abril, 2016

© 2016 by Concha Álvarez

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-422-0

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi esposo José Antonio y a mi hija Nerea.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Agradecimientos

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Capítulo 1

Primavera de 1855, Londres.

Elena dejó de cantar una canción irlandesa cuando escuchó como su tío entraba en el salón de música. La voz de la muchacha era embriagadora. Cada vez que Troy contemplaba el pelo dorado y los bellos ojos verdes de su sobrina veía a Victoria, la madre de Elena y, la mujer que amaría siempre. Huir de ella fue la estupidez más grande que cometió en su juventud. A causa de un descuido infantil, una vela prendió las cortinas de la mansión MacGowan y en el incendio su hermano Robert y Victoria perdieron la vida. Gracias a uno de los criados Elena se salvó, no sin pagar un gran precio. Observó la belleza marchita de su sobrina. Las quemaduras de su mentón descendían hasta el hombro. Durante los cambios de estación se la veía dolorida y siempre utilizaba vestidos abotonados hasta el cuello. Lamentó que fuera él quien tuviera que comunicarle la decisión que Rosalyn le había obligado a tomar. Se había casado con ella por despecho, en un arrebato de insensatez del que se arrepentía cada día de su existencia. Elena se levantó del taburete del piano y se enfrentó a su tío que rara vez le prestaba atención.

—Buenos días. —La joven se alisó las arrugas de la falda del vestido gris que le otorgaba un aspecto mucho más triste y sin gracia.

—Elena... —durante un instante, la miró más allá de la realidad, como si viera a un fantasma. Su sobrina retiró la mirada, incómoda—. Tengo algo que comunicarte, aunque si estás ocupa... —la voz estridente de Rosalyn anunció su llegada.

—... eres lord MacGowan, ¿por qué pides permiso para hablar? —Troy apretó los puños para controlar la ira, pero Rosalyn suavizó el discurso—. Amor mío, debes acostumbrarte a tu título. —Los músculos faciales de su esposo se relajaron.

—¿Qué queréis decirme?

La muchacha cerró la tapa del piano con lentitud, con la única intención de recuperar un poco de entereza. La mirada victoriosa en el rostro de su tía no presagiaba buenas noticias.

—Debes marcharte de esta casa —le anunció Troy. Elena se agarró al piano para evitar sentarse de nuevo por la noticia—. Ya has cumplido la mayoría de edad y hemos pensado que sería mejor que vivieras con la señora Turquins, era prima de tu madre, es viuda y necesita de compañía. Tus... —dijo, y señaló su rostro— quemaduras no te ayudarán a encontrar un marido y espantarán a futuros pretendientes de tu prima.

Troy le había planteado con claridad expulsarla de su propia casa. Las heridas la obligaban a mantener una postura rígida. En cambio, su tío se paseaba por la habitación con inquietud ante la mirada avizora de Rosalyn.

—¿Por qué? —preguntó consciente de que nada de lo que argumentara se tendría en cuenta. No entendía en qué perjudicarían sus quemaduras a Virginia—. Ni siquiera asistiré a los actos sociales donde acuda mi prima —propuso esperanzada.

—¡Por Dios! No lo hagas más difícil —los ojos de su tío se mostraban avergonzados por la decisión. En ese instante, su parecido con Robert fue evidente y mucho más doloroso para Elena.

La joven conocía muy bien las ganas de Rosalyn por desprenderse de ella. Para esa mujer era un recordatorio perpetuo de lady Victoria. Toda la sociedad londinense la comparaba con su madre y en la comparación, siempre salía perdedora. Con los años se convirtió en una herida enquistada que ahora sanaría arrojando a la calle a la hija de su eterna competidora. Nada de lo que Troy dijera, la convencería de que tomara otra decisión.

—¿Qué voy a hacer? —susurró en voz baja ante la incertidumbre por el futuro.

—Eres una joven preparada, tu tío te ha conseguido un lugar dónde vivir. Si no es de tu agrado puedes buscar un empleo como dama de compañía o institutriz —agregó Rosalyn con una malsana sonrisa de triunfo. Miró a su sobrina y se ahuecó el cabello con una mano huesuda repleta de anillos.

—Seguro que sí —respondió, y apretó los dientes.

En el fondo ambas mujeres sabían que nadie en Londres la contrataría. ¿Quién querría un monstruo como ella para ser una dama de compañía o institutriz de sus hijos?

—Ninguna MacGowan trabajará para ganarse el sustento —sentenció Troy, al menos, eso se lo debía a Victoria.

Rosalyn acató la decisión, pero en sus ojos se apreció el odio que sentía. Troy tendría una dura pelea que no ganaría, aunque ninguna de las consecuencias que derivaran de esa orden, le impediría cumplir la promesa de mantener a su sobrina.

Elena asintió con una inclinación de cabeza. Conocía muy bien a Rosalyn, no le pasaría un centavo si se empeñaba en ello. Tenía ganas de gritar, de decirles a esos dos que ella era la auténtica lady MacGowan, la única heredera de esa casa. Nadie la desterraría como si fuera una apestada a un lugar perdido en mitad de la nada. Contuvo las ganas de llorar al recordar aquellos espantosos días tras el incendio. Era la responsable de la muerte de sus padres. Durante mucho tiempo las pesadillas le impidieron dormir. Aún revivía aquella noche. En el instante en que la vela prendió las cortinas su mundo se deshizo como una fina capa de hielo en primavera. La sonrisa cínica de Rosalyn y sus mejillas maquilladas le daban un aspecto vulgar. Se dijo que una verdadera MacGowan no rogaría, no dejaría que la vieran humillada y hundida.

—Dispones de un mes para organizar tu nueva vida —le anunció con satisfacción.

Su tía se puso en pie, el encaje de las mangas le cayó como una cascada de algodón sobre el regazo. La forma colorida y recargada de vestir contrastaba con el aspecto sombrío y discreto de Elena. La mujer observó con malicia a la chica cuya belleza tanto prometía. Se alegró de que el destino hubiera concedido el puesto que le correspondía a su hija Virginia. Carraspeó dos veces antes de anunciar que la reunión había concluido.

—Yo... —Troy intentaba decir unas palabras.

—… Troy, ¿no me acompañas?

—Por supuesto, querida, ahora mismo.

Su tío no se asemejaba en nada a su padre, quien jamás hubiera permitido que una mujer como Rosalyn desempeñara el puesto de lady MacGowan. Durante un buen rato permaneció inmóvil en la habitación. El día dio paso a la noche y las sombras se extendieron por los rincones del cuarto, Elena se entremezcló en ellas con la esperanza de desaparecer.

Al día siguiente, despertó con la intención de hacer valer sus derechos. No se dejaría vencer sin batallar. Dedujo que su padre habría acudido a los mejores abogados de Londres. Salvo alguna libra, carecía de dinero, aunque esperaba que George Harrington, el letrado y antiguo consejero de su padre, la asesorara sin pedir nada a cambio. A primera hora de la mañana se escabulló de la casa sin que la viera ninguno de los criados. Anduvo hasta el despacho de Harrington & Pearce asociados, temerosa por el rumbo desastroso al que se encaminaba su vida. En la puerta la recibió un joven al que entregó una tarjeta de visita. Si le extrañó que una dama sin compañía solicitara una cita con su jefe se guardó mucho de demostrarlo. La hizo pasar a una sala donde varias estanterías de libros encuadernados en piel roja y verde se habían ordenado de forma escrupulosa y metódica. El joven letrado se sentó tras un escritorio, mojó la pluma en un tintero y comenzó a trabajar. El hecho de que la ignorara la tranquilizó.

—¡Querida! —dijo un hombre algo más envejecido de lo que ella recordaba que le sonreía desde una de las puertas de la sala.

La muchacha se acercó al antiguo amigo de su padre. La cogió de las manos y la hizo entrar a un despacho luminoso gracias a varias ventanas de las que colgaban grandes cortinas verdes. Un enorme escritorio de madera envejecida estaba casi cubierto por pilas de papeles. Harrington se ajustó los anteojos a la nariz, la condujo hasta un sillón de piel marrón algo desgastado y esperó a que se sentara.

—Señor Harrington... —el abogado acalló sus palabras.

—No hace mucho nos tuteábamos, llámame George —pidió con una sonrisa.

—George... yo...

—Vamos, pequeña —la animó, y le dio un par de palmadas cariñosas en las manos al ver que le resultaba difícil hablar—, ¿a qué has venido?

—Mis tíos me han pedido que me marche —consiguió pronunciar—, dicen que no soy bienvenida en su casa.

El abogado comenzó a pasearse por la habitación. Durante un instante, el silencio se apoderó de la estancia. Elena miró una mesa de patas torneadas, algo que desaprobaría la reina, de un suave color caoba. El mueble la distrajo durante el tiempo que Harrington se mantuvo pensativo.

—No podrás evitarlo —sentenció el abogado, y sus palabras le sonaron como una condena.

—¡Creí...!, ¡Dios!, ¡es mi casa! —exclamó con la esperanza de que el letrado solucionase el problema por arte de magia.

Se sentía derrotada, había pensado con una ingenuidad infantil que allí encontraría la ayuda que necesitaba y escuchó una realidad mucho más fría y desalentadora de lo esperado.

—Lo siento, Troy es el heredero. Sin hermanos varones, tu tío pasa a ser lord MacGowan. Ningún tribunal sentenciará lo contrario.

—Entonces..., ¿puede echarme de mi casa?

—Puede —afirmó con voz ronca—. Deberías barajar otras opciones, dado tu estado. —El abogado carraspeó incómodo un par de veces y cogió de nuevo las manos de la muchacha—. Un casamiento puede ser difícil en tu situación. —La joven se puso rígida—. Careces de una dote y tu posición en la familia MacGowan se ha debilitado mucho. Además, tus quemaduras pueden ser algo disuasorio para contraer un matrimonio ventajoso. —Hizo una pausa y luego continuó—: Siempre puedes buscar un esposo en América, allí las mujeres de cualquier tipo son muy apreciadas —le recomendó.

—Gracias por los consejos —se apresuró a decir humillada por una opinión tan franca del antiguo consejero de su padre.

Se puso en pie y se ajustó el chal en los hombros. Su orgullo había sufrido un revés. La opinión de Harrington le reveló una verdad tan inequívoca que se quedó sin palabras por la humillación.

—Elena... —George había visto el dolor reflejado en los ojos de la joven.

—Buenos días —dijo con la barbilla alzada. Se marchó de la habitación sin esperar las palabras compasivas del abogado.

Necesitaba aire para respirar; la desesperación la cegaba. Consideró que Harrington solucionaría su problema como si fuera un caballero de resplandeciente armadura. En su lugar, la había entristecido aún más al recordarle lo que no tendría jamás: una familia, unos hijos y un hogar.

En el camino de regreso a casa cerca de West End, Elena no vio el carruaje que venía a toda velocidad en dirección opuesta. Tan solo escuchó unas maldiciones, el relinchar de un caballo y su propio grito. El animal se encabritó lo suficiente para alzar las patas delanteras, mientras el conductor intentaba no atropellarla. La joven perdió el equilibrio y cayó, se golpeó la cabeza con uno de los adoquines y el dolor la dejó aturdida. De pronto, la rodearon dos hombres; uno le sonreía con unos ojos azules llenos de preocupación y le tocaba la cabeza para asegurarse de que no estaba herida, el otro la culpaba de lo ocurrido. Sus ojos negros la miraron con desprecio como si fuera escoria. Había perdido el sombrero y dejado al descubierto las quemaduras de su mentón. Intentó taparse, pero las miradas curiosas de la gente la cohibieron y fue incapaz de anudar el lazo que lo sujetaba.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —le preguntó el joven de ojos azules.

—Sí… —respondió algo turbada por las miradas de la gente. El joven amable le anudó el sombrero a la cabeza.

Elena se lo agradeció con la mirada, por una vez no había visto asco ni compasión en los ojos de alguien.

—¡Está ciega! —Su compañero la cogió con rabia de los hombros hasta levantarla. La zarandeó con fuerza y de nuevo el sombrero se desató y cayó al suelo—. ¡He podido matarla! ¡Gāisi! ¡Zhèng shì wo xūyào jīn wan! —gritó, y se contuvo al observar los ojos más hermosos que nunca había visto, sin embargo, las quemaduras de la joven le impidieron hablar.

—Lo siento yo... —intentó disculparse ante el hombre de ojos negros que la sujetaba con fuerza. Sus manos le causaban dolor, sobre todo, en el hombro con cicatrices. Había sido una estúpida al cruzar sin mirar.

—¡Basta! ¡Laramie! —El joven de ojos azules agarró el brazo de su compañero. Por la expresión del rostro de la muchacha comprendió que la estaba asustando y que no

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