La calavera bajo la piel (Cordelia Gray)

P.D. James

Fragmento

Creditos

Título original: The Skull Beneath the Skin

Traducción: Iris Menéndez

1.ª edición: junio, 2016

© 2016 by P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Fotografía de cubierta: © GETTY IMAGES

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-489-3

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Cita

 

 

 

 

 

Webster estaba obsesionado por la muerte

y veía la calavera bajo la piel;

las criaturas sin pecho bajo tierra

se echaban hacia atrás en una sonrisa sin labios.

Bulbos de narcisos en lugar de globos

miraban fijamente desde las cuencas de los ojos.

Él sabía que el pensamiento se abraza a miembros

muertos estrechando sus ansias y placeres.

(T.S. ELIOT: Murmullos de inmortalidad)

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

Prólogo

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

SEGUNDA PARTE

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

TERCERA PARTE

18

19

20

21

22

CUARTA PARTE

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24

25

26

27

28

29

30

31

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QUINTA PARTE

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SEXTA PARTE

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Otros títulos de esta colección

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Prólogo

Ni la más diligente investigación de mapas y gráficos logrará descubrir Courcy Island o su castillo victoriano enclavados a la altura de la costa de Dorset, pues su realidad sólo existe en la imaginación de la autora y en la de sus lectores. De igual manera, los acontecimientos pasados y recientes de la historia de Courcy, manchada de sangre, y los personajes que participaron en ella, no guardan ninguna relación con hechos y personas reales.

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PRIMERA PARTE

Visita a una isla cercana a la costa

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1

Sin duda alguna, la nueva placa estaba ladeada. Cordelia no necesitaba apelar al recurso de Bevis —esquivar el tráfico de media mañana que atestaba Kingly Street y observarla con los ojos entornados a través de una masa de taxis y chirriantes furgonetas de reparto— para reconocer el hecho puramente matemático: el elegante rectángulo de bronce, tan detenidamente diseñado y tan caro, estaba desnivelado casi dos centímetros. Pensó que así ladeada parecía, pese a la sencillez de su inscripción, pretenciosa y ridícula, propia de una esperanza irracional y de una empresa desatinada:

AGENCIA DE DETECTIVES PRYDE

(Tercer piso)

Propietaria: Cordelia Gray

De haber sido supersticiosa, habría creído que el inquieto espíritu de Bernie protestaba contra la nueva placa y la supresión de su nombre. En verdad, en su momento le había parecido simbólica la eliminación definitiva de Bernie por sus propias manos. No se le había ocurrido cambiar el nombre de la agencia: mientras existiera, siempre sería Pryde. Pero le había resultado cada vez más fastidioso que los clientes, desconcertados tanto por su sexo como por su juventud, siempre le dijeran: «Pensé que me recibiría el señor Pryde». Sería mejor que supieran desde el principio que ahora sólo había un propietario y que era del sexo femenino.

Bevis se reunió con ella en la puerta. Acentuó su parodia de desolación con su cara graciosa y voluble, al tiempo que decía:

—La medí con todo cuidado desde el suelo, de veras, señorita Gray.

—Lo sé. La acera debe de estar desigual. Es culpa mía, tendría que haber comprado un nivel de burbuja.

Pero Cordelia había tratado de escatimar el dinero para los gastos menores, diez libras semanales que guardaba en la lata de cigarrillos abollada que había heredado de Bernie, con su grabado de la batalla de Jutlandia y de la que el dinero parecía escapar mediante un misterioso proceso no relacionado con el desembolso real. Le había resultado fácil aceptar la afirmación de Bevis en el sentido de que sabía manejar el destornillador, olvidando que para él cualquier tarea era preferible a la que se suponía debía estar haciendo.

—Si cierro el ojo izquierdo y mantengo así la cabeza, parece correctamente colocada —dijo Bevis.

—Pero no podemos confiar en una sucesión de clientes tuertos y con tortícolis, Bevis.

Al contemplar la expresión del chico, caído ahora en una desesperación extrema que habría sido adecuada para el anuncio de un ataque atómico, Cordelia sintió el oscuro deseo de consolarle por su propia incompetencia. Uno de los aspectos desconcertantes de ser empresaria —papel para el que se sentía cada vez más inepta— era ese exceso de sensibilidad ante sus sentimientos, asociado a una vaga sensación de culpa. Sabía que su actitud era irracional, pues en realidad no empleaba directamente a Bevis ni a la señorita Maudsley. Contrataba a ambos en la oficina de empleo de la señorita Feeley, por semana, cuando los fondos de su caja lo permitían. Rara vez tenía que competir para contar con sus servicios: los dos estaban invariable y sospechosamente disponibles cuando los solicitaba. Ambos le brindaban honradez, un estricto cumplimiento del horario y una fanática lealtad; sin duda alguna, ambos le habrían proporcionado un eficiente servicio administrativo, en caso de haber estado a su alcance. De hecho, aumentaban su propia ansiedad, pues sabía que el fracaso de la agencia sería casi un golpe tan duro para ellos como para sí misma. Quien más sufriría sería la señorita Maudsley, una bondadosa mujer de sesenta y dos años, hermana de un párroco, que estiraba su asignación en un cuchitril de South Kensington y cuya afabilidad, edad, incompetencia y virginidad la habían convertido en el hazmerreír de los innumerables servicios de mecanografía por los que había transitado desde la muerte de su hermano. Bevis, con su frívolo encanto ligeramente venal, estaba mejor equipado para sobrevivir en la jungla londinense. Pasaba por ser un bailarín que trabajaba temporalmente como dactilógrafo mientras descansaba, inapropiado eufemismo cuando se aplicaba a un muchacho tan inquieto que constantemente se movía en su silla o hacía piruetas de puntillas con los dedos extendidos, los ojos desorbitados y en estado de alerta, como si se dispusiera a emprender el vuelo. Una oscura escuela de administrativos ya fenecida le había expedido un certificado en el que constaba que mecanografiaba treinta palabras por minuto, pero Cordelia se recordó a sí misma que ni siquiera esa entidad había garantizado su destreza para asumir nimias tareas manuales.

Sorprendentemente, la señorita Maudsley y él resultaron avenirse en el trabajo, y en la recepción se charlaba mucho más, entre arrebatos de inexperta dactilografía, de lo que Cordelia habría esperado de dos personalidades tan dispares, habitantes de mundos tan ajenos entre sí. Bevis contaba a borbotones sus tribulaciones personales y profesionales, generosamente salpicadas de imprecisos cotilleos del mundo artístico, en ocasiones calumniosos. La señorita Maudsley aplicaba a ese desconcertante mundo su propia mezcla de inocencia, teología, moralidad de rectoría y sentido común. A veces la recepción se volvía muy acogedora, pero la señorita Maudsley sustentaba puntos de vista anticuados sobre la correcta distinción que debía hacerse entre empresario y empleado, y el despacho interior donde trabajaba Cordelia era sacrosanto.

De improviso, Bevis gritó:

—¡Santo cielo, es Tomkins!

Apareció en la puerta un gatito negro y blanco que meneó una pata con engañosa indiferencia, desplegó su cola rígida, se estremeció con extática aprensión y luego se precipitó debajo de una furgoneta de correos, desapareciendo de la vista. Bevis salió como una flecha en su persecución. Tomkins era uno de los fracasos de la agencia, pues había sido repudiado por una solterona de ese apellido, que había contratado a Cordelia para que buscara a su perdido minino negro, un ejemplar con un parche blanco en un ojo, dos patas blancas y la cola rayada. Tomkins se ajustaba exactamente a la descripción, pero su presunta ama se había dado cuenta en el acto de que se trataba de un impostor. Después de salvarlo de una inminente inanición en un solar situado detrás de Victoria Station no tuvieron corazón para abandonarlo y ahora vivía en la recepción, con una cubeta para sus necesidades fisiológicas, una canasta acolchada y acceso al tejado por medio de una ventana entreabierta para sus excursiones nocturnas. Resultaba una verdadera sangría para los recursos de la agencia, no tanto a causa del creciente coste de la comida para gatos —aunque era una pena que la señorita Maudsley hubiera estimulado su adicción a sabores que superaban sus medios comprando para su primera comida la lata más cara que encontró en el mercado, y que Tomkins, en general un gato estúpido, aparentemente supiese leer las etiquetas—, sino porque Bevis perdía mucho tiempo jugando con él, arrojándole una pelota de ping-pong o tirando de una pata de conejo atada a un cordel por toda la oficina, al grito de: «¡Mire, señorita Gray! ¿No es un listísimo y juguetón animalito?».

El listísimo y juguetón animalito, después de provocar el caos en medio del tráfico de Kingly Street, traspuso como un rayo la entrada trasera de una farmacia, con Bevis a la zaga. Cordelia adivinó que ninguno de los dos volvería a aparecer hasta mucho después. Bevis coleccionaba nuevas amistades con la misma obsesión con que otros juntan cosas inútiles, y Tomkins era un estupendo mediador. A Cordelia se le cayó el alma a los pies al comprender que la mañana de Bevis ya estaba condenada a ser casi totalmente improductiva y tuvo conciencia de su propia aversión letárgica a realizar el menor esfuerzo. Permaneció apoyada en la jamba de la puerta, con los ojos cerrados; levantó la cara hacia la tibieza anacrónica del sol de finales de septiembre. Distanciándose, mediante un esfuerzo de voluntad, de la estridencia y el clamor de la calle, del penetrante tufo a gasolina, del sonido de las pisadas de los transeúntes, jugó con la tentación —aunque tenía la certeza de que se resistiría a caer en ella— de alejarse de todo, dejando la placa ladeada como recordatorio de sus intentos por cumplir con la palabra dada al difunto Bernie y con su sueño imposible.

Probablemente debería sentirse aliviada al ver que la agencia comenzaba a hacerse un nombre, aunque sólo fuera por encontrar animalitos domésticos perdidos. Sin duda existía la necesidad de ese servicio —del que sospechaba su agencia tenía el monopolio—, y los clientes, bañados en lágrimas, desesperados, indignados por lo que consideraban una dura indiferencia por parte del Departamento de Investigación Criminal de la zona, nunca regateaban el importe de la factura, y pagaban con mayor prontitud de lo que lo habrían hecho, sospechaba Cordelia, por el retorno de un pariente. Incluso cuando los esfuerzos de la agencia habían sido vanos y Cordelia presentaba la factura disculpándose, invariablemente le pagaban sin poner objeciones. Quizá los propietarios se sentían motivados por la natural necesidad humana, en momentos de aflicción, de pensar que habían hecho algo, por poco prometedor que fuese, para recuperarlo. Pero con frecuencia tenían éxito. Sobre todo la señorita Maudsley era persistente en sus investigaciones de puerta en puerta, a lo que sumaba una compenetración casi sobrenatural con la mente felina, condiciones que habían hecho volver al redil a por lo menos media docena de gatos mojados, medio muertos de hambre, de maullido débil, dejando al descubierto algunas veces la perfidia de los animales, que habían vivido una doble vida y se habían trasladado de forma más o menos permanente a su segundo hogar. Lograba dominar su timidez cuando perseguía a ladrones de gatos, y los sábados por la mañana recorría con resolución a la camorrista exuberancia y los semiclandestinos terrores de los mercados callejeros londinenses, como si contara con la protección divina, de lo que sin duda ella misma estaba convencida. Pero algunas veces Cordelia se preguntaba qué habría pensado el pobre, ambicioso y patético Bernie ante semejante desviación de sus sueños. Amodorrada por el calor y el sol en una paz que era casi un trance, Cordelia recordó con sorprendente claridad aquella voz sonora y segura de sí: «Aquí tenemos una mina de oro, socia, si alguna vez arrancamos». Se alegraba de que Bernie no hubiera sabido qué pequeñas eran las pepitas, cuán delgada la veta. Una discreta voz, masculina y autoritaria, interrumpió su ensueño:

—Esa placa está torcida.

—Lo sé.

Cordelia abrió los ojos. La voz la había engañado:

el hombre era mayor de lo que esperaba; le calculó algo más de sesenta años. Pese al calor, llevaba una chaqueta de tweed, bien cortada pero con coderas de cuero. No era alto —probablemente no llegaba al metro setenta— pero se mantenía muy erguido, en una postura natural y aplomada, casi con elegancia, en la que Cordelia percibió se ocultaba una inquietud interior, como si estuviera nervioso a la espera de una voz de mando. Se preguntó si no habría sido militar. El hombre llevaba la cabeza alta y firme; su pelo, cano y algo escaso, caía hacia atrás desde una frente alta y surcada de arrugas. La cara era larga y huesuda, con una nariz dominante que sobresalía entre mejillas enrojecidas cruzadas por accidentadas venas; su boca era ancha y bien formada. Sus ojos la escrutaban (no sin benignidad, pensó Cordelia) penetrantes bajo las pobladas cejas. Observó que la izquierda estaba más elevada que la derecha, y vio que tenía la costumbre de fruncir el entrecejo y mover las comisuras de los labios, lo que confería a su semblante una inquietud en abierta discrepancia con el reposo de su cuerpo y que no le permitía mirarle a los ojos. El hombre dijo:

—Será mejor que encargue que le hagan ese trabajo correctamente.

Cordelia no respondió mientras le miraba dejar la cartera que llevaba, sacarse de un bolsillo una pluma y el billetero, buscar una tarjeta y escribir en el dorso con letra vertical, casi infantil.

Cordelia cogió la tarjeta, notó que sólo llevaba un nombre, Morgan, y un número de teléfono. Le dio la vuelta y leyó: Sir George Ralston, baronet, D.S.O., M.C. Había acertado: era militar.

—¿Cobra caro este señor Morgan? —preguntó Cordelia.

—Menos de lo que le habrá salido esta chapuza. Dígale que yo le proporcioné su número de teléfono. Le cobrará lo que valga el trabajo, ni un céntimo más.

Cordelia recuperó el ánimo. La placa ladeada, seriamente inspeccionada por el ojo crítico de aquel inesperado y excéntrico caballero errante, de pronto le pareció irresistiblemente divertida: ya no era una calamidad sino un chiste. Hasta Kingly Street se transformó al ritmo de su humor, convirtiéndose en un deslumbrante bazar bañado por el sol, palpitante de vida y optimismo. Estuvo en un tris de reír estentóreamente. Logró dominar su temblorosa boca y dijo en tono grave:

—Muy amable de su parte. ¿Es usted perito en placas o sólo un benefactor público?

—Algunos opinan que soy una amenaza pública. En realidad, soy un cliente, en caso de que usted sea Cordelia Gray. ¿La gente no suele decirle...?

Aunque irracionalmente, Cordelia se sintió decepcionada. ¿Por qué había supuesto que era diferente del resto de sus parroquianos de sexo masculino? Terminó la oración por él:

—¿Que es un trabajo impropio de una mujer? Me lo dicen, pero se equivocan.

—Iba a preguntarle si la gente no suele decirle que es difícil encontrar su oficina —aclaró sir Ralston—. Esta calle confunde a cualquiera. La mitad de los edificios no están bien numerados. Supongo que eso se debe al hecho de que se producen demasiados cambios. Pero la nueva placa ayudará en cuanto esté puesta correctamente. Será mejor que lo haga pronto. Da muy mala impresión.

En ese momento apareció Bevis jadeante, con los rizos húmedos por el ejercicio y el indiscreto destornillador asomado del bolsillo de la camisa. Con el ronroneante Tomkins apoyado en una de sus arreboladas mejillas, mostró su expresión culpable al recién llegado. Fue recompensado con un lacónico «qué chapuza» y una mirada que instantáneamente le descartó como apto para la vida castrense. Sir George se dirigió a Cordelia:

—¿Subimos?

Cordelia eludió la mirada de Bevis —al que adivinó con los ojos en blanco y en dirección al cielo— y empezaron a subir en fila india la estrecha escalera cubierta de linóleo; pasaron junto al único lavabo que usaban todos los inquilinos del edificio (Cordelia abrigó la esperanza de que sir George no necesitara usarlo) y llegaron a la oficina de recepción de la tercera planta. La señorita Maudsley los miró con ojos ansiosos por encima de la máquina de escribir. Bevis depositó a Tomkins en su canasta (donde el micifuz se dedicó a limpiarse la contaminación de Kingly Street) y echó a la señorita Maudsley una mirada admonitoria con los ojos muy abiertos, al tiempo que articulaba la palabra «cliente». La señorita Maudsley se ruborizó, se incorporó a medias, volvió a sentarse y se consagró a borrar un error con mano temblorosa. Cordelia condujo a sir Ralston a su santuario interior.

Cuando ambos estuvieron sentados, Cordelia le preguntó:

—¿Un poco de café?

—¿Café o sucedáneo?

—Supongo que usted lo llamaría sucedáneo. Pero es de la mejor calidad en sucedáneos.

—Entonces té, si tiene. Lo prefiero indio. Leche, por favor. Sin azúcar. Nada de bizcochos.

El modo de pedirlo no tenía la intención de ser ofensivo. Era un hombre acostumbrado a evaluar la situación y a solicitar lo que quería.

Cordelia asomó la cabeza a la puerta y le pidió a la señorita Maudsley que por favor sirviera el té. La infusión llegaría al despacho en las delicadas tazas de porcelana de Rockingham que la señorita Maudsley había heredado de su madre y prestado a la agencia para uso exclusivo de los clientes especiales: no tenía la menor duda de que sir George reunía las condiciones que lo hacían digno de aquel servicio.

Se miraron por encima del escritorio de Bernie. Los ojos de sir Ralston, grises y vivaces, inspeccionaron el rostro de Cordelia como si él fuera un examinador y ella una opositora, lo que hasta cierto punto era verdad.

La repentina, directa y chispeante mirada, en contraste con la espasmódica sonrisa, era desconcertante.

—¿Por qué le dio el nombre de Pryde a su agencia?

—Porque fue creada por un ex policía metropolitano, Bernie Pryde. Trabajé como ayudante suya una temporada y luego nos asociamos. Al morir, me dejó la agencia.

—¿Cómo murió? La pregunta, incisiva como una acusación, le pareció extraña, pero respondió serenamente:

—Se cortó las venas.

Cordelia no tuvo necesidad de cerrar los ojos para revivir la omnipresente escena, chillona y agudamente perfilada como un fotograma. Bernie estaba hundido en el asiento que ella ocupaba ahora, con la mano derecha semicerrada cerca de la navaja barbera desplegada, la izquierda encogida, con la muñeca abierta reposando, con la palma hacia abajo, en el cuenco, como una exótica anémona de mar vislumbrada en un estanque rocoso, que arrolla, en la muerte, sus pálidos y arrugados tentáculos. Pero nunca un estanque rocoso había sido tan chocantemente rosa. Volvió a olisquear el persistente aroma dulzón de la sangre recién derramada.

—O sea, que se suicidó.

El tono de sir Ralston era más ligero. Podría haber sido un compañero de golf que felicitara a Bernie por un golpe acertado, mientras el rápido vistazo que dirigió al despacho sugería que, dadas las circunstancias, su acto había sido razonable.

Cordelia no necesitaba de la mirada de él para confirmarlo. Lo que veía con sus propios ojos era bastante deprimente. Había adecentado el despacho con ayuda de la señorita Maudsley, pintando las paredes de amarillo claro, para dar una impresión de luminosidad, limpiando la desteñida alfombra con un líquido que se había secado de manera desigual, de modo que la impresión final hacía pensar en una piel deteriorada por alguna dolencia. Con sus visillos recién lavados, el despacho parecía al menos limpio y ordenado, demasiado ordenado, ya que la ausencia de papeles sueltos indicaba escasez de trabajo. Toda superficie libre estaba atiborrada de plantas. La señorita Maudsley tenía mano para la jardinería, y los esquejes que había cogido de sus propias plantas y atendido amorosamente en una variedad de recipientes de extrañas formas acumulados durante sus excursiones por los mercados, habían prosperado pese a la escasa luz. El abundante verdor resultante sugería un astuto despliegue para ocultar algún defecto siniestro de la estructura o del decorado. Cordelia seguía usando el viejo escritorio de roble de Bernie, y todavía se creía capaz de rastrear el perfil del cuenco en que él había desangrado su vida, que aún podía identificar una determinada mancha de agua y sangre derramadas. ¡Pero había tantos círculos, tantas manchas!

Todavía colgaba del perchero de madera el sombrero de Bernie, con su ala levantada y su cinta sucia. Ningún mercadillo de compra-venta se lo quiso quedar y ella fue incapaz de echarlo a la basura. Dos veces lo había llevado hasta el cubo del patio trasero pero no había logrado dejarlo caer, descubriendo que aquel último retazo simbólico de Bernie era aún más personal y traumático que la exclusión de su nombre de la placa. Si en última instancia la agencia fracasaba —y Cordelia trataba de no pensar a cuánto ascendería el alquiler cuando se renovara el contrato, tres años más tarde—, suponía que lo dejaría colgado allí en toda su patética decrepitud, para que manos desconocidas lo arrojaran, con melindrosa repugnancia, a la papelera.

Llegó el té. Sir George esperó a que la señorita Maudsley saliera. Luego, mientras agregaba atentamente la leche, gota a gota, dijo:

—El trabajo que le ofrezco es una combinación de funciones. Será en parte guardaespaldas, en parte secretaria particular, en parte investigadora y en parte... niñera. Un poco de cada cosa. No todo irá sobre ruedas. No sabemos cuál será el resultado.

—En principio soy una investigadora privada.

—No me cabe la menor duda. Pero en estos tiempos no debemos ser demasiado puristas. Un trabajo es un trabajo. Podría encontrarse implicada en una investigación, incluso en situaciones violentas, aunque no me parece probable en este caso. Será una tarea quizá desagradable pero no peligrosa. Si pensara que existe algún riesgo real para mi esposa o para usted, no emplearía a una aficionada.

—Quizá pudiera explicarme qué es, exactamente, lo que quiere que haga —dijo Cordelia.

Sir George contempló ceñudo el té, como si le costara empezar. Sin embargo, cuando lo hizo, su informe fue lúcido, conciso y claro.

—Mi esposa es la actriz Clarissa Lisle. Quizá la haya oído nombrar. Casi todo el mundo parece conocerla, aunque no ha actuado mucho en los últimos tiempos. Yo soy su tercer marido y nos casamos en junio de 1978. En julio de 1980 la contrataron para hacer el papel de lady Macbeth en el teatro Duke of Clarence. La tercera noche de la temporada, programada para seis meses, recibió una nota que consideró una amenaza de muerte. Desde entonces se han repetido intermitentemente.

Empezó a beber el té. Cordelia se descubrió contemplándole con la ansiedad de una criatura que espera que su oferta sea aceptable. La pausa le pareció tan larga, que preguntó:

—Dice usted que ella consideró amenazadora la primera nota. ¿Quiere decir que su significado era ambiguo? ¿Podría decirme qué forma exacta adoptan esas amenazas?

—Notas mecanografiadas. En una diversidad de máquinas, a lo que parece. Cada mensaje está coronado por un pequeño dibujo de un ataúd o una calavera. Todas son citas de obras en las que ha actuado mi esposa y todas se refieren a la muerte o a la agonía: el miedo a la muerte, el juicio final, la inevitabilidad de la muerte.

La reiteración de la siniestra palabra era opresiva. Cordelia se preguntó si sería su imaginación o si realmente él la paladeaba entre sus labios con cáustica satisfacción.

—¿Pero no la amenazan concretamente?

—Ella considera amenazadora esa insistencia en la muerte. Es sensible. Supongo que todas las actrices lo son. Necesitan gustar, y esas notas no tienen nada de amistoso. Aquí las traigo, es decir, las que guardó. Las primeras fueron a parar a la basura. Usted necesitará las pruebas.

Sir George desabrochó la cartera y sacó un grueso sobre de papel manila del que dejó caer un montoncito de pequeñas hojas de papel que comenzó a extender sobre el escritorio.

Cordelia reconoció al instante el tipo de papel:

popular, de calidad mediana, blanco, del que venden en tres tamaños, con los sobres correspondientes, en cualquier papelería. El remitente había sido ahorrativo, escogiendo el formato más pequeño. Cada una de las hojas contenía una cita mecanografiada, coronada por un pequeño dibujo de unos dos centímetros y medio de altura, que representaba un ataúd en sentido vertical, las iniciales R.I.P. en la tapa, o una calavera con dos tibias en aspa. Los bosquejos no habían exigido demasiada habilidad para el dibujo; eran emblemas más que representaciones precisas. Por otro lado, estaban dibujados con cierta seguridad de línea y sentido decorativo, lo que sugería alguna facilidad con la pluma o, en este caso, con un bolígrafo de tinta negra.

Bajo los dedos huesudos de sir George, los trozos de papel blanco con sus emblemas absolutamente negros cambiaban de lugar y se reacomodaban como los naipes de algún juego agorero: busca la cita, caza al asesino. La mayoría de las citas eran conocidas, palabras que acudirían fácilmente a la mente de cualquiera que hubiese leído medianamente bien a Shakespeare y a los jacobinos, de cualquiera que pensara en referencias a la muerte y al terror a morir, características del teatro inglés. Incluso leyéndolas ahora, truncadas e infantilmente embellecidas como estaban, Cordelia sintió su potente y nostálgico poder. Casi todas eran de Shakespeare y en ellas aparecía la selección obvia. La más larga era, con mucho, el angustiado grito de Claudio —¿y cómo podía habérsele resistido el remitente?— en Medida por medida:

¡Sí...! Pero morir e ir no sabemos dónde;

yacer en frías cavidades y quedar allí para pudrirse;

este calor, esta sensibilidad, este movimiento,

convertirse en un puñado de blanda arcilla;

esta inteligencia deliciosa, bañarse en olas de fuego,

o residir en alguna región escalofriante, de murallas de hielos espesos;

estar aprisionado en vientos invisibles

y arremolinarse, con violencia sin tregua, en derredor

de un mundo sorprendido en el espacio...

La vida terrenal más penosa y más maldita,

que la vejez, la enfermedad, la miseria o la prisión

puedan imponer a una criatura, es un paraíso

en comparación a lo que tememos de la muerte.

Era difícil interpretar aquel pasaje tan conocido como una amenaza personal, pero casi todo el resto de las citas podía considerarse más directamente intimidante y apuntaba, pensó Cordelia, a algún castigo por culpas reales o imaginarias.

El que muere paga todas sus deudas.

Oh tú, maleza,

eres tan encantadoramente bella y tan dulcemente hueles

que duelen los sentidos al pensar

que podrías no haber nacido nunca.

La elección de las ilustraciones había requerido cierto cuidado. La calavera adornaba los versos de Hamlet que decían:

Ahora ve a la cámara de mi señora y dile,

dejando que grueso maquillaje cubra su rostro,

que a este favor acuda.

El mismo emblema se repetía en el pasaje en el que Cordelia creyó reconocer a John Webster, aunque no logró identificar la obra:

Sumergida hasta ahora en la seguridad,

no sabes cómo vivir ni cómo morir;

pero tengo un objeto que te sorprenderá

y te hará saber a dónde vas.

Pero aun admitiendo la hipersensibilidad de una actriz, era necesario un fuerte egocentrismo para sacar aquellas palabras de sus contextos y aplicarlas a sí misma; de lo contrario, su temor a morir era tan intenso como para sugerir la intervención de un componente patológico. Cordelia tomó una libreta nueva del cajón de su escritorio y preguntó:

—¿Cómo llegan?

—La mayoría, por correo; en el mismo tipo de sobre que el papel y con la dirección escrita a máquina. A mi esposa no se le ocurrió guardar ninguno de los sobres. Algunas fueron llevadas a mano al teatro o a nuestro piso de Londres. Una la deslizaron bajo la puerta del camerino durante la representación de Macbeth. Las primeras seis o siete fueron destruidas..., lo mejor que se podía hacer con ellas, a mi juicio. Estas veintitrés son todas las que tenemos ahora. Las he numerado con lápiz en el dorso por orden de llegada, dentro de lo que mi esposa recuerda, y con información acerca de cuándo y cómo se recibió cada una.

—Gracias. Eso será útil. ¿Su esposa ha representado muchos personajes de Shakespeare?

—Perteneció a la Malvern Repertory Company durante tres años cuando terminó la Escuela de Arte Escénico, y entonces actuó bastante. En los últimos años, mucho menos.

—Y las primeras, las que tiró a la basura, llegaron cuando hacía el papel de lady Macbeth. ¿Qué ocurrió?

—La primera le preocupó, pero no se lo dijo a nadie. Pensó que era una muestra aislada de malignidad. Dice que no recuerda el texto, pero que llevaba el dibujo de un ataúd. Después llegaron la segunda, la tercera y la cuarta. Durante la tercera semana de la temporada, mi esposa empezó a derrumbarse y constantemente tenían que apuntarle. El sábado siguiente salió corriendo del escenario durante el segundo acto y la suplente tuvo que ocupar su lugar. Todo es cuestión de confianza. Si piensas que te vas a quebrar, creo que así llaman en el teatro al hecho de enmudecer, te quebrarás. Volvió al escenario una semana después, pero tuvo que hacer un gran esfuerzo para cumplir la temporada. Después debía aparecer en Brighton, en una reposición de una de esas obras policíacas de los años treinta en la que la dama joven se llama Bunty, el héroe es Clive y todos los hombres usan pantalones largos de franela para jugar al tenis y no hacen otra cosa que entrar y salir por grandes ventanales. Es curioso. No era exactamente el tipo de papel adecuado para ella, que es una actriz clásica, pero no surgen muchas oportunidades para las de cierta edad. Hay demasiadas buenas actrices a la caza de unos pocos papeles, según tengo entendido. Ocurrió lo mismo. La primera cita apareció en la mañana del día del estreno, y a partir de entonces llegaron a intervalos regulares. La obra se retiró de cartel cuatro semanas después, y quizá la actuación de mi esposa haya tenido algo que ver. Al menos eso pensó ella. Yo no estoy tan seguro: era un argumento estúpido al que yo mismo fui incapaz de extraerle algún sentido. Clarissa no volvió a actuar hasta que aceptó en Nottingham un papel en El diablo blanco, de Webster, el de Victoria No-Sé-Cuántos.

—Vittoria Corombona.

—¿Sí? Yo estuve diez días en Nueva York y no la vi. Pero sucedió lo mismo. La primera nota volvió a llegar el día del estreno. Esa vez mi esposa acudió a la policía. No pasó nada. Se llevaron las notas, reflexionaron sobre ellas y las devolvieron. Amables pero no muy eficaces. Aclararon que no se tomaban en serio las amenazas de muerte. Pusieron de relieve que cuando alguien quiere matar en serio lo hace, no amenaza. Debo confesar que ése era también mi punto de vista. No obstante, algo descubrieron. La nota que llegó mientras yo estaba en Nueva York fue mecanografiada en mi vieja Remington.

Cordelia intervino:

—Aún no me ha explicado qué colaboración espera de mí.

—A eso quería llegar. Este fin de semana mi esposa actuará en el papel principal de una representación de aficionados de La duquesa de Malfi. La obra se montará con vestuario victoriano en Courcy Island, a unas dos millas de la costa de Dorset. El propietario de la isla, el señor Ambrose Gorringe, ha restaurado el pequeño teatro victoriano que en su día hizo construir su bisabuelo. Según tengo entendido, ese primer Gorringe, que reconstruyó el castillo medieval en ruinas, solía recibir al príncipe de Gales y a su amante, la actriz Lillie Langtry; los huéspedes se entretenían asistiendo a representaciones de aficionados. Supongo que el propietario actual intenta resucitar pasadas glorias. Hace más o menos un año apareció en uno de los periódicos dominicales un artículo sobre la isla, la restauración del castillo y el teatro. Tal vez lo haya leído.

Cordelia no lo recordaba.

—¿Y usted quiere que yo vaya a la isla para acompañar a lady Ralston? —preguntó.

—Yo abrigaba la esperanza de asistir personalmente, pero no será posible. Tengo una reunión en el West Country a la que no puedo faltar. Me propongo ir con mi esposa en coche hasta Speymouth a primera hora de la mañana del viernes, para dejarla en la lancha. Pero necesita que alguien esté a su lado. Esta representación es muy importante para ella. En primavera volverá a ponerse la obra en Chichester y, si Clarissa logra recuperar su confianza, se sentirá capaz de hacerla. Pero hay algo más. Cree que las amenazas pueden alcanzar su punto culminante este fin de semana, que alguien intentará matarla en Courcy Island.

—Tendrá alguna razón para pensarlo.

—Ninguna que pueda explicar. Nada que pueda impresionar a la policía. Quizá sea algo irracional, pero así piensa ella. Me pidió que me pusiera en contacto con usted.

Y él había ido a ponerse en contacto con ella. ¿Siempre proporcionaba a su mujer lo que ella quería? Insistió:

—¿Exactamente para qué me emplea, sir George?

—Para que la proteja contra cualquier molestia. Para que atienda las llamadas telefónicas que le hagan. Para que abra las cartas. Para que registre el escenario antes de la representación, si tiene la oportunidad de hacerlo. Para que esté disponible por la noche, que es cuando se pone más nerviosa. Y para que aporte ideas nuevas al asunto de los mensajes. Para que descubra, si puede hacerlo en sólo tres días, quién está detrás de esto.

Antes de que Cordelia pudiese responder a esas breves instrucciones, volvió a percibir la desconcertante y aguda mirada gris bajo las discordantes cejas.

—¿Le gustan las aves?

Cordelia se sintió momentáneamente desconcertada. Suponía que muy poca gente —excepto las personas afectadas por algún tipo de fobia— reconocería que no le gustaban los pájaros. A fin de cuentas, figuran entre las más graciosas de las frágiles diversiones que ofrece la vida. Pero se le ocurrió que sir George le podía estar preguntando en forma encubierta si era capaz de reconocer a una arpella a cincuenta metros de distancia, por lo cual respondió cautamente:

—No soy muy buena para identificar a las especies menos comunes.

—Es una pena. La isla es una de las reservas ornitológicas naturales más interesantes de Gran Bretaña, probablemente la más importante en manos privadas, casi tan interesante como Brownsea Island, en Poole Harbour. Muy similar, bien pensado. Courcy cuenta con muchas aves raras: faisanes de orejas azules y Swinhold, además de gansos canadienses, limosas negras y ostreros. Es una pena que no le atraigan. ¿Alguna pregunta? Me refiero al caso...

Cordelia dijo, a modo de tanteo:

—Si he de pasar tres días con su esposa, ¿no tendría que entrevistarme ella antes de tomar una decisión? Es importante que me crea digna de confianza. No me conoce. No nos hemos visto nunca.

—Sí, se han visto. Por eso sabe que puede confiar en usted. La semana pasada estaba tomando el té con la señora Fortescue cuando usted le devolvió su gato..., creo que responde al nombre de Solomon. Aparentemente usted lo encontró a la media hora de iniciar la búsqueda, por lo que la factura fue reducida. La señora Fortescue idolatra al animal y habría pagado el triple. No habría puesto la menor objeción. Eso impresionó a mi esposa.

—Somos algo caros porque tenemos que serlo —replicó Cordelia—. Pero somos honrados.

Recordó el salón de Eaton Square, una estancia femenina si femineidad implica suavidad y lujo; un almacén atestado de fotografías con marco de plata, un té excesivamente pródigo, servido en una mesa baja delante de la chimenea estilo Adam, demasiadas flores convencionalmente arregladas. La señora Fortescue, incoherente en su alivio y alegría, había presentado a su invitada a Cordelia por mero formulismo, aunque su voz, ahogada en el pelaje de Solomon, sonó imprecisa y Cordelia no entendió el nombre. Pero la impresión había sido precisa. La visitante permanecía muy quieta en su asiento junto a la chimenea, con las delgadas piernas cruzadas y las manos ensortijadas descansando en los brazos del sillón. Cordelia recordaba su pelo rubio intrincadamente amontonado y enroscado por encima de una frente alta, una boca de piñón y ojos inmensos, hundidos pero con párpados pesados, casi hinchados. Parecía imponer al exuberante conformismo del salón una gracia hierática y angular, una distinción que, pese a la sencillez del formal traje de ante, insinuaba una individualidad histriónica o excéntrica. Había inclinado gravemente la cabeza y observado las efusiones de su amiga con sonrisa casi burlona. A pesar de su inmovilidad no daba impresión de sosiego.

—No reconocí a su esposa pero la recuerdo muy bien.

—¿Acepta el trabajo?

—Sí, lo acepto.

Él dijo, sin la menor turbación:

—Es bastante distinto de buscar gatos perdidos. La señora Fortescue comentó a mi esposa que usted cobra por día. Supongo que en este caso será más caro.

—La tarifa diaria es la misma, cualquiera que sea el trabajo. La factura final depende del tiempo que haya llevado, de si he tenido que recurrir a mi personal, y del nivel de gastos, que a veces puede ser muy elevado. Pero como me alojaré en el castillo, no habrá facturas de hotel. ¿Cuándo quiere que me presente?

—La Shearwater, la lancha de Courcy, estará en el muelle de Speymouth para empalmar con el tren de las nueve y treinta y tres de Waterloo. En este sobre está su billete. Mi esposa ha telefoneado para hacerle saber al señor Gorringe que llevará consigo a una secretariaacompañante, con el propósito de que la ayude en diversas tareas durante el fin de semana. La estarán esperando.

De modo que Clarissa Lisle había confiado en que aceptaría el trabajo. ¿Y por qué no? ¿Acaso no lo había aceptado? Evidentemente, también confiaba en salirse con la suya con Ambrose Gorringe. Su excusa para incluir a una secretaria en la partida era más bien endeble y Cordelia se preguntó hasta qué punto le habría creído. Llegar a una casa de campo para pasar el fin de semana en compañía de un detective privado era permisible para la realeza, pero en cualquier invitado de menos categoría evidenciaba falta de confianza en el anfitrión, en tanto que llevar un detective de incógnito podía considerarse, con toda razón, una contravención de la etiqueta. No le sería fácil proteger a Clarissa Lisle sin delatar que estaba allí bajo una falsa identidad, descubrimiento que no podía ser agradable para el dueño de la casa ni para el resto de los invitados.

—Tengo que saber qué otras personas estarán en la isla y todo lo que sepa de ellas.

—No es mucho lo que puedo decirle. El sábado por la tarde, después de la llegada de los actores y del público invitado, habrá alrededor de un centenar de personas en la isla. Pero los huéspedes del castillo son pocos. Por descontado, mi esposa con Tolly, mejor dicho la señorita Tolgarth, su camarera. También Simon Lessing, el hijastro de mi mujer. Es un estudiante de diecisiete años, hijo del segundo marido de Clarissa, que murió ahogado en agosto de 1977. No era feliz con los parientes que le hacían de tutores, por lo que mi esposa decidió tomarlo a su cargo. No sé por qué le han invitado, ya que lo único que le interesa es la música. Probablemente Clarissa pensó que ha llegado la hora de que conozca más gente. Es un muchacho tímido. También asistirá su prima, Roma Lisle. Antes era profesora pero ahora lleva una librería en la parte norte de Londres. Soltera, de unos cuarenta y cinco años. La he visto dos veces en mi vida. Tengo entendido que quizá la acompañará su socio, pero no sé decirle quién es. También encontrará en la isla al crítico teatral Ivo Whittingham, un viejo amigo de mi esposa. Hará un artículo sobre el teatro y la representación para un suplemento dominical. Estará Ambrose Gorringe, naturalmente. Hay tres criados: el mayordomo Munter con su mujer y Oldfield, barquero y factótum. Creo que eso es todo.

—Hábleme del señor Gorringe.

—Gorringe conoce a Clarissa desde la infancia. Los padres de ambos pertenecían al servicio diplomático. Él heredó la isla de su tío, en 1977, durante una estancia de un año en el extranjero. Un viaje que tenía algo que ver con una forma de eludir impuestos. Volvió al Reino Unido en 1978 y ha pasado estos últimos tres años restaurando el castillo y cuidando la isla. Es un hombre ya maduro. Soltero. Creo que estudió historia en Cambridge. Es una autoridad en la era victoriana. No sé nada desfavorable de él.

—Una última pregunta. Aparentemente su esposa teme por su vida hasta el punto de mostrarse reacia a ir a Courcy Island sin protección. ¿En esa compañía hay alguien a quien ella tenga motivos para temer, de quien sospechar?

Cordelia se dio cuenta en seguida de que la pregunta no era bien acogida, quizá porque obligaba a sir George a reconocer lo que en todo momento había insinuado sin expresarlo: que el temor de su esposa era histérico e irreal. Ella había pedido protección y él se la proporcionaba. Pero no la consideraba necesaria, no creía en el peligro ni en los medios a que apelaba para tranquilizarla. Ahora una parte de su mente se sentía repelida por la idea de que el anfitrión de su esposa y sus invitados estarían bajo vigilancia.

—Creo que puede quitarse esa idea de la cabeza. Mi esposa no tiene ninguna razón para sospechar que alguno de los invitados desea hacerle daño, ninguna razón.

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2

Sir George miró la hora y se incorporó. Dos minutos después se despidió brevemente en el portal, sin mencionar la enojosa placa ni mirarla de soslayo. Mientras subía una vez más la escalera, Cordelia se preguntó si no podría haber llevado mejor la entrevista. Era una pena que hubiese concluido tan bruscamente. Lamentó que no se le hubiese ocurrido hacer

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