Sabor de amor (Carta de sabores 1)

Dacar Santana

Fragmento

Creditos

1.ª edición: junio, 2016

© 2016 by Dacar Santana

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-492-3

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

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Epílogo

Agradecimientos

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1

«¿Qué nuevo sabor disfrutaré hoy?».

Es la frase con la que me despierto cada mañana. Frase que mi abuelo utilizaba como un mantra.

Heladero de corazón y profesión, dueño de la gelateria artigianale1 italiana Los sabores de Copano, comparaba todo a su alrededor con sus exquisitos helados, alegando que cada emoción o circunstancia equivalía a un sabor. Si tenía un día duro, la menta era lo que le venía a la cabeza. Si, por el contrario, el día le sonreía, la fresa era su sabor… La fresa que lo había acompañado en sus más bellos momentos: su boda con mi abuela, el nacimiento de mi padre, mi hermano o el mío… su fresa Simonetta, como a él le gustaba llamarme. Tanto era así, que incluso bautizó a su helado de fresas con trocitos de esa misma fruta en el interior, «mmm… ¡exquisito!», con ese mismo nombre.

Ahora, yo, veintisiete años después, he heredado su pasión por los helados y su negocio, convirtiendo mi sueño en realidad.

He tenido que adaptarme a los tiempos que corren, por lo que he modernizado el negocio. Ahora, no solo servimos maravillas congeladas, también ofertamos desayunos y meriendas dulces, cafés y tés… Tener un negocio propio y regentarlo es duro, pero es lo mejor que me ha podido pasar.

Me visto con ropa deportiva y salgo para correr mis obligados diez kilómetros diarios. Si quiero conservar este cuerpo, tengo que cuidarme, o trabajar diariamente rodeada de azúcar sucumbiendo a la tentación afectará directamente a mi barriga y a mis caderas.

Corro con la música a tope. Hoy me siento eufórica y el ritmo de la música que escucho es un reflejo de ello. Empezando por el I want to be free, de Queen, pasando por el Happy, de Pharrell Williams, y terminando por el mítico Elvis y el remix de A Little less conversation, entre otras.

Soy fiel creyente de que los pensamientos positivos repercuten en la vida diaria, y eso es lo que intento (a veces con más éxito que otras) hacer todos los días. «Hoy será un día estupendo», me digo mientras estoy en la ducha deshaciéndome de los restos sudorosos de la carrera de mi cuerpo.

Al llegar a mi pequeño negocio, dedico unos minutos a observarlo a través de las pequeñas cristaleras del escaparate que dejan entrever su fabuloso y remodelado interior.

Tonos rosa, blanco, amarillo, verde y plata dan color al interior de estilo retro. El único punto oscuro lo da el viejo sillón orejero de cuero negro que pertenecía a mi abuelo, que uso para relajarme y pensar, y del cual no he podido deshacerme. Siempre que me siento en él, rememoro las interminables tardes que pasaba aquí, junto a mi querido nonno2, y que tanta satisfacción me traían.

El movimiento en las puertas de persiana, tipo vaivén, atrae mi atención. De ellas sale, con su acostumbrada gracia, mi mejor amiga y empleada, Sandra, quien tiene que estar oyendo música porque, aun teniendo las manos ocupadas, sus caderas no dejan de mecerse de un lado al otro en un sexi contoneo.

Recuerdo, como si fuera ayer, cómo, hace once años, nos conocimos en clase de salsa. Nos odiamos al instante, ya que a simple vista, nos catalogamos como contrincantes en seducir al sexi y cubano profesor de baile… que, para nuestra absoluta y más sincera decepción, resultó ser gay. Entre baile y baile, obligadas a juntarnos como pareja por la falta de chicos, comenzamos a conocernos mejor… desde ese momento somos inseparables.

Es como la hermana que nunca tuve (mi hermano varón no cuenta). Demasiado parecidas en nuestra forma de ser para nuestro propio bien; siempre de acuerdo en participar en cualquier plan rocambolesco que se nos ocurra, sin importar las consecuencias… Nos apoyamos en todo. Así ha sido durante todo este tiempo. Sin peleas, sin discusiones fuertes… todo risas y felicidad. Si tuviera pene, «y lo usara conmigo», sería mi persona favorita en todo el mundo.

Físicamente antagonistas, aunque las dos delgadas y llenas de curvas, somos la noche y el día. Sandra tiene una mata de pelo color caoba preciosa, ojos verdes esmeralda y piel blanca y perfecta, al contrario que yo, que tengo el pelo y los ojos negros (regalo de mi ascendencia italiana), y la piel bronceada llena de pecas… Gracias a Dios, no hay nada que un kilo de maquillaje no oculte.

Somos guapas, y lo peor es que lo sabemos y nos aprovechamos de ello a la menor oportunidad… Si para que me hagan la declaración de la renta gratis y rápido tengo que batir las pestañas, enseñar un poco de escote y parecer un mínimo interesada, ¿por qué no hacerlo? Seria tonta si no me beneficiara… eso también se aplica, «por supuesto», a que me cambien la rueda, me lleven las bolsas, me inviten a fiestas y copas gratis.

No me odies por ser hermosa. Yo no inventé las reglas, solo soy una jugadora más. Además, no es culpa mía que los hombres (y algunas mujeres) sean tan simples.

Embozo una mueca de desagrado cuando, al entrar, lo primero que oigo es a Sandra en pleno apogeo artístico cantando, en su inglés con necesidad de subtítulos, Chandelier, de Sia. Su voz es horrorosa, y si encima le sumamos su pésimo dominio del idioma, mejor lo dejamos ahí…. Después se pregunta por qué nunca vamos a un karaoke.

Me dirijo a la pequeña cocina y me la encuentro girando sin parar con una espátula en la mano. Al darse cuenta de que ya no está sola, se para en seco, con los ojos llenos de pánico… Y yo no puedo evitar la carcajada que sale de mis labios. Aunque la risa me dura poco; al recordar la letra de la canción, todo rastro de regocijo se esfuma.

—Tu madre otra vez, ¿no? —le pregunto.

—Sí —suspira resignada—. Me estoy hartando de cuidar de ella. Algún día no contestaré a sus llamadas…

—¡Ojalá fuera cierto! —replico—. Soy consciente de que tiene un problema con la bebida, pero si la sigues auxiliando cada vez que tiene algún contratiempo, nunca aprenderá. Se aprovecha de tu debilidad, te hace sentir culpable cuando no has hecho nada malo. No puedes seguir de esta forma… estás casi en la ruina.

Los ojos se le cuajan, y yo me arrepiento de haber dicho esas (ciertas) palabras.

Sé cuánto le duele la situación en la cual se encuentra su madre, pero no puede cuidar de ella durante toda su vida. Lo peor de todo es que Marta (ese es su nombre) la exprime y utiliza sin cortarse ni un pelo, incluso da su nombre como aval para sus acreedores. Puede ser su madre, pero no se comporta como tal. Yo no la aguantaría y tampoco llego a entender el por qué lo hace ella. La ha llevado a reuniones de alcohólicos anónimos, ha intentado ingresarla en algún centro, pero no coopera en nada. Solo la hace sufrir.

—Cambio de tema —exclama, de repente, una excitada Sandra—. Tengo una noticia importante: ¡He creado un nuevo sabor!

—Miedito me das… Aún recuerdo la última vez que creaste —digo, enfatizando las comillas con los dedos— un nuevo sabor, plátano mentolado…

Me estremezco solo con recordarlo.

—No seas así, Netta. Por lo menos te dejaba en la boca un aliento fresco… —dice Sandra en uno de sus habituales discursos positivos. Puede sacar el lado bueno de casi cualquier cosa—. Vale, reconozco que no estaba muy sabroso, pero este nuevo experimento te alucinará.

Se acerca a la cámara de congelación industrial y saca un recipiente de plástico.

—¡Tachán! —grita, abriendo el envase—. Plátano y caramelo, con virutas de chocolate. Lo he llamado: ¡Placalate!

Me acerca a la boca una cucharilla con un poco y lo pruebo con cuidado. Al paladearlo, me sorprendo al comprobar que está muy bueno.

—Está delicioso —afirmo, saboreando—. Y, Sandra…, ¿te has dado cuenta de que tienes un pequeño y obsesivo problema con los plátanos? No sé si me entiendes… El último sabor que creaste, que, por cierto, era asqueroso, también llevaba esa fálica fruta.

—Eres muy observadora, pero ¿no te has parado a pensar que tal vez lo hice porque teníamos plátanos para dar y regalar, y no quería que se estropeasen? —pregunta—. Aunque ahora que lo mencionas, sí que tienen forma de falo… ¡Dios! Estoy tan mal que ya ni me fijo en esos pequeños detalles que tanto me divierten.

Suelta el helado y declara:

—Decidido, hoy salimos. Necesito algo, o mejor dicho a alguien que me distraiga de mis problemas.

Asiento emocionada. Hace mucho que no nos pegamos una juerga juntas, y me hace falta algo de acción.

Me acerco a su Ipod y busco la canción que necesito que suene en este momento. Un tema que nos recuerde al verano y a la diversión que trae con él. Al tiempo que los primeros acordes de Danza Kuduro resuenan en la sala, me acerco a ella moviendo el cuerpo de una manera que incita al desenfreno. La agarro de las caderas, animándola a que siga mi ritmo, y le digo:

—Cariño, ya tienes cita para esta noche.

La mañana pasa lentamente. Los últimos días del mes pasan de esta forma. Contar los minutos para cerrar es casi lo único que nos entretiene. Si no fuera por las cuatro parejas de señoras que acuden rigurosamente todas las mañanas a comerse unos cannolis3 o un pedazo de crostata4, no habría movimiento alguno. Tal vez, si pudiera convencer a mi mejor (y única) empleada de que promocionara el negocio por las calles desnuda entre dos carteles de propaganda, a lo mejor, se animaba un poco la cosa… pero no creo que acceda, y menos aún sin estar borracha.

Me acerco hasta el teléfono y le hago una seña a Sandra para que me siga. Me apetece algo dulce, y mi chico sabor caramelo nunca defrauda. Nos animará y nos levantará la moral con sus frases picantes y divertidas.

Óscar, el comercial y chico para todo de nuestro principal proveedor en pastelería, la pasticceria Dolce Sapore5, otro negocio familiar de origen italiano, regentado por una pareja de hermanos de los que solo sé que son mujer y hombre, y su apellido, Olivetti.

Todos los trámites los realizamos vía correo electrónico, y si necesitamos hablar con alguien, lo hacemos con su atractivo y explotado (sus palabras, no las mías) empleado.

Marco su número y activo el manos libres. Responde al tercer tono.

—¿Cuál de mis dos bombones helados me ha alegrado la tarde con esta llamada? —dice a modo de saludo al descolgar— ¿Mi particular y tentadora italiana Mónica Belluci, o mi ardiente y provocadora Isla Fisher? Bueno, no soy exigente. Me conformo con cualquiera de las dos…

—¡Hola! —decimos entre risas las dos a la vez.

Óscar y su fetiche por las actrices extranjeras siempre consiguen subirnos la moral. Es bueno para la autoestima de una chica que la comparen con mujeres que copan las portadas…

—Decidme que estáis desnudas mientras habláis conmigo y me haréis el hombre más feliz de la tierra.

—Caramelito, relájate. Esta es una llamada de trabajo. Necesitamos de tus servicios de reparto de repostería exprés —le explico—. Por casualidad, ¿no tendrás algo nuevo que ofrecernos por ahí?

—Di que sí —le pide Sandra—. Necesitamos probar algo nuevo. Además, nos aburrimos y queremos verte.

—¡Ay, chicas! Con todo el dolor de mi alma y más después de escuchar estas palabras que me acaban de dedicar… siento decirles que estoy de día libre. Otra cosa resultaría si esta llamada fuera personal… podría pasarme por ahí en un momento y dejarles probar todo el helado que quieran sobre mi cuerpo.

—¡Eres un guarro, Óscar! —le grito entre risas al auricular.

—Wow. No culpes a un hombre por intentarlo… De todas formas, ya que mi seducción parece no surgir efecto, intentaré que alguien se pase por allí durante la tarde. Si no, me verán mañana, señoritas.

—Te lo agradecemos mucho, cariño —dice Sandra.

—Gracias, caramelito. Y, Óscar… —me doy un beso húmedo en mi brazo lo suficientemente fuerte como para que el sonido le llegue a través del aparato—, no solo estamos desnudas… desde que cuelgue, nos vamos a empezar a enrollar y será tan sexi como te imaginas. —Y le cuelgo, no sin antes escuchar un gemido ahogado de su parte.

La tarde se anima bastante gracias a los grupos de estudiantes de la academia de idiomas que tenemos casi al lado. Me encanta ver y oír cómo interactúan entre ellas; (casi) todo son risas y fiestas cuando eres joven, y yo me contagio con su actitud. Sus charlas sobre estudios, padres, ropa y chicos nunca me son indiferentes, haciéndome añorar o alegrarme de haber dejado esa época atrás.

Tengo que decir que mi vida no siempre fue como ahora. Yo era la chica rarita que llevaba aparatos y gafas, y que se sentaba al fondo de la clase, la que prefería leer un buen libro que hablar de los chicos de la revista Superpop, la que pasaba las tardes con su abuelo en una heladería y casi no tenía ni una amiga, y por las noches se acostaba llorando… A los quince años, eso cambió. Y como sucedía en las películas de chicas de los 80 que tanto me gustaba ver, por fin me harté de que se metieran conmigo y ser una paria social. Cambié por completo.

Me quitaron los aparatos y me pusieron lentillas. Ya no me sentaba en la última fila, sino en la del medio, haciéndome notar poco a poco. Me seguía (y sigue) encantando leer, pero lo hacía en mi casa. Llené mi carpeta de clase con fotos de Brad Pitt y de Johnny Depp, y me dejé llevar por la corriente. Ya no pasaba todas las tardes con mi querido abuelo, me apunté en diversas actividades extraescolares.

De buenas a primeras me volví popular, y me encantaba. Las chicas me imitaban, y lo chicos babeaban a mi paso… creo que para esto último tuvo mucho que ver el que, por fin, se me desarrollaran los pechos. Bueno, me daba igual los porqués, los chicos empezaron a fijarse en mí, y eso era lo único importante… Y yo, como cualquier otra adolescente ávida de aceptación, me dejé querer.

Estoy tan metida en mis pensamientos que casi (he dicho casi) se me pasa la entrada al local de uno de los hombres más guapos que he visto. Alto y macizo, rubio casi blanco en contraste con su brillante piel morena. No le veo los ojos porque lleva puestas unas gafas de sol, ni tampoco su sonrisa (ya que no sonríe), pero estoy segura de que ambos serán magníficos. Me recuerda a un jugoso y brillante limón. Refrescante y, sobre todo, un nuevo sabor que paladear.

¿He dicho ya que, al igual que mi abuelo, yo también comparo las cosas con los sabores? Pero en vez hacerlo con los días, lo hago con los hombres… He probado un poco de todo. Mi chico menta, Rafa, un profesor de filosofía muy intenso. Naranja, Kirk, mi highlander, verlo era como el amanecer, con todos sus tonos anaranjados y rojizos… fue un verano maravilloso. Vainilla, como Arturo, un hombre de cuarenta y tres años, familiar y seguro.

No todos mis sabores han sido buenos. Está mi tomate, Francisco. Solo decir que cuando me visitaba mi amiga la de rojo, se entusiasmaba… arrgg. Solo lo vi durante un mes. El chico moka, Daniel, serio, aburrido, adorador de pies y de ponerse mis zapatos... Podría seguir y seguir, mi vida sexual ha sido muy prolífera. Pero prefiero concentrarme en este chico limón que camina hacia mí.

Me arreglo el pelo disimuladamente y me apoyo en el mostrador, dejándole ver un poco de escote. Solo un poco, dándole una muestra de lo que tendrá si se porta bien. Dejo que mis ojos paseen por su cuerpo de abajo arriba, en un descarado escáner visual. Cuando al fin llego a su cara, maldigo el que tenga las gafas puestas, mataría por ver su expresión, sus ojos dilatados al verme.

Me imagino en su mente: una chica morena y exuberante, con una mirada que promete diversión de la buena, y una boca que rogaría por tener en cualquier parte de su cuerpo… Se detiene justo delante, y yo me preparo para que me rieguen los oídos.

—Si ya terminaste el examen, me gustaría hablar con el propietario —anuncia limón.

—¿Eh? —acierto a farfullar sorprendida y rezando por no estar con la boca abierta como una boba.

—Lo siento —me dice—. No me había dado cuenta que detrás de esta pose de devora hombres eras, además, un poco cortita. Te he dicho que quiero hablar con el dueño. Si puede ser, hoy.

¿Cómo dice? Este tío es tonto… y yo lo llamé refrescante. Un limón agrio, eso es lo que es.

—Mira, guapo, no sé quién eres ni de dónde coño has salido, pero de lo que sí estoy segura es de que a la dueña —declaro enfatizando el femenino de la palabra— no se le pierde nada hablando con un impresentable y maleducado como tú.

—Por suerte para mí, lo que tú sepas o no, no me interesa. Quiero hablar con la propietaria, no seguir perdiendo el tiempo contigo.

Nos dedicamos a retarnos con la mirada durante un instante. Por lo menos eso es lo que hago yo, ya que a él, al llevar puestas las dichosas gafas de espejo, no se le ven los ojos.

—¿Cómo tengo que anunciar al señor ante la ama? —le pregunto sarcástica al ver que no ha pillado mi «no eres bienvenido, así que… ¡lárgate!».

—Dile que vengo con las muestras de la pasticceria Dolce Sapore —pide en un perfecto italiano—, me está esperando.

Ahora que no estoy cegada por la lujuria puedo ver que lleva colgado al hombro una especie de contenedor, tipo nevera de playa. Me acerco a la puerta de la cocina y le digo a Sandra:

—Señora —Sandra me mira asombrada al oír que la llamo por un nuevo título—, el repartidor de la pastelería ha llegado.

Le guiño un ojo y articulo, sin emitir sonido, esperando que me lea los labios:

—Sígueme la corriente.

El revoltijo que es su cabeza se asoma por entre las puertas.

—Puedes pasar —le dice al limón, y vuelve meterse dentro.

El señor en cuestión me sonríe descaradamente al escucharla.

—Sabía que para encontrar un poco de eficiencia, solo tenía que tratar con la jefa —murmura al pasar por mi lado.

—¡Netta, ven tú también! —Se oye de fondo la voz de Sandra.

—Sí —murmuro con una media sonrisa—. La jefa es muy eficiente.

1 Heladería artesanal.

2 Abuelo.

3 Dulce típico de Sicilia.

4 Tarta italiana.

5 Pastelería Dulce sabor.

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2

Al entrar al amplio espacio que dedicamos mayormente al frío, se quita las gafas. No puedo ver el color de sus ojos porque no dirige la mirada hacia mí ni una vez. Su atención enfocada en la jefa.

—Hola. Soy Cosimo Olivetti —se presenta, tendiéndole la mano de manera formal.

—Soy Sandra —le responde mi amiga. Señalando a su espalda, dice—: Y esta es Netta, mi ayudante.

El señor agrio parece que se niega a considerar mi presencia. No se vira o hace el ademán de tenderme la mano, solo un breve gesto con la cabeza en señal de reconocimiento.

—Siento llegar tarde, pero hoy no hemos dado abasto. Parece que a todo el mundo le apetecía algo dulce hoy —se disculpa—. He estado a punto de no venir, pero Óscar insistió en que son muy buenos clientes, que nunca nos han fallado y que saben apreciar lo bueno.

Hace una pausa, creo yo, para que asimilemos sus palabras un tanto pelotilleras, «no es el rencor el que me impulsa a pensar esto…».

—Como Óscar está de día libre, he tenido que trabajar sin parar para poder abastecer a todos los locales a los que servimos y hacer los repartos, y aun así, he descuidado un poco el mío —explica—. Mis otros clientes se tendrán que conformar con lo de siempre, pero para ti he traído algo nuevo. Eres la primera que lo probará, espero que te guste.

—Mmm. Cosimo, ¿verdad? —interroga Sandra pasando por alto su anterior explicación—. Hace mucho que trabajamos juntos, ¿cómo es que no nos habíamos conocido?

—La verdad es que no me gusta mucho la parte social del negocio. Eso se lo dejamos a Óscar, que es el que posee el don de la palabra… —explica—. Gracias a él, hemos aumentado nuestros encargos. Me temo que si fuera por mi hermana o por mí, seguiríamos centrados solo en nuestro pequeño negocio. Me va más la harina que la gente…

—Se nota —murmuro a sus espaldas.

Me doy cuenta de que me ha oído porque tensa la espalda. Mejor, a ver quién es el que se incomoda ahora.

—Bueno —carraspea—, tenía entendido que el negocio lo llevaba tu hermano y que tú trabajabas por fuera, creía que iba a tratar con él.

Sin poder evitarlo, suelto una pequeña carcajada. Aunque a mi hermano Marco siempre le gustó estar aquí conmigo, su gran pasión es la fotografía. Viajar por el mundo haciendo lo que más le complace: sacar fotos de paisajes… y, de paso, conocer los paisajes privados de toda mujer que se encuentre.

—No. Me parece que lo entendiste mal. El negocio lo heredé yo sola. Marco es fotógrafo —contesta seria—. ¿Tienes algún problema con eso?

—No, ni mucho menos. Solo estoy sorprendido.

Observo como saca unos pequeños contenedores de su nevera portátil y los coloca en paralelo sobre la encimera. Solo cuando ha alineado los seis perfectamente, se dedica a abrirlos, dejando las tapas en igual orden.

Sabrosos olores invaden mi nariz, provocando que mi boca segregue más saliva de lo normal… Tengo que esforzarme en contenerme, estoy a punto de abalanzarme sobre esos deliciosos postres.

—Esto no es precisamente pastelería clásica italiana —explica, para después añadir con timidez—: Son creaciones totalmente mías, espero que no te importe.

Sandra me mira con disimulo buscando mi aprobación. Doy un breve asentimiento con la cabeza afirmando que sí.

—No, en absoluto —aprueba mi amiga—. Pero si no te importa, mi catadora oficial es Netta. Si a ella le gusta, será un éxito. Nunca falla.

Me adelanto con una sonrisa y me posiciono al lado de Sandra. Sin prestarle atención al hombre que tengo en frente, observo el interior de los recipientes. Rojo, rosa, amarillo, naranja, blanco… un arcoíris se extiende ante mí. Mis ojos se pasean ansiosos de los dulces al hombre parado en frente, que de repente se ha vuelto imposible de ignorar, esperando que me dé el visto bueno para abalanzarme.

«¿Cómo una persona tan sosa puede crear estas maravillas?», pienso confusa.

Algo en mi cara ha debido delatar lo ansiosa que me encuentro por probar estos dulces porque Cosimo señala con su dedo índice al primero y me explica lo que contiene. De todo lo que me dice, yo solo oigo: bla, bla, blá, chocolate blanco, bla, bla, blá, naranja… «¡Termina ya, joder!».

Cuando acaba su nerviosa diatriba, corto un pedacito y me lo introduzco en la boca sin apartar la mirada de sus ojos verdes (¡por fin se los he visto!). Al sentir el sabor cítrico pero dulce, un gemido de dicha se escapa de entre mis labios al mismo tiempo que mis ojos se cierran en éxtasis, como queriendo disfrutar de este placer en solitario. Al abrirlos y salir del mundo del sabor en el que me perdí durante un momento, lo primero que veo es a Cosimo, que tiene las mejillas sonrojadas y las pupilas dilatadas mientras me observa casi sin parpadear.

Paseo mi lengua por mis labios. Lo hago despacio, recreándome… saboreando hasta la última gota del manjar que acabo de degustar. Es un gesto seductor, y más cuando el hombre que tengo en frente me observa con una mirada hambrienta al mismo tiempo que parece inclinarse poco a poco hacia mí.

—Por lo que veo, te ha gustado —declara una de repente divertida Sandra.

Cosimo y yo parpadeamos, alejándonos de lo que acaba de pasar, «sea lo que sea».

—Sí. Está muy bueno —afirmo.

—Gracias —dice Cosimo en tono seco.

El señor agrio ha vuelto, no es que se hubiese ido nunca… Adopto una pose profesional y acabo de probar todo lo demás, reprimiendo, cada vez que tomo algo nuevo, los gemidos de placer que luchan por salir de mis labios.

Al oír la campana de la entrada, tras reiterar a Sandra que todo está exquisito, huyo de la cocina lo más rápido que puedo. Ella conoce el negocio y lo hará bien.

«¿Qué ha pasado ahí dentro?». Recuerdo esos ojos verdes y mi corazón corre un sprint instantáneo. Mis pezones se aprietan y mi sexo se contrae. «No le des más vueltas de las necesarias. Estas cachonda, eso es todo. Hace un mes que no estás con nadie y tu cuerpo reclama atención y acción…». Razono conmigo misma mientras atiendo a una pareja.

Noto aire a mi espalda al mismo tiempo que Sandra se para mi lado. Cosimo pasa de largo murmurando un «hasta luego» y sale por la puerta del local, deteniéndose a dedicarme una última mirada desde detrás de sus gafas, para irse calle abajo con paso rápido.

—¿Desde cuándo le haces el amor a la comida? —pregunta una alegre Sandra—. Solo te faltó acariciarte los pechos mientras comías… ya sabes, tipo peli porno gastronómica.

—No pude contenerme. Estaba buenísimo.

—¿El postre o Cosimo?

—Los dos, pero en este caso, me refiero al postre —digo—. El señor antipático no me interesa, gracias.

Le cuento lo de su entrada triunfal y de cómo me trató.

—Es una pena —dice Sandra—. Es un chico muy guapo, y me resultó agradable.

—El señor limón agrio no es mi tipo. Prefiero sabores más frescos —reitero, ya que sabe de mis símiles entre los hombres y la comida.

—Pues es una lástima. Cualquier limón, incluso el agrio, al final siempre deja una sensación refrescante en la garganta.

—Ya sabes lo fea que me pongo cada vez que chupo uno, así que optaré por la limonada. Es igual de refrescante, pero la acidez queda reducida por su dulzor.

Pone los ojos en blanco, dándome por perdida.

—¿Quién sabe? —le digo—, a lo mejor encuentro otro sabor esta noche. Uno moreno, atlético y con mucha resistencia en la cama.

Por la noche, sentadas en un apartado de nuestro pub favorito mientras el alcohol hace su efecto, no dejo de darle vueltas a mi cabeza, tantas, que incluso creo que me podría estallar. Necesito buscar una distracción. Un hombre. Sexo.

Sí. Eso es lo que me hace falta: sexo sudoroso y sin compromiso. Tal vez, mientras me dejo llevar por la pasión, logre borrar de mi mente la imagen de un dios rubio de la repostería. Un capullo, sí, pero uno de los tíos más calientes que he visto en mi vida. Un hombre que no solo pasó de mí, sino que también me desdeñó… No voy a permitir que mi enfrentamiento con este hombre mine mi confianza, no voy a dejar que el señor arisco pueda conmigo. ¡Soy sexi, joder! Puede que él no lo haya notado a primera vista, pero sí que lo hizo después…

Mi malvada y alcoholizada mente comienza a maquinar, los engranajes rodando para crear una idea descabellada: Voy a convertir a Cosimo Olivetti en mi reto personal, puede que tenga que estar comiendo cosas deliciosas siempre que lo vea…, pero nada es demasiado cuando mi orgullo está en juego. Tengo que definir los detalles de mi maquiavélico plan, aunque el final ya esté claro en mi cabeza: Seducirlo para después pasar de él. Simple, pero efectivo a la par que cruel. Mientras me tomo mi última copa (mañana hay que madrugar), pienso: «Cosimo, no sabes lo que se te viene encima…».

Correr con resaca es lo peor. Cada paso que me obligo a dar es una tortura para mi cansado y resacoso cuerpo. ¡Ojalá no hubiera salido anoche! No sé por qué lo hice… ¡Ah!, ya lo recuerdo: para animar a mi amiga, buscar un ligue y olvidarme de un limón.

Al final, mi amiga se animó, pero no gracias a mí y a mi pésimo humor, sino a un moreno espectacular… Yo no ligué. No por falta de oportunidades (de esas tuve muchas), sino por inapetencia. Los chicos que se atrevían a acercarse salían huyendo al notar mi pésimo humor.

No solo no conseguí olvidarme del chico-fruta, sino que acabé ideando un plan de venganza en su contra… Por supuesto, ahora que las copas y la depresión me han abandonado, me doy cuenta de lo estúpida que fui dándole más importancia a esa persona que la que realmente tiene… Me despreció, ¿y qué? Pero tengo que reconocer que me impactó que lo hiciera, será que no estoy acostumbrada…

Tras terminar Demons, de Imagine Dragons, me ajusto los auriculares en las orejas y acelero el ritmo. Acaba de empezar a oírse Dangerous love, de Fuse ODG ft Sean Paul, y esa canción siempre consigue levantarme la moral.

She kill it with that dance and she murder with waist.

Everybody watching when she turn up in the place…6

Una inyección de adrenalina para mis venas, corro como nunca lo he hecho. Me olvido de todo, excepto de la canción que estoy escuchando y de respirar correctamente. Este tema me recuerda algo que Cosimo casi logra que olvide: soy esa chica a la que todos miran al llegar…, por mucho que él no lo quiera admitir.

Llego a mi amada heladería y me encuentro a mi querida amiga sentada en la puerta de entrada. Levanta la cabeza al notar mis pies justo delante de su cara.

—No me juzgues, no he pasado por mi casa. Y las llaves las tengo allí.

—No iba a decir nada —le replico—. Aunque espero que te hayas duchado, a saber las cosas pegajosas que tendrás en las manos… Como vengan los de sanidad, me cierran el negocio.

—Eres muy simpática, amiga. Te recuerdo que has estado en mi lugar… Y, sí, me he duchado, pero no llevo bragas. Con suerte, espero que dentro de ese bolso de Mary Poppins que siempre arrastras tengas unas de más.

Le doy una patada (amistosa) para que se aparte de la puerta y le lanzo mi bolso al regazo para abrir cómodamente.

—No te metas con mi alforja mágica, su contenido nos ha salvado muchas veces —le digo picada—. Busca las bragas y, de paso, coge el cepillo de dientes. Te canta el aliento.

—Mentirosa. Mi aliento es fresco y mentolado… Perdona, no me acordaba que eres muy sensible con el tema de tu bolso-mochila de acampada… —dice, riéndose. No puedo evitarlo y le doy en la cabeza—. Vale, vale. Pero reconoce que no es normal…

—Cállate ya con el dichoso bolso de los cojones y empieza a contarme algo más interesante. Como, por ejemplo, tu noche.

—Me temo que no tengo nada interesante que contar. Me fui con el típico tío bueno que se piensa que solo por ser guapo, su cuerpo merece ser adorado y dejar a su pareja de la noche, o sea a mí, todo el trabajo pesado… Lo cabalgué durante un rato, tuve un orgasmo pensando en otra persona, se corrió, y me quedé dormida. Me desperté, me duché tratando de no hacer ruido y me fui cagando leches, temiendo que se despertara e insistiera en otra ronda. Fin.

—Mujer, eres la peor contando historias. Necesito detalles jugosos: si desnudo era tan espectacular como vestido, si besaba bien, el tamaño de su pene… la finalidad de esta conversación es alegrarme la mañana, no deprimirme.

—Vale, te contesto: le faltaba culo, besaba bien, aunque los he tenido mejores, la tenía larga y un poco curva… ¿He satisfecho tu curiosidad?

—Te doy por perdida… Los documentales soporíferos de La 2 son mucho más entretenidos que tú —sentencio—. Que sepas que hoy me caes mal.

Empiezo a encender luces y máquinas mientras Sandra se pone su ropa interior prestada por debajo de su corta falda.

—¿En quién pensaste? —la interrogo.

—¿En quién pensé… cuándo? ¿De qué estás hablando?

—No te hagas la loca. Sabes bien qué te estoy preguntando. Pero te lo repetiré para que no haya ninguna duda: ¿En quién pensaste para poder correrte?

Noto que se pone roja. No se había dado cuenta de su pequeño desliz.

—En el maravilloso y morboso vampiro de True Blood, Eric —responde, pasándose las manos por el cuerpo—. No me importaría que me chupara la sangre y todo lo que quisiera… Solo con imaginar sus colmillos sobre o dentro mi piel, estoy lista para un orgasmo.

—Amén a eso, hermana —digo, levantando la mano para chocársela—. Aunque si hablamos de actores… mi nuevo sueño imposible es hacerme un trío con los jóvenes Paul Newman y Robert Redford… Me gustan los clásicos, y mucho más si vienen envueltos en esos cuerpos de infarto.

—Si la cosa va de tríos, me pido a Ryan Gosling y a Michael Fassbender. Mientras uno me construye una casa con sus propias manos, el otro me puede imantar todo el cuerpo… Me gustan los hombres manuales.

—¡Ay, chica! Estás fatal. Nadie diría que has follado ayer… —logro articular entre risas—. Si tuviera que hacerme un trío con otra chica, que sobra decir que por supuesto esa chica afortunada serias tú… el tercero en discordia no podría ser otro que el único e inimitable…

—¡Johnny Deep! —gritamos las dos a la vez.

No falla. Nada une más a dos mujeres que su mutuo amor por el querido y vapuleado Eduardo Manostijeras. Si Johnny no te enamoró en esta peli, no eres una verdadera fan.

Entre cotilleos sobre hombres y otras cositas, casi nos alcanza la hora de abrir. Me tomo mi acostumbrado tiempo, mientras espero a que Óscar llegue como cada mañana con nuestro pedido habitual, sentada en el viejo sillón.

Como siempre que lo hago, los recuerdos invaden mi mente. Por suerte para mí, rememoro una nítida escena con mi abuelo:

—Algún día, todo esto será tuyo, Simonetta. Siento tus ganas de aprender, tus ansias de conocimiento…, pero aún eres joven. Tienes que centrarte en crecer y hacer lo que hacen las niñas de tu edad —dice con dulzura—. Por mucho que me guste, no puedes pasarte todo el tiempo con un viejo como yo.

—¿Por qué no, abuelo? —le pregunto con un hilo de voz—. No crees que sea lo bastante buena, ¿verdad? Me esfuerzo. Te juro que me esfuerzo muchísimo.

—Ya lo sé, Fragola7. Noto cómo te esfuerzas por mejorar… Solo tienes trece años, ya conoces todas mis recetas y me ayudas con los nuevos sabores. Eres la ayudante perfecta, la nieta perfecta… No tienes que trabajar tan duro para tratar de convencerme. No lo necesitas. —Me abraza con fuerza—. No tienes que demostrarle nada a nadie. Limítate a disfrutar, no a preocuparte por todo lo que pasa a tu alrededor… Mírame, tengo setenta y ocho años y estoy como una rosa. Y todo eso porque disfruto lo que hago, tuve una mujer a la que amaba con todo el corazón y tengo una familia que me quiere. ¿Qué más puedo pedirle a la vida?

Lo miro fijamente, sin entender.

—Por eso me esfuerzo tanto, abuelo. Para hacerte feliz. ¿No quieres que siga viniendo? —lo interrogo con temor a que me conteste afirmativamente.

—Simonetta, me encanta que estés aquí conmigo. Pero tienes que hacerlo solo porque te gusta, no para buscar mi aprobación —me dice—. La felicidad no se encuentra complaciendo a los demás, sino en sentirte a gusto contigo mismo. La felicidad se halla cuando estás con alguien y no te hace falta esforzarte para hacerlo feliz o para que te haga feliz a ti. Algún día lo entenderás. Por ahora, solo limítate a crecer sin preocupaciones. Quiérete a ti misma. Lo demás vendrá con el tiempo.

La campana de la puerta hace que me sacuda el entumecimiento que me embarga. No recordaba esta conversación, y aunque me alegro, me ha dejado un poco confusa. Mi abuelo siempre insistía mucho en que fuera feliz, pero esta conversación en concreto no entiendo a qué se debía.

Me levanto esperando encontrar al alegre caramelito de Óscar, pero para mí, «sorpresa», pesar, me encuentro con el señor amargo. Cosimo.

—Buenos días —dice al verme—. Traigo el pedido de hoy.

—Buenos días —le contesto a mi vez. No puedo evitarlo y le doy un repaso de arriba abajo. Lo hago para incomodarlo, sin embargo, también porque me apetece… es un cretino, sí. Pero uno muy guapo—. Puedes dejarlo encima de cualquier mesa, yo lo entraré ahora.

—No. Pesa mucho, y no quiero que te lastimes la espalda. Indícame por dónde, y yo mismo lo entraré.

Alguien se ha despertado de buen humor hoy… Y yo no voy a ser la boba en desaprovecharlo.

—Si insistes… sígueme —le pido mientras ando a través de las mesas hacia la parte trasera—. Puedes dejarlo encima de la encimera. A partir de ahí nos haremos cargo nosotras; tenemos que ver las existencias y después catalogar el orden de venta del producto.

—Creía que simplemente se limitaban a llenar los expositores.

—No es tan sencillo. Hemos comprobado que según la hora, se venden unos más que otros. Así que reservamos en nuestras cámaras frigoríficas lo que normalmente se consume más en horario de tarde —le explico—. De esta forma, nos cuidamos de que el producto no sufra, y a la hora de la merienda se consumen como si se acabaran de hacer… Nos tomamos muy en serio el agradar al cliente.

—No me esperaba que lo tuvieran todo tan estudiado —dice mientras coloca las bandejas.

—Si quieres minimizar las pérdidas de un negocio, hay que saber cosas como estas. No todo es tan fácil como parece. —Empiezo a cotejar que el interior concuerde con la factura—. Tú posees un negocio, deberías saberlo.

Noto como me observa mientras hago las comprobaciones.

—Te tomas muy en serio tu trabajo, ¿verdad? —pregunta.

—Por supuesto. Este negocio es mi pasión, no me imagino haciendo otra cosa… Puede sonar cursi, pero si me quitas esto, me quitas un pedazo de mí.

—Te comprendo, a mí me pasa lo mismo con la pastelería… Por cierto, soy Cosimo —comenta, tendiéndome la mano.

Le devuelvo el saludo y le digo:

—Yo soy Netta y, aunque parece que tú sí, yo no he olvidado tu actitud despectiva de ayer.

Lo noto ruborizarse y sonrío… Punto para mí.

6 Ella mata con ese baile y asesina con la cintura. Todo el mundo la mira cuando aparece en el lugar.

7 Fresa.

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3

—Te pido perdón por ello —se disculpa—. No tenía un buen día y lo pagué contigo.

—No sé, no sé… Fuiste un capullo, pero cocinas de miedo, de modo que estoy tentada a perdonarte. Vas a tener que hacer algo

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