El veneno perfecto

Amanda Quick

Fragmento

Creditos

Título original: The Perfect Poison

Traducción: Joan Soler

1.ª edición: septiembre, 2013

© 2013 Jayne Ann Krentz

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 21.269-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-552-9

Maquetación ebook: Caurina.com

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Éste es para mi fantástica cuñada, Wendy Born.

Con cariño y agradecimiento por la

Ameliopteris amazonensis.

Y para Barbara Knapp, con mi más

profundo agradecimiento por, entre otras cosas,

haberme presentado al señor Marcus Jones.

Doy las gracias a las dos por abrirme una ventana

al maravilloso mundo de la botánica del siglo XIX.

Contenido

Contenido

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Créditos

Dedicatoria

 

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1

A finales del reinado de la reina Victoria...

Lucinda se paró a escasa distancia del hombre muerto, tratando de pasar por alto la violenta tensión de fondo que se respiraba en la elegante biblioteca.

El condestable y los miembros de la afligida familia sabían muy bien quién era ella. La miraron con una mezcla de fascinación macabra y horror apenas disimulado. Ella no podía culparlos. Como mujer que en otro tiempo había apare-cido en la prensa implicada en un escándalo morboso y la historia de un asesinato espeluznante, no era bien recibida en la buena sociedad.

—No puedo creerlo —exclamó la atractiva mujer recién enviudada—. Inspector Spellar, ¿cómo se atreve a traer a esa mujer a esta casa?

—Sólo será un momento —dijo Spellar, que inclinó la cabeza hacia Lucinda—. Le agradecería que me diera su opinión, señorita Bromley.

Lucinda procuró mantener la expresión distante y serena. Más tarde, los miembros de la familia no dudarían en cuchichear a amigos y conocidos que ella se había mostrado fría como el hielo, tal como la habían descrito los periódicos y las revistas sensacionalistas.

Pues daba la casualidad de que, sólo de pensar lo que estaba a punto de hacer, se sentía realmente aterida de frío. Habría preferido mil veces estar en su invernadero, envuelta en los aromas, los colores y la energía de sus queridas plantas. Pero, por alguna razón que no sabía explicar, de vez en cuando se veía arrastrada a hacer trabajos para Spellar.

—Desde luego, inspector —dijo—. Por eso estoy aquí, ¿no? Creo poder decir, sin temor a equivocarme, que no me han invitado a tomar el té.

Brotó un grito ahogado de la hermana solterona de la viuda, una mujer de mirada severa que había sido presentada como Hannah Rathbone.

—Indignante —soltó Hanna—. ¿No tiene usted sentido del decoro, señorita Bromley? Ha muerto un caballero. Lo menos que puede hacer usted es comportarse de manera decente y abandonar esta casa lo antes posible.

Spellar dirigió a Lucinda una mirada velada, suplicándole calladamente que vigilara sus palabras. Ella exhaló un suspiro y cerró la boca. Lo último que quería era hacer peligrar la investigación de Spellar o que éste se lo pensara dos veces antes de solicitar su asesoramiento en el futuro.

A primera vista, resultaba ciertamente difícil adivinar la profesión de Spellar. Era un hombre claramente corpulento, con un semblante benigno y alegre, poblado bigote y un fino anillo de pelo canoso, todo lo cual contribuía a que los demás no advirtieran la perspicacia y la inteligencia reflejadas en sus ojos verdeazulados.

Pocos de los no familiarizados con él imaginarían que poseía una gran capacidad para percibir siquiera las pistas más insignificantes en una escena del crimen. Era un don psíquico. Sin embargo, este talento tenía límites. En los casos de envenenamiento, sólo detectaba lo más obvio.

El cadáver de Fairburn yacía en medio de la inmensa alfombra. Spellar dio unos pasos al frente y estiró la mano para apartar la sábana con la que alguien había tapado al muerto.

Lady Fairburn estalló en una nueva cascada de sollozos.

—¿Es de veras necesario? —gritó con la voz quebrada.

Hannah Rathbone la estrechó entre sus brazos.

—Vamos, vamos, Annie —murmuró—. Cálmate. Ya sabes que estás delicada de los nervios.

El tercer miembro de la familia presente en la habitación, Hamilton Fairburn, mostraba profundas arrugas en su bien modelada mandíbula. Hombre apuesto de unos veinticinco años, era el hijo que tuvo Fairburn en su primer matrimonio. Según Spellar, había sido Hamilton quien había insistido en llamar a un detective de Scotland Yard. Tras reconocer el nombre de Lucinda, no obstante, se había quedado horrorizado. De todos modos, aunque podía haberle negado la entrada en la mansión, no lo había hecho. Él quería que la investigación avanzara, pensaba ella, incluso al precio de tener en su casa a una mujer de mala fama.

Lucinda se acercó al cadáver, preparándose para las angustiosas sensaciones que siempre acompañaban al encuentro con los muertos. Ninguna clase de preparativo podía eliminar del todo la perturbadora sensación de absoluto vacío que la invadió cuando bajó la vista a la figura tendida en el suelo. Al margen de quién o qué hubiera sido Fairburn en vida, esa esencia había desaparecido.

Con todo, ella sabía que los rastros de pruebas que pudieran procurar pistas sobre el tipo de muerte seguían todavía en el lugar. Desde luego Spellar encontraría la mayor parte. Sin embargo, si había algún indicio de veneno, era cometido de ella detectarlo. Los residuos físicos de las sustancias tóxicas permanecían no sólo en el cuerpo sino en cualquier cosa que el individuo hubiera tocado en sus últimos instantes de vida.

A menudo aparecían también otras pruebas, muy desagradables y mucho más evidentes. Sabía por experiencia que la mayoría de las personas que morían tras ingerir veneno vomitaban antes de expirar. Siempre había excepciones, naturalmente. Por regla general, una dieta larga, lenta y regular de arsénico no producía al final tan trágicos resultados.

Pero no se apreciaba señal alguna de que lord Fairburn hubiera sufrido accesos de náusea antes de morir. Cabía atribuir la muerte a una apoplejía o un ataque cardíaco. La mayoría de las familias que frecuentaban ciertos círculos elevados, como en el caso de los Fairburn, habrían preferido aceptar un diagnóstico así y evitar, por tanto, la publicidad que inevitablemente conllevaría la investigación de un asesinato. Lucinda se preguntó por qué Hamilton Fairburn había mandado llamar a Scotland Yard. Sin duda él tendría sus sospechas.

Durante unos instantes, ella se concentró en señales visuales, pero de ahí sacó poco. La piel del muerto se había convertido en una sombra rígida, cenicienta. Tenía los ojos abiertos, mirando al vacío. Los labios estaban separados en un último jadeo. Lucinda observó que era al menos dos décadas más viejo que su esposa. No se trataba de una circunstancia infrecuente cuando un viudo rico se volvía a casar.

Se quitó con parsimonia los finos guantes de piel. No siempre hacía falta tocar el cadáver, pero el contacto físico directo ayudaba a captar matices y leves trazas de energía que de otro modo quizá se le escaparían.

Lady Fairburn y Hannah Rathbone emitieron otra tanda de sobresaltados gritos ahogados. Lucinda sabía que todos habían visto el anillo en su dedo, el que según la prensa sensacionalista había utilizado ella para ocultar el veneno con el que había matado a su prometido.

Se inclinó y rozó con las yemas de los dedos la frente del fallecido. Desplegó sus sentidos al mismo tiempo.

El ambiente de la bilioteca cambió enseguida de manera sutil. Los aromas que emanaban de la gran vasija de pebete la rodearon en una ola densa, una combinación de geranios secos, pétalos de rosa, clavo, piel de naranja, pimienta de Jamaica y violetas.

Los colores de las rosas de dos altos y majestuosos jarrones se intensificaron de forma espectacular, exhibiendo extraños matices para los que no había nombre. Mientras los pétalos eran todavía brillantes y aterciopelados, era claramente detectable el inconfundible hedor de la descomposición. Lucinda no entendía por qué todo el mundo quería decorar las habitaciones con flores cortadas. Quizá fueran bonitas durante un breve tiempo, pero estaban, por definición, muriéndose. En lo que a ella respectaba, el único sitio adecuado para esas flores era el cementerio. Si uno deseaba preservar la potencia de una planta, una flor o una hierba, era mejor secarla, pensó irritada.

El diáfano helecho de aspecto triste atrapado tras el cristal del terrario se estaba muriendo. A juicio de Lucinda, el pequeño y delicadísimo Trichomanes speciosum quizá no duraría el mes entero. Tuvo que reprimir el impulso de rescatarlo. Casi todas las casas del país presumían de tener un helecho en el salón, se recordó a sí misma. No podía salvarlos todos. Los helechos estaban muy de moda desde hacía ya varios años. Esto incluso tenía un nombre: pteridomanía.

Recurrió a su experiencia y suprimió fácilmente la distracción de la intensidad y los colores de la vida vegetal de la habitación para concentrarse en el cadáver. Se deslizó a través de sus sentidos un leve residuo de energía perniciosa. Con su talento era capaz de detectar casi cualquier clase de veneno por el modo en que las sustancias tóxicas impregnaban la atmósfera. De todos modos, donde ella era realmente competente era en la esfera de los venenos cuyo origen estaba en el reino vegetal.

Supo al instante que, en efecto, Fairburn había bebido veneno, tal como Spellar había sospechado. Lo que la dejó pasmada fueron los rastros casi imperceptibles de una especie de helecho muy poco común. Notó que la atravesaba un escalofrío de pánico.

Se demoró algo más de lo necesario con el cadáver fingiendo concentrarse en su análisis. En realidad, aprovechó para recobrar el aliento y tranquilizarse. «Cálmate. No reveles ninguna emoción».

Cuando estuvo segura de haber recuperado el control, se puso derecha y miró a Spellar.

—Sus sospechas estaban justificadas, señor —dijo con lo que esperaba que fuera un tono profesional—. Poco antes de morir, comió o bebió algo venenoso.

Lady Fairburn emitió un grito agudo de angustia dintinguida.

—Lo que me temía. Mi amado esposo se quitó la vida. ¿Cómo me pudo hacer esto?

Se desplomó en un grácil desmayo.

—¡Annie! —exclamó Hanna.

Hanna cayó de rodillas junto a su hermana y sacó una fina ampolla de la decorativa castellana de su cinturón. Quitó el tapón y agitó la vinagreta bajo la nariz de lady Fairburn. Las sales aromáticas surtieron efecto al instante. La viuda parpadeó.

La expresión de Hamilton Fairburn se endureció hasta reflejar sombría indignación.

—¿Está usted diciendo que mi padre se suicidó, señorita Bromley?

Ella replegó sus sentidos y lo miró a través de la gran extensión de la alfombra.

—No he dicho que bebiera el veneno de forma deliberada, señor. Es la policía la que ha de determinar si lo tomó por casualidad o por deseo propio.

Hannah le clavó una mirada feroz.

—¿Quién es usted para afirmar que la muerte de su señoría es un caso de envenenamiento? Usted desde luego no es médico, señorita Bromley. De hecho, todos sabemos exactamente qué es. ¿Cómo se atreve a venir a esta casa y lanzar acusaciones?

Lucinda notó que se ponía de mal humor. Éste era el aspecto fastidioso de su labor de asesora. La gente le tenía pánico al veneno por culpa de la prensa sensacionalista, que en los últimos años había cultivado un encaprichamiento malsano sobre el tema.

—No he venido aquí a acusar a nadie —dijo Lucinda, procurando por todos los medios no alterar la voz—. El inspector Spellar ha solicitado mi opinión, y yo se la he dado. Y ahora, si me permiten, debo irme.

Spellar dio un paso adelante.

—La acompañaré a su carruaje, señorita Bromley.

—Gracias, inspector.

Salieron de la biblioteca y llegaron al vestíbulo delantero, donde les esperaban el ama de llaves y el mayordomo, ambos presa de la ansiedad. El resto del a todas luces numeroso personal de la casa permanecía discretamente fuera de plano. Lucinda no se lo reprochaba. Cuando había un problema de veneno, los sirvientes eran a menudo los primeros sospechosos.

El mayordomo se apresuró a abrir la puerta. Lucinda salió a las escaleras. Spellar la siguió. Se encontraron con un muro de color gris. Era media tarde, pero la niebla era tan densa que no dejaba ver el pequeño parque del centro de la plaza y velaba las elegantes casas del otro lado. El carruaje privado de Lucinda aguardaba en la calle. Shute, el cochero, holgazaneaba por ahí cerca. Cuando la vio, se apartó de la baranda y le abrió la puerta del vehículo.

—No le envidio el caso, inspector Spellar —dijo con calma.

—Así que fue veneno —dijo Spellar—. Ya me lo figuraba.

—Me temo que nada tan simple como arsénico, por desgracia. Quizá no pueda aplicar el test del señor Marsh para demostrarlo.

—Lamento decir que últimamente el arsénico ha perdido un tanto el favor del público, ahora que se sabe que hay un método para detectarlo.

—No desespere, señor, es un viejo recurso y siempre será popular aunque sólo sea porque es muy fácil de conseguir y, administrado con paciencia durante un período prolongado, origina síntomas que fácilmente pueden atribuirse a diversas enfermedades fatales. Al fin y al cabo, hay una razón por la que los franceses lo llaman el polvo de la herencia.

—Muy cierto. —Spellar hizo una mueca—. Sólo cabe asombrarse ante el gran número de padres ancianos y cónyuges molestos que han visto acelerado su tránsito al otro mundo por este medio. Bueno, pues si no es arsénico, ¿qué es? No he percibido olor de almendras amargas ni he notado ninguno de los otros síntomas del cianuro.

—Estoy segura de que el veneno tiene origen vegetal. Se basa en el ricino, que, como sabrá usted sin duda, es muy tóxico.

Spellar frunció el entrecejo.

—Tenía la impresión de que el envenenamiento con ricino producía un vómito violento antes de matar. Lord Fairburn no presenta ninguna señal de ello.

Lucinda escogió sus palabras con cautela, deseosa de transmitirle a Spellar cuanta verdad fuera posible.

—Quien preparó el veneno refinó los aspectos más letales de la planta de tal modo que consiguió una sustancia muy tóxica, sumamente potente y de acción muy rápida. El corazón de lord Fairburn se paró antes de que su cuerpo hubiera tenido siquiera la oportunidad de expulsar la poción.

—Parece usted impresionada, señorita Bromley. —Las pobladas cejas de Spellar se juntaron—. ¿Debo entender que la destreza necesaria para preparar este veneno sería inhabitual?

Durante unos instantes, le chispeó en los ojos su capacidad para la observación perspicaz. Desapareció casi al punto bajo la fachada anodina y ligeramente torpe que solía lucir. Pero sabía que ahora debía ser muy cuidadosa.

—Sumamente inhabitual —dijo Lucinda con tono enérgico—. Sólo un científico o un químico de gran talento pudieron preparar la pócima.

—¿Talento psíquico? —preguntó Spellar en voz baja.

—Es posible. —Exhaló un suspiro—. Le seré sincera, inspector. No me había encontrado nunca ningún veneno con esta mezcla concreta de ingredientes. —Y eso, pensó Lucinda, era simple y llanamente la pura verdad.

—Ya veo. —Spellar adoptó un gesto resignado—. Supongo que deberé comenzar con los boticarios. Para lo que va a servir... En estos establecimientos, siempre ha habido un activo comercio clandestino de venenos. Una aspirante a viuda puede comprar una sustancia tóxica con cierta facilidad. Cuando el marido se cae muerto, ella afirmará que fue un accidente. Que compró aquello para matar las ratas. Que fue simple mala suerte que su esposo bebiera un poco sin querer.

—En Londres hay miles de boticas.

Spellar dio un resoplido.

—Por no hablar de los establecimientos que venden hierbas y específicos. Pero quizá pueda reducir la lista de posibilidades si me concentro en tiendas cercanas a este domicilio.

Ella se puso los guantes.

—Entonces está convencido de que fue asesinato, no suicidio.

Los ojos de Spellar emitieron de nuevo el brillo súbito.

—Es un asesinato, seguro —dijo en voz baja—. Lo intuyo.

Lucinda tuvo un escalofrío, sin dudar de la intuición de él ni por un instante.

—Uno no puede menos que observar que a lady Fairburn el luto le sentará muy bien —dijo ella.

Spellar sonrió ligeramente.

—Lo mismo he pensado yo.

—¿Cree que ella lo mató?

—No sería la primera vez que una esposa joven, desdichada y deseosa de ser libre y rica envenena a su avejentado esposo. —Se balanceó sobre sus talones una o dos veces—. Pero en esta casa hay más posibilidades. Primero he de encontrar el origen del veneno.

A Lucinda se le hizo un nudo en el estómago. Se esforzó por eliminar el miedo de su expresión.

—Sí, desde luego. Buena suerte, inspector.

—Gracias por venir. —Spellar bajó la voz—. Le pido perdón por las groserías que ha tenido que aguantar en casa de los Fairburn.

—No es en absoluto culpa suya. —Lucinda sonrió tímidamente—. Los dos sabemos que estoy habituada a conductas así.

—No por esto es más tolerable. —La expresión de Spellar se volvió inusitadamente sombría—. El hecho de que esté dispuesta a exponerse a situaciones así para ayudarme de vez en cuando hace que me sienta más en deuda con usted.

—Tonterías. Compartimos un objetivo. Ninguno de los dos queremos que haya asesinos sueltos. Pero me temo que esta vez el trabajo está hecho a medida para usted.

—Eso parece. Que tenga un buen día, señorita Bromley.

La ayudó a subir al pequeño y elegante coche de caballos, cerró la puerta y dio un paso atrás. Ella se acomodó en los cojines, se abrigó con los pliegues de la capa y se quedó mirando el mar de niebla.

Los restos de helecho que había detectado en el veneno la habían turbado más que nada desde la muerte de su padre. En toda Inglaterra sólo había un ejemplar de Ameliopteris amazonensis. Hasta el mes anterior había estado creciendo en su invernadero privado.

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2

Los coloreados carteles del teatro lo anunciaban como El Asombroso Misterio, Señor de las Cerraduras. En realidad se llamaba Edmund Fletcher, y era muy consciente de que su actuación no era especialmente asombrosa. Podía entrar en una casa cerrada tan imperceptiblemente como la niebla. Una vez dentro, era capaz de localizar las cosas de valor del propietario, con independencia de lo escondidas que estuvieran. La verdad es que tenía buenas aptitudes para el allanamiento de morada. Los problemas comenzaron cuando decidió una vez más intentar llevar una vida honrada. El intento, como todos los esfuerzos anteriores en esa misma dirección, fracasó de manera estrepitosa.

Había decidido actuar ante públicos reducidos, pero pasaban las semanas y cada vez acudía menos gente. Esa noche, casi tres cuartas partes de los asientos del pequeño teatro estaban vacíos. A este ritmo, muy pronto se vería obligado a volver a su otra actividad para poder pagar cada mes el alquiler.

Se decía que el crimen no compensaba, pero desde luego era mucho más rentable que la profesión de ilusionista.

—Para convencer a todos los presentes de que aquí no hay ningún truco, me gustaría contar con un voluntario del público —dijo en voz alta.

Hubo un silencio incómodo. Al final se levantó una mano.

—Me presento voluntario para cerciorarme de que no nos hace trampa —dijo un hombre de la segunda fila.

—Gracias, señor. —Edmund hizo un gesto hacia la escalera del escenario—. Tenga la bondad de situarse aquí conmigo, bajo el proyector.

El fornido espectador, vestido con un traje mal entallado, subió los escalones.

—¿Su nombre, señor? —preguntó Edmund.

—Spriggs. ¿Qué quiere que haga?

—Coja esta llave, por favor, señor Spriggs. —Edmund le entregó el pesado trozo de hierro—. En cuanto yo esté dentro de la jaula, usted cierra la puerta. ¿Están claras las instrucciones?

El hombre soltó un bufido.

—Supongo que sabré usar esto. Venga, vamos, entre.

Edmund pensó que probablemente no era una buena señal que el voluntario del público le diera a él las indicaciones. Entró en la jaula y miró a la silenciosa multitud a través de los barrotes. Se sintió como un idiota.

—Puede cerrar la puerta, señor Spriggs —dijo.

—Muy bien, pues. —Spriggs cerró la puerta de un portazo y giró la vieja llave en la enorme cerradura—. Está cerrado a cal y canto. A ver si puede salir.

Hubo crujidos de sillas. El público estaba impacientándose. A Edmund no le sorprendía. No tenía ni idea de cómo percibían el paso del tiempo quienes le miraban, aunque el número de personas que se habían marchado indicaba algo; en todo caso, desde su perspectiva, la actuación parecía interminable.

Una vez más, su mirada se dirigió a la figura solitaria de la última fila. Bajo la luz tenue del candelabro de pared, sólo alcanzaba a ver la silueta oscura en el asiento junto al pasillo. Los rasgos del hombre estaban cubiertos de sombras. No obstante, había en él algo vagamente peligroso, incluso amenazador. No había aplaudido ninguna de las fugas de Edmund, pero tampoco había silbado ni abucheado. Estaba allí repantingado sin más, muy quieto y silencioso, captando todo lo que pasaba en el escenario.

Edmund experimentó otra leve sensación de desasosiego. Tal vez alguno de sus acreedores había acabado la paciencia y enviado a alguien con malas pulgas a cobrar. También se le pasó por la cabeza otra idea aún más alarmante. Quizás algún detective excepcionalmente perspicaz de Scotland Yard había dado por fin, en la escena del crimen de Jasper Vi

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