Sin ir más lejos

Carlos Alberto Montaner

Fragmento

Prólogo para un epílogo

Llegó la hora de recapitular. Hay que ir haciendo las maletas. Desaparecer es una actividad ingrata que solo se justifica porque es la única prueba irrefutable de que hemos vivido. Si la vida fuera eterna, sería otra cosa muy cercana a las pesadillas. Lo dice Borges en su famosa milonga, utilizada como uno de los exergos de este libro: “morir es una costumbre que sabe tener la gente”. Como, al menos hasta ahora, es inevitable persistir en esa costumbre, lo más saludable es que no nos sorprenda sin los deberes hechos.

Lo que voy a contar es lo que he visto u oído, lo que he creído, lo que recuerdo de lo que me pareció percibir en su momento. Tal vez haya pasajes involuntariamente inventados. No lo sé. Los psicólogos registran e investigan esos curiosos procesos de realidades forjadas por la imaginación. A veces, incluso, los sueños se mezclan con la realidad y es difícil saber dónde terminan unos y comienza la otra. Las memorias no son estudios históricos, sino el reflejo de las percepciones y estas se desdibujan o se transforman con el tiempo de manera inexorable.

Pensé demorar la redacción de estos papeles hasta ver el fin de la dictadura de los Castro, que incluso ha resistido la muerte de Fidel, pero todo parece indicar que el régimen conseguirá prolongar su existencia mucho más que yo la mía, aunque mi médico, sabio e incorregiblemente optimista, me augura una larga vejez. Si acierta, y si el tiempo no me ha castigado las neuronas excesivamente, acaso entonces le agregaré el capítulo final a lo que ahora escribo. Siempre será interesante relatar cómo acabó o cambió radicalmente el manicomio cubano. Por mucho que dure, lo que sucede en ese país es un disparate condenado a desaparecer.

Advierto que utilizaré estos recuerdos para incursionar en el juicio histórico y político. Me tocó vivir en medio de la vorágine de la Revolución cubana y quiero contarlo, aunque solo sea una parte del relato. Tenía quince años cuando Fidel Castro, tras la fuga del dictador Fulgencio Batista, entró en La Habana a bordo de un jeep rodeado de barbudos y de ilusiones. Como nos sucede a todos los cubanos que presenciamos aquellos hechos, se trata de unos recuerdos inolvidables, ya sea para bien o para mal.

Entonces mi punto de vista era el de un precoz adolescente habanero perteneciente a los sectores sociales medios que, como la mayor parte de los jóvenes, detestaba al gobierno que acababa de colapsar y soñaba con un régimen que respetara la ley y protegiera las libertades de los cubanos, como habían prometido los líderes opositores, incluido Fidel Castro, el más notable de todos ellos.

Aquella primera quincena de 1959 fue imborrable. Experimenté intensamente una suerte de felicidad cívica a la que solo volví a asomarme un par de veces: cuando comenzó la transición hacia la democracia en España tras la muerte de Franco —país al que me había trasladado en 1970— y, en noviembre de 1989, cuando los alemanes, llenos de ilusiones, derribaron el Muro de Berlín y comenzó oficialmente el desguace del comunismo europeo. (Aunque ya habíamos visto el primer capítulo en Polonia, en el momento en que Solidaridad, el movimiento fundado por el obrero católico Lech Walesa, barrió a los comunistas en unas elecciones legislativas en el verano de ese mismo año).

La Revolución cubana, en fin, modeló mi vida, a mi pesar, aunque estuviera en la acera de enfrente, tras advertir que forjaban una dictadura comunista. Seguramente, mi existencia hubiera sido otra de haber transcurrido en un país predecible en el que las querellas y pugnas entre sus ciudadanos se hubieran dirimido dentro de las instituciones de derecho, pero no fue así. Desde el inicio de la República, en 1902, imperaba en la Isla la “razón testicular”. Quizás era la herencia de una sociedad que se había creado admirando la valentía de los mambises que lucharon denodadamente por nuestra independencia. Los cambios, pues, se inducían, con frecuencia, a punta de pistola. Existía una especie de sorda reverencia a la violencia y un aprecio suicida por quienes la practicaban.

Como síntesis previa, advierto que crecí en Cuba, un país entonces hermoso y bronco, protestón y levantisco, hoy dócil y taimado. Me exilié a los dieciocho años, y estudié, maduré y envejecí en el exilio, donde probablemente muera. Viví en Miami, en Puerto Rico, en España y, finalmente, otra vez en Miami, siempre con un pie en un avión, a la sombra distante de Fidel Castro, un dictador que destrozó mi país con el pretexto de reformarlo, y condicionó la vida de millones de personas con sus incesantes caprichos, arbitrariedades y su patológica necesidad de imponer su voluntad a los cubanos a sangre y fuego.

Una curiosa observación antes de entrar en materia: pese a haber vivido fuera de Cuba las cuatro quintas partes de mi existencia, no recuerdo un solo día en el que esa isla no hubiera estado presente en mí de alguna forma. Siempre ha existido una llamada, una noticia, un visitante, un artículo, un libro, una entrevista, una firma colectiva, una conversación, algo que me obligaba a recordar mi condición de exiliado y me retrotraía al centro del conflicto.

Eso no ha sido bueno ni ha sido sano, pero es lo que ha ocurrido. Ni siquiera he podido olvidar a Cuba, aunque ha pasado tanto tiempo que, desde hace muchos años, ya no sufro ninguna clase de nostalgia. No guardo rencor contra el gobierno comunista cubano, sino el inevitable desprecio que me provoca un régimen que ha gobernado rematadamente mal a lo largo de tanto tiempo con el consecuente daño para tanta gente. Parodiando a Churchill: nunca tantos han sufrido tanto por culpa de tan pocos.

Comencemos.

Primera parte
Cuba

1

De dónde son los cantantes

¿Existe algo así como el linaje? En realidad, todo el mundo tiene uno. Todos procedemos de una pareja, y de otra, y de otra, así hasta la mítica ameba, o lo que fuera, que sintió el impulso de multiplicarse y, al cabo de millones de años de incesante transformación, Darwin dixit, el descendiente de aquel diminuto bicho caprichoso acabó tomando café en un Starbucks mientras esperaba la hora de acudir al dentista.

¿Le interesan al lector estos antecedentes? Quizás. No lo sé. Si no es así, puede saltarse este breve capítulo. No obstante, el éxito de los reality shows y de las revistas del corazón me hace pensar que hay un componente de curiosidad vecino al chismorreo en la psiquis de muchas personas. Nos gusta husmear en la vida de los otros. Saber quiénes son, de dónde proceden, qué piensan, cómo juzgan la realidad, o lo que creen que es la realidad, y por qué se comportan como lo hacen.

LOS MONTANER

Comencemos por el principio. Mis dos apellidos —Montaner y Surís— remiten al Pirineo franco-catalán. Todos mis antecedentes inmediatos proceden de ese vecindario. En Cataluña y Aragón lo mismo escriben Montaner o Muntaner. La etimología de Montaner revela que es el que “cuida la montaña o vive en ella”. Una especie de guardabosque. Es un apellido que comenzó siendo un oficio humilde. En la Aquitania francesa, una de las comunas se denomina Montaner, como el castillo medieval que la preside.

La primera persona con ese apellido que apareció en los papeles fue Ramón Muntaner. Se trataba de un escritor nacido en Perelada, Gerona, en la frontera actual con Francia, capitán y cronista de la expedición de los llamados almogávares contra los turcos en el siglo XIV. Debió ser un tipo audaz e inteligente. Cuando en Barcelona me han preguntado si tengo algún parentesco con el personaje, he afirmado que sí, pero no tengo la menor certeza de que eso sea cierto. Mi padre lo aseguraba, pero también sin ninguna convicción. Mi impresión es que se trataba de un interesado abuso de la onomástica.

Los almogávares fueron unos durísimos mercenarios catalanes y aragoneses de las zonas rurales que, al servicio de Constantinopla y bajo el liderazgo de Roger de Flor, a caballo entre los siglos XIII y XIV, derrotaron a los otomanos. Fueron los únicos que lo consiguieron en aquella época. De paso, masacraron a tres mil genoveses y a varios millares de alanos que también acampaban por aquellos lugares. Durante varias décadas, se dedicaron al pillaje en algunas islas griegas. Gobernaron en Atenas contra la voluntad del papa, quien tuvo la descortesía teológica de excomulgarlos.

Los Montaner de la zona catalana —casi todos— al parecer eran unos laboriosos contrabandistas que se movían frenéticamente en las montañas traficando mercancías sin pagar aduanas. Eso me resulta inspirador. De alguna manera, eran veloces liberales que promovían el libre intercambio, siempre perseguidos de cerca por los implacables agentes del fisco empeñados en encarecer los bienes con sus impuestos.

En Andorra existe “el paso de los Montaner”. Utilicé el paraje para situar a unos personajes en una novela que publiqué en el 2014 (Tiempo de canallas). Me venía muy bien. Por ahí, hace siglos, desfilaban las recuas de mulas cargadas de objetos apreciados por los consumidores. Me lo contó un historiador local con cierto aire de apenada confidencia cuando le pregunté por el origen del apellido:

—La guardia civil ahorcó a unos cuantos Montaner para acabar con el contrabando en la región. Algunos escaparon a Mallorca y otros a América.

En efecto, en Mallorca existe, en Alaró, un casa Montaner, ininterrumpidamente habitado durante varios siglos por descendientes de los Montaner. El embajador de Israel en Madrid me contó que eran judíos conversos. Uno de ellos, muy vinculado a la Iglesia católica (era una de las formas de salvar el pellejo), llegó a Cuba en el siglo XIX y se unió a una dama de apellido Pulgarón.

No sé mucho más, salvo de la existencia de Domingo Montaner Pulgarón, un médico-farmacéutico de Guanabacoa, poblado muy cercano a La Habana, hermano de mi abuelo paterno y capitán del ejército mambí. Pero el mejor de sus títulos es que se trató del padre de Rita Montaner Facenda, acaso la vedette más notable de los primeros cincuenta años de la República.

De Domingo se contaba en la familia una curiosa historia de amor que conviene dar por cierta porque es hermosa. Él se había enamorado de una linda y distinguida mulata llamada Mercedes Facenda, pianista clásica, y fue con su novia a un barco español en el que ofrecían una especie de recepción. Un oficial no quiso dejarlos entrar por el color de Mercedes —era una mulata clara, pero mulata al fin y al cabo— y Domingo le dio una bofetada. El oficial fue a sacar su pistola y Domingo, que estaba desarmado y era rápido y precavido, se lanzó por la borda prudentemente y alcanzó la orilla a nado.

Este episodio debió haber ocurrido en 1896 o 1897, época en que los españoles aplicaban la pena de muerte con mucha liberalidad contra los cubanos que desafiaban la autoridad, así que Domingo se alzó junto a los mambises rebeldes y, cuando terminó la guerra, en 1898, tenía los grados de capitán. Continuó sus relaciones con Mercedes —fueron felices, según contaban quienes los conocieron— y de esa relación surgieron dos hijos, Rita, la cantante y actriz, y Otmaro, quien fuera oficial de la policía, lo que acabó costándole la vida.

Rita, la vedette, llevaba el nombre de una tía suya, Rita Montaner Pulgarón, hermana de su padre Domingo (y hermana de mi abuelo Pedro María, claro), casada con otro cubanocatalán, de apellido Ginjauma. Vale la pena retener este apellido porque volverá a aparecer destacadamente en estas memorias. Era el de José de Jesús (Pepe Jesús) Ginjauma Montaner, cuasianarquista y fundador de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR) junto a Emilio Tro, una violenta organización de “tira-tiros” a la que, a regañadientes y para salvar su vida, perteneció Fidel Castro en su etapa de estudiante universitario en la segunda mitad de los años cuarenta del siglo pasado.

De mi abuelo paterno, Pedro María Montaner Pulgarón, también tengo poca información. Murió unos cuantos años antes de que yo naciera y mi padre jamás me habló de él. En realidad, mi padre hablaba muy poco de su familia, aunque lo recuerdo como una persona cariñosa y táctil. Nunca tuve con él una conversación sobre su pasado, que era el mío. Sé, porque me lo contó mi madre, que mi abuelo paterno era un tipo pequeño y cascarrabias, algo pendenciero y enamoradizo, con un rostro agraciado, profesor de matemáticas, dato insólito en una familia negada a las ciencias.

Cuentan que escribió un método en verso para enseñar aritmética, pero no confiaba demasiado en la pedagogía rítmica, ni siquiera porque fuera suya. Me dijeron que solía repetir la bárbara frase “la letra con sangre entra”, como tituló Goya el cuadro en el que pintó a un maestro azotando las enrojecidas nalgas de un alumno. Mi abuelo le agregaba una sádica coda: “y especialmente los números”.

De él me contaron, en voz alta, que fue el primer maestro oficialmente habilitado por la república en 1902, y, en voz baja, que era muy mujeriego, pese a su corta estatura, o quizás por ella, y que por eso alguna vez tuvo ciertos problemas con la justicia, nunca aclarados del todo, de los que se salvó por los pelos.

Mi abuela paterna, Herminia Hernández Rivas, su mujer, a quien tampoco conocí, era una norteamericana de origen cubano (en esa época no existía la extraña clasificación de hispana), nacida en el destierro en el siglo XIX, que hablaba el español con acento de neoyorquina, cuyo único rastro de su paso por la vida, en lo que a mí concierne, es un pequeño retrato ovalado que muestra a una mujer bonita, de ojos y cabellos claros, que debió lamentar intensamente el día que decidió visitar la patria de sus padres.

Por lo que sé, viajó a Cuba a alguna gestión trivial y casualmente conoció a Pedro María en un parque, encuentro que dio paso a un noviazgo instantáneo. Eventualmente, se casaron y tuvieron varios hijos, entre ellos mi padre, Ernesto, que era el más pequeño de una familia de tres hermanos, dos varones y una muchacha.

De mi abuelo Pedro María, mi padre heredó la costumbre de ser un inveterado mujeriego, y de su madre, Herminia, un puñado de canciones folclóricas que él cantaba en inglés, pese a ser incapaz de hablar esa lengua. Se las había escuchado a su madre desde la cuna, durante años, sin saber a ciencia cierta qué cosas decían.

Hay una foto en la que todos los hermanos están en fila, de mayor a menor —el más pequeño era mi padre, notablemente cabezón y paticorto—, vestidos de marineros, con los brazos sobre los hombros del que tienen delante, mientras miran a la cámara severamente, como si les molestara el ritual. Curiosa pose, típica de una época en que la fotografía nunca era espontánea, sino coreografiada y solemne.

Casi todos, menos mi padre y un medio hermano, murieron de tuberculosis rápidamente, una enfermedad que hizo estragos en Cuba y en medio planeta antes de la aparición de los antibióticos.

Herminia, la madre, mi abuela, irresponsablemente, sin ningún respeto por los microbios, les demostraba su amor a los dos hijos enfermos alimentándose con la misma cuchara con que les daba la comida. Todos se contagiaron y desaparecieron en un breve periodo. Mi abuelo resistió un poco más, pero lo alcanzó la tosferina o el tétano, no sé muy bien, y lo liquidó de manera fulminante. En los años treinta del siglo XX morir era relativamente fácil. Todavía la medicina era cosa de percutir la espalda y escuchar los latidos del corazón como se hacía desde el siglo XVIII, con la sospecha de que esos oscuros ruidos no servían para casi nada, salvo para avisar que era muy poco lo que se podía hacer.

En esa época, fines de los años treinta, mi abuelo Pedro María, cuando murió, además de maestro, era administrador del cementerio de Guanabacoa. Mi padre, entonces un joven poeta que soñaba con ser cantante de ópera o actor, heredó el fúnebre empleo, algo muy frecuente en la época, que no estaba fundado precisamente en la meritocracia, sino en el clientelismo y en las relaciones personales. Los empleos públicos a veces —en el mejor de los casos— se transmitían de padres a hijos. En el peor, solían venderse con poca discreción.

El medio hermano de mi padre, Pedro, mi tío —no creo que exista el parentesco “medio tío”—, fue una sorpresa para mi abuela. Una tarde en que Herminia visitaba a su marido preso coincidió con otra mujer, la secreta amante de mi abuelo, quien llevaba a un niño de la mano. Así descubrió la existencia de esa relación extramatrimonial de su marido y tomó nota de la existencia de “Pedrito”, a quien para siempre llamarían por el sobrenombre de Guigui, creo que porque fue la primera palabra que se le oyó pronunciar.

Cuando la amante de mi abuelo murió, también de tuberculosis, el hijo, Guigui, fue a parar a la casa de Herminia, quien, por lo visto, era una mujer bondadosa, sufrida o comprensiva, o las tres cosas simultáneamente. Les adelanto que se trataba de un notable “maromero”. Vivía de hacer complicadas cabriolas gimnásticas en los circos y teatros que lo contrataban junto a otros dos forzudos y una señora estupenda en traje de baño. Eran cuatro, pero se hacían llamar “el Trío de Ases”, no sé si porque no sabían contar con precisión, por desprecio a Pitágoras o porque la dama no se incluía en la ecuación. Supongo que era lo tercero.

LOS SURÍS

A mi familia materna, los Surís, los conocí mejor. Tuvieron la cortesía de vivir muchos más años. Procedían de un pueblo playero catalán, Lloret del Mar, en el que todavía abundan los parientes no tan lejanos.

El primer Surís que marchó a Cuba a “hacer las Américas” llegó dotado de alguna educación y ciertos recursos. Era un alto oficial de la marina española llamado José Surís Domenech. Con él viajaba un vecino y amigo, Juan Gelats, quien procrearía una familia dedicada a la banca. Muchos catalanes viajaron a Cuba en esa segunda mitad del siglo XIX. La familia más conocida de esa exitosa tribu es de apellido Bacardí, los creadores del famoso ron y de un trago que fuera del país se conoce como “cubalibre”, pero en la Isla, melancólicamente, le llaman “mentirita”.

Mi abuelo, José Surís Álvarez, como toda su familia, fue una persona notablemente instruida para los estándares de la época. Se parecía a Harry Truman, aunque con un rostro más suave. Lo enviaron, junto a sus hermanos y hermanas, a estudiar a Halifax, Canadá, donde aprendió inglés, francés y cuestiones empresariales, pero era más gerente y administrador que emprendedor.

Mis recuerdos de él son escasos y remotos. No era, al menos conmigo, muy expresivo. Tenía unos ojos azules apacibles y acogedores con los que me miraba con cierta perplejidad y una explicable desconfianza. Yo debía parecerle como un incordio inquieto y pequeño, como alambrado, que no cesaba de correr por la casa persiguiendo a otro primo o huyendo de alguna travesura cometida por mi hermano Ernesto.

El abuelo Surís administraba un puerto azucarero llamado Manatí, a unas 600 millas (1000 kilómetros) de La Habana, consignado a la familia Rionda, lo que le confería una especie de apetecible estatus burocrático dentro de la sacarocracia cubana. Ganaba lo suficiente como para vivir cómodamente en Manatí y mantener a su familia en La Habana con un buen nivel de vida. Con los años, sospeché que nuestra visita veraniega para pasar las vacaciones en sus predios interrumpía una rutina en la que se sentía cómodo. Mi madre, que era una mujer muy buena, hablaba de él con mucho cariño, pero, en realidad, todos sus hijos lo querían mucho. Aunque ausente, debió ser un buen padre.

Surís murió víctima de la espantosa diabetes que ha rondado a mi familia materna con la siniestra tenacidad de las auras tiñosas. (Las auras tiñosas son unos buitres calvos y voraces, endémicos de Cuba, que sobrevuelan en círculo a la espera de descubrir algún cadáver). Esto debió suceder en los primeros años de la década de los cincuenta del siglo XX. Antes de morir le amputaron unos dedos, o un pie, no estoy seguro, pero sé que lo talaron inútil y cruelmente.

Mis recuerdos de Manatí son gratos y vívidos: un caserón blanco de madera —la típica casa del sur de Estados Unidos trasplantada a Cuba— con un enorme majá en el ático que se comía a los ratones, según todos contábamos con miedo; la playa agradable y soleada; un rústico cine al aire libre; un yate muy bonito —propiedad de la empresa— que usaba mi abuelo; la primera niña a la que amé a los siete años, y una bandera cubana izada en un mástil que tenía para mí una incomprensible leyenda: “Comunismo, no”. ¿Por qué esa advertencia redactada en una gramática breve y retorcida? Nunca lo supe. Mi abuelo, evidentemente, se olía algo, pero, afortunadamente para él, murió antes de confirmar la validez de su azorada intuición.

Surís se casó a principios del siglo XX con mi abuela María (Maricusa) Altagracia Lavastida, una señora con una fuerte personalidad, muy inteligente, lectora de Herbert Spencer, lo que no era muy frecuente en Cuba y mucho menos por mujeres, quien desmintió con su vida poco saludable todo lo que nos dicen los médicos. No hacía ejercicio, tenía sobrepeso, se alimentaba de café con leche, tomaba agua con bicarbonato incesantemente, se pasaba la vida sentada, tuvo seis hijos y vivió casi cien años.

La hermana de mi abuela se llamaba Graciela y le decían Chicha. Era una legendaria maestra de primaria, habilísima, bondadosa y reñidora. Vivía con nosotros en justa represalia porque ella había criado a mi madre, dado que mi abuela —nunca supe si por generosidad, por negligencia o porque era una costumbre de la época— tuvo la extraña amabilidad de endilgarles algunos de sus hijos a sus parientas solteras. A mi tío Carlos, por ejemplo, lo criaron sus tías “las Surís”.

A Chicha le tocó mi madre. O viceversa. La señora, que era una magnífica mujer, se quedó soltera porque medía seis pies de estatura, pesaba 250 libras, tenía un grueso bozo cercano al mostacho, carecía de algunos dientes frontales, y padecía de una flatulencia pertinaz e irreprimible, casi rítmica, como si sus esfínteres se hubieran decantado por el jazz u otra música parecida.

Los hijos del matrimonio Surís-Lavastida (mis abuelos maternos) fueron Jesús, José (Pepe), mi madre Manuela (Manola), Carlos, Elizabeth (Lila) y Francisco (Paquito). Menos Paquito, que murió muy joven devastado por la diabetes, todos fueron profesionales, porque tanto los Surís como los Lavastida vivían convencidos de la necesidad de estudiar y adquirir un título universitario como un seguro contra las catástrofes sociales. La frase que más veces escuché en mi niñez fue: “estudia, idiota, que lo único que nunca te podrán quitar son los conocimientos”.

En todo caso, veía con más frecuencia a las cinco hermanas de mi abuelo José Surís que a los Lavastida, hermanos de mi abuela Maricusa, varones, casi todos abogados, lánguida y silenciosamente radicados en otra provincia. Debo haber coincidido con alguno de estos Lavastida un par de veces, pero todo lo que recuerdo es que eran unos tipos altos y taciturnos vestidos con ropas oscuras.

Generalmente, la cita con las tías-abuelas Surís, “las Surís”, consistía en un almuerzo sabatino en la casona del Vedado. Se llamaban Dolores (Lola), Rosario, Josefina, Concha y Rosa, y eran militantemente catalanas, al extremo de que ese era el lenguaje secreto de la casa. Se les notaba que pertenecían a una burguesía venida a menos por las lámparas de Tiffany y la cubertería de plata junto a buenos muebles raídos por el uso y el tiempo.

Rosa era la más joven y tal vez la más bonita. Se trataba de una pobre esquizofrénica que semanalmente y durante años me hizo la misma pregunta sobre mis estudios. Le interesaba obsesivamente saber si yo había estudiado estenografía. No decía taquigrafía, sino estenografía. Le explicaba que no, pero era inútil. Volvía a la carga la semana siguiente, acaso con la esperanza de que un día le diera otra respuesta más satisfactoria de la que pudiera desprenderse una nueva pregunta.

Rosa le sacaba la lengua al sol convencida de que era un error que esa parte de su anatomía viviera siempre en la penumbra húmeda de la boca. Era una teoría rara parida por su mente enferma de la que no la rescataban las frecuentes llagas ni las advertencias de sus hermanas.

Aunque tal vez —ahora me doy cuenta— se trataba de una secreta venganza porque solían cepillarle la lengua con jabón cada vez que decía una mala palabra. A veces, en una muestra máxima de rebeldía, súbitamente atacada por el síndrome de Tourette, pero en versión casta, se desataba y corría triunfalmente por la casa gritando “caca-culo-pipi” —la mayor cantidad de obscenidades que cabían en su pobre cabecita trastocada de niña buena y católica cuando se le manifestó la enfermedad— mientras alguna de sus hermanas la perseguía con el cepillo punitivo en una mano y el jabón en la otra para limpiar aquel tenue pecado oral sin que dejara huella.

Todas estas mujeres, que fueron bellas en la juventud y extremadamente religiosas, de comunión diaria y confesiones inútiles, se quedaron solteras en La Habana y fueron envejeciendo como en un drama de Lorca porque no encontraron un catalán que las amara. Es el único caso de nacionalismo genital que registra la historia. Mi primer libro de cuentos se tituló Póker de brujas y está malvada e injustamente inspirado en ellas.

LOS LAVASTIDA

No obstante, el componente familiar más interesante no proviene de Cataluña, sino de la República Dominicana. Esto lo supe hace pocos años gracias a mi hermano menor, Roberto Alex Montaner, de quien hablaré cuando le llegue el turno de nacer.

En los años setenta y ochenta, Roberto se había ido a estudiar medicina a República Dominicana y, de pronto, en un ascensor, se tropezó con una persona muy parecida a él. Era su doppelgänger, o él era el doppelgänger del otro. Este hermano es rubio, tiene los ojos verdes, y puede pasar por polaco o ruso, dada la estructura ósea de su rostro, extrañamente eslava o nórdica.

Los dos preguntaron al unísono:

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy Montaner, de La Habana, Cuba —le dijo mi hermano con cierta prevención.

—Y yo soy Landestoy, de Baní, República Dominicana —le respondió el otro igualmente extrañado.

Ambos estaban perplejos y desconfiados.

Mi hermano recordó entonces que entre los apellidos de nuestra abuela materna, María Altagracia Lavastida, estaba el Landestoy. En ese apellido estaba el secreto genético de su propia apariencia. Entonces él y todos nosotros ignorábamos que nuestra abuela y su hermana Graciela, Chicha, habían nacido en República Dominicana, donde el Landestoy se les había enquistado en los genes, y, posteriormente, se habían trasladado a Cuba, muy niñas, donde las inscribieron como cubanas en un juzgado apartado de la capital, probablemente por medio de algún soborno. Todo esto lo supimos después.

Mi hermano se puso a investigar y descubrió que el primer familiar de esa rama materna había llegado a América, a Santo Domingo, en el segundo viaje de Colón. Se llamaba Rodrigo de Bastidas, era un importante conquistador y uno de sus descendientes directos se casó con la hija de Gonzalo Fernández de Oviedo, el primer “cronista de Indias”, como se les llamó a aquellos curiosos y asombrados protoperiodistas del siglo XVI. Ahí comenzó esa saga, por lo menos por la rama familiar materna. Si el vínculo con el cronista Ramón Muntaner era dudoso, el que existe con el cronista Fernández de Oviedo resultaba indudable.

2

La familia surge en medio de la violencia

Mis padres, Ernesto y Manuela, se conocieron en un velorio. Ignoro quién era el difunto, pero los velorios cubanos servían para todo: unos lloraban, otros reían, todos comían e, incluso, se enamoraban. El dato, por los malos augurios, era como para no casarse. Ella tenía unos veinte años y él un par más. Se trataba de dos personas totalmente diferentes, aunque ambas eran físicamente atractivas.

Mi madre, Manola, era alta, rubia, de ojos verdes, muy bonita, seria (aunque divertida), responsable y estudiosa. Procedía, como he dicho, de una familia que predicaba la necesidad de pasar por la universidad. Ella obtuvo un doctorado en Pedagogía y logró que la nombraran profesora en una de las llamadas Escuela del Hogar, institución impensable en nuestros tiempos de feminismo, igualdad y MeToo.

Mi padre era de corta estatura —más por las piernas que por el tórax—, cabello negro, bien parecido, con un bigotillo recortado a la manera de la época, bohemio, simpático, gran jugador de póker y supremamente halagador. Pese a su inteligencia y enorme memoria, había dejado los estudios tras pasar los grados de primaria. Una de sus fallas de carácter era la falta de perseverancia.

En cambio, era un seductor nato que utilizaba todos los recursos a su alcance para conquistar a las mujeres, generalmente halagándolas y recitándoles versos —elemento de la época—, mientras concitaba la admiración de los hombres por medio del humor, los epigramas que construía súbitamente —era un repentista—, y por las anécdotas que solía contar con mucha gracia. Era un hombre educado y podía, sin serlo, dar la sensación de que era una persona muy culta.

Mi abuelo Surís, el padre de Manola, advirtió enseguida que Ernesto era un personaje ideal para divertirse un rato, pero que sería un pésimo marido para su hija. Lógicamente, se lo dijo:

—Ernesto es un tipo muy divertido y encantador, pero no te cases con él. Te llevará por la calle de la amargura.

Lo de “la calle de la amargura” era un cubanismo que todos en la Isla conocían porque, en efecto, había una calle en La Habana a la que le habían puesto ese nombre truculento. Mi madre, perdidamente enamorada, no quiso creerlo. ¿Cómo un tipo tan agradable podía ser un pésimo marido?

En cierta manera, la generación de mi madre había sido la primera que cultivó la desobediencia como una seña de identidad. Como estaba enamorada, desoyó el consejo de sus mayores y se casó con Ernesto, mi padre. Ella había nacido en 1916 y, junto a sus hermanos y al resto de la sociedad, había vivido la primera revolución triunfante que experimentó el país.

La historia sucinta es esta: en 1924, tras unas elecciones razonablemente limpias, a los pocos meses comenzó a gobernar el general mambí Gerardo Machado, representando al mayoritario Partido Liberal. Era un tipo nacionalista, fundamentalmente honrado, con la mano dura y pocos escrúpulos democráticos. Su primera víctima fue el periodista Armando André, cuyo asesinato ordenó a los pocos meses de comenzar a gobernar porque había publicado algo impropio de una hija suya. Había llegado al poder para meter en cintura a los cubanos —fue parte de su imagen de hombre severo, el general cubano más joven de cuantos lucharon contra España— y para llevar a cabo las grandes obras públicas que el país necesitaba a gritos.

Machado, en efecto, como buen nacionalista, frenó la inmigración española —que había sido muy positiva para el país—, construyó la larguísima carretera central —su lema era “agua, caminos y escuelas”— y edificó el suntuoso Capitolio para albergar a la Cámara de Representantes y el Senado, cuidándose mucho de que fuera ligeramente más alto que el de Washington, como para subrayar sutilmente la superioridad de su tribu y, acaso, como una forma de protesta contra la Enmienda Platt —un anexo a la Constitución de 1901 que le confería poderes especiales a Washington sobre Cuba—, a la que él se oponía.

En esa época, habían llegado a la Isla con intensidad las tres grandes y nefastas influencias políticas europeas: el fascismo y el comunismo, precedidas por el anarquismo, a lo que se sumaban el pistolerismo, muy en boga en la Cataluña de aquellos tiempos y en las historias de los gánsteres de Chicago. El país estaba listo para ensayar alguna catástrofe.

No puede olvidarse que Cuba era profundamente española para lo bueno y lo malo. En 1902, cuando se inauguró la República, apenas había 1 300 000 cubanos. Entre ese año y la llegada de Machado, un cuarto de siglo más tarde, entraron al país algo menos de un millón de inmigrantes, casi todos laboriosos españoles de Canarias, Galicia y Asturias. Ello explica que los dos palacios más imponentes de La Habana fueran el Centro Gallego y el Centro Asturiano. La arquitectura, como se sabe, expresa el poder.

Entre los gallegos que migraron a Cuba, por cierto, volvió a la Isla un joven campesino gallego alto y silencioso, laborioso como una hormiga, llamado Ángel Castro Argiz, quien luego sería padre de una decena de cubanos y, entre ellos, de Fidel y Raúl Castro. Primero había arribado dedicado a tratar de aplastar la insurrección de los cubanos de 1895, como otro soldadito español que no tuvo el dinero para comprar y evitar la conscripción obligatoria.

Al terminar la guerra en 1898, debido a la derrota española a manos de Estados Unidos, Ángel fue repatriado a su aldea cercana a Lugo, pero ya estaba decidido a regresar a Cuba tan pronto como pudiera. Cuba lo había deslumbrado. Había visto unas oportunidades tremendas que no existían en su Galicia natal, y él era, aunque todavía no lo sabía, un emprendedor nato.

La Isla, en efecto, progresaba, pero sin poder evitar gravísimos brotes de violencia política entre “liberales” y “conservadores”, unas etiquetas que ocultaban rivalidades políticas, raciales y regionales mucho más humanas que ideológicas.

En 1906 se produjo el primer conato de guerra civil provocado por un fraude electoral cometido en las elecciones de 1905, conflicto que fue resuelto por medio de una intervención militar norteamericana que el presidente Teddy Roosevelt trató de evitar (hay una carta suya de ese periodo donde muestra su desesperación con los cubanos), pero le fue imposible porque el presidente Tomás Estrada Palma abandonó su cargo, precisamente para forzar la injerencia de Washington, como ordenaba la Enmienda Platt.

En 1909, una vez pacificada la Isla, los norteamericanos celebraron unas nuevas elecciones y se retiraron a Estados Unidos tras dejar instalado en el poder al general José Miguel Gómez, popular caudillo del Partido Liberal que había ganado limpiamente las elecciones. Escogieron para marcharse la fecha del 28 de enero, natalicio de José Martí, acaso como cortesía con los cubanos.

En 1912 la guerra se desató nuevamente, pero esta vez por cuestiones raciales. Algunos militares negros trataron de crear un partido político para “personas de color”, lo impidieron en el Parlamento, y eso derivó en una insurrección aplastada a sangre y fuego que se saldó con varios millares de muertos, casi todos negros veteranos de la guerra de independencia.

Otra vez, Estados Unidos —entonces gobernaba William Taft— medió entre los cubanos —a ruego de los negros, que estaban siendo masacrados—, aunque en esa oportunidad no se vieron obligados a ocupar el país. La historia recoge este triste episodio como la “guerrita de los negros”. El diminutivo no le hace justicia al episodio. Murieron o fueron asesinadas entre tres y seis mil personas, casi todas negras. Muchísimas, a la escala de la población cubana de ese momento: dos millones de habitantes.

En 1917, otro fraude de los conservadores provocó un nuevo alzamiento de los liberales. Se conoció como la rebelión de la Chambelona por una pegajosa canción que solían entonar los insurrectos. Aparentemente, el general García Menocal —un ingeniero graduado en Cornell— se había hecho reelegir como presidente mediante trampas electorales. Washington, sin embargo, que acababa de declararle la guerra a Alemania, no tenía tiempo ni paciencia para desviarse de su esfuerzo bélico y necesitaba el azúcar de la Isla para surtir a sus tropas y a sus aliados, de manera que impuso la paz, pactó un precio favorable para el azúcar y exigió que se respetaran los dudosos resultados de los comicios.

En definitiva, todos los gobiernos de la república mambisa —1902-1933-hasta el derrocamiento y fuga de Machado— tuvieron que encarar levantamientos militares y diversos actos de violencia que fueron pudriendo los cimientos del Estado de derecho mientras se abría paso la dañina costumbre de confiar en las pistolas, los sobornos y la corrupción para solucionar los conflictos del país.

SE INICIA LA FAMILIA

Fue en esa atmósfera en la que nació mi hermano mayor, Ernesto, en 1940, en medio de un drama social propio de países peligrosos del tercer mundo.

Mi padre, como he escrito, había heredado el tétrico cargo de administrador del cementerio de Guanabacoa, aunque, en realidad, no estaba dotado para la gerencia de ningún negocio (y el cementerio lo era), si bien los usuarios directos de las tumbas no podían protestar, pero lo hacían sus parientes vivos. No obstante, mi padre era —también lo he dicho— enormemente inteligente y tenía una extraordinaria memoria, pero había abandonado los estudios prematuramente, a poco de haber terminado la primaria, y lo dominaban la desorganización y la indolencia.

Quizás padecía la paradójica desventaja de tener diversas vocaciones vinculadas a actitudes múltiples, lo que acababa por paralizarlo. Suele suceder. En ese momento de su vida, en torno a los veinticinco años, era un bohemio irredento, se sentía periodista, poeta, actor y, además, cantante de ópera, como en su momento había sido su prima Rita. Le faltaban, eso sí, método y perseverancia, pero acabaría decantándose por el periodismo, en el que se destacaría como un notable articulista.

En realidad, era un buen tenor lírico, pero la fecha elegida para debutar, una tarde de 1936, probablemente en verano, no resultó adecuada. El general Gerardo Machado había sido derribado unos años antes y los revolucionarios estaban a la búsqueda y captura de los policías y militares que habían servido al dictador. Uno de ellos era Otmaro Montaner (hermano mayor de Rita, la cantante y vedette), un oficial de la policía con fama de tener malas pulgas que debió esconderse tras el fin de la tiranía, aunque algunos años más tarde fue asesinado.

La confusión no se hizo esperar. Cuando mi padre comenzó a entonar un aria de Donizetti, alguien desde el público gritó: “Es el esbirro Otmaro Montaner”, y el joven cantante, sin poder explicar que era otro Montaner, incluso antimachadista, tuvo que huir del teatro perseguido por una turba ciega que trataba de alcanzarlo.

Fue el fin de su carrera operática, pero no de sus prácticas para afinar la voz. Diez años más tarde yo me preguntaba por qué mi padre repetía como un obseso, cambiando de tonalidad, ahahahohohoh. Era un procedimiento para mantener en buen estado las cuerdas vocales que se convertía en una siniestra forma de tortura familiar.

En todo caso, a sus veintipocos años ya tenía fama de bohemio, poeta, mujeriego y jugador (aunque no probaba gota de alcohol), a lo que se agregaba el rumor (infundado) de que se trataba de una persona violenta, lo que en Cuba era visto con benevolencia y, si se quiere, con cierta admiración.

No era nada pendenciero. Por el contrario, gozaba de un carácter apacible y gentil, teñido por el humor. Sin embargo, a los catorce años, tras recibir una paliza de dos vecinos mayores por una cuestión de faldas —una muchachita a la que había querido enamorar con unos poemas—, fue a su casa, tomó el revólver de su padre y vengó la golpiza hiriendo a los jóvenes agresores, unos hermanos que hoy calificaríamos de bullies. Creo que uno, para desgracia de todos, pero especialmente de sí mismo, quedó cojo para siempre.

Esa lamentable anécdota de crónica roja —recogida en los diarios de la época—, propia de una sociedad machista que lavaba con sangre las ofensas, y los dimes y diretes de una comunidad en la que todos se conocían lo convertirían en el chivo expiatorio perfecto para lo que ocurriría muchos años más tarde: un crimen terrible.

Desde el siglo XVIII existían en Guanabacoa unas fiestas pueblerinas muy bullangueras que comenzaban con la procesión de la Virgen de la Asunción, la Tutelar, la que protegía al pueblo, acompañada por verbenas, juegos de feria, rifas y comidas populares. La recaudación, que para la época solía ser considerable, se guardaba en la caja fuerte de la alcaldía.

La noche del domingo posterior a la Tutelar de ese año, unos desconocidos entraron en la alcaldía, se robaron el dinero colectado y mataron al alcalde, que trató de impedirlo. Al día siguiente, mi padre, ignorante de lo que había sucedido, marchaba a su trabajo en el desvencijado tranvía de siempre, cuando un amigo subió al vehículo y le dijo, sorprendido:

—Ernesto, ¿a dónde vas?

—Al cementerio, a mi trabajo, como Drácula, ¿por qué me lo preguntas?

No podía evitar mencionar a Drácula porque le parecía chistoso y porque era una sorda manera de quejarse de su lóbrego trabajo.

—Anoche mataron al alcalde, se robaron la recaudación de la Tutelar, y los jefes de la policía y del cuartel dicen que tú eres el sospechoso, que vas armado y que eres peligroso.

Mi padre se bajó apresuradamente del tranvía y decidió esconderse. Era evidente que lo eliminarían para borrar las huellas del delito. Él suponía, como todo el mundo en Guanabacoa, que los jefes locales de la policía y el ejército probablemente eran los responsables del crimen. Se trataba de unos tipos deshonestos que exigían coimas hasta por respirar. Volver a su hogar hubiera sido una locura. El mejor lugar para esconderse era en la casa de su primo Pepe Jesús, quien ya tenía fama de ser una persona que no conocía el miedo.

Allí iría a verlo mi madre, cautelosamente, con siete meses de embarazo. Fue la primera vez —me contaría— que comenzó a pensar en que acaso su padre tenía razón cuando le pidió que no se casara con su novio Ernesto, porque, aunque era inocente y se trataba de un joven simpático y romántico, buen mozo, que le hacía y declamaba versos amorosos, y que era capaz de cantar con una bella voz de tenor, no era el tipo de persona para fundar una familia, sino una timba de póker o una tertulia de actores bohemios.

Pronto se averiguó, en efecto, que estos corruptos oficiales eran los autores del crimen. Fue un largo juicio que exculparía totalmente a mi padre e inculparía a los militares, quienes, pese a todo, se salvaron de ser castigados, lo que reflejaba la precaria justicia con que contaban los cubanos de entonces (y de siempre).

El 7 de diciembre de 1941, antes de terminar el proceso judicial, los japoneses atacaron Pearl Harbor en Hawái. Cuba, aliada de Estados Unidos, inmediata y formalmente entró en guerra contra el Eje, y los juicios de los uniformados pasaron a disposición de tribunales militares en los que el delito se fue disolviendo lentamente hasta que la sentencia les garantizó una total impunidad a los encartados.

El 2 de octubre de 1940 mi madre tuvo su primer hijo, mi hermano Ernesto. Nació en medio de una huelga de médicos que había paralizado todos los hospitales del país. Ambos casi mueren en el parto. Afortunadamente, gracias a una comadrona compasiva y rompehuelgas los dos se salvaron.

Ocho días más tarde, el 10 de octubre de 1940, entró en vigor una nueva Constitución y comenzó oficialmente el periodo democrático de Fulgencio Batista, un astuto militar que carecía de vocación castrense —se pudo hacer artillero, pero escogió ser taquígrafo—, que hasta 1933 había sido un sargento administrativo sin ninguna distinción especial, pero la suerte y la locura colectiva de una sociedad y un Estado manejado por estudiantes, que quedó acéfalo, lo convirtieron en el “hombre fuerte” de Cuba.

En agosto de 1933, como consecuencia de una serie de revueltas contra el gobierno, sumadas a una profunda crisis económica, Batista, de manera fortuita, ascendió a los primeros planos de la política nacional. Fue capaz de superar su origen humildísimo, su condición de mestizo (anatema en aquella Cuba racista). Era totalmente desconocido en el país y no tenía en ese momento el respaldo del capital, los partidos políticos o la embajada norteamericana, pero todo eso vendría después, cuando se convirtió en el poder real del país.

Su extraordinaria historia comenzó cuando sus compañeros lo eligieron portavoz de los soldados, cabos y sargentos que reclamaban pagos atrasados, y acabó como el hombre fuerte del régimen revolucionario surgido tras el derrocamiento del general Gerardo Machado, y así estuvo, al frente de las Fuerzas Armadas, que remodeló a su antojo, gravitando sobre todos los gobiernos que tuvo aquella convulsa Cuba entre agosto de 1933 y octubre de 1940, cuando parecía que, finalmente, se estabilizaba la república.

En 1940, a los siete años de haber sido gobernante de facto del país, aunque los presidentes hubiesen sido otros, Batista renunció a las Fuerzas Armadas y —enfundado en un elegante dril cien blanco, lejos ya su sudoroso atuendo de militar conspirador cruzado con correas de cuero— ganó las elecciones ligado a los comunistas locales. Se esperaba, y así sucedió, que se restablecieran la democracia y el respeto a la ley.

Mi hermano Ernesto, pues, nacía con esta segunda oportunidad que se había dado la magullada república cubana.

No se piense, sin embargo, que toda la realidad cubana estaba manga por hombro. Donde se sentían las mayores convulsiones era en la esfera política. La sociedad civil continuaba su impetuoso trabajo económico, beneficiado por el clima de la Segunda Guerra Mundial. Cada vez que comenzaban los tiros en el planeta, el azúcar subía de precio y la situación en la Isla mejoraba.

En todo caso, tras el interregno revolucionario de facto —1933 a 1940—, el país reiniciaba su andadura. En el 40, eso sí, se había liquidado la república mambisa —controlada por los generales y doctores surgidos de la lucha contra España— y se iniciaba la república revolucionaria, liderada por los personajes aparecidos en la lucha contra Machado.

En general, era gente cuyo prestigio emanaba del valor que habían mostrado en jugarse la vida contra el dictador derrotado en 1933. Algunos se vanagloriaban de las bombas que habían colocado o de los atentados mortales realizados contra los personeros del régimen machadista. Fue entonces cuando arraigó con fuerza en la sociedad cubana la idea de que la justicia sobreviene del acto revolucionario ejecutado por personas bien intencionadas y no del buen y justo funcionamiento de las instituciones.

BATISTIANOS Y COMUNISTAS

Fulgencio Batista era pronorteamerican

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