El legado de Damián (Los Silverwalkers 1)

Chris de Wit

Fragmento

Creditos

1.ª edición: marzo, 2017

© 2017 by Chris de Wit

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-590-6

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi amadísimo esposo Theo, por su amor incondicional y su belleza interior.

A mis hijos Marion y Johan, dos soles gloriosos en mi vida.

A mis padres, estén donde estén.

A Alejandra, Alejandro, Javier y Lara, mis otros cuatro soles tan amados.

A Belu y a Brenda, que abrazaron a los que amo.

A Gogó, mi gran Maestra de vida.

A María Inés, mi hermana espiritual.

A Martha y a Virgi.

A Marcelo, por ayudarme a abrirme a mi esencia.

A Susana Fernández, mi amiga que da a manos llenas sin exigir absolutamente nada a cambio.

A todos mis amigos y gente amada («¡Las chicas!»).

Y finalmente…, al Universo y, muy especialmente, a Águila Blanca, Ana y el manantial.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

El legado de Damián

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Epílogo

Promoción

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El legado de Damián

Ciudad de México, tiempo actual

La observó de lejos sabiendo que debía actuar con mucha cautela.

Había vigilado innumerables veces el edificio de la fundación donde ella vivía y la había rastreado por todo el país, sin ningún éxito; pero hoy, por fin, había detectado su aroma.

Maia Serrano estaba aquí y, de alguna manera, sería suya.

Damián Di Mónaco, miembro de la casta de los silverwakers de la Estirpe de Plata, se colocó los lentes oscuros y bajó el gorro, que le ayudó a cubrir el cabello y parte del rostro; se acomodó la chaqueta térmica que ocultaba la trenza negra que caía por su espalda, y salió tras ella. Camuflado, evitaría que la joven captara el reflejo platino de sus ojos y cabellera, solo visibles para los miembros de la Estirpe.

Miró la hora: ocho y cuarto de la noche. Según los agentes de la Estirpe que se habían comunicado con su amigo Ruryk, desde que la chica había regresado a la fundación hacía unos pocos días, luego de una temporaria desaparición, esa era la hora en que ella partía hacia una academia de danzas ubicada en el exquisito y sofisticado barrio Polanco de Ciudad de México, donde impartía clases.

Escrutó en derredor, tratando de detectar la presencia de caídos, sus acérrimos enemigos quienes, seguramente, ya estarían al tanto de la aparición de la chica buscada por ambos bandos.

Sin proponérselo, absorbió el suave aroma a lilas emanado del cuerpo pequeño y sinuoso que caminaba delante de él. La falda corta que acariciaba los muslos torneados y firmes, y los zapatos de plataforma que adornaban las piernas musculosas, comenzaban a trastornarlo, al igual que la camisa blanca y ajustada que resaltaba la curva de los montículos pálidos, grabados a fuego en su memoria. No eran grandes ni pequeños, sino perfectos para la figura estilizada que la joven había desarrollado gracias al ballet. La cabellera gloriosa, negra y lustrosa, parecía salpicada de estrellas, y el contraste abrupto entre el cabello oscuro y los ojos casi transparentes, dejaría sin aliento a cualquiera.

No era tan alta, pero su porte era el de una musa. Indudablemente, la belleza de sus rasgos y el cuerpo escultural la convertían en una chica que todo hombre lucharía hasta el último aliento por poseer.

Contempló a la joven nuevamente, y las imágenes regresaron a él. Había intentado durante demasiado tiempo olvidar lo sucedido aquella maldita noche, sin éxito.

Con un gruñido bajo, levantó el cuello de su chaqueta, procuró mantener el paso, pero dejando una distancia prudencial entre ellos. Si ella era buena para captar la vibración de su cuerpo, la persecución sigilosa acabaría y debería entrar en acción de otra manera. Como la última vez.

Cuando llegaron a la esquina, la chica alzó la mano para hacer señas a un taxi, que se detuvo de inmediato. Cuando el coche partió con ella en su interior, Damián se apresuró a detener otro taxi.

—Siga al coche de adelante —exigió al chofer mientras ingresaba al vehículo—. Le pagaré el doble si lo hace con eficiencia.

—Sí, señor —contestó el hombre, arrancando a toda velocidad.

Damián se apoltronó en el asiento trasero del coche, tratando de serenarse.

No podía creer que finalmente hubiera dado con Maia.

El último rastro de la joven lo había perdido hacía casi cuatro meses, luego de una frenética persecución en la fundación, cuyo resultado había significado no solo la desaparición de ella, sino también una gran humillación para él.

En todo este tiempo se había preguntado una y mil veces si la muchacha, en realidad, habría logrado abandonar el país; pero su instinto, en cada ocasión, le había contestado que ella seguía en México. Y no había fallado.

Se concentró en las maniobras del conductor, que intentaba mantener el otro vehículo a la vista. Permaneció así durante un buen rato hasta que, cansado de tener los músculos del cuerpo agarrotados por la tensión, exhaló una fuerte bocanada de aire y echó la cabeza hacia atrás, contra el respaldo del asiento. No sabía aún cómo haría para hacer caer a la joven sin provocarle ningún daño, pero de algo estaba seguro: apelaría a todos los recursos para hacerlo y, esta vez, él ganaría; Maia era demasiado importante para el futuro de la Estirpe.

Y para el suyo propio.

La disminución de la velocidad del vehículo interrumpió sus pensamientos.

—El taxi se ha detenido, señor —avisó el chofer mirándolo por el espejo retrovisor.

—Estacione aquí, por favor —solicitó Damián amablemente, calculando que había una buena distancia entre los vehículos. Apenas Maia descendió del taxi, se dirigió hacia un edificio vidriado de varios pisos; Damián hizo lo mismo, a prudente distancia, levantando aún más el cuello de la chaqueta y ocultando el tatuaje que llevaba impreso en su rostro.

Sin perderla de vista ni un instante, Damián contempló los movimientos de la joven. No solo parecía una elfa, sino también una amazona, producto de una mezcla de refinamiento y salvajismo que le otorgaba una naturaleza dual que inspiraba diferentes anhelos en él, casi irrefrenables.

Preso en esta dualidad, no pudo dejar de imaginar sus manos sumergidas en arcilla suave dando forma lentamente al cuerpo esbelto que lo dejaba sin aliento. Él era el escultor y ella la obra maestra que cobraba vida entre sus manos con el calor de una pasión arrolladora. Una pasión que él sentía, pero ella no.

Porque Maia, como él, era miembro de la Estirpe de Plata.

Pero ella no lo sabía y escapaba de todos ellos.

Sobre todo, de él.

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CAPÍTULO 1

Buenos Aires, Argentina

Tres meses atrás

La puerta del lujoso piso ubicado en el barrio de Palermo se abrió lentamente para permitir el ingreso del hombre. Por el ruido de sus pisadas, apenas perceptibles, parecía liviano como una pluma, pero el peso de su alma llenaba el salón.

El caído Gustav Chavanel, de cabellos oscuros y rostro ceniciento, se acercó y se detuvo en medio del salón de exquisito diseño minimalista donde un acuario gigante, empotrado a lo largo de toda una pared, daba al ambiente un toque de magia, luz y vida.

Brad Drage observó el aspecto del sujeto parado frente a él, cuya furia era evidente aunque, como de costumbre, sujeta a un autocontrol envidiable.

—¿Quieres beber algo? —invitó Brad.

—No. Solo me quedaré un momento —contestó Gustav, con voz grave. Parecía una estatua siniestra y olvidada.

—Como gustes. —Se levantó del sofá para ir hacia una mesita de bebidas—. Permíteme servirme un whisky. —Sin esperar una respuesta, tomó un vaso, colocó dos trozos de hielos en su interior y el líquido ambarino que tanto le gustaba. Acompañado del ruido del hielo al girar en el interior del vaso, se volvió a arrellenar en el sofá de cuero blanco de varios cuerpos, ubicado frente al acuario. Se pasó lentamente la mano por el cabello blanco y corto, y miró detenidamente al hombre—. ¿Quieres hablar? —preguntó solemne—. Estoy dispuesto a escucharte.

Observó que Gustav empalidecía de manera espectral, a la vez que los ojos negros, cuyo brillo fantasmal y mortecino era característico de todos los caídos, se le llenaban de lágrimas.

«Imbécil», pensó Brad para sí.

—Sácritos ha muerto —susurró aquel—. El silverwalker Gabriel Trost lo mató.

—Lo sé. —Y sin sospecharlo, fue alzado estrepitosamente del sofá para quedar a la altura del caído que tenía la nariz casi pegada a la suya.

—Estarás feliz, hijo de puta —siseó este, que lo aferraba del cuello de la camisa con las dos manos.

Brad lo miró y sonrió apenas.

—¿Quieres saber la verdad? —preguntó con voz irónica.

—La conozco, pero quiero escucharla de tus labios —contestó Gustav casi en un gruñido.

—Por fin ese miserable de Sácritos ha salido de tu vida —dijo con una sonrisa lastimosa. Al instante se arrepintió de haber hablado con tanta ligereza, ya que un puñetazo estalló contra su barbilla. Preso de un dolor insoportable que siguió al impacto, intentó recuperar el equilibrio de su cuerpo, pero otro golpe fulminante terminó por desparramarlo en el piso.

—¡Siempre quisiste verlo muerto! —escuchó que Gustav le gritaba desde lejos.

Sacudió la cabeza y se incorporó lentamente, sentado aún en el piso, tratando de recobrarse del aturdimiento que las dos trompadas le habían provocado; tosió y colocó un codo sobre una rodilla levantada, intentando que el aire le entrara por los pulmones. Aunque Gustav era delgado, su fuerza era sorprendente.

—Tú y yo —expresó exhalando ruidosamente—, si bien no somos hermanos de sangre, hemos crecido juntos y para mí es como si realmente lo fueras. Por lo tanto, me preocupas de verdad, Gustav. He sido testigo por años de cómo Sácritos iba destrozando lentamente tu existencia detrás de un imposible, ya que para ti él representaba algo más que un jefe. Por ello, y discúlpame que lo diga, hermano, agradezco que el silverwalker lo haya expulsado para siempre de nuestras vidas.

—¡Qué sabes tú de ello! —gritó Gustav con la voz quebrada, furioso y herido, azotando con un puño la mesa ubicada a su lado, que se hizo pedazos—. Siempre has soñado con ser un caído superior, pero ese honor te queda grande.

Brad se levantó pausadamente del piso hasta erguirse a la misma altura de Gustav.

—Nunca me importó lo que pensaras de mí, pero sé muy bien cómo te sientes, porque tú y yo hemos padecido lo mismo por diferentes personas.

—Y esa perra de Aniel… —siseó sin siquiera haberlo escuchado.

—También está muerta, Gustav. Aniel Mitchels, la joven que posiblemente se habría convertido en la primera silverwalker mujer en toda la historia de la Estirpe de Plata, murió llevándose con ella el primer símbolo que tanto los miembros de la Estirpe como nosotros nos hemos estado disputando. Y tú, mejor que nadie, sabes que Sácritos tenía una obsesión con ella; es más, puso en peligro toda la organización de los caídos por ese amor enfermo. Acéptalo, Gustav: Sácritos se la llevó con él y, con ella, el primer símbolo.

Observó cómo el caído se derrumbaba en el sofá y arrastraba las dos manos por su rostro.

Brad se acercó y se sentó a su lado.

—Gustav, ahora eres tú el nuevo jefe de los caídos. Debes ser fuerte. El silverwalker Trost debe estar agonizando de furia, ya que la chica Mitchels era su señora álmica, y sabes bien que intentará vengarse. Debemos estar preparados, y tú —enfatizó señalándole el pecho con un dedo— serás quién nos llevará a la conquista de lo que los caídos, hace tanto tiempo, venimos reclamando.

—No soy como Sácritos —susurró.

—¡Escúchame, Gustav! —exclamó Brad, tomándolo fuertemente de los hombros para obligarlo a que lo mirara—. Ahora es tu oportunidad para vengarte de los silverwalkers. Sácritos y Aniel han muerto, y tú debes continuar con la tarea por la que hemos luchado desde hace siglos. Hemos perdido el primer símbolo, pero aún quedan los otros cuatro. Sabemos fehacientemente que Maia Serrano, una de las amiguitas de Aniel, es la responsable del segundo pero, increíblemente, ha logrado despistar a nuestros guerreros durante mucho tiempo. —Gustav permanecía en silencio, con una expresión fantasmagórica en los ojos. Parecía no oírlo, por lo que volvió a insistir—: Te lo ruego por última vez, Gustav: acepta que Sácritos ha muerto y que no podemos hacer nada para recuperarlo.

—Ayúdame, Brad —murmuró Gustav, de repente con una expresión vulnerable en la mirada—. Necesito tu respaldo para lograr expandir la organización y hacer cumplir todos los objetivos que teníamos previstos con Sácritos.

—Por supuesto que cuentas conmigo, hermano. Lo primero es atrapar a Maia Serrano y también mantener a Ana Mitchels, la madre de Aniel, a la vista. Esa mujer es importante para nuestros planes.

—¿Crees que será fácil encontrar a Ana?

Brad se levantó y se dirigió al bar para servirse otro whisky.

—Ahora más que nunca. Su esposo, Ronan Mitchels, el tan temible guerrero de la Estirpe de Plata, también ha muerto y ya no puede protegerla; aunque ahora hay otro que desea hacerlo.

—¿Quién?

El semblante de Brad se volvió oscuro.

—El doctor Lautaro Suárez.

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CAPÍTULO 2

El hombre parado frente a Ana Mitchels, con un paraguas que apenas podía frenar la lluvia torrencial, la miraba con el semblante frío; sus ojos brillaban con un color plateado suave.

—Por favor, Lautaro. Dígame que mi esposo Ronan y mi hija Aniel están bien. Se lo suplico… ¿Dónde están? —balbuceó desesperada.

La mirada del doctor Suárez se tornó turbia y apesadumbrada.

En ese instante, ella fue lastimosamente consciente de que lo que el mejor amigo de su esposo iba a decirle no la haría feliz.

—¡Por favor, dígame que ha pasado con ellos! —gritó fuera de sí, sacudiendo al hombre de los hombros.

—Están muertos, Ana. Lo lamento.

El grito desgarrador de ella fue el preámbulo de su caída de rodillas al suelo. El doctor intentó levantarla, pero Ana se resistió a la mano fuerte que la aferraba del brazo.

—¡Por favor, déjeme! —suplicó a viva voz.

—No puedo, Ana. Por el amor de Dios, venga conmigo —volvió a pedir el hombre, que intentaba sacarla de allí. Ana siguió revolviéndose hasta que, sin más fuerzas para luchar, rompió a llorar desconsoladamente sobre el hombro que el hombre, ahora arrodillado a su lado, le ofrecía.

La nueva realidad golpeó con crueldad las compuertas de su alma para dejar en libertad el profundo y amargo dolor acumulado en los últimos siete años. Años en los que el desconsuelo, la angustia y la desesperación por volver a encontrar a su esposo y a su hija la habían mantenido viva. Años en los que ella había atormentado su corazón, rememorando una y otra vez cómo los caídos, al mando de su jefe Sácritos, le habían arrebatado de su lado a los dos seres que amaba más que a su propia vida, aquella noche fatídica en que su amada hija Aniel había cumplido dieciséis años.

Lautaro la observaba impotente ante su enajenante dolor de madre y de esposa. La cubrió con el paraguas y permaneció en silencio, como si intentara hacerle saber que él, con su presencia y de la manera que fuese, la acompañaría. Siempre.

«¿Cómo podré seguir viviendo, Dios mío?», gimió Ana para sí. Ella se había aferrado con uñas y dientes al anhelo ferviente de poder encontrar, abrazar y cuidar nuevamente a su esposo y a su hija; pero había llegado tarde.

Ana rogó a Dios para que el agua que corría por su cuerpo le quitara los recuerdos. Pero era imposible. Imágenes de Ronan y Aniel inundaban su mente, avivando los sollozos que le quemaban la garganta.

Lautaro contemplaba, desvalido, la crisis de Ana. Siguió de rodillas a su lado, sin intentar tocarla, esperando que, de alguna manera, expulsara la agonía lacerante e implacable que destrozaba su espíritu.

Permanecieron en la noche oscura y bajo la lluvia torrencial durante un largo tiempo, hasta que el doctor observó que Ana tiritaba y que los labios se le habían vuelto azules.

—Por favor, Ana, venga conmigo —susurró Lautaro, que intentó tomarla de los hombros.

—¡No! —gritó ella, impidiéndoselo.

—Está lloviendo y hace frío.

—¡Váyase! —exigió furiosa.

—No puedo dejarla aquí. Hace dos meses que deambula como una vagabunda, sin un lugar estable donde vivir. Permítame llevarla a mi casa.

—Me quedaré en este lugar hasta morir yo también —balbuceó en un susurro.

Al escuchar aquello, el doctor no tuvo dudas.

—Ana, por favor… perdóneme. —Y sin preámbulo, dejó el paraguas a un lado y la levantó en sus brazos. Ana intentó resistirse, pero él ya había tomado una decisión. Se dirigió rápidamente hacia el coche, cerrando los oídos a los sollozos que la mujer emitía y sin permitirse reaccionar a algún que otro golpe que ella, sin fuerzas, descargaba sobre su pecho. Por nada del mundo la dejaría tirada en el agua. Si quería llorar, se aseguraría de que lo hiciera en un lugar donde estuviese segura y cuidada.

Cuando llegó al lado del vehículo, respiró aliviado al comprobar que Ana se rendía, dejando caer la cabeza sobre su cuello, llorando sin consuelo.

—Sí, Ana querida. Así… —le susurró en el oído confiando en que lo hubiese escuchado en medio de la lluvia torrencial. Abrió la puerta del vehículo y, depositándola con cuidado en el asiento del acompañante, le dijo, inclinado sobre ella—: Ahora está bajo mi cuidado, Ana. Tendrá todo lo que necesite… incluso espacio para llorar.

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CAPÍTULO 3

Aarhus, Dinamarca

Las luces de la disco de Aarhus giraban y cambiaban de color al compás de la música que aturdía los sentidos de la gente. El calor del lugar, si bien era insoportable, también invitaba a moverse con mayor frenesí y sensualidad como si el recinto, súbitamente, estuviese empotrado en una playa de Ibiza o de Cancún. Hombres y mujeres reían y bebían casi de manera descontrolada, festejando el ritmo intenso de la noche. Y Jackie Thygesen no era la excepción. La joven bailaba, con sus shorts de jeans, a un ritmo febril que la envolvía como los brazos de un amante insaciable.

Hacía horas que disfrutaba de la energía burbujeante que su contoneo generaba, sonriendo traviesamente a los ocasionales compañeros y compañeras de turno que querían danzar con ella. Al no tener suficiente con el ritmo exaltado que la rodeaba, aumentó el bamboleo de sus caderas tal como había aprendido en las bailantas argentinas al lado de sus amigas Aniel y Maia. El movimiento sensual marcaba aún más la pequeña cintura que se había ganado con los años de entrenamiento de wrestling y kickboxing, lo que generaba un impacto infartante entre los hombres, que la devoraban con la mirada. Levantó hacia un costado su increíble cabellera, una masa salvaje de bucles de color del fuego que le caían hasta las nalgas, por el terrible calor que sentía. Sorpresivamente, una mano fuerte la tomó del brazo y la sacó de la pista para acorralarla contra un muro de piedra. Sin inmutarse, Jackie miró al tipo que tenía enfrente: un vikingo enorme y musculoso de cabello corto, rubio y perfectamente peinado con gomina hacia un costado, la miraba obnubilado. Al clavarle la mirada para evaluarlo mejor, se detuvo en la indumentaria y la cabellera, que le recordó al cantante rapero que volvía locas a todas las mujeres de Dinamarca en ese momento: L.O.C.1

Por la manera de observarla, Jackie se dio cuenta de que el vikingo se creía irresistible. Era muy buen mozo, pero demasiado arrogante para su gusto. En realidad, su arrogancia le recordaba a otro tipo que venía persiguiéndola desde hacía tres meses por todo el mundo, obligándola a gastar casi todos sus ahorros en transportes y hostales para evitar caer en sus redes.

Una sonrisa despampanante surgió de sus labios y miró al rubio que la mantenía presa contra la pared. Si debía ser honesta, el tipo estaba para comérselo, pero se sentía tanto el rey del universo que le recordó a un pavo real.

—¿Eres de aquí? —le preguntó sensual al oído.

—Sí.

—Te he visto un par de veces y me dejas siempre sin aliento.

—¿Ah, sí? ¿Y qué haces al respecto?

—Varias cosas que quisiera compartir contigo.

—Me parece que te has apresurado, tonto—contestó y amagó con irse.

—¿A dónde vas? —le preguntó asombrado, mientras la tomaba del codo.

Jackie sonrió. Este tipo era enorme, pero a ella individuos como él no le daban miedo. Era una experta luchadora y había vencido a varios hombres en su carrera deportiva. Además, se venía enfrentando al insufrible del silverwalker Metanón Lemark desde hacía demasiado tiempo, humillándolo en cada ocasión. Y este grandote no sería la excepción.

—Suéltame —exigió.

—No, chiquita —le dijo el vikingo negando con la cabeza—. Te quedas aquí.

—¿Ah, sí? ¿Y quién lo ha decidido?

—Yo. —El tipo se le había acercado tanto a la cara, que casi la volteaba con el olor a alcohol.

—Eres más atrevido que el normal de los hombres daneses, pero como estás intoxicado de alcohol y te considero el tipo más patoso que he visto en toda la noche de hoy, te perdono. Ahora, déjame en paz.

—Jamás, dulzura.

Cuando Jackie se prestaba a voltearlo al suelo con una de sus técnicas de defensa, una voz gentil preguntó en español:

—¿Quieres quitar tus manazas del cuerpo de mi amiga, troglodita?

Jackie se dio vuelta sin dar crédito a la melodía que escuchaban sus oídos. Allí estaba ella, radiante con su cabellera caoba, los ojos color café, las cejas gruesas del mismo color y los labios anchos, afrodisíacos, como los de la modelo portuguesa Sara Sampaio: la fabulosa y genial Brenda Mori, una de sus queridas amigas del alma.

El tipo, que por lo visto no entendía ni jota de español, comenzó a ronronear como un gatito al imaginarse que pasaría la noche en la cama con dos felinas impresionantes. Feliz de la vida, intentó abrazarlas a las dos, pero las chicas, acostumbradas al acoso masculino, sabían lo que tenían que hacer. Jackie empujó con todas sus fuerzas al tío, que comenzó a tambalearse hacia atrás haciendo un esfuerzo para recuperar el equilibrio. Brenda, entre tanto, le calzó una zancadilla que lo arrojó de bruces sobre un sofá. De inmediato y sin ningún tapujo, levantó un pie revestido en unas botas impactantes de Alexander McQueen, que provocarían la envidia de cualquier mujer de la realeza de Dinamarca, y lo apoyó sobre los testículos del vikingo. El tipo comenzó a sudar al darse cuenta del peligro en el que se había metido, pero sonrió cuando la musa de cabellos color caoba se inclinó sobre él y dejó a la vista la parte superior de unos pechos escandalosamente bellos, que le pusieron la polla demasiado dura. La chica le sonrió tan sensualmente que no le importó nada más, ni siquiera lo que le susurraba al oído en aquella lengua extraña:

—Tú te quedas en tu lugar, amorcito—le dijo suavemente la numen, acariciándole la mejilla con las uñas largas de color turquesa y acero—. A ver si alguna danesita te congela lo que tienes entre las piernas —y miró en esa dirección— que, a propósito, no parece demasiado interesante.

Jackie sonrió, recordando lo extravagante que era su amiga. El tipo intentó levantarse, pero Jackie y Brenda lo miraron de tal manera que permaneció sentado en el sofá viendo como las dos chicas, abrazadas, lo dejaban solo y se perdían en el segundo piso de la disco.

Las dos amigas subieron las escaleras y agradecieron hallar un poco de paz. Allí no había pistas de baile, sino diferentes barras para beber. En ese punto, las jóvenes se miraron y se enredaron en un abrazo anhelado por años.

—¡Brenda! —exclamó Jackie absolutamente feliz—. ¡Dios mío, estás aquí!

La amiga se apartó un poco y, con la sonrisa apabullante que la caracterizaba, respondió:

—Siempre les advertí a ti, Aniel y Maia que aparecería cuando menos lo esperasen.

—Nuestra queridísima amiga fantasma —dijo Jackie, haciendo referencia al apodo con que todas ellas habían bautizado a Brenda, por su hábito de aparecer y desaparecer cuando menos lo imaginaban—. Me siento tan afortunada… —Y volvió a abrazarla, pasándole el brazo por el hombro, mientras la dirigía hacia una mesa—. Ven, sentémonos.

Cuando se ubicaron alrededor de una pequeña mesa redonda, Jackie miró a su amiga.

—Sigo sin poder creer que has venido —dijo asombrada.

—Te sorprendí, ¿no?

Jackie asintió sonriendo.

—Sí, es verdad. Es que en este largo año y medio en que no te hemos visto, las chicas y yo hemos intentado llamarte a tu teléfono móvil y escribirte mensajes, pero tú nunca respondes.

La carcajada de Brenda inundó el lugar.

—Soy un desastre con la comunicación. Pero sé muy bien cuándo alguien me necesita, en especial cuando se trata de ti. Y aquí estoy.

De repente, la alegría de Jackie se vio opacada por una mueca adusta.

—Y has llegado en el momento justo, Brenda. Quizás puedas ayudarme.

—¿Qué sucede, amiga? —El semblante de Brenda pasó de la alegría a la preocupación.

—Se trata de Aniel y Maia.

—Dime que están bien.

Jackie negó con la cabeza.

—Estoy muy alarmada por las dos. A Aniel debo ir a buscarla a Argentina lo antes posible. Estoy juntando dinero para pagar un pasaje y permanecer los días necesarios para rescatar a nuestra amiga.

—¿Rescatarla? —Los ojos de Brenda se abrieron aún más—. Esto no me gusta nada. Y me asusta.

Jackie suspiró.

—Pues yo también estoy asustada. Por ello debo viajar de inmediato, pero me he demorado por el dinero.

—¿Qué dinero?

—Estoy casi en la ruina.

—Pero… —murmuró Brenda perpleja—, ¿cómo es posible? Siempre estuviste orgullosa del manejo de tus finanzas.

—Es que hay tanto para contarte, Brenda. ¡No sabes!

—Por favor, habla. ¡Me estás poniendo nerviosa, amiga!

Jackie sacudió su larga cabellera roja y entornó los ojos.

—Aniel ha caído prisionera en manos de unos tipos terribles y temo que se ha enamorado como una pajarita de uno de ellos.

—¿Prisionera? Dios mío, ¡no! —exclamó Brenda y se le llenaron los ojos de lágrimas—. No me digas que son los mismos desgraciados que atacaron la casa de sus padres hace siete años, el día de su cumpleaños.

—No. Esos son los caídos, cuyos ojos negros terroríficos y de ultratumba son imposibles de olvidar. El jefe de ellos es Sácritos.

—Ese hijo de puta… —siseó Brenda con odio, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos con los dedos.

—Aquel fatídico día del cumpleaños, Aniel logró escapar de los caídos —continuó Jackie su relato— y, si bien estos jamás dejaron de ir tras ella, en realidad ahora Aniel ha sido secuestrada por otra organización cuyos integrantes son unos tipos tan abominables como los otros. Se llaman Silverwalkers.

—Nunca escuché sobre ellos —dijo Brenda, atenta a lo que Jackie iba relatando.

—Yo tampoco hasta hace unos pocos meses. También se hacen llamar los caminantes. Son enemigos implacables de los caídos.

—¿Y qué quieren de Aniel?

—Lo mismo que los caídos: el símbolo al cual ella está ligada.

El brillo en la mirada de Brenda desapareció ante el comentario de su amiga.

—Entonces, ¿cómo puede ser que nuestra amiga se haya enamorado de un tipejo de estos? Además, ella jamás se fijaba en ningún chico. Recuerdo cómo la perseguían sin éxito.

—Pues ese tiempo ha llegado a su fin, porque te aseguro que ella cree sentir algo por este tío.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque la última vez que Aniel logró escapar de las garras de ese sujeto, hace un mes, yo pude dar con ella y, entre otras cosas, me explicó de la tremenda atracción que había existido entre ella y su carcelero. Esto sucedió poco antes de que el maldito la atrapase de nuevo.

—¿Conoces su nombre?

—Gabriel Trost. Como verás, han sucedido muchas cosas durante el último año y medio en que no te hemos visto, algunas difíciles de creer.

Brenda asintió, perpleja y frustrada ante todo lo que sus amigas habían vivido sin que ella hubiese captado que requiriesen de su ayuda.

—¿Y los padres de Aniel?

—Luego de la masacre ocurrida en su hogar hace siete años, ambos desaparecieron, aparentemente apresados por los caídos por separado. Pero nunca más se supo de Ronan Mitchels. En cambio, la señora Ana ha regresado.

—¿Cómo? —preguntó Brenda asombrada.

—Sí. La madre de Aniel se presentó en la fundación donde Maia vive en México para hablar con ella.

—¿Y la señora Ana manifestó saber algo del señor Ronan?

—No.

—Quizás haya muerto aquel día.

—Es factible. Dicen que él y Sácritos se enfrentaron en un duelo a espada hasta que una bomba estalló en la casa, y el señor Ronan obligó a Aniel a escapar. Después no se supo nada más de él.

—¿Y cuándo exactamente se presentó la señora Ana en la fundación?

—Hace alrededor de dos meses. Maia quedó impactada cuando la vio frente a ella después de tantos años. Dice que está igual de hermosa y amorosa, aunque más precavida. Y en medio de la charla que mantuvieron, la señora Ana le hizo prometer a Maia que no le diría nada a Aniel de su regreso ya que ella misma, aseguró, se presentaría ante su hija el día que esta cumpliese los veintitrés años. Obviamente, ninguna de las dos sabía en ese momento que Aniel era prisionera de los silverwalkers.

Brenda entornó los ojos.

—Aniel acaba de cumplir los veintitrés años, Jackie.

—Sí, pero me temo que si ella sigue prisionera, entonces madre e hija no deben haber podido reunirse.

El semblante de Brenda se mostró visiblemente afectado.

—Si no lo han logrado, entonces Aniel desconoce que su madre está viva.

—Lo sabe.

Brenda la miró perpleja.

—Se lo conté yo el mismo día que Aniel me explicó sobre su atracción por Gabriel Trost. —Su amiga meneó la cabeza de un lado a otro, evidentemente absorta por su relato—. ¡Ponte en mi lugar, Brenda! Después de que la señora Ana se hubo retirado de la fundación tras hablar con Maia, esta me telefoneó, muy asustada y afligida por la conversación que ellas habían mantenido, y no pudo evitar confesarme, entre lágrimas, la promesa que le había hecho a la señora Ana y lo mal que se sentía por ello. Cuando encontré a Aniel en Buenos Aires y me contó de su apresamiento y de cómo finalmente había logrado escapar, no pude con mi genio y terminé revelándole todo. —Brenda la miró con un brillo de ternura en la mirada—. Es que una cosa llevó a la otra, amiga, y no pude dejar de decirle la verdad. Y como te podrás imaginar, Aniel se sintió muy apenada ante el hecho de que su madre, después de todos estos años, hubiera regresado para hablar con Maia y no con ella.

—Es absolutamente comprensible —dijo Brenda en un susurro.

—Entonces, Aniel viajó a México para encontrarse con Maia. Allí, nuestra querida amiga, rompiendo la promesa que le había hecho a la señora Ana, se sinceró con Aniel. Lamentablemente, cuando esta regresó a Buenos Aires, Trost la capturó de nuevo en el mismo aeropuerto. Es lo último que sé y, sinceramente, no tengo la menor idea de si ha conseguido escapar nuevamente y reunirse con su madre, o no.

—Dios mío —murmuró Brenda y volvió a sacudir la cabellera caoba brillante, como si con ello tratara de ordenar en su cabeza los diferentes hechos de aquel relato—. Pero, a todo esto, ¿cuál era la finalidad de la señora Ana al presentarse ante Maia, si no quería que esta le contara nada a Aniel? ¡No tiene mucho sentido!

Jackie asintió.

—Ella necesitaba prevenir a Maia de la existencia de los símbolos.

—¿Símbolos? Siempre supe del que está ligado a Aniel, pero ¿hay más? ¿Y qué tiene que ver Maia en todo esto? —preguntó Brenda estupefacta.

—Ya te contaré sobre ello.

—Está bien. ¿Y qué más dijo la señora Ana?

—Advirtió a Maia sobre la intención de los silverwalkers y de los caídos.

—Explícate mejor, por favor.

—Estos dos bandos no solo querían atrapar a Aniel, sino también a Maia y a mí.

—¿QUÉ? —exclamó Brenda fuera de sí.

—Sí. Aniel ha caído, ahora faltamos nosotras dos.

—Pero, ¿por qué?

Jackie volvió a suspirar profundamente. Brenda desconocía demasiadas cosas, y ella debería informarle todo esa noche.

—Aquí es donde aparecen los otros símbolos.

Brenda levantó una de las cejas y su rostro adquirió, de repente, una expresión aguerrida.

—Por favor, lárgalo ya.

—Aniel está ligada al primer símbolo, mientras que Maia y yo lo estamos con otros dos.

Brenda se echó levemente hacia atrás y la miró intrigada. Rápidamente pareció comprender lo que aquello significaba para todas sus amigas.

—¡Dios! —murmuró perpleja.

—Los caídos y los silverwalkers saben fehacientemente que Aniel y Maia son las depositarias de dos de ellos, mientras que de mí sospechan que lo soy de un tercero. Por eso hay uno de los silverwalkers que me sigue los pasos desde hace tres meses y, para huir de él, he gastado casi todo mi dinero.

—¿Quién es? —preguntó Brenda cada vez más asustada.

—Metanón Lemark.

Brenda sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Jackie, realmente estoy aterrada con todo lo que me estás contando —susurró—. ¿Y cuántos símbolos existen?

—Cinco.

—No sé cómo asimilar todo lo que me dices.

—Pues a mí me afligen nuestras dos amigas, Brenda. En especial Maia. Por eso me urge viajar a Buenos Aires apenas junte el dinero. Primero debo encontrar a Aniel y luego viajar a México para chequear que Maia está bien.

—Escúchame, Jackie. Te daré el dinero que necesitas para viajar de inmediato.

—¿Estás loca?

—No. Tengo algunos ahorros y te los doy con todo gusto.

—Pero…

—Jackie —interrumpió su amiga—, las cuatro hemos sido inseparables desde niñas, y nos hemos acompañado y protegido las unas a las otras en las buenas y en las malas, así que acepta el dinero que te ofrezco. No podré ir contigo a Buenos Aires de inmediato porque estoy en una misión secreta muy especial, pero me uniré a ti lo antes posible.

—¿Sigues trabajando de incógnito? —preguntó Jackie, que ya conocía la respuesta. La vida de Brenda y su trabajo eran un permanente secreto para todas las amigas, pero ellas habían aprendido que la amistad con Brenda era de este modo. Por algo le decían la amiga fantasma. Y el amor que ella les brindaba a las tres les alcanzaba y lo agradecían.

—Sí. Pero no me preguntes más. Lo que sí, sabes que cuentas conmigo para todo, Jackie. Y al igual que tú, la que más me preocupa es Maia… ¡siempre ha sido tan frágil!

—Pues ese es el punto. Le he enseñado algo de defensa personal, pero tú sabes que ella piensa en la danza antes que en la lucha libre. No es parte de su naturaleza. Pero igual debemos aunar esfuerzos entre nosotras para protegerla.

—Pues aquí estoy. Nuestras amigas son nuestra prioridad —dijo Brenda levantando los brazos.

Jackie le tomó las manos, se las estrechó fuertemente y le regaló una sonrisa radiante:

—Querida Brenda: bienvenida, una vez más, al mundo de tus amigas.

—¡Gracias, tesoro! Pero ahora cuéntame acerca de la importancia de los símbolos y también del crápula que te persigue.

1 Liam Nygaard O’Connor. Cantante rapero danés-irlandés.

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CAPÍTULO 4

Buenos Aires

El ruido de la puerta que se abría la sacó del letargo en el que había caído. Observó la figura alta y elegante que se acercaba y se inclinaba hacia ella con un vaso entre las manos para arrimarlo con delicadeza a sus labios.

—Ana. Beba —escuchó decirle a Lautaro con una voz fría y lejana, como si se hallase a muchos kilómetros de allí. Hacía dos días que yacía en aquella cama de la casa del doctor y no había probado bocado ni bebido siquiera una gota de agua. La vida iba escapándosele sin remedio a través de agujeros interiores que el dolor lacerante de la muerte de su esposo y su hija había abierto en su alma.

—Ana, por favor…, me preocupa —le suplicó el doctor con un dejo de insistencia. Ese hombre parecía decidido a perturbar su pesar. ¿Por qué no la dejaba tranquila? Lo miró desde el lecho donde yacía, con los ojos entornados.

—Se lo ruego… déjeme sola —imploró en un murmullo.

Él se acercó un poco más, todavía con el vaso en la mano, y le susurró:

—Ana, no puede seguir con este ayuno de dos días. No me iré hasta que no haya bebido aunque sea un sorbo de agua.

Cerró los ojos, sabiendo que ese hombre lo decía en serio. El doctor Lautaro Suárez había sido el amigo incondicional de la familia desde siempre, en especial de su esposo, y en su fuero más íntimo sabía que no podía someterlo a esa carga. No era justo delegarle tanta responsabilidad y, menos aún, arrastrarlo a la tortura interior que se libraba en su corazón.

—Beberé… un poco de agua… Se lo prometo.

Lautaro la ayudó a incorporarse en la cama y logró que diera los primeros sorbos de líquido. Ana observó la expresión de alivio en los ojos del hombre, que irradiaron un halo de complacencia.

—Gracias —le agradeció él con voz grave y suave.

—¿De qué? Soy yo la que le agradece a usted, Lautaro.

—Para mí es un honor tenerla aquí, en mi casa. Ronan fue mi mejor amigo de toda la vida y le hice la promesa de que si algo llegaba a sucederle a usted o a Aniel, me encargaría de ustedes. Y es lo que he intentado hacer en estos años, Ana. Primero, cuando me hice cargo de su hija Aniel durante un año luego de que Ronan y usted desaparecieran aquel día del ataque y, después, dándole refugio a usted cuando así me lo ha permitido. Como ahora. Jamás me habría perdonado dejarla sola.

Los ojos de Ana, cuajados de lágrimas, lo contemplaron con reconocimiento y, a continuación, lo tomó de la mano para apretársela fuertemente entre las suyas.

—No sé cómo agradecerle…

Lautaro le envolvió los dedos con los suyos.

—Póngase bien, Ana. Es lo único que le pido.

—Me pide mucho. Quiero morir. No puedo imaginarme la vida sin ellos. —Se echó hacia atrás sobre la almohada. Se cubrió el rostro con las dos manos y ya no pudo detenerse. Lloró desconsoladamente una vez más.

Lautaro se sentó junto a ella, recostándose sobre el respaldo de la cama, y la volvió hacia sí para abrazarla. Le permitió llorar nuevamente sobre su hombro, mientras le acariciaba el cabello y el rostro.

La arrulló por horas, hasta que logró hacerla dormir. Permaneció junto a ella sin moverse, manteniéndola abrazada, con el semblante serio como esculpido en granito.

De repente Ana, en su sueño, le envolvió la cintura y acomodó la mejilla sobre su pecho. Y por primera vez en años, el rostro de granito evidenció una pequeña rajadura.

Cerró los ojos y respiró profundamente. Al otro día le diría la verdad.

Se volvió en el lecho y se sorprendió al ver el cuerpo masculino del doctor, que descansaba pegado a su espalda. Contempló los brazos que la rodeaban y se sintió mal; la calidez y refugio de ese abrazo significaban para ella traicionar la amada memoria de su esposo, por lo que se apartó suavemente y se sentó en la cama para mirar detenidamente al hombre dormido, cuan largo era. Nunca había reparado en él, ya que solo había tenido ojos para su marido, pero ahora que ambos compartían una intimidad tan profunda por la pérdida irreparable que los unía, se permitió apreciarlo por un instante. Si Ronan no hubiese existido en su vida, se habría atrevido a decir que Lautaro era un hombre atractivo. Pero ya nada de eso importaba porque Ronan, aun muerto, llenaba todas las fibras de su ser.

Cerró los ojos e inhaló aire profundamente. Si tan solo tuviese la poderosa oportunidad de cambiar todo lo sucedido. ¿Por qué la vida se había ensañado con ella? ¿Y de qué inexplicable manera podría salir adelante? Era tan absurdo, que ni siquiera tenía fuerzas para imaginarse cómo. Ya no había esperanzas de recuperar a su hija y a su amado esposo. Se había quedado sola, abandonada en las garras de un dolor tan tremendo que no sabía cómo sobreviviría a él. Un sollozo quebrado salió nuevamente de su garganta, incapaz de contenerlo.

Estaba sola, completa e irremediablemente sola.

Al abrir los ojos, se topó con otros que la escrutaban con intensidad. Se sintió avergonzada porque ambos se habían quedado dormidos en la cama, lo cual no pasó desapercibido al doctor.

—Ana…

—Discúlpeme —lo interrumpió—. Me quedé dormida… —dijo con las mejillas acaloradas. Jamás había descansado en una cama con otro hombre que no fuera su esposo.

—No lo lamente —susurró Lautaro—. Estaba exhausta y necesitaba que la cuidaran. —Al escuchar la última frase intentó levantarse, pero Lautaro la retuvo en la cama al tomarla suavemente del brazo—. Por favor, recuéstese. Debemos hablar de algo muy importante —dijo con cautela.

—Lautaro, yo…

—No puedo postergar esta charla, Ana. Usted necesita algo que la motive a vivir. Y sé que lo que tengo para decirle, es el secreto para hacerlo.

—Nada de lo que me diga me ayudará a superar esta tragedia —dijo Ana apenas en un susurro.

—Escúcheme y después me dirá.

Ana se perdió en las inmensidades de aquellos ojos que emitían el brillo plateado de la Estirpe de Plata. El doctor siempre había sido una persona silenciosa, casi retraída. Al lado de Ronan, pasaba bastante desapercibido ya que no era de muchas palabras. Tampoco su rostro era expresivo, sino todo lo contrario, parecía casi rígido. Y ahora, sorprendida, se daba cuenta, por primera vez, que aquel hombre no solo ponía esmero y dedicación en cuidarla, sino que también manifestaba una necesidad de expresarse.

Suspiró profundamente y movió la cabeza en un gesto de negación. Ella, en realid

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