Amantes modernos

Emma Straub

Fragmento

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Contenido

PRIMERA PARTE. «Ruby Tuesday»

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SEGUNDA PARTE. «Jane Says»

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TERCERA PARTE. «Mistress of Myself»

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CUARTA PARTE. Coleccionables

Agradecimientos

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Para Nina, quien hizo que trasladarse a Ohio pareciera divertido, y para los lectores de Rutland Reader, con mi gratitud por siete años de cariño.

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Si pudiera sentar cabeza, sentaría cabeza.

PAVEMENT

No puedes contenerte, pero nosotros tampoco. Juntos, pasado poderoso, dominamos las cosas.

KENNETH KOCH

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PRIMERA PARTE

«Ruby Tuesday»

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INMUEBLES DE MARY ANN O’CONNELL

Nueva oferta

Magnífica casa victoriana de cinco habitaciones en la excelente zona de Ditmas Park. Posee muchos detalles originales, como puertas correderas empotrables, molduras y una majestuosa escalera profusamente tallada. Cocina renovada, tejado nuevo. Chimenea de leña. Garaje de dos plazas. Espléndidamente situada en el corazón del barrio, cerca de las tiendas y los exquisitos restaurantes de Cortelyou Road, próxima a la estación. ¡Excepcional!

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1

En junio, el club de lectura se reunía en casa de Zoe, lo que significaba que Elizabeth podía llevar su pesado cuenco de cerámica con la ensalada de espinacas, nueces y una generosa cantidad de queso de cabra desmenuzado. Ni siquiera tenía que cruzar la calle. Ninguna de las pocas mujeres del grupo tenía que desplazarse demasiado trecho; de eso se trataba. Ya era bastante difícil coordinar horarios y leer una novela (aunque, solo la mitad del grupo acababa alguna vez algo) como para pedir además a la gente que tomara el metro. Haz planes con tus verdaderos amigos cuando quieras, ve en coche al otro lado de la ciudad a cenar si te apetece, pero esto era el barrio. Era fácil. Esta era la última reunión antes del paréntesis anual de cada verano. Elizabeth había vendido casas a seis de las doce mujeres. Tenía un interés personal en contentarlas, aunque, en realidad, también estaba bien cuando la gente renunciaba a Brooklyn y decidía trasladarse a las afueras o regresar a su lugar de origen, porque entonces cobraba doble comisión. A Elizabeth le gustaba su trabajo.

Naturalmente, aunque el resto del club de lectura estaba formado por vecinas que, de otro modo, jamás habrían coincidido, ella y Zoe eran diferentes. Eran viejas amigas, las mejores amigas, para ser exactos, aunque puede que Elizabeth nunca lo dijera delante de Zoe por miedo a que ella se echara a reír al oírlo por considerarlo infantil. Habían vivido juntas después de la universidad, allá en la Edad de Piedra, en esa misma vivienda, compartiendo la laberíntica casa victoriana con el novio, ahora marido, de Elizabeth, y dos chicos que habían vivido en su edificio en régimen de cooperativa en Oberlin. Siempre era agradable llevar un gran cuenco de algo casero a casa de Zoe, porque era como volver a estar en aquella zona gris con muchas comidas compartidas y poco dinero, que constituye la época en que se es veinteañero. Ditmas Park se encontraba a miles de kilómetros de Manhattan (poco más de once kilómetros, en realidad): un reducido grupo de casas victorianas que podían haber existido en cualquier lugar de Estados Unidos, con la plaza de armas de Prospect Park al norte y la Universidad de Brooklyn al sur. Sus otros amigos de la facultad se estaban instalando en pisos de edificios sin ascensor del East Village o en bonitas casas de piedra rojiza de Park Slope, al otro lado de la inmensidad verde del parque, pero los tres se habían enamorado de la idea de una casa casa, y allí estaban, emparedados entre las señoras mayores italianas y los complejos de viviendas protegidas.

Cuando el contrato de alquiler venció, los padres de Zoe, una pareja afroamericana que había amasado una buena fortuna como dúo de música disco, compraron la casa para ella. Siete habitaciones, tres cuartos de baño, vestíbulo central, camino de entrada, garaje... Les costó ciento cincuenta mil dólares. La moqueta mohosa y las capas de pintura de plomo eran gratis. Elizabeth y Andrew todavía no estaban casados, y menos aún compartían una cuenta bancaria, por lo que pagaban el alquiler enviando a los padres de Zoe cheques por separado a Los Ángeles. A lo largo de los años Zoe había pedido prestado más dinero para arreglarla, pero la hipoteca estaba pagada. Elizabeth y Andrew se habían trasladado durante un tiempo a unas manzanas de distancia, a Stratford, y después, cuando su hijo Harry cumplió los cuatro, doce años atrás, compraron una casa tres puertas más allá. La de Zoe valía ahora dos millones de dólares, puede que más. Elizabeth notó que un escalofrío le recorría la espalda al pensar en ello. Ni ella ni Zoe creían que todavía estarían en aquel barrio tantos años después, pero nunca había llegado el momento adecuado de abandonarlo.

Subió los peldaños hasta el amplio porche y echó un vistazo por la ventana. Era la primera en llegar, como de costumbre. El comedor estaba preparado, con la mesa puesta. Zoe empujó la puerta de vaivén de la cocina con una botella de vino en cada mano. Sopló hacia arriba en vano, para apartar un rizo que caía sobre su ojo. Llevaba unos ajustados vaqueros azules y una camiseta de tirantes raída, con un montón enrevesado de collares tintineándole contra el pecho. Daba igual que fuera a comprar con Zoe a las tiendas de segunda mano que ella frecuentaba o a las apreciadas boutiques que a Zoe le gustaban, a ella las cosas nunca le quedaban como a Zoe; estaba prodigiosamente igual de espléndida a los cuarenta y cinco que a los dieciocho. Llamó a la ventana y saludó con la mano a su amiga cuando esta levantó la cabeza y le sonrió. Zoe le hizo gestos para que entrara, moviendo los delgados dedos en el aire.

—¡Está abierto!

La casa olía a albahaca y a tomate fresco. Elizabeth dejó que la puerta se cerrara de golpe al entrar y depositó la ensalada en la mesa. Sacudió las muñecas, que crujieron como fuegos artificiales. Zoe rodeó la mesa y le dio un beso en la mejilla.

—¿Qué tal te ha ido hoy, cielo?

Elizabeth hizo girar la cabeza de un lado a otro. Se oyó un crujido.

—Bueno, así así —respondió, y echó un vistazo a la habitación—. ¿Qué puedo hacer? ¿Quieres que vaya a buscar algo a casa? —Una cena para doce personas era mucho para cualquier anfitrión, incluso en Ditmas Park. Normalmente, solía asistir a las reuniones una pequeña cantidad del club de lectura, por lo que la dueña de la casa podía apañárselas y apretujar a todas las asistentes alrededor de la mesa del comedor, pero muy de vez en cuando (especialmente justo antes del verano) todas las mujeres aceptaban encantadas la invitación y, según donde tocaba, el grupo tenía que llevar sillas plegables para evitar sentarse en el suelo como niños haciendo pucheros el día de Acción de Gracias.

Arriba se oyó el ruido de algo pesado que caía al suelo. ¡Pumba! Y, después, dos veces más. ¡Pumba, pumba!

—¡Ruby! —gritó Zoe, alzando el mentón—. ¡Ven a saludar a Elizabeth!

Les llegó una respuesta apagada.

—Tranquila —dijo Elizabeth—. ¿Dónde está Jane, en el restaurante? —Abrió la boca para seguir hablando porque tenía noticias que no eran aptas para los oídos de las vecinas y quería dárselas antes de que sonara el timbre.

—Tenemos una nueva segunda chef, y estoy segura de que Jane le estará encima como un sargento instructor. Ya sabes cómo es siempre al principio: un drama. ¡Ruby! ¡Baja a saludar antes de que lleguen las que te caen mal! —Zoe se frotó las cejas con la punta de los dedos—. Acabo de apuntarla al curso de preparación para la selectividad que me comentaste y está cabreada. —Imitó el ruido de un torpedo.

Se oyó un portazo arriba, y después los pasos de la ágil manada de elefantes metida en el cuerpo de una adolescente bajando la escalera. Ruby se detuvo en seco en el peldaño inferior. En las semanas que hacía que Elizabeth no la veía, el cabello le había cambiado de verde cristal de mar a negro violáceo, y lo llevaba recogido en un moño en lo alto de la cabeza.

—Hola, Rube —la saludó Elizabeth—. ¿Qué te cuentas?

—Nada —respondió Ruby mientras se hacía saltar un poco de esmalte de uñas. A diferencia de Zoe, Ruby tenía la cara redonda de rasgos suaves, pero sus ojos eran iguales, algo estrechos, de aquellos que eran ideales para mirar con recelo. La piel de Ruby era tres tonos más clara que la de Zoe, con los ojos del color verde pálido de Jane, y habría amedrentado a cualquiera incluso sin el pelo violáceo y la expresión hosca.

—La graduación es el jueves, ¿verdad? ¿Qué te vas a poner?

Ruby imitó el ruido de un mirlitón, como el torpedo de su madre pero al revés. Era gracioso lo que los padres hacían a sus hijos. Aunque no quisieran hacerlo, todo se reproducía. Dirigió una mirada a su madre, que asintió.

—Me gustaría llevar uno de los vestidos de mami. El blanco, ¿sabes cuál digo?

Elizabeth lo sabía. A Zoe no solo se le daba bien comprar ropa, sino también conservarla. Era una suerte que se hubiera casado con una mujer que vestía los mismos vaqueros todos los días con una pequeña rotación de blusas con cuello de botones, porque en su enorme vestidor no había espacio para nada más. El vestido blanco era una reliquia de su juventud: un corpiño de ganchillo con más calado que tejido y una falda de la que colgaban unos flecos justo desde donde se consideraba decente. Era la clase de vestido que se llevaba sobre un traje de baño cuando se estaba de vacaciones en México en 1973. Había sido inicialmente de la madre de Zoe, lo que significaba que probablemente tendría un montón de polvillo de droga acumulado accidentalmente en el interior de las costuras. Antes de conocer a los Bennett, Elizabeth nunca había visto a unos padres que llevaran una clase de vida que enorgullecía y avergonzaba a la vez a sus hijos. Estaba bien ser moderno, pero solo hasta cierto punto.

—Vaya —exclamó Elizabeth.

—Todavía lo estamos discutiendo —aseguró Zoe.

Ruby entornó los ojos y saltó el último peldaño en cuanto sonó el timbre. Antes de que las vecinas empezaran a entrar, cada una con un plato tapado con papel de aluminio, cruzó como una exhalación la cocina, volvió a salir de ella con un plato lleno de comida y empezó a subir corriendo las escaleras.

—Holaaaa —canturrearon tres mujeres a la vez.

—Holaaaa —canturrearon de vuelta Elizabeth y Zoe, y sus voces entonaron la canción del día, el grito entusiasta de su cena solo para chicas.

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2

Cuando Elizabeth salía por la noche, Andrew era el encargado de alimentar a Harry. A diferencia de la mayoría de adolescentes, que se comerían una cartulina si estuviera recubierta de salchichón, Harry era muy tiquismiquis en este aspecto. Paseaba la comida por el plato como un niño pequeño, y amontonaba lo que rechazaba en un lado del plato: nada de aceitunas, nada de aguacate a no ser que fuera guacamole, nada de queso fresco, nada de col rizada, nada de sésamo, nada de tomates salvo en salsa. La lista era larga y variaba regularmente; Andrew tenía la impresión de que cada vez que él cocinaba le había añadido algo nuevo. Abrió la nevera y contempló lo que había dentro. Iggy Pop, su flaco gato manchado, le restregó el cuerpo en el zapato.

—Harry —dijo, volviéndose hacia el salón. Oía los sonidos repetitivos del videojuego favorito de su hijo, Secret Agent. El juego estaba protagonizado por una rana con una gabardina impermeable y una gorra de cazador y, hasta donde Andrew sabía, estaba diseñado para niños de ocho años. A Harry no le interesaban nada Call of Duty, Grand Theft Auto o cualquier otro del sinfín de juegos que loaban los asesinatos y las prostitutas, algo de lo que Andrew se alegraba. Mejor tener un hijo a quien le gustaran las ranas que las ametralladoras. Él mismo también había disfrutado de videojuegos tranquilos, y leído novelas fantasiosas sobre ratoncitos. Él y Harry eran tal para cual, blandos por dentro, como galletas que no se habían acabado de hornear. Era lo que la gente siempre quería, ¿no?

—Harry —repitió. Cerró la puerta de la nevera y esperó con calma—. Harry.

—Ya te he oído la primera vez, papá —soltó Harry una vez los ruidos del juego se detuvieron—. Pidamos una pizza.

—¿Seguro?

—¿Por qué no? —Los sonidos empezaron a oírse de nuevo. Andrew sacó el teléfono y cruzó la puerta hacia el salón, seguido de Iggy. Todavía era de día y, por un momento, se sintió triste al ver a su encantador hijo tan contento de quedarse en casa una preciosa tarde de junio. Nada de chutar penaltis él solo en el parque, ni de practicar encestes, ni siquiera de fumarse algún cigarrillo a escondidas en un banco apartado. Se le veía pálido... era pálido. Llevaba una ceñida sudadera negra con la cremallera subida hasta el cuello—. ¿Te apetece jugar? —preguntó Harry. Y cuando alzó la mirada y vio sus relucientes ojos castaños, Andrew guardó su tristeza en un bolsillo muy, pero que muy hondo, y se sentó junto a su hijo. Iggy Pop se le subió de un salto al regazo y se hizo un ovillo. La rana guiñó un ojo, y la música empezó a sonar.

Había alguien cuyo trabajo consistía en componer aquella música: una melodía que sonaba de fondo repetidamente. Había alguien cuyo trabajo era componer la música que sonaba bajo las pausas dramáticas de los actores en los culebrones. Los tonos de los móviles. Alguien cobraba, puede que incluso cobrara derechos de autor. Andrew jamás había sido un bajista demasiado bueno, pero siempre se le había dado bien idear melodías. Puede que fuera lo único que le había encantado hacer en la vida, profesionalmente hablando, a pesar de que jamás fue exactamente profesional. Aun así, siempre que estaba deprimido, lo que ocurría a menudo, pensaba en los derechos de autor, de él y de Elizabeth, y en cómo servían para pagar la mayoría de la educación en un colegio privado de Harry, y eso lo animaba un poco. Siempre había alguien a quien le iba mejor, especialmente en la ciudad de Nueva York, pero qué coño, por lo menos él había hecho algo en su vida, algo que se recordaría.

—Papá —dijo Harry—, te toca. Yo pediré la pizza. —Se apartó el pelo de los ojos y pestañeó como una cría de topo que ve el sol por primera vez. Era un chaval muy bueno, buenísimo. Lo comentaban sin cesar, desde que era un bebé; Andrew y Elizabeth se acurrucaban en la cama, cómodos y satisfechos, con el intercomunicador entre ambos para escuchar sus gorgoritos y sus hipos. Siempre había sido tranquilo. Sus amigos les habían advertido que el siguiente hijo sería la caraba, y que entonces sabrían qué era tener problemas, pero el siguiente jamás llegó. De modo que allí estaban los tres, formando un hogar la mar de sólido. Al principio les preguntaban por qué solo tenían un hijo, pero con el paso del tiempo cada vez más gente creía que era por elección propia y lo dejaba correr. Hasta sus padres habían dejado de preguntárselo cuando Harry había cumplido seis años. ¿Y quién necesitaba más nietos cuando Harry se subía a brazos de su abuela para besarla en la mejilla sin que le apremiaran a hacerlo? ¿Quién podía pedir más? Había vecinos, aunque no verdaderos amigos, simplemente personas que los saludaban con la mano cuando sacaban la basura, que tenían tres o cuatro hijos, y a Andrew siempre le parecía que era eso algo típico del siglo pasado, cuando necesitabas todas las manitas posibles para ordeñar vacas y sachar el campo. ¿Qué se hacía con tantos hijos en Brooklyn? ¿Tan buenos eran sus genes, tan importantes para la raza humana? Entendía cuando obedecía a motivos religiosos. Era el caso de los judíos de la organización ortodoxa Lubavitch en Williamsburg o los mormones en Utah, a quienes los motivaba el Juicio Final. Pero ¿Elizabeth y él? Lo hacían lo mejor que podían, y lo mejor era Harry, su encantador Harry. En parte, Andrew quería que suspendiera la selectividad y viviera en casa para siempre. Pero, por supuesto, también iba a irle de maravilla, gracias a la prosa grandilocuente de las novelas que tanto le gustaban. Ya de pequeño le encantaban los polisílabos. «Es estraurdinario», había dicho antes de los dos años al ver la fuente de Grand Army Plaza, que lanzaba chorros de agua a gran altura.

—Te quiero, chavalote —dijo Andrew.

—Ya está pedida —soltó Harry con los ojos puestos en el móvil sin dejar de tocar botones.

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3

Ruby detestaba la maldita selectividad tanto como la secundaria. Las dos cosas eran ejemplos de la insistencia patriarcal por mantener el dominio masculino y todas esas sandeces machistas. Whitman era un buen establecimiento según los estándares de Brooklyn en cuanto a centros privados: no era el mejor, pero tampoco el peor. Puede que algún alumno llegara a una de las universidades más prestigiosas, puede que no. La mayoría estudiaría en sitios como Marist, Syracuse o Purchase. Pero no ella. Ella iba a tomarse un año sabático. Era la forma fina de decirlo. Lo cierto era que no había podido acceder a ninguna de las cinco universidades a las que había presentado su solicitud, y sus madres, falsamente optimistas, estaban convencidas de que se debía a su resultado en la selectividad, no a su mala actitud, las malas notas o los trabajos sobre ser una negra judía, hija de madres lesbianas (el trabajo que todo el mundo supuso incorrectamente que iba a escribir), de modo que iba a tener que hacer otro curso de preparación aquel verano, después de su último año de secundaria. ¿Quién hacía eso? Nadie. Era una broma de mal gusto, y ella era el hazmerreír.

El móvil le vibró en la cama: «Nos vemos donde los columpios a las 10?» Dust tenía diecinueve años, un incisivo roto y llevaba la cabeza rapada. Era uno de los chicos de la iglesia, la pandilla de patinadores que se pasaban todo el día haciendo kickflips en los peldaños de la iglesia, al otro lado de Whitman. Ninguno de ellos estudiaba, hasta donde Ruby sabía, ni siquiera los que no llegaban a los dieciocho años. A veces, los guardas jurados de Whitman los echaban de allí, pero no estaban haciendo nada ilegal, por lo que no tardaban en volver. Dust era su líder. Llevaba unos vaqueros de la talla ideal: ni demasiado ajustados como para verse femeninos ni demasiado holgados como para que parecieran pertenecer al padre de alguno de ellos. Era musculoso, sin que diera la impresión de tener que esforzarse por lograrlo, como si fuera un mecánico de los años cincuenta que pasaba mucho tiempo trabajando en un taller. Todo lo que Ruby sabía sobre aquella década era lo que se veía en Grease y en Rebelde sin causa. Básicamente, que ser adolescente era lo peor para cualquiera, excepto si eras John Travolta, que tenía veintiún años, claro, y ya no contaba. Los únicos chicos de Whitman que se ponían a cantar espontáneamente eran los obsesos de los musicales, y Ruby los detestaba tanto como a los deportistas, que eran más patéticos si cabe, ya que Whitman a duras penas tenía gimnasio. También estaban los empollones, que no hacían otra cosa que estudiar para los exámenes, y los dedicados a las buenas obras, que siempre estaban intentando hacerte firmar una petición para erradicar las ballenas o salvar el ébola o lo que fuera. Los chicos de la iglesia eran realmente su única esperanza, sexualmente hablando.

«No puedo —respondió—. El club de lectura de mami está aquí. Fiesta/Mátame.»

«Tranquila», le escribió él, y después, nada más.

Llamar «mami» a su madre no era ninguna cursilada; es que tenía mami y mamá, y tenía que llamarlas de modo distinto. En cualquier caso, daba igual lo del club de lectura. Esta era solo la última excusa. No habría ido donde los columpios ni loca. Hacía tres semanas que había roto con Dust, o por lo menos eso creía ella. Tal vez no había sido lo bastante clara. Hubo aquel día en que fueron al Purity Diner, en la Séptima Avenida, al lado del colegio, y no dejó que él le pagara las patatas fritas, y después, dos días más tarde, cuando salía del colegio, Dust estaba al otro lado de la calle, en los peldaños de la iglesia, y ella fingió no verlo y se fue directamente andando al metro en lugar de permitir que él la llevara al parque, donde se habrían enrollado todo lo que se podía en público, que era mucho.

Lo que Dust tenía era que no era listo ni interesante salvo en lo que al skateboarding o al sexo oral se refería. Durante unos meses, sus dientes maltrechos, su cabeza hirsuta y su sonrisa torcida le bastaron, pero una vez se le pasaron los efectos de estos encantos, solo hablaban de American Idol (que ambos detestaban) y de la franquicia de Fast and Furious (que Ruby no había visto). El problema de las madres de Ruby era que su restaurante estaba a tres manzanas de donde vivían, y nunca sabías cuándo una de ellas iba a estar en casa. Lo que Ruby sabía con certeza era que no quería que conocieran a Dust, porque una conversación entre ellos sería como intentar hacer que un perro hablara chino. Dust no estaba hecho para los progenitores. Estaba hecho para las esquinas y para los pequeños follones, y Ruby ya pasaba de eso. Bajó de la cama al suelo y se arrastró hasta el tocadiscos. Si bien mamá no era lo que nadie consideraría genial, con sus zuecos de cocinera y su peinado de barbería, mami tenía sus momentos. El tocadiscos le había pertenecido en sus tiempos de universitaria, cuando los dinosaurios deambulaban por el planeta, pero ahora era suyo, y se había convertido en su posesión más preciada. Si Dust hubiera merecido la pena, habría conocido todos los grupos que a ella le gustaban, The Raincoats, X-Ray Spex, Bad Brains, pero él solo escuchaba dubstep, que era una de las peores atrocidades de la humanidad, desde luego.

Dispuso el montón de discos en el suelo, repartiéndolos como si fueran cartas del tarot, hasta que encontró el que estaba buscando. Lady Soul, de Aretha Franklin. Aretha nunca había tenido un fanzine y seguramente jamás se había perforado la nariz, pero era igualmente cojonuda. Puso la cara A, esperó a que empezara a sonar la música, y se echó en la alfombra mirando al techo. Desde el suelo, oía que el club de lectura empezaba a parlotear con más ánimo. Sinceramente, era como si nadie de más de treinta años se hubiera emborrachado nunca antes y que siempre lo estuviera haciendo por primera vez. Muy pronto empezarían a charlar sobre sus parejas y sus hijos, y mami susurraría cuando dijera algo, pero ella siempre la oía, siempre lo oía todo. ¿No lo pillaban los padres? Incluso cuando estaban en la otra punta de la casa, sus hijos los oían, porque tenían el oído fino de un puñetero murciélago, y no importaba que susurraran. El verano ya era un asco, y ni siquiera había empezado.

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4

Eran casi las once, y las únicas mujeres que seguían allí estaban en la cocina ayudando a Zoe a dejarlo todo en orden. Allison y Ronna acababan de llegar al barrio y deseaban información. Elizabeth había vendido a ambas el inmueble donde vivían: una encantadora casa que precisaba reformas en Westminster, entre Cortelyou y Ditmas, a Allison, y un piso en Beverly con Ocean a Ronna. Eran treintañeras, estaban casadas y no tenían hijos. ¡Pero lo estaban intentando! A las mujeres jóvenes les encantaba comentarlo, especialmente a los agentes inmobiliarios. Elizabeth había sido terapeuta, consejera matrimonial, vidente y gurú, todo ello para cerrar más rápido una venta. Había cosas que no estaba permitido comentar legalmente: la calidad de las escuelas públicas locales, la composición racial de la zona, si alguien había muerto allí o no. Lo que no impedía que la gente intentara averiguarlo. Además, estaban entusiasmadas de haberse conocido, riéndose como tontas por la búsqueda de fontaneros y empapeladores. Elizabeth les dio un beso en la mejilla y se despidió de ellas para que fueran a enseñarse mutuamente sus respectivas cocinas.

Zoe estaba de pie frente al fregadero con las manos mojadas salpicando de agua jabonosa el suelo cada pocos minutos.

—Me has mojado —se quejó Elizabeth, secándose el brazo.

—Lo siento muchísimo —dijo Zoe—. Bueno, ha estado bien. ¿Cuál dijiste que era el siguiente libro?

—¡Cumbres borrascosas! ¡Lo eligió Josephine, que no ha terminado un libro en toda su vida! Me gustaría saber si pretende limitarse a alquilar la película. De hecho, estoy segura de que esta es exactamente la razón de su propuesta. Seguramente habrá visto que HBO Go ofrece una nueva versión seriada por internet, y va a fingir haberse leído el libro. Se pasará toda la noche contando que la acción se desarrolla en una preciosa isla caribeña. —Tomó el montón de platos limpios y los guardó en el armario.

—No hace falta que me ayudes, Lizzy —aseguró Zoe.

—Venga ya. Eso es lo que dices a la gente cuando quieres que se largue.

Zoe soltó una carcajada.

—En realidad, quería hablar contigo de algo —dijo Elizabeth tras girarse y apoyarse en la encimera.

—¿Ah, sí? —Zoe se volvió hacia ella—. Yo también. Tú primero.

—Van a rodar una película sobre Lydia y necesitan los derechos. Nuestros derechos. Sobre la canción y sobre nosotros. Alguien famoso va a escribir el guion, y es alguien bueno; no recuerdo el nombre. —Elizabeth adoptó una expresión entusiasta y apretó los dientes. Tiempo atrás, antes de llegar a Brooklyn y de tener hijos, Elizabeth, Andrew y Zoe habían formado parte de una banda musical, y además de tocar en muchos antros y de grabar sus canciones en una pletina de plástico rosa, habían vendido exactamente una pieza, «Mistress of Myself», a su amiga y anterior compañera de grupo, Lydia Greenbaum, que dejó entonces la universidad, abandonó su apellido, firmó un contrato con una discográfica, publicó la canción, se hizo tan famosa que todas las chicas de St. Marks Place imitaban su peinado y su modo de vestir, grabó la banda sonora de una película experimental sobre una mujer que perdía la mano derecha en un accidente laboral en una fábrica (Desde el primer día), se afeitó la cabeza, se convirtió al budismo y se murió de repente de una sobredosis a los veintisiete años de edad, igual que Janis, Jimi y Kurt. Todos los años, el día de su fallecimiento, «Mistress of Myself» sonaba sin cesar en todas las emisoras de radio universitarias del país. Era el vigésimo aniversario, y Elizabeth había estado esperando algo. Había recibido la llamada aquella mañana. Ya se lo habían pedido antes, pero nunca lo había hecho gente con dinero de verdad.

—¿Qué? —Zoe la sujetó por los codos—. ¿Estás hablando en serio? ¿Cuánto nos pagan?

—Oh, todavía no lo sé, pero Andrew quiere negarse. Técnicamente, tenemos que firmar todos para ceder los derechos sobre nuestras vidas, y tenemos que aceptar que la canción aparezca en la película...

—Y no pueden hacer una película sobre Lydia sin la canción.

—No. Bueno, sí que podrían, pero ¿qué sentido iba a tener?

—Hummm... ¿Quién podría interpretarla? —comentó Zoe—. ¿Quién te interpretaría a ti? ¿Y a mí? ¡Oh, Dios mío! ¡Ruby, evidentemente! Oh, Dios mío, es demasiado perfecto. Me encanta. Sí, dame los formularios. Digo que sí.

—Bueno, creo que esa parte no es tan importante —indicó Elizabeth, agitando las manos en el aire—. Diré a esa mujer que te mande lo que tienes que firmar. Estoy segura de que nos convertirán en una especie de amalgama, algo así como Amigos uno, dos y tres de la universidad X. Pero Andrew jamás accederá a cederles la canción. Esto le hace recordarlo todo, ¿sabes?

Los últimos diez años, Elizabeth y Andrew habían estado componiendo discretamente canciones, solo los dos, sobre todo por las tardes en que Harry estaba en clase y ellos no tenían que trabajar. Se sentaban en dos sillas del garaje y tocaban. Elizabeth no sabía si sus nuevas canciones eran buenas, pero disfrutaba cantando con su marido, sintiendo aquella forma íntima en que sus cuerpos podían estar a cierta distancia y ser como si se estuvieran tocando. Nadie más lo sabía. Andrew así lo quería.

—Bueno, ¿y tu noticia? —preguntó—. En la encimera había la mitad de la tarta de pacanas que había llevado Josephine, que la horneaba todos los meses, a pesar de que no era la época y, por lo tanto, el club de lectura no le prestaba la menor atención. Elizabeth la picoteó con los dedos.

—Oh —soltó Zoe—. Ya v

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