El talismán albanés

Fragmento

Creditos

1.ª edición: marzo, 2017

© 2017 by Marta Huelves Molina

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-680-4

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Para Antonio, Paula y Lucía.

Mis grandes sueños.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Martius, 1460

15 años antes

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Epílogo

Promoción

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Martius, 1460

Ducado de Dukagjini. (Norte de Albania).

Un saliente de roca erosionado por el viento desafiaba las columnas pétreas del barranco, tras el cual aparecía desprovista de cualquier atisbo de crudeza la silueta de un pequeño valle. Desembocaba en un collado a cielo abierto surcado por torrenteras procedentes de las cumbres más altas, parada obligatoria para cualquier viajero. La llanura convertía en eje de comunicaciones un paso intransitable en invierno pero muy concurrido en cuanto aparecían los primeros rastros de la primavera. Las cimas de las montañas en la región norte de Albania retaban a los pobladores de generación en generación, alentando la rudeza y obligándolos a luchar contra el aislamiento. Las carretas procedentes de las aldeas cercanas a las Montañas Blancas atravesaban el desfiladero en dirección a Shkodër o a Pukë durante los cortos meses estivales para intercambiar provisiones, noticias o mujeres.

Cuando el sol de mediodía perfilaba la silueta de las nubes, una caravana compuesta por dos carromatos y tres jinetes a caballo alcanzó la explanada. Los carros de los comerciantes, con sus lonas coloreadas, ocultaban la gran variedad de mercancías que viajaban en el interior. Antes que ellos, al otro lado de la meseta, un carro tirado por un mulo moteado procedente de una aldea cercana, ocupaba un amplio espacio entre dos pinos. Ocultas bajo los pliegues de la lona de la carreta, dos jóvenes cristianas albanesas observaban con curiosidad a los recién llegados. El carro iba cargado con el trabajo del invierno: cestos trenzados, de tan bella factura que recibían encargos de todas partes de Albania, incluidos los territorios conquistados por las fuerzas del sultán. La mayoría de los viajeros buscaba refugio en lugares transitados y conocidos, el avance hacia el norte del ejército otomano los había vuelto desconfiados y en permanente estado de alerta.

Los ojos de Kimete repararon en un apuesto jinete cuya pelliza lucía un singular emblema. La espalda del hombre enmarcaba la figura de un águila de dos cabezas bordada en oro, símbolo del principado de Dukagjini. Desmontó con agilidad de un bello ejemplar zaíno y sujetó las riendas del caballo a uno de los ganchos de la carreta, retiró la capucha que le cubría el rostro y miró fijamente en dirección a Kimete. La fuerza de sus ojos acerados la atravesó antes de que pudiera esconderse.

La tarde se dejó caer lentamente, como si el sol se negara a abandonar los riscos encerados. Kimete recogió la cacerola con los restos de comida y se encaminó hacia el arroyo; los cantos puntiagudos de las márgenes crujían bajo sus desgastados zapatos. La muchacha se acercó lo suficiente a la orilla como para enjuagar la olla con el agua helada, se remangó la camisa y retiró los pliegues de la saya a fin de no mojarse. Con un puñado de grava en la mano frotó con energía; acto seguido, volvió a sumergirla en el torrente, sus manos trabajaban con presteza. Una vez limpia, el viejo recipiente de cobre batido recobró el aspecto brillante que tenía cuando salió de las manos del calderero. Rellenó la olla con un poco más de agua, suficiente para convertir el fondo en un espejo.

Reflejada en el agua, Kimete ajustó los bordes del pañuelo sobre la cara, apartó la gruesa trenza de pelo castaño hasta apoyarla en el hombro y se frotó los ojos. Una larga y espesa hilera de pestañas los enmarcaba: profundos, oscuros, brunos. Sonrió. Allí estaba, el lunar, justo en la línea inferior de las pestañas. Siempre había considerado aquel lunar como algo especial, una señal, una marca de nacimiento, un pigmento de color singular que la distinguía del resto del mundo. Aspiró despacio el aroma de los árboles del bosque cercano y paladeó la frescura del agua del arroyo. Un solo instante para soñar que algún día un hombre bueno se fijaría en el lunar, alguien importante, único. Un instante en el que dejó volar la imaginación para esconder la inseguridad de su vida.

El sonido de los cascos de un caballo al acercarse al arroyo la sobresaltó. Vació la olla de agua y se apresuró tras unos arbustos. Desde aquel escondite vio llegar al jinete de la pelliza bordada, era el hombre más atractivo que había visto en su vida. El pelo recogido bajo la nuca y las sienes afeitadas recordaban a los soldados que cruzaban la aldea de su infancia. El hombre caminaba despacio, distraído. Con soltura se deshizo de las riendas del caballo mientras el animal abrevaba en el riachuelo. Más de cerca, Kimete confirmó la primera impresión; no se había equivocado, el hombre tenía unos increíbles ojos grises, tan oscuros como la profundidad del bosque, delineados en un rostro de facciones perfectas. El jinete paseaba confiado; la bolsa de cuero color púrpura, colgada del cinturón, se balanceaba sobre las caderas. En apenas dos zancadas alcanzó los arbustos donde Kimete permanecía escondida.

—No te escondas, no voy a hacerte daño, solo he venido a estirar las piernas y a dejar que el caballo beba —dijo exhibiendo una encantadora sonrisa.

Kimete asomó ruborizada de los arbustos con la olla entre las manos. No estaba acostumbrada a hablar con desconocidos.

—¿Viajas en la carreta? —preguntó él mientras se acercaba.

—Sí —balbuceó.

—Me llamo Ismaíl, viajo con una familia de comerciantes. Nos dirigimos a Shkodër para la feria de primavera.

—Nosotros también —respondió Kimete. El tono de voz del desconocido era muy amable, no parecía peligroso—. Mi hermana y yo confeccionamos cestos, tenemos muchos encargos.

—Bonito lunar.

La observación del extraño la dejó paralizada. El caballo relinchó juguetón sobre el agua pero Ismaíl no prestó atención, concentrado en los ojos de Kimete. Ella sintió la incomodidad de sus mejillas ruborizadas y un extraño calor en el pecho. Con disimulo deslizó entre los dedos la cadena colgada del cuello hasta alcanzar el medallón; por una cara la imagen de la Virgen y en el reverso la figura del Grifo: mitad águila mitad león. Lucía como una pieza antigua, de oro quizá, una pequeña joya grabada por ambas caras. El medallón desprendía un intenso calor. Kimete notó un leve mareo, un cosquilleo en el estómago y se puso a temblar.

En aquel momento tuvo la certeza de dos cosas: podía enamorarse y aquel hombre que sonreía frente a ella iba a morir.

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15 años antes

Martius, 1445

Ducado de Dukagjini.

Demasiadas veces los sueños se perdían entre los magníficos farallones del Maja Jezercë, la cresta del lago, culpables de convertir aquellas tierras en un territorio inhóspito y hostil. El majestuoso muro formado por las Montañas Blancas, barrera natural para los clanes cristianos frente a los intentos de invasión del sultán Mehmet II, había reforzado el aislamiento cultural de sus habitantes, atrapados entre la miseria y el miedo. Los clanes constituían el último bastión de los cruzados contra el califato Osmanlí, la frontera que abría la puerta de Europa. La resistencia al avance del islam se había organizado en torno al liderazgo de un hombre poco corriente: el príncipe Kastrioti. La unión de los príncipes mediante un juramento de lealtad detuvo por un tiempo el avance otomano, pero la conquista de Albania se había convertido en una de las prioridades del sultán.

Las cuevas y grutas horadadas en las entrañas de la cordillera sirvieron de refugio a los albaneses durante muchos años. Las oscuras profundidades de sus grietas ocultaban episodios oscuros, relatos de odio, amor y venganza, susurrados de boca en boca durante generaciones, a medio camino entre la verdad y la leyenda.

Una de ellas cuenta que Ermal era el nombre de uno de los príncipes que juraron fidelidad a Kastrioti. Un hombre de complexión fuerte al que le faltaban tres dedos de la mano derecha: el mordisco de un perro rabioso se los había arrancado de cuajo. Casi siempre lucía una amplia sonrisa, fruto del matrimonio con la mujer de la que estaba enamorado desde la juventud: la bella princesa Ania. Pero los acontecimientos acaecidos con la llegada de Kastrioti cambiaron su vida para siempre.

Durante los últimos coletazos del invierno, el príncipe Ermal inspeccionaba los trabajos de refuerzo de la torre de la fortaleza. Kastrioti había ordenado la construcción de nuevas traídas de agua para aquellos recintos susceptibles de ser asediados por los otomanos. Cuadrillas de hombres construían laberintos de fosas y galerías a fin de guiar las canalizaciones de agua hasta el castillo. La mayoría prisioneros o esclavos, obligados a guardar silencio, de forma que nadie descubriera el canal de entrada del preciado líquido en el castillo.

Ermal había pasado una mala noche. Los abrazos de Ania no habían hecho sino empeorar su inquietud. El príncipe Kastrioti reclamaba ayuda inmediata, lo que suponía abandonar todo cuanto poseía, sus tierras y el amor de su mujer, para dejarlos en manos de su hermano, por quien sentía un profundo y ciego odio. Las disputas entre ambos eran conocidas y temidas en el castillo, sobre todo a raíz de su boda con Ania, los dos habían sido pretendientes de la princesa. No podía soportar la idea de dejarla sola con él. Los celos crecían alimentados cada día por su actitud irreverente, disfrutaba al recordarle a todas horas su pronta partida.

Días antes de la marcha de las huestes del príncipe, a la caída de la tarde, el castillo parecía un hormiguero de hombres, caballos y carretas, concentrados en apuntalar las murallas. Las obras de refuerzo debían concluir antes de la marcha del príncipe. A lomos del caballo, Ermal simulaba comprobar el progreso de las obras, afectado por una honda preocupación. Incapaz de concentrase en sus obligaciones, decidió compartir sus temores con la única persona capaz de encontrar un remedio para sus infundados celos: Leonora, el aya de Ania. No la había vuelto a ver desde que regresó del encuentro con Kastrioti. Necesitaba el consejo de la anciana por quien Ania sentía verdadera devoción.

—Avisad a Leonora —ordenó a uno de los soldados—. Decidle que la espero en la capilla, es urgente.

La gruesa tela de la falda de la mujer rozaba el suelo de adoquines al entrar en la iglesia del castillo, como un suave cosquilleo. Leonora, la preceptora de la princesa, se cubría con una capa de color añil, en cuyos pliegues destacaba la figura de un Grifo bordado en oro. Decían de ella que era la mujer más culta del condado de Shkodër. Admirada y temida, sobre todo por las mujeres, dudaban de su fe cristiana porque sabían la debilidad que sentía por los ritos paganos.

—Tenéis la mirada ensombrecida, mi señor —apuntó sin mirarlo.

Ermal observó que no se había persignado al entrar en suelo sagrado.

—Leonora, tengo algo que pedirte, un favor especial y privado.

—Contáis con mi discreción, ya lo sabéis—. La mujer apartó la capa y se sentó en el banco de piedra, junto a Ermal.

—Dentro de pocos días tendré que ausentarme —explicó incómodo—, y no sé por cuánto tiempo. Me preocupa la seguridad de la princesa.

—No debéis preocuparos por eso, mi señor, Ania es una mujer resuelta, sabrá apañárselas—. Las arrugas se arremolinaron en el contorno de los diminutos ojos de la anciana.

En sus palabras Ermal creyó entrever un atisbo de sarcasmo.

—Ania es muy capaz de vivir sin mí, por supuesto —exclamó azorado—. Lo que no soporto es la idea de una traición.

—¿Traición? No os entiendo.

—En mi ausencia, mi hermano quedará a cargo de estas tierras. Ania y él estarán solos en la fortaleza durante Dios sabe cuánto tiempo. No puedo servir al Altísimo si no estoy seguro de la fidelidad de los míos.

—¿Dudáis de Ania? No puedo creerlo—. La mujer se sintió ofendida.

—Entiéndeme, aya —suplicó—. Necesito tener la certeza de que me es fiel. Todo el mundo sabe que guardas los antiguos ritos. —El príncipe hablaba en susurros—. Los dioses de las montañas y del cielo son dioses poderosos. El Grifo que luces en la capa es una buena prueba de ello, parece algo más que un bonito bordado.

—Debisteis hacerme caso, mi señor, y esperar a tener un heredero.

—Eso no es posible. Kastrioti necesita refuerzos en la fortaleza de Shkodër, he de partir en un par de días.

—¿Dos días? Es muy poco tiempo. —Leonora miró en dirección a la cruz de madera suspendida en el muro de piedra—. Debo advertiros que es peligroso, mi señor, los dioses antiguos tienen sus propias leyes.

—Correré el riesgo, mujer, dispones de dos días.

Nadie vio salir a Leonora de la fortaleza ni recorrer el polvoriento camino en dirección al bosque hasta alcanzar el sendero de las cumbres. Nadie la vio entrar en el antiguo santuario horadado en una grieta de la montaña. Ningún hombre, genio o animal podía señalarla, solo ella era dueña del destino.

Dos días después, las huestes del príncipe esperaban con impaciencia la orden de Ermal para ponerse en marcha. Los llantos de las mujeres y los gritos de despedida se mezclaban con el sonido de las carretas y los caballos. En el patio de armas aguardaban en inquieta formación el séquito del príncipe y sus estandartes, caballeros, ballesteros, campesinos armados y mercenarios a caballo. Todos pendientes de Ania. La princesa había elegido el color rojo para su vestido, favorito de Ermal, y perfumado su cuello con el delicado aroma de las camelias. Con paso firme, adelantó a la comitiva y besó la cruz del estandarte. Ania no podía contener la emoción ni la pena, pero en ningún momento dejó que asomaran a sus labios sonrientes. Ermal la besó largamente, prolongando el instante de abandonarla. Todos fueron testigos del amor de los príncipes, todos, incluido el hermano de Ermal oculto tras una saetera de la torre.

La comitiva se puso en marcha y la silueta de Ermal pronto desapareció de los ojos de Ania, quien le vio atravesar la puerta con el brazo en alto, a modo de despedida. Junto a la pared de la barbacana, Leonora aguardaba la partida de Ermal.

—Mi señor. —La voz de la tutora de Ania reclamó la atención del príncipe—. Tomad, mantenedlo siempre cerca. Si llega el momento os avisará de la traición, pero tened cuidado, este medallón puede destruiros; pensad siempre antes de actuar.

Ermal sostuvo entre los dedos una cadena de la que pendía un extraño medallón. Emanaba un brillo singular, conseguido con una aleación de oro y cobre. Tallado en bajorrelieve, por un lado la imagen de la Virgen y en el reverso la figura del Grifo: mitad águila mitad león. El príncipe lanzó una última mirada a la fortaleza y se lo colgó del cuello.

Las escaramuzas de las fuerzas cristianas para contener la ofensiva de Mehmet II dieron pronto resultado. El asedio a las defensas y castillos se sucedía en un intento de los otomanos por avanzar en la conquista del norte de Albania. Pero los resultados no fueron los esperados para los musulmanes: en el interior de las fortalezas los albaneses demostraron ser un rival bien organizado. La primavera y el verano pasaron rápidos para Ermal, quien acusó la crudeza del invierno y la larga ausencia de sus tierras. La separación de su amada pesaba en el ánimo del príncipe, ignorante del calvario que Ania soportaba en la fortaleza con la única esperanza de volver a verlo.

El hermano del Ermal no tardó en mostrar su verdadero rostro. El mismo día en que el príncipe abandonó el castillo ocupó sus aposentos, confinó a Ania en una pequeña estancia cerca de las cocinas y la forzó aquella misma noche. La princesa soportó continuas vejaciones una vez producido el embarazo, asistida únicamente por Leonora, con la firme decisión de sobrevivir hasta el regreso de Ermal. Cumplido el tiempo, en la oscuridad de la pequeña habitación, se produjo el parto; la princesa dio a luz a una niña. Cuando el bebé emitió el primer llanto, Ermal sintió un extraño calor procedente del medallón colgado del cuello. El medallón ardía sobre la piel, como una señal. Entonces supo que se había producido la traición. Un intenso dolor se apoderó de su ánimo y, muerto de celos, decidió regresar.

La noticia de la llegada del príncipe Ermal corrió de boca en boca por las aldeas cercanas hasta alcanzar el castillo. El hermano intentó huir con un puñado de hombres pero fue interceptado por la guardia de las murallas. Reunidos en el patio de armas, los aldeanos se mezclaban con los moradores de la fortaleza, incluidas Ania y Leonora, a la espera de la inminente llegada. Ermal apareció montado sobre un imponente ejemplar dorado mientras los ojos de Ania se arrasaban de lágrimas. Cabalgó al galope hacia ella sin detener la fuerza del caballo y desenvainó la espada. Los gritos de terror y desconcierto se propagaron por la fortaleza, incapaces de detener la poderosa descarga de la espada del príncipe sobre su esposa.

Hombres, mujeres, animales, todos enmudecieron, ni tan siquiera el viento osó hacer ondear las banderas. En medio de la plaza el cuerpo sin vida de Ania yacía a los pies de Ermal convulsionado por el llanto.

—¡Mi señor! —exclamó Leonora alzando los brazos—. ¿Qué habéis hecho? —El eco del lamento quedó suspendido en el cielo mientras un grupo de mujeres trataban de sujetar al aya para impedir que se acercara al cadáver.

Los ojos del príncipe la miraron sin reconocerla.

—Os lo advertí —gritó con voz desgarrada—. Os destruirá. Habéis sacrificado a la víctima, a la que siempre fue inocente. —La mujer cayó deshecha en lágrimas sobre el cuerpo de Ania—. La cu

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