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Dedicatoria
Para mi amigo el profesor
Nazache’e Noumbissi
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Aquella noche, Silverio San Juan se había bebido ya tres vermús mientras escuchaba, apoyado en el mostrador de zinc de Casa Camacho, a Valentín, un albañil con barba y viejo amigo de la infancia, narrarle sus aventuras con las mujeres. Le contaba algo acerca de una chica que había conocido recientemente. Una de esas que trabajaba en la Junta de Distrito como profesora de cerámica, le parecía a él, enseñando a las amas de casa y a los jubilados a fabricar vasos y platos. La chica le había contratado para una chapuza (alicatar el cuarto de baño) y al abrirle la puerta había aparecido en bragas.
Silverio le había preguntado si eran bragas de verdad o pantaloncitos cortos de esos que suelen ponerse en casa algunas mujeres para estar cómodas. Valentín no estaba seguro, pero de todas maneras eso le había impresionado y tenía intención de averiguar si lo de las bragas, o el pantaloncito corto, era una insinuación o una cuestión de carácter.
—Tienes que tener cuidado con eso —añadió Silverio—. Una agresión sexual te puede costar cara. Ándate con tiento, Valentín. Se ponen a gritar y la has jodido.
—No, hombre, claro que no. De agresión nada. Mira, he pensado empezar por darle conversación, ¿entiendes? Para tantear el terreno... Le digo si le gusta tal o cual película y de ahí puedo seguir con escenas fuertes, ¿lo pillas?
—¿Y qué película vas a elegir?
—¿Cuál película? Bueno, cualquiera del cine español. En todas salen tías y tíos en pelotas enseñándolo todo. Sexo explícito, se llama, lo he leído en alguna parte. Yo creo que eso se debe a que ya no se folla como antes.
—¿Quién?
—¿A qué te refieres?
—¿Que quién no folla como antes?
—¿Que quién no folla? Joder, pues la gente, el personal, sobre todo los jóvenes. Pasan de eso, les va más el blablablá..., ¿entiendes? Las tías andan salidas, no hay más que verlas. Y el asunto se debe a que sus maridos y sus novios pasan de ellas. Te digo yo que ya no se folla como antes.
—¿En serio? ¿Quieres decir que antes se follaba más? ¿Qué quieres decir con eso de antes?
—¿Que qué quiero decir? Joder, Silverio, tío, antes quiere decir antes. Está muy claro. Por ejemplo, tú y yo, sin ir más lejos. ¿Es que no follábamos más cuando éramos chavales? Vamos, no jodas, Malasaña entonces era la leche, ¿es que no te acuerdas? Las tías se te tiraban encima y nosotros íbamos a lo que íbamos. Todos esos bares nocturnos abiertos la noche entera, todo ese cachondeo.
—Ahora es parecido, ¿no? Quiero decir, también hay discotecas y bares nocturnos, ¿no? Incluso yo creo que ahora hay más.
—Pero son diferentes, Silverio. El personal va a los bares a otra cosa, a jugar, por ejemplo, ¿es que no te has fijado? Fíjate en La Manuela, se llena de jóvenes que se ponen a jugar a eso que llaman juegos reunidos. Se sientan cuatro o cinco, piden refrescos y toda la noche juega que te juega. Pregúntaselo a Jesús, anda, verás lo que te dice. La bohemia ha muerto. Nosotros somos los penúltimos.
Silverio desconectó. La mayoría de sus antiguos amigos del barrio, gran parte de ellos convertidos en albañiles, fontaneros y electricistas, opinaban que Malasaña ya no era lo que era antes, veinte años atrás, cuando ellos tenían catorce o quince años. Quizá tenían razón, aunque él no estaba seguro. En aquellos años era corriente contemplar a los que ellos pensaban que eran la bohemia, la gente de la movida, pulular por el barrio. Suponían que todo ese personal eran escritores, poetas, pintores, músicos y gente del teatro y del cine que abarrotaban los bares hasta altas horas de la madrugada charlando y bebiendo. Ahora el barrio se había llenado de boutiques finas, restaurantes posmodernos, peluquerías unisex y empresas de diseño. Habían rehabilitado los pisos viejos, y un cuchitril de menos de cincuenta metros costaba más de trescientos mil euros.
Bueno, todo cambiaba, sí. ¿Para qué preocuparse de eso? Precisamente ahora, Valentín le estaba contando lo que le había pasado a un colega que instaló un calentador en un piso ocupado por chicas. Aquello había sido la caraba, vamos, el desmadre.
Casa Camacho era un bar alargado, de poca capacidad, que solía llenarse de vecinos del barrio. Allí las cervezas y el vermú eran más baratos y mejores que en ningún otro sitio. Las paredes estaban recubiertas de azulejos, el mostrador era de zinc y todavía conservaba las antiguas tinajas del vino a granel junto a aquellos simpáticos cartelitos del estilo de «Hoy no se fía, mañana sí» o «Bebe para olvidar, pero no te olvides de pagar».
Silverio vio en el otro extremo del mostrador, cerca de Ángel, uno de los dueños del bar, a un sujeto que había cruzado la mirada con la suya un par de veces. Nada importante, a su juicio, esas cosas pasaban. Se fijó: un hombre con gabardina, gordo y ancho de hombros con la parte superior de la cabeza completamente sin pelo.
Otra vez lo volvió a mirar. Y parecía sonreírle. Caramba.
Silverio lo observó de espaldas y luego de perfil. Gastaba un bigotito fino, anticuado, como trazado por un tiralíneas, y un flequillo que le caía sobre la frente, dándole un extraño aspecto juvenil. Y era cliente. Lo había observado hablar con Ángel.
Pero no estaba seguro. Se fijó un poco más. Un hombre en la cincuentena, quizá con algunos años más. Con el cabello formándole una circunferencia que le rodeaba la coronilla y esa mierda de flequillo. Un tipo gordo, pero fuerte, de movimientos pausados y tranquilos con aspecto de niño travieso.
Un madero, dedujo.
Decidió que el asunto ese de ver maderos por todas partes pertenecía al pasado. Tenía que dejar eso de una vez. Aunque él creía poseer una especie de sexto sentido (o algo parecido) que le hacía detectar en la gente sus verdaderas intenciones, los cambios de humor y las mentiras. O, al menos, que era capaz de adelantarse a sus propósitos. Eso creía.
Ahora el tipo se había vuelto hacia él con un vaso de vermú en la mano y lo miraba sin ningún recato. No parecía uno de esos tíos dedicados a buscar pareja en los bares. Y aunque lo fuera, jamás se le hubiese pasado por la cabeza que lo eligiera a él. Pero le estaba sonriendo, sí, no cabía ninguna duda. Y levantaba el vaso de vermú, brindando. Silverio no se dio por aludido.
Lo vio separarse del mostrador e instintivamente dejó su vaso y colocó las manos a la altura del pecho. Pero el tipo le sonreía, nada más que eso. Un hombre amigable en un bar a las diez y media de la noche de un día cualquiera.
Valentín no se había dado cuenta de nada, continuaba describiendo lo que eran capaces de hacer dos mujeres jóvenes con un pobre electricista de barrio.
El tipo se volvió hacia Ángel y le dijo:
—Cóbrate.
Silverio lo vio pagar, recoger el cambio y dirigirse a la puerta. Antes de salir le hizo un gesto de saludo con la cabeza. Valentín le preguntó:
—¿Quién es ese menda? ¿Lo conoces? —Silverio negó con un movimiento de cabeza—. Parece un tío raro, ¿no? ¿Te has fijado?
—Claro que me he fijado, pero no lo conozco.
—Desde luego no es del barrio.
«Vaya», pensó Silverio.
A veces, las madrugadas de Malasaña poseen una extraña calidad de silencio, como si el mundo se hubiese detenido y empezara todo de nuevo. Ese fenómeno suele ocurrir un poco antes de que salga el sol, cuando los borrachos y los alborotadores dejan de molestar, aún no hay tráfico y el aire parece fresco y prometedor. Ese es un momento tranquilo y pausado, si no te has emborrachado, ni tienes una desgracia o una inquietud importante, perfecto para permanecer en silencio con alguien que merezca la pena.
Precisamente, y no lejos de Casa Camacho, Juanita San Juan, con un pitillo entre los labios, y su viejo amigo Antonio Carpintero, también llamado Toni Romano, llevaban un buen rato sin hablar sentados en el escalón de un portal frente al bar nocturno Las Burbujas de Oro, que se encontraba al comienzo de la calle Molinos de Viento.
Habían dejado abierta la puerta del bar para que se aireara y contemplaban las luces de neón, los circulitos amarillos de las burbujas en forma de corazón que surgían de la botella de champán, y las palabras «Las Burbujas de Oro» en semicírculo y las otras palabras, las más pequeñas de color blanco sobre la puerta: «Bar Nocturno». Todo eso había estado allí desde antes de que Juanita San Juan lo arrendara, treinta y cinco años atrás.
Juanita y Toni tenían parecida edad. Ambos habían pasado de la cincuentena y lo sabían y no trataban de disimular los años. Juanita tenía el rostro triangular, de pómulos marcados y los ojos grandes y reidores. Llevaba su consabida minifalda recogida en la entrepierna, que mostraba sus anchos y fuertes muslos de antigua bailarina. Toni, pausado y tranquilo, aún sin barriga y con casi todo su cabello, vestía su viejo traje, que solía ponerse sin corbata.
Juanita le dijo:
—¿Sabes? Me gusta sentarme aquí y contemplar la puerta. Antes, al principio de arrendarlo, me tiraba horas y horas mirándola. Pensaba que por fin tenía algo mío, que dejaría de dar tumbos por ahí. Ya ves qué tonta soy.
Toni no contestó. No había nada que añadir. Juanita se apretó a Toni. Empezaba a hacer fresco en la calle.
Catalina la Grande se asomó a la puerta del bar y dijo:
—Vaya, estáis ahí. ¿Qué hacéis?
Catalina, la socia y amiga íntima de Juanita, medía más de metro ochenta, era caderona y pesaba noventa kilos, aunque no parecía gorda. También llevaba minifalda y zapatos de tacón. Se acercó a ellos y añadió:
—Venga, dejadme sitio.
Se acomodó al lado de Toni y le pasó el brazo por los hombros.
—Visto desde aquí es precioso, ¿verdad? —Movió la cabeza—. Parece otra cosa.
—Es un buen bar —dijo Juanita—. Siempre lo ha sido.
Catalina la Grande emitió un largo suspiro. Luego, los tres continuaron otra vez en silencio, escuchando el chisporroteo del neón y observando la multitud de libélulas, mariposas y mosquitos que zumbaban alrededor de las luces. Pasaron a su lado varias parejas de jóvenes hablando muy alto. Una chica soltó una risa y se alejó calle abajo, hasta perderse en la plaza de Carlos Cambronero.
Las dos muchachas chinas salieron del local con sus macutos sobre la espalda, disfrazadas de escolares, y agitaron las manos en dirección a ellos tres. Eran hermanas, menudas y pequeñas, de rostros redondos muy blancos.
—Adiós, chicas, hasta mañana —se despidió Juanita San Juan.
—¡Mañana, mañana! —exclamaron.
—¿Cuánta caja hemos hecho hoy, Catalina?
La aludida se estremeció por el frío.
—¿Caja? —respondió—. Vaya manera de hablar que tienes tú, Juanita, hija. Seis cervezas y tres cubatas. ¿Eso es hacer caja?
—¿Les has dado su parte a las chinas?
—Sí.
Las dos se quedaron unos instantes más en silencio.
—Añade los dos gin-tonic de este tonto de Toni —le empujó—. Ha insistido en pagar, el muy bobo.
Juanita lo miró.
—Bueno —dijo Juanita al fin, arrojando la colilla al suelo y aplastándola con su zapato de alto tacón—, se acabó... Vamos, pon el cartel, Catalina, ¿quieres?
Catalina la Grande desapareció en el interior del local; mientras, Juanita se cruzaba de brazos. Las luces de neón se apagaron y Catalina salió con un cartel que comenzó a atar a la verja de la ventana.
El cartel ponía: «Se vende o se traspasa este local» y, abajo, un número de teléfono. Toni se puso en pie.
—¿No quieres quedarte? —le preguntó Juanita.
Toni negó con un movimiento de cabeza.
—Mañana tengo follón.
—¿Lo de la Asociación de Cazadores?
—Sí, esa mierda. Huele mal desde cualquier lado que lo mires.
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Al oír los golpes en la puerta, Zacarías Ngoro, también llamado Zaki, se incorporó en el sofá del salón-cocina-comedor, y se puso en pie de un salto. Prestó atención, los golpes no eran de alguien tímido. Eran perentorios, fuertes, propios de un hombre acostumbrado a no encontrar puertas cerradas en su camino.
Vivía en un minúsculo pisito de treinta y cinco metros cuadrados, un bajo interior de la calle Tres Peces, en Lavapiés, junto a otros cinco paisanos que en esos momentos dormían sobre dos colchones, desparramados en la habitación. Zaki consultó su reloj de pulsera; las cinco de la madrugada. Tomó su garrote, un bate de béisbol con la empuñadura cubierta con cinta adhesiva y esparadrapo, se lo escondió tras la espalda y abrió la puerta en calzoncillos y camiseta.
No se lo esperaba. Allí estaba el Gran Padre Marabú, Izam Ben Abdelraman Abdalá Zarkawi en persona. También lo conocía como coronel Robert Pierre Jardím. Hacía tres años que no sabía nada de él.
Había sido su jefe militar.
Su imponente figura se recortaba en la puerta y, aunque no vestía las ropas talares de su condición, ni el uniforme militar que solía usar en campaña, Zaki permaneció unos instantes pasmado, incapaz de reaccionar. El coronel llevaba un traje de tubab de gran calidad y prestancia y Zaki arrojó lejos el bate de béisbol y cayó de rodillas, exclamando:
—¡Gran Marabú, mi coronel!
Zaki trabajaba seis noches a la semana como vigilante nocturno en los almacenes de ropa y bisutería propiedad de una familia china, los Thao Lao Khi, cuyo almacén principal se encontraba en la calle Magdalena, no lejos de allí. Eso quería decir que dormía de día y trabajaba de noche. Pero ese día era su día libre, y aprovechaba para dormir.
Su coronel, el mismo Gran Marabú en persona, se dignaba visitar su casa. Zaki no se atrevió siquiera a levantar la mirada. No había s
