1.ª edición: mayo, 2017
© Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich
© Ediciones B, S. A., 2017
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-772-6
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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
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Contenido
Portadilla
Créditos
PERSONAJES
ACTO PRIMERO
CUADRO SEGUNDO
ACTO SEGUNDO
CUADRO SEGUNDO
ACTO TERCERO
CUADRO SEGUNDO
POETA EN NUEVA YORK
Comentario
I. Poemas de la soledad en Columbia University
VUELTA DE PASEO
1910
FABULA Y RUEDA DE LOS TRES AMIGOS
TU INFANCIA EN MENTON
II. Los negros
NORMA Y PARAÍSO DE LOS NEGROS
EL REY DE HARLEM
IGLESIA ABANDONADA
III. Calles y sueños
DANZA DE LA MUERTE
PAISAJE DE LA MULTITUD QUE VOMITA
PAISAJE DE LA MULTITUD QUE ORINA
ASESINATO
NAVIDAD EN EL HUDSON
CIUDAD SIN SUEÑO
PANORAMA CIEGO DE NUEVA YORK
NACIMIENTO DE CRISTO
LA AURORA
IV. Poemas del lago Eden Mills
POEMA DOBLE DEL LAGO EDEN
CIELO VIVO
V. En la cabaña del farmer
EL NIÑO STANTON
VACA
NIÑA AHOGADA EN EL POZO
VI. Introducción a la muerte
MUERTE
NOCTURNO DEL HUECO
PAISAJE CON DOS TUMBAS Y UN PERRO ASIRIO
RUINA
LUNA Y PANORAMA DE LOS INSECTOS
VII. Vuelta a la ciudad
NEW YORK
CEMENTERIO JUDÍO
VIII. Dos odas
GRITO HACIA ROMA
ODA A WALT WHITMAN
IX. Huida de Nueva York
PEQUEÑO VALS VIENÉS
VALS EN LAS RAMAS
X. El poeta llega a La Habana
SON DE NEGROS EN CUBA
Addenda a Poeta en Nueva York
CRUCIFIXIÓN
PEQUEÑO POEMA INFINITO
Ilustraciones del autor
PERSONAJES
Yerma: hembra
María: cuñada 1.ª
Vieja pagana: cuñada 2.ª
Dolores: mujer 1.ª
Lavandera 5.ª : mujer 2.ª
Lavandera 6.ª : niño
Lavandera 1.ª : Juan
Lavandera 2.ª : Víctor
Lavandera 3.ª : macho
Lavandera 4.ª : hombre 1.º
Muchacha 1.ª : hombre 2.º
Muchacha 2.ª : hombre 3.º
ACTO PRIMERO
CUADRO PRIMERO
Al levantarse el telón está YERMA dormida con un tabanque de costura a los pies. La escena tiene una extraña luz de sueño. Un pastor sale de puntillas, mirando fijamente a YERMA. Lleva de la mano a un niño vestido de blanco. Suena el reloj. Cuando sale el pastor la luz se cambia por una alegre luz de mañana de primavera. YERMA se despierta.
Canto
Voz. (Dentro.)
A la nana, nana, nana,
a la nanita le haremos
una chocita en el campo
y en ella nos meteremos.
YERMA. Juan, ¿me oyes?, Juan.
JUAN. Voy.
YERMA. Ya es la hora.
JUAN. ¿Pasaron las yuntas?
YERMA. Ya pasaron.
JUAN. Hasta luego. (Va a salir.)
YERMA. ¿No tomas un vaso de leche?
JUAN. ¿Para qué?
YERMA. Trabajas mucho y no tienes tú cuerpo para resistir los trabajos.
JUAN. Cuando los hombres se quedan enjutos se ponen fuertes como el acero.
YERMA. Pero tú no. Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca, como si no te diera en ella el sol. A mí me gustaría que fueras al río y nadaras y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados, y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.
JUAN. ¿Has acabado?
YERMA. (Levantándose.) No lo tomes a mal. Si yo estuviera enferma, me gustaría que tú me cuidases. «Mi mujer está enferma. Voy a matar este cordero para hacerle un buen guiso de carne.» «Mi mujer está enferma. Voy a guardar esta enjundia de gallina para aliviar su pecho, voy a llevarle esta piel de oveja para guardar sus pies de la nieve.» Así soy yo. Por eso te cuido.
JUAN. Y yo te lo agradezco.
YERMA. Pero no te dejas cuidar.
JUAN. Es que no tengo nada. Todas esas cosas son suposiciones tuyas. Trabajo mucho. Cada año seré más viejo.
YERMA. Cada año... Tú y yo seguimos aquí cada año...
JUAN. (Sonriente.) Naturalmente. Y bien sosegados. Las cosas de la labor van bien, no tenemos hijos que gasten.
YERMA. No tenemos hijos... ¡Juan!
JUAN. Dime.
YERMA. ¿Es que yo no te quiero a ti?
JUAN. Me quieres.
YERMA. Yo conozco muchachas que han temblado y que lloraban antes de entrar en la cama con sus maridos. ¿Lloré yo la primera vez que me acosté contigo? ¿No cantaba al levantar los embozos de holanda? ¿Y no te dije: «¡Cómo huelen a manzanas estas ropas!»?
JUAN. ¡Eso dijiste!
YERMA. Mi madre lloró porque no sentí separarme de ella. ¡Y era verdad! Nadie se casó con más alegría. Y sin embargo...
JUAN. Calla. Demasiado trabajo tengo yo con oír en todo momento...
YERMA. No. No me repitas lo que dicen. Yo veo por mis ojos que eso no puede ser... A fuerza de caer la lluvia sobre las piedras, éstas se ablandan y hacen crecer jaramagos, que las gentes dicen que no sirvo para nada. «Los jaramagos no sirven para nada», pero yo bien los veo mover sus flores amarillas en el aire.
JUAN. ¡Hay que esperar!
YERMA. Sí; queriendo. (YERMA abraza y besa al marido, tomando ella la iniciativa.)
JUAN. Si necesitas algo, me lo dices y lo traeré. Ya sabes que no me gusta que salgas.
YERMA. Nunca salgo.
JUAN. Estás mejor aquí.
YERMA. Sí.
JUAN. La calle es para la gente desocupada.
YERMA. (Sombría.) Claro.
(El marido sale y YERMA se dirige a la costura, se pasa la mano por el vientre, alza los brazos en un hermoso bostezo y se sienta a coser.)
¿De dónde vienes, amor, mi niño?
De la cresta del duro frío.
¿Qué necesitas, amor, mi niño?
La tibia tela de tu vestido.
(Enhebra la aguja.)
¡Que se agiten las ramas al sol
y salten las fuentes alrededor!
(Como si hablara con un niño.)
En el patio ladra el perro,
en los árboles canta el viento.
Los bueyes mugen al boyero
y la luna me riza los cabellos.
¿Qué pides, niño, desde tan lejos?
(Pausa.)
Los blancos montes que hay en tu pecho.
¡Que se agiten las ramas al sol
y salten las fuentes alrededor!
(Cosiendo.)
Te diré, niño mío, que sí,
tronchada y rota soy para ti.
¡Cómo me duele esta cintura
donde tendrás primera cuna!
¿Cuándo, mi niño, vas a venir?
(Pausa.)
Cuando tu carne huela a jazmín.
¡Que se agiten las ramas al sol
y salten las fuentes alrededor!
(YERMA queda cantando. Por la puerta entra María, que viene con un lío de ropa.)
¿De dónde vienes?
MARÍA. De la tienda.
YERMA. ¿De la tienda tan temprano?
MARÍA. Por mi gusto hubiera
