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Dedicatoria
Breve razón de una obra
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LIBRO I: EL VIEJO MUNDO. 1541-1546
1. Argel. 1541
2. Boda del príncipe Felipe. 1543
3. Adiós a Toledo. 1544
4. El Guadalquivir. 1545
5. El Océano
LIBRO II: NUEVA ESPAÑA. 1545-1558
Nuevo Año de Ce Acatl
1. Veracruz. 1545
2. México. 1546
3. La minería
4. El taller de música. 1547
5. Nueva Galicia. 1550
6. La universidad. 1551
7. Hacienda Las Moreras
8. Yucatán. 1558
9. La compasión. 1558
LIBRO III: LA CIUDAD IDEAL. 1558-1566
1. Boda en la hacienda. 1558
2. Exploración de Poniente. 1563
3. La crónica
4. El Tornaviaje
5. La rebelión. 1566
6. Los piratas. 1568
LIBRO IV: LÁGRIMAS DE TLALOC. 1570-1578
1. Oportunidad perdida. 1570
2. Matlazahuatl. 1578
Epílogo
Bibliografía
Dramatis personae. Personajes históricos
Personajes de ficción
Breve diccionario
Diccionario náhuatl
Deidades aztecas y mayas
Notas
Notas históricas
Dedicatoria
A mi marido Carlos, que siempre pensó en su profesión
como servicio a España.
A mi hija Alejandra, la estupenda fotógrafa, gracias.
A mi hija Pilar, que posó para encarnar a Micaela
mientras Carlota y Juan Francesco crecían en su seno.
Al admirado y llorado Gonzalo Anes,
marqués de Castrillón, que me incitó a zambullirme
en esa época y ese lugar, gracias.
A todos los hombres y mujeres que decidieron hacer el bien.
«Basta con que los buenos no hagan nada,
para que triunfe el mal.»
Breve razón de una obra
Breve razón de una obra
Toda vez que me asomo a la historia de España y América, América y España, siento un profundo asombro y muchas veces una sincera admiración hacia esos personajes que construyeron imperios, realizaron descubrimientos asombrosos y llevaron una religión de amor —y que deseaban fuera de igualdad— a los confines de la tierra.
Ultramar se desarrolla en Nueva España, donde unos hombres portentosos fueron capaces de las mayores hazañas. No a todos los que allí marcharon les movía la caridad cristiana. Algunos partieron espoleados por la ambición. Legítima en unos, abusiva y deshonesta en otros.
Mi amor por América me ha llevado a recorrerla casi en su totalidad, alguna vez sola, muchas acompañada por mi marido Carlos. Su magia siempre me embrujó. He de confesar que la emoción que me produce estar en suelo mexicano me inquieta. Es como si en una vida anterior hubiera conocido aquellas gentes, paseado por sus campos, oteado sus cerros y navegado por sus límpidas aguas. O tal vez simplemente me deslumbra la belleza de su naturaleza y la que sus habitantes han creado a través de los siglos con su sentido innato del arte.
Me conmueve así mismo su sentido familiar de la religión. Hace muchos años, en mi primer viaje a México, estando en la capital fui a visitar a la Guadalupana. En la penumbra de la basílica, una mujer joven se deslizaba por el frío suelo de rodillas y hablaba con su «virgencita» pidiéndole la salud de uno de sus «chamacos». Conversaba con Nuestra Señora como lo haría con su madre... incluso detecté un leve reproche en su tono, al no recibir con la debida prontitud el necesario don.
Esa cotidianeidad con la espiritualidad y la magia es propia de pueblos artistas.
¡Pero son tantos los motivos que me impulsaron a escribir esta novela!
Porque fascinante es la historia de las exploraciones.
Los galeones españoles dominaron el comercio en el Pacífico, durante dos siglos y medio, doscientos cincuenta largos y prósperos años, y fueron expediciones españolas las que hallaron, con el Tornaviaje, la ruta entre Asia y América. El tornaviaje de Legazpi y Urdaneta para encontrar la ruta de retorno desde Oriente abrió una senda que el Galeón de Manila o Galeón de Acapulco, en 1565, pleno siglo XVI, utilizaría para unir tres continentes durante doscientos cincuenta años, recorriendo en cada viaje veinticinco mil kilómetros.
Los españoles portaban en las panzas de sus navíos mercancías exóticas, que, vía Acapulco y Veracruz, una vez llegadas a los puertos de Sevilla o Cádiz, se distribuían a una Europa asombrada.
El Pacífico, el Golfo Grande, como lo llamaban en el siglo XVI, es un descubrimiento español.
Fueron navegantes españoles los que descubrieron las Marianas, las Carolinas y Filipinas en el Pacífico Norte; así como las Tuvalú, las Marquesas, las Salomón y Nueva Guinea en el Pacífico. La expedición de Villalobos, en 1542, descubre Hawái, dos siglos antes de que lo hiciera Cook.
Es apasionante la curiosidad que mostraron los exploradores de aquella época, que se internaron, espoleados por el ansia de conocimiento, en busca de la Terra Australis, y descubrieron las islas Pitcairn y las Nuevas Hébridas, sin olvidar el noble impulso de la evangelización. La primera misa en tierras de Oceanía la celebrarán los franciscanos.
Otro dato sorprendente incitó mi interés: en 1554 las rentas americanas representaban solo el 11% de los ingresos de la corona española. ¿Qué sucedía con las fabulosas riquezas provenientes de las minas novohispanas?
Una creatividad arrolladora originará en Nueva España poesía, escultura, arquitectura y pintura. A las pirámides del Sol y la Luna, los palacios de Tenochtitlán, Chitchén Itzá, de la formidable arquitectura maya y azteca, se les unirá la arquitectura mestiza:
Hospitales como el de Jesús Nazareno, iglesias como la de Tepozotlán, las catedrales de México, Puebla, Oaxaca, innumerables palacios y conventos distribuidos por todo el vasto territorio.
Unos hombres con fuerza de voluntad, iniciativa y capacidad crearon gracias a una serie de circunstancias favorables un Nuevo Mundo, que, por un lado, escapaba a los rígidos convencionalismos de limpieza de sangre, y, por otro, ofrecía oportunidades interesantes a segundones que no aspiraban a la milicia ni a entrar en religión.
Tengo para mí, que muchos de aquellos que decidieron marchar a las Indias superaban en valor y capacidad a muchos de sus coetáneos, con el lógico empobrecimiento de la sociedad hispana de aquella época.
Medicina, botánica, ciencias naturales, geografía, minería, cosmografía, navegación..., todas estas ciencias se vieron enriquecidas por los muchos descubrimientos de aquella época asombrosa.
Creo que la historia de España en América es más fascinante y portentosa que la más imaginativa de las leyendas.
España, siguiendo una línea lógica de pensamiento muy moderna para entonces, funda en América escuelas de arte, algunas excelentes como la de fray Pedro de Gante en 1527, en México capital; colegios imperiales, conventos donde se imparte educación a mujeres y a sus hijas, y, finalmente la universidad, que siguiendo el ejemplo de los dominicos y su Universidad de Santo Tomás, en Santo Domingo, en 1538, iniciará un rosario de centros de saber que dotarán América de una cultura mestiza que engendrará grandes escritores. Veinte premios Nobel de Literatura lo avalan.
Botánicos como Celestino Mutis transformarán la farmacopea europea; descubridores como Elcano, Urdaneta, Legazpi cambiarán la visión del globo terráqueo; etnólogos como fray Bernardino de Sahagún, a quien debemos el conocimiento exhaustivo de la vida cotidiana de los mexicas, nos dará un cuadro brillante y descriptivo de la rica cultura azteca; cronistas como Cervantes de Salazar o Díaz del Castillo nos relatan de forma vívida las hazañas y encuentros de dos pueblos formidables; en la ciencia, con el sabio estudio de la cosmografía, Europa ampliará sus confines.
Y evangelizadores ejemplares como fray Toribio de Benavente, Motolinia el Pobre le llamaban los indios, o fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, serán respetados por su ejemplo y amor a los nativos, así como por su dedicación a los más necesitados.
Y muchos de estos personajes míticos, que abrieron importantes caminos para la humanidad, los encontramos reunidos en este siglo prodigioso en Nueva España. México en esa época es el crisol en el que se origina el mestizaje, que, procedente de excelsas culturas mesoamericanas, se fundirá con la cultura del país más avanzado de Europa en ese tiempo: España.
Los franciscanos, nos asegura Ramón Menéndez Pidal en su magnífico estudio sobre fray Bartolomé El padre Las Casas: su doble personalidad, proclaman en mayo de 1544 este interesante modus vivendi: «Este concepto antirracista, ya expuesto por Zumárraga, será expuesto con igual viveza por el Inca Garcilaso.»1
En el México del siglo XVI existían ya colegios interraciales.
En otro orden legislativo, Estados Unidos de América habrá de esperar a 1974, en pleno siglo XX, a que sea promulgada la Civil Rights Act, o Ley de Derechos Civiles.
Otro motivo para escribir esta historia se debe a la iniciativa de nuestro admirado y llorado Gonzalo Anes, marqués de Castrillón, que en el año 2010 era director de la Real Academia de la Historia. Cuando escribí La diamantista de la emperatriz, en 2008, dejé el final abierto por si algún día podía hacerla viajar a Nueva España.
Gonzalo, durante la presentación de La Roldana en el Círculo de Bellas Artes, me animó con inusual vehemencia —quien asistió a esa presentación tal vez lo recuerde— a narrar el siglo XVI en las Indias. No podía desoír el consejo de tan prestigioso historiador, que se unía a mi ferviente deseo.
Esta es una novela imbricada en la historia, que cuenta las vivencias de una de las muchas familias que decidieron pasar a las Indias, buscando un horizonte más amplio, y unas reglas sociales menos rígidas. Y muchos de ellos con el convencimiento de participar en la creación de un Nuevo Mundo. Micaela y su familia buscan en la Nueva España la libertad que ambos anhelan. El capitán, un ancho horizonte y la diamantista, una cultura, crisol de antiguas leyendas, que encierra sabiduría y misterio cercanos al mito. Las piezas de orfebrería maya y azteca que seguían llegando a Toledo desde las Indias, así como las piedras desconocidas cargadas de extraños poderes, habían despertado con anterioridad el interés de Micaela.
Encontrarán ambos un mundo apasionante, restallante de color y vida, donde los sabores de las frutas y el perfume de una flora exuberante emborrachan los sentidos. Franciscanos entregados a la ayuda a los indígenas, dominicos a la enseñanza, científicos que buscan plantas medicinales... un caleidoscopio variadísimo de un mundo que nace. En esa tierra inmensa no faltarán las ambiciones encontradas y el deseo de poder de inquietantes personajes, que buscan allí una vida de gloria y honores, y que, irremediablemente, conducirán a abusos, intrigas y traiciones.
Espero que sus muchos hallazgos, empresas, aventuras, peligros, anhelos y amores les fascinen tanto como a mí me han espoleado a escribir este relato.
Si he conseguido, amigo lector, inducir su curiosidad para conocer y profundizar en esta nuestra portentosa historia, habré logrado mi cometido, y estos años de búsqueda y trabajo apasionado habrán sido bien empleados.
PILAR DE ARÍSTEGUI, El Quejigal,
6 de enero de 2014, día de los Reyes Magos
Terminado de corregir en Madrid
19 de febrero de 2014, día de san Álvaro de Córdoba
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Non Potest cum Timore.
SÉNECA, Carta a Lucilo
Quiso mi buena estrella que topara con don Hernán cuando este salía de palacio. Me saludó con efusivas muestras de aprecio y nos invitó a que nos reuniéramos con él unos días más tarde.
Tras ese encuentro con Cortés, mi mente rondaba de continuo la vieja idea de partir hacia la Nueva España. Incluso Íñigo, contrario al inicio, comenzaba a contemplar la posibilidad de un encargo en Indias. Los aires de conspiración y revuelta que sobrevolaban Tenochtitlán no se habían aún apagado, y arribaban, magnificados, a Toledo. Los beneméritos2 que aspiraban a cargos en la administración o la justicia del virreinato eran muchos. Ante la imposibilidad de ser atendidas todas las peticiones, crecían los descontentos. Esa era la razón de los recelos de mi señor esposo. No quisiera parecer a vuestro entendimiento mujer arrebatada, pero una voz dentro de mí decía que habíamos de marchar, que era la ocasión de conocer mundo y las extraordinarias tierras de las Indias.
Atrás quedaban unos años de dolor, intriga y aventura, que sentía ajenos a mí. Como si pertenecieran a la vida de otra persona. Esos años...
El Mediterráneo, con su potente embrujo, me atrajo sin remisión. Inicié el mandato de mi señora la emperatriz con el vibrante entusiasmo de la juventud. Los reinos itálicos, fuente donde bebíamos del clasicismo reconvertido en tiempos nuevos, era la meta de soldados, artistas y políticos.
En la travesía hacia Nápoles nació el amor de mi Íñigo del alma. Al iniciar el viaje no podía yo imaginar que volvería a amar como había querido a Diego..., mi dulce Diego..., que un odioso asesino me arrebató sin misericordia.
Pero sí que era posible amar con toda la fuerza de mi ser y apreciar más aún el don del amor, tras la experiencia horrenda de perder al amado.
Los recuerdos afloran a mi mente, fuertes, vibrantes: el amor, mi boda en Sicilia; la traición, a causa del atentado contra mi persona de manos de alguien que yo creía amiga; la admiración en el descubrimiento de un mundo admirable, comprometido con el arte; la complejidad de las relaciones humanas en los encuentros en Roma con personajes que dominaban el mundo; y yo, ingenua, pensando que nuestra misión era aprender, ¡noble tarea aprender!, pero además, oculto, había un encargo importante y arriesgado; riesgo que me enseñó a valorar más la vida y los verdaderos amigos...
Y luego, cuando supe de mis orígenes... comprendí que el destino me había conducido a promover el retorno de mi gente a su añorada Sefarad.
Mas la muerte nos arrancó a nuestra amada protectora, la emperatriz Isabel, la mujer más bella del orbe.
Todo aquello pasó y una ocasión singular hizo su aparición: una oportunidad para que ambos ensancháramos nuestros horizontes.
La Providencia nos empujó a aceptar los retos, y así comenzó nuestra insólita aventura y el conocimiento de tierras magníficas que poblaron mi imaginación de seres extraordinarios y la razón de Íñigo, de hondas preocupaciones.
Mas no adelantemos acontecimientos: he de relatar a Vuestras Mercedes, en buen orden, la relación de estas nuestras empresas.
Navegamos ahora hacia las Indias, prometedoras..., mágicas..., misteriosas... Estas aguas que aquí contemplo son diversas. Pertenecen a un inmenso océano, que me lleva, una vez más, hacia un mundo incierto, mientras la esperanza se abre camino al conocer las noticias que arriban de las Indias. La Nueva España se me aparece como el mundo nuevo que ansío, la libertad que necesito; culturas esplendorosas; gentes extraordinarias; un eterno sol; la ausencia de frío; la flora exuberante; riquísimas piedras y joyas exóticas...
Y hazañas realizadas por seres míticos que están creando un mundo nuevo.
LIBRO I: EL VIEJO MUNDO. 1541-1546

LIBRO I:
EL VIEJO MUNDO
1541-1546
Y estos dos anchos mares, que pretenden,
pasando de sus términos, juntarse,
baten las rocas, y sus olas tienden,
mas esles impedido el allegarse.
ALONSO DE ERCILLA,
La Araucana, canto primero
1. Argel. 1541
1
Argel
1541
Toledo nunca dejaba de sorprenderme. Durante los pasados años, mis viajes a través de los reinos itálicos me habían enseñado a apreciar la rotunda belleza de mi ciudad natal: las tres culturas fundidas en riqueza singular; la quebrada del Tajo rodeando con sus brazos la empinada villa, y las inagotables alternativas de gloria y aventura que su categoría imperial proporcionaba a sus ciudadanos.
Había también reencontrado a mi gente de siempre: a mi padre, Juan Vallesteros, tan esclarecido que me había dado un oficio —más tarde proclamado arte por el mismísimo emperador— para que yo pudiera valerme; a María, la hermana de mi recordado Diego; a mi ama, Marialonso, tan viejecita y necesitada de cuidados... Mi madre Teresa estaba ya en la Casa del Padre, pero me había enviado una hija que me recordaba en todo a ella: dulce, cariñosa y que había heredado sus ojos de intenso azul. Cada vez que miraba a la pequeña Teresa veía a mi madre. Mi hijo crecía sano y fuerte. Lo habíamos bautizado con el nombre de Diego, en recuerdo del padre de Íñigo, que así se llamaba.
La vida, a fin de cuentas, había sido benévola conmigo. Una sola sombra enturbiaba mi pensamiento. El capitán de Vidaurre, mi esposo, había decidido unirse a las gran armada que atacaría el refugio de los piratas en la costa norteafricana: Argel.
El recuerdo de la victoria de Carlos V en Túnez enardecía a las tropas que hablaban ya del fin de la Berbería. Yo, sin embargo, no compartía esa seguridad, porque estaba siempre temerosa de que algo maligno sucediera a mi Íñigo.
Ensimismada en mis pensamientos, caminaba rauda por las estrechas calles toledanas para ir a rezar por él a San Juan de los Reyes, mi lugar favorito entre todas las magníficas iglesias de Toledo. Volví a deleitarme en el presbiterio con la sinfonía en piedra que componían las águilas de san Juan, gocé de la atmósfera mística del recinto, y serené mi ánimo al pedir protección para mi amado. Al salir, contemplé de nuevo los pináculos que añoraban el cielo, pugnando por alcanzarlo.
Con la vista alzada, no alcancé a advertir la pareja que estaba en la plaza. Una voz que me traía extraños recuerdos me hizo detenerme.
—¡Dios sea loado, Micaela! ¿Ya no saludas a los amigos?
Era Tarsicio. Se agolparon en mi memoria los sucesos que parecían pertenecer a otra vida: la tarde en la ribera del Tajo, donde gozábamos de nuestra juventud y vi por última vez a Diego antes de que le asesinaran... Pero ese día conocí a quien, y yo no lo sabía, sería el hombre de mi vida, el capitán Íñigo de Vidaurre. Pudimos todos contemplar la relación, a ojos vista voluptuosa, entre el hermoso Tarsicio y la galana Magdalena.
Y luego los acontecimientos se precipitaron a velocidad inevitable: mi dedicación a la orfebrería en el taller de mi padre, trabajo que me distinguió ante la emperatriz, quien me hizo el encargo de marchar a los reinos itálicos, para allí instruirme con sus espléndidas técnicas de suntuosas alhajas.
Yo no comprendí entonces, pero lo aprendí con sufrimiento, que mi felicidad podía resultar insoportable para alguien a quien creí amiga: el intento de envenenarme de la mujer de Tarsicio, Refugio; el encarcelamiento de esta en Palermo. Hubimos de luchar contra los conjurados que se oponían a los designios de la emperatriz: el retorno de los judíos a su patria, añorantes de su amada Sefarad. La emoción profunda que sentí cuando de labios de mi madre supe que ella, nacida judía, se había convertido en ferviente cristiana. Primero por amor a mi padre. Y luego por convicción, que brotó a causa de una religión que ella consideraba de amor.
La voz de Tarsicio me devolvió a la realidad.
—Mica, soy Tarsicio...
Y como yo no reaccionara, inició una disculpa.
—Nunca participé en la trama de Refugio... Necesito que me creas. Tú bien sabes que siempre te amé.
—Nada te reprocho, Tarsicio. La sorpresa me ha confundido. Pensé que continuabas en Sicilia.
—Permanecí allí unos años, pero los padres de Refugio murieron y hube de tornar para tomar cuenta de la herencia de mis hijos.
—¿Y Refugio? —pregunté con auténtica pena—. ¿Cuál ha sido su suerte?
—Sigue presa en una cárcel de Sicilia, pero no dudo que saldrá en breve, pues el virrey ha tenido en cuenta las peticiones de indulto que Íñigo y tú enviasteis. —Permaneció pensativo unos instantes y añadió—: ¿Por qué lo hiciste? Quiso matarte; sabes bien que, acuciada por la Dormuth, el objetivo era el capitán para descabezar el empeño de la emperatriz, pero ella utilizó el veneno contra ti. No es buena, Mica.
—Pensamos, Íñigo y yo —respondí—, en unos hijos sin madre, en...
Me detuve. Observé a unos pasos de Tarsicio, intimidada, a una morena exuberante, de labios carnosos y ojos de fuego. ¡Magdalena!
Su cuerpo se había hecho aún más opulento con la maternidad, y comprendí que había sido madre porque cogidas de sus manos llevaba dos criaturas muy parecidas a ella. Me hice cargo al instante de la situación. La moza de fuego, Magdalena, había estado con Tarsicio desde el ingreso en prisión de Refugio. Y ella, además de ocuparse del bienestar de su amante, cuidaba a los otros dos chicos que estaban con ella, rubios y descoloridos, que, con seguridad, eran hijos de la mujer encarcelada.
—Veo que tus sufrimientos hallan consuelo en Magdalena.
—¡Ah! ¿La recuerdas?
—Has hecho volver —respondí con dulzura— los tiempos de nuestra mocedad.
—¿No rechazas a Magdalena?
—¿Por qué habría de hacerlo? Nunca quiso mi daño.
—Entonces... —casi no se atrevía—, ¿consientes en saludarla?
Ante mi gesto afirmativo, la llamó. Ella se acercó un poco temerosa. Era evidente que había sufrido muchos desprecios como manceba de Tarsicio.
Tras unas breves palabras de circunstancias, él la instó a que tornara a la casa, y al quedar solos me dijo:
—¡Qué pena, Mica! Supe que contigo mi vida se hubiera enderezado... Hemos de vernos...
No quise continuar por aquel sendero, y me despedí con mis buenos deseos para su numerosa prole. Me dirigí presurosa al taller. Agradecía a Dios haberme dado el entendimiento para rechazar al vistoso Tarsicio y que hubiera puesto en mi camino a mi Íñigo del alma. ¡Cuánto le quería!
«¿Dónde estará? —me decía—. ¿Qué suerte será la suya en esa condenada batalla?»
Era el mes de octubre. Íñigo había marchado con entusiasmo, con el fin de participar en la que había de ser una gran victoria. La gloria tocaría también a Daniel, el marido de mi cuñada Pilar, pues él formaba parte de la armada que el almirante Andrea Doria había conseguido reunir en los reinos itálicos, y que se uniría en Baleares a las fuerzas del Imperio.
Pero las nuevas que llegaban del Mediterráneo me causaron gran desaliento. Incluso corrió el rumor de que el mismísimo emperador había sucumbido durante la batalla.
¡Cuántas veces rogué a mi esposo que demandara un encargo sin peligro! Pero él repetía: «Se ha de estar donde la patria peligra.»
Cierto es que los piratas y corsarios pululaban a sus anchas por nuestros mares y que hacían gran número de cautivos, causando extrema angustia entre sus familiares, y que se imponía acabar con sus guaridas, tan cerca de nuestras costas.
Pero... ¿era menester que mi señor marido anduviera en todas las reyertas?
Absorta estaba en esas cavilaciones, cuando oí el rumor de la puerta del zaguán y los saludos exultantes de la gente de mi casa dando la bienvenida al recién llegado. Corrí escaleras abajo con el corazón desbocado y la esperanza martillándome en la sien.
Sí. Era él.
Ante mí estaba el capitán de Vidaurre, mi esposo, macilento, enflaquecido, maltrecho... sí... Mas ¡vivo!
Me abrazó con el ansia de aquel que ha visto la muerte muy cerca, y creyó que su vida finalizaba en ese instante. Me besó cien veces, con sollozos contenidos al comprender que iniciaba una nueva existencia.
Por fin aparecieron nuestros hijos de la mano de mi padre, que, discreto, había esperado a que pudiéramos gozar del reencuentro. Todos preguntaban en tropel.
—¿Estás sano? ¿No sufriste herida alguna?
—¿Ha sido tan gran desastre como cuentan?
—Y Daniel... ¿dónde está? ¿Qué le ha sucedido?
—¿Es cierto que ha muerto el emperador?
—Nada malo ha sucedido a Daniel. Vendrá a saludaros antes de partir para Vascongadas, donde le aguarda mi hermana Pilar. —Hizo un gesto como queriendo apartar de sí las atroces visiones del combate, y añadió—: El césar Carlos vive, pero tardará en tornar.
Íñigo pidió una tregua en las preguntas y que le diéramos ocasión de aviarse un poco, comer algo y descansar. Prometió narrar luego aquellos días de fragor y lucha.
Una vez restauradas sus fuerzas, mi esposo nos reunió en torno al crepitante fuego del hogar para escuchar el trance en el que se halló y que pudo costarnos un serio disgusto.
No puedo recordar sin sentir espanto las jornadas que nos refirió Íñigo. La posibilidad de haberlo perdido en esa ocasión me producía tal desaliento que mi esposo hubo de detener su relato en numerosas ocasiones; pero yo le invitaba a que continuara, pues deseaba, a pesar de todo, conocer las gestas de nuestros valerosos soldados.
—El puerto de Mallorca era un hervidero de las gentes más variadas: marinos vascongados, gallegos y astures se entrecruzaban en sus tareas, preparando las galeras, zabras y galeones que compondrían la imponente armada que Carlos V disponía para atacar al renegado Azán-Aga, cuyo hostigamiento había colmado la paciencia del emperador.
—Íñigo, hemos soportado ya muchos años de escaramuzas y batallas —aseveró mi padre—. Era hora de dar serio escarmiento para acabar de una vez con esos insufribles piratas, que, con toda impunidad, saquean barcos, tomando como rehenes no solo a señores principales, sino también a mujeres y niños. Además, destruyen en asaltos rápidos y emboscados las naves imperiales.
Me pareció harto inoportuna la interrupción de mi padre, pues yo solo deseaba escuchar a mi esposo. Antes de que yo pudiera reconvenirle, Íñigo retomó su historia.
—Así lo creíamos. La visión de la ciudad con todas esas tropas era formidable. Los gallardetes de los buques flameaban con la suave brisa del mar, mientras el mascarón de proa hundía suavemente sus pies de madera en el agua.
»Las dotaciones se afanaban en las múltiples cubiertas de las diferentes naos, ordenando los puentes, trincando los cañones, apilando bastimentos, mientras los maestres daban direcciones precisas para organizar aquel universo guerrero. Los mástiles, arrullados por el viento, y acompañados por pífanos y tambores, interpretaban una música heroica, que infundía ánimo a las tropas...
Yo seguía ansiosa el relato, y con un gesto le invité a que prosiguiera.
—Ferrante Gonzaga, el victorioso Condottiero, impartía instrucciones a sus ocho mil hombres, esforzados españoles que pertenecían a los gloriosos Tercios de Nápoles y Sicilia.
»Las tropas del duque de Alba partirían unos días más tarde desde la Península hacia el norte de África para reunirse allí con la poderosa armada que vencería, nadie lo dudaba, a los hermanos Barbarroja y sus secuaces en su guarida de Argel. Muchos de entre nosotros habían perdido familiares y amigos en las emboscadas de los corsarios, liderados por ese demonio del pirata Kareidín que había convertido el espléndido Mediterráneo en un peligroso mar. Todos esos desmanes y desvergüenzas estaban alentados por el Turco con la intención de dominar el Mediterráneo.
»Entre nuestras tropas había aquellos que lamentaban el secuestro de hermanos o padres, que se pudrían en las sórdidas mazmorras de Argel; otros no cesarían de buscar a mujeres de la familia que fueron secuestradas con el objeto de encerrarlas de por vida en un harén, o, peor aún, para ser vendidas en un mercado de esclavos del norte de África.
—¡Dios nos libre de ese mal! —exclamó horrorizado mi buen padre.
Mi valeroso capitán continuó:
—Todos esos hombres acudían a cobrar venganza, o albergaban la esperanza de, una vez tomada la ciudad, liberar a los familiares que pudieran hallar entre los cautivos.
Las fuerzas imperiales formaban un mundo complejo: doce mil marinos repartidos en los diversos buques, sesenta y cinco galeras y otros cuatrocientos cincuenta barcos de variada eslora y envergadura aguardaban al emperador, que no tardaría en arribar.
Yo esperaba el desarrollo de los hechos.
—Era el 153 de octubre cuando aparecieron en lontananza las galeras del gran almirante Andrea Doria, que había tornado, unos años atrás, al bando imperial, gracias a los buenos oficios del príncipe Colonna. Doria gozaba del honor de transportar en su nave capitana a Carlos V, jefe supremo de los ejércitos. Fueron recibidos con el potente son de las trompetas y las aclamaciones de los marineros. Los soldados que participarían en la contienda procedían no solo de España, sino también, como antes os dije, de los reinos itálicos y de Alemania. —Se detuvo un momento, para recordar—: Al día siguiente amaneció gris y con la mar arbolada. A medida que pasaban las horas, el tiempo empeoraba: las aguas se agitaban, los cielos se cubrieron de densos nubarrones y el viento comenzó a ulular. Los marineros, que bien conocían la posible violencia del Mare Nostrum, iniciaron sus murmuraciones y temerosos presagios.
Yo estaba tan pendiente de sus labios que apenas respiraba para no interrumpir. Mi padre y mis dos hijos seguían la historia sin pestañear.
—Ferrante Gonzaga me refirió en confidencia que el propio almirante Doria, con la experiencia que le daban sus muchos años y numerosas contiendas, intentó convencer al emperador de posponer la expedición para una época de tiempo más propicio. Pero nuestro emperador era el comandante supremo, y tenía prisa por solucionar ese conflicto y retornar a sus asuntos europeos.
—¡Lástima que Doria no fuera escuchado! —sentenció mi padre.
—He de deciros —prosiguió Íñigo— que el almirante no se amilanó y tornó a insistir: «Perdonad mi osadía, majestad, pero he de porfiar en que aplacéis el asedio, porque la mar está cada vez más embravecida, y las lluvias que en octubre son frecuentes, pueden entorpecer la victoria.»
»—Almirante —respondió el emperador—, ¿olvidáis el cumplido triunfo sobre Barbarroja en Túnez?
»—No he de olvidarlo mientras viva, y me enorgullezco cada vez que lo recuerdo. Mas en aquella ocasión los meses, mayo y junio, nos eran favorables.
»—¡Ea, señor almirante, asomaos a la ventana y contemplad la poderosa armada congregada en el puerto! Y a ellas habéis de añadir las tropas de Alba y de Bernardino de Mendoza, que se unirán a las nuestras en la costa de Argel. Tenemos un ejército imponente.
»—Señor, tal vez mi avanzada edad me haga ser en extremo cauteloso, pero siento que pueden surgir graves impedimentos.
»El emperador no le dejó terminar:
»—Estoy decidido a atacar al e
