La esposa imperfecta

W. Somerset Maugham

Fragmento

Creditos

Título original: Cake and Ale

Traducción: M. E. Antonini

1.ª edición: febrero, 2014

© 2014 by the Royal Literary Fund

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 8277-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-858-2

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Cita

 

 

 

 

 

«La esposa imperfecta es deliciosamente ácida, profética y divertida.»

Time Out

«La habilidad inimitable con la que Maugham cuenta sus historias llenaría de envidia a cualquier novelista.»

Chicago Tribune

«Es muy difícil para un escritor de mi generación, si es honesto, mostrarse indiferente ante la obra de Somerset Maugham. Él siempre estuvo entre los grandes.»

Gore Vidal

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WILLIAM SOMERSET MAUGHAM (1874-1965), novelista y dramaturgo inglés, en su juventud se preparó para ser médico. Sin embargo, el éxito alcanzado por sus dos primeras novelas le llevó a dedicarse exclusivamente a la literatura. Viajero infatigable, recorrió varias veces Europa, América y Extremo Oriente, recogiendo experiencias que volcó en su obra. Aunque tuvo mucho éxito con sus comedias teatrales y sus excelentes cuentos, su enorme celebridad se debió a sus novelas, entre ellas Servidumbre humana, El filo de la navaja y El velo pintado. Muchas de sus obras fueron llevadas al cine.

La esposa imperfecta, cuyo título original es Cakes and Ale, fue la novela favorita del autor, y causó gran revuelo en los ambientes literarios de 1930 por su cruel semblanza del escritor Hugh Walpoley por retratar a Thomas Hardy como un novelista decadente y sometido a su joven esposa.

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1

Me he dado cuenta de que cuando alguien te llama por teléfono y no te localiza, deja un mensaje rogándote que le llames en cuanto puedas, pues es muy importante, pero la cuestión es que esa importancia es, a menudo, mayor para él que para ti. Y cuando se trata de hacer un regalo o un favor, muchas personas son capaces de contener su impaciencia dentro de unos límites razonables. Por eso, cierto día, al volver a mi casa, con el tiempo justo para beber algo y fumar un cigarrillo mientras leía mi periódico, antes de vestirme para la cena, presté poca atención al aviso que me dio mi ama de llaves, la señorita Fellows, acerca de una llamada telefónica de parte del señor Alroy Kear.

—¿Ese señor es el escritor? —me preguntó.

—Así es.

Dirigió al aparato una mirada amistosa.

—¿Le pongo con él?

—No, gracias.

—¿Qué le digo si vuelve a llamar?

—Pídale que deje un mensaje.

—Muy bien, señor.

Moviendo los labios en un gesto de desaprobación, recogió el sifón vacío, miró a su alrededor para ver si todo estaba en orden y salió. La señorita Fellows era una ferviente lectora de novelas y estaba seguro, debido a que desaprobaba mi informalidad, de que había leído todos los libros de Roy con gran admiración. Cuando regresé a casa de nuevo, encontré una nota escrita con su letra clara sobre el aparador, que decía: «El señor Kear llamó dos veces. ¿Puede usted almorzar con él mañana? Si no, ¿qué día le vendría bien?»

Arqueé las cejas. Hacía tres meses que no había visto a Roy, y fue sólo durante unos minutos en una fiesta; eso sí, había estado muy amable —siempre lo estaba— y, al separarnos, me expresó su sincero pesar por el hecho de vernos tan poco.

—Londres es terrible —me dijo—. Uno jamás encuentra tiempo para verse con la gente que le gusta. ¿Por qué no almorzamos juntos uno de estos días?

—Con mucho gusto —le respondí.

—Bien, miraré en mi libreta cuando vaya a casa y le llamaré por teléfono.

—De acuerdo.

Había conocido a Roy hacía unos veinte años y jamás sospeché que llevara en el bolsillo izquierdo una pequeña agenda donde anotar los compromisos; por eso no me sorprendió el no oír hablar más de él. Fue imposible convencerme de que esas imperiosas ganas de dispensarme hospitalidad fueran desinteresadas. Mientras fumaba mi pipa antes de meterme en la cama, le di vueltas a la cabeza sobre las posibles razones que habían llevado a Roy a desear almorzar conmigo. Quizás una admiradora suya le había dado la lata para que me presentara o algún editor americano, que se hallaba en Londres por unos días, le había pedido que lo pusiera en contacto conmigo. Pero sería injusto por mi parte suponer que Roy no sabría enfrentarse a tales situaciones. Además, me comentó que eligiera el día, así que deseché la idea de que se tratara de presentarme a alguien.

Nadie más que Roy podía mostrar una cordialidad más que genuina a un novelista cuyo nombre estaba en labios de todo el mundo, pero nadie más que él para hacerle el vacío a alguien, cuando el fracaso, la ociosidad o el éxito de algún otro hubiera ensombrecido su notoriedad. Un escritor tiene sus altibajos, y era consciente de que, en ese momento, el público me ignoraba. Era obvio que, si hubiera querido rehusar su invitación, habría encontrado miles de excusas, aunque Roy, por su parte, era un tipo resuelto y si se había propuesto verme, lo haría, aunque lo mandase al diablo, pues tal era su tenacidad; pero me picaba la curiosidad, además de que sentía cierta estima por él.

Había visto con placer su ascenso al mundo de las letras. Su carrera bien pudo haber servido de ejemplo a cualquier joven que entrase en el mundo de la literatura. No recuerdo a nadie, entre mis contemporáneos, que hubiera alcanzado una posición tan encumbrada con tan poco talento. Este talento, como la dosis diaria de Bemax del hombre sabio, podría caber dentro de una cuchara. Él era perfectamente consciente de ello, y a veces le debió de parecer algo así como un pequeño milagro haber podido escribir, para entonces, unos treinta libros. No puedo creer que viera la luz cuando leyó por primera vez que Thomas Carlyle había planteado en un discurso que el genio tiene una capacidad infinita para sobrellevar las penas. Reflexionó sobre ello. Si eso era todo, debía de haberse dicho a sí mismo que él podría ser un genio como los demás; y cuando un crítico entusiasta de un diario femenino, al hacer un comentario sobre una de sus obras, la usó —últimamente estaba muy de moda entre los críticos usarla—, él sin duda podría haber sonreído de satisfacción, lo mismo que uno cuando termina la difícil tarea de resolver unas «palabras cruzadas». Nadie que haya observado durante años su infatigable lucha podía negarle el derecho de ser un genio.

Roy comenzó su carrera con ciertas ventajas. Fue hijo único de un funcionario que, después de haber desempeñado el puesto de secretario colonial durante varios años en Hong Kong, terminó su carrera como gobernador en Jamaica. Al buscar a Alroy Kear en las apiñadas hojas del Who’s Who,1 veías: «o. s. del señor Raymond Kear, K.C.M.G., K.C.V.O., q.v., y de Emilia, y.d. del último general de división Percy Camperdown, ejército indio.» Fue educado en Winchester y en el New College de Oxford. Fue presidente de la Union, y si no hubiera sido por un desafortunado ataque de sarampión podría haber tenido su Rowing Blue.

Su carrera académica fue aceptable, más que distinguida, y dejó la universidad sin deberle un céntimo a nadie. Era por entonces un tipo ahorrador, sin tendencia al derroche, además de un buen hijo. Sabía que su educación había significado un gran sacrificio para sus progenitores. Su padre se había retirado del servicio activo y vivía en una casa modesta, pero no humilde, cerca de Stroud, en Gloucestershire; a veces, acudía a almuerzos oficiales en Londres relacionados con las colonias que él había gobernado. En tales ocasiones, no dejó de visitar el Athenaeum, del cual era miembro. Fue a través de un viejo camarada de dicho club que consiguió para su hijo, al salir éste de Oxford, un puesto de tutor del delicado y único hijo de un noble. Esto le dio la oportunidad a Roy de empezar a relacionarse a temprana edad con el gran mundo, y hay que decir que supo sacarle partido a esa oportunidad. Jamás se encontrará en sus trabajos uno de esos errores gramaticales que afean las obras de aquellos que solamente han estudiado a los círculos más altos de la sociedad en las páginas de diarios o revistas ilustradas.

Sabía exactamente cómo hablaban los duques entre sí y la manera correcta de dirigirse a un miembro del Parlamento, a un procurador, a un corredor de apuestas o a un ayuda de cámara, respectivamente. Hay algo cautivante en el desenfado con que describía y trataba a virreyes, embajadores, primeros ministros, miembros de la realeza y grandes damas, en sus primeras novelas. Es cordial, sin ser condescendiente; familiar, sin ser impertinente. No te permite que olvides su clase, pero comparte contigo la agradable sensación de que esas personas están hechas de carne y hueso como tú y como yo. Me pareció una pena que la moda hubiera decidido que las actividades de la aristocracia ya no interesaran a la literatura seria, pues Roy, profundamente sensible a las tendencias de su época, se vio limitado a tratar temas sobre conflictos de abogados, de censores jurado y agentes de mercaderías. Desde luego, no se mueve con la misma seguridad en esos círculos.

Lo conocí cuando acababa de renunciar a su tutoría para dedicarse por entero a la literatura. Era, en ese tiempo, un joven íntegro y elegante, de uno ochenta de altura y de constitución atlética, con anchos hombros y porte seguro. No era apuesto, pero era agradable a la vista, con grandes ojos azules y mirada sincera; sus cabellos rizados eran de color castaño claro; su nariz era más bien corta y su mandíbula cuadrada. Daba la impresión de un ser honesto, ordenado y sano. Tenía algo de atleta. Nadie que haya leído en sus primeros libros la descripción que hace de las cacerías, tan gráficas y tan precisas, puede dudar de que escribió basándose en su propia experiencia; y hasta hace muy poco, jamás titubeó en dejar su escritorio cuando se trataba de un día de caza. Su primer libro lo publicó en el período en que los hombres de letras, para demostrar su virilidad, jugaban al críquet y bebían cerveza; durante algunos años, rara vez hubo un almuerzo literario en que su nombre no figurara. Esta particular escuela, yo no sabía bien por qué, perdió su coraje, sus libros fueron abandonados y, aunque los jugadores de críquet habían continuado, encontraron dificultades en publicarlos. Roy abandonó el críquet hacía ya unos años, y había desarrollado un gusto fino por el vino de Burdeos.

Roy fue muy modesto con su primera novela; ésta fue breve, cuidadosamente escrita y, como todo lo que escribió después, de buen gusto. Al terminarla, se la envió a los principales escritores del momento, junto con una carta donde les decía cuánto admiraba sus trabajos, cuánto había aprendido de ellos y cuán ardientemente aspiraba a seguir, aunque a una modesta distancia, la estela que su corresponsal había dejado. Colocó su libro a los pies de unos grandes artistas, como tributo de un hombre joven que entra en el mundo de las letras, a quienes toda la vida mirará como a sus maestros. Consciente de su audacia al pedir a unos hombres tan ocupados que invirtieran su tiempo en el esfuerzo lastimoso de un neófito, les rogaba su opinión a la vez que su consejo. Pocas respuestas fueron superficiales. Los autores, halagados por sus alabanzas, le fueron contestando por fin. Elogiaron su libro; muchos de ellos no tardaron en invitarlo a almorzar, y después, no pudieron menos que sentirse cautivados por su franqueza y animados por su entusiasmo. Él les pedía consejo con una humildad conmovedora y prometía actuar con una sinceridad admirable. «He aquí —pensaban ellos— alguien por quien vale la pena molestarse.»

Sus novelas tuvieron un considerable éxito. Eso le sirvió para hacer muchos amigos en los círculos literarios y, en poco tiempo, no podías ir a una fiesta en Bloomsbury, en Campden Hill o en Westminster, sin encontrarlo repartiendo pan y mantequilla o bien librándole a una señora mayor de su taza vacía. Era tan joven, tan directo, tan alegre, y siempre tan dispuesto a reír los chistes de los demás, que a nadie podía no gustarle.

Frecuentaba los clubes situados en los sótanos de los hoteles de Victoria Street o Holborn, donde hombres de letras, abogados y damas en seda de Liberty y collares de abalorios, se reunían a discutir sobre arte y literatura, mientras saboreaban una comida de tres a seis peniques. Esta gente pronto descubrió que Roy tenía el don de la elocuencia. Resultaba tan agradable, que sus colegas, sus rivales y contemporáneos llegaban a olvidarse de que era un caballero. Era magnánimo al expresar su admiración acerca de los primeros trabajos ajenos; jamás encontraba errores en los manuscritos que le enviaban para su crítica. Decían de él que no solamente era un tipo excelente, sino un juez responsable.

Publicó su segunda novela. Se esforzó mucho en escribirla, y se aprovechó de los consejos que había recibido de sus mayores. A petición de él, más de uno accedió a escribir una reseña para un diario de cuyo editor Roy se había ganado su simpatía, y de ahí que la crónica resultara halagadora. Su segunda novela tuvo éxito, pero no tanto como para que sus colegas lo consideraran un rival. De hecho, confirmaron sus sospechas de que jamás llegaría a provocar un incendio sobre el Támesis. Era un tipo jovial, sin falsedades ni nada por el estilo; les causaba satisfacción prestar ayuda y consejo a un hombre que nunca escalaría hasta una posición tan elevada como para hacerles sombra. Conozco algunos que ahora sonríen amargamente al reflexionar sobre los errores que cometieron. Pero cuando ellos dicen que a Roy se le ha subido a la cabeza, se equivocan. Roy nunca ha perdido la modestia, la cual, en su juventud, fue su rasgo atractivo más característico. «Sé que no soy un gran escritor —nos dirá—. Cuando me comparo con esos gigantes de la literatura, simplemente no existo. Solía pensar que una vez escribiría una gran novela, pero mis esperanzas se han desvanecido. Me contento con oír decir que pongo toda mi buena voluntad. Que trabajo. No me permito descuidarme. Soy capaz de relatar una buena historia y dar vida a sus personajes. Y después de todo, el movimiento se demuestra andando. Con El ojo de la aguja, vendido por treinta y cinco mil en Inglaterra y ochenta mil en América, más los derechos de mi próximo libro, he ganado lo que nunca soñé que iba a ganar.»

Y, después de todo, puede que no sea más que su modestia la que lo induce a escribir, incluso hoy día, a los críticos de sus libros, agradeciéndoles sus alabanzas y a su vez para invitarles a almorzar. Incluso actúa de la misma manera cuando alguno de ellos escribe una crítica hiriente, y Roy, especialmente desde que su reputación ha aumentado, ha tenido que soportar muchos insultos; él no se encoge de hombros, como haríamos la mayoría de nosotros, ni arroja un insulto mental al rufián que no gusta de nuestra obra; no hace caso. Escribe una larga carta al crítico, en la que manifiesta su pesar por que su libro le haya resultado tan malo, pero su crítica ha sido muy interesante, y si él se atreviera a decir eso, mostraría tal sentido crítico y tal compasión, que se sentiría limitado a escribirla. Solía también decirles que nadie más que él ansiaba superarse a sí mismo y esperaba ser capaz, todavía, de aprender. A lo que añadía que no quería resultar pesado, pero que, si el crítico no tenía nada que hacer el miércoles o el viernes, lo invitaba a almorzar en el Savoy para que le contara por qué pensaba que su libro era malo. Nadie mejor que Roy para pedir un almuerzo, pues el crítico, normalmente, ya antes de que se hubiera terminado de comer media docena de ostras o una costilla de cordero, se había «tragado» también sus opiniones. Y se hacía justicia poética cuando, con la aparición de la siguiente novela de Roy, el crítico veía en esta nueva obra un verdadero progreso.

Una de las tantas dificultades que se le presentan a un hombre en la vida es qué hacer con las personas que antes se consideraban íntimas, y cuyo interés por ellas a su debido tiempo ha decaído. Si ambas partes se mantienen en una modesta posición social, la ruptura llega de forma natural y el rencor no perdura, pero si uno de los dos logra una posición eminente esta ruptura es embarazosa, difícil. Éste hace un gran número de nuevos amigos, pero los viejos son inexorables; y éstos se creen con derecho de reclamarle su tiempo. Y a menos que él esté a su entera disposición, ellos suspiran y con un encogimiento de hombros dicen: «Sí, ya veo que eres como todos; ahora que tienes éxito, debo esperar a que me des largas.» Y eso es justamente lo que él haría con mucho gusto, siempre y cuando tuviera el suficiente coraje. Pero no lo tiene, así que tímidamente acepta una invitación para cenar del viejo amigo para un domingo por la noche. El rosbif está frío, pues lo traen de Australia y está recocido desde el mediodía; el vino de Borgoña, ¡ah!, ¿cómo lo pueden llamar Borgoña? ¿Nunca han ido a Beaune y han estado en el hotel de la Poste? Por supuesto que es agradable hablar de los tiempos pasados, cuando compartíamos un pan en una bohardilla, pero qué desconcierto al comprobar que el sitio en el que estamos ahora comiendo se asemeja tanto a dicha bohardilla. ¡Qué incómodo escuchar del amigo que sus libros no tienen salida, y tampoco sus historietas! Los directores ni siquiera leen sus obras, y comparándolas con muchas de las que tienen éxito —aquí lo miran a uno con ojo acusador—, me parece que se comete una injusticia. Tú estás avergonzado y desvías la mirada. Después, comienzas a hablar de tus fracasos, exagerando para que pueda ver que no todo fue fácil. Hablas de tu obra con gesto displicente y te desconcierta cuando dice que piensa del mismo modo. Hay que hablar de la inconstancia del público para que piense con satisfacción que nuestra fama no será eterna, que durará poco. Es un crítico amable, pero severo.

«No he leído tu último libro —dirá él—, pero he leí-do el anterior. No recuerdo cómo se titula...» Tú se lo dices. Y él agrega: «Me desilusionó un poco. No creo que sea tan bueno como otras de tus obras. Naturalmente tú sabes cuál es mi favorita.» Y uno, que ya ha pasado por lo mismo con distintas personas, contesta con el nombre del primer libro que escribiste: que sólo contabas con veinte años de edad, que en aquella época eras ordinario e ingenuo, y que se nota tu inexperiencia en cada una de sus páginas. «Nunca escribirás nada tan bueno como eso», contesta el otro, y entonces sientes que tu carrera ha sido un largo descenso, salvo por tu primer trabajo. «Y es más, a veces me pregunto si llegarás a ser lo que prometías entonces.»

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