El secreto de la perla

Di Morrissey

Fragmento

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Prólogo

Broome, 1905

El buzo de grandes profundidades se movía con lentitud, y sus pesadas botas levantaban pequeñas nubes de arena gris. Lo único que oía era el silbido del aire descendiendo por el tubo y su rítmica respiración mientras era remolcado por el lugre sobre el lecho marino. Exhaló y las burbujas subieron a la superficie, treinta brazas más arriba. Las cápsulas transparentes de cálido aliento, que olían ligeramente a chili y salsa negra, estallaban a la postre en la superficie del océano Índico, cerca del lugre.

Para el adormecido barquero, alerta pese a su postura cansina, el constante racimo de burbujas indicaba que todo iba bien. Entre sus dedos se deslizaban la cuerda de señales, hecha de fibra de coco, y la cuerda salvavidas que ejercía de cordón umbilical entre los dos hombres y sus respectivos mundos. Ignorando el repiqueteo de las bombas manuales y el ruido y el castañeo del abridor de conchas, el barquero seguía los pasos del buzo, manteniendo el rumbo y la dirección del lugre mientras su compañero exploraba más abajo.

El buzo japonés trabajaba solo, convencido de su capacidad para moverse en las profundidades, mantener el equilibrio y «ver» caparazones. Caminaba fatigoso sobre el fondo marino con una cesta de cuerda prácticamente llena de conchas grises, anchas y planas, que para algunos resultaban muy difíciles de avistar. Durante casi una hora permaneció en un mundo de intensa peculiaridad y belleza, ajeno a los secretos y la magia que se desarrollaban a su alrededor. La novedad que suponía el mundo submarino había menguado al principio de su carrera. La falta de atención podía hacerle perder oportunidades o causar un accidente.

El siseo del aire era un ruido constante en su cabeza. Como una criatura de otro planeta, la figura bulbosa con casco de cobre y pantalla de cristal avanzaba por el espacio acuoso, un forastero en un mundo extraño.

Había trabajado cinco años en isla Thursday y otros tres en Broome. Era un buzo de primera, uno de los reyes de Sheba Lane. Los hombres que caminaban en el mar. Los hombres que podían alcanzar mayores profundidades, trabajar más tiempo y encontrar más conchas que los blancos, los malayos o los aborígenes. Había vendido sus perlas de contrabando, había hecho negocios y se había aprovechado de los hallazgos de perlas y de la recogida de conchas. Pero aquella era su última temporada. Cuando finalizara, regresaría a la prefectura de Wakayama con Akiko san.

¿Fue pensar en una mujer lo que le distrajo? ¿Se nubló por un instante su siempre atenta visión periférica ante el recuerdo de aquel cuerpo cálido, aquel cabello suave y aquella voz dulce? ¿O bien los dioses habían decidido que había llegado su hora? El pequeño talismán de hueso de ballena que se ocultaba bajo las capas de franela, caucho y lona no podía protegerlo de los acontecimientos que sobrevinieron con gran rapidez.

Con el rabillo del ojo vio un movimiento repentino, la imagen de un cuerpo voluminoso que se deslizaba cerca de él. Inadvertidamente, expulsó una bocanada de aire y el chorro de burbujas sorprendió a aquella silueta plateada. El enorme pez se alejó blandiendo su letal espada. En su camino se interponían la manguera de aire y la cuerda de seguridad, pero la monstruosa criatura siguió su apresurado avance.

La arteria de caucho rojo que serpenteaba por encima del buzo quedó parcialmente segada, y el aire que escapaba de ella arremolinó el agua formando una nube burbujeante. La fuerza del testarazo le hizo perder el equilibrio y, a la desesperada, trató de cerrar la válvula y atrapar el aire que quedaba en su traje el tiempo suficiente para llegar a la superficie.

El barquero era consciente de que estaba acaeciendo algún desastre, pues había notado los tirones de la manguera de aire antes de la agitada señal del buzo para que lo subiera.

Normalmente, el buzo ascendía por etapas, descansando a intervalos para permitir que su cuerpo se aclimatara e impedir la acumulación de nitrógeno en sangre. Pero el barquero sabía por las furiosas señales que aquel hombre estaba perdiendo aire. Aunque el riesgo de parálisis sería alto, decidió subirlo de una tacada.

Los gritos a bordo del lugre alertaron a la tripulación y, frenéticos, los hombres que manejaban la bomba de mano intentaron hacer descender aire por la manguera, de modo que ese aliento vital rebasara el enorme agujero y llegara al casco del buzo.

El submarinista notó el aumento de la presión. Un dolor abrasador le atravesaba las articulaciones mientras se balanceaba como una marioneta en su ascenso a la superficie. Su cuerpo era aplastado mientras lo arrastraban con excesiva rapidez hacia el aire vital.

En sus últimos momentos de conciencia tenía la esperanza de que pudieran remendar la fuga de aire y devolverlo a una profundidad en la que pudiera permanecer suspendido varias horas mientras su cuerpo se readaptaba.

Existen historias milagrosas de supervivencia, tantas como del espantoso destino que han conocido los buzos de grandes profundidades. Muertes en el mar a causa de corrientes, remolinos o cráteres ocultos que succionaban al buzo para siempre, o debido a encuentros desafortunados con malignas rayas, peces espada, tiburones o ballenas. Fuera del agua, el beriberi, los ciclones, los naufragios y las tripulaciones amotinadas podían matarte con igual rapidez. Un buzo podía sobrevivir y después verse condenado a una vida en tierra firme como tullido ciego y desfigurado. Las calles de Broome eran transitadas por despojos humanos que habrían deseado morir como buzos en lugar de vivir como «desventurados».

Conocían los peligros, pero aceptaban el riesgo. El lugre empezó a tambalearse cuando todas las manos se precipitaron por la borda. Goteando, el buzo fue depositado en cubierta, y las botas y el casco metálicos chocaron contra los tablones.

Los hombres sacudieron la cabeza al ver la piel negra a través del cristal. Desatornillaron el casco y vieron el espantoso rostro... Ojos hinchados, fragmentos de globo ocular en la mejilla y sangre brotándole de los oídos, la nariz y la boca. Aunque algunos cuerpos quedaban atrapados en el corsé y el casco y había que cortar para liberarlos, era posible que a aquel buzo todavía le quedara un hilo de vida. Volvieron a colocarle el casco, conectaron la manguera y lo deslizaron al mar mientras todavía había posibilidad de salvarlo.

El buzo número dos descendió con él y esperó, flotando en el sobrecogedor silencio sepulcral del mar. Ajustó la presión de aire del traje y del casco con la esperanza de que la negrura diera paso a una piel rosada, de que la cabeza dañada se alzara dentro de su revestimiento metálico.

Los dos submarinistas permanecieron suspendidos uno junto al otro durante una hora. Finalmente, el buzo número dos lanzó una señal para que los izaran. Deseaba que, si le llegaba la hora bajo el mar, la muerte fuese rápida.

El cuerpo fue sacado del traje y, cuando el lugre abandonó la flota para regresar a Broome, los abridores retomaron su labor en cubierta.

Al abrir la primera concha de la cesta del buzo muerto, descubrieron un círculo rosado perfecto. Su belleza engalanaría a una mujer privilegiada en una ciudad lejana, pero el precio había sido muy alto.

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1

Sídney, 1995

Lily estaba sentada en el suelo del dormitorio de su madre y se sentía una invasora. A su alrededor había cajones de ropa interior, documentos personales, joyas y dos sombrereras llenas de recuerdos de viajes. Montañas de ropa y zapatos cubrían por completo la cama. El perfume de su madre, Blue Grass, inundaba el aire y Lily deseaba poder llorar.

Había postergado lo máximo posible la clasificación de las pertenencias de su madre. Pero ahora el piso estaba a la venta y habían transcurrido varias semanas desde el funeral, así que no podía demorarse más.

Lily vio que empezaba a caer la noche y se levantó, encendió la luz y fue a servirse una copa de vino.

¿Cómo era posible que nunca hubiera estado unida a su madre y que jamás reparara en que no tenía familia? Quería a su madre; al parecer era diferente a todas las demás, y ahora Lily deseaba con todo su corazón haberla conocido mejor. Haberla conocido de verdad, saber qué cosas importantes habían ocurrido en su vida que le habían hecho daño y la habían complacido. Qué sueños no había llegado a cumplir. Qué sintió al nacer Lily. Nunca habían hablado de eso. Ella nunca había preguntado a su madre y su madre nunca le había preguntado a ella. Y ahora era demasiado tarde. La profunda desesperación de aquella idea provocaba en Lily sentimientos de culpabilidad, fracaso y decepción. La tristeza era un catalizador de muchas cosas, y ahora le parecía que el suelo que se extendía bajo sus pies se tambaleaba. Georgiana, su alocada e inquieta madre, había colmado su vida de viajes y dramatismo, y le decía lo afortunadas que eran por no verse constreñidas por ataduras familiares. Eran ellas dos contra el mundo. Y Lily la creyó, hasta que quiso formar una familia y deseó la certidumbre de permanecer en un lugar para siempre.

Lily quisiera haber conocido a la familia de su madre y también a su padre o a sus parientes. Georgiana había descartado a varios maridos, incluido el padre de Lily. Se habían conocido durante la guerra. Él era un soldado estadounidense encantador y ella era joven y estaba preparada para la aventura. Hubo un rápido cortejo y lo que su madre tachaba de «boda sencilla» antes de embarcarse en una de las naves para novias de guerra.

Lily había nacido en 1947, pero, al parecer, la vida en Torrance, California, no era la que Georgiana esperaba tras haber visto películas estadounidenses a montones. Georgiana se divorció cuando Lily era una niña y no veía razón para mantener contacto con su ex marido. Transmitió a Lily la idea de que su padre nunca había mostrado interés en una hija a la que apenas conocía. En cuanto a los familiares políticos, Georgiana había insistido una vez más en que ellas eran las afortunadas, en que eran libres como pájaros y podían elegir a sus amigos en lugar de cargar con parientes desagradables.

Los recuerdos de juventud de Lily consistían en internados y vacaciones en lugares exóticos con su madre. Eran tiempos preciados que compartían ellas dos solas. Georgiana nunca impuso expadrastros a Lily, y siempre le invadía el desconsuelo al final de las vacaciones, cuando dejaba a su jovial madre para volver al colegio.

Georgiana no ocultaba el hecho de que había sido una niña difícil y rebelde y que había dado muchos problemas a su madre.

«Yo fui más feliz en el internado que atrapada en el Oeste. Algún día me darás las gracias por enviarte a buenos colegios», le dijo a Lily.

Georgiana se negaba a hablar de la familia, a excepción de observaciones y anécdotas frívolas normalmente poco halagadoras. En una ocasión comentó que había tenido que mantener «un poco en secreto» su pasado familiar cuando fue a Estados Unidos como novia de guerra. «Tampoco tenía importancia. Sus parientes eran paletos del condado de Orange.»

Así pues, Lily se había pasado la infancia al cuidado de otras personas, con algunos periodos de viajes y estancias en pensiones y hoteles tropicales al estilo de Somerset Maugham. Transcurridos solo unos minutos de su llegada a cualquier lugar, Georgiana tenía admiradores, ayuda de todos y buena compañía.

La única referencia que hacía Georgiana a sus progenitores era que su padre había muerto en Francia durante la Primera Guerra Mundial, antes de que ella naciera, y que su madre había vivido en el Oeste, un lugar que detestaba. Georgiana causaba tantos problemas a todo el mundo que los obligó a llevarla a un internado en Perth, cosa que ella prefería de lejos. En cuanto pudo se mudó a Sídney, trabajó de secretaria y conoció a un estadounidense que acabaría convirtiéndose en su marido.

Eso era todo cuanto Lily sabía acerca de su familia. Solo conservaba recuerdos vagos de una ocasión en que visitaron a una anciana, su abuela, que vivía en Perth. Recordaba haber estado en un hermoso jardín con una mujer dulce y cariñosa. Siempre había querido volver allí, pero nunca parecía encajar en los planes de Georgiana, y más tarde Lily fue enviada a un costoso colegio privado para chicas en Sídney y no vio nunca más a su abuela. Según Georgiana, el Oeste estaba todavía más atrasado con respecto al mundo que el resto de Australia.

Debido al egoísmo propio de los niños, Lily nunca había indagado sobre su familia. Cuando quedó embarazada de su hija Samantha, Lily escribió a Georgiana para preguntarle si conocía algún problema médico hereditario. Georgiana disipó los miedos de Lily respondiendo que prácticamente no sabía nada del historial médico de su padre y que no pensaba ponerse en contacto con su familia aunque supiera dónde estaba. En su carta, Georgiana había escrito:

La vida empieza cuando uno nace. Olvida todo el bagaje, porque no puedes hacer absolutamente nada al respecto. Yo intenté darte libertad. Uno averigua qué necesita saber cuando necesita saberlo. A veces, saber demasiado puede ser doloroso.

Lily no sabía muy bien qué pensar de aquel comentario, pero se dio cuenta de que no iba a sacar nada más a su madre. Su entonces marido, Stephen, le dijo que no se preocupara. Se sentía aliviado de que su suegra, una persona errática y volátil, siguiera su propio camino en la vida. La observaba con una sufrida paciencia que no le granjeaba el afecto de Georgiana. Cuando Stephen y Lily se divorciaron, Georgiana se alegró. Durante sus visitas podría concitar la atención de Lily y Sami sin las «interrupciones e interferencias de aquel hombre».

Lily insistía en su deseo de que Stephen siguiera formando parte de la vida de Sami. «Yo no tuve un referente masculino, y una niña necesita un padre.»

Su académico ex marido, ajeno a los pequeños detalles de la vida, era un padre devoto aunque distante, máxime porque vivían en ciudades diferentes.

Lily suspiró. Cómo le habría gustado sentarse con Georgiana e insistir en que le contara todo lo que sabía acerca de su familia. Anhelaba conocer el pasado de su madre y ahora era demasiado tarde. Demasiado tarde para comprender a su madre, una persona rebelde, veleidosa e independiente que había vivido deprisa. Ni siquiera la había llamado nunca «madre». Según Georgiana, la hacía sentirse «vieja». Incluso en sus últimos años, Georgiana seguía coqueteando y aparentando menos edad de la que tenía. Cuando visitaba a Lily, pedía a su nieta Sami que la llamara Georgie en lugar de abuela.

A la sazón, Lily y Sami lo encontraban divertido, pero ahora consideraba que aquel entusiasmo era una táctica patética para llamar la atención.

Cuando Lily era pequeña, sus amigos envidiaban que tuviese una madre tan glamurosa, divertida y un tanto excéntrica. En realidad, Georgiana era egoísta y ególatra, y ahora Lily estaba resentida por la pérdida familiar que ello había ocasionado.

Mientras se regodeaba en su pérdida personal, de repente vio que estaba haciendo lo mismo que Georgiana había hecho siempre: excluir a los demás. Había comunicado a Sami la noticia de la muerte de su abuela. Su hija viajó desde Melbourne al sencillo funeral, pero, dada la inminencia de sus exámenes universitarios, Lily la animó a regresar de inmediato.

Ahora se preguntaba cómo habría encajado su hija el primer e inesperado fallecimiento en su pequeña familia. Deberían haberlo pasado juntas. No le parecía sensato que el duelo fuese privado en aquella sociedad. ¿Dónde estaban el ritual, los lamentos, el compartir, el apoyo y la continuidad de la muerte que mostraban otras culturas? ¿Era ese el motivo por el que le resultaba tan difícil dejar marchar a su madre?

Lily notó una punzada de amargura cuando se acercó al armario, que estaba vacío, excepto por unas perchas forradas de raso y una vieja maleta de piel que contenía lo más importante en la vida de Georgiana. En una ocasión la había señalado y le había dicho a su hija: «Cuando muera, encontrarás mi vida ahí dentro.»

Lily nunca había mirado dentro de la maleta, pero había convencido a su madre de que sacara el testamento, el título de acciones y las escrituras de la casa y los depositara en el banco.

Lily arrastró la maleta al centro de la habitación, bebió un trago de vino y abrió los anticuados pasadores. Olía ligeramente a bolas de naftalina y, al retirar el papel de seda de la parte superior, apareció un montón de fotografías y cartas desordenadas. Ojeó varias misivas al azar. Había cartas de amor entre Georgiana y los numerosos hombres de su vida. Otras eran de personas a las que había conocido en sus viajes, a quienes había escrito durante un tiempo hasta que la falta de contacto e interés interrumpieron la correspondencia.

Entonces le llamó la atención una caligrafía infantil que le resultaba familiar. Lily se emocionó al descubrir que su madre había guardado prolijamente todas las cartas que le había escrito cuando iba al colegio. Georgiana no mantenía correspondencia con tanta diligencia y prefería el teléfono. Lily siempre tuvo la ligera sospecha de que las cartas que escribía su madre aspiraban a la aprobación pública, a ser leídas y admiradas por otros. Descripciones dramáticas y detalladas de lugares exóticos se entremezclaban con anécdotas divertidas y escandalosamente exageradas escritas en grueso papel pautado con una letra grande y fluida.

La maleta también contenía docenas de fotografías de los viajes y amigos de Georgiana. Lily vio una instantánea envuelta en papel de seda. Movida por la curiosidad, retiró el papel amarillento y apareció una foto en tono sepia con un pequeño marco de plata. En ella se veía un hombre atractivo con uniforme blanco y tocado con una gorra náutica un poco inclinada. A pesar de la pose formal se adivinaba un atisbo de sonrisa contenida en la boca y en aquellos ojos alegres. Nunca había visto a aquel hombre, y por un momento se preguntó si era su padre, pero luego recordó que había estado en el ejército. Abrió la parte posterior del marco y en el reverso de la foto leyó en una caligrafía enmarañada: «Broome, 1910.» Era demasiado mayor para ser un amante de su madre y, sabiendo que la familia de Georgiana provenía del Oeste, obviamente debía de existir una conexión.

Había otras fotos tomadas en bailes y cenas, y en jardines de casas que desconocía. Había una de un hombre uniformado que aparecía en varias imágenes y, a juzgar por el coche, supuso que era en Estados Unidos. Las fotos se habían hecho por todo el mundo, y en ellas Georgiana era la protagonista junto a elefantes, castillos y compañeros sonrientes. Había fotos de Lily tomadas en sus vacaciones y otras de niña jugando con un velero, en un tiovivo o vestida para matar con sombrero, lazos y merceditas, lo que Georgie denominaba sus «zapatos de Shirley Temple».

Pero aquel era un documento de la vida de Georgiana después de que hubiera abandonado Australia. No había nada que la relacionara con su familia, su infancia o su país. Nada, excepto aquella misteriosa fotografía del hombre de Broome.

Lily llegó al fondo de la maleta y encontró un paquete. En su interior había una carta y otro paquete envuelto en tela. Temblorosa, abrió la carta, escrita con la caligrafía de su madre y dirigida a ella.

Querida Lily:

Mi intención siempre fue darte esto, pero nunca encontré el momento adecuado. Me contuve porque sabía que harías preguntas y no poseo todas las respuestas.

Tuve una juventud agitada. No sentía interés por mi pasado, y prefería ceñirme al viejo dicho de que ojos que no ven, corazón que no siente. Desde la guerra, supongo que mi filosofía ha sido vivir el día a día.

Ahora son tuyas, ya que han pasado a manos de las mujeres de nuestra familia durante mucho tiempo. Cuando mi madre me las dio, dijo: «Llévalas cerca del corazón, como he hecho yo. Si no las amas y cuidas de ellas, al igual que el amor, se convertirán en polvo.»

Quiero que sepas que has estado en mi vida y, a mi manera, he hecho lo mejor para ti. No necesitaba más familia que tú.

Con amor,

MADRE

Lily lloró al leer aquellas palabras. Era la primera vez que recordaba a Georgie denominarse madre.

«¿Por qué no me lo dijiste antes? Eras lo único que tenía, Georgie. Eras mi madre, sí, pero necesitaba más.»

Lily sollozó por el dolor de la pérdida, por su madre, por la familia a la que nunca conoció, por la mujer que era y no comprendía y por su hija, a la que pudo transmitir tan poco de su pasado.

Cuando finalmente dejó de llorar, todavía temblando de emoción, desenvolvió el paquete cilíndrico lleno de bultos.

En él había una bolsa de terciopelo azul. Desató el cordel y sacó un collar de magníficas perlas gruesas y brillantes. Lily suspiró al tocarlas, pero lo que le llamó la atención fue el colgante de nácar con extraños grabados que pendía del centro del collar de perlas. En él aparecían talladas unas líneas paralelas, un círculo con otros más pequeños en su interior, y una X.

De manera impulsiva, se puso la hilera de perlas alrededor del cuello y rodeó el colgante con las manos. Era suave y frío, y Lily cerró los ojos mientras la invadía un sentimiento maravilloso.

Y después, vagamente, como si mirara a través de un banco de niebla, recordó. Había visto antes aquel maravilloso collar brillando sobre el azul marino de un vestido que lucía la mujer del jardín. Le volvieron otros pequeños detalles. Habían paseado de la mano entre las flores. Su bisabuela le había enseñado los nombres de las flores. Una vez, cuando se volvió para sonreír a Lily, la pequeña extendió la mano y tocó el colgante. La bisabuela se lo prestó y le dijo: «Algún día será tuyo, Lily.» Entonces llegó Georgie. Según ella, el collar, que le llegaba por las rodillas, le quedaba muy mal, así que se lo quitó y se lo devolvió a su propietaria. «Por si lo rompe», le dijo.

Lily había olvidado el incidente, pero ahora lo recordaba a la perfección. Fue en aquel viaje a Perth para ver a su bisabuela. Se preguntaba por qué nunca había visto a su madre llevar aquel collar de la familia. Obviamente era antiguo y valioso. Pero lo que le daba valor era el hecho de que fuese una reliquia familiar. Tenía la sensación de que era su único vínculo con su pasado y una familia a la que no conocía.

Lily extendió las piernas, apuró el vino y recorrió el piso de su madre luciendo el magnífico collar de perlas y el colgante.

Tenía ganas de coger el teléfono y llamar a su hija, pero se contuvo, ya que no quería contagiar su confusión y tristeza a una joven ocupada con los exámenes finales de la universidad. Después, pensó en el hombre que había en su vida. Sabía que Tony la trataría con dulzura si llamaba, pero era el tipo de conversación en la que debía estar cerca físicamente y poder tener toda su atención, llorar y recibir abrazos. La distancia y la vida privada los separaban.

De repente, Lily se sintió increíblemente sola.

En las semanas posteriores cumplió con las formalidades: vender posesiones, regalar cosas y poner a la venta el piso de su madre. Pero no podía desprenderse de su sentimiento de desubicación y pérdida y del persistente deseo de esclarecer las lagunas de su pasado. Encontrar el collar de perlas había desencadenado muchas emociones. Se descubrió mirándose al espejo del cuarto de baño, estudiando sus rasgos, buscando pistas de fantasmagóricos parientes desconocidos que se deslizaban por su pasado, que habían formado a aquella persona llamada Lily. ¿De dónde venía? ¿Qué genes le había transmitido a su hija?

Como si hubiese oído su llamada silenciosa, Samantha telefoneó.

—He estado pensando en ti, mamá. Debe de ser duro ordenar todas las cosas de Georgie. Me habría gustado ir a ayudarte. Creo que habría sido más fácil saber que realmente se ha ido si hubiera estado ahí contigo.

—Sí, a mí también me habría gustado, pero tenías exámenes, Sami... Desde luego ha sido... raro.

Sami notó el vulnerable temblor en la voz de su madre.

—Papá me preguntó cómo estabas. Me dijo que no quería entrometerse, pero que esperaba que lo llevaras bien.

—Sí, lo llevo bien. Ya me conoces. Es solo que...

Y no pudo continuar.

—¿Qué, mamá? No la echas de menos, ¿verdad? Tampoco es que pasara mucho tiempo contigo.

—Pero era mi madre, Sami... Y no puedo dejar de hacerme preguntas sobre ella y sobre su vida.

—No sabemos gran cosa, ¿no? —El tono de Sami era firme—. Creo que fue muy injusto que se lo guardara todo para ella. Nunca nos contaba nada. Siempre que le preguntaba por su parte de la familia, decía que no necesitábamos saber esas cosas. ¡Pero yo sí, mamá! —Ahora la voz de Sami era temblorosa—. Todo forma parte de nosotros. Es como si nos hubiera arrebatado a nuestra familia, como si la hubiera borrado del mapa. Y ahora solo quedamos tú y yo y un montón de cartas y fotografías de personas sobre las cuales no sabemos nada. ¿Qué se supone que voy a contarle a mi hija cuando tenga una?

—Cálmate, Sami. No seas melodramática. Pero tienes razón, cariño. Yo también tengo la sensación de haberte fallado...

—No, mamá, no lo has hecho. A lo mejor podemos encajar las piezas y rastrear nuestro árbol genealógico cuando tengamos tiempo. Por favor, no te sientas mal. ¿Quieres que coja un vuelo?

—No, cariño. Solo faltan unos meses para las vacaciones. Céntrate y estudia mucho. Quizás hagamos algo especial, en algún sitio bonito. Si no tienes planes, claro.

—Me encantaría. Anotémoslo en la agenda. Te quiero, mamá.

—Yo también te quiero. Cuídate, Sami.

Lily colgó, agradecida a su hija por la consideración que había mostrado, pero sintiéndose peor que antes. Tenía la sensación de que la historia se repetía. Sumida en sus pensamientos, Lily guardó de nuevo las instantáneas y las cartas en la maleta de cuero, pero dejó fuera el marco de plata con la fotografía del hombre de Broome. Se dejó puesto el collar y aquella noche durmió desnuda, luciendo solo las perlas. Transmitían calidez a su piel y, una vez, al despertarse bajo la luz de la Luna, las miró y le pareció que habían cobrado vida, ya que su lustre era casi luminoso.

Por la mañana había tomado una decisión. Cogería una excedencia de tres meses en la clínica donde trabajaba como técnico de investigación, ya que le debían vacaciones por antigüedad. Iría a Broome y emprendería allí la investigación acerca de la familia de su madre. Se lo debía a sí misma y a su hija.

Cuanto más pensaba en la actitud de Georgiana, más convencida estaba de que había secretos que tal vez su madre prefería que permanecieran enterrados y olvidados.

Le sorprendió lo fácil que era hacer que las cosas sucedieran. En cuestión de semanas había reorganizado su vida.

Tony, su amante, buen amigo y compañero a tiempo parcial, al principio se mostró extrañado y preguntó por qué iniciaba aquella investigación ahora.

—¿Por qué no lo hiciste años atrás? Me dijiste que te interesaba mucho cuando estabas embarazada de Sami. ¿Por qué lo haces ahora? ¿Qué vas a conseguir?

El amable interrogatorio de Tony la llevó a buscar las respuestas en su corazón. A lo largo de su vida había sentido la necesidad de seguir la pista de su familia en varias ocasiones. El embarazo le hizo preguntarse por rasgos y genes hereditarios, pero en aquel momento ya estaba bastante atareada. Siempre tuvo intención de sentar a su madre y, con una botella de vino de por medio, formularle todas las preguntas, pero nunca lo hizo. Y en el internado, cuando las niñas hablaban de cosas de familia y compartían secretos, Lily tenía poco que decir y les hacía creer que ocultaba algo en lugar de contarles lo poco que sabía acerca de sus parientes. ¿Habrían sometido a Sami al mismo interrogatorio y, como ella, no tuvo respuestas?

Tal vez fuera la conmoción, la tristeza, el vaivén emocional de su vida, el haberse dado cuenta de que debía algo a su hija, pero Lily sabía que había llegado el momento de indagar en su vida, en el pasado y en el futuro.

Curiosamente, se sentía fortalecida y renovada, y habló en voz alta:

—Espero que por fin descanses en paz, Georgie, pero tengo asuntos pendientes. Asuntos de familia. Me voy al Oeste.

Lily alzó las perlas y besó el colgante y, por primera vez en muchas semanas, rio con ganas.

Lily iba sentada en la parte delantera, junto a la ventana, con el rostro oculto por las páginas del periódico The Australian. Su concentración se vio interrumpida por la azafata, que abrió la mesita y colocó una bandeja de comida delante de ella.

Lily sonrió por encima del periódico.

—Lo siento, estaba leyendo.

La joven, enfundada en el uniforme de Ansett, le devolvió la sonrisa.

—¿Té o café?

—Té, por favor.

Cuando empezó a servir el té humeante, la azafata miró afablemente a aquella atractiva mujer.

—¿Va a Darwin de vacaciones?

La tripulación de cabina había estado observando a la hermosa mujer, que rondaba los cuarenta años. Llevaba pantalones de lino beige, camisa de seda de color crema, el espeso cabello negro recogido en lo alto de la cabeza y elegantes joyas de oro. «Refinada» era la palabra que, a su juicio, se adecuaba a ella. Tenía la piel aceitunada y grandes ojos oscuros. Su boca era amplia y generosa. Era una de esas mujeres bellas cuyo aspecto sorprende rasgo a rasgo.

Lily respondió con voz ronca y pausada.

—En realidad voy a Broome.

—Ah, es un lugar fantástico para unas vacaciones.

—Voy por negocios. Negocios familiares. ¿Cuántas horas estaré en Darwin?

—Me temo que cinco. Tiene que cambiar de avión.

La azafata sonrió y avanzó hacia la siguiente fila de asientos. Cuando regresó más tarde para ofrecer otra taza, Lily estaba recostada con los ojos cerrados y una expresión nostálgica que no invitaba a molestarla.

No dormía, pero estaba cansada, emocional y físicamente. Había terminado de guardar, vender y donar las pertenencias de Georgiana. El piso estaba limpio y vacío y en manos de un agente inmobiliario. Se había acostado tarde empaquetando y ordenando cosas para el ama de llaves que había contratado mientras estuviera fuera. Madrugó y llamó a Sami para decirle que estaba de camino y que se hospedaría en el Hotel Continental de Broome. Prometió comunicarse con frecuencia.

En aquel momento, Lily consideraba el viaje una especie de punto de inflexión en su vida. Se dio cuenta de que llevaba algún tiempo tratando de no hundirse y no podría avanzar hasta que hubiese resuelto su pasado. Se hacía raro pensar que había llegado a los cuarenta sin «encontrarse a sí misma», pero ciertas cosas tal vez llegaban en determinados momentos de tu vida.

Su matrimonio con el padre de Sami había sido convencional. Con el paso del tiempo se estancó y empezaron a vivir en mundos separados, él como profesor universitario en la cueva que era el mundo académico, y ella ampliando horizontes y buscando algo más en la vida.

Cuatro años después de su divorcio conoció a Anthony Jamieson —Tony—, un viudo cuya esposa había fallecido dos años antes. Su muerte le había causado un retraimiento emocional y, pese a su sofisticación y profesionalidad en el trabajo, era un hombre vulnerable. A sus cincuenta y dos años, no tenía intención de mantener una relación seria con una mujer. Tenía un trabajo exigente y una familia numerosa que incluía nietos. Pero Lily lo cogió desprevenido; se coló en su corazón y, según confesaba él mismo, se instaló en su alma. Había supuesto una sorpresa maravillosa para ambos el descubrir una pasión sexual y emocional que nunca antes habían experimentado. En su opinión, tenían lo mejor de ambos mundos, porque vivir separados mantenía el fuego del romance y la pasión.

Lily supo desde el principio que él no quería hacerse responsable de la felicidad de otra persona. Durante el tiempo que pasó sola después del divorcio, aprendió la valiosa lección de disfrutar de su propia compañía, descubrir sus virtudes y responsabilizarse plenamente de su vida.

Había sido un camino lleno de baches, y las lágrimas de autocompasión y soledad asomaban a menudo y de manera inesperada, pero lo había soportado y se hizo fuerte e independiente, pero dulce y tranquila. Tony a menudo se maravillaba de lo comprensiva, cálida y tolerante que era. Sin darse cuenta, había pasado de recibir a dar. Pero los hilos que unen a dos personas no están hechos de acero inflexible, sino que se estiran, tiemblan y se parten como la goma elástica, y nada es siempre igual. La vida era una cuestión de pequeños cambios constantes, y había que tensar y soltar aquellos hilos cuando fuera necesario. Pero no se abordaron algunas cuestiones, y ahora Lily tenía espacio para revaluar muchos factores de su vida. Y, aunque quizá no encontrara lo que estaba buscando o no le gustaran las respuestas que obtuviera, por primera vez en mucho tiempo tenía un objetivo en la vida.

Lily se estremeció al notar que el avión iniciaba el descenso hacia Darwin. Al salir del frío interior del aparato, la oleada de aire húmedo y caliente envolvió su cuerpo y le hizo pensar en Asia. Las palmeras desgreñadas, la luz cegadora del sol y el hombre sonriente con pantalones cortos, calcetines largos y camisa blanca de manga corta recién planchada le decían que estaba en el norte. Le devolvió la sonrisa.

—Encontrará sus maletas a la izquierda —le dijo.

—Espero que no —respondió una sonriente Lily—. Supuestamente han de continuar hasta Broome.

—Uno nunca sabe, cariño. Es posible.

Lily volvió a comprobar la hora de salida y cogió un taxi camino al museo.

—Hay una exposición fantástica. El edificio es espléndido, le gustará. Esta vez los burócratas han acertado, para variar
—comentó el conductor con cinismo.

La dejó en un edificio rodeado de arbustos y vegetación situado en un promontorio cerca de Mindil Beach. No bien hubo franqueado las puertas de cristal le llamó la atención una gran muestra de tallas aborígenes en madera de las islas situadas al norte de Darwin y Arnhem Land, y al instante se sintió cautivada por la misteriosa pero fascinante experiencia cultural. Había algo muy espiritual en las tallas y los diseños en tonos ocre.

Cerca había una gran exposición de arte aborigen de muchas regiones del norte de Australia, obras de corteza y tela de estilos que no le debían nada al arte occidental, pero mucho a una cultura ancestral y a un mundo espiritual casi incomprensible llamado El Sueño. Mientras deambulaba por la galería, sintió una curiosa y emocionante empatía hacia las obras, aunque en realidad no las entendía.

Le llamaron la atención una flecha y un cartel que decía «Museo marítimo» e interrumpió aquella especie de trance en el que se sumió mientras recorría la muestra aborigen. Apretó el paso y pronto llegó a una galería con una colección de embarcaciones como nunca había visto. Había canoas de madera aborígenes, pequeñas barcas con velas de formas extrañas y enormes praus comerciales de las islas de Indonesia, un barco de refugiados vietnamita y canoas con estabilizador de Papúa Nueva Guinea. Pero lo que dominaba la muestra le cortó la respiración.

Era un reluciente lugre perlero de color blanco con todas las velas desplegadas. Junto a él se exponía un viejo traje de buzo y un bulboso casco metálico. De repente se descubrió pensando en el elegante marinero, cuya foto, que encontró en la maleta de su madre, había llevado con ella. Pudo visualizarlo al timón del lugre, y la imagen le arrancó una pequeña sonrisa. Durante varios minutos observó cada detalle del barco y pasó las manos por las curvas del casco.

—Hermoso —murmuró—. Simplemente hermoso.

Gracias a otra exposición supo que, durante siglos, los barcos extranjeros visitaron las aguas y costas septentrionales de Australia, mucho antes de que el capitán inglés James Cook avistara la costa este de Australia. Hombres de piel dorada procedentes de Madagascar habían realizado aquel trayecto cada mes de diciembre, manejando sus praus en el monzón del noroeste para intercambiar telas, herramientas de metal, tabaco y arroz por pepinos de mar y caparazones de tortuga. El pepino de mar seco se vendía a precios muy elevados a los mercaderes chinos, que lo utilizaban para fabricar medicamentos, además de ser una exquisitez.

Durante meses, aquellos hombres del archipiélago vivían, trabajaban y comerciaban con las tribus locales antes de emprender su regreso empujados por los vientos del sudeste.

Los comerciantes y marineros que navegaban con los vientos del monzón no eran colonos ni imperialistas. Eran simples mercaderes de las Islas de las Especias, en el otro extremo del mar de Timor. Siempre que respetaran las ancestrales costumbres culturales y comerciales, serían bienvenidos. No lo eran tanto los ocasionales marineros portugueses y holandeses extraviados que maldecían su error de navegación al ir demasiado al este desde el cabo de Buena Esperanza antes de virar hacia el norte en dirección a sus fortificados centros comerciales en todo el mundo malayo. Si, por infortunio o falta de agua dulce y comida llegaban a la costa, normalmente luchaban con las tribus locales y se perdían muchas vidas en ambos bandos.

Lily consultó el reloj, miró por última vez el lugre y se dirigió a toda prisa al mostrador de recepción para preguntar dónde podía averiguar más sobre la pesca de perlas. Una servicial joven llamó a un taxi después de explicar a Lily que debía visitar el museo de la perla en el barrio portuario situado en el centro de la ciudad.

Esta vez, el taxi la dejó frente a un viejo hangar del puerto, bajo el empinado peñasco en el que se había construido el corazón de Darwin. Pagó cinco dólares y entró en lo que parecía un pequeño y oscuro cine.

Unas luces azul fluorescente penetraban en unos grandes acuarios, y de los altavoces llegaba el siseo y el borboteo del aire inhalado y espirado con un gorjeo de burbujas. Una pequeña cueva en forma de medio casco de buceo albergaba más exposiciones, y el expositor de cristal daba a una pantalla de vídeo que mostraba escenas subacuáticas de pesca de perlas a la antigua usanza. Un vídeo retransmitido en una gran pantalla contaba la historia del cultivo de perlas moderno. Varios paneles con fotografías en color mostraban agujas introduciéndose en el músculo de las ostras, seguidas de conchas abiertas exponiendo sus perlas húmedas y relucientes y, por último, las fabulosas joyas principescas que podían verse en tiendas de todo el mundo.

A Lily le interesaban más los primeros días de la pesca de perlas, y contempló las fotos sepia, los recortes de prensa, los componentes de equipos de submarinismo, las herramientas del pulidor y una selección de perlas catalogadas en un expositor de cristal. Luego, en un rincón oscuro, vio parte del casco de un pequeño lugre. Aunque no tenía jarcia, mostraba la prolija construcción.

En varias fotografías de este y otros lugres similares se apreciaban cubiertas repletas de conchas de nácar, tripulantes de piel oscura y buzos japoneses sonriendo dentro de sus abultados trajes de lona con reborde de cobre y sosteniendo grandes cascos de metal. Lily casi podía oler la cuerda de fibra de coco, la brea y la salubridad del mar.

De repente, una voz y un intenso olor a tabaco la hicieron volverse hacia un hombre fornido con camisa azul marino y una identificación en el bolsillo que decía Dave.

—¿Le interesa todo esto? —preguntó afablemente.

—Sí, me interesa. ¿Trabaja usted aquí?

—Sí. Pregúnteme lo que quiera.

Lily sonrió y pensó qué respondería si le preguntaba quién era su familia, pero dijo:

—Voy de camino a Broome y se me ocurrió hacer los deberes.

—¿Sale en el vuelo de las tres? Este es un buen lugar para pasar el rato. ¿Va usted a Broome, dice? Viví allí una temporada. Trabajé para un constructor de barcos, hice un poco de esto y un poco de aquello y después fui a una de las grandes granjas de perlas. Ahora ya no es como antes. —Hizo una pausa para reflexionar sobre algunas fotografías—. Por aquel entonces la vida era dura. La pesca de perlas ha perdido gran parte del romanticismo; es un negocio distinto, aunque todavía hay cierta intriga y luchas internas. Cuando alguien descubre un nuevo proceso, se abalanzan todos sobre él. Las bandas saquean las granjas de perlas por la noche. Esas grandes perlas de Broome alcanzan precios increíbles en el extranjero. Algunos collares cuestan cientos de miles de dólares. ¿Quién es su familia? Broome es un lugar pequeño. Quizá los conozca.

—Lo dudo. Se han ido todos. Están muertos. —Lily cambió de tema—. ¿En Broome sobrevive mucha historia antigua?

—Gracias a lord McAlpine, algunos de los viejos edificios (Chinatown, el cine al aire libre) se han salvado. Es una lástima que otros constructores y extranjeros que llegan a una pequeña ciudad no tengan la misma actitud. Si quiere encontrar el viejo Broome, lo único que tiene que hacer es oler los mangles, caminar sobre conchas rotas y contemplar los restos de los viejos hidroaviones cuando baja la marea. Si pasea por la playa se transportará a los viejos tiempos. Pero observe atentamente este lugre... Ya no queda ninguno.

Lily empezaba a sentir claustrofobia en el pequeño y oscuro museo, donde el sonido amplificado de las burbujas la estaba mareando.

—Gracias por su ayuda, Dave. Creo que iré a un hotel a comer un bocadillo antes de volver al aeropuerto.

—Pruebe en el Hotel Darwin —propuso con entusiasmo—. Es mi antro preferido y, al igual que este viejo barco, es una reliquia del pasado.

Lily se echó a reír.

—Gracias por el consejo —respondió antes de darse la vuelta.

Dave la acompañó hasta la puerta, ofreciéndole en todo momento efusivos consejos. Aliviada, salió al exterior, donde azotaba el calor del mediodía. Se puso las gafas de sol y caminó lentamente hacia las escaleras que unían el puerto con el barrio de los negocios, anhelando en todo momento una cerveza fría y un bocadillo al fresco en el anticuado hotel.

SecretoPerla.html

2

Anochecía cuando el avión aterrizó en Broome y, mientras recorría la pista, Lily notó que los últimos calores del día empezaban a ceder ante la fría noche tropical.

El pequeño autobús de cortesía era conducido por un joven afable que también trabajaba de camarero y recepcionista en el Hotel Continental. Por la breve investigación que había realizado sobre Broome, Lily recordaba fotografías del gran «Conti» en su momento de apogeo, a principios del siglo XX. Pero al entrar, le pareció que los largos edificios parecían más un motel de los años sesenta que un esplendoroso hotel colonial. No era el Raffles, pero compensaba sus carencias en materia de suntuosidad con sonrisas amigables y conversaciones íntimas inmediatas. Su habitación era sencilla pero cómoda, y encendió el ventilador en lugar del aire acondicionado. Lily se alegró de que la habitación diera a un jardín privado de buganvillas con una pequeña mesa y una silla.

Lily se soltó la larga melena negra, se la cepilló, se retocó el lápiz de labios y se dirigió al Lugger Bar. «Otra reliquia del pasado», pensó con una sonrisa.

Pero allí no había ningún Long Bar ni un Gin Sling. La decoración era de la RSL, práctica y conocida entre los bebedores australianos. Sin embargo, el lugar estaba tranquilo, con pocos clientes, y no sintió aprensión por ser la única mujer de la sala. Pidió una copa de vino y paseó por el bar contemplando las grandes fotografías enmarcadas que colgaban de las paredes. Aquel era el viejo Broome: lugres alineados junto al extenso malecón, tumbados de costado en el barro que dejaba la marea baja; buzos japoneses con cascos de metal bajo el brazo y trajes que parecían globos; y trabajadores asiáticos sentados al lado de grandes montones de conchas que abrían y clasificaban.

Lily sintió el abrumador anhelo de formar parte de aquella época romántica. Cómo deseaba que el vuelo de Ansett la hubiera llevado al Broome de principios del siglo XX. Aunque no había visto el lugar, Lily notó una sacudida emocional por el mero hecho de estar allí, y esperaba no sentirse decepcionada por que el pasado hubiese quedado borrado y su búsqueda privada llegara a un callejón sin salida.

Un hombre menudo, ajado por el sol y con el cabello blanco y una camiseta desteñida de una carrera de atletismo de hacía una década se dio la vuelta sobre el taburete y se dirigió a ella.

—Qué tiempos aquellos, chavala. Esta ciudad era una locura en los años veinte.

Lily sonrió ligeramente cuando la llamó «chavala». Obviamente, la corrección política no estaba muy en boga en Broome.

—Estoy segura de que es usted de aquí —dijo ella con dulzura.

—Sí, supongo que ahora cumplo los requisitos.

Su rostro se quebró en cien arrugas al sonreír.

—¿Lleva aquí mucho tiempo?

Lily se dirigió a la barra, pasando junto a las mesas de falso estilo Tudor, y se sentó junto al anciano.

—Demasiado. Todo el mundo dice que viene a Broome una temporada o dos, y después no se van nunca. Yo pensaba marcharme cuando ganara pasta suficiente. Jamás lo hice. Acabé retirándome a una casa en Perth hace unos años, pero no pude soportarlo. Prefiero vivir aquí en una barraca. ¿Usted ha venido de vacaciones?

—En cierta manera. Estoy investigando un poco, estudiando los viejos tiempos, las viejas familias.

—¡Continúe! —dijo con auténtica sorpresa—. ¿Para qué?

Lily bebió un trago de vino mientras pensaba una respuesta.

—Puede que escriba algo. O que descubra un árbol genealógico.

—Por esta zona es más probable que encuentre un par de esqueletos en el armario —remachó el veterano guiñando un ojo—. ¿Y por dónde va a empezar?

—No estoy segura. ¿Qué me sugiere?

—Lo mejor será que visite la Asociación «Histérica». Está en esta misma calle. Yo nunca he ido.

Lily se echó a reír.

—¿Es una asociación histórica grande?

—Se encuentra en la antigua aduana. Es un lugar pequeño, pero quizá tengan material como el que usted anda buscando. No hay otro sitio —apostilló el hombre mientras apuraba su copa y miraba expectante a Lily.

Lily captó la indirecta y pidió una ronda.

—Me llamo Lily Barton.

Se estrecharon la mano.

—Clancy. Bueno, mi verdadero nombre es Howard, pero me gusta la poesía, de ahí el apodo.

—¿Lee poesía?

—A veces —repuso, encogiéndose de hombros y añadiendo con entusiasmo manifiesto—: Mis creaciones son mejores.

Lily intervino con rapidez para evitar que se ofreciera a citar sus obras originales.

—Cuénteme. ¿Hay ancianos por aquí con los que pueda hablar, buzos o alguna vieja familia?

—¿Qué hay de malo en mí? —preguntó el sonriente Clancy—. Mire, hay viejas familias por aquí. La mayoría hace su vida y guarda las distancias. Son gente muy variopinta. La señora Fong podría contarle algunas cosas; su marido era buzo. De joven limpiaba casas para las damas blancas ricas. Ahora los Fong son empresarios bastante prósperos. La gente que trabaja con perlas es bastante nueva aquí. Depende mucho de lo que esté buscando.

Lily rebuscó en el bolso la vieja foto del hombre vestido de blanco y se la mostró a Clancy. El camarero y los demás parroquianos se congregaron a su alrededor.

—Forma parte de mi pasado, pero no sé nada de él.

Todos estudiaron la imagen.

—Bueno, el primer ministro no es —dijo Clancy con una sonrisa—. No tengo ni idea de quién puede ser. Es anterior a mi época.

Los demás asintieron y Lily guardó de nuevo la fotografía en el bolso.

La conversación siguió divagando y se unieron a ella el resto de los parroquianos, que la entretuvieron con historias del pasado sumamente inverosímiles e hilarantes. Finalmente, el hambre y el cansancio la obligaron a darles las buenas noches.

—Mi día ha sido tres horas más largo que el de ustedes gracias a los husos horarios —explicó para impedir que pidieran otra ronda—. Han sido una compañía fantástica. Estoy segura de que tendremos la oportunidad de volver a hablar.

—Sí, sería estupendo. Puede encontrarnos casi todas las noches aquí en el bar —dijo Clancy afectuosamente.

Los hombres observaron con admiración mientras la esbelta figura desaparecía entre los oscuros jardines.

—Una tipa atractiva. ¿Qué creéis que anda buscando?
—preguntó Clancy alzando el tono de voz.

—Es difícil saberlo —repuso el camarero—. Pero tiene habitación para un par de semanas.

A la mañana siguiente, Lily desayunó en su pequeño patio, en el que colgaban brillantes buganvilias. Una nota de disculpa anunciaba que no había cruasanes, así que fueron reemplazados por magdalenas, y el periódico The Australian llegaría con el vuelo de última hora de la mañana. En su lugar, le habían proporcionado una serie de folletos de «Cosas que hacer en Broome y Kimberley». Lily toqueteó la radio que había junto a la cama en busca de un boletín informativo, pero se rindió y se tomó el té antes de que se enfriara.

Más tarde, vestida con vaqueros y camisa, preguntó en recepción cómo llegar a la Asociación Histórica, pero la chica parecía ignorarlo.

—Creo que está en la antigua aduana —dijo Lily.

—Ah, eso está en el centro comercial Seaview, dos manzanas más abajo —comentó.

Lily salió al exterior, donde la recibieron un aire cálido y la caricia de la brisa. Se detuvo y recobró el aliento mientras observaba la extensión de la bahía de Roebuck al otro lado de la carretera. El agua lamía el borde de unos gruesos mangles donde unas rocas enmohecidas sobresalían del extraordinario mar turquesa. Permaneció allí, paralizada, preguntándose cuánto tardaría en acostumbrarse a aquel increíble color. Algunos tramos blanquecinos daban al agua una apariencia sólida y, en contraste, la claridad del cielo azul parecía traslúcida.

Siguió caminando y se descubrió deteniéndose y contemplando una vez más un vestigio del pasado. En esta ocasión no pudo comprender de inmediato qué le había llamado tanto la atención. Era simplemente una pequeña tienda cerrada que daba al mar. Su oxidado zinc era del rojo sangre de las rocas, las paredes eran delgadas y estaban llenas de agujeros y a través de huecos y ventanas podían verse montones de cestas de ostras putrefactas, redes y cuerdas. Rodeó el pequeño y solitario edificio e hizo una foto, sin saber muy bien por qué le intrigaba tanto el lugar.

En el pequeño edificio blanco de madera que ahora albergaba la Asociación Histórica había una pulcra plaquita con detalles de su anterior vida como aduana. En el pequeño jardín delantero encontró material de buceo, bombas de lugres e instrumental de los pioneros. A lo largo de la pequeña galería había vitrinas cerradas, pero dejadas confiadamente a la vista de todos.

Lily se dirigió a la puerta principal, donde había un gran cartel que decía: AIRE ACONDICIONADO. ENTRE. Después vio una nota manuscrita más pequeña: CERRADO. VOLVEREMOS A ABRIR EN UN PAR DE DÍAS. Lily se sorprendió un poco y se preguntó cuánto llevaba allí el cartel y cómo podía acceder al museo. Volvió al Continental y llamó a la agencia de alquiler de coches que le habían recomendado.

Al poco llegó una mujer vivaz con un todoterreno ligero. Regresaron a la caseta metálica que hacía las veces de oficina y la mujer le contó la historia de su vida y que su matrimonio había mejorado inmensamente desde que dejó la costa este por Broome. Lily meditó sobre la posible influencia de la geografía en el matrimonio.

Después de realizar el pago con tarjeta de crédito, Lily tomó una carretera polvorienta que discurría junto a pequeños bungalós rodeados de plantas tropicales. Se detuvo en el Centro de Información Turística. Dentro, preguntó por otras fuentes de información sobre historia antigua y comentó que la Asociación Histórica estaba cerrada.

—Ah, sí. La mujer que la regenta tiene problemas familiares y la otra voluntaria está fuera. ¿Qué tipo de cosas quiere saber? —preguntó la servicial chica que había detrás del mostrador.

Lily se sabía la historia al dedillo. Cuando deslizó una referencia a la interesante crónica de los primeros comerciantes que llegaron a la costa y su fascinación por la antigüedad, la directora de turismo chasqueó los dedos.

—Bien. Si puede subir por la costa, este lugar podría resultarle interesante. Su equipo necesitará un todoterreno, pero es una época seca y tranquila del año. No debería tener problemas.

La chica fue a buscar un mapa.

—¿Dónde es eso? —preguntó Lily.

—Cabo Leveque. Las viejas misiones podrían responder a algunas de sus preguntas. Ahora todo está tranquilo, pero si quieren retroceder en el tiempo, deberían empezar ustede

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