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Tras el muro de tus sueños (Los Silverwalkers 2)

Chris de Wit

Fragmento

Creditos

1.ª edición: octubre, 2017

© 2017, Chris de Wit

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-881-5

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Epílogo

Promoción

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Capítulo 1

Delta del río Paraná, Argentina

Agua. Caudales de agua que envuelven las cabelleras entretejidas, abrazan el aroma de los cuerpos unidos y el sonido de la pasión devoradora. Urgencia y dulzura en los brazos masculinos y fuertes que aferran a los femeninos, pálidos y cálidos. Ojos brillantes, plateados, que se reflejan con devoción en los suyos. Agua, más agua, poderosa y enérgica, que los acuna en su lecho, los enlaza en la alegría y los acaricia en el dolor. Besos de fuego vivo. Manos satinadas y urgentes que se cierran como las alas plateadas de un ángel protector. Besos, más besos. Cuerpos danzantes, copulantes y amantes.

Agua, más agua que cubre el frenesí de abrazos, girando en la matriz purificadora y creadora. Sus manos entrelazan los cabellos claros que caen sutilmente rodeando la curva de las caderas, irradiando el brillo que es reflejo del suyo propio. Sumergido en la profundidad de los ojos verde mar, se deja abrazar por su iridiscencia que lo deja sin aliento. Plata. Los pechos juveniles, turgentes y jugosos, absorbidos por sus labios, se elevan siguiendo el compás de su respiración. Y la urgencia masculina que entra en la suave y cálida cueva que se abre como una flor y da la bienvenida al dolor inicial, liberador después. Furia, dolor, éxtasis.

Agua, más agua, que anuncia el encuentro de lo que ha buscado durante tanto tiempo. Aquello tan deseado. Y de repente el grito inconfundible unido al suyo propio, que corona la bendición. Agua, caudales de agua que impulsan esta danza ancestral y milenaria. Vorágine y orden. Orden divino.

«Tu búsqueda ha terminado, caminante. Abre tu mano y recoge el primer símbolo. Ella es parte de él. Encuéntrala».

El resplandor plateado lo envuelve como si fuera una bomba que estalla y se expande, borra las imágenes e inunda su iris contemplativo. Tristeza y alegría. Ignorancia y sabiduría. Odio y amor. El principio y el fin en una poderosa convergencia. Y en medio de ese caos ordenado, sus propios labios que susurran aquel nombre... Aniel.

Gabriel despertó sudando, susurrando esa palabra otra vez. Mientras trataba de volver a la realidad tangible, seguía oyendo el eco en los oídos, golpeando su mente de manera persistente como venía sucediendo desde hacía un año y medio sin pausa. Revivir ese sueño aceleraba su corazón.

¿Qué o quién era Aniel? ¿Un lugar? ¿Una persona? ¿Y qué significaba ese sueño? Muchas preguntas revoloteaban en su mente día tras día desde que el sueño se había manifestado por primera vez, y lo único que tenía en claro era la mención del símbolo. El primero de los cinco símbolos que su estirpe venía buscando desde hacía más de cien años y que requería ser encontrado por él.

¿Y quién era ella? Solo podía ver los cabellos, los ojos, partes del cuerpo, pero nunca el rostro. La imagen del agua que lo envolvía a él con la mujer en un caliente y desvergonzado acto erótico lo venía volviendo loco desde los inicios. Y en todo ese tiempo se había esforzado por encontrar alguna pista de lo que se revelaba cada noche, sin éxito.

Su corazón palpitó como las campanadas de una iglesia. Se levantó confundido de aquella alfombra tibia, elevándose en toda su imponente altura, mientras se limpiaba de hojas el trasero. Estiró la figura atlética de dos metros, no exagerada en su musculatura, (pero elegante) con músculos elegantes, alargados por su pasión por nadar.

Amaba el agua.

Miró una vez más hacia el arroyo que tanto le gustaba. Sus enormes ojos, de claro color canela y tapizados de largas y negras pestañas, barrieron el escenario antes de partir, emitiendo el brillo plateado característico de los que pertenecían a la estirpe. La mirada volvió a reflejar el aspecto triste que le daba la forma de sus ojos, a la cual se sumaba una cierta nostalgia producto de muchos años de soledad. Eran muchos siglos de caminar, acompañar, luchar y buscar... y si bien sus amigos eran invalorables, existía en él un anhelo de sentirse completo que no podía explicar.

«Quizás cuando encuentre el símbolo», pensó con cierto afán.

Caminaba por el arroyo como era su costumbre, rodeado por aquellos árboles plateados tan diferentes. Eran únicos y, según sus padres, respondían a una especie que solo la gente de la Estirpe de Plata, a la cual Gabriel y sus amigos pertenecían, conocía. No existían en otra parte del planeta. Nadie los podía detectar, salvo aquellos de su linaje. Mientras los ojos humanos veían las hojas del color verde típico de la mayoría de las especies vegetales, los de aquellos que tenían la carga genética de la Estirpe podían detectar su verdadero color. Nadie sabía quién o quiénes habían sido los responsables de haberlos plantado, pero estaba seguro de que tenían como misión asegurar que ese lugar fuese identificado por la gente de su raza.

Pasó los dedos a través de su pelo lacio, que caía desmechado sobre la frente, las sienes y los hombros. Era de color caramelo, aunque cuando le daba el sol se volvía más brillante por algunas mechas que se tornaban más claras.

El caminante. Alzó los ojos al cielo y contempló la noche, que caía con su manto extendido hacia el infinito. Hacía ya mucho tiempo que Gabriel y el grupo de los silverwalkers al que pertenecía se habían lanzado a la búsqueda de los símbolos que llevarían a su grupo a la conquista de su propia paz. La existencia de estos y otros presagios había sido revelada a través de unas profecías, que tanto los padres de Gabriel como otros jerarcas que conformaban la Orden Superior de la Estirpe tenían como misión guardar celosamente e ir transmitiendo a medida que llegara el momento adecuado. Gabriel no había dejado de preguntarse, desde que sus sueños comenzaran, si Aniel sería una señal de algo que en breve ocurriría. Y su corazón brincaba de nuevo ante la mención de aquella palabra. Un fulgor de energía cálida y viva, que endulzaba su alma algunas veces y la torturaba otras, se había encendido desde que había comenzado a experimentar ese sueño. Había jugado con algunas ideas acerca de quién era Aniel y, cada vez que su corazón latía al compás del ritmo de esa flama suave, parecía responder a lo que intuía, pero que aún no podía afirmar.

Dirigió sus pasos hacia el interior de la casa de la organización de la que formaba parte con los demás caminantes. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz familiar:

––¡Gabriel! ––dijo con tono jovial y alegre alguien parado detrás de él. Ruryk.

Gabriel se volvió y se encontró con su amigo, recién salido de la ducha. De la misma altura que Gabriel, era un poco menos corpulento que este, pero de un encanto impactante. Su aspecto era muy agradable, no solo por su apariencia física –con el cabello y ojos de color miel y piel bronceada–, sino porque además era de una simpatía que superaba de lejos la de los demás caminantes. Donde Ruryk se hallaba, la gente sonreía y se sentía plena. Las mujeres caían rendidas a sus pies ante su sonrisa y los hoyuelos de las mejillas y barbilla, así como por su pericia en la cama. Ruryk era un dechado de bondades. Y salvaje y eficiente en las luchas contra los caídos.

––¿Has estado en el arroyo? ––preguntó Ruryk, dirigiendo los ojos a las botas embarradas de su amigo, mientras se llevaba una toalla a la nuca para secarse algunas gotas que descendían por su espalda.

––Sí, he estado un poco cansado en este último tiempo, y tú sabes que ese lugar es especial para mí. Me da fuerza.

––Los cuatro sabemos bien qué significa para ti ese sitio. ¿O te olvidas de las luchas en el barro que siempre nos obligabas a hacer?

Ambos comenzaron a reír al recordar los enfrentamientos que los cinco caminantes, por diversión e invitados por Gabriel, habían llevado muchas veces a cabo.

––Ese lugar me relaja y me equilibra. Puedo pasarme horas allí sentado o nadando. Y como de costumbre, me he quedado dormido.

––Te estás poniendo viejo, Gabriel ––exclamó su amigo, que ya había terminado de frotarse la espalda con la toalla y abría la puerta de su dormitorio para perderse en el interior sin cerrarla.

––Desgraciado ––siseó Gabriel con una sonrisa en los labios. De lejos se escuchó la risa de Ruryk.

––¿Te busco una cerveza? ––preguntó Gabriel elevando la voz para que su amigo lo oyera. Se había desplazado hacia el refrigerador y lo abría.

––Sí, por favor.

Cogió dos latas heladas y al regresar al salón principal se encontró de nuevo con el caminante, que se había vestido con un vaquero azul y una camisa blanca. Estaba sentado en el sofá esperando su cerveza mientras desplegaba una de sus sonrisas deslumbrantes.

––Hoy estuve entregando almas ––dijo y tomó la lata en las manos.

––¿Con qué te has topado? ––preguntó Gabriel, conociendo parte de la respuesta.

––Con un grupo de almas variado. Algunas enfermas y agotadas, y otras jóvenes y llenas de sueños. También algunas muy confundidas. Había dos que habían caído en el bajo astral y estaban atascadas. Las invité a venir conmigo y, luego de una renuente aceptación de su parte, logré trasladarlas al plano superior de conciencia. Tuve que enfrentarme con algunos espíritus bajos que intentaban aumentar su confusión.

––¿Caídos?

––No, esta vez no. En realidad, fueron entregas bastante pacíficas ––respondió Ruryk mientras bebía un sorbo de la deliciosa cerveza, que dejó una estela de espuma en la parte superior de sus labios.

––¿Dónde están los otros? ––preguntó curioso Gabriel.

––Damián sigue investigando en el ordenador algo que no quiere revelar. Es algo que mantiene en secreto..., aunque ya hablará. ––Y sonrió––. Triel está entregando almas, y Metanón hablando con uno de nuestros agentes en Dinamarca. ––Ruryk se relamió la espuma y sorbió otro trago––. ¿Y tú?

––He vuelto a soñar.

––¿Lo mismo de siempre?

––Sí.

––¿No es irritante?

––No al revivir el encuentro con esa preciosura.

Ambos rieron mientras terminaban las respectivas cervezas. Oyeron pasos apresurados que se acercaban y se giraron hacia la dirección de los mismos. Un hombre de enorme estatura y complexión bastante más robusta que la de sus dos amigos entró saludándolos con un breve movimiento de cabeza mientras seguía sumergido en sus pensamientos. Vestía completamente de negro, con una chaqueta de cuero térmica, ideal para adaptarse a la temperatura del ambiente, y unos pantalones del mismo material, que caían sobre unos borceguíes de cuero. Llevaba el cabello negro cortísimo, casi rapado, a excepción de la línea central de la cabeza, en donde descansaba una franja más tupida de suave cabellera que descendía hasta la nuca y continuaba en una gruesa trenza que caía por debajo de la cintura. Sus ojos eran enigmáticos, de un negro profundo y metálico, que se destacaba sobre la piel bronceada. Pero lo que le daba un aspecto temible era la imagen de la cara de un dragón tatuada en la frente, que bajaba finalizando en el puente de la nariz. Los ojos de aquel animal hacían juego con la mirada del hombre, que en ese instante mostraban su visible preocupación.

––¿Quieres una cerveza? ––invitó Ruryk con la sonrisa más amplia.

––No, gracias, estoy apurado ––contestó el hombretón. Se dirigió hacia una estatua que recreaba el cuerpo de un dragón y le giró la cola. Al hacerlo, un mecanismo de destraba se puso en funcionamiento e hizo que la pared ubicada por detrás de la estatua girara ciento ochenta grados para presentar, ante la vista de todos, un arsenal de armas empotradas. El caminante buscó entre ellas y se decidió por dos Glock 23 que de inmediato controló para asegurarse de que estuvieran cargadas, y dos navajas que guardó en bolsillos especiales de sus pantalones.

Gabriel y Ruryk, que no habían perdido de vista los movimientos de su amigo, se miraron inquietos.

––Damián, ¿qué pasa? ––preguntó Gabriel con semblante serio.

––Estoy tras algo que debo confirmar.

––¿Podemos ayudar? ––ofreció Ruryk.

––No, voy armado por precaución, ya que necesito obtener información entre los caídos ––contestó alzando sus ojos y revelando una mirada adusta y fría, que se volvía aún más siniestra con la imagen que descansaba en la mitad de su cara.

––No puedes ir solo. Vamos contigo ––se apresuró a decir Ruryk mientras se levantaba y se terminaba la segunda cerveza de un tirón.

––No. He dicho que voy solo. ––Damián miró a su amigo con una expresión que no daba lugar a discusión.

––¿Pero y si te transformas? Necesitarás ayuda ––insistió Gabriel mientras que se levantaba de la mesa, la rodeaba y se ponía frente a él.

––No ha hecho falta las últimas veces ––contestó, mientras volvía a girar la cola del dragón que hizo que la pared desapareciera nuevamente.

––De todas formas, estaremos atentos por si lo haces. Somos tus babysitters ––dijo Ruryk poniéndose a la par de Gabriel. Damián los miró un rato con aquellos ojos que helaban la sangre y, de repente, emitió una suave carcajada. Poco después, salió de la habitación con la misma expresión en el rostro con la que había llegado.

––Está de mal humor ––dijo Ruryk mientras se dirigía a su oficina.

––Tendremos que averiguar qué está rastreando ––contestó Gabriel entretanto caminaba hacia su habitación. Antes de llegar a la puerta, escuchó a Ruryk decirle:

––Estaré trabajando en la oficina con unos papeles. Si necesitas algo, ya sabes.

––Gracias ––replicó Gabriel y, sin mirar atrás, entró al cuarto. Como todas las semanas, marcó una clave en un dispositivo ubicado de manera estratégica detrás del guardarropa empotrado a lo largo de toda la pared de la habitación. Al destrabarse, dos de las puertas del mueble se abrieron con cuidado y otro despliegue de armas tan cuantioso como el que se había manifestado con anterioridad en el living de la casa quedó visible. Sacó las armas una a una y, al igual que su amigo había hecho con anterioridad, las inspeccionó controlando que estuviesen limpias, en buenas condiciones y, en el caso de las armas de fuego, debidamente cargadas.

La Estirpe estaba viviendo un proceso de enormes cambios desde hacía algún tiempo, y eso generaba en los cinco que vivían en aquella casa una cierta intranquilidad. Las profecías que los jerarcas de la Estirpe iban revelando en forma gradual eran las responsables, y Gabriel y sus cuatro amigos sabían que debían prepararse para la llegada de un nuevo orden y equilibrio de los sucesos futuros, en los que se predecían olas de violencia de mayor envergadura.

Los miembros de la Estirpe de Plata vivían desparramados en todo el mundo. Pertenecían a una raza de seres superiores que poseían cualidades especiales, como la longevidad y una actividad psíquica y física superior que los diferenciaba de los humanos. Muchos de ellos eran clarividentes, clariaudientes y sanadores. También poseían habilidades corporales más desarrolladas, por lo que tanto machos como hembras contaban con una fortaleza superior, así como con una gran destreza para correr y saltar. Podían ver en la oscuridad, oír y oler a grandes distancias. Una de las características peculiares de esta raza era el color plateado de los fluidos corporales y del brillo que emanaba de los ojos y el cuerpo al estar sujetos a emociones fuertes.

Dentro de la Estirpe existía la llamada casta de los silverwalkers, conformada tan solo por cinco guerreros cuidadosamente seleccionados: Ruryk Vólkov, Metanón Lemark, los hermanos Damián y Triel Di Mónaco y Gabriel Trost, que no solo contaban con un poderío y una destreza física superiores a las de los miembros de la Estirpe, sino también con un don psíquico que los hacía únicos y exclusivos. Podían vivenciar la realidad suprafísica multidimensional. Ellos eran conocidos como los caminantes de plata o silverwalkers, a veces nombrados tan solo como los caminantes. Eran responsables de ayudar a las almas de la Estirpe que habían fallecido a pasar de la vida física a la realidad multidimensional. Durante este proceso, Gabriel y sus amigos actuaban como guardianes, guiándolas y entregándolas a los diversos planos de conciencia para continuar con sus destinos próximos. Estos eran establecidos tanto por las leyes superiores universales del karma1 como por la evolución de cada alma.

Cada caminante tenía sus aspectos más fuertes en sus misiones, y las características de las almas que acompañaban decidían el caminante que intervenía. Gabriel era el más balanceado de los cinco, ya que el intenso trabajo interior que había llevado a cabo sobre sí mismo, tratando de forjar una personalidad más estable y tranquila que la de los demás, había dado sus frutos. Las almas que transportaba eran aquellas que necesitaban ese tipo de energías durante su traspaso. Los hermanos Triel y Damián eran de una personalidad más sombría y guerrera, siendo muy hábiles para entregar almas más perturbadas y violentas. Metanón era excelente para las almas que habían muerto por alguna situación psicológicamente trágica, así como suicidas, mientras que Ruryk era ideal tanto para almas bondadosas como rebeldes.

Cada uno de ellos viajaba junto al alma, guiándola a través de un camino que atravesaba diferentes niveles evolutivos de conciencia, desde el más bajo al más alto al que cada alma podía acceder de acuerdo a su propia evolución. Este camino era conocido como el camino de la ascensión. El primer tramo era el más difícil, ya que allí era donde se producía la propensión de las almas a la caída hacia el bajo astral. Ese era un plano de conciencia muy pobre, cercano a los niveles de la Tierra, que albergaba almas que habían muerto sin lograr encontrar el camino de regreso a su hogar superior. Algunas de ellas eran inofensivas o burlonas, pero otras se habían transformado en espíritus temerarios y violentos que acosaban a las almas en su trayecto. Esas almas de baja vibración eran unas de las responsables de provocar la caída de las almas de la Estirpe, absorbiendo su energía y deteniéndolas en ese plano a veces para siempre.

Pasado ese punto, el riesgo de caída desaparecía, ya que el camino continuaba a través de planos superiores de conciencia, donde reinaban energías sutiles de luz. Allí era donde los caminantes entregaban el alma a su grupo de almas de apoyo, es decir, a aquellas almas que estaban directamente conectadas con ella. Y la entrega se llevaba a cabo ante un portal denominado portal de la ascensión.

Por ende, el real peligro para los caminantes se producía en el primer tramo del camino, donde debían extremar los cuidados para evitar la pérdida de almas de su linaje debido a la vulnerabilidad a la que se podían enfrentar por no haber llegado a protegerse de forma apropiada. Los caminantes encontraban esa protección al refugiarse en lugares seguros, como las distintas guaridas u organizaciones que tenían montadas en todo el mundo. La del Delta era una de ellas.

La debilidad que adquirían se debía a que viajaban a la multidimensionalidad con su cuerpo astral o sutil pero no físico, destinando un gran caudal de su propia energía no solo al viaje en sí, sino también a brindar claridad a las almas durante el viaje. En ese instante era cuando otro grupo de almas, ancestrales enemigos de los silverwalkers, intervenían para entorpecer su trabajo: los caídos del bajo astral o simplemente caídos. Esos eran seres que en un principio habían sido humanos, pero que con los siglos habían llegado a desarrollar características peculiares como poder también viajar a la multidimensionalidad. Trabajaban en conjunto con los espíritus del bajo astral, tratando de detectar a los caminantes que podrían estar entregando almas fuera del resguardo que las organizaciones procuraban, para proceder al ataque. Estas luchas mortales por la posesión de las almas de la Estirpe podían darse tanto en el plano astral como en el físico.

Los caídos necesitaban de esas almas, no solo por el enorme reservorio de energía de plata que podían obtener de ellas, muy superior a la energía emitida por almas humanas, sino en especial porque podían adquirir ––aunque en menor proporción–– ciertas características propias de los miembros de ese linaje, como el camino a la longevidad y la mayor fortaleza física.

La caza dificultosa de las almas de la Estirpe hacía que el consumo de su energía de plata estuviera reservado a aquellos caídos de mayor jerarquía. El resto de los guerreros debían conformarse con fagocitar la energía de las almas humanas. Por lo tanto, aquellos que tenían el privilegio de vampirizar esas energías habían iniciado ya el camino a la longevidad, lo que significaba que mientras un caminante podía llegar a vivir más de tres milenios, un caído en proceso de longevidad alcanzaba alrededor de los trescientos años. Pero los silverwalkers eran conscientes de que trescientos años de vida para sus enemigos era tiempo suficiente para que fueran perfeccionando su modo de cazar las almas de la Estirpe, incrementando su fuerza, longevidad y poderío. Y a los caminantes no les quedaba otra opción que enfrentarlos.

La inspección de las armas fue interrumpida por golpes a la puerta, seguidos de la voz de Metanón, que había arribado en ese momento a la organización.

––¡Gabriel! Reunión urgente en el salón. Ha llegado un video.

––¿Y Damián y Triel? ––preguntó abriendo la puerta.

––Ya los he llamado y en unos minutos estarán aquí. Damián estaba furioso porque lo interrumpí en plena misión.

––No hacía mucho que había salido armado hasta los dientes.

––Pues ha tenido que abortar su objetivo ––contestó Metanón––. Esto es urgente.

––¿De qué video se trata? ––preguntó Gabriel mientras abandonaba su habitación y se dirigía al salón principal de las oficinas con Metanón caminando a la par.

––Se trata de unas mujeres que nuestro agente en Dinamarca ha detectado y dice que es imperioso que veamos el video.

––¿Mujeres?

––Sí, y parece que es algo relacionado con el primer símbolo.

––Quizás debamos llamar a los jerarcas después de ver el video ––sugirió Gabriel con tono firme.

––Sí, eso pensé. Veamos de qué se trata.

Metanón miró al frente y vio que Ruryk venía hacia ellos, sonriente.

––Damián y Triel ya llegan ––comentó este mientras se les unía y entraban juntos al salón.

Antes de que pudieran decir algo más, aparecieron los dos hermanos que, si por separado parecían imponentes, juntos eran avasallantes. Sus estampas gigantes los hacían lucir temerarios. Al contrario de su hermano, que llevaba el cabello casi rapado a excepción de la línea central de la cabeza, Triel llevaba el cabello negro largo hasta la cintura, lacio y desmechado, enmarcando sus ojos negros tan temibles como los de su hermano y que hacían contraste con sus dientes blancos y perfectos. Su piel también era bronceada y de su pecho se desplegaba el tatuaje de una serpiente que le subía por el cuello y terminaba a la altura de su mejilla izquierda. Ver el rostro de aquella serpiente cubriendo parte de la cara del caminante era, sin ninguna duda, impresionante.

Ambos hermanos se caracterizaban por sus tatuajes, que correspondían a un legado del que se habían hecho acreedores hacía tiempo. Triel, después de haber permanecido secuestrado durante tres años en manos de los caídos, y Damián, desde que era un adolescente. Con ese legado, se les había otorgado el don de la transformación, que implicaba transformarse, bajo circunstancias extremas, en bestias similares a las que llevaban impresas en sus cuerpos.

La entrega del legado consistía en un ritual dirigido por un maestro especial de la Estirpe de Plata llamado Astos. Haber recibido ese don implicaba que los caminantes en cuestión habían sido considerados por la Estirpe como guerreros formados por experiencias difíciles, traumáticas y hasta macabras, que, aunque los habían fortalecido para la lucha, también los habían colmado de demonios interiores, representados por el animal mitológico impreso en sus cuerpos. A su vez, para que el don de la transformación se manifestase, primero debía ocurrir la activación del legado. Esta marcaría el inicio de la carrera contra la dominación de la bestia de cada uno. En Damián la activación de su dragón ya había sucedido unos meses atrás, indicando que su trabajo interior había logrado pulsar la campana de largada, mientras la de Triel permanecía aún en silencio, ya que él no estaba listo para su toque.

La transformación de un guerrero en una bestia, si bien era un arma efectiva contra sus enemigos por la implacable fuerza y voracidad incrementada que adquiría el cuerpo en medio de una lucha mortal, también era una espada de Damocles. Mientras durara la conversión, el cuerpo de la bestia requeriría de un consumo de energía tan enorme que, al producirse la vuelta a la normalidad, el caminante debía padecer durante varias horas un devastador tormento, que lo volvía vulnerable a cualquier ataque o situación difícil, hasta volver a la calma y al orden. Astos les había explicado que el día que ambos hermanos lograran vencer sus miserias interiores sería el momento en que los guerreros desactivarían para siempre el legado, alejándose finalmente de las bestias, para dar paso a guerreros con virtudes y dones mentales y espirituales más evolucionados.

––¿Qué es lo que pasa? ––se alzó la voz de Damián evidenciando su enfado mientras miraba a Gabriel, Ruryk y Metanón con los ojos ensombrecidos––. Espero que se trate de algo importante, porque he tenido que cancelar una investigación clave.

––Se trata de un video que, al parecer, es importante para la Estirpe ––explicó Gabriel, tratando con su tono de voz de suavizar al caminante––. De serlo, llamaremos a los jerarcas.

Entraron al salón, donde en el centro se desplegaba una mesa de gran tamaño alrededor de la cual se sentaron. En la pared había una pantalla gigante donde se llevaría a cabo la proyección del video. Metanón se inclinó y prendió una tableta apoyada sobre la mesa que, a su vez, estaba conectada a la pantalla. Antes de iniciar la proyección, comentó:

––El video ha sido tomado por la cámara del teléfono móvil de un agente especializado de la Estirpe, Alexander Nygaard, que trabaja para la organización de Aarhus, la segunda ciudad de Dinamarca. Desde que Gabriel anunció hace un año y medio que sus sueños lúcidos mostraban a una mujer que parecía ser de la Estirpe y que podría tener que ver con uno de los símbolos, se ha originado un despliegue de agentes de la Estirpe en diferentes partes del mundo para tratar de dar con ella.

Todos asintieron en silencio. La Estirpe de Plata contaba con un ejército de guerreros especialmente entrenados y que colaboraba con los silverwalkers en su lucha contra los caídos, ya que estos, además de luchar por las almas de la Estirpe, también lo hacían para apoderarse de lo que los caminantes hacía tanto tiempo venían buscando: el primer símbolo. Este formaba parte de las profecías, las cuales aseguraban que la obtención por parte de los caminantes de cinco símbolos desparramados por el mundo permitiría desarrollar y expandir la Estirpe de Plata y la casta de los caminantes a un grado inimaginable. Y Gabriel era el guardián del primer símbolo revelado en sus sueños.

Gabriel miraba expectante la pantalla vacía, esperando dilucidar si el video no solo revelaría algo acerca del símbolo, sino también sobre qué o quién era Aniel. No pudo evitar pensar de inmediato en la mujer con la que copulaba noche tras noche, de la que solo veía los ojos, el cabello y parte de su figura. Ella, sin duda, pertenecía a la Estirpe de Plata por el resplandor plateado que emanaba de los ojos y la cabellera.

Metanón inició la proyección del video y, de inmediato, fue a sentarse junto con los demás. La película mostraba a una joven de cabello rubio miel junto a otra de cabellos color fuego, sentadas en una fuente ubicada en el centro de la ciudad danesa, al lado de una enorme iglesia. Las dos mujeres charlaban y reían como dos chicas comunes; no obstante, la belleza de ambas las distinguía de las demás. En el video, el agente Nygaard había editado las diferentes partes que él había filmado e intercalado explicaciones sobre lo que le había parecido importante.

––Me ha llamado la atención lo que ocurre a continuación, mientras las dos mujeres se hallan rezando dentro de la iglesia Domkirken.

En efecto, se veía a las dos chicas sentadas en una iglesia y parecían rezar o meditar. Al cabo de un rato de permanecer inmersas en su silencio, comenzaron a irradiar, sobre todo la mujer de cabellera rubia, un aura de color plateada incandescente muy fuerte, más de lo que la gente de la Estirpe acostumbraba a manifestar. El aura se volvió extremadamente potente a medida que la meditación se hacía más profunda. La aureola que desprendía la mujer pelirroja no era tan intensa sino casi transparente, lo cual también era indicio de un tipo especial de irradiación que los caminantes no habían visto antes.

––Impresionante ––musitó Metanón mientras seguía el video sin pestañar.

Ambas aureolas desaparecían al momento de terminar la meditación y abrir las mujeres los ojos. La siguiente imagen del video mostraba a las dos jóvenes sentadas en la fuente al lado de la iglesia. Mientras las amigas hablaban, estallaban en carcajadas que provocaban que lágrimas incontenibles brotaran de sus ojos. El zoom de la cámara de Nygaard detectó unas pocas lágrimas color plata que brotaron de la mujer de cabello rubio. También los ojos tenían un brillo del mismo color.

––Pero lo que viene a continuación considero que es lo más revelador ––continuó diciendo la voz de Nygaard. Las imágenes mostraban a dos hombres de cabellos largos, con gafas negras de sol, enfundados en unas chaquetas de cuero negro, que se acercaban por detrás de las mujeres. La de cabellos rubios los interceptó de inmediato y, tomando a la amiga del brazo, empezó a correr. Nygaard iba tras ellos y, al cabo de unos segundos, registraba con su móvil una lucha frenética entre las mujeres y los dos hombres.

Mientras seguía con los ojos las imágenes, Gabriel sintió un deseo apremiante de proteger a la mujer de pelo rubio. El pulso y la respiración se le aceleraron casi sin control. Veía como luchaban las mujeres y no había otra manera más adecuada de calificarlas: amazonas. Conocían el arte de defensa personal sin ninguna duda y, aunque los hombres eran fuertes y buenos luchadores, las chicas no se quedaban atrás en sus habilidades. En un momento, cuando uno de los hombres había atrapado entre sus brazos a la mujer pelirroja, se escuchó un gruñido que provino de la garganta de Metanón.

Al cabo de un par de minutos surgieron a la distancia tres hombres uniformados que venían al rescate de las mujeres. Eran policías daneses que con seguridad habían interpretado la lucha como una pelea callejera o como un intento de robo o violación. Ante la presencia de la policía, los dos hombres emprendieron la retirada, no sin que antes uno de ellos gritara a la mujer de pelo rubio:

––¡Sabes que no puedes huir! Sácritos te tendrá y contigo al símbolo.

––Dile a ese tipo que nunca me atrapará. ¡Nunca! ––contestó la chica frenética, casi sin aliento. A continuación, la amiga la sacudió por el codo y dijo a viva voz lo que Gabriel había sospechado desde un principio:

––¡Vamos, Aniel, vamos!

Y a toda carrera, desaparecieron.

La pantalla enmudeció. Aniel.

«¡Dios!». Los ojos de Gabriel se habían transformado en dos finas rayas ámbar. Aniel no era el nombre de un lugar, de un libro o de una película. Era el nombre de aquella criatura, que era la clave para encontrar lo que los silverwalkers habían estado buscando durante tanto tiempo.

Miró en derredor para constatar qué impresión habían causado Aniel y su amiga al resto de los caminantes. Indudablemente, todos las habían observado con detenimiento sin parpadear, pero lo que no sabía era si la figura apabullante que constituía Aniel provocaba en los demás lo mismo que en él. El cuerpo de Gabriel había respondido ante la imagen de la mujer de manera descontrolada. Pudo reconocer de inmediato la cabellera, los ojos verde mar con reflejos de plata y el esbelto cuerpo. Ella no solo llevaba la carga genética de la Estirpe de Plata, sino que era la mujer que él veía en su sueño, donde se revelaba que el tiempo para obtener el primer símbolo para la Estirpe había llegado.

Unas gotas de sudor se abrieron paso a través de las sienes y la nuca, acompañando los latidos de su corazón. Gabriel estaba preparado para la acción y lo imprevisible, y ejercía el control de las situaciones de manera absoluta y eficaz, pero lo que en este momento circulaba por su cuerpo iba más allá de lo que él conocía.

«¡Mierda!».

De la manera más inesperada, se alzaba ante ellos la pieza clave para la resolución de una parte del puzle que los silverwalkers estaban tratando de descifrar desde hacía más de una centuria. Y la primera llave para acceder al conocimiento estaba allí, reflejada en la película que el ordenador había proyectado, y que también formaba parte de sus sueños. Una clave tan hermosa como peligrosa.

––Ella es de la Estirpe ––dijo Damián e interrumpió sus pensamientos.

––Y sabe sobre la existencia del símbolo ––continuó con voz pausada su hermano.

––Sabíamos por los sueños lúcidos de Gabriel que ella podría ser la clave en la búsqueda del símbolo, pero nunca supimos si era real. Pues aquí está ahora en carne y hueso ––exclamó Ruryk señalando la pantalla vacía con las manos.

––¿Y la otra mujer? ––preguntó Metanón con cierta urgencia.

––Parece que son muy unidas. No creo que sean hermanas, ya que no se parecen. Además, su español tiene acento extranjero. Quizás es danesa. Tampoco vimos sus lágrimas plateadas, aunque el brillo de la aureola que irradiaba era especial. Deberemos estar seguros de si ella pertenece a los nuestros ––destacó Triel.

––Sácritos quiere a Aniel y al símbolo ––añadió Ruryk.

Gabriel sintió que una punzada de territorialidad aguda y furiosa le subía por el pecho al constatar que el jefe letal de los caídos la buscaba.

––Sabíamos que intentaría luchar para que el símbolo no llegara a nuestras manos, pero no contábamos con que Aniel fuese parte de lo que él desea ––enfatizó Triel.

––Y ella lo sabe ––dijo Ruryk en voz muy baja.

––Esto se complica cada vez más ––siseó Gabriel casi ahogado de rabia y apartó la vista de la pantalla ciega, con los ojos transformados en dos llamas canela.

––Alguien tendrá que ir a Dinamarca a buscarlas.

––Yo ––anunció Gabriel con voz gélida.

––Y yo ––se sumó Metanón.

––¿Los dos? ––preguntó Damián sorprendido.

––Son dos mujeres y encontraremos más pistas si vamos juntos ––contestó Metanón terminante.

––Entonces el viaje es de ustedes. Cuanto antes salgan, mejor ––dijo Damián. Se levantó de la mesa y caminó a su alrededor tocándose la barbilla con una de las manos, pensativo. Todos parecían sentir lo mismo. El sonido de un móvil interrumpió el momento. Metanón atendió al mismo tiempo que se dirigía hacia una de las esquinas del salón. Al cabo de unos minutos regresó.

––El investigador Nygaard acaba de informar que después de la pelea ha seguido a las mujeres al hotel donde se hospedan. Aún siguen allí, al menos hasta hace cinco minutos, pero es probable que lo abandonen.

––Debemos apresurarnos ––dijo Gabriel.

––Espérenme un minuto ––solicitó Ruryk, que abrió la pantalla de su móvil––. Los llevo a Buenos Aires en una hora ––dijo luego de un rato––. Esta noche sale un vuelo desde Ezeiza a Copenhague, vía Londres.

––Llamemos antes a los jerarcas ––enfatizó Damián, que se había detenido en una esquina de la habitación. Los cinco se miraron y asintieron. Damián volvió a sentarse a la mesa y todos, sin demora, cerraron los ojos.

1 Energía trascendente generada a partir de las acciones de las personas. Es una creencia central en doctrinas como el hinduismo y el budismo.  

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Capítulo 2

Buenos Aires, Argentina

Su padre grita lastimosamente como un animal agonizante. La herida del rostro se hace más profunda y la sangre gotea por la mejilla. Devastada, su madre contempla de lejos la escena a través de los ojos tristes, cuajados de lágrimas. Se voltea con cuidado y dirige la mirada hacia ella para susurrar: «Tú eres parte de aquello que salvará a nuestra familia, mi amor. Apresúrate, que casi es tarde». La cara de su madre desaparece poco a poco y entre las lágrimas surge el planeta Tierra, girando en todo su esplendor azul. El giro incrementa la velocidad haciendo que la esfera se vuelva como un remolino, mientras ella es arrastrada por una fuerza centrífuga que la lanza hacia abajo como un misil, cayendo a toda velocidad. Al hacerlo, traspasa la imagen borrosa de la Tierra, y los diferentes continentes se alzan ante sus ojos para ir desapareciendo a toda velocidad. El último en aparecer es el continente americano que, en vez de esfumarse como los otros, se acerca hacia sus ojos mostrando diferentes escenarios. Selvas, ríos y flores dominan las imágenes hasta que, al final, se oye gente riendo con estrépito, a la vez que una ciudad enorme se abre paso a su descenso con edificios de diferentes estilos arquitectónicos y carreteras repletas de autos cuyas bocinas resuenan estridentes. A lo lejos se escucha música de tango que acompaña a dos esbeltas figuras que danzan en la calle de manera sensual. Sin detenerse, las imágenes vuelven a cubrirse de árboles y arbustos de diferentes dimensiones, que rodean a aguas cubiertas de plantas sumergidas y flotantes. A partir de este momento, el descenso se vuelve suave y lento para culminar a orillas de un espejo de agua marrón, rodeado de árboles de hojas pendulares que se abrazan formando un arco.

Conoce este lugar.

«Quiero que vayas allí donde tu abuelo plantó semillas de plata», dice la voz de su madre. Y un escalofrío la envuelve, acompañando el ruido ensordecedor de unas espadas que pertenecen a dos machos que luchan entre ellos, queriendo quitarse la vida. Altos, gigantes, no cesan de golpear las espadas enormes, emitiendo un poderoso destello de plata. Ninguno gana un centímetro para sí. La pelea es pareja. Escucha su propia voz erigirse en un grito. Silencio.

Despacio, ambos machos giran para observarla. Aquellas miradas desprenden deseo y posesión, furia y determinación. Y corren hacia ella. Siente en sus poros que quieren atraparla, pero es imperioso que no lo logren.

«Yo soy parte de la clave».

«El símbolo ––vuelve a susurrar su madre desde algún lugar––. Tú eres parte de él. Que el macho no te atrape, hija. Permite el abrazo del agua y renace a tus veintitrés años».

Al dejar de escuchar a su madre, gira sobre los talones y, frenética, se echa al agua, que la envuelve y la embriaga, acunando su cuerpo mientras se sumerge. Tranquilidad, paz. Y desciende más en aquel claroscuro que la abraza en la plenitud de sus sentimientos. Euforia, dolor, angustia, pasión. Se siente amada... y que puede amar. Más abajo, más... y de repente lo ve. El macho que no conoce, ensangrentado. Sus ojos canela que irradian el brillo de plata, las pestañas larguísimas, el rostro esculpido. La mirada clavada en la suya, mientras se acerca a su padre, que renueva los gritos agudos. El sujeto se lanza sobre el cuello de su padre en un movimiento único y mortal. Ella grita y el alma se le impregna de un dolor agudo, punzante, insostenible, ante el cuerpo sin vida de su padre. El sujeto la mira y estira la mano, la cual desciende sobre su cuerpo. Mientras percibe que sus huesos son absorbidos por el manto oscuro e implacable de la muerte, ella escucha el susurro letal del macho en el oído: «Al fin te encontré».

Aniel abrió los ojos al escuchar su propio grito. Sofocada y aturdida, se incorporó en la cama y se limpió las lágrimas con los dedos. Recordar aquella tortura la devastaba. Ese sueño había venido repitiéndose cada día a lo largo de un año y medio y la dejaba exhausta. Su padre, Ronan; su madre, Ana.

Miró alrededor y se dio cuenta de que se había quedado dormida en la cama con el televisor prendido. Se levantó, lo apagó y comenzó a practicar los ejercicios de respiración que había aprendido en un curso de yoga por internet. Quería calmarse, pero las imágenes volvieron a su mente. El sueño mostraba a las claras que su padre había sido asesinado por ese ser diabólico de ojos canela y largas pestañas oscuras. Pero ¿y su madre? ¿Estaría viva o habría muerto en esa terrible noche siete años atrás? Frustrada, se dirigió a la cocina. Se sintió mejor al refrescar la garganta con el agua de la canilla, que tomó hasta saciar la sed. Se mojó las manos y se las pasó por el cuello y la cara. Fue hacia la ventana y miró la ciudad que se desplegaba afuera: Buenos Aires.

El barrio de Belgrano donde vivía era una zona de hermosas residencias y edificios con enormes parques. Ella amaba mirar por la ventana del departamento, alejándose de los pensamientos y tratando de encontrar sentido a la vida cada día. Su corazón se oprimió de nuevo ante el recuerdo de la noche maldita y las lágrimas cayeron incontenibles por sus mejillas hasta llegar a la comisura de los labios y penetrar en el interior de la boca. El sabor salado de las lágrimas era inconfundible. Aniel arrastró el dorso de la mano por los ojos para detenerlas y las vio desparramadas en su piel como lo había venido haciendo desde hacía veintidós años, sabiendo que eran diferentes a las del resto de la gente. Lágrimas plateadas. Su padre y su madre le habían explicado que ella era especial, pero jamás le habían dado detalles.

––Te aclararemos todo tres meses antes de que cumplas tus veintitrés años. ––Aniel les había preguntado muchas veces a qué se referían y ellos siempre habían respondido lo mismo:

––Sobre tus cambios, hija. Y así entenderás quién eres en realidad.

Aniel cerró los ojos ante el recuerdo de esas voces tan amadas. Las lágrimas aún no se habían agotado después de siete años en que, cada día y cada noche, los había llorado. Nunca pudo entender por qué la vida la había dejado tan sola y sin respuestas.

Sacó un pañuelo del bolsillo del pijama y se sonó la nariz. Todas las mucosidades de su cuerpo eran de color plata, incluso la menstruación. Sus padres le habían dicho que ella jamás debía visitar a un médico, ya que estos no entenderían su condición. En realidad, ella tampoco entendía por qué la vida la había hecho de ese modo. Y las palmas de las manos le empezaron a picar de nuevo. Siempre le sucedía cuando se sumergía en la profundidad de sus sentimientos. Las observó e hizo lo que venía haciendo desde que era una niña: pasó los dedos por las figuras impresas en ambas palmas. Eran idénticas, pero bastante difusas. Parecían una pirámide invertida, pero no estaba segura. Una vez había ido a una lectora de manos, solo por diversión, y cuando la mujer trató de iniciar la lectura, se había puesto pálida como un cadáver y, suspendiendo la sesión, le había devuelto el dinero.

––No puedo leerle el futuro a alguien que no lo tiene ––le había dicho, y la despachó sin una palabra más. Las palmas de sus manos siempre habían sido raras para la gente que las miraba y, aun cuando para Aniel era una parte más de su anatomía, no podía dejar de reconocer que le irritaba la picazón, en especial cuando los sentimientos estaban a flor de piel. Y sobre todo cuando ellos venían.

Sacudió la cabeza, queriendo evitar pensar en esos seres macabros, y enfocó la atención en el parque maravilloso que rodeaba su edificio. Su vida había sido un tanto diferente a la del resto de la gente. No caía nunca enferma ni había visitado a un dentista. Si bien había tenido que ser vacunada en la escuela, sus padres le habían aclarado que solo lo permitían para no levantar sospechas sobre ella y su condición diferente al resto. Las muchas veces que se le había pedido un certificado médico para cualquier trámite, sus padres recurrían a un doctor, íntimo amigo de la familia, que los firmaba sin preguntar. Con el tiempo ella se había acostumbrado, lo había aceptado e incluso había perdido interés. Hasta hacía siete años.

Aquella noche trágica significó el reajuste de su vida a un giro que la envolvió en las garras de la muerte y la pérdida inexorable de su identidad.

Aniel miró otra vez por la ventana tratando, una vez más, que las imágenes no regresaran. Veía a la gente caminar por las aceras amplias, sumergidas en sus propios pensamientos, algunas solas y otras con sus parejas, amigos o familias, hablando y riendo con las risas argentinas tan características, abiertas y frontales.

Siempre le había encantado Buenos Aires que asombraba a mucha gente por su aire europeo y su parecido con Paris. Su tránsito era intenso y bastante caótico, donde los automovilistas parecían entenderse aun cuando circulaban a toda velocidad. Había mucho colorido en las calles, a través de los parques majestuosos, los árboles imponentes y los canteros salpicados de diferentes tonos que competían con las flores exóticas provenientes de los puestitos de venta ubicados en las aceras. O a través de los colores fuertes de la ropa de la gente, que contrastaban con los pasteles más delicados y los carteles gigantes de propagandas que coronaban los edificios, con rostros latinos tan bellos, que vendían desde pasta de dientes hasta una Ferrari.

Cerró los ojos y aspiró hondo. Buenos Aires, Belgrano... Belgrano... Belgra... Bel... San Isidro, San Isidro, San Isidro, su barrio de niña, sus padres... y, de repente, se vio sumergida otra vez en las memorias, como si un mar de imágenes se hubiese tragado su voluntad y le recordara una vez más lo que tantas veces había tratado de olvidar.

El día que cumplió los dieciséis años.

Aniel era feliz. Vivía en una casa de tres pisos muy acogedora en ese barrio tan pintoresco, rodeada del desbordante amor de sus padres. Ellos la habían educado con tanto cariño y respeto que se había forjado en ella un carácter templado, decidido y amoroso. Y estaban plenamente orgullosos de ella.

––Hija, ¿otro premio más nos traes hoy? ––le había dicho su madre la vez que había ganado una medalla de oro en gimnasia artística, mientras la abrazaba y la levantaba en vilo dándole un beso en la mejilla. En la escuela secundaria no solo se había destacado por las excelentes notas, sino también por su gran pasión por el atletismo y la gimnasia. Aniel era rapidísima y muy ágil, jamás había perdido una carrera y sus saltos habían sido memorables, alabados una y otra vez por la gente. Había cosechado numerosísimos trofeos que la destacaban como una atleta excelente, no solo en el país, sino también en el exterior. Por ejemplo, en Dinamarca, donde había conocido a su íntima amiga Jackie en competiciones deportivas.

La destreza mental era también su fuerte: tenía facilidad para los idiomas y los números. Había aprendido el danés en un mes y podía realizar operaciones matemáticas complejas al instante. Pero no siempre las cosas habían resultado fáciles para Aniel. En sus primeros años de vida había vivido tres situaciones en las que estuvo a punto de morir. Ninguna por enfermedades, ya que no las contraía, sino por un intenso vacío interior que la había llevado a dejar de comer y no querer aferrarse a la vida. Si bien había sido muy pequeña en aquel tiempo, aún recordaba lo difícil que le había resultado respirar y alimentarse. Sus padres habían luchado con ahínco para que Aniel se enamorara de la vida, cosa que empezó a suceder cuando cumplió los siete años. Su padre le había explicado muchas veces que una personita tan especial como ella había tenido grandes dificultades para entrar y quedarse en el plano de la materia. A partir de ese instante, Aniel comenzó a transformarse en una chica mucho más fuerte que el común de las mujeres e incluso que muchos chicos. Nunca había perdido una lucha cuerpo a cuerpo con ningún muchacho, ni siquiera con los más robustos. Así, su destaque en el deporte le había otorgado una enorme popularidad que, sumada a su carácter bondadoso y estable, la habían hecho una joven muy buscada por las chicas y los chicos y, entre estos últimos, también por su extrema belleza.

––¿Has visto cómo te mira Jesper? ––le había preguntado Jackie una vez que Aniel había ido a participar de un torneo de gimnasia artística en el país escandinavo––. Está loco por ti, Aniel. Y ni hablar de Anders y Mathias.

Los muchachos competían por su atención, pero ella nunca se había sentido atraída por nadie en especial. Algún que otro beso robado era su listado de hazañas amorosas, pero no era lo que más la entusiasmaba. Muchas veces se había preguntado por qué no se sentía tan cautivada por el sexo opuesto como ellos por ella. Incluso había llegado a cuestionarse si no se sentiría más atraída por las chicas, por lo que accedió a besarse con un par de ellas. Cuando había comparado lo que una chica o un chico despertaban en ella, al final había llegado a la conclusión de que su vida en pareja ––si algún día el amor golpeaba a su puerta–– sería al lado de un hombre.

Sus padres, por su parte, habían sido su gran apoyo. Su padre, Ronan Mitchels, había sido un hombre increíble, dueño de una majestuosidad que impactaba a la gente con la que se cruzaba. Era alto, alrededor de un metro noventa y cinco, y corpulento. Su cabello era negro y los ojos de color verde mar emitían un reflejo plateado característico cuando se ponía emocional. Aniel había heredado no solo el color de ojos de su padre, sino también aquel brillo inusual. De su madre, Ana Mitchels, había recibido la forma alargada de los ojos, así como el color claro del cabello. Con su padre compartía también el color de las lágrimas y los demás líquidos del cuerpo. Cuando sudaban, sus pieles se volvían más brillantes que las del común de la gente, lo que había despertado más de una vez miradas curiosas. Su madre, en cambio, había sido de características normales; las lágrimas eran transparentes y la menstruación, como la del resto de las mujeres. Cuando Aniel le había preguntado el porqué de esta diferencia, su madre le había respondido, con una radiante sonrisa, que era porque ella era común mientras Aniel y su padre eran especiales.

––Tú eres más especial que todos nosotros, mi amor ––había contestado su padre una vez a su mujer, mientras la abrazaba amoroso y le daba un beso en la frente. Su madre le había regalado una sonrisa llena de amor ante el comentario, mientras apoyaba la cabeza en su hombro y lo miraba con los ojos celestes increíbles que su padre tanto adoraba. Él siempre le había dicho a Ana que lo que lo había terminado de enamorar definitivamente de ella fue aquel día en que él la vio alzar los ojos al cielo y no pudo distinguir a este de sus pupilas. Ellas y el cielo eran uno.

Aniel había contemplado a menudo el profundo amor que sus padres se tenían. Siempre había existido esa pasión escondida, reveladora en sus ojos, y ella había sabido que cuando cerraban la puerta de su habitación se unían con avidez. Los había escuchado en más de una ocasión por detrás de la puerta, y lo que se oía era de verdad estimulante. Aniel se había sonrojado, aunque no había podido evitar sonreír al recordar los gemidos apasionados que emitían y lo hermosos que se veían cuando después de un par de horas reaparecían duchados y con una expresión radiante en los rostros. Aniel se preguntaba algunas veces, si ella sería algún día tan feliz como ellos y si encontraría a alguien a quien amar de la misma forma en que sus padres lo habían hecho.

En la familia reinó casi siempre una enorme paz y felicidad, pese a que también había habido momentos de enorme tristeza, sobre todo cuando murió la hermanita menor de Aniel. La niñita había fallecido a las pocas horas de nacer por muerte súbita, según los médicos habían diagnosticado. Aun cuando Aniel no recordaba con detalle aquellos días, ya que solo tenía tres años de edad, sí podía rememorar el profundo dolor y tristeza en los ojos de sus padres. Ronan había cuidado y asistido a Ana con todo su amor, mientras trataba de no dejarla de lado a ella en sus afectos. A su madre le había llevado alrededor de cuatro años superar la muerte de su hijita. Aniel había sido la mayor de las razones por las que Ana hubiese decidido avanzar en la vida, sobre todo porque en ese tiempo Aniel aún parecía tener dificultades para quedarse en la materia.

––He perdido una hija, pero por nada del mundo perderé a la otra ––había gritado Ana un día a Ronan mientras él la abrazaba consolándola. Así era el amor de sus padres: enorme en las buenas y en las malas. Y Aniel se sentía orgullosa de lo que había recibido de ellos. Le habían entregado los regalos más preciados que cualquier hijo pudiera esperar: estabilidad, amor y felicidad, aún en los momentos de dolor. Y una enorme pujanza. Los había visto salir adelante en los momentos más difíciles y eso había quedado grabado en lo profundo de su corazón.

Sí, la vida había sido generosa con ella. Suspiró. «Hasta aquella maldita noche».

Su madre y su padre cenaban en la casa con ella conmemorando sus dieciséis años. Habían preparado su comida preferida, así como una torta exquisita, sobre la cual descansaba su regalo: un pasaje de ida y vuelta a Dinamarca para visitar a su amiga Jackie.

Aniel, con una sonrisa radiante y feliz, se había dispuesto a pedir los tres deseos que cada año solicitaba antes de soplar las velas, cuando percibió que su cuerpo se tensaba y una especie de electricidad comenzaba a circular por su interior. Las palmas de las manos comenzaron a picarle y la respiración se le entrecortó como jamás antes. Había mirado a su padre, que parecía manifestar el mismo aturdimiento que ella, mientras los ojos se le ponían plateados. Nunca había visto el semblante de su padre de aquella manera, como tampoco había sentido su propio cuerpo reaccionar así. Su madre, confusa, los observaba a los dos mientras su padre, sin demora, se había puesto en acción. Levantándose de la mesa con el rostro cubierto de una expresión gélida, les ordenó a viva voz salir de allí enseguida. Un segundo después, la casa se había sacudido y un tremendo estallido de cristales llenó la habitación y provocó que los cuerpos de los tres salieran despedidos hacía atrás. Una bomba.

Aniel cayó con violencia contra una pared. Maltrecha, miró a su alrededor y donde antes el ambiente había sido diáfano y amoroso, en un instante se había transformado en un caos de ventanas rotas, restos de paredes, polvo, humo y, lo peor, los gritos de destrucción y muerte que, de repente, emergieron junto con unas siluetas enormes y descomunales

Aniel había llamado desesperada a sus padres, pero lo único que escuchó fueron gritos, corridas y el sonido metálico de espadas que chocaban unas con otras. ¿De dónde había salido gente en pleno siglo xxi, que luchaba con espadas? De súbito, había escuchado el grito de su padre que la paralizó y, en medio de aquella locura, lo vio luchar contra dos hombres, también con una espada en la mano. ¿Desde cuándo su padre sabía usar una espada? ¿Y de dónde la había sacado? Miró aterrada hacia todos lad

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