Indomable. La historia de Trevor

Encarna Magín

Fragmento

Creditos

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2017, Encarna Magín

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 9788490699126

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

Quiero dedicar esta novela a todos los que miran

la vida con esperanza.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Promoción

indomable-4

CAPÍTULO 1

Invierno de 1858, El Paso, Texas

La piel dorada de Trevor Jenkins se cubrió de un sudor ardiente. Se pegaba a su piel como si se tratara de un espectro que quisiera rodearlo de tinieblas. Navegaba entre la luz y las sombras escondidas tras el velo de los recuerdos. Quería correr, pero sus pies estaban anclados en el puerto de las pesadillas y se negaban a partir hacia mares tranquilos. Sabía demasiado bien que, cuando se despertara, el dolor seguiría en su cabeza formando pasajes oscuros que no lo llevarían a ningún lugar. Por ello, se obligó a seguir durmiendo y dejó de debatirse, dispuesto a que el telón se alzara detrás de sus párpados cerrados.

La obra de teatro empezó como cada noche; y, como cada noche, era la misma pesadilla de siempre; y también, como cada noche, sus personajes estaban preparados para torturarlo sin piedad. Se veía a sí mismo arrodillado en el suelo, recogiendo los pedacitos de su alma rota. Sus ojos se elevaron en el instante en que unos gritos cortaron el aire y se clavaron en sus oídos, que los notó sangrar, pero lo ignoró. Empezó a sudar, el ambiente nocturno desprendía un hedor a alcohol y a perfume barato que él recordaba demasiado bien. Así olía su padre cuando llegaba borracho a casa después de retozar con prostitutas. El muy miserable terminaba la noche descargando su furia contra su madre. De pronto, se encontró bajo la cama, escondido igual que cuando era niño, muerto de miedo y de frío.

Trevor escuchaba los gritos, los lamentos y las súplicas desgarradoras de su progenitora, que su padre ignoraba. Se tapó las orejas con las manos, que seguían sangrando; era un niño al que le habían robado los sueños, al que obligaban a vivir en un mundo de miedos que su padre, hábilmente, había tejido a su alrededor.

Sin embargo, él ya no era un crío, sino un hombre curtido en la batalla de la vida. De modo que ignoró todo aquel sufrimiento, y se encontró en otra pesadilla, corriendo detrás de aquella mujer de cabellos rubicundos y ojos azules. No sabía su nombre y tampoco le importaba; de lo único que era consciente era de la necesidad de su cuerpo, que clamaba a grito de loco poseído, que lo satisficiera. Estaba enfadado, pues la desconocida le había negado probar las mieles de su femenino cuerpo, y aquello lo había enfurecido. No tardó en darle alcance y la tiró al suelo sin ápice de compasión. Y es que la furia guiaba cada uno de sus instintos animales; necesitaba liberarse de aquella necesidad sexual que oprimía su cuerpo. Pero, sobre todo, necesitaba escapar del dolor que le había provocado el abandono de Amy y que lo mordía con la saña de un lobo hambriento.

La desconocida empezó a defenderse con arrojo, y él respondió con la misma agresividad que había caracterizado a su difunto padre y que tanto dolor había provocado a su madre. Jenkins, desde la altura de ganador que le daba estar por encima del cuerpo femenino, la observó. Se encontró sonriendo con el morbo que acompaña al malvado, ella gritaba, y se defendía, y suplicaba… tal como había hecho su madre en vida. Trevor se negó a escucharla, su necesidad lujuriosa estaba por encima de ella y de lo correcto; su padre había anclado en su interior y lo devoraba sin piedad. Su mente, sus entrañas y sus acciones ya no eran suyas, sino de él, que lo obligaban a golpear a la desconocida hasta hacerla sangrar.

El tufo que acompañaba siempre a su padre, de perfume barato, sudor lujurioso y sangre, puso al hombre enfermo de rabia. En su mente, se mezclaron las voces de su madre pidiendo clemencia y las risas de su padre cuando la violaba y golpeaba. Otra vez se vio bajo la cama, llorando lágrimas silenciosas, mordiéndose los puños hasta despellejarlos. Quiso decir «¡basta!», quiso salir de debajo de la cama y darle a su padre su merecido, pero no podía, puesto que el miedo lo tenía abrazado con sus tentáculos negros y lo estrujaba angustiosamente. La necesidad de llenar sus pulmones de aire lo hizo jadear, sin embargo, ya era tarde, la bilis había subido hasta su garganta y lo estaba asfixiando. Se estaba muriendo entre terribles agonías, y lo peor de todo era que no le importaba.

Empezó a toser y a mover sus brazos en el aire, a dar manotazos a la atmósfera, quería liberarse de aquella congoja que oprimía su espíritu. Aquello le sirvió para conectar su mente a la realidad; entonces Trevor abrió los ojos de golpe, se despertó con la sensación de no haber dormido y de haber estado en el Infierno. La estancia empezó a dar vueltas a su alrededor y, aún conmocionado, ya no pudo más… y empezó a gritar de dolor. Otro huésped del hotel, que dormía en la habitación de al lado, golpeó la pared de madera al tiempo que lanzaba improperios contra su persona por perturbar su descanso.

Se levantó de la cama sudando, temblando y con la sensación de tener veneno circulando por el interior de sus venas. Instintivamente, caminaba de un lado al otro de la habitación como poseído, con su boca convertida en una fina línea de desprecio por sí mismo. Detuvo sus andares precipitados y, respirando con dificultad y a paso tembloroso, se acercó a la ventana; la luna menguante se asomaba, mostraba su belleza etérea digna de los mejores cumplidos. Pero él no estaba para elogios, sino que todo tenía el sabor de la frustración de un presente y un futuro que no quería. Nunca había pedido mucho a la vida, solo que Amy lo hubiera esperado el tiempo necesario para amasar fortuna, no obstante, en su ausencia, se casó con otro.

Había puesto esperanza en un deseo en el que había creído ciegamente. No tendría que haberse ilusionado, pues a veces, las cosas no salían como se planeaban o deseaban, como en su caso. Y, en ese momento, la decepción era como tener tallos espinosos constriñendo su corazón hasta hacerlo sangrar de dolor, un dolor que cobrara vida por las noches, cuando cerraba los ojos, y Morfeo, ataviado con las vestimentas del demonio, lo obligaba a participar en una obra de teatro de la que no quería formar parte. Ya estaba harto de soñar con lo mismo, de vivir en aquella constante agonía.

Trevor sacudió la cabeza, tenía la sensación de estar cubierto de lava líquida. La débil luz blanca y pura del astro nocturno iluminaba el camino hacia al palanganero; medio a tientas, cogió la jofaina y vació el agua que contenía encima de su cabeza. El líquido resbaló por todo su cuerpo desnudo, calmando parte de aquel fuego que ardía en su piel. Maldijo en voz baja la pesadilla. Era el mismo mal sueño que acudía todas las noches para atormentarlo sin piedad, cuyas imágenes escribían una especie de libro escrito con la sangre derramada de su madre. De algún modo llevaba su pasado adherido a su esqueleto y mucho temía que nada más que la muerte lo salvaría de pudrirse en vida. Amy había sido la única que le había dado sentido a su vida rota por dentro y por fuera, una esperanza con aroma a rosas, una felicidad de arco iris. En cambio, en ese instante, todo aquello había desaparecido como arena del desierto que el viento se había llevado lejos.

Cogió el pedernal y encendió un quinqué. Lo primero que vio, cuando la luz se hizo dueña de la habitación, fue su imagen en el espejo de enfrente. Su cuerpo estaba mojado y se dio cuenta de que temblaba, pero no de frío, sino de una rabia contenida capaz de destrozar toda la bondad que en él quedaba. Miró sus ojos grises y vio en aquellas esferas acuosas su corazón roto y sus ilusiones quemadas. Su alma ya no cobijaba esperanza alguna. Todo se había ido, como el humo de las velas que se pierde en el firmamento. Ya las risas no brotarían de sus labios, ni las campanas de la felicidad repiquetearían en su cabeza. Solo nubes negras teñían su horizonte y sus sueños, sueños que ya habían tocado a su fin. Bien sabía que su aspecto tétrico y ceniciento era la imagen del fracaso. Él nunca debió ocupar el cálido útero de su madre, pues había sido concebido en el acto violento de su padre. Más valdría que no hubiera nacido, que jamás hubiera llenado sus pulmones de aire para convertirlo en el primer llanto. Más valdría que se hubiera quedado en la oscuridad del destino. Es lo que merecía, porque de una violación no podía nacer nada bueno. Él era el ejemplo.

Trevor empezó a respirar agitadamente. Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si hubiera corrido sin detenerse durante horas. La verdad era que tenía que hacer grandes esfuerzos para acompasar una función corporal que se veía incapaz de realizar en aquellos momentos. Y es que el dolor caminaba por su alma, recordándole que Amy nunca sería para él. Por más que lo había intentado, no conseguía aceptarlo, no se mentalizaba que ella estuviera con otro. Aquella lacerante realidad, poco a poco, lo estaba convirtiendo en un hombre agresivo, tal como lo fue su maldito padre, que convirtió la vida familiar en una vulgar réplica de lo que tendría que haber sido, donde los hechos traumáticos eran la base en la cual se sostenían los cimientos de un hogar que nunca pudo nombrarse como tal.

Tragó saliva, empezaba a odiarse, tanto como a su progenitor. Y es que siempre había luchado por no parecerse a él; con todo sabía que estaba perdiendo la batalla. Nunca pensó que su interior albergara una parte violenta que se había mantenido latente, a la espera de una excusa con la que explosionar. El abandono de Amy había sido la llama que había encendido la mecha del cartucho de dinamita. Dios era testigo de que había intentado olvidar a Amy, no obstante, la llevaba grabada en el alma y no podía arráncasela sin más.

Él siempre había creído que si sus ojos no se alimentaban con la imagen de Amy, su corazón olvidaría, y era por ello que había puesto kilómetros y kilómetros entre ella y él. ¡Qué idiota, qué iluso pensar que aquello era la solución! Y en el momento en que la había vuelto a ver, el muro que retenía sus sentimientos en su interior se había resquebrajado, dando paso a una riada de sentimientos dolorosos.

La verdad era que no había sido buena idea ir al entierro del padre de Amy, pues su dolor se había hecho más grande; y más aún cuando percibió que ella estaba embarazada de su marido, Jacob Hunter, el hombre que ella amaba y que él envidiaba… Familia. Sí. Familia era la palabra que le vino de pronto a la cabeza. Cada letra escoció en su corazón, ya que él siempre había soñado con formar una junto a Amy. Si bien reconocía que Jacob era mecedor del cariño y del amor incondicional de ella, no podía evitar sentir celos, que no hacían otra cosa que endurecer su corazón, provocándole todavía más sufrimiento. Con pesar, reconocía que amaba a Amy más que antes. Necesitaba olvidar, pero ¿cómo? Una pregunta a la cual no tenía respuesta… O, tal vez, sí.

Tuvieron que pasar unos segundos para que Trevor tomara conciencia de que la muerte era su única solución. Todo era confuso en su cabeza, nada tenía sentido, ya que la vida lo fustigaba, y dolía más de lo que podía soportar; en realidad, no deseaba seguir viviendo en un mundo de telarañas pegajosas.

Desesperado, negó con la cabeza con la esperanza de alejar sus malos pensamientos. Sin embargo, estaba lejos de conseguirlo, tan lejos que la tenebrosa idea de quitarse la vida cruzó su mente. Volteó el rostro solo lo justo para observar a su Colt plateado dentro de su funda, que estaba sobre una silla. La tentación era grande, la necesidad de buscar paz en la eternidad de la muerte le resultaba balsámica.

Trevor, en un arranque de rabia, agarró la jofaina y la estrelló contra la pared de madera. El estrepitoso ruido del choque hizo que, otra vez, el huésped de la habitación de al lado golpeara el tabique y le lanzara algunos insultos contra su persona y la de su madre, que él ignoró. Ya cansado de vivir, herido en el alma y con su corazón sangrando a raudales, se sentó en la cama en busca de un minuto de paz, una paz que no llegaba. Se dedicó a hacer lo mismo que hacía cuando se despertaba todas las noches después de soñar lo mismo: buscaba una explicación, puesto que no entendía el porqué de aquella pesadilla recurrente. Jamás en la vida había forzado a una mujer, era un acto repugnante y deshonroso que no merecía perdón. De acuerdo que hacía meses que no estaba con una mujer; sin embargo, no era excusa para ni siquiera pensar en tomar a una por la fuerza.

Entonces se levantó de la cama y, mientras se dirigía caminando hacia la ventana, tuvo la sensación de que los grilletes de una vida pretérita, triste en todos los sentidos, ceñían sus tobillos y muñecas impidiendo que pudiera avanzar. El esfuerzo que le suponía arrastrar aquellas cadenas, oxidadas por el destino, lo dejaban sin fuerza, sin aliento, sin esperanza… Quiso abrir la ventana en un intento de refrescar su piel, pues el agua no había apagado el fuego que ardía en sus entrañas, no obstante, no pudo, ya que estaba atascada. Maldijo durante un buen rato mientras hacía esfuerzos para que el batiente se despegara de la jamba y del dintel; sin embargo, por más que lo intentó, no lo consiguió. Pronto se dio cuenta de que no podía abrirla porque estaba asegurada con clavos, cosa que lo enfureció, y le vinieron ganas de arrancarla de cuajo de la pared. Supuso que los propietarios lo habían hecho para que los huéspedes no se marcharan sin pagar, dado que la altura entre el dormitorio y la calle era más bien corta y le permitía saltar sin partirse una pierna. Para su desgracia, en El Paso, solo había ese hotel para hospedarse y no era muy cómodo, además, la limpieza brillaba por su ausencia. Había dos más en construcción, uno de ellos moderno y lujoso, pues la ciudad crecía a un ritmo vertiginoso.

Con esfuerzo, y todavía renegando en voz baja, se calmó y se limitó a mirar el exterior. La noche cubría el lugar con una oscuridad perturbadora, apenas quebrada por una luna menguante. Trevor contemplaba, desde detrás de los cristales de la ventana, aquellos cuernos resplandecientes que miraban al oeste y deseó que descendieran y se clavaran en su destrozado corazón. Sabía que debía dejar de una vez por todas de pensar en la muerte como solución a su amargura; pero no podía, pues cada vez estaba más convencido de que era el estigma de su destino.

De pronto, le atrajeron la atención dos mujeres de vida alegre. Incluso en la penumbra logró distinguir sus ropas llamativas, cuyas faldas ondeaban al capricho del viento helado de invierno que soplaba esa noche. A aquellas horas, las damas de buen nombre que preciaran su virtud estaban recluidas en sus respectivos hogares. Aquel par de alegres féminas reían y cantaba mientras avanzaban con inseguridad debido a la ingesta de alcohol. Terminaron por cruzar la calle, no sin antes dar tumbos de un lado a otro, y no tardaron en desaparecer en el interior de una taberna que había en el edificio de enfrente. Era fácil adivinar lo que buscaban; Trevor lo sabía y supuso que se disponían a vender a cualquier hombre sus cuerpos femeninos a cambio de un puñado de monedas. Tal vez eso era lo que él necesitaba: desahogarse físicamente y emborracharse con una ramera para poder descargar de su cuerpo algo de desamor. Además, si tenía su mente ocupada, dejaría de pensar en la muerte. De hecho, hacía tiempo que no estaba con una mujer y su cuerpo exigía algo de gozo para sobrellevar la angustia de la que era prisionero. Se sentía incapaz de hacer otra cosa que no fuera aquello, porque no tenía fuerzas para cortejar a ninguna dama y empezar de nuevo. Nunca antes había acudido a los servicios de una prostituta, pero siempre había una primera vez para todo.

No le dio más vueltas y se vistió haciendo ruido, el huésped de la habitación contigua se quejó de nuevo; esta vez, lo amenazó de muerte. La idea de exasperarlo aún más para que cumpliera su promesa lo tentó sobremanera. Si bien en el salvaje oeste imperaba la ley de las balas y siempre se disparaba primero y se preguntaba después, no quería cargar sobre la conciencia de nadie su asesinato. De modo que siguió vistiéndose e ignoró a su vecino. Se puso unos pantalones color chocolate y una camisa gruesa de un tono vainilla claro, se ató un pañuelo granate al cuello, dado que en el exterior hacía viento y, a veces, tenía que taparse la boca por si una bocanada de aire levantaba polvo. Se calzó sus botas negras relucientes con espuelas de plata, cuyas puntas había limado para no herir a su caballo. Por último, se caló su sombrero marrón oscuro; aunque de noche no lo necesitaba, quería esconder su mirada bajo el ala, pues sabía que sus ojos plateados mostraban lo desgraciado que era. Desde luego que no se olvidó de su cinto, que se colocó en la cadera, no sin antes comprobar que en su canana hubiera balas de repuesto. Inmediatamente después, cogió su Colt, que enfundó hábilmente después de hacer malabarismos con el arma entre los dedos.

Envuelto en tristezas, salió al exterior. La noche lo abrazó con sus tentáculos viciosos y el frío lo recibió con su aliento, que él agradeció. No llevaba chaqueta, pues su cuerpo estaba ardiendo de rabia y necesitaba de ese aire para sosegar sus nervios. Las condiciones atmosféricas de El Paso eran las típicas de un clima árido, con veranos cálidos —casi sin precipitaciones— e inviernos templados cuyas temperaturas nocturnas y diurnas experimentaban unos contrastes exagerados. Mientras de día se precisaba poca ropa, en las noches, por el contrario, había que abrigarse, ya que las temperaturas llegaban a ser negativas, como en esos instantes.

Él estaba de paso en aquella ciudad. Al día siguiente emprendería el camino hacia su rancho, ubicado cerca del nacimiento del río Pecos, viajando por la ruta Camino de Santa Fe. Pero desde que había vuelto a ver a Amy, ni su hogar representaba motivo suficiente para encontrar sentido a su vida. Y pensar que él había hecho fortuna con la intención de darle a Amy lo mejor. Cierto que era un hombre rico, sin embargo, no se sentía feliz, pues de qué le servía el dinero si no tenía a nadie a su lado para compartir lo que tanto le había costado.

Trevor se negó a pensar más en ello; bien sabía que estaba atrapado bajo el yugo de la desesperación, era un cuerpo naufragado que iba a la deriva. Todo él se agitaba bajo sus ropas debido a lo perdido; de modo que dejó de pensar y miró a un lado y al otro, sin saber a cuál prostíbulo acudir. El Paso era una ciudad que servía de refugio a esclavistas, cuatreros, bandidos mexicanos, indios rebeldes y gambusinos demasiado obsesionados con el oro. La flor y nata de la maldad parecían reunirse en los saloons y burdeles, así que no era de extrañar que, antes de que acabara la noche, muchas disputas se resolvieran a balazos. Más de uno acabaría como alimento de una legión de gusanos.

Pasó por delante de una taberna, el jolgorio que salía por la puerta se escuchaba con claridad, era estridente y molesto. Una mezcla de piano, armónica, risas, chistes, voces beodas y vasos rotos componían la sinfonía de la depravación. Sin embargo, de momento, entre el bullicio parecía haber una relativa calma; el viento frío, que bufaba a intervalos, templaba los cuerpos a esas horas ahogados en whisky. De todos modos, solo haría falta cualquier tontería, por muy ridícula que esta fuera, para que se desatara un tiroteo. Por este motivo, Trevor prestaba atención a movimientos y ruidos, no quería que nadie lo cogiera desprevenido.

Se acercó a la puerta, echó una mirada al interior y avistó a dos grupos de hom

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