1.ª edición: noviembre, 2017
© 2017, Raquel Mingo
© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
ISBN DIGITAL: 9788490699218
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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
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A Pablo, por su sacrificio, su constante entrega, su fe sin reservas, su incansable ánimo.
Porque te prometí que todos mis libros serían para ti.
A Selección B de Books, porque siguen apostando por mí, viendo algo que ni yo misma encuentro cuando hurgo en mi alma, pero que florece cada vez que una de mis historias abandona el nido y sale al mundo para volar sola.
A la vida, por darme fuerzas para acometerlo todo sin que doble las rodillas, a pesar de desfallecer de vez en cuando.
A ti, siempre a ti, porque cuento con tu apoyo en esta aventura. Porque me has seguido a través de mis letras, únicas armas con las que cuento para expresar mi alegría, mi rabia, mi pena, mi pasión, mi soledad, hasta mis quejas. También mis momentos de locura.
Sigue a mi lado. Sin ti no podría dar rienda suelta a mi verdadero yo.
Para Lola Gude,
Eres el alma de Selección,
mamá gallina cuidando de todos sus polluelos,
Papá Noel la mañana de Navidad,
una estrella fugaz en una noche muy triste,
la famosa lámpara de Aladino.
El día que tengas que decir no, no sé si tu corazoncito podrá soportarlo.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
Nota de autora
Promoción
PRÓLOGO
Le temblaba la mano mientras sujetaba con fuerza el marco de plata perfectamente lustrado.
No podía creer que la visita programada diez días antes a casa de Nathaniel Rosdahl, el magnate y gran tiburón de la tecnología, en la más amplia extensión de la palabra, fuera a desembocar en aquella situación.
Se concentró de nuevo en la fotografía de la preciosa joven rubia que le devolvía la mirada desde el papel con esos ojos azules tan impresionantes en su evidente bondad y esa deslumbrante sonrisa que hacía que le martilleara el pecho de manera dolorosa. «Es posible que eso se deba a que llevas soñando con ella casi cada noche durante los últimos ochos meses», lo contradijo su siempre analítica mente mientras absorbía cada detalle de ella, desde las largas y torneadas piernas, visibles gracias al corto vestido veraniego, pasando por las dulces y provocativas caderas, la diminuta cintura, los generosos senos –que el escote en pico insinuaba a pesar de tratarse de una prenda elegante y recatada–, el grácil y largo cuello, el perfecto y por demás hermoso rostro, con sus grandes y sensuales labios rosas, sus marcados pómulos, sus grandísimos ojos claros de un intenso azul que resaltaban en aquella piel blanca como el alabastro, sus pestañas largas y curvadas y toda esa mata de cabello tan rubio que parecía casi blanco. En la imagen, al contrario que en sus sueños, iba maquillada de forma muy tenue, pero sin duda alguna se trataba de la misma mujer. Y aquello sencillamente era inconcebible.
Porque aquella diosa era un producto de su imaginación. Una obsesión.
—¿Has encontrado algo que te interese más que mi conversación? —Escuchó la voz de su anfitrión a su espalda, pero no consiguió encontrar la fuerza de voluntad necesaria para prestarle la debida atención—. ¿O alguien? —Años de práctica en el despiadado mundo de los negocios consiguieron a duras penas que mantuviera una expresión neutra y escondiera su absoluto asombro.
—Admiraba el paisaje —mintió, mostrando indiferencia.
—Claro —aceptó el hombre mayor, ahora a su lado, sin molestarse en comentar que, aparte de la chica, solo aparecía un solitario árbol y una franja de césped. Jassmon lo miró de reojo y vio que estaba tan ensimismado como él observando la fotografía.
—¿Quién es? —preguntó en voz queda, dejándose de disimulos.
—Larry. —Se lo quedó mirando con la boca abierta.
—¿Qué? Pero cuando mencionaste ese nombre yo creí que… —Se calló, no queriendo resultar más idiota de lo que ya parecía.
—¿Qué estaba hablando de un hijo varón? —Terminó el multimillonario por él. Se limitó a asentir. El otro mostró una sonrisa triste mientras sus ojos seguían fijos en la joven de la instantánea.
—Muchos caen en ese error. Supongo que la culpa es de ese apodo que le puse hace una eternidad, pero de niña era un huracán, y tenía tantas ganas de complacerme que casi antes de sostenerse en pie ya estaba aprendiendo béisbol, hockey sobre hielo y, por supuesto, fútbol. Con seis años era un auténtico marimacho, para absoluto horror de su madre, que vivía obsesionada con apuntarla a clases de ballet, piano y pintura, con la obvia intención de contrarrestar. Lo de Larry comenzó como una broma, pero cuando quise darme cuenta ya no pude quitármelo de la cabeza. Mi esposa nunca me lo perdonó —terminó con un suspiro cansado, volviendo su mirada azul, tan parecida a la de la muchacha, hacia él—. Pareces… aturdido —dijo, con expresión pensativa.
—Es solo que no sabía que tuvieras una hija. —Se apresuró a mentir.
—La tenía —aclaró con voz apenada. Jassmon sintió que el corazón se le detenía. No podía ser. No podía llevar ocho meses soñando con alguien que ya no existía.
—¿Qué ocurrió? —preguntó en un susurro, con la garganta cerrada. No estaba muy seguro de si quería saberlo, pero se obligó a permanecer firme, esperando las palabras que lo confirmaran.
—Desapareció. —Al oírle decir aquello sintió un dolor agudo en el vientre, como si le hubieran clavado una lanza y se la estuvieran retorciendo en la carne, aunque se dijo que no había nada peor y más definitivo que la muerte. Que aquello dejaba una puerta abierta.
—¿Cuándo?
—Hace un año.
—Quizá se marchó sin más. —Esa posibilidad era infinitamente mejor que la que dejaba entrever Nathaniel. Porque después del tiempo que había pasado, no era muy probable que apareciera si no se había marchado por su propia voluntad.
—No. Ella adoraba a su madre. Eran uña y carne, jamás se habría ido de ese modo. Además, tenía una vida cómoda y sin complicaciones. Éramos una familia feliz —afirmó el hombre mayor con los ojos fijos en los suyos, como si quisiera convencerle de ello—. Mi mujer murió de pena, Seveages. Cuando vio que ninguna cantidad de dinero, ninguna influencia o poder –por mucho de ambos que tengo–, ningún ejército de investigadores, burócratas ni agencias gubernamentales traía de vuelta a su niña, cuando comprendió que la había perdido para siempre, ella… se dejó morir. La enterré hace seis meses. De hecho, las enterré a las dos. —Dejó la fotografía con infinito cuidado sobre el aparador, mirándola con cariño—. Además, está su colgante. —Jassmon lo miró inquisitivo—. Apareció en Riad hace diez meses. Se lo regalamos cuando cumplió dieciocho años y desde entonces siempre lo llevaba puesto. —Jass se mantuvo en silencio, poco dispuesto a decirle a aquel padre atormentado que era bastante probable que la chica lo hubiera vendido si se había quedado sin blanca. Aunque también cabía la posibilidad de que lo hubieran hecho sus secuestradores si la joya era cara, siempre y cuando la teoría del rapto fuera cierta. Y aunque de cualquiera de las dos formas habría podido terminar en la capital de Arabia Saudita, diez mil quinientos kilómetros le parecían demasiados. Agudizó la vista, pero desde la distancia en que estaba tomada la instantánea era imposible distinguir nada.
—¿Tienes alguna en la que se vea de cerca? —Si se extrañó por la pregunta su anfitrión no lo dejó ver.
—Elige una. —Siguió el movimiento de su mano y evitó por los pelos quedarse sin respiración. Al otro lado de la habitación había una elegante mesa rectangular colocada contra la pared, atiborrada de fotografías de ella. Las había de todas clases: grandes, pequeñas, de cuerpo entero, solo de la cara, de cuando era niña, adolescente, más actuales, en marcos de plata, de madera labrada, de nácar… No tuvo consciencia de haberse acercado, pero de repente sostenía una imagen de su rostro con sus chispeantes ojos mirándole con fijeza y una enorme sonrisa que parecía ir dirigida solo a él. Bajó la mirada al colgante y suspiró para sí mientras admiraba el pequeño piano de cola. Había comprado bastantes chucherías para saber que aquella joyita, de apariencia elegante y sencilla, costaba una fortuna.
—Supongo que no es de bisutería. —El otro alzó una ceja con desdén.
—Es de platino. —Su voz rezumaba arrogancia—. Tiene catorce diamantes blancos y seis negros formando las teclas, y está valorado en cincuenta mil dólares. —La mirada fija de Jassmon fue suficiente para que se viera obligado a señalar un último detalle—. Es macizo.
—Ya —se limitó a decir, para nada sorprendido con la extravagancia. Rotó los hombros, por completo convencido de su decisión, a pesar de haberla tomado en ese mismo instante—. Necesitaré una ampliación lo más grande y clara que puedas conseguir de la pieza. Y varias fotografías de tu hija. —Ante ese último comentario su pulso se aceleró, consciente de que por primera vez dispondría de una imagen real de la mujer de sus sueños. De inmediato notó el cambio en su anfitrión, que se alejó un paso de él y le miró con desconfianza.
—¿De qué está hablando, Seveages? —A Jass no le pasó desapercibido que había vuelto a las formalidades, un tratamiento que habían dejado de usar poco después de estrecharse la mano, la primera vez que se vieran.
—De que voy a buscar a tu hija y a traértela de vuelta. —La cara de absoluto asombro del hombre lo dejó indiferente, aunque algo se enterneció muy dentro de él con la pequeñísima chispa de esperanza que se prendió en aquellos ojos azules.
«Lariel». El nombre se deslizó por su paladar como un trago de whisky Crown Royal Northern Harvest Rye elaborado por la destilería canadiense Crown Royal y proclamado como el Mejor Whisky del Mundo 2016 pocos meses atrás.
Entrando en su inmensa oficina se dirigió hacia el mueble bar, disimulado por los paneles de madera que lo hacían parecer un mueble funcional más, y abriéndolo cogió la botella redondeada con el tapón dorado en forma de corona y las pegatinas de color crema pálido e intenso verde con el distintivo sello de la corona real roja sobre el cojín púrpura. Echó una buena cantidad en el vaso, ignorando al antes afamado whisky escocés, ahora demasiado acomodado por una reputación que ya no le hacía justicia, y por lo tanto falto de innovación.
Supuso que era un poco temprano para ponerse a beber, pero se consoló pensando que no todos los días descubría uno que la deslumbrante visión de todas sus fantasías nocturnas, y de las diurnas, por qué no admitirlo, existía en el mundo real. Enterarse también de golpe de que era muy probable que estuviera muerta y descuartizada en algún minúsculo hoyo de cualquier remoto bosque tampoco ayudaba a tranquilizarle los nervios. Porque por mucho que intentara convencerse de la hipotética huida de la joven de los amorosos brazos de sus progenitores, esa posibilidad cada vez le parecía menos viable.
Había hablado con Nathaniel un buen rato, y aunque los padres tendían a idealizar a sus hijos y a creer que sus vidas eran de color de rosa, en verdad no parecía tener motivo alguno para escaparse de noche con lo puesto, sin siquiera una nota de despedida.
Por lo que sabía, había ido a una fiesta benéfica en lugar del matrimonio, puesto que ellos tenían otro compromiso. Solía hacerlo a pesar de su juventud, y Jass tuvo que apretar la mandíbula al pensar que cuando desapareció tenía solo veintiún años. Muchas personas recordaban haberla visto durante el acontecimiento –sobre todo los hombres, que estuvieron rondándola o bailando con ella durante horas–, pero no pareció que prestara especial atención a nadie en particular. Circuló por la fiesta, hablando con unos y otros, dispensando una especie de encantamiento natural en ella, con el único objetivo de recaudar fondos para la obra de caridad de esa ocasión, que era la construcción en Queens de un colegio para niños discapacitados y, de repente, en algún momento entre las doce y media y la una, simplemente se esfumó sin dejar rastro. Su limusina seguía en la calle esperando a que saliera a las tres de la madrugada cuando el salón se quedó vacío, y fue entonces cuando empezaron a sonar las alarmas. El chofer llamó al señor Rosdahl para informarle de la situación y horas después se activó un dispositivo de búsqueda a nivel internacional, promovido por Nathaniel, que duró seis meses.
Todo eso se lo había contado él mismo hacía una hora escasa, y Jass había absorbido cada detalle como si fueran los Diez Mandamientos contados por Dios en persona.
No podía culpar al hombre por haber perdido las esperanzas y abandonado la investigación. Seis largos meses sin una sola pista, viendo cómo su mujer se consumía frente a sus ojos hasta morir entre sus brazos, habría acabado con cualquiera. Pero había logrado mantenerse en pie, a pesar de haber perdido a las dos personas que más quería en el mundo, y seguía manejando con puño de hierro una de las empresas más importantes y lucrativas del país. Quizá esa fuera la razón, sospechó. Sin poder lanzarse de lleno a los negocios día tras día, planteándose nuevos retos a cada tanto, como la fusión que ambos estaban estudiando, no le quedaría nada por lo que luchar, y se hundiría en el mar de desesperación que las pérdidas habían dejado tras de sí.
Él hablaba muy en serio cuando le dijo que la traería de vuelta, aunque no había añadido que siempre y cuando siguiera viva. Pero aun así y todo se aseguraría de que sus restos fueran repatriados para que su padre pudiera enterrarla con dignidad. Habría querido ignorar el fogonazo de dolor que le atravesó el pecho cuando ese pensamiento penetró en su subconsciente, pero llegó con tanta rapidez y lo atravesó de lado a lado con una intensidad tan arrolladora, que no supo protegerse.
Miró el vaso, aún intacto, y se lo bebió de un trago, ignorando la vocecilla que le susurraba que esas no eran maneras de saborear el Mejor Whisky del Mundo del Año, y dejó escapar una desagradable risa entre dientes mientras rellenaba el vaso y volvía a vaciarlo con idéntica prisa. Bastante más relajado, se preguntó con cierta guasa qué era con exactitud lo que hacía de aquel licor el mejor, si sacar la mayor puntuación en los cuatro criterios según el incomparable Jim Murray: nariz, gusto, equilibrio y acabado de la destilación, o que dos copazos lo dejaran a uno suavecito. Con la botella en la mano miró dudoso el vaso vacío. Tan solo eran las diez y media y nunca, jamás, bebía a esas horas.
De repente, unos ojos claros de un azul intenso aparecieron en su subconsciente y su mano, por sí sola, llenó el vaso casi hasta el borde. Dejó la botella en el mueble para evitar tentaciones y se sentó frente a su enorme escritorio, en el que no había ni un lapicero fuera de su sitio. Dio un pequeño sorbo, apreciando esa vez las notas de suave roble, caramelo y vainilla especiada. En verdad estaba bueno, y sus entrañas agradecían el ardor del licor mientras recorría su organismo, como un bálsamo que ayudara a calmar sus demonios. Aunque no consiguiera borrar esos malditos ojazos.
La primera vez que soñó con ella se había creído un tío con suerte. En su fantasía había podido ver su cuerpo curvilíneo, sus medidas perfectas, sus vivos ojos azules, su larga melena rubio platino, sus labios suculentos y carnosos. Había sentido, aunque no lo escuchara, cómo lo llamaba, y había querido con toda su alma llegar hasta ella. Había sabido, en lo más profundo de sí, que esa mujer estaba hecha para él. Y cuando había despertado, sudoroso y anhelante, pensó que había sido el sueño erótico más extraño de su vida, puesto que no contuvo ni pizca de sexo.
La segunda vez no había tenido tanta suerte. Sus gritos de auxilio lo habían sacado de la cama de un salto. Había sentido el corazón bombeando con fuerza, golpeando contra su tórax, la respiración tan jadeante como si hubiera estado corriendo varios kilómetros. Había estado nervioso, agitado y expectante. Había sabido que solo había sido un sueño, pero aun así había tenido una sensación extraña, como si esa mujer estuviera llamándolo, y sus palabras rondaron su mente mucho tiempo después de que se obligara a olvidar el incidente. «Ayúdame, por favor, ayúdame».
Aquellos malditos sueños aparecieron cada semana para torturarlo con un realismo espeluznante, y su cariz se volvió cada vez más urgente, denotando un peligro mayor, lo que le provocó una angustia alojada en su pecho que no conseguía eliminar, aunque con las primeras luces del alba su cerebro, siempre tan lógico, lo obligaba a ocultarla tras una cortina de sentido común y cautela.
A veces, no sabía si por suerte o por desgracia, había noches en que la historia empezaba de otro modo, y se convertía en el sueño húmedo más caliente de toda su vida. Entonces se despertaba excitado y anhelante, tenso y duro como el acero, y deseando golpear algo con fuerza.
Durante esos largos ocho meses siempre tuvo claro que se trataba de fantasías nocturnas provocadas por la necesidad de una mujer bajo él, ya que su absorbente trabajo no le dejaba mucho tiempo para el sexo.
Pero una mirada a aquella maldita fotografía y todas esas mentiras que había estado pergeñando para mantenerse cuerdo se habían ido al traste.
Hizo ademán de tomarse su tercer lingotazo del día, pero lo dejó sobre la mesa con un golpe sordo. Necesitaba tener la cabeza despejada. Sacó el iPhone del bolsillo interior de su americana y pulsó un número de la lista de marcación rápida, poniendo el manos libres mientras empezaba a teclear en su moderno ordenador. Tan solo dio un timbre cuando se escuchó una voz al otro lado.
—¿Qué hay, chico? —A pesar de cómo se sentía, sonrió. Tenía veintisiete años y era el dueño de una de las empresas líder en tecnología, tanto de Estados Unidos como a nivel mundial. Hacía mucho que había dejado de ser un chico, pero a su interlocutor le encantaba utilizar esa palabra como un apodo, quizá porque sabía cómo lo había detestado cuando verdaderamente lo merecía. Era muy probable que siguiera llamándolo así porque pensara que seguía molestándole, y no tenía ninguna intención de sacarlo de su error.
—¿Estás muy ocupado?
—Qué va. Esto está más tranquilo que una pensión de prostitutas con gonorrea. —Jass contuvo una carcajada—. ¿Qué necesitas? —Se limitó a preguntar, ya que le conocía desde el día que nació. Aun así, dudó porque lo que iba a pedirle traería graves consecuencias, pero aquellos ojos grandes y dulces aparecieron de nuevo y todo lo demás dejó de tener importancia.
—Quiero que prepares un equipo de asalto. —El silencio al otro lado de la línea le hizo contener la respiración. No había pensado que se negaría, sin embargo, en ese momento le parecía una posibilidad muy real.
—¿Y puede saberse para qué, exactamente, un pijo como tú necesita un equipo con conocimientos militares?
—No me jodas, Rolland.
—Y tú no me vengas con hostias, muchacho. Tendrás que darme algo más que una orden nebulosa para que me meta en la boca del lobo a pecho descubierto. —Jassmon se pasó la mano por el pelo y maldijo para sí. Ya sabía que tendría que contárselo, así que ¿por qué estaba montando ese numerito de «Aquí mando yo y se hace lo que yo digo»? «Porque tiene el poder de conseguirte lo que necesitas». Y lo acojonaba que se lo negara.
—Está bien. Es una operación encubierta…
—Todas lo son, cachorro. Ahora suelta lo que no sé. —Jass inspiró profundo mientras su mirada se perdía entre la multitud de edificios que conformaban el distrito financiero y que los enormes ventanales acristalados que ocupaban todo un lado de la espaciosa oficina situada en el piso ochenta y dos mostraban con un esplendor demoledor, pero no reparó en las espectaculares vistas, ni su imagen contribuyó a relajarlo, como solía ocurrirle de manera habitual.
—La hija de un socio potencial desapareció hace un año, y antes de cerrar el trato quiero tener claro qué pasó. Cada vez se hace más evidente que la secuestraron durante una fiesta en el Waldorf Astoria, con más de trescientos invitados de entre lo más granado del jet set de Nueva York.
—¿Y qué tiene eso que ver con reunir a un equipo?
—Aún es circunstancial, pero podría ser que se la hubieran llevado a Arabia. —Un silencio espeso se coló a través del cable del teléfono.
—¿Quieres que meta a mis hombres en Oriente Medio para rescatar a la polluela de un posible socio comercial? ¿Pero quién te crees que eres, Rambo? —Jassmon entrecerró los ojos, algo irritado por la burla.
—Es complicado, Ro. Pero sí, esa sería la versión oficial.
—¿Y cuál es el verdadero motivo de esta locura?
—Con lo que voy a pagar por este trabajo, espero que sirva con la que te he dado —contestó con brusquedad.
—Puede que al resto, pero no a mí.
—Bien, ¿y qué tal que unos putos árabes se han llevado a una de nuestras mujeres? —exclamó a voz en grito—. ¿Necesitas mucha imaginación para darte cuenta de para qué la quieren esos cabrones?
—Cálmate, chaval, aún no sabes si esa historia es cierta y ya estás echando pestes sobre esa gente. —Jass respiró hondo, intentando aceptar el consejo, pero la imagen de la joven, con su largo pelo rubio, sus ojos azules, y su piel blanca e inmaculada, todas ellas características sumamente apreciadas y deseadas en un país en el que solo existía todo lo contrario, le provocaron un escalofrío de terror—. ¿Qué es lo que no me estás contando? —le oyó preguntar con voz suave.
—Déjalo estar, Ro. Sabes que mi instinto raras veces me ha fallado. —Esperó, con todos los músculos en tensión, durante el larguísimo minuto que su amigo se mantuvo callado.
—Si de verdad la tienen allí, va a ser un infierno sacarla. —Jass dejó escapar el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta y sus dedos volvieron a moverse, volando sobre el teclado.
—Lo sé.
—Reunir un equipo para enfrentarse a una misión suicida me va a costar lo suyo, sobre todo si no quieres que involucre a tu padre, como supongo que es el caso.
—Mantenlo al margen —confirmó con voz helada—. No he conseguido recopilar mucha información de momento, pero estoy mandándote todo lo que tengo. La pista más consistente es un colgante bastante valioso que siempre llevaba consigo y que apareció hace diez meses en una casa de empeños de Riad.
—¿Lleva algún grabado que lo identifique como de la chica?
—No, pero al parecer es de Chopard. —Com
