El invierno que tomamos cartas en el asunto

Ángeles Doñate

Fragmento

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Contenido

  1. Memorias de papel

  2. Rosa

  3. Voces del pasado

  4. Deudas que no se pueden saldar

  5. Alma

  6. Picotazos

  7. Mara Polsky

  8. Oasis

  9. Álex

10. Letras y ollas

11. Hypatia

12. En un callejón sin salida

13. Giros cósmicos

14. Nombres que imprimen carácter

15. Sarai/Manuela

16. Cazador cazado

17. Principios

18. Al otro lado del mar

19. Sara

20. Esperando a Margot

21. Adivina quién viene a Porvenir

22. La lista

23. Karol

24. El club de los poetas vivos

25. Más vale antes que después

26. Becarios de Cupido

27. Soledades

28. Treinta y nueve maneras de decirte te quiero

29. Golpes bastardos

30. Allí donde tú estés

31. Formas de decir adiós

32. Millas por recorrer

33. Manos arriba: esto es una fiesta

34. Páginas por leer, momentos por vivir

35. El último eslabón

Agradecimientos

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Todas las cartas de amor son ridículas.

No serían cartas de amor si no fuesen ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,

como las demás, ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,

tienen que ser ridículas.

Pero, al fin y al cabo, solo las criaturas

que nunca escribieron cartas de amor

sí que son ridículas.

Quién me diera en el tiempo en que escribía

sin darme cuenta cartas de amor ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos de esas cartas de amor

sí que son ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,

como los sentimientos esdrújulos,

son naturalmente ridículas.)

FERNANDO PESSOA

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1

Memorias de papel

Uno de los placeres de leer viejas cartas es saber que ya no necesitan respuesta.

LORD BYRON

—¿Quién necesita un cartero en un mundo donde ya no se escriben cartas? —preguntó Sara arrastrando muy despacio las palabras, que pesaban por culpa de la derrota.

Su voz triste, deshilachada, quedó flotando. Precedió a un silencio espeso que invadió todos los rincones.

A Rosa, su vecina, le pareció que justo en ese momento empezaba el invierno en su pueblo y en su corazón. Se puso a mirar las baldosas de las paredes de su cocina, algunas ya descascarilladas. Prestó atención al pequeño armario en el que guardaba las ollas y platos. Luego dirigió la vista hacia la despensa que Sara le había ayudado a llenar. A sus ochenta años, algunos días las fuerzas no le alcanzaban para algo tan cotidiano.

Ausente, la anciana sacaba brillo a las dos alianzas de oro que llevaba en su casi transparente mano izquierda. Siempre que intuía algo que no le gustaba, se aferraba a sus anillos de boda en busca de sosiego. Estaba segura de que allí donde estuviera su Abel la acompañaba y le daba fuerzas.

—Pero, Sara... —musitó Rosa—, ¿estás segura de que...?

No se atrevió a formular la pregunta por miedo a una respuesta que aun así, le llegó.

—Cerrarán la oficina de correos de Porvenir. Hablan de enviarme a la capital justo después de Navidad. Lo llaman reaprovechamiento de recursos, reducción de gastos o qué sé yo... Algo así ponía en el correo electrónico que me han enviado desde la central.

Dos meses, pensó la anciana.

—Es una trastada a mis cuarenta y cinco años y tres niños —añadió la más joven—. He crecido en este pueblo y aquí han nacido mis hijos. En el pueblo somos una gran familia. Si me trasladan, todo cambiará.

La cartera extravió la vista a través de la ventana. Como si hablara solo para ella, susurró entonces:

—Me volveré loca en las calles de la capital, pero no me queda otro remedio que aceptar el traslado. Tengo cuatro bocas que alimentar.

Rosa miró el reloj de la mesita. Eran casi las doce de la noche. En cuanto Sara se había ido a su casa, el corazón se le había desbocado. Las palpitaciones le golpeaban las sienes y no le dejaban dormir.

Se había preparado dos infusiones de tila bien cargadas. Siguiendo los consejos de su médico, había cenado una sopa ligera. Había fregado los platos, puesto en remojo las lentejas para el día siguiente y doblado la ropa ya limpia.

Pero nada de todo eso había conseguido borrar de su mente la mala noticia: ¡iban a trasladar a su vecina! Por más que trataba de imaginársela fuera de Porvenir, no lo conseguía. «El pueblo no tiene nada especial: ni ermitas prerrománicas ni héroes de la independencia, pero es nuestro», pensó Rosa mientras buscaba su bolsa de labor en el armario. Y eso le pareció suficiente razón para amarlo.

Porvenir era un laberinto de piedra y pizarra donde vivían apenas mil personas, además de las que ocupaban una docena de casas perdidas por los prados de alrededor. Desde hacía muy poco, un anillo de urbanizaciones modernas se empeñaba en ahogarlos a todos. Para Rosa, los recién llegados eran unos desconocidos. Estaba convencida de que solo eran aves de paso, que habían traído el tren de alta velocidad y la especulación inmobiliaria.

«¿Cómo puede ser que Sara, mi niña Sara, se vaya antes que ellos?», se preguntó.

Recordó entonces el día en que esta había nacido. Nevaba fuerte.

Llamaron a la puerta. El vecino de arriba tenía la cara lívida. Apenas hacía unos meses que se había mudado para trabajar de cartero. Desesperado, le dijo que su mujer se había puesto de parto y el médico no iba a llegar a tiempo. Rosa se miró las manos pero supo que no tenía alternativa.

«Tu madre y yo te trajimos al mundo», le gustaba decirle a Sara cuando era niña. «Tu padre se desmayó con la primera gota de sangre y el médico llegó cuando ya te teníamos limpita.»

Para ella, que era estéril, fue el momento en que más cerca estuvo de parir un hijo.

Rosa sintió una punzada de miedo. Se sentó en la butaca del salón y se aferró a sus brazos. Una certeza se abría paso entre sus pensamientos borrosos: si trasladaban a Sara, se quedaría sola en aquella casa.

Tembló nada más imaginarlo.

La primera vez que durmió allí fue la noche de bodas con Abel.

Era una vivienda austera y sólida de piedras ocres. El constructor solo se había permitido un capricho: una veleta con una lechuza de hierro forjado. «El animal de la sabiduría», le gustaba repetir a su marido.

En la planta baja estaba el garaje. En el primer piso vivían ellos y, en el segundo, sus suegros. Al morir estos, su marido heredó la casa. Cuando supieron que nunca podrían tener hijos, decidieron alquilar el piso que había quedado vacío. Pocos meses después allí nacería Sara.

Fueron años de felicidad para Rosa.

Aquellos recuerdos hicieron que las palpitaciones casi desaparecieran. Correrías de la niña por las escaleras entre los dos pisos, sábados jugando a cartas, cotilleos mientras tendían las sábanas en la azotea, excursiones para buscar moras en verano. Luego la boda de Sara y el nacimiento del primer niño, del segundo y del tercero.

Pero un día, sin aviso, comenzó la oscuridad.

Abel murió en un accidente de coche.

Poco después, el marido de Sara desapareció, dejándola sola con los tres hijos y un montón de facturas por pagar. Los padres de ella acabaron enfermando, impotentes ante la desgracia de su hija. Y como le gustaba decir a Rosa: «Igual que te ayudé a ti a nacer, Sara, ayudé a tu madre a morir.»

Poco a poco, la alegría de los tres chiquillos ocupó los espacios que otros habían dejado vacíos. Sara y Rosa se acostumbraron a sus pérdidas hasta conquistar una calma que un correo electrónico enviado desde la capital amenazaba con romper.

Se puso a tejer buscando una paz esquiva. Entre punto y punto, Rosa no dejaba de dar vueltas una y otra vez a lo mismo. ¿Cómo se las apañarían Sara y sus hijos lejos de Porvenir, de sus prados y sus vecinos? Y aunque se sintiera un poco egoísta por pensarlo en un momento así, ¿cómo se las apañaría ella sin su compañía?

De repente, dejó caer las agujas de media sobre el regazo. Una nueva preocupación se sumó a las anteriores. Si trasladaban a la capital a la única cartera del pueblo, cerrarían la oficina de correos, que tenía más de cien años. Le pareció que sobre el pueblo se cernía una desgracia de dimensiones apocalípticas. Todos dormían, inconscientes de la desgracia, excepto ella, una pobre vieja insomne que no podía hacer nada para evitarla.

Le invadió un cansancio del que sabía que no escaparía descansando. Aun así, decidió volver a la cama.

Habían pasado ya dos horas y allí seguía, tumbada, mirando las agujas del reloj. Su mente era incapaz de estarse quieta. Como si su vida fuera un ovillo de lana, un pensamiento fue tirando del otro. Pronto el tiempo empezó a rodar hacia atrás y se vio a sí misma cuando era joven.

Por aquel entonces hubiera sabido qué hacer. Era una chica atrevida que no se estaba quieta. Cuando no andaba ayudando a la maestra con los chiquillos más revoltosos, estaba aprendiendo a tejer con su abuela o acompañaba a su padre en la tienda de alimentación que tenían. Por eso Abel se prendó de ella. «No hay muro tan alto que tu ilusión no pueda saltar», le dijo él en su boda. El día más feliz de su vida... o casi.

Un nombre que no había dicho en años acudió a sus labios: Luisa.

«En el pasado también duermen recuerdos dolorosos. Cuando paseas por los caminos de la memoria, corres el riesgo de despertarlos», se dijo, secándose una lágrima furtiva.

Luisa y ella se hicieron inseparables el primer día de escuela. Eran como el punto y la i. Adonde iba una, iba la otra. Su amiga vivía en la casa más alejada, en el límite con otro pueblo. Era tímida, dulce y tranquila. El complemento perfecto para una polvorilla como ella. Jugaban de lunes a domingo, inviernos y veranos. Con el transcurso de los años, de las letras y las sumas, pasaron juntas a las clases de costura y hogar.

Arrinconaron las muñecas y cogieron las bicicletas. Una tarde en que la lluvia les pilló de excursión a un par de kilómetros del pueblo, corrieron hacia la pequeña ermita de la Virgen del Romero, que quedaba a pie de carretera.

Era apenas un cuadrado de piedra, con un techo de madera medio podrida. La aldaba de la puerta era la cabeza de un ángel bizco. Según la tradición era fruto de la venganza de un herrero, que se había casado en segundas nupcias con una campesina viuda. Esta tenía un chiquillo que era un diablo y le hacía la vida imposible al hombre. Un día en que estaba muy enfadado, en su taller, hizo la figura con la cara del hijastro que tenía los ojos bizcos. Mirándola seriamente le dijo: «Ahora recibirás todos los golpes que te mereces, aunque no seré yo quien te los dé para que tu madre no se enfade conmigo.»

Las dos amigas, riendo, cumplieron con la tradición y golpearon un par de veces la aldaba. Cuando empujaron la puerta, se sorprendieron. Sentado en el suelo, junto a un petate verde oliva, descansaba un chico algo mayor que ellas. Les sonrió y sus ojos oscuros brillaron en la penumbra de la ermita, tranquilizando a las dos amigas. Lo conocían aunque ninguna de las dos pudiera decir de qué.

Se sentaron junto a él, mientras esperaban a que pasara el aguacero. Les explicó que volvía al pueblo ese mismo día después de cumplir con el servicio militar. No paraba de mover unas manos grandes y fuertes que atraparon a Rosa sin ni siquiera tocarla.

Los minutos parecieron segundos. En cuanto el temporal amainó, sin apenas despedirse, el soldado salió corriendo, ansioso por saludar a sus amigos. No les dijo su nombre pero no hizo falta. Esa misma noche ambas lo sabían: Abel.

Durante las siguientes semanas, las dos amigas apenas hablaron del chico, pero su recuerdo creció silenciosamente en sus corazones.

No volvieron a verlo hasta el baile de final de verano. Esa noche, Luisa estaba especialmente bonita y Abel bailó más con ella que con el resto de chicas. Rosa decidió enterrar sus primeros sentimientos bajo una capa de indiferencia, creyendo que no tenía ninguna posibilidad.

Después de aquella noche, Luisa fue incapaz de volver a hablarle. Era demasiado tímida. Cuando lo veía por la calle, corría a esconderse en algún portal. Si coincidían en una tienda, bajaba la cabeza y no volvía a levantarla hasta estar segura de que el chico había salido. Se había enamorado hasta la médula o eso creía. Perdió el apetito. Empezó a olvidarlo todo.

Rosa se asustó y le propuso a su amiga ocuparse del tema. Urdieron un plan que al principio resultó perfecto: ella se ocuparía de ganarse la confianza del chico y le hablaría de los sentimientos de Luisa para ver si eran correspondidos. Se convertiría en su celestina. Aquella idea trajo tranquilidad al espíritu de Luisa y, en cierta manera, al suyo.

«Es difícil controlar la fuerza de un río justo cuando empieza a correr», se dijo Rosa. Y eso fue lo que sucedió: la pasión que había sentido por Abel nada más conocerlo fue creciendo día a día. Con la cabeza, quería ayudar a Luisa. Pero con el corazón le era imposible hacerlo.

Y lo mismo le ocurrió a él. El recuerdo de la chica dulce del baile fue eclipsado por el roce vivo de la mano de Rosa. Todo el pueblo se daba cuenta de lo que pasaba menos ellos. Las comadres repetían: «Dos son pareja, tres multitud.»

«Al final, pasó lo que tenía que pasar», suspiró Rosa. Una noche, Abel se le declaró y ella no supo decirle que no. En tres meses estaban casados.

No fueron capaces de enfrentarse a su amiga y dejaron escapar todas las oportunidades que se les presentaron para hacerlo. Ni Rosa ni Abel dieron una explicación a Luisa. El día de su boda fue el último que la vieron.

Sesenta años después y ya viuda, aquella noche Rosa recordó a su amiga vestida de negro, de pie, al fondo de la iglesia. Cuando el sacerdote dijo, «Ya puede besar a la novia», Luisa abrió el portalón, salió y se perdió para siempre.

Al principio, Rosa no la echó de menos, porque estaba borracha de felicidad. Pasadas unas semanas hizo un mínimo intento de verla: llegó hasta su casa y sus padres le dijeron que se había ido del pueblo. Jamás supo adónde.

«Tu ausencia ocupaba un espacio demasiado grande en nuestras vidas...», murmuró la anciana al vaivén de sus recuerdos, aunque el matrimonio nunca dudó de la decisión que había tomado. Se amaron desde el principio hasta el final con la misma pasión y la única sombra que les acechó fue la ausencia de hijos.

«Las palabras no pronunciadas son anclas que nos arrastran al fondo», se repetía muchas veces Rosa. Esa noche descubrió que las palabras que no le dijo a Luisa antes de su boda aún le seguían pesando.

Tal vez fueran su única deuda. ¿Sería demasiado tarde para saldarla?

La anciana abrió el cajoncito de la mesita de noche y sacó una foto amarillenta de Abel en sus primeras Navidades de casados. Reía abiertamente y por eso era la favorita de Rosa.

—Abel, tú siempre decías que las cosas no pasan sin una razón, ¿cierto? No es porque sí que quieren trasladar a Sara y cerrar la oficina de correos de nuestro pueblo. Tampoco es casualidad que ella me lo haya contado a mí, una pobre vieja con el corazón de un tractor.

Sonrió al rozar la foto con los labios.

—Tampoco puede ser cosa del azar que, la misma noche en que Sara me ha contado todo esto, yo me haya acordado de Luisa.

Calló por unos segundos.

—¡Alguien espera que yo haga algo, Abel! Quizás sea Sara, o tú, o bien Luisa... Y como estáis locos, creéis que yo puedo con todo. Eso me pasa por haber sido tan decidida y cabezota toda mi vida... Pero ya no tengo veinte años, ¿eh? Te lo recuerdo.

Pensativa, volvió a mirar la foto.

—Aun así, quien tuvo, retuvo. —Sonrió pícara—. Y tal vez, solo tal vez... encuentre una manera de hacer algo por Sara y por el pueblo. Incluso podría saldar mi deuda.

Puso la foto sobre su pecho y cerró los ojos.

Justo antes de quedarse completamente dormida, se soñó caminando despacito hacia la oficina de correos. Entraba. Se paraba ante el mostrador. Se metía una mano bajo la blusa y buscaba algo, justo donde la tela rozaba el corazón.

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2

Rosa

Porvenir, 9 de noviembre

Querida Luisa,

Por favor, NO ROMPAS ESTA CARTA. Todavía no.

Danos una oportunidad a esta misiva y a mí. Con estas frases, con unos pocos párrafos y abusando de tu generosidad, me atrevo a pedirte que nos concedas un par de páginas antes de decidir nuestra suerte.

Estoy segura de que has reconocido mi letra, como yo reconocería la tuya por más que hayan pasado los años. Sabes quién soy. Mis eles no se mantienen erguidas como antes, ni mis efes resbalan con la elegancia que la maestra Ingrid nos enseñó en las clases de caligrafía. Aun así, ¿cómo podrías olvidarlas? Yo no he olvidado esas graciosas boinas que tú dibujabas sobre las íes, para que no tuvieran frío.

Perdóname, me estoy yendo por las ramas... Ese defecto ha empeorado con los años. Ahora no solo cuando hablo, sino también cuando rezo o pienso, me pierdo en mis propias palabras.

Sé que no tengo derecho a romper la paz de tu hogar tras más de sesenta años. Créeme que no lo haría si no fuera extremadamente necesario. Sé también que esta carta debería haberte llegado hace muchos años. Te será de poco consuelo saber que, en realidad, la escribí hace mucho tiempo. La que ahora lees es solo la enésima versión de una carta que lleva seis décadas escribiéndose.

Una vez incluso la llevé en el bolso durante más de seis meses, buscando el valor necesario para enviártela. Pero me acercaba al buzón y las manos me empezaban a temblar, así que lo fui dejando... Al final, estaba tan arrugada que ni siquiera se podía leer tu dirección.

Y así fue pasando la vida.

Un día, aquello que parecía tan imprescindible como el aire, se había vuelto necesario pero no urgente. Más tarde solo era importante y, después de eso, un propósito de los que me hacía cada 1 de enero.

Cuando éramos jóvenes, ¡cómo te reías de mi decálogo para el nuevo año! Lo empecé a escribir aquellas Navidades en que mi tía Margarita me regaló la caja de madera con hadas pintadas. El 31 de diciembre, antes de acostarnos, escribimos mi primer decálogo juntas y lo guardamos en la caja. ¿Te acuerdas? A saber dónde andará la pobre... No me refiero a mi tía Margarita, que está en el nicho 2011 F, entre el 2011 E donde descansan mis padres y el 2011 G de Herminia, la del estanco.

Me pregunto dónde estará la caja de mis propósitos...

Unas veces fue pintar la casa, otras visitar más a mi hermana y hacer gimnasia o apuntarme a un curso de cocina. Escribir tu carta nunca cayó de la lista. Y, sin embargo, no ha sido hasta este año, el primero sin hacer decálogo, que al fin te escribo.

Ahora te preguntarás por qué, después de toda una vida haciendo listas, el pasado enero no la hice. Sinceramente, pensé que no llegaría hasta una nueva Navidad: once meses atrás me dijeron que mi corazón está débil. Hace un par de semanas volví a pedirle explicaciones al doctor y me dijo, tal como suena, que si hay algo bueno en la vejez es que ralentiza lo malo. Y aquí sigo.

Ahora que la Navidad está a las puertas, y he resistido un año más, tu carta me vuelve a rondar por la cabeza como entonces, como al principio.

Eres mi propósito pendiente.

En estos sesenta años, he pintado la cocina cuatro veces, me he apuntado y desapuntado de clases de jardinería y me he convertido en una cocinera reputada, sobre todo por mis apple pie, un pastel típico americano que aprendí de una serie de televisión.

Tu carta, tú, sois mi deuda.

¿Por qué he decidido escribirte precisamente hoy? No te engañaré. Porque una buena chica a la que quiero mucho, Sara, tiene problemas. Es la cartera de Porvenir y mi vecina. Con razón me preguntarás qué tiene que ver contigo. Tiene y mucho.

Van a trasladarla a la ciudad para cerrar la oficina de correos del pueblo. Nos quedaremos sin cartero. Ya sabes que a la gente joven todo se lo envían por ordenador, así que, para los cuatro viejos que quedamos, con una furgoneta de reparto un par de veces a la semana será suficiente.

Yo quiero hacer algo por ayudar a Sara, a Porvenir. Y saldar mi deuda contigo.

La solución me la dio un sueño: me encontraba en la oficina de correos y, de mi blusa, sacaba un sobre con tu nombre escrito con mi letra. Sara necesita una carta para repartir. Y yo necesito contarte algo.

Y aquí estoy para decirte lo que entonces no tuve valor: me enamoré de Abel y sigo enamorada de él, a pesar de que lleva casi treinta años muerto. ¿Pero qué importa eso si lo sigo sintiendo a mi lado?

Abel se mató en un accidente de coche. Seguramente te enteraste, aunque no te vi en el cementerio. No pudimos tener hijos. Esa fue la única felicidad que Dios nos negó.

Que nos enamoráramos no era el plan que tú y yo habíamos trazado, lo sé. Ni siquiera fue mi intención. Sucedió y ya está.

No sabes cuántas veces he vuelto a aquel día de lluvia en que habíamos salido de excursión. Cuando nos refugiamos en la ermita de la Virgen del Romero no sabíamos lo que allí nos aguardaba: el amor y el desamor. Las dos caras de una misma moneda que llevaba el nombre de Abel. Allí lo vimos por primera vez, ¿te acuerdas?

Con los años, pasar por la ermita se convirtió para mí en una tortura. Hace medio siglo que no me acerco por allí. ¿Has vuelto tú? ¿Todavía aguantan las vigas de madera? ¿Sigue allí la aldaba del ángel bizco? Si sigue allí, debe estar más que oxidado...

No quiero que me perdones porque tampoco podría arrepentirme. No te estoy dando ninguna explicación. Te traicioné. Hay quien pensará que lo hice al enamorarme de Abel o al permitir que él se enamorara de mí. Pero no. Siento que te traicioné al no decírtelo, al permitir que eso nos separara sin ni siquiera tenderte la mano. Era feliz y no fui generosa contigo. Había sitio para ti en nuestras vidas pero no te lo ofrecimos.

Si pusiera en fila todas las veces que me dije «Si pudiera contárselo a Luisa...», ¡la fila sería más larga que la muralla china! He tenido más amigas, claro. Seguro que tú también. Pero me gustaría pensar que, aunque me odiaras durante estos años, ninguna de ellas ha ocupado el sitio que yo dejé vacío.

El tuyo no lo ha ocupado nadie en mi corazón.

Al pensar en ti, me hago un montón de preguntas. La más importante: ¿has sido feliz? ¡Ojalá pudiera oírte decir que sí! ¿Te has casado? ¿Has tenido hijos? ¿Trabajaste? ¿Pudiste ir a París, tal como soñabas? ¿Aprendiste por fin a bailar el tango?

¿Dónde te metiste, Luisa? Al principio, creí que te escondías en tu casa de campo, sin bajar por el pueblo. Pero un año después creí lo que tus padres me habían dicho desde el principio: que te habías ido de Porvenir.

En vida de tus padres, tuve la esperanza de que regresarías tarde o temprano. Cuando ellos murieron, aún quedaba tu hermano pequeño. Venía poco por aquí. Supongo que, si necesitaba algo, prefería acercarse a la capital. Me dijeron que se casó mayor y, con su mujer, decidieron emigrar a Alemania. Nunca le había gustado cuidar el ganado como les gustaba a tus padres.

Para entonces ya habían pasado un par de décadas. Pensé que no volvería a verte nunca más y que tu casa se caería a pedazos. Una parte de mi vida, mi infancia, quedaría atrapada bajo esos escombros. Me producía una inmensa pena. Sin embargo, no ha sido así. Tu casa está cerrada pero alguien la cuida. Y alguien quita las malas hierbas de la entrada.

Eso me anima a escribirte esta carta. La recogerás tú o la recogerá quien sea que tú tengas al cargo de la casa. Sé que, antes o después, leerás estas líneas. Presiento que las estás esperando.

Todavía te extraño, Luisa, y al cerrar los ojos antes de dormir recuerdo cuando corrías conmigo camino de la escuela. Espero que tú añores a Rosa, el diablillo que te metía en tantos problemas. De­sa­pa­re­ció en las vueltas del camino, ¿le habrá pasado lo mismo a la Luisa que yo añoro?

Si queda algo de aquella chiquilla incapaz de ver sufrir a una mosca, a ella es a quien me dirijo ahora.

Sé que es tarde. No espero que me contestes. Ni siquiera te pongo mi remite.

Solo quiero pedirte algo.

La vida de Sara, una mujer que podríamos haber sido tú o yo, está a punto de romperse. Quizás te la hayas cruzado alguna vez: ha crecido en nuestras calles. Tiene tres mocosos que también corren por aquí. A pesar de que su vida no ha sido fácil, siempre tiene una sonrisa para quien la necesite. Sus jefes quieren trasladarla lejos de su hogar.

Después de más de cien años, Porvenir se quedará sin cartero. Dicen en la capital que no nos gusta enviar cartas ni recibirlas. ¡Cómo se atreven! No te contaría todo esto si no estuviera en tu mano ayudar a Sara y a nuestro pueblo. ¿Cómo puedes hacerlo? Muy sencillo, como lo he hecho yo: escribe una carta. No importa que sea larga o corta ni que esté bien o mal escrita. Y envíasela a otra mujer del pueblo, porque seguro que ella entenderá lo duro que será criar unos hijos lejos de los suyos. Aunque no la conozcas, comparte con ella unos minutos de tu día. Construyamos entre todas una cadena de palabras tan larga que llegue hasta la capital, y tan fuerte que nadie allí nos la pueda cortar.

Luisa querida, sabré que me has leído y que todavía sigues ahí cuando vea que la saca de Sara empieza a pesar. Gracias infinitas.

Hasta siempre.

Te quiero,

Rosa

PD. Recuerdo que tu flor favorita era la lavanda. Por eso he vertido algunas gotas de esencia en la carta. Espero que su perfume te ayude a perdonarme y te infunda ánimos para acompañarme en esta misión.

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3

Voces del pasado

Su carta, mi querido y buen bienhechor, me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en mi alma. [...] Todas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor.

ANTÓN CHÉJOV a DMITRI V. GRIGORÓVICH

Alma miraba sorprendida el sobre cerrado.

Lo agarraba con las dos manos como si tuviera miedo de que pudiera escaparse volando. O tal vez temía que se deshiciera entre sus dedos como ceniza. El papel parecía frágil y las letras del nombre del destinatario, escritas a mano, temblaban atropellándose entre sí.

No llevaba remitente.

Agitó la carta, aún cerrada, como si pudiera hacerla hablar. Un aroma dulzón se desparramó sobre los muebles cubiertos con viejas sábanas amarillentas. Trató de rescatar de su memoria el nombre de aquel perfume. Acercó la nariz al papel.

«¡Lavanda!», exclamó feliz, como si descubrir algo familiar la tranquilizara.

Un par de horas antes se había despertado con calambres por todo el cuerpo. Su humor no estaba mucho mejor. Siempre que dormía en una cama por primera vez se levantaba entumecida. Si a eso se añadía un colchón de lana donde no dormía nadie desde hacía varias décadas, sentirse así era lo más normal.

Para descansar había elegido la habitación más grande del segundo piso de la casa. Le habían gustado sus paredes azul cielo y el gran armario con puerta de espejo, situado frente al lecho. Creía recordar haberse escondido dentro más de una vez cuando era niña, entre viejos vestidos y bolas de naftalina.

Recostada contra el cabezal de hierro forjado, Alma se miró en el espejo. Sopló hacia arriba para apartar el flequillo castaño que le caía sobre la frente. Su madre la había convencido para que se cortara el pelo como un chico. No sabía por qué también en esto le había hecho caso, pero no le gustaba nada el resultado. Aunque aquella mañana eso no fue lo único de su aspecto que le disgustó. Los acontecimientos de los últimos meses habían dejado su rastro en forma de bolsas oscuras bajo sus ojos color miel. El resto de la cara, en cambio, se veía más pálida que de costumbre. Sin saber muy bien la razón, ese contraste la desasosegaba.

Decidió que lo mejor era darse una ducha de agua caliente para ponerse a tono y enfrentarse a la tarea que la había llevado hasta aquel recóndito lugar.

Abrió la ventana del baño. Mientras se dejaba acariciar por el chorro de agua, intentó perder la vista entre los prados para relajarse. Algo bueno tenía vivir aislados. «No hay vecinos que te puedan ver», se dijo mientras sonreía para sí misma por primera vez desde que había llegado a Porvenir.

Nada más pensarlo, como si el destino quisiera llevarle la contraria, vio avanzar por el camino de tierra una pequeña furgoneta. Su color amarillo chillón la delataba de lejos: pertenecía al servicio de correos. No le dio importancia.

El caserón llevaba deshabitado veinte años.

Oyó un chirrido cuando la furgoneta se detuvo frente a la casa. De ella bajó alguien vestido con el uniforme de cartero: camisa amarilla y pantalón azul marino. Desde donde estaba, Alma no podía distinguir sus rasgos, solo su cabello rojizo. La recién llegada cubrió a pie el último trecho de camino.

Por la manera de moverse, la chica se convenció de que era una mujer. Era algo regordeta y caminaba suavemente.

Se entretuvo un buen rato ante la valla de madera blanca. No parecía menos sorprendida que Alma. Miró a un lado y otro del jardín, sin decidirse a cruzarlo. Luego levantó la vista como si buscara una señal.

Alma contuvo la respiración.

En un acto reflejo sin sentido, se apartó de la ventana y salió de la ducha. No quería que nadie la viera allí. Todavía no. Antes debía hacerse unas cuantas preguntas y, con un poco de suerte, encontrar algunas respuestas entre aquellas paredes.

Bajó sigilosamente las escaleras de piedra que daban directamente al salón. Se quedó quieta junto a la vieja chimenea de ladrillos requemados. Sobre la repisa, alguien parecía haber olvidado un par de fotos, ahora caídas, mudos testigos de aquel abandono.

Miró a su alrededor. El tiempo parecía detenido en aquella estancia. El polvo campaba a sus anchas y solo dos cosas estaban fuera de lugar: su mochila verde y una bolsa de mano. Ambas estaban tiradas encima del sofá frente al hogar.

La noche anterior el taxi la había dejado allí muy tarde y se acostó sin tocar nada. Estaba segura de que, por la mañana, todo sería mucho más fácil. Sin embargo, no había contado con aquella visita a primera hora.

Las contraventanas seguían cerradas, así que se sintió a salvo.

Unos pasos se acercaban por el jardín. Asombrada vio como, por debajo de la puerta, asomaba la esquina de un papel. Un par de segundos después, un sobre malva algo desgastado ocupaba la mitad de una baldosa del salón. Sus ojos de miel quedaron prendados de aquella carta, sin saber que en cuanto la abriera nada volvería a ser igual.

La compañía de la luz o del agua no utilizarían nunca un sobre malva. «Tiene que ser una carta personal», pensó. «Se trata de un error.» ¿Quién escribiría a una casa donde no vivía nadie desde hacía tanto tiempo?

Al recogerla se dio cuenta de que no: la carta llevaba la dirección correcta. Sin embargo, lo que más le sorprendió fue el nombre de la persona a la que iba dirigida: Luisa Meillás.

Quince minutos más tarde, de pie y en albornoz en mitad del salón, seguía mirando el sobre. No sabía qué hacer con él. ¿Lo abría? ¿Lo guardaba? ¿Lo destruía? «Haga lo que haga con la carta, será mejor que lo haga vestida», pensó.

La dejó sobre la repisa de la chimenea antes de tomar la mochila y volver a la habitación azul. Una vez allí, guardó las cuatro cosas de ropa que había traído, sus zapatillas deportivas y las botas de caña baja.

Recordaba vagamente los bosques y prados que rodeaban el pueblo. Quería recorrerlos ni que fuera una vez para contrastar sus recuerdos con la realidad. De niña le habían parecido enormes y misteriosos. Estaba segura de que el paso del tiempo les devolvería su justa medida.

Al abrir las puertas del armario, un par de mariposas marrones salieron volando torpemente, como si hubieran aguardado la libertad demasiado tiempo. Rio al imaginarse cómo se habían aburrido en aquella prisión semivacía de madera: solo la ocupaban un par de perchas olvidadas, unos pantalones viejos de hombre y una manta hecha de retales que no recordaba haber visto antes.

Colocó lo poco que traía y dejó la puerta abierta para que desapareciera el olor a cerrado.

Sin duda, lo mejor que podía hacer en la casa para no acabar como aquellas pobres mariposas, borracha de polvo y moho, era abrir puertas y ventanas.

Abrió la ventana de la habitación donde había dormido. Hizo lo propio en los cuartos del segundo piso. En total, cinco dormitorios y dos baños. Estuvo tentada de quitar las sábanas que cubrían los muebles, como había hecho en su dormitorio, pero pensó que por unos días no valía la pena.

Le sorprendía que todo estuviera tan ordenado. Siempre había creído que las casas desocupadas eran trasteros de objetos olvidados e inservibles, pero allí no parecía sobrar nada. Todo estaba en su sitio, como si se esperara que de un momento a otro alguien volviera a ocuparla.

«Seguro que el desván no está tan organizado», se dijo. Ese pensamiento la disuadió de visitarlo y Alma bajó al primer piso para continuar con sus tareas de ventilación. Tomó la bolsa de mano, donde llevaba su portátil, una libreta, unas barritas de cereales y un par de bolsitas de té.

Cautelosa, solo abrió una de las contraventanas de la fachada principal del salón. Luego se dirigió a la cocina, que daba a la parte trasera.

Con gran esfuerzo consiguió abrir una pequeña puerta de madera. El sol de media mañana golpeó sus párpados. Dio un par de pasos y un viejo sentimiento de bienestar se hizo presente. Se agachó. Hundió la mano en la tierra reseca, tratando de arrancar algo. Cerró los ojos.

Tendría unos cinco años. El último verano que visitó el caserón. Caminaba desgarbada con unas botas de agua enormes, entre surcos de tierra oscura salpicados de hojas verdes. Chapoteaba en cada charco que encontraba. Tras ella, una voz dulce rio: «Ahí va, señores y señoras, el gato con botas.»

El recuerdo de aquella voz le hizo pensar de nuevo en la carta y decidió ir a buscarla.

Sentada bajo un ciruelo, único resto de vida en el huerto, acarició la carta con delicadeza.

Alma no creía en las casualidades.

Hacía poco más de veinticuatro horas que había cerrado su mochila. Sin pararse a pensar qué hacía, había metido en ella las cuatro cosas que se llevaría para su aventura en Porvenir.

Mientras preparaba el equipaje, su madre la perseguía por el pasillo gritando. No entendía a qué venía aquel repentino viaje. Amenazó con llamar a su padre y, mientras Alma cerraba la puerta del ático, le pareció oír como marcaba el número.

Así había estrenado sus veintitrés años.

Sin comentárselo a nadie, fue hasta la estación y se subió al tren. Mientras decía adiós a los bloques de cemento y a las fábricas sin una sola lágrima, volvió a leer la carta certificada que le había llegado el mismo día de su cumpleaños.

Por la presente, nos ponemos en contacto con usted para notificarle que, a día de hoy y siguiendo los deseos del anterior propietario, pasa usted a ser la única dueña de la Casa Meillás y de las hectáreas de tierra que le pertenecen, situadas en el municipio de Porvenir, pudiendo tomar posesión a partir de este instante y decidir sobre el futuro de las mismas.

Mientras releía por décima vez aquel documento sellado en la notaría, apretó con fuerza las dos llaves que había encontrado en el mismo sobre acolchado. Sintió cómo los pequeños dientecillos afilados se le clavaban en la palma.

El dolor le obligó a abrir la mano y, como un acto reflejo, también su mente. ¿Ella dueña de algo? ¿Por qué? ¿Qué broma era esa? ¡Si apenas conocía aquella casa ni aquel pueblo! Recordaba haber comido ciruelas directamente del árbol. También un pequeño huerto, una habitación azul y un gran armario con espejo. Y nada más.

Cuando se esforzaba por evocar algo más, en su mente todo se volvía niebla.

«Quien ha decidido dejarme la herencia no me conoce bien», se dijo Alma mientras las estaciones se sucedían una tras otra por la ventanilla del vagón. ¿Cómo iba a decidir sobre el futuro de algo, aunque solo fuera una casa de piedra, sino era capaz de escoger el suyo?

Evocó todas las discusiones que había mantenido con sus padres desde que había acabado la facultad un par de años atrás. Se había licenciado con muy buenas notas en Filología. Ellos soñaban con que opositara para ser profesora en un instituto. «Necesitas un trabajo seguro», le recomendaba su madre. Su padre le comentó que si prefería convertirse en investigadora, él le facilitaría algunos contactos en la universidad. Le ayudaría a conseguir la beca para empezar la tesis. Y, tras la tesis, llegarían las consabidas oposiciones para conseguir su plaza.

Para disgusto de ambos, Alma se buscó trabajo en una tienda de ropa. Les aseguró que era una ocupación temporal mientras decidía qué quería hacer con su vida. Solo sabía que su futuro no pasaba por encerrarse frente a un largo temario para obtener un sueldo digno a fin de mes.

En el fondo de su corazón sabía muy bien a qué quería dedicarse, pero era incapaz de reconocerlo en voz alta. Mientras etiquetaba jerséis en la sección de niñas, recitaba en voz baja versos de Pablo Neruda. Entre cliente y cliente, repasaba los de Gabriela Mistral y, durante la hora del almuerzo, se encerraba en el almacén con un libro de Lord Byron. Por las noches, emborronaba hojas y hojas con imágenes y metáforas. Hojas que, en cuanto adquirían forma, enviaba a concursos y editoriales esperando una respuesta que siempre era la misma, aunque con diferentes palabras: NO.

Quería ser poetisa. Pero ¿quién podía vivir de eso?

Doce horas después llegaba a Porvenir. En mitad de la noche, tomó el único taxi que esperaba viajeros en aquella olvidada estación.

Al meter la llave en la cerradura de su casa, se repitió en voz baja: «En un segundo, todo puede cambiar.» Y recordó el segundo en que esa nueva aventura había empezado.

En su fiesta de veintitrés cumpleaños, frente a las velas del pastel, había estado a punto de ceder a las presiones familiares. Estuvo a punto de decir que no se preocuparan más. No

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