1
La prisión parecía más el campus de un centro de formación profesional superior que el lugar donde se encerraba en celdas por diez años o más a hombres que habían cometido delitos mientras vestían el uniforme de su país. No había torres de vigía, pero sí dos verjas de seguridad paralelas de cuatro metros de altura, patrullas armadas y suficientes cámaras de vigilancia para mantener un ojo electrónico prácticamente en cada milímetro del recinto. Situado en el extremo norte de Fort Leavenworth, el Cuartel Disciplinario de Estados Unidos ocupaba junto al río Missouri una hectárea y media de ondulados bosques de Kansas, un montículo de ladrillo y concertinas acunado por una mano verde. Era la única prisión militar de alta seguridad para hombres del país.
La principal prisión militar de Estados Unidos se conocía como la USDB, o DB para abreviar. La penitenciaría federal para civiles de Leavenworth, una de las prisiones ubicadas en los terrenos de Fort Leavenworth, quedaba seis kilómetros al sur. Junto con el Correccional Regional —también para presos militares—, en Leavenworth había una cuarta prisión gestionada por una empresa privada que aumentaba la población total de reclusos hasta unos cinco mil entre las cuatro prisiones. La Oficina de Turismo de Leavenworth, al parecer en un intento por capitalizar cualquier elemento notorio para atraer visitantes a la zona, había incorporado una perspectiva carcelaria en sus folletos publicitarios con la frase «Cumpliendo condena en Leavenworth».[1]
El dinero federal corría a espuertas por aquella parte de Kansas y saltaba la frontera de Missouri como una plaga de langostas verdes, estimulando la economía local y llenando las arcas de negocios que proporcionaban a los soldados chuletas ahumadas, cerveza fría, coches rápidos, prostitutas baratas y prácticamente todo lo que hubiera entremedio.
Dentro de la DB había unos cuatrocientos cincuenta presos. Los reclusos se alojaban en una serie de pabellones a prueba de fuga, que incluía una Unidad Especial de Alojamiento o SHU. La mayoría de los presos estaban allí por delitos sexuales. Casi todos eran jóvenes y sus sentencias, largas.
Aproximadamente diez presos permanecían en celdas de aislamiento en todo momento, mientras que el resto de los reclusos se albergaba con la población general. No había barrotes en las puertas; eran de metal macizo, con un hueco en la parte inferior para pasar las bandejas de comida. Esta abertura también permitía poner grilletes como un nuevo par de zapatos de hierro cuando un preso debía ser trasladado a otro lugar.
A diferencia de otras penitenciarías estatales y federales del país, la disciplina y el respeto se exigían y se daban. No había luchas de poder entre los encarcelados y sus vigilantes. Imperaba la regla de la ley marcial, y la primera respuesta de quienes estaban retenidos allí era «Sí, señor», seguida de cerca por «No, señor».
En la DB había un corredor de la muerte donde en aquel momento aguardaban media docena de asesinos convictos entre los que se contaba el asesino de Fort Hood. También había una sala de ejecuciones. Que alguno de los reclusos del corredor de la muerte llegara a ver la aguja letal sería algo que solo los abogados y los jueces podrían determinar, probablemente después de años y millones de dólares en honorarios de abogados.
Hacía rato que el día había cedido el paso a la noche y las luces de una avioneta civil Piper que despegaba del cercano Aeródromo de Sherman eran casi el único indicio de actividad. Reinaba la tranquilidad, pero un violento frente de tormenta que desde hacía unas horas aparecía en el radar se aproximaba huracanado desde el norte. Otro frente que se había formado en Texas cruzaba disparado el Medio Oeste como un tren de mercancías sin frenos. Pronto se encontraría con su homólogo norteño, con consecuencias asoladoras. Toda la zona ya estaba resguardada y a la expectativa.
Cuando los dos devastadores frentes se toparon tres horas después, la consecuencia fue una tormenta de proporciones demoledoras, con rayos que cortaban el cielo en zigzag, lluvia a cántaros y vientos que parecían no tener límite en su fuerza ni en su magnitud.
El tendido eléctrico fue lo primero que falló porque los árboles al caer partían los cables como si fuesen cordeles. Les siguieron las líneas telefónicas. Después de eso se vinieron abajo más árboles que bloquearon las carreteras. El cercano Aeropuerto Internacional de Kansas City se había cerrado con antelación, todos los aviones estaban vacíos y la terminal, llena de pasajeros resistiendo la tormenta y dando gracias a Dios en silencio por estar en tierra en lugar de volando en semejante vorágine.
Dentro de la DB los guardias hacían sus rondas o sorbían café en la sala de descanso o hablaban en susurros, intercambiando chismes sin importancia para matar el rato durante su turno. Nadie prestaba la menor atención a la tormenta del exterior, puesto que estaban a salvo en el interior de una fortaleza de ladrillo y acero. Eran como un portaaviones enfrentado a vientos huracanados y mar gruesa. Quizá no fuese agradable, pero resistirían.
Ni siquiera cuando falló la corriente eléctrica al estallar los transformadores de la subestación más cercana, sumiendo la prisión en una oscuridad momentánea, nadie se preocupó en demasía. El inmenso generador de emergencia arrancó automáticamente, y esa máquina estaba dentro de una instalación a prueba de bombas con su propia fuente de alimentación subterránea de gas natural que jamás se agotaría. Este sistema secundario arrancaba tan deprisa que el breve corte de fluido solo provocaba parpadeos en los fluorescentes, las cámaras de vigilancia y las pantallas de ordenador.
Los guardias terminaron sus cafés y pasaron a otros chismorreos mientras otros recorrían lentamente corredores, doblaban esquinas y entraban y salían de las galerías, asegurándose de que todo iba bien en el universo de la DB.
Lo que finalmente llamó la atención de todo el mundo fue el silencio sepulcral que se hizo cuando el generador infalible con el abastecimiento infinito de energía, ubicado en la instalación a prueba de bombas, emitió un ruido como el de un gigante al estornudar y, acto seguido, simplemente se paró.
Todas las luces, cámaras y consolas se apagaron de inmediato, aunque algunas cámaras de vigilancia tenían batería de reserva y, por lo tanto, permanecieron conectadas. De pronto el silencio lo rompieron gritos apremiantes y pisadas de hombres corriendo. Los radiotransmisores crepitaron y emitieron. Las linternas fueron arrancadas de los cinturones de cuero y se encendieron. Pero proporcionaban una escasa iluminación.
Y entonces ocurrió lo impensable: se abrieron todas las puertas automáticas de las celdas. Se suponía que aquello no podía ocurrir. El sistema estaba construido de manera que cada vez que se cortaba la corriente, las puertas se cerraban automáticamente. Mala noticia para los reclusos si el fallo eléctrico se debía, por ejemplo, a un incendio, pero así eran las cosas, o así era como se suponía que tenían que ser. No obstante, ahora los guardias oían los clics de las puertas que se abrían en toda la prisión, y cientos de presos salían a los corredores.
En la DB no estaban autorizadas las armas. Por consiguiente, los guardias solo contaban con su autoridad, ingenio, entrenamiento, capacidad para interpretar el humor de los presos y recias porras para mantener el orden. Y ahora esas porras las agarraban manos cada vez más sudorosas.
Había SOP, o procedimientos de operación estándar, para tales eventualidades, pues los militares tenían procedimientos para cada eventualidad. Por regla general, el Ejército tenía dos sistemas de apoyo en todos los elementos cruciales. En la DB el generador de emergencia de gas natural se consideraba a prueba de fallos. Sin embargo, había fallado. Ahora correspondía a los guardias mantener el orden absoluto. Eran la última línea de defensa. El primer objetivo era controlar a los presos. El segundo era controlar a los presos. Cualquier otra cosa se consideraría un fallo inaceptable según los criterios militares. Carreras, y junto con ellas barras y estrellas caerían como agujas marchitas de un árbol de Navidad que siguiera en pie a finales de enero.
Dado que había muchos más presos que guardias, controlarlos a todos implicaba ciertas tácticas, siendo la más importante la que consistía en agruparlos en los amplios espacios abiertos centrales, donde se les haría tumbarse bocabajo. Esto pareció dar resultado durante el primer cuarto de hora, pero entonces ocurrió algo más que haría que todos y cada uno de los guardias echaran mano de los manuales del Ejército y que más de un esfínter —tanto de presos como de guardias— se contrajera.
—Hay disparos —gritó un guardia a su radio—. Están pegando tiros, ubicación sin determinar, origen desconocido.
Este mensaje se fue repitiendo hasta que resonó en los oídos de todos los guardias. Había disparos y nadie sabía de dónde procedían ni quién disparaba. Y puesto que ningún guardia iba armado, significaba que uno de los presos sí. Quizá más de uno.
De pronto la situación, ya de por sí grave, mutó en algo rayano en el caos.
Y entonces las cosas se pusieron mucho más feas.
El ruido de una explosión reverberó en el interior de la galería número tres, que contenía la SHU. La situación rayana en el caos se volvió de golpe un colapso absoluto. Lo único que podría restablecer el orden sería una abrumadora demostración de fuerza armada. Y existían pocas organizaciones en el mundo que pudieran realizar una demostración de fuerza mejor que el Ejército de Estados Unidos. Sobre todo cuando esa fuerza armada hasta los dientes estaba justo al lado, en Fort Leavenworth.
Minutos después, seis camiones verdes del Ejército irrumpieron a través de las verjas sin electricidad de la DB, cuyos sistemas de detección de intrusos de tecnología punta habían quedado inutilizados. Policías militares con equipo de SWAT y portando escudos salieron en masa de los camiones con sus armas automáticas en ristre. Cargaron derechos hasta la instalación, su campo de visión nítido y claro gracias a sus gafas de visión nocturna de última generación, que volvían la oscuridad del interior de la prisión tan clara y vibrante como cualquier imagen en una Xbox.
Los presos se quedaron inmóviles. Los que todavía estaban de pie se tumbaron bocabajo de inmediato, con las manos en la espalda y los miembros temblorosos ante aquellos soldados magníficamente entrenados y armados para la guerra.
Finalmente se restableció el orden.
Los ingenieros militares fueron capaces de reconectar la corriente, las luces se encendieron de nuevo y las puertas pudieron cerrarse otra vez. Entretanto, la Policía Militar de Fort Leavenworth devolvió el control del recinto a los guardias y se fue por donde había venido. El comandante de la prisión, un coronel, respiró agradecido cuando le quitaron de los hombros el peso del mundo entero o, como mínimo, el súbito muro que había aparecido entre él y su siguiente ascenso.
Los presos regresaron a sus celdas con desgana.
Se efectuó un recuento.
La lista de presos se comparó con la lista oficial de reclusos. Al principio, las cifras cuadraban.
Pero tras una segunda revisión resultó que no era este el caso.
Faltaba un preso. Solo uno. Pero era importante. Lo habían enviado allí de por vida. No porque hubiese liquidado a un oficial con una granada de mano ni hubiese matado de otra manera a uno o a muchos. Ni porque hubiese violado, apuñalado, quemado o detonado una bomba. No estaba en el corredor de la muerte. Estaba allí porque era un traidor que había traicionado a su país en al ámbito de la seguridad nacional, término que hacía que todo el mundo se irguiera y volviera la vista atrás.
Incluso más inexplicable todavía, en la litera del preso ausente había otra persona, un hombre muerto sin identificar, tumbado bocabajo debajo de la manta. Esta fue la causa del error inicial en el recuento.
Registraron hasta el último rincón de la DB, incluidos los conductos de aire acondicionado y cualquier otra oquedad que se les ocurrió. Salieron corriendo al exterior donde la tormenta ya remitía, marchando en metódicas columnas, sin dejar de examinar nada.
Pero aquella parcela de suelo de Kansas no rindió lo que estaban buscando.
El recluso había desaparecido. Nadie podía explicar cómo. Nadie podía decir cómo había llegado el muerto hasta allí. Nadie podía dar sentido a todo aquello.
Solo había un hecho evidente.
Robert Puller, antaño comandante de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos y experto en armamento nuclear y seguridad informática, además de hijo de uno de los combatientes más famosos de todos los tiempos, el ahora jubilado teniente general del Ejército John Puller sénior, había escapado de la hermética DB.
Y había dejado tras de sí a un muerto desconocido en su lugar, cosa todavía más inexplicable que cómo había conseguido fugarse.
Informado de esta aparente imposibilidad convertida en cruda realidad, el comandante de la prisión descolgó el teléfono seguro de su despacho y, al hacerlo, se despidió con un beso de su hasta entonces prometedora carrera.
2
John Puller apuntaba con su pistola M11 a la cabeza del soldado.
Una Beretta 92 trucada, conocida en las fuerzas armadas como una M9A1, lo apuntaba a él.
Era un duelo del siglo XXI que no prometía ganadores y auguraba dos víctimas mortales.
—No pienso ser el chivo expiatorio —rugió el soldado de primera Rogers, o PFC Rogers. Era un negro veinteañero con la imagen de la Toalla Terrible y el logo de los Pittsburgh Steelers tatuado en el antebrazo. Tenía unos veintinueve años y la cabeza rapada, hombros fornidos, brazos y muslos musculosos que desentonaban con su voz aguda.
Puller llevaba pantalones caqui y un cortavientos azul marino con las letras CID estarcidas en la espalda. Rogers vestía su uniforme de combate del Ejército, o ACU, pantalones, botas reglamentarias y una camiseta del Ejército, con una gorra en la cabeza. Sudaba pese a que el aire era frío. Puller no sudaba. La mirada de Rogers era errática. Los ojos de Puller no se apartaban del rostro de Rogers. Quería emanar calma, esperando contagiársela a Rogers.
La pareja de soldados se había enfrentado en un callejón detrás de un bar en las afueras de Lawton, Oklahoma, sede de Fort Sill y también tumba del líder indio Gerónimo. Puller había estado en Lawton un par de veces, y su padre había estado destinado allí brevemente durante su carrera militar. Ahora estaba aquí en calidad de agente del Mando de Investigación Criminal, intentando arrestar a un presunto asesino que llevaba el mismo uniforme que él y que lo apuntaba con su arma de mano del Ejército.
Puller dijo:
—Bien, cuéntame tu versión de la historia.
—No disparé a nadie. ¿Te enteras? Has perdido el puto juicio si dices que lo hice.
—No digo nada. Solo estoy aquí porque es mi trabajo. Si tienes defensas contra los cargos, me alegro por ti. Úsalas.
—¿Qué me estás contando?
—Te cuento que consigas un abogado de la JAG que sea la hostia para que te defienda y quizá te retiren los cargos. Conozco a algunos muy buenos. Puedo ponerte en sus manos. Pero hacer lo que estás haciendo no está ayudando a tu caso. Así que bajas el arma y nos olvidamos de que has intentado huir y que después me has apuntado.
—¡No me vengas con chorradas!
—Tengo una orden de arresto contra ti, Rogers. Solo estoy haciendo mi trabajo. Deja que lo haga pacíficamente. Tú no quieres morir en un callejón cutre de Lawton, Oklahoma. Y te aseguro que yo tampoco.
—Me encerrarán de por vida. Tengo una madre a quien mantener.
—Y tu madre no querría que acabaras así. Tendrás tu día ante el tribunal. Escucharán tu versión. Puedes llevar a tu madre como aval de personalidad. Deja que el sistema legal haga lo suyo.
Puller dijo todo esto en un tono sereno y tranquilizador. Rogers lo miró con cautela.
—Oye, ¿por qué no te apartas de mi camino para que pueda salir de este callejón y del maldito Ejército?
—Los dos llevamos el mismo uniforme y puedo intentar ayudarte, PFC. Pero no puedo hacer lo que me pides.
—Te meteré un tiro por el culo. Te lo juro por Dios.
—Te equivocas.
—Yo no fallo, tío. Puntuación máxima en el maldito campo de tiro.
—Disparas y disparo. Caemos los dos. Es una estupidez que esto termine de esta manera. Me consta que te das cuenta.
—Pues digamos que solo es una tregua. Te largas y en paz.
Puller negó con la cabeza mientras su mirada fija y la mira seguían apuntando a Rogers.
—No puedo hacerlo.
—¿Por qué demonios no?
—Estás en artillería, Rogers. Tienes un trabajo que hacer, ¿no? Uno para el que el Ejército ha gastado mucho tiempo y dinero en entrenarte, ¿verdad?
—Sí, ¿y qué?
—Pues verás, este es mi trabajo. Y mi trabajo me impide irme de aquí. Vamos, no quiero dispararte, y no creo que tú quieras dispararme, de modo que baja el arma. Es lo más inteligente. Lo sabes de sobra.
Puller había seguido el rastro de Rogers hasta aquel sitio después de haber descubierto pruebas más que suficientes para ponerlo a la sombra una larga temporada. No obstante, Rogers había divisado a Puller e intentado escapar. La huida había terminado en aquel callejón. No había más salida que el lugar por donde habían entrado.
Rogers negó con la cabeza.
—Pues entonces vamos a morir los dos.
—Esto no tiene por qué acabar así, soldado —replicó Puller—. Usa el cerebro, Rogers. ¿Una muerte garantizada o un juicio en el que igual te cae una temporada en DB, o del que quizá incluso salgas libre? ¿Qué te suena mejor? ¿Qué le sonaría mejor a tu madre?
Al parecer había tocado la fibra sensible de Rogers, que pestañeó deprisa y dijo:
—¿Tienes familia?
—Sí, claro. Y me gustaría volver a verla. Háblame de tu familia.
Rogers se humedeció los labios agrietados.
—Mamá, dos hermanos y tres hermanas. Allá en Pittsburgh. Somos fans de los Steelers —agregó con orgullo—. Mi padre estaba allí cuando Franco agarró la Inmaculada Recepción.
—Pues baja el arma y todavía podrás ver los partidos.
—¡No me estás escuchando, maldita sea! No voy a pringar por esto. Verás, el tipo ese me apuntó. Fue defensa propia.
—Declara este atenuante en tu consejo de guerra. A lo mejor sales libre.
—No va a ser así y lo sabes. —Hizo una pausa y estudió a Puller—. Tienes algo en mi contra o no estarías aquí. Estás al tanto de lo de las malditas drogas, ¿no?
—Mi trabajo es entregarte, no juzgarte.
—Estamos en medio de ninguna parte, tío. Necesito priva para ir tirando. Soy un chico de ciudad. No me gustan las vacas. Y no soy el único.
—Tienes un buen historial en el Ejército, Rogers. Eso te ayudará. Y si fue defensa propia y el jurado te cree, asunto resuelto.
Rogers, testarudo, negó con la cabeza.
—Lo tengo jodido. Lo sabes tan bien como yo.
Puller pensó enseguida en alguna manera de distender la situación.
—Dime una cosa, Rogers. ¿Cuántas copas has bebido en el bar?
—¿Qué?
—Una pregunta simple. ¿Cuántas copas?
Rogers apretó con más fuerza la pistola mientras una gota de sudor se deslizaba por su mejilla izquierda.
—Una jarra de cerveza y un chupito de Beam. —De repente, chilló—: ¿A ti qué te importa? ¿Te estás metiendo conmigo? ¡Te estás metiendo conmigo, imbécil!
—No me estoy metiendo contigo. Solo intento explicarte algo. ¿Vas a escuchar lo que tengo que decirte? Porque es importante. Es importante para ti.
Puller aguardó a que contestara. Quería mantener a Rogers ocupado y pensando. Los hombres que pensaban rara vez apretaban el gatillo. Los exaltados, sí.
—Vale, te escucho.
—Has tomado una buena cantidad de alcohol.
—Mierda, puedo beber el doble y conducir un Paladin.
—No estoy hablando de conducir un Paladin.
—Pues entonces, ¿qué? —inquirió Rogers.
Puller mantuvo un tono calmado.
—Pesas unos setenta y cinco kilos, de modo que incluso con el subidón de adrenalina calculo que tu nivel de intoxicación será en torno a cero coma uno, y quizá más alto con el chupito de Beam. Eso significa que legalmente estás demasiado bebido para conducir un ciclomotor, y mucho menos un obús de veintisiete toneladas.
—¿Y eso qué demonios tiene que ver?
—El alcohol altera las habilidades motoras como la que se necesita para apuntar y disparar un arma como es debido. Con lo que has bebido, estamos hablando de una degradación grave de la puntería.
—Por el infierno que a tres metros te doy en el culo.
—Te sorprendería, Rogers, realmente te sorprendería. Calculo que has perdido como mínimo el veinticinco por ciento de tu nivel normal de destreza en una situación como esta. Por otra parte, mi puntería y habilidades motoras están perfectas. Por eso te pido una vez más que bajes el arma, porque una reducción del veinticinco por ciento prácticamente asegura que esto no va a acabar bien para ti.
Rogers disparó su pistola al mismo tiempo que gritó:
—Jo...
Pero no pudo terminar la palabra.
3
John Puller soltó su talego en el suelo de su dormitorio, se quitó la gorra, se secó una gota de sudor de la nariz y se desplomó en la cama. Acababa de regresar de la investigación en Fort Sill. El resultado había sido rastrear al PFC Rogers hasta aquel callejón.
Y cuando Rogers, a pesar de las peticiones de Puller para que se rindiera, había empezado a apretar el gatillo de su pistola del Ejército, Puller se había desplazado un poco a la derecha mientras acotaba la silueta de su objetivo al mismo tiempo que disparaba. En realidad no había visto a Rogers apretando el gatillo. Fue la mirada de sus ojos y la maldición que empezó a salir de su boca, a medio terminar debido al impacto de la M11. Rogers había cumplido con su palabra; no iba a salir del callejón sin pelear. En cierto modo Puller tenía que admirarlo por eso. No era un cobarde, aunque quizá solo fuese por efecto del Jim Beam.
El tiro de Rogers dio contra la pared de ladrillo que había a espaldas de Puller. El impacto de la bala desconchó una esquirla de ladrillo que salió disparada e hizo un agujero en la manga de Puller, pero sin derramar sangre. Los uniformes podían coserse con hilo. La carne también, pero prefería que le hicieran un agujero en el uniforme que en su propio cuerpo.
Podría haberlo matado de un disparo en la cabeza, pero, si bien la situación era nefasta, había estado en peores. Apuntó su arma hacia abajo y disparó al PFC en la pierna derecha, justo encima de la rodilla. Los tiros en el torso permitían que alguien disparase a su vez porque a veces no incapacitaban por completo. Los tiros en la zona de la rodilla, sin embargo, reducían a los hombres más duros a bebés chillones. Rogers soltó el arma, cayó al suelo y dio un alarido, agarrándose la pierna herida. Probablemente caminaría cojeando una larga temporada, pero al menos estaba vivo.
Puller había examinado al hombre al que había disparado, avisó a los paramédicos, condujo hasta el hospital del Ejército con el herido, incluso permitió que Rogers le estrujara la mano cuando el dolor apretaba. Después había rellenado el requerido montón de papeleo, contestó a un sinfín de preguntas y, finalmente, subió a un vuelo de transporte militar con destino a casa.
El hombre que Rogers había matado a tiros en la calle, después de que un pase de droga acabara mal, ahora parecía tener una semejanza de venganza justa. La familia Rogers, allá en Pittsburgh, tenía un hijo y un hermano que mantener y por quien llorar. Los Steelers seguirían teniendo un fan que los animaría, si bien era cierto que desde una empalizada del Ejército. No tendría que haber sucedido. Pero así había sido. A Puller le constaba que se trataba de él o del otro hombre. Con todo, siempre prefería poner las esposas en lugar de apretar el gatillo. Y disparar a un compañero soldado, delincuente o no, no era muy de su agrado.
En definitiva, una jornada de trabajo bastante fastidiosa, concluyó.
Ahora solo necesitaba un sueñecito. Solo pedía unas cuantas horas. Después vuelta a entrar de servicio, porque en la CID en realidad nunca estabas fuera de servicio, aunque lo confinarían ante un escritorio mientras se llevaba a cabo una investigación del incidente para esclarecer el uso extremo de fuerza en aquel callejón. Pero después iría allí donde le dijesen que fuese. El crimen no se ceñía a un horario, al menos que él supiera. Y por eso nunca había usado un reloj de fichar durante su carrera en el Ejército, porque el combate tampoco era un trabajo de nueve a cinco.
Puller apenas había cerrado los ojos cuando sonó su teléfono. Miró la pantalla y gimió. Era su viejo. O, para ser más exactos, era el hospital llamando de parte de su padre.
Soltó el teléfono sobre la cama y cerró los ojos otra vez.
Después, mañana, tal vez el día siguiente se ocuparía del general. Pero ahora, no. Ahora mismo solo quería descansar un poco.
El teléfono se puso a sonar otra vez. Era el hospital. Otra vez. Puller no contestó y finalmente el teléfono dejó de sonar.
Entonces se puso a sonar otra vez.
«Estos capullos no van a darse por vencidos.»
Y de pronto su siguiente pensamiento fue como una sacudida. Quizá su padre había... Pero no, el viejo era demasiado testarudo para morir. Probablemente sobreviviría a sus dos hijos.
Se incorporó y cogió el teléfono. El número de la pantalla era distinto. No era el del hospital.
Era su comandante, Don White.
—¿Sí, señor? —contestó.
—Puller, tenemos un problema. Quizá no se haya enterado.
Puller pestañeó y luego vinculó la ominosa declaración de su comandante a las llamadas del hospital. Su padre. ¿Realmente había muerto? No podía ser. Los combatientes legendarios no morían. Simplemente... estaban ahí. Siempre.
Con la voz seca y rasposa dijo:
—¿Enterado de qué, señor? Acabo de regresar a la ciudad desde Fort Sill. ¿Se trata de mi padre?
—No, se trata de su hermano —dijo White.
—¿Mi hermano?
Su hermano estaba en la prisión militar más segura del país. Ahora la mente de Puller contempló otras posibilidades relacionadas con él.
—¿Está herido?
Puller no sabía de qué podía tratarse. No había disturbios en la DB. Aunque pensándolo bien, un guardia había dado un puñetazo a Bobby una vez, por un motivo que nunca refirió a su hermano.
—No. Es un poco más grave que eso.
Puller inhaló de golpe. «¿Más grave que eso?»
—¿Está... muerto?
—No, al parecer se ha escapado —contestó White.
Puller inhaló otra bocanada de aire mientras su mente intentaba asimilar esa declaración. Pero nadie se escapaba de la DB. Sería como volar a la luna en un Toyota.
—¿Cómo?
—Nadie sabe cómo.
—Ha dicho «al parecer». ¿Hay alguna confusión al respecto?
—He dicho «al parecer» porque es lo que la DB está diciendo ahora mismo. Ocurrió anoche. Me figuro que a estas alturas lo habrían encontrado, si todavía estuviera en el recinto. La DB es grande, pero no tanto.
—¿Falta algún otro preso?
—No. Pero hay algo más. Igual de inquietante.
—¿Qué podría serlo, señor?
—Podría serlo un hombre sin identificar encontrado muerto en la celda de su hermano.
Un Puller agotado apenas pudo procesar estas palabras. Incluso con diez horas de sueño a la espalda dudaba de haber podido hacer gran cosa con ellas.
—¿Un hombre sin identificar? ¿Significa que no era otro preso, un guardia o alguna otra persona que trabajara en la prisión?
—Correcto.
—¿Cómo se escapó exactamente? —preguntó Puller.
White dijo:
—La tormenta cortó la corriente y luego el generador de emergencia falló. Se avisó a refuerzos del fuerte para asegurar que se mantenía el orden. Creyeron que todo iba bien hasta que efectuaron el recuento. Faltaba uno. Su hermano. Y luego apareció otro, el tipo muerto. Según me han dicho, al secretario de Defensa por poco le da un infarto al enterarse.
Puller solo escuchaba a medias mientras otro pensamiento se colaba en su fatigada mente.
—¿Está informado mi padre?
—Yo no lo he llamado, si es lo que está preguntando. Pero no respondo por los demás. Quería que usted lo supiera lo antes posible. A mí acaban de informarme ahora mismo.
—Pero ha dicho que sucedió anoche.
—Bueno, la DB no se puso a dar voces para explicar que había perdido a un preso. Pasó por los canales habituales. Ya sabe cómo es el Ejército, Puller. Las cosas llevan tiempo. Tanto si intenta atacar una colina o teclear un comunicado de prensa, todo lleva su tiempo.
—Pero ¿es posible que mi padre lo sepa?
—Sí.
Puller seguía estando aturdido.
—Señor, me gustaría solicitar unos días de permiso.
—Me lo figuraba. Considérelo concedido. Seguro que quiere estar con su padre.
—Sí, señor —dijo Puller, automáticamente. Pero prefería estar implicado en el dilema de su hermano—. Supongo que la CID está llevando el caso.
—No estoy seguro, Puller. Su hermano es de las Fuerzas Aéreas. Era de las Fuerzas Aéreas.
—Pero la DB es una prisión del Ejército. Ahí no hay riñas por la jurisdicción.
White resopló.
—Esto son las fuerzas armadas. Hay riñas por la jurisdicción del baño de caballeros. Y teniendo en cuenta el delito de su hermano, puede que haya otros intereses y fuerzas en juego que quizá sobrepasen todas las pamplinas habituales sobre organización interprofesional.
Puller sabía a qué se refería.
—Intereses de seguridad nacional.
—Y con su hermano suelto, pueden desencadenarse todo tipo de reacciones.
—No pudo haber ido lejos. La DB está justo en medio de una instalación militar.
—Pero hay un aeropuerto cerca. Y autovías interestatales.
—Esto significaría que necesitaba documentos falsos de identificación. Transporte. Dinero. Un disfraz.
—En otras palabras, habría necesitado ayuda exterior —agregó White.
—¿Cree que la tuvo? ¿Cómo?
—No tengo forma de saberlo. Pero lo que sí sé es que resulta mucha coincidencia que tanto la corriente general como el generador de emergencia fallaran la misma noche. Y que un preso pudiera salir sin más de una instalación militar de máxima seguridad, bueno, hace que uno se haga preguntas, ¿verdad? Y hay que añadir que había un tipo muerto en su celda. ¿De dónde diablos salió?
—¿Saben la causa de la muerte?
—Si la saben, no me la han comunicado.
—¿Piensan que Bob... que mi hermano mató a ese hombre?
—Ni idea de las teorías que están barajando en cuanto a eso, Puller.
—Pero ¿usted piensa que tuvo ayuda desde dentro además de desde fuera?
—El investigador es usted, Puller. ¿Qué piensa usted?
—No lo sé. No es mi caso.
Don White levantó la voz.
—Y puede estar seguro de que nunca será su caso. Así pues, durante su permiso manténgase alejado de este follón. Un Puller con problemas es suficiente. ¿Entendido?
—Entendido —dijo Puller. Pero pensó: «No necesariamente estoy de acuerdo contigo».
Puller colgó el teléfono y observó cómo su gata atigrada, AWOL, se colaba en la habitación, se encaramaba de un salto a la cama y frotaba la cabeza contra el brazo de Puller. Acarició a AWOL y después cogió a la gata, sujetándola contra su pecho.
Su hermano llevaba más de dos años en la DB. El juicio había sido rápido y lo condenó un comité de sus iguales. Ese era el estilo de las fuerzas armadas. Nunca ibas a tardar años en juzgar un caso como aquel, ni tampoco habría infinitas apelaciones. Y a los medios de comunicación se los había mantenido a distancia. Elegantes abogados civiles más interesados en minutas millonarias y en vender libros y derechos para el cine que en hacer justicia no tenían cabida en semejante juicio. Los uniformados se habían encargado de todo y las carretas formaron un círculo enseguida y eficazmente. Por descontado, había ropa sucia entre los uniformados, pero nunca iba a colgarse en un tendedero para que todo el mundo la viera y la oliera. Se enterraría en un vertedero disfrazado de prisión.
Puller ni siquiera había asistido al juicio. Entonces se encontraba a miles de kilómetros en un despliegue en Oriente Próximo, donde pasaba la mitad del tiempo jugando a los soldados y cargando un fusil contra enemigos de Estados Unidos. Al ejército le traían sin cuidado sus problemas familiares. Tenía una misión que desempeñar y la desempeñaría. Para cuando regresó al país, su hermano ya estaba interno en la DB, donde permanecería el resto de su vida.
Aunque quizá ya no.
Puller se quitó la ropa y se dio una ducha, dejando que el agua lo golpeara mientras apoyaba la frente contra las baldosas mojadas de la pared. Normalmente su respiración era lenta y regular, como el tictac de un reloj. Ahora era arrítmica y demasiado rápida, como una rueda desprendida de un coche, saltando alocadamente por un terraplén.
No podía aceptar que su hermano se hubiese fugado de la prisión por una razón de peso: significaba que en verdad era culpable.
Puller siempre había sido reticente a creerlo o aceptarlo. En apariencia no encajaba con su ADN hacer algo semejante. Los Puller no eran traidores. Habían luchado, derramado sangre y muerto por su país. Puller tenía parientes que se remontaban a los tiempos de George Washington que habían recibido balas de mosquete en el pecho para liberarse de Inglaterra. El cabo Walter Puller había muerto repeliendo el ataque de Pickett en Gettysburg. A otro antepasado, George Puller, lo habían abatido mientras sobrevolaba Francia en un Sopwith Camel británico en 1918. Saltó en paracaídas y sobrevivió, pero murió cuatro años después en un accidente de entrenamiento mientras pilotaba un avión experimental. Al menos dos docenas de Puller habían servido en todos los cuerpos de las fuerzas armadas durante la Segunda Guerra Mundial, y muchos de ellos nunca regresaron a casa.
«Nosotros combatimos. No traicionamos.»
Cerró el grifo del agua y comenzó a secarse con la toalla. Su comandante tenía razón. Parecía una coincidencia asombrosa que tanto la red eléctrica como el generador de emergencia fallaran la misma noche. ¿Y cómo pudo haber escapado su hermano sin ayuda? La DB era una de las prisiones más seguras jamás construida. Nadie había escapado hasta entonces. Nadie.
Y, sin embargo, su hermano parecía haberlo hecho.
Y dejando a un muerto tras de sí a quien nadie podía identificar.
Se vistió con ropa limpia de civil y fue en busca de su coche después de dejar que AWOL saliera un rato a correr bajo el sol y el aire fresco.
Ahora Puller tenía que ir a un lugar, un lugar al que no deseaba ir.
Casi habría preferido regresar a combatir en Oriente Próximo en vez de dirigirse a donde iba. Pero tenía que ir. Se imaginaba que encontraría a su padre de un humor de perros, incluso si verdaderamente entendía lo que había sucedido. Puller se figuró que estar cerca de su viejo cuando no estaba contento sería como estar cerca de otra leyenda militar, George Patton, cuando estaba cabreado. No iba a ser una visita agradable para cualquiera que alcanzara a oírlos.
Subió a su sedán blanco del Ejército, puso en marcha el motor, bajó las ventanillas para que se le secara el pelo corto y arrancó. Así no era como había planeado su primer día después de haber disparado a un compañero soldado en un callejón. Aunque, pensándolo bien, en este mundo nada era predecible excepto que cada momento podía ser el desafío de una vida entera.
Mientras conducía para ir a ver al combatiente retirado John Puller sénior, decidió que le encantaría llevar los tanques del Tercer Ejército de Patton como escolta. Era harto probable que necesitara tanto la coraza como la potencia de fuego.
4
Empujó la puerta basculante del trastero alquilado, y las ruedas y el riel oxidados protestaron con un gemido. El hombre se coló en el interior y cerró la puerta a sus espaldas, cambiando la oscuridad de la noche por la tiniebla más profunda del interior del trastero. Alargó una mano y encendió una luz, iluminando el suelo de tres por tres de hormigón del cuarto y las chapas metálicas de las paredes y el techo.
Dos paredes estaban cubiertas de estantes. Había un viejo escritorio metálico con su silla a juego arrimado a la otra pared. En los estantes había cajas esmeradamente apiladas. Se acercó a ellas y leyó sus etiquetas. Tenía buena memoria, pero hacía bastante tiempo que no había estado allí; bueno, más de dos años, en realidad.
Robert Puller llevaba traje de faena y botas de combate, con una gorra cubriéndole la cabeza. Este atuendo le había permitido pasar desapercibido en la que a todas luces era una localidad militar. Pero ahora necesitaba cambiar por completo su aspecto. Abrió una caja y sacó un portátil. Lo puso encima del escritorio y lo enchufó. Tras más de dos años le constaba que las baterías estarían agotadas, pero esperaba que todavía se cargasen. Si no, tendría que comprar uno nuevo. En realidad necesitaba más un ordenador que un arma.
Abrió otra caja y sacó una maquinilla para cortar el pelo, un espejo, espuma de afeitar, una toalla, una garrafa de agua, una jofaina y una cuchilla. Se sentó en la silla metálica y puso el espejo encima del escritorio. Enchufó la maquinilla en una toma de corriente de la pared y la puso en marcha. Durante los minutos siguientes se rasuró la cabeza hasta que le quedó como una barba de pocos días. Entonces cubrió el cuero cabelludo con espuma de afeitar, echó agua en la jofaina y quitó el resto del pelo con la cuchilla, mojándola regularmente en la jofaina para limpiarla y secarla con la toalla.
Estudió el resultado en el espejo y quedó satisfecho. La cabeza humana tenía nueve formas básicas. Con una buena mata de pelo, la suya parecía más redonda. Sin pelo le quedaba más ovalada. Era un cambio sutil pero perceptible.
Deslizó un trozo de plástico blando moldeable encima de los dientes de arriba. Esto produjo un ligero abultamiento y ensanchamiento de la piel y el músculo mientras flexionaba la boca y la mandíbula, cambiando la forma del plástico insertado hasta que se acomodó en su sitio.
Dejando en el escritorio el espejo, el agua y la toalla, metió las demás cosas en la caja y la devolvió a su estante.
Otra caja contenía artículos de características más técnicas. Los sacó y los dispuso ordenadamente encima del escritorio como un cirujano que alineara sus instrumentos antes de comenzar una operación. Se cubrió los hombros y el pecho con la toalla y bosquejó lo que quería hacer en un trozo de papel. Se aplicó cola de maquillaje en la nariz y le dio golpecitos con el dedo hasta volverla pegajosa. Después añadió enseguida un poco de algodón a la piel antes de que el adhesivo se secara. Usó un palito de polo para sacar de un tarro una pequeña cantidad de masilla cosmética mezclada con Derma Wax. Frotó la masilla hasta hacer una pelotilla, calentándola con su calor corporal para que fuese más fácil de manipular. Aplicó la masilla en algunas secciones de la nariz, mirándose en todo momento en el espejo, primero de frente y después de perfil. Alisó la masilla usando KY Jelly. Alisarla y modelarla le llevó mucho rato, pero era paciente. Acababa de pasar más de dos años en la celda de una prisión. Eso, por lo menos, te enseñaba a tener una paciencia más que considerable.
Una vez satisfecho con la forma, usó una esponjita para añadir textura y sellarlo todo. Después dejó que se secara. Finalmente se aplicó maquillaje en todo el rostro, resaltando y ensombreciendo sus facciones para terminar con una aplicación de polvos transparentes.
Se recostó y se miró. Los cambios eran sutiles, desde luego. Pero el impacto general era significativo. Pocas cosas de una persona eran más distintivas que la nariz. Acababa de lograr que la actual y la original fuesen irreconocibles.
A continuación usó goma de maquillaje para fijar sus orejas de soplillo a la cabeza. Se miró una vez más, escrutando todos los detalles, buscando cualquier error o imperfección causados por los cambios, pero se dio por satisfecho.
Repasó unas cuantas etiquetas más de las cajas, sacó una y la abrió. Dentro había una barba de perilla artificial. Primero le aplicó goma de maquillaje y luego situó la perilla mientras se miraba en el espejo. Una vez hecho esto, usó un peine para alisar algunos pelos sintéticos en su sitio. El vello facial no estaba permitido en las fuerzas armadas, ni para los presos ni para los soldados, de modo que aquella era una buena táctica para disfrazarse.
Acto seguido se quitó la camisa y la camiseta y sacó dos tatuajes falsos de la caja. Se puso uno en cada brazo y volvió a examinar el resultado en el espejo. Indudablemente parecían reales, concluyó.
Unas lentillas tintadas fueron lo siguiente, cambiándole el color de los ojos.
Entonces se recortó las cejas, dejándolas mucho más finas y estrechas.
Volvió a recostarse y se miró en el espejo, de nuevo primero de frente y después los perfiles derecho e izquierdo.
Dudó que ni siquiera su hermano pudiera reconocerlo.
Repasó la lista mental de comprobaciones: pelo, nariz, orejas, boca, perilla, tatuajes, cejas. Comprobado, comprobado y comprobado.
Bajó otra caja de un estante alto y sacó la ropa. Había mantenido su peso constante durante los dos últimos años, y los vaqueros y la camisa de manga corta le quedaban bien. Se puso el Stetson con manchas de sudor en la cabeza afeitada, procurando no despegar las orejas. Metió la mano en la caja una vez más para sacar unas botas gastadas de suela muy gruesa que aumentaban su estatura hasta casi el metro noventa de su hermano. Deslizó el cinturón con hebilla de seis centímetros que representaba a un hombre a lomos de un toro por las trabillas de los vaqueros y se lo abrochó bien prieto. El traje de faena, la gorra y las botas de combate fueron a parar a la caja y la devolvió al estante.
La tercera caja contenía los documentos que necesitaría para conseguir cosas en el mundo exterior. Un carnet de conducir de Kansas vigente, dos tarjetas de crédito con un año de vida cada una y mil dólares en efectivo, todos en billetes de veinte. Y una chequera vinculada a una cuenta bancaria activa con cincuenta y siete mil dólares más los intereses que hubiese devengado a lo largo de los años.
Había dado instrucciones de compra automática a las tarjetas de crédito asociadas a su cuenta corriente que se habían realizado antes y durante el tiempo que había pasado en prisión. Así era como había ido pagando aquel trastero y otros gastos periódicos. Valiéndose de su falsa identidad también había adquirido y enviado regalos y artículos a residencias de ancianos, hospitales y desconocidos de quienes había averiguado que estaban pasando apuros económicos. Le habían costado varios miles de dólares, pero al mismo tiempo le había hecho un poco de bien. Además, así se aseguraba de que hubiera actividad en sus cuentas, cosa que se traducía en un historial de crédito con pagos fiables. De otro modo, las instituciones financieras podrían haber visto con recelo que una cuenta durmiente de pronto tuviera actividad después de más de dos años. Y la gente vigilaba. Puller lo sabía porque antes era uno de los vigilantes.
Sopesó los últimos artículos. Una Glock de nueve milímetros y dos cajas extras de munición. Y una carabina M4 con tres cajas de munición. Kansas era un estado con derecho a portar armas abiertamente, lo que significaba que mientras tu arma de fuego estuviera a la vista no era preciso tener licencia. En cambio, sí que se necesitaba un permiso para portar un arma oculta, y Puller también tenía uno, emitido por el gran estado de Kansas a nombre de su identidad ficticia. Todavía tenía validez por otros dieciocho meses.
Deslizó la Glock en la pistolera que había sujeta al cinturón y la tapó con la chaqueta vaquera que antes había sacado de la caja de la ropa. Desmontó la M4 y la puso dentro de una bolsa que metió en el talego. Después se puso un reloj de pulsera, también de la caja de ropa, y lo puso en hora. Metió unas gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta.
Habría en marcha una gran cacería humana en su busca. Y aunque ahora no se parecía en nada a su antiguo yo, tampoco tenía margen de error.
Sabía muy bien el caos que debía reinar en la prisión en aquel momento. No estaba seguro de cómo lo había conseguido, pero era consciente de que era una de las personas más afortunadas del planeta. Resultaba particularmente gratificante dado que durante los últimos años había sido una de las más desafortunadas. El cambio radical de su suerte le hacía sentir un poco aturdido. Había aprovechado una oportunidad cuando se le había presentado. Ahora era cosa suya llevarla hasta su conclusión lógica. Si algo era Puller, era lógico. De hecho, algunos sostendrían que a veces era demasiado lógico. Y quizá lo fuese.
Parecía ser que le venía de familia, no obstante, pues su padre sin duda poseía esa cualidad. Y su hermano menor, John, quizá fuese el más lógico de los tres hombres Puller.
«Mi hermano John», pensó. ¿Qué opinaría de todo aquello?
Hermanos en lados opuestos de la puerta de la celda. Ahora hermanos en lados opuestos y punto. No era agradable, pero nunca lo había sido. Y ahora mismo no podía hacer nada para cambiarlo.
Dejó a un lado todo lo demás y se volvió hacia el portátil. Para su deleite se encendió, pese a que las baterías todavía se estaban cargando. Desenchufó el ordenador y lo metió en una bolsa de lona. De otra caja sacó más prendas de ropa y artículos de aseo y lo metió todo en la bolsa de lona. Después se la echó al hombro, apagó la luz y salió, cerró la puerta basculante y se marchó deprisa.
Fue a pie hasta una cafetería que aún estaba abriendo cuando él entró. Dos polis entraron delante de él. Ambos parecían estar cansados, de modo que quizá estaban terminando su turno en lugar de empezándolo. Puller se sentó tan lejos de ellos como pudo. Se agazapó detrás del menú plastificado que le dio la camarera y pidió café solo.
La muchacha se lo sirvió en una taza desportillada y Puller se lo bebió en gratificantes dosis. Era la primera taza de café que tomaba fuera de la prisión donde había estado encerrado más de dos años. Y eso sin contar el tiempo que había estado detenido mientras se celebraba su consejo de guerra. Chasqueó los labios agradecido y echó un vistazo al menú.
Pidió prácticamente una cosa de cada y cuando le sirvieron la comida comió despacio, deleitándose con cada bocado. No era que la comida en la DB fuese espantosa. Era pasable. Pero la comida sabía distinta cuando comías en la celda de una prisión después de que te la pasaran por una abertura en la puerta de acero.
Terminó el último pedazo de tostada con panceta y tomó otra taza de café. Había comido tan despacio que los polis habían terminado y se habían ido. Cosa que ya le iba bien. Lo que no quería ver era una pareja de PM ocupando su sitio, cosa que hicieron, justo mientras la camarera le dejaba la cuenta encima de la mesa.
—Que tengas un buen día, cielo —le dijo a él.
—Gracias —contestó Puller, sin darse cuenta de que no había cambiado el tono ni la cadencia de su voz—. Oye, ¿aquí tenéis wifi, encanto? —preguntó con voz gangosa.
Ella negó con la cabeza.
—Cielo, solo tenemos cosas para comer y beber. Si quieres eso del wifi, tendrás que ir al Starbucks de la esquina.
—Gracias, encanto.
Se subió la cremallera de la chaqueta hasta asegurarse de que su arma quedaba oculta.
Al pasar junto a los PM, uno de ellos echó un vistazo hacia él y asintió con la cabeza.
Puller habló arrastrando las palabras.
—Que tengáis un buen día, muchachos. —Después agregó—: ¡Viva el Ejército!
Y entonces sonrió torciendo la boca.
El policía militar le dio las gracias con una sonrisa cansada y siguió mirando el menú.
Puller puso cuidado en cerrar la puerta batiente para que no diera un portazo y aquellos PM lo volvieran a mirar.
En menos de un minuto estaba desapareciendo en una oscuridad a punto de esclarecerse por el inminente amanecer de Kansas. Era su primera alborada como hombre libre en mucho tiempo.
Primero tuvo un sabor dulce y luego la boca le supo a vinagre.
Al cabo de treinta segundos había doblado la esquina, perdiéndose de vista.
5
John Puller supo que algo iba mal en cuanto salió del ascensor a la sala de su padre.
Había demasiada quietud.
¿Dónde estaban los gritos de barítono de su padre que tendían a estallar por el pasillo como disparos de mortero, haciendo papilla a hombres de hierro en uniforme? Lo único que oía eran los sonidos normales propios de un hospital: suelas de goma sobre el linóleo, los chirridos de carritos y camillas, los susurros de los médicos apiñados en los rincones, visitas que iban y venían, el ocasional ululato de una alarma en un monitor de constantes vitales.
Recorrió a grandes zancadas el pasillo, apretando el paso cuando vio a tres hombres que salían de la habitación de su padre. No eran médicos. Dos llevaban el uniforme de bonito habitual de su cuerpo, mientras que el otro iba de traje. Uno de los uniformados era del Ejército y el otro, de las Fuerzas Aéreas. Ambos eran generales. El tipo de las Fuerzas Aéreas lucía una estrella. Mientras Puller apretaba el paso y reducía la distancia que los separaba, pudo leer la placa de identificación del tipo de las Fuerzas Aéreas: Daughtrey. El del Ejército llevaba tres estrellas en las charreteras y su placa decía Rinehart. Puller reconoció el nombre, pero no lo ubicó. La colección de condecoraciones que llevaba en el pecho ocupaba nueve hileras horizontales. Era un hombre corpulento con el pelo afeitado casi hasta el cuero cabelludo. Y se había roto la nariz, al menos una vez.
—Perdón, señores —dijo Puller, poniéndose firmes. No efectuó un saludo, dado que estaban en el interior y ninguno iba cubierto; es decir, que no llevaban gorra de plato.
Los tres se volvieron hacia él.
Puller miró de frente a los generales y dijo:
—Soy el suboficial mayor John Puller júnior de la CID 701 de Quantico. Pido disculpas por no ir de uniforme, pero acabo de regresar de una misión en Oklahoma y me han dado una noticia por la que debo ver a mi padre.
—Descanse, Puller —dijo Rinehart, y Puller se relajó—. Usted no es la única visita que su padre recibirá hoy.
—He visto que salían de su habitación —señaló Puller.
El del traje asintió con la cabeza y sacó su placa de identificación. Puller la leyó con detenimiento. Le gustaba saber quién estaba en el cajón de arena con él.
James Schindler, del Consejo de Seguridad Nacional, o NSC. El NSC era un organismo político y sus miembros normalmente no iban por ahí investigando. Pero aquellos sujetos también estaban conectados directamente con la Casa Blanca. Resultaba imponente para un humilde suboficial mayor. De todos modos, si alguien quería intimidarlo de verdad tendría que poner la boca de un arma contra el cráneo de Puller. E incluso eso quizá no bastaría.
Rinehart dijo:
—¿Ha recibido una noticia? Seguro que es la misma noticia que ha causado nuestra visita de hoy.
—Mi hermano.
Daughtrey asintió con la cabeza.
—Su padre no ha sido especialmente servicial.
—Es porque no sabe nada acerca de esto. Y está enfermo.
—Demencia, nos han dicho —dijo Schindler.
Puller dijo:
—Ahora ya no la controla. Y no ha estado en contacto con mi hermano desde antes de que ingresara en prisión.
—Pero los pacientes con demencia tienen momentos de lucidez, Puller —señaló Daughtrey—. Y en este caso hay que seguir cualquier pista, por endeble que sea. Puesto que usted era el siguiente en nuestra lista, ¿por qué no buscamos un lugar tranquilo donde podamos hablar?
—Con el debido respeto, señor, me reuniré con ustedes cuando y donde quieran, pero después de ver a mi padre. Para mí es importante verlo ahora —agregó, siendo perfectamente consciente de que en conjunto lo superaban de lejos en rango.
Saltó a la vista que esta respuesta no complació al de la estrella, pero Rinehart dijo:
—Seguro que eso puede acomodarse, Puller. Hoy no existe un solo soldado de uniforme que no deba al combatiente John Puller obligada deferencia. —Mientras lo decía lanzó una mirada cómplice a Daughtrey—. Hay una sala para las visitas al final de este pasillo. Nos encontrará allí cuando termine.
—Gracias, señor.
Puller entró en la habitación de su padre y cerró la puerta. No le gustaban los hospitales. Había estado en demasiados tras resultar herido. Olían en exceso a limpieza, pero en realidad estaban más llenos de gérmenes que el asiento de un retrete.
Su padre estaba sentado en una butaca junto a la ventana. John Puller sénior había sido casi tan alto como su hijo menor, pero el tiempo le había quitado casi seis centímetros. Aun así, con su metro ochenta y cinco, seguía siendo un hombre alto. Llevaba el uniforme habitual de aquellos días: camiseta blanca, pantalones azules de médico y zapatillas de hospital. El pelo, o lo que le quedaba de él, era blanco y algodonoso y le rodeaba la coronilla como un halo. Estaba en forma y delgado, y su musculatura, aunque no al nivel de sus años mozos, seguía siendo notable.
—Hola, general —saludó Puller.
Normalmente era en torno a este momento cuando su padre empezaba a farfullar que Puller era su segundo al mando y que estaba allí para recibir órdenes. Puller había seguido la corriente al delirio de su padre, aunque no quería hacerlo. Parecía que traicionara al viejo. Pero ahora su padre ni siquiera lo miró ni dijo palabra. Siguió mirando por la ventana.
Puller se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué te han preguntado esos hombres?
Su padre se incorporó y dio unos golpecitos a la ventana, provocando que un gorrión emprendiera el vuelo. Después volvió a apoyarse en el cuero sintético.
Puller se levantó y fue hasta él, mirando por encima de su cabeza al patio exterior. No recordaba la última vez que su padre había estado en la calle. Había pasado la mayor parte de su carrera militar al aire libre, plantando cara a enemigos que hacían lo posible por derrotarlo a él y a sus hombres. Prácticamente ninguno lo había conseguido. ¿Quién habría previsto que sería un defecto de su propio cerebro lo que finalmente lo hundiría?
—¿Has tenido noticias de Bobby últimamente? —preguntó Puller, siendo provocativo adrede. Habitualmente, la mención del nombre de su hermano causaba a su padre espasmos sardónicos.
La única reacción fue un gruñido, pero al menos ya era algo. Puller se plantó delante de su padre, tapándole la vista del patio.
—¿Qué te han preguntado esos hombres?
Su padre levantó lentamente el mentón hasta que estuvo mirando de hito en hito a su hijo menor.
—Se ha ido —dijo su padre.
—¿Quién, Bobby?
—Se ha ido —dijo su padre otra vez—. Ausente sin permiso.
Puller asintió con la cabeza. Aquello no era técnicamente correcto, pero no se lo tendría en cuenta a su padre.
—Sí que se ha ido. Se escapó de la DB, según dicen.
—Mentira. —No pronunció la palabra con enojo. No levantó la voz. Su padre la había dicho con total naturalidad, como si la verdad que escondía la palabra fuese evidente por sí misma.
Puller se arrodilló junto a él para que su padre pudiera bajar el mentón.
—¿Por qué es mentira?
—Ya se lo he dicho a ellos. Mentira.
—De acuerdo, pero ¿por qué?
Había pillado a su padre en momentos como ese otras veces, aunque cada vez eran menos frecuentes. Era tal como había dicho el general de una estrella: la lucidez todavía era posible.
Su padre miró a su hijo como si de pronto se sorprendiera de no estar hablando consigo mismo. A Puller le cayó el alma a los pies cuando se fijó en su mirada. ¿Eso era todo lo que hoy tenía en su depósito?
¿Mentira?
—¿Ha sido lo único que les has dicho? —preguntó Puller.
Aguardó en silencio durante cosa de un minuto. Su padre cerró los ojos y su respiración se volvió regular.
Puller cerró la puerta al salir y se dirigió a enfrentarse con las estrellas y el traje. Eran los únicos ocupantes de la sala para las visitas. Se sentó al lado de Rinehart, el tres estrellas del Ejército, figurándose que el vínculo con el mismo cuerpo quizá sería más fuerte con la proximidad física.
—¿Agradable, la visita a su padre? —preguntó Schindler.
—En su estado las visitas rara vez son agradables, señor —contestó Puller—. Y no estaba lúcido.
—Aquí no podemos hablar —dijo Rinehart—. Puede venir con nosotros al Pentágono. Después de la reunión le pondremos un transporte de vuelta para que recoja su coche.
El trayecto duró una media hora hasta que aparcaron en uno de los estacionamientos del edificio de oficinas más grande del mundo, aunque solo tuviera siete plantas, dos de ellas subterráneas.
Puller había estado en el Pentágono en un sinfín de ocasiones durante su carrera y aun así todavía no se orientaba demasiado bien. Se había perdido más de una vez al desviarse de su ruta habitual. Pero cualquiera que hubiese estado allí se había perdido como mínimo una vez. Quienes lo negaban mentían.
Mientras caminaban por el amplio pasillo tuvieron que hacerse a un lado deprisa porque un carrito motorizado corría hacia ellos cargado de un montón de lo que parecían ser tanques de oxígeno. Puller sabía que el Pentágono contaba con su propio suministro de oxígeno en caso de un ataque enemigo o de un intento de sabotaje. El atentado contra el Pentágono del 11-S había incrementado las medidas de seguridad hasta cotas sin precedentes, y nadie preveía que alguna vez fueran a disminuir.
Al apartarse del camino del carrito Rinehart trastabilló un poco, y Puller instintivamente lo agarró del brazo para ayudar a su superior a recobrar el equilibrio. Ambos observaron el carrito motorizado cuando pasó a todo trapo junto a ellos.
Puller dijo:
—El Pentágono puede resultar un poco peligroso, señor. Incluso para los tres estrellas.
Rinehart sonrió.
—Es como saltar trincheras, a veces. Con lo grande que es este sitio, en ocasiones parece puñeteramente pequeño para contenerlo todo y a todos.
Llegaron a un despacho en cuya puerta una placa rezaba: TENIENTE GENERAL AARON RINEHART. El tres estrellas los hizo entrar y cruzar la oficina de su personal hasta una sala de reuniones interior. Se sentaron y un asistente les sirvió agua antes de salir y cerrar la puerta, dejándolos a solas.
Puller se sentó en el lado de la mesa opuesto al que ocuparon los otros tres hombres y aguardó expectante. No habían hablado de nada significativo durante el camino, de modo que seguía ignorando qué deseaban.
El general Daughtrey se inclinó hacia delante y dio la impresión de arrastrar a los otros dos consigo, pues ambos imitaron su movimiento.
—Su padre solo nos ha dicho una palabra: mentira.
—Siendo así, ha sido congruente —respondió Puller—, porque es lo mismo que me ha dicho a mí.
—¿Ha interpretado usted algún significado? —preguntó Schindler.
Puller dirigió la vista hacia él.
—No soy loquero, señor. Pero en todo caso, no sé qué quería decir mi padre con eso.
—¿Cuándo visitó usted a su hermano en la DB por última vez? —preguntó Daughtrey.
—Hace unas seis semanas. Intento ir a verle tan menudo como puedo. A veces el trabajo me lo impide.
—¿Qué le dijo durante su última visita?
—Nada relacionado con escapar, se lo aseguro.
—Muy bien, pero ¿él qué le dijo? —insistió Daughtrey.
—Hablamos de nuestro padre. Me preguntó qué tal me iba el trabajo en la CID. Hablamos sobre su estancia en la prisión. Le pregunté qué tal lo llevaba.
—¿Comentaron algo acerca de su caso? —preguntó Schindler—. ¿Sobre el motivo por el que está en la DB?
—Ya no es un caso, señor. Es una condena. Y no, no hablamos de eso. ¿Qué queda por decir al respecto?
Rinehart preguntó:
—¿Tiene alguna teoría sobre lo que ocurrió con la fuga de su hermano?
—No me he formado opinión alguna porque desconozco los hechos.
—Los hechos todavía están evolucionando. Baste con decir que la situación es de lo más inusual.
—Diría que parece imposible que pudiera escapar sin ayuda. ¿Falló el generador de emergencia? ¿Cuán probable es que ocurra eso? ¿Y quién era el tipo muerto que encontraron en su celda?
—¿De modo que sí conoce los hechos? —dijo S
