El secreto de los nocturnos

Fragmento

Tripa-4

Capítulo 1

1

Los primeros bosquejos del alba comenzaban a diluir la noche en la marítima línea del horizonte. Unas embarcaciones se acercaban silenciosas y prudentes a la playa. A bordo de las mismas, decenas de cetrinos hombres de afiladas y montaraces miradas apercibían aquello que todo hombre de mar sabía de buena fe: que una playa dormida y silente puede llegar a ser la más concreta de las advertencias.

Era el casi amanecer en el Grao de Valencia cuando presidía la costa una atmósfera húmeda e inescrutable bajo la vigilia de una encogida luna. Solo se apercibía en ese momento desde la orilla el liviano acudir de olas y las embarcaciones cada vez más próximas. Pero desde las dunas agazapadas, donde se alcanzaba el olor de la brisa salobre, imperceptibles figuras contemplaban alineadas y vigilantes la llegada a la orilla de esas embarcaciones a remo.

Había, en ese instante, más naves sedientas de esa tierra que los infieles consideraban legítimamente propia, eso calibraban algunos de los soldados guardados en los relieves de fina arena, esperando sus órdenes, cuando solo quedaba algo menos de una hora para que amaneciese otro día más del Señor o de algún cabrón que pretendiera arrancarles la vida. Eso mismo pensaban los armados soldados de la Guardia de Costas que acechaban con cautela la llegada de esos berberiscos piratas. Permanecían todos quietos pero alerta, a la espera de la orden última de su joven capitán.

A pocos metros de la conclusión de las bravas espumas los misteriosos hombres saltaron de las barcas. Sus botas puntiagudas y sus pantalones bombachos fueron engullidos parcialmente por el agua. Algunos con las dagas de media luna en la boca, otros teniéndola bien prieta en el fajín, a la altura del abdomen para ser pronto agarrada, fueron empujando las embarcaciones con un fantasmal silencio tal como si fueran la misma bruma personificada. No había más noche que la noche de sus pupilas alertas. Y ya cuando las barcas y los piratas se encontraron próximos a la arena, surgió el contundente y rasgado grito del joven capitán desde las dunas.

—¡Fuego!

La última sílaba se fusionó a los primeros disparos de pistolas, arcabuces y pedreñas. Buena parte de los bravucones moros cayeron en la espuma de las orillas levantinas. Hubo otra ráfaga más de confuso y atronador fuego; y seguidamente una nueva orden a grito del arrojado capitán.

—¡Al ataque!

Con inmediato acato los soldados de la Guardia de Costas se dirigieron con arrojo y valentía al encuentro de los aceros. De súbito callaron los mosquetes y fue el creciente rechinar de las espadas al desenfundarse de las vainas y pretender el encuentro de las otras espadas diferentes, de media luna, o mejor dicho de las carnes de quienes las manejaban. Y fue también el griterío viril para autosugestionarse y provocar desconcierto en el enemigo al que se enfrentaban, y el salto de caballos guiados por sus jinetes al encuentro de herejes hostiles, y algún nuevo y solitario disparo de escopeta cristiana atrincherada en las dunas desde las que todavía, de un modo ininteligible, se trataba de ahuyentar a los bravos piratas berberiscos, con certeras punterías en las cabezas y en los desprotegidos pechos. Creció de un modo cruento el enfrentamiento, hombre a hombre, espada a espada, confundiéndose los mordidos improperios en las diferentes lenguas. Algún soldado valenciano quedó malherido por un golpe de espada musulmana. Comenzaba la sangre a mezclarse con el agua salada. Ahí las sangres son siempre iguales, también en cualquier tierra. Por eso los soldados respetan a sus oponentes, porque se reconocen de una extraña manera como hermanos. Así había sentido al enemigo don Juan de Austria, por ejemplo, para desespero de su hermanastro, el rey Felipe, que por el contrario nunca tuvo que manchar sus manos ni la mirada con una sangre próxima.

En medio de aquel galimatías de luchas desconcertantes algunos de los piratas menos bravucones o tal vez más pragmáticos comenzaron a desplegarse a nado hasta encontrarse con su barco en el que replantear con tiempo un nuevo ataque con el que obtener mayor fortuna.

El joven capitán celebró con sus hombres la victoria. No había rehenes, solo algún cuerpo enemigo flotando en el agua. De los hombres de la guardia algún herido de gravedad, pero nada mortal en sus carnes cristianas.

—¿Los seguimos, capitán? —preguntó uno de los guardias.

—No —le respondió tajante tras fijar unos segundos en suspenso su mirada afilada hacia las cada vez más lejanas embarcaciones berberiscas—. Dejadles ir noramala.

—Se reagruparán presto —insistió el buen soldado.

—Mala condición es la de quien no tiene buena ley. Y estos son moros que no escarmientan —añadió otro de sus leales hombres.

—Sí, los bellacos iban con malicia —apuntó uno más de la guarnición.

—Volverán, ¿no cree vuestra merced? —precisó pensativo el primer guardia.

Escrutó el bravo capitán con sus ojos como rejones cómo algunos de sus propios soldados confirmaban la muerte de algunos piratas. Uno de los soldados le lanzó de repente una mirada sutil y cómplice. Entendió entonces que esa noche una vez más habían tenido suerte.

—Volverán, sí —dijo apoyando el enguantado dedo índice en su perfilado bigote—, pero no más pronto que en siete días. ¡Fenollet, mi caballo!

El soldado cumplió recio la orden. Al llegar al bravo corcel introdujo en una de las talegas de la alforja que quedaban en la parte posterior de la silla lo que parecía ser algo cuadrado envuelto en tela de saco. Todo sucedió de un modo rápido e imperceptible al tiempo que el capitán Guillem de Castro se dirigió resolutivo a su caballo.

—Dejad hombres de centinelas, que se vayan turnando. Los demás podéis descansar y beber lo que queráis en la fonda donde son mis dineros hermanos del buen yantar y el mejor vino. Después que cada cual eche por su calle.

—¿Vos no nos acompañáis?

—No. Tengo en la ciudad asuntos de importancia que requieren puntual mi presencia. Ya sabéis que... para cualquier dulce efeto / solo, solícito y sabio / y con fama de secreto.

Los bravos hombres rieron tras esas esclarecedoras palabras.

—Por la tarde me encontraréis en el corral de la Olivera. Y si fuera menester, por la noche aquí me tendríais si osaran otra vez los cabrones en intentarla.

—¡Sea en buena hora! —dijo el soldado Fenollet.

—¡Sea!

Y con un toque perfecto de espuelas salió al galope hacia la ciudad de Valencia.

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Capítulo 2

2

El recién nombrado capitán de la Guardia de Costas cabalgó desde las dunas del Grao hasta los arrabales que se extendían por todas partes. Continuó por las ricas huertas, disfrutando de sus embriagadoras fragancias, hasta que pronto comenzó a vislumbrar las cada vez más próximas murallas. Atravesó seguidamente el recinto amurallado cristiano, entrando por el portal Grande del Mar. A vista de pájaro tras cruzar las murallas, Valencia no dejaba de recordar todavía a una típica medina.

Con elegante trote y posterior paso continuó entre las callejuelas centrales con imperturbable gravedad en el rostro. Algunos niños golfillos que jugaban en la calle a esa hora primera de la mañana se le acercaron justo al pasar por el portal de la Valldigna, donde tras sonreírles observó cómo algunos hombres colocaban un nuevo retablo bajo la atenta mirada de representantes de la Iglesia y de algún cercano mercader de legumbres que, al estar fijando su atención en la representación, no apercibía cómo menguaban en número sus garbanzos, que pasaban a las manos sucias y traviesas de los pilluelos desdentados, y de allí a toda prisa a sus casas pobres y próximas. La talla que estaban fijando representaba a la Virgen María con los escudos de la ciudad de Valencia y del monasterio de la Valldigna. Ya al paso lento, pudo leer sin dificultad la inscripción que decía:

Nostra Dona de la Bona Son,

pregue por nos,

portal de Valldigna

A dos callejuelas del portal de la Valldigna detuvo el paso, se apeó del caballo y dejó las riendas al recaudo de aquel expectante niño morisco de mirada viva y límpida que era yo mismo hace ya muchos años.

—Esta vez ten especial cuidado, Walel —me indicó con tono paternal, al tiempo que se quitaba los guantes para encontrar un maravedí con el que iluminar mi infantil cara.

Guillem de Castro descolocó con cariño mi pelo. Mostré mi agradecimiento con una sincera sonrisa y metí el caballo en caballerizas. Una vez ahí dentro me aseguré de que ni un alma merodeara a mi alrededor, para poder inspeccionar en la talega derecha de la alforja, junto a la silla de montar, algo oculto en tela de saco. Volví a asegurarme y descubrí la tela para encontrarme con un libro mudéjar en el que figuraban cuatro orlas concéntricas decoradas por hierros y ruedas con elementos curvos y entrelazados. Con cuidado extremo lo abrí y comencé a pasar algunas hojas. Pero el súbito sonido de un carruaje pasando junto a las caballerizas me hizo esconder el libro en la tela y casi introducirlo de nuevo en la talega, acción que no concluí del todo al comprobar que el carruaje pasó de largo por la calle.

Coloqué la importante mercancía en una alforja y salí de las caballerizas en dirección a la plaza de la Seu. En el recorrido por el carrer Cavallers siempre tenía que esquivar algunos pequeños malandrines mañaneros que jugaban ajenos, desdentados y traviesos, con los rostros ennegrecidos por las grasas y la tierra, junto a los mercaderes que comenzaban a preparar sus puestos de legumbres, especias y tinajas de aceite. De súbito frené un poco mi aligerado paso, atemorizado ante una negra y conocida comitiva con broqueles y lanzones del Santo Oficio que marchaban a unos cincuenta metros hacia mí. No supe bien cómo reaccionar hasta que para mi alivio observé cómo giraban los de la Santa a su izquierda, hasta desaparecer por una perpendicular callejuela.

Cualquiera en esa época tenía motivos para temer la sola presencia de esas figuras oscuras. Sobre todo al niño que yo era entonces, no solo por soportar en ese preciso momento el ligero peso de cierta comprometida alforja, sino por algo mucho más comprometido que les desvelaré más adelante.

Con el espinoso artículo que llevaba, aceleré mi paso, sin apercibirme de que, oculto en un portal de ancha entrada, un no rostro encapuchado, embozado en una fosca y amplia tela, me observaba con atención. El encapuchado comenzó a seguirme hasta el carrer Catalans, donde desde la distancia vio cómo me detuve en el portal de un importante palacio, y cómo a continuación golpeé la puerta con el historiado aldabón. Creí confirmar que nadie me había seguido cuando abrieron la puerta. Me introdujo en el interior sin poder contar con la maestría de la misma figura amagada en la parda capucha que estaba comenzando a controlar todos mis movimientos aquella mañana.

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Capítulo 3

3

Guillem de Castro acompasó con su puño, ya desprovisto de guante, unos golpes musicales en la puerta. A los pocos segundos se abría el ventanillo de la misma, tras cuyas rejillas apareció el rostro de una mujer latina, de nariz aguileña y atractiva mirada de ojos verdes felinos. El capitán llevó sonriente a la altura del ventanillo una flor que portaba guardada en el puño izquierdo de su camisola.

—Para vos.

—¿Solo una flor?

—Es una malva rosa, se están comenzando a plantar por las playas.

—Allí tendríais que quedaros —incidió la dama con un fuerte y oclusivo acento.

—Son originarias de China —respondió él aproximando con resabida lentitud la flor al ventanillo.

—O allí os tendríais que perder.

La mujer cerró el ventanillo, desprendió la falleba y abrió la puerta. Cuando fue a coger su flor, el astuto galán la apartó para fundir en su boca aquellos labios matinales y frescos. El encendido amante ahora sí, conquistando esos labios, cerró de golpe la puerta, se deshizo del sombrero de ala ancha, del jubón, de la camisola y por supuesto de su espada y de la daga vizcaína entre besos o mordiscos con los labios como hambrientos dientes en celo, y ya alcanzando la alcoba a dentelladas el uno en el otro, la bellísima y fuerte mujer le apartó con su mano para volver a increparle.

—¿Por qué no vinisteis a verme ayer al corral? Os estaba dedicando la función —le dijo con un acento napolitano.

—Tenía órdenes de establecer a mis hombres en las dunas. Un espía morisco nos alertó de un posible ataque. —Se abalanzó directo a su boca.

—Laboro, laboro, sempre laboro! —Una vez más la italiana le detuvo con enérgica prestancia—. Solo vengo una volta al año. E sempre laboro!

—Ahora estoy aquí. —Esta vez sí que pudo alcanzar su propósito de labios y su masculina boca continuó por el cuello níveo de la italiana.

—No, sei mentiroso. Tenéis una altra mugliere.

—Ya os he dicho muchas veces que sois la única. —La italiana comenzaba a sentir cómo su piel se tornaba líquida.

—¿Vendréis a verme esta notte? —preguntó en casi un gemido—. Es la última función antes de partire a Sevilla.

—Iré, pero no me aproximaré a vos tras la representación. —La italiana se detuvo súbitamente. Guillem de Castro se justificó—. Vuestro marido me advirtió la última vez con una clara mirada insidiosa.

—Él no sabe niente.

—Él lo sabe tutto.

—Además, también tiene amante. Non sono stupida.

—No, no lo eres principesca, mi diosa italiana, reina de mi carne y de mis apetitos todos...

—Ah, no no, sempre con la parole, con los versos —se apresuró a decir la voluptuosa italiana apartando al capitán con las manos en su pecho.

—Si os levantáis de mañana / De los brazos que os desean / Porque en los brazos no os vean / Y alguna afrenta liviana, / Pisad con planta de lana / Quedito pasito, amor, / No espantéis al ruiseñor.

Pero la mujer napolitana quedó a merced de los labios de su amante con la consecución de esas palabras de miel, vino o acanallado y latino veneno.

—Voy a beberme tus pestañas de seda, voy a morir en tus adentros...

Nada había que más le conmoviera en su más recóndita esencia de mujer que el susurro de aquel caballero valenciano. Nada más a él que el oscuro cabello sobre la almohada, todo un soneto tangible a la luz ya de la mañana que se filtraba por la ventana, y que resbalaba en las sábanas y las pieles húmedas y sedientas de los furtivos amantes. En el paisaje de tejas y campanarios sobresalía majestuosa la torre del Micalet. Desde su corona las campanadas que anunciaban las ocho horas de otra nueva mañana en la capital del Turia.

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Capítulo 4

4

Escuchó la conclusión de la octava campanada en la soledad de una pequeña sala donde permanecía de pie. El afilado rostro del padre Tárrega contenía cierto aire de preocupación. Hacía unos minutos que había atravesado los muros que separaban la luz matinal levantina del exterior para introducirse, custodiado por los guardias, en la penumbra macilenta y castellana. Tampoco podía el canónigo mostrarse indiferente ante la percepción de aquellas paredes que encerraban tras de sí pobres almas que coleccionaban neumonías y tantas otras provocadas penas. Cierto sentimiento de culpa abordaba a todo hombre de bien como era el propio padre Francisco Agustín. Aquellas lamentaciones eran voces cansadas, suplicantes, sin casi poder ser entendidas. Eran los lamentos de auxilio o locura de algunos reos inocentes cuyos procesos podían durar años. Y es que en su obcecado objeto de librar a España de herejes y evitar los crímenes contra Dios y la Iglesia, llegaba la propia Inquisición a postularse de un modo contrario a muchos miembros de la Iglesia misma, que incluso preconizaban la crítica de los métodos oscuros del Santo Oficio, cada vez más alejada de la palabra del Señor. La mano dura de la Inquisición comenzaba por aquellos años a no ablandarse ante nadie, por muy siervo del Señor que fuese, porque defendía que los poderes del maligno eran inescrutables y todo asomo de los mismos debía ser eliminado de raíz. Esta fiebre sucedía paralela y mimetizada a la fiebre misma del ya quizá no tan Prudente Felipe II, un singular monarca cuya oscuridad emocional se propagaba a cada rincón de su imperio, el más vasto conocido hasta la época.

El canónigo escuchó cómo se abría la puerta. Uno de los guardias dio paso a una figura impertérrita que entró en la sala con una sonrisa límpida e inesperada en un blanquecino semblante.

—Padre Tárrega, bienvenido a la casa del Santo Oficio —dijo el joven inquisidor de cuidado cabello oscuro, mirada azul y reconocible austero atuendo negro.

—Le agradezco a vuestra merced la deferencia, pero no es la primera vez que pisan mis pies este suelo.

—Nadie ha dicho que así sea —contestó sin desdibujar en modo alguno su inquietante sonrisa.

—Aunque recién llegado a Valencia, soy conocedor de sus colaboraciones con esta santa casa.

—Bien se echa de ver, padre, que es usted nuevo en esta casa, sí.

—Ah, ¿sí? —respondió el joven inquisidor tratando de disimular su tono contrariado.

—Su tez pálida, no muy propia de estos lugares cálidos y, más aún encontrándonos en los albores del estío, aunque se le requiera mucho tiempo en rincones, como este, cerrados. Su acento, que presumo de alguna pequeña localidad entre —ya aquí se quedó el padre Tárrega en un ligero suspenso— Tordesillas y Valladolid, si no me equivoco.

—Continúe, por favor —interpeló con un claro destello de elogio en la mirada hacia el canónigo segorbino.

—Es vuestra merced merecedor de la tutela del inquisidor Zárate tras una amplia dispensa de buenas labores al Oficio. No solo en cuestiones notariales, por lo que se aprecia en vuestras manos fuertes pero llenas de magulladuras y callos no provocados precisamente por el ejercicio caligráfico.

En efecto, las manos del joven inquisidor mostraban algo de rudeza, pese a su pulcritud, y alguna pequeña cicatriz o arañazo.

—Sois muy buen observador, padre Tárrega —apreció frotando levemente sus manos.

—¿Es él quien me ha hecho llamar?

Antes de contestar a esa última pregunta, el joven inquisidor hizo un ademán con la pulcra cabeza al guardia para que le dejara solo junto al canónigo. Sin dejar de mirar al padre Tárrega, y una vez los pasos del servil escolta casi fueron imperceptibles, el joven inquisidor propuso con un fino gesto salir de allí. El canónigo aceptó. Ambos abandonaron la sala. El silencio se prolongó al tiempo que guiaba al canónigo por el pasillo fosco, en el que de súbito entraba la luz de la mañana afilada como las notables espadas forjadas en Toledo cuando sucedían ciertos ventanales cortando la oscuridad y sombra de un modo intermitente.

—Mi nombre es Jerónimo Díaz del Castillo —dijo con esa susurrante voz que ya el padre Tárrega comenzaba a sentir molesta—. Fui destinado a Valencia hace un mes. Vengo de Valladolid, pero en realidad nací en Simancas.

—¿Qué os ha pasado en el cuello?

—¿Esto? —preguntó señalándose una pequeña pero nada desdeñable herida, ya seca pero reciente—, no es nada —dijo—, un rasguño sin importancia. Me cayó hace unos días un libro de un estante.

—Un libro con remaches metálicos, supongo.

El joven inquisidor no pudo controlar una pequeña muda en su sonrisa. El padre Tárrega continuó sin dirigir la mirada hacia el perfil de su joven acompañante y sí contemplando las paredes y detalles del lugar, como solía hacer sin ya casi apercibirse de ello para desespero en ocasiones y desconcierto siempre de sus interlocutores.

—El suyo es un rasguño curioso.

—¿Curioso, padre?

—Sí, suele acontecer en cuellos de caballeros que han tenido, digamos, alguna disputa con su joven dama o bien en plena furia descontrolada en las amatorias circunstancias.

—No os entiendo.

—Las damas suelen llevar algún tipo de anillo que en la vehemencia del juego del amor puede concluir de alguna forma rasgando la piel del amante y generando una herida como la suya.

—Sabéis mucho de damas, padre.

—No. Solo un poco de anillos y rasguños.

—¿Estáis poniendo en tela de juicio mis palabras acaso, padre?

—No, jamás haría tal cosa, el Señor me libre, pero a fe que la herida que asoma es propia de esas causas. Solo quería señalar eso. Y también lo suficientemente fresca como para deducir que no cumple ni una entera jornada.

—Se habrá vuelto a abrir, entonces. ¿Cuántas veces ha sido calificador?

«Cambiáis de tema con agilidad», le hubiera gustado precisar al padre Tárrega, pero en lugar de ello...

—En un par de ocasiones. Como ya sabéis, a los teólogos nos compete a veces determinar si en la conducta del acusado existe delito contra la fe. ¿Es por ello que he sido llamado?

No recibió respuesta. Continuaban dirigiéndose al patio interior. Lo alcanzaron sin ceder al encuentro luminoso y restallante de ese lugar, bordeándolo hasta dar con una puerta.

—¿Estudió también teología?

—Así es.

—Y le gusta ejercitarse con el teatro. Vuestra merced escribe... comedias, ¿no es cierto?

—Os han informado muy bien.

—Yo mismo he sido actor.

—¿Vos?

—Sí, de niño participé en algún auto sacramental en papeles muy pequeños. Pero recuerdo que disfrutaba mucho. Vos, sin embargo, no escribís temas religiosos.

—Escribo sobre el hombre, la mujer, los conflictos con los que viven, las posibles soluciones a sus problemas. De alguna forma, yo a eso también lo llamo religión.

—¿Religión el teatro?... En una ocasión me enseñaron, padre Tárrega, que todo hombre de Dios que estudia libros diferentes a las Sagradas Escrituras es otro hombre más haciéndose preguntas, cuestionándose cosas. ¿Se hace preguntas entonces vuestra merced?

—No entonces. Me las hago en todo momento. ¿Vos no?

—Si me las hiciera significaría que estaría dudando, y mi servicio me impide dudar. ¿Acude la duda a vuestra alma a menudo?

—En ocasiones, sí. Como a Cristo, Nuestro Señor.

—¿Y dónde buscáis las respuestas?

—Aquí —dijo señalando el corazón—. Y, por supuesto, aquí. —Indicó la mente.

—¿No en Nuestro Señor? —preguntó sin diplomacia alguna y desafiante el joven inquisidor.

—Como bien sabéis, el Señor Nuestro se encuentra en todas partes. También aquí y aquí... —dijo volviéndose a señalar la cabeza y el corazón.

Tras unos segundos con las miradas en suspenso, el joven inquisidor abrió una puerta que daba acceso a una sala austera con la única presencia de una mesa y una silla, así como un crucifijo vigilante como un insecto enorme posado en la pared de cal blanca.

—Esperad aquí.

—¿Una vez más me dejáis solo?

—Nunca se está solo del todo. Él también está aquí... —concretó imitando su mismo gesto, señalando el pasillo y la estancia antes de desaparecer volviendo a cerrar la puerta—... y aquí.

El padre Tárrega examinó el aposento. El único contacto con el exterior lo proporcionaba una ventana enrejada que daba al patio interior, lleno de margaritas. Se acercó a ella y exhaló aire contemplando aquellas sencillas y límpidas flores, no sin mostrar un notable signo de preocupación con el que regresó junto a su analítica mirada hacia la puerta cerrada.

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Capítulo 5

5

A una media docena de calles de distancia, otra puerta conocida recibía unos contundentes golpes que quebraron la apasionada entrega de carne de los amantes. Quedaron avizores entre las sábanas. Tras unos segundos volvieron con mayor insistencia. Y, entonces, el capitán indicó en silencio a la lozana napolitana que se aproximase a la puerta. Esta le obedeció, colocándose su camisola.

—¿Quién es? —preguntó sin abrir el ventanillo viendo a su gentil caballero valenciano vestirse a toda prisa.

—¿Don Guillem de Castro? —increpó una voz firme y varonil desde fuera.

Con una mirada de indefensión, la mujer no supo qué contestar. El capitán comenzó a desenvainar con preciso y lento tacto su espada del tahalí que quedaba descansando en la silla más próxima. Le hizo otro ademán a su amante hacia la puerta. La italiana captó de inmediato el mensaje.

—Pregunto quién es —repitió la mujer al tiempo que el capitán se aproximaba lentamente aferrando con mayor fuerza la espada.

—... Silencio... —Y al oír esta palabra de un modo categórico y claro, recobrando la serenidad, apartó a la mujer con un gesto tranquilizador para abrir con prontitud el ventanillo y observar tras la rejilla a un caballero de noble talle y rostro enflaquecido, de casi la misma edad que el propio capitán de la Guardia de Costas, y junto a él estaba yo con la mirada absorbida en mi infantil rostro. El capitán cerró el ventanillo y abrió la puerta. Entró el caballero vestido de negro, incluso azabache era el herreruelo que llevaba terciado en los hombros con la notable roja cruz florlisada en las puntas, propia de los caballeros de la Orden de Calatrava, y bordada tanto en la corta capa como cubriendo la altura del pecho en el sayo. Era ese fuliginoso tono el más usado entre los hombres, pues acentuaba el aspecto de seriedad que la mentalidad de la época requería. En los rasgos y gestos del nuevo caballero podía presumirse una alta alcurnia. Pero sobre todo, en ese instante, podía adivinarse en toda su noble persona una enorme preocupación que no pasó desapercibida desde el primer instante a Guillem de Castro. Yo guardaba silencio, desprovisto ya de la comprometida alforja.

—Tranquila, Flavia. Son amigos.

Guillem de Castro oteó alrededor antes de cerrar con decisión la puerta.

—Pensaba que os seguían. Por eso no abrí cuando escuché vuestra voz. ¿Qué ha pasado? ¿Está a buen recaudo lo que te entregué Walel?

No supe qué contestar y lancé una mirada apesadumbrada hacia el caballero de la Orden de Calatrava.

—Me lo ha traído, sí. Lo hemos guardado. No en su preciso lugar, pero a buen recaudo, como vos decís —se adelantó a precisar.

—¿Qué queréis decir?

—No hemos tenido tiempo.

—Hasta que no se encuentre en su justo sitio no hay recaudo seguro para esa mercancía. Vos lo sabéis —puntualizó Guillem de Castro al tiempo que agarraba una jarra de barro desde la que abocó un poco de vino en dos vasos.

—Os lo acabo de confirmar.

—¿Y entonces por qué me mira así de asustado el chico? ¿Vais o no vais a decirme qué ha ocurrido?

Don Bernardo se encauzó el bigote nerviosamente y buscó un sitio donde sentarse antes de proseguir.

—Justo al llegar el chico a mi casa uno de mis criados nos ha informado que han apresado al padre Tárrega.

—¿Cuándo?

—Esta misma noche. —De un trago hizo cuenta de su vaso.

—¿Esta misma noche?

—Eso han comunicado algunos hermanos canónigos de la Seu —contestó, sentándose en un taburete de madera de tres patas, moviendo su tahalí y espada—. Alguaciles de la Santa. Hemos venido lo más rápido posible.

—Pero ¿quién...? ¿Qué más sabéis? —preguntó a don Bernardo.

—Nada más que lo que os he dicho.

—¿Se ha podido comprobar si iban los bellacos con malicia?

—Nada se sabe.

Guillem de Castro se dirigió pensativo hacia la jofaina donde comenzó a lavarse la cara y las manos para refrescarse, o tal vez para despertar de esa posible pesadilla si es que llegaba a ser cierto lo que estaba escuchando.

—Esto es muy preocupante —dijo como si se tratase de un pensamiento escapado al aire.

—Ya os lo he dicho —añadió don Bernardo—. Esa gente es experta en hacer a sus presos mencionar nombres...

—No saquemos las cosas de quicio de momento.

—... aunque nada de culpa tengan.

—Don Bernardo —atajó suave pero firme Guillem de Castro—, bien sabéis que el padre Tárrega ha intervenido como colaborador en algunas investigaciones de la Inquisición. Igual le han vuelto a convocar por ese mismo motivo.

—Dios quiera que se trate solo de eso, don Guillem.

Sí, Dios lo quiera, se dijo a sí mismo Guillem de Castro, esta vez para sus adentros sin dejar de perderse una vez más en mi medrosa mirada de niño morisco.

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Capítulo 6

6

La puerta de la sala comenzó a abrirse. El joven inquisidor había regresado cuadrándose en silencio para dejar paso al gran inquisidor Zárate que, con expresión incorruptible, ligera curvatura de su espalda y boca frailuna y fosca saludó apacible al canónigo.

—Padre Tárrega, buenos días.

—Buenos días nos dé el Señor, Excelencia.

El inquisidor Zárate mostraba un rostro albino y amable al tiempo que escrutaba su figura, o quizás algo mucho más insondable en el propio cuidador de la catedral. Le extendió su mano y este besó el anillo rojo que coronaba aquella femenil y blanquecina mano. Tárrega comprobó de inmediato que, ante la presencia del superior cargo, el más joven inquisidor demostraba un punto añadido de mansedumbre junto a la puerta, como si cifrara con todo su anhelo una pretendida apariencia de perfecto candidato a continuar escalando en los rigurosos estamentos jerárquicos de tan cifrado Oficio. Con toda seguridad, otro futuro adusto y fanático inquisidor que orienta su inteligencia a las sombras y no a las razones o lógicas, pensó.

—No es la primera vez que ha estado vuestra merced en esta casa. Lo lleva en la mirada. Lo lleva en la piel.

—Así es, Excelencia, he estado en más de una ocasión llamado por su antecesor para asesorarle en alguna cuestión puntual.

—Debo deciros que vuestra alta reputación os precede, hermano, y por ello os he hecho llamar. Tenía ganas de conocer a vuestra merced.

—La próxima vez os pediría, si lo tiene su ilustrísima a bien, que enviara un discreto mensajero y no una de sus habituales comitivas protocolarias para dar preso a un nuevo sospechoso de herejía. Provocan cierta alteración gratuita en la auténtica casa del Señor cuando se presentan con sus lanzones.

La palabra «auténtica» pareció llegar como un afilado dardo a la

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