La caja de Pandora (Un caso de Flavia Albia, investigadora romana 6)

Invictor

Fragmento

Dramatis Personae

DRAMATIS PERSONAE

FLAVIA ALBIA, una investigadora intuitiva.

T. MANLIO FAUSTO, su marido, espera que sea vidente.

DROMO, su esclavo, un caso perdido.

LAIA GRACIANA, una visitante manipuladora.

SALVIO GRATO, su hermano, un hombre de negocios.

GLAUCO, un atleta amable.

M. DIDIO FALCO, un honrado subastador (caveat emptor).[1]

ESCORPIO, Primera Cohorte, está de vuelta de todo.

JULIO CARO, tarea especial asignada: vigilar.

JUCUNDO, un apasionado de la vida.

PARIS, su despreocupado recadero.

MAMILIANO, un respetado abogado.

ESTACIA, su esposa, un tesoro privado.

VESTIS, su doncella.

VOLUMNIO FIRMO, un mediador profesional.

SENTIA LUCRECIA, su esposa, de la que está separado.

CLODIA VOLUMNIA, su hija fallecida, muy prometedora.

P. VOLUMNIO AUCTO, su hijo ausente, una decepción.

VOLUMNIA PAULA, una abuela con mucho peso, a la ofensiva.

MARCIA SENTILA, otra abuela, acusada en una riña doméstica.

CRISA, una sirvienta digna de confianza.

DOROTEO, un esforzado esclavo, lesionado.

RUBRIA TEODOSIA/«PANDORA», la herborista de moda, oye voces.

MERÖE Y KALMIS, las que proporcionan un resplandor mágico.

POLEMAENA, una contundente secuaz.

UN FRUTERO, no ha visto nada, no dice nada.

ANTHOS Y NEO, ¿que no puedes pagar? Nada que no hayan oído antes.

EL VIEJO RABIRIO, omnipresente, se deja ver muy poco, jefe de una banda.

BALBINA MILVIA, la hija de alguien, su marido está fuera.

VERÓNICA, la madre de alguien, su marido está de viaje.

DEDU, un verdulero que se promociona divinamente.

MIN, su herramienta de publicidad.

NUMERIO CESTINO, el estoico pretendiente rechazado (pasando página).

CLUVIO, un cabecilla nato (eso dice él).

GRANIO, un bromista, bonito mostacho (eso cree él).

POPILIO, su problema es más gordo de lo que imagina.

SABINILA, el acicalado problema.

REDENTA, su mejor amiga en el mundo.

UMIDIA, la callada.

«MARCIAL», su maestro en el manejo de la espada.

ANICIA, la novia de alguien (¿pero quién?).

«TREBO», un misterioso desconocido.

VINCENCIO TEO, un hombre encantador, con una inclinación legal (¿inclinado a la corrupción?).

PADRES Y OTROS PARIENTES, estúpida prole, pasados turbios, pagan para librarse de los problemas.

FALAECO, maestresala en Fábulo, sin comentarios.

FUNDO, un mozo, su primer día, ¿todo bien, señor?

FORNAX, un cocinero, preparando su marcha.

FORNIX, una nueva identidad.

MENENIO, un médico servicial.

Una PERRA, esperanzada.

LECHUGA, glauca (verde-azulada).

ROMA: El monte Quirinal

Octubre, año 89 d.C.

Capítulo 1

1

Cuando la exmujer de mi marido se presentó ofreciéndome trabajo, supe que tramaba algo. Lo había dejado en paz durante diez años después del divorcio, pero en cuanto él empezó a interesarse por mí, volvió rápidamente como un persistente hedor. Él siempre había pretendido que ella lo había dejado con motivo, pero eso eran sandeces. Separarse de ella había sido un golpe de suerte.

Yo sabía que se sentía culpable por no haber invitado a Laia a nuestra boda. Yo no. En esta ocasión, yo habría fingido no estar en casa, pero él decidió hacerla pasar. Tiberio podía ser tan imparcial que, de haber tenido una sartén de hierro a mano, le habría golpeado con ella en la cabeza. Por suerte para él no suelo cocinar y el ama de llaves que teníamos a prueba nos había dejado, así que nadie blandía sartenes en nuestra casa. Lo que hacía yo era aportar pan y queso para la mayoría de las comidas, que es por lo que existen el pan y el queso en mi opinión.

Con el tiempo, encontraría nuevos criados. Luego podría concentrarme en nuestro emergente negocio familiar y en mi propia carrera. Por desgracia, mi trabajo había dado a mi predecesora una excusa para visitarnos. Yo era una informante que conducía investigaciones para clientes particulares. No era la altiva ex quien me contrataba personalmente, solo intentaba manipularme; quería que trabajara para otra persona, con la que en mi opinión sería incompatible.

No ofrecí refrigerio alguno a Laia Graciana; antes le contagiaría unas verrugas. Con su elegante atuendo y su aire engreído, permaneció impávida, sentada en nuestra antesala, mientras Tiberio Manlio convenía cortésmente que la historia relatada por su exmujer parecía intrigante. A mí me pareció una porquería. Laia era una rubia rica y altanera y yo la detestaba. Ella y yo no forjaríamos jamás una buena relación de trabajo; no me imaginaba llevándome mejor con ninguno de sus amigos.

—Podría ser interesante, Albia —se aventuró a decir Tiberio, aunque pisaba terreno peligroso.

—Podría ser horrible. —Me gusta ser directa.

Él sonrió. Podría haberme ablandado entonces, si no hubiera incluido a Laia en la sonrisa.

Por lo general aceptaba de buen grado sus consejos. Me daba su opinión con la severidad que cabía esperar de un magistrado, y luego me dejaba tomar mis propias decisiones. De haber estado los dos solos, habría discutido conmigo por desdeñar el encargo de Laia, pero delante de ella nos mostraríamos en armonía.

—Los honorarios serían elevados. —Tiberio, un auténtico plebeyo a cargo ahora de un negocio de construcción, estaba habituado a calcular rápidamente los costes cuando evaluaba un trabajo.

Admito que andábamos escasos de fondos, pero, por muy «intrigante» que pudiera parecer el caso de Laia, no trabajaría para ella. No le daría esa satisfacción. Aun así, comprendía por qué Tiberio sentía curiosidad. Si cualquier otra persona me hubiera ofrecido aquel rompecabezas, me habría abalanzado sobre él.

Habían hallado muerta a una joven en su cama. Su padre creía que la habían envenenado con un filtro amoroso. Su madre lo negaba, afirmando que su hija había muerto de mal de amores porque su cruel padre había rechazado al joven al que ella quería. Un médico no había querido pronunciarse en uno u otro sentido. Así son los médicos. Ven muertes todos los días y siempre parecen sorprendidos de que se hayan producido.

Después las cosas se habían puesto feas. Las abuelas por parte de padre y madre habían llegado a las manos en el atrio. Al intentar separarlas, un esclavo había acabado con un brazo roto. Ahora el padre había demandado a su suegra por lesionar a su esclavo, una disputa agravada por indicios de que ella había ayudado a adquirir el supuesto filtro amoroso. Eso despedía cierto tufo a hechicería. La gente decía que era de interés público destapar todo uso de la magia, un tema que siempre había sido motivo de gran agitación en Roma. A la suegra se le prohibió volver a entrar en la casa y ella se llevó a la madre de la joven con ella. Nadie estaba seguro de si se trataba de un divorcio oficial, pero el padre lo consideró una incitación y se jactó de que no tenía por qué devolver la dote. Eso hizo que la madre se enfureciera aún más que cuando él la había culpado por la muerte de la hija de ambos.

El alterado padre había recurrido a los vigiles; esos inútiles de andar por casa mantuvieron que no veían prueba alguna de delito. Hicieron caso omiso de la acusación de hechicería. Demasiado papeleo. Tal vez en realidad los fornidos muchachos de la ley y el orden temían a las hechiceras.

El padre elevó entonces su queja a un nivel superior, apelando a las Cohortes Urbanas. Ningún otro habría hecho semejante cosa, pero así era la familia que él encabezaba: involucrando temerariamente a tantos funcionarios como fuera posible. Los Urbanos, que no eran conocidos por su diligencia precisamente, enviaron a un ordenanza que husmeó por allí y desapareció a pesar de las abuelas enfrentadas; ignoró su pelea, aunque podría haberse considerado como un desorden público, que las Cohortes Urbanas tenían específicamente la obligación de reprimir, lo que solían hacer con terrible violencia.

A continuación, el idiota del padre había llegado aún más lejos: solicitó la ayuda de la Guardia Pretoriana. Por suerte, rechazaron acudir. La mayoría se encontraba de maniobras con el Emperador en la Panonia, y los que se hubieran quedado en Roma tenían más que suficiente con organizar el Triunfo para cuando regresara nuestro glorioso gobernante.

Si el padre era tan estúpido como parecía, lo siguiente sería apelar al Emperador. Involucrar a Domiciano podía suponer una condena a muerte para cualquiera. Quizá comprendáis ahora por qué yo me oponía a mezclarme en todo aquello.

—En cualquier caso, ¿por qué se sospechó que hubiera un filtro amoroso? —preguntó Tiberio a Laia Graciana—. ¿Acaso el joven que agradaba a la muchacha no deseaba ser el objeto de su deseo?

—¡Bueno, eso es lo que tu lista mujercita tiene que descubrir! —replicó Laia con tono malhumorado, tras descifrar la compleja sintaxis de la pregunta. Estaba claro que ni siquiera se le había ocurrido preguntarlo. Yo comprendía exactamente lo que quería decir Tiberio. ¿Por qué la muchacha se había tomado un filtro, si ella ya sabía lo que quería y era el chico el que la rehuía? Debería haberle enviado el frasco a él. Los hombres se beben cualquier cosa; solo hay que decirles que aumentará su virilidad. Ellos negarán necesitarlo y luego le echarán un buen trago cuando no mires.

—Mi inteligente esposa tendrá que decidir si quiere el caso. A propósito, no deberías llamar «mujercita» a Flavia Albia si quieres conservar los dientes.

Gracias, fiel marido. Tiberio y yo llevábamos casados un mes, a pesar de que los dioses le habían golpeado con un rayo el día de nuestra boda.

No bromeo. Laia debía de estar rabiosa por no haber asistido a nuestra boda. Del apasionante suceso se había informado incluso en la Gaceta Diaria. Nosotros sí que sabemos dar una fiesta.

—Bueno, por supuesto que debe aceptar el caso —dijo Laia con tono malicioso, ignorando su comentario sobre los dientes. En mi opinión eso demostraba por qué no había sobrevivido su matrimonio. En cambio yo le di un golpecito con la punta del dedo para hacerle saber que me había dado cuenta. El chico malo volvió a sonreír, pero esta vez solo para mí. Su exmujer siguió hablando sin darse cuenta de nada—. Este es el tipo de misterio que adora la querida Flavia.

Laia Graciana no me quería, no tenía la menor idea de qué tipo de trabajo me gustaba, ni siquiera sabía lo que hacía en realidad..., y nadie me llama Flavia. Ese cumplido al Emperador me había caído encima como parte de una delicada solicitud de ciudadanía. Con él conseguí un mugriento diploma en el que se afirmaba que era romana de nacimiento, pero me situaba a la par con libertas imperiales y extranjeros ambiciosos. Mi diploma tenía incluso el sello del gobernador de una ignota provincia. Todos mis parientes se burlan de mí por ello.

En realidad Laia Graciana tenía una pobre opinión sobre mis habilidades, pero yo ya sabía a qué estaba jugando. Los acontecimientos que relataba habían ocurrido en el distrito del Quirinal. Lo que quería era que abandonara mi casa cada día y agotara mis energías con la disputa doméstica de otras personas en el extremo más alejado de Roma. Su motivo era transparente. Si ella no podía tener a Tiberio, yo tampoco debía tenerlo. Laia Graciana no me había visto nunca como una rival; simplemente quería mostrarse vengativa con él.

—No, gracias. —Me mantuve en el terreno profesional—. Siempre es una pena enterarse de que ha muerto una chica de quince años. Tanto potencial desperdiciado es una desgracia, pero las tragedias familiares pueden volverse muy feas. No valen el dinero que se gana. Eso suponiendo que lleguen a pagar; te sorprendería ver lo rápido que resuelve sus diferencias y se une una pareja enemistada cuando se les presenta una factura por el tiempo empleado y los gastos.

—Prueba a pedir el pago por adelantado —me aconsejó Laia, con su tono más condescendiente.

—Es lo habitual —dije con tono cortante.

—Bueno, estoy segura de que no puedes permitirte rechazar un trabajo. —Laia, que solo se dignaba gastar sus energías en buenas obras para la comunidad, daba a entender que ninguna mujer respetable se involucraría jamás en algo por lo que se pagara. Teniendo en cuenta que los vigiles seguían los movimientos de los informantes igual que los de actores y prostitutas, no le faltaba razón. Quizá yo estuviera de acuerdo en que mi profesión tenía mala fama. No obstante, le dije que tenía casos acumulados, de modo que en aquella ocasión Laia tendría que decirles a sus elegantes amigos del Quirinal que yo no estaba disponible.

A Laia no le decían muy a menudo que no. Disfruté muchísimo haciéndolo.

Cuando se recobró, añadí que tenía un marido enfermo que me necesitaba; estaba consagrada a mi papel de esposa de un magistrado, cuidando de él. Eso también lo disfruté, porque, cuando Laia estuvo casada con él, Tiberio era demasiado joven para ser edil, así que ella no había tenido nunca la distinción social que tenía yo. Tras aquella indirecta, salí de la habitación como si tuviera servilletas para contar. Laia solo había entrado en mi casa por su antigua relación con Tiberio. Que se ocupara él de librarse de ella.

Tiberio debía de haberla convencido de que se fuera. Yo me escondí en una alacena para evitar incluso tener que despedirme de ella. Cuando salí, no la vi por ninguna parte. Tampoco a él.

Irritante hasta el extremo, Laia había dejado caer una nota en una tableta sobre una mesita. En ella indicaba la dirección de la familia cuya hija había muerto. Se notaba que la había escrito ella misma: la letra era tan pulcra que me entraron ganas de verter adobo de pescado por encima y luego dársela al perro para que la mordisqueara, si hubiéramos tenido perro.

Laia había enarcado una de sus finísimas cejas, asombrada por el rechazo. Tenía facilidad para hacer que me sintiera vulgar. El hecho de que hubiera llevado la tableta consigo, independientemente de si yo estaba dispuesta o no a aceptar el trabajo, me encolerizó aún más. Había añadido detalles innecesarios («elegante casa junto a la fuente, tiene la puerta roja»), como si me considerara incapaz de encontrar un sitio por mí misma, aunque por mi trabajo me pasaba la vida haciendo justamente eso, a menudo con indicaciones escasas. Sus letras eran demasiado grandes, sus líneas demasiado rectas. Toda su actitud era insoportable.

¿Y a qué condenada fuente se refería, además?

Deseé que tuviéramos perro, uno que hubiera podido correr hacia Laia y mearse en el borde de su vestido.

Capítulo 2

2

No conseguía encontrar a mi marido.

Por supuesto, este aprieto no es desconocido para una esposa. A los hombres se les da bien escabullirse, aunque solo se hayan distraído escribiendo una queja sobre el ruido callejero y se hayan olvidado de decirte que han salido a por tinta; sin embargo, desde el incidente con el rayo, debía tener especial cuidado con el mío. Tan celosa vigilancia lo volvía rebelde, aunque de todas formas el dolor que seguía padeciendo también lo volvía irascible. Yo ya me había acostumbrado a sus arrebatos. En mi opinión, yo lo estaba llevando de manera encomiable.

El rayo nos había sumergido en una crisis sin previo aviso. Podría haber sido un modo difícil de empezar un matrimonio, pero tenía su utilidad. Tiberio y yo no podíamos revolotear el uno alrededor del otro como tortolitos, mientras nos íbamos conociendo. Teníamos que resolver esto juntos y hacerlo ya. Después de estar a punto de perderlo durante la boda, yo misma me ponía nerviosa si no comprobaba su estado con frecuencia. En cierto momento, temí haberme casado con un inválido permanente, pero ahora ya sabíamos que la situación no era tan mala. Pero de golpe se sentía asaltado por el dolor o la confusión; necesitaba consuelo; tendía a quedarse en casa. Si alguna vez iba a los baños con Dromo, su esclavo personal, regresaba a casa rápidamente; cuando salía a cualquier otro sitio, yo le acompañaba. En su caso, que desapareciera sin dar explicaciones resultaba alarmante.

—¿Dónde está tu amo? —pregunté. Dromo era un joven inepto que se consideraba siempre injustamente tratado, lo que era una ridiculez. Tiberio siempre lo había consentido; yo lo aceptaba por el momento, aunque el chico me sacaba de mis casillas.

Dromo escurrió el bulto. Por lo general confiaba en que Tiberio le protegería si yo decidía gritarle o golpearle, cosa que no había hecho nunca, ni tan solo había amenazado seriamente con hacerlo.

—Ha salido, creo. Bueno, a mí no me ha dicho nada. Solo soy su esclavo, ¿por qué iba a molestarse en decirme nada o en llevarme con él?

—No seas tonto. Precisamente te tiene a ti para que lo sigas a todas partes como guardaespaldas, o para que realices sus encargos y lleves sus mensajes. Te saca y luego te atiborra a pasteles como el buen amo que es. Estoy preocupada por él, Dromo, y tú también deberías estarlo. Ayúdame a encontrarlo.

Siendo informante, seguí el procedimiento. Cuando una persona desaparece, se empieza a buscar por su habitación. A veces no se necesita más, porque el vástago o el cónyuge a la fuga ha dejado un mensaje quejándose del horrible trato que recibe; los que quieren que vayan a buscarlos o los que no quieren pero son realmente estúpidos mencionan adónde van. Tú los encuentras. Reclamas tus honorarios. El cliente sostiene que podría haber encontrado la nota por sí mismo y por lo tanto no te va a pagar. Lo normal. Detesto esos trabajos.

Tiberio no nos había dejado un mensaje. Registré nuestro dormitorio a fondo. El esclavo me observó en silencio.

La túnica que llevaba Tiberio estaba ahora sobre la cama. Era un edil, un magistrado superior, de modo que comprobé si se había puesto su atuendo formal con las franjas púrpura, pero lo encontré pulcramente doblado en un arcón. Los deberes oficiales eran el único motivo por el que Tiberio podría haber salido de casa en mitad del día, porque los obreros que trabajaban para él recibían sus órdenes por la mañana o cuando volvían al anochecer. La obra que realizaban ahora era la rutinaria reforma de un taller; Tiberio no se había molestado en supervisarla, dejándolo todo en manos de su capataz.

—No ha ido a la oficina de los ediles, entonces, ¿para qué se ha vestido? O bien anda por ahí en cueros o se ha puesto alguna otra cosa. Dromo, necesito saberlo para poder indagar.

—¿Por qué?

—Tengo que describírselo a la gente que podría haberlo visto. Quiero que averigües cuál de sus túnicas falta.

—No lo sé —se quejó el apático esclavo con tono abatido. Supuestamente, cuidar de la ropa de su amo era una de sus tareas, pero nadie lo diría—. Cualquiera de sus cosas podría estar en la lavandería. —Le señalé que sería él quien habría recogido las cosas que debían llevarse a lavar, así que debería recordar qué se había enviado a la lavandería la última vez. Pillado al fin, Dromo asomó la cabeza a regañadientes en el arcón abierto de la ropa y volvió a incorporarse, mascullando—: Se ha puesto esa vieja túnica marrón.

Así que al parecer Tiberio sí estaba trabajando, porque la túnica marrón era el disfraz que adoptaba cuando salía de incógnito. Como magistrado, tenía su propia y pintoresca manera de detectar a los delincuentes; cuando yo lo conocí, patrullaba por las calles con la pinta de un haragán al que no querrías acercarte demasiado, mientras iba detectando a personas que bloqueaban la acera, vendían mercancías falsas en puestos callejeros o eran dueños de peligrosos animales salvajes.

Me alegré de que volviera a tomarse interés. Entonces encontré el anillo de boda.

Incluso Dromo demostró un agorero sentido de la oportunidad.

—¡Mierda! Me había dicho que eso no se lo quitaría nunca.

Gracias, Dromo.

Entonces, encontré también el anillo de sello de mi marido en otra bandeja para los dijes.

Me senté en la cama, tratando de mantener la calma. ¿Casada hacía menos de diez semanas y mi marido me había abandonado? Eso no sería nada fácil de explicar a nuestros amigos y parientes. Ninguno de ellos se sorprendería; me consideraban una excéntrica que pronto lo ahuyentaría. Pero yo sí que estaba sorprendida y mucho.

—¡No llores! —ahora Dromo estaba aterrado—. Si vas a llorar, me voy.

—¡Entonces eres el típico chico! —Me enjugué los ojos—. No estoy llorando. Tiberio Manlio volverá pronto.

—¿Adónde ha ido?

—¿Cómo voy a saberlo? Ya es mayorcito. No necesita que lo acompañe un pedagogo para que le lleve sus deberes escolares... Oh, deja ya de poner ojos de lechuza, Dromo. Quiero decir que puede ir adonde le plazca.

—¿Ha ido a emborracharse a una taberna?

—¿Por qué?

—Odia a Laia Graciana.

—Bueno, lo dudo, ni siquiera por ella; beber en solitario no es del estilo de tu amo...

¿O me equivocaba? Si la visita de su exmujer lo había alterado en exceso, quizá quisiera recuperarse a solas... ¿Esto era culpa de Laia? Si Laia Graciana había dicho o hecho alguna cosa para agravar su ansiedad, se lo haría pagar.

Interrogué a Dromo sobre el tiempo que había permanecido en la casa tras irme yo de la antesala. No mucho. Al mismo tiempo que el esclavo me había visto escondiéndome en la alacena, su amo le había llamado a gritos. Dromo había acudido a regañadientes; a él tampoco le gustaba Laia. (El muchacho tenía sus cosas buenas.) Pero me confirmó que su amo le había ordenado que la acompañara hasta la puerta. Tiberio, ni la había acompañado él mismo cortésmente, ni la había despedido con un beso en la mejilla. Todo el peso de la cortesía había recaído sobre Dromo.

—He tenido que ir con ella hasta su silla de manos. Debería haberme dado una moneda de cobre por mi ayuda, ¡pero nada!

—¿La has ayudado?

—No, estaba de mal humor.

Casi le di yo la moneda.

—¿Le ha dicho algo más tu amo?

—Solo le ha gruñido: «Ya nos has explicado la situación; tendremos que pensárnoslo». Entonces ella ha echado la cabeza hacia atrás y se ha dirigido a la puerta delante de mí.

No estaba segura de si Dromo había vivido con ellos años atrás, cuando estaban casados; de ser así, Dromo sería entonces un niño. Pero tenía la impresión de que Tiberio había adquirido a Dromo de pequeño para que le hiciera de recadero, después de que Laia lo echara. Cuando Tiberio se fue a vivir a casa de su tía, seguramente los criados de los que eran dueños en común se habían quedado con ella; Laia había logrado un despiadado acuerdo de divorcio.

Al menos, si no habían conversado más, no necesitaba visitar a Laia para preguntar qué había dicho para hacer desaparecer a Tiberio.

No tendría que admitir ante ella que no sabía dónde estaba.

Cuando esa noche no volvió, me entró el pánico de veras. Al día siguiente, salí rápidamente a recorrer los lugares que frecuentaba. Era tan temprano que Roma parecía un melocotón pocho, muy prometedor, pero demasiado maduro para soportarlo. Las sórdidas reliquias de las aventuras de la víspera cubrían todas las calles. Había vómito en las fuentes y cosas peores en las alcantarillas.

Pisando trozos de guirnaldas rotas y rodeando los cuerpos de algún que otro juerguista desmayado, afanosamente visité la oficina de los ediles, la casa del tío de Tiberio, las tiendas y puestos callejeros que a él le gustaban, el barbero del que era cliente, un almacén del que era propietario y que intentaba alquilar... Nadie lo había visto. Bajé hasta el Dique de mármol, donde vivía mi familia; todos me dijeron las palabras de consuelo más pertinentes... Luego los vi intercambiando señales de preocupación a mis espaldas.

Mi última esperanza era el gimnasio de Glauco. Este establecimiento del Vicus Tuscus, en el Foro, era donde mi padre acudía a hacer ejercicio cuando se enfrentaba con alguna crisis; yo había convencido a Tiberio para que fuera a recibir masajes curativos. Ahora el negocio lo llevaba Glauco el Joven, hijo del primer propietario y atleta retirado de cierto prestigio. Tomándose un vivo interés por el accidente de mi marido, había estado investigando los efectos físicos y mentales de sobrevivir a un rayo. Había llegado a averiguar más cosas incluso que algunos médicos a los que habíamos consultado.

Lo encontré apoyándose en un muchacho al que entrenaba para la lucha. El pupilo tenía un aire desesperado; Glauco, que conservaba su soberbio físico, apenas tenía que esforzarse.

Cuando le conté lo que ocurría, se mostró abatido.

—Esto es una pesadilla, Glauco. Se te ha puesto la cara verde..., ¿qué pasa?

Nos conocíamos desde hacía años. Seguramente él lo había olvidado, pero en una ocasión me había propuesto matrimonio. No, me equivoco; el pobre Glauco, que era extremadamente serio, seguramente no lo había olvidado en absoluto, sino que, a medida que yo me iba haciendo mayor y adquiría fama de intratable, habría estado preocupado desde entonces por si cambiaba de opinión y decidía aceptarlo...

Con semblante intranquilo, Glauco me dijo que había encontrado varias anécdotas sobre supervivientes de un rayo que habían abandonado su hogar inopinadamente. Incluso ellos parecían confusos sobre el porqué. A veces los encontraban, quizá bastante tiempo después y a muchas leguas de distancia, viviendo una vida nueva con una identidad distinta.

—Si sus parientes logran hallarlos, Albia, parece ser que se dejan convencer para regresar. De hecho vuelven de buen grado.

—Vaya, eso son buenas noticias..., ¡pero primero tengo que encontrarlo! Cuando desaparecen, ¿hay alguna lógica que los lleve al sitio en el que acaban?

—No, parece ser pura casualidad.

Genial.

Volví a casa caminando despacio. Subí al dormitorio, pasé un trozo de cordel por la alianza de mi marido y su anillo de sello con el dibujo de un caballo con cola de pez, y me lo colgué del cuello bajo la ropa. Empezaba a aceptar que podía pasar bastante tiempo antes de que los anillos volvieran a sus dedos.

Me senté en la cama, pensando en la ironía de que me contrataran para encontrar a personas desaparecidas, cuando no tenía la menor idea de cómo empezar a buscar a mi propio marido.

Capítulo 3

3

Al final, no pudiendo hacer nada más, decidí aceptar el caso de Laia Graciana.

Puede que parezca insensible, pero era mejor que quedarme deprimiéndome en casa. Decidí distraerme trabajando y ganando dinero. Como siempre digo a mis clientas, cuando tu marido desaparece de escena, cuanto antes sigas con tu vida mejor; ya te preocuparás por él si reaparece. Mientras tanto, come bien, mantente ocupada, paga tus facturas y no comentes en público lo que pueda haber hecho. A veces bromeo con las más joviales y les digo entre risitas que pueden empezar a buscarse un nuevo amante, aunque yo no pensaba hacerlo. Tenía mi trabajo. Eso me daba ya suficientes quebraderos de cabeza.

Además, había elegido a Tiberio. Lo quería a él. Solo a él. Su terrible desaparición era como pisar excrementos de caballo llevando unos zapatos nuevos de una semana.

Dejé a Dromo en casa.

—Si Tiberio Manlio aparece, dile que estoy preocupada por él, luego alguien tiene que venir corriendo a decírmelo de inmediato.

—Nunca me dejan a mí solo en ningún sitio. —Había muchos motivos para ello, empezando con el riesgo de que nuestro estúpido esclavo quemara la casa...

—Bueno, yo confío en ti, Dromo. —Ni siquiera él se lo creyó—. No dejes entrar a nadie aparte de tu amo, o su tío, o mi madre. Larcio se ocupará de comprobar que estés bien; puedes preguntarle cualquier cosa que te preocupe. Es muy importante que se quede alguien aquí; serás mi intermediario.

Le había pedido a Larcio, el capataz de nuestro negocio de construcción, que entrara por el patio cada vez que tuviera un momento para echar un vistazo a la casa. Podía usar la puerta medianera para dejarse caer sin avisar. Me comprendió perfectamente. Para Larcio, Dromo no era más que un malhadado aprendiz que se pasaba el día comiendo bollos, pero con la ventaja de no hallarse en una obra volcando cubos o derramando sacos de clavos.

Yo volvería a casa de tanto en tanto, aunque era mejor no preocupar a Dromo con ese detalle, que le parecería una especie de amenaza. Cuando estoy fuera trabajando en una investigación, me gusta regresar a casa de vez en cuando. Muestro la cara al vecindario para que los ladrones del barrio no crean que la casa está desatendida. Organizo la colada, me cambio de pendientes, me voy a que me depilen las cejas en la casa de baños de Prisca, donde me entero de nuevos chismorreos. Paso un rato tranquilamente a solas. Mi cerebro se despeja de los enigmas que se disputen mi atención en ese momento a beneficio de mis clientes. A menudo las ideas fluyen por sí solas. Vuelvo a ver entonces a mi cliente con un nuevo enfoque y muy probablemente para resolver el caso.

Me faltaba mucho para llegar a ese punto en este caso.

Brillaba el sol y aún era temprano. Los esclavos públicos habían limpiado la ciudad con sus escobas. Los borrachos o habían muerto o se habían ido a casa. Tiendas y escuelas habían abierto. Gente respetable recorría las calles, saludando con deleite a viejos asociados en los negocios o discutiendo con amigos a voz en cuello. Mulas, tendederos, ancianos temblequeantes y mozos que entregaban fardos, barriles y ánforas se interpusieron en mi camino. Todo normal. Todo floreciente y pujante. Todo completamente indiferente a mi desdichada situación.

El monte Quirinal empieza cerca del Foro de Augusto; es la más occidental de las tres colinas que cubren la parte central de Roma como dedos de una mano. Ya había trabajado en el Esquilino y el Viminal ese año, así que ahora completaría el trío. ¡Qué emoción! Sabía que mi padre, Didio Falco, tenía clientes de subastas y buen arte en el Quirinal, así que mi primer movimiento fue ir a visitarlo. Desde nuestra casa en la cima del Aventino, descendí por el lado del Tíber, luego caminé a lo largo del Dique, dejando atrás el Teatro de Marcelo y el Pórtico de Octavia. Al llegar al Campo de Marte, pasé por el Pórtico de Pompeyo por si mi padre estaba llevando a cabo una subasta allí, pero no. Seguí hasta la Septa Julia, donde las elegantes galerías albergaban a joyeros y anticuarios, y donde mi familia hacía tiempo que tenía alquilado un local.

La Septa Julia había iniciado su actividad como lugar de votación ciudadana, pero desde entonces los emperadores nos habían ahorrado las cargas de la democracia. Convertido en unos elegantes soportales, hacía solo diez años que la Septa se había reconstruido tras un incendio; sin embargo, la casa de subastas de Didio estaba ya tan polvorienta como si llevara un siglo acumulando cachivaches, y la oficina que había en el piso superior no estaba mucho mejor. Su propietario, de cabellos rizados, solía andar refunfuñando, comiendo hojas de parra rellenas mientras esperaba que llegaran clientes. Si estaba fuera, algún sobrino granuja hacía los honores por él, pero ese día, mi informal, taimado, indómito y cascarrabias paterfamilias, por todos conocido, estaba allí. Lo encontré puliendo una jarra de metal. Era de peltre, pero cuando terminara de abrillantarlo lo haría pasar despreocupadamente por plata. Cuidado, comprador. Cuidado sobre todo con los sinvergüenzas de los Didia.

Falco estaba contento por su falsa jarra de plata, pero lo primero que quiso saber fue si mi fugitivo marido había aparecido ya. Le dije que no, pero que le iba a caer una buena bronca cuando lo hiciera.

Una vez aclarado eso, expliqué mi misión. Mi padre confirmó que conocía a algunas personas en el Quirinal, luego se pasó un cuarto de hora echando pestes sobre las riquezas y las costumbres insufribles de esos clientes. Le gustaba exagerar. Aguardé paciente a que terminara.

Tenía que calcular con cuidado cuánto quería desvelar. Si hacía que mi investigación pareciera realmente intrigante, Falco intentaría hacerla suya. Se suponía que se había retirado del trabajo de informante desde que dirigía la casa de subastas familiar, pero eso solo hacía que echara más de menos un buen misterio. Si en alguna ocasión tenía algún caso realmente extremo, puede que yo misma intentara encasquetárselo, pero él había aprendido a recelar de lo que pudiera pasarle. Además, mi madre tendría mucho que decir. Ella quería que Falco llevara una vida discreta. No sé por qué. Era una cuestión política. Y también pensaba que era demasiado viejo para tanta agitación.

—No es nada que pueda interesarte. Es la típica disputa familiar —mentí alegremente—. Un divorcio incipiente y una indemnización por dañar a un esclavo. Creo que va a ser desagradable. Les dio por llamar a los vigiles, pero no te sorprenderá saber que no consiguieron nada, así que ahora me han pedido a mí que investigue. Tendré que calmarlos y luego explicarles las realidades de la vida.

Mi padre me miró con ojos entrecerrados y luego empezó por suministrarme el nombre de su contacto en la Primera Cohorte de los vigiles, cuyo acuartelamiento principal era el más cercano a la Septa Julia, aunque el Campo de Marte quedaba de hecho bajo la jurisdicción de la Séptima. Intercambiamos unas alegres bromas sobre la manera de interpretar la «vigilancia» de todas las cohortes, luego mi padre me dio un par más de contactos de viejos clientes que podrían ayudarme con los antecedentes. Tuve que prometerle que, si acababa trabajando cerca durante un tiempo, iría a la Septa de vez en cuando para comer con él. Bueno, era una promesa fácil de aceptar.

Antes de irme, mi padre me preguntó más en serio por mi marido. Le expliqué lo que me había dicho Glauco el Joven.

—Estado de fuga. —Mi padre lo conocía. Me dio preocupantes detalles sobre ese raro pero fascinante fenómeno: pérdida repentina de la memoria, cambio de identidad, desaparición inexplicable y, lo peor, la atribulada víctima acabando al final con una nueva vida, sin la menor idea de quién se supone que es, de dónde ha venido y cómo ha llegado hasta allí.

—Glauco dice que, si lo encontramos, volverá a casa sin problemas.

Más valdría entonces que Tiberio no me viera llegar, bromeó Falco. Imaginé que Glauco el Joven y él se habían juntado en el gimnasio para comentar los alarmantes síntomas que podían afligir a Tiberio en el futuro. La idea de ellos dos conspirando a mis espaldas hizo que aún me preocupara más.

Mi padre quiso animarme. Tal vez, si Tiberio empezaba una nueva vida, sería como cocinero famoso..., lo que no nos iría nada mal en nuestra casa.

Como hija adoptada de un original personaje, había aprendido a aceptar las chanzas y seguir con ellas.

—Es más probable que se haya liado con una bailarina del vientre del Bósforo. Espero que esa sucia ramera no me lo estropee.

A mi padre siempre le hacía gracia la idea de que hubiera una bailarina del vientre metida de por medio.

Capítulo 4

4

Parada delante de la Septa Julia, desde el lado del río, miré hacia el otro lado de la amplia calzada principal, que discurría directamente desde las puertas de la ciudad hasta el Foro. Era la vía Triunfal, la vía Flaminia, llamada vía Lata en aquel tramo. Vi los templos de Isis y Serpis, recientemente reconstruidos, y detrás de ellos el altar a Minerva de Domiciano. Más allá se alzaban las cimas del Quirinal. Ninguna de aquellas colinas del norte era tan empinada como los dos picos del Aventino, aunque sabía que te dejaban sin resuello al ascender sus cuestas. A Roma la llamaban la ciudad de las siete colinas porque eran accidentes geográficos que debían tenerse en cuenta.

Quería saber adónde me dirigía, no andar dando vueltas sin sentido. También quería estar segura de la situación en la que me iba a meter. Por esa razón, me encaminé primero al cuartel de los vigiles.

La Primera Cohorte se acuartelaba casi enfrente, un poco al sur del arco de Claudio donde cruza la vía Flaminia. Tenían a su cargo la vigilancia de una parte importante de Roma; sus dos distritos administrativos eran el Séptimo, que recibía el nombre de la vía Lata, y el Octavo, el Foro Romano. Naturalmente su investigador principal, un hombre enérgico llamado Escorpio, utilizaba las exigencias del Foro como excusa para no ahondar en incidentes domésticos ocurridos más arriba, en la vía Lata. Si lo asediaban ricachones togados quejándose de los rateros de la escalinata de la basílica, o de los vagabundos que dormían en el pórtico de la curia, difícilmente podía dedicar mucho tiempo a absurdas historias sobre filtros de amor. O eso afirmaba él.

Escorpio era de lo más típico: un individuo lascivo, vulgar, al que yo consideraba más o menos aceptable para su trabajo. Era lo mejor que podía encontrarse en una organización de antiguos esclavos que realizaban un trabajo peligroso con escasa recompensa. Los vigiles eran tipos duros. Sus oficiales eran o cínicos o corruptos. Muchos eran ambas cosas. Si hubieran sido hombres delicados, se habrían hecho floristas.

Escorpio era un hombre bajo y ancho con la cabeza afeitada que claramente tenía un pasado: tenía una cojera que podía haber adquirido durante un difícil arresto, o bien en un accidente luchando contra un incendio. O en una pelea tabernaria. O a manos de una novia furiosa. Con los vigiles, a menos que se jactaran de sus hazañas, nunca se sabía. Este en particular no se molestó en intentar impresionar, puesto que su intención era librarse de mí.

No obstante, recordaba a la familia de la disputa.

—Los Volumnia, en la calle del Albaricoque. —Me fijé en que no emitía juicio alguno sobre ellos. No era un hombre chismoso. Su jurisdicción en el Quirinal incluía las elegantes casas de los miembros de la familia imperial, o al menos de todos los parientes a los que Domiciano había permitido seguir vivos, por no mencionar a los cónsules retirados y los senadores en activo. Imaginé que Escorpio procuraba acercarse a ellos lo menos posible; si alguna vez ellos requerían su presencia, se mostraría cortés, pero seguramente sin deferencia. En el caso de los Volumnia, aunque mentalmente los hubiera tachado de arrogantes que le hacían perder el tiempo, ellos no se habrían dado cuenta de lo que pensaba. Sabía fingir. Yo no necesitaba que él me los describiera; ya los juzgaría yo por mí misma. Creo que él se dio cuenta. Suelo parecer muy segura de mí misma cuando trabajo.

En una veintena de palabras, Escorpio me espetó una historia que más o menos concordaba con lo que me había contado Laia. Dejé caer el nombre de Falco, lo que lo ablandó un poco, pero no me sirvió para obtener más detalles. Le iban los informes escuetos. Pensé en mencionar a mi tío, Petronio Longo, que durante muchos años había realizado el mismo trabajo que Escorpio en la Cuarta Cohorte, pero sospechaba que los de la Primera opinaban que los de la Cuarta eran unos haraganes descerebrados, igual que los de la Cuarta tildaban a los de la Primera de babosas que se dejaban sobornar, así que no me favorecería en nada. Era mejor hacer ver simplemente a Escorpio que estaba familiarizada con los métodos de los vigiles y que comprendía sus problemas. Para ser justos con él, aunque no tenía tiempo para informantes (la actitud tradicional), me estaba tratando de manera profesional.

Llegó incluso a decir que podía ir a ver al escribiente de la cohorte. Si el escribiente lograba encontrar el informe sobre el incidente de los Volumnia, no podría tocarlo ni llevármelo, pero me lo podrían leer en voz alta. Escorpio me condujo hasta el cuchitril del escribiente, donde me dejó sin molestarse en presentarme. Él se alejó a grandes zancadas para atender a lo que describió como asuntos más importantes.

El escribiente era un esclavo repugnante, pálido y abúlico, que seguramente no tenía una moneda de cobre para la lavandería, así

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