1
Mandy
Mandy contempló la fotografía en la pantalla del ordenador y contuvo el aliento.
El hombre tenía el pelo castaño claro, cortado al rape, y posaba en una playa con las piernas abiertas y la parte superior del traje de neopreno enrollada hasta la cintura. Sus ojos eran de un azul muy claro. Su enorme sonrisa contenía dos hileras perfectamente alineadas de dientes blancos, y Mandy casi pudo saborear el agua salada que le goteaba del pecho para caer en la tabla de surf que yacía junto a sus pies.
—Ay, Señor —susurró para sí, y soltó una prolongada espiración que no sabía que estaba conteniendo.
Notó que se ruborizaba y que un hormigueo le recorría las puntas de los dedos. Se preguntó cómo reaccionaría su cuerpo ante él en persona si respondía de ese modo ante una simple fotografía.
El café del vaso de poliestireno estaba frío, pero se lo terminó de todos modos. Tomó una captura de pantalla de la fotografía y la añadió a una carpeta nueva que acababa de crear en su escritorio con el título «Richard Taylor». Recorrió la oficina con la mirada para averiguar si alguien observaba lo que hacía en su cubículo, pero nadie le prestaba atención.
Mandy se desplazó hacia abajo por la pantalla para mirar las demás fotografías del álbum de Facebook, llamado «De viaje por el mundo». No cabía duda de que era un hombre muy viajado: había estado en lugares que ella solo conocía por haberlos visto en el cine o en televisión. En las fotos aparecía en bares, senderos y templos, posando junto a monumentos, disfrutando de aguas bravas y playas de arena dorada. Pocas veces estaba solo. Parecía muy sociable, y eso le gustó.
Curiosa, se puso a repasar la cronología, desde la creación de su página en la red social siendo alumno de instituto y a lo largo de los tres cursos de universidad. Mandy lo encontraba atractivo hasta en las fotos en las que aparecía como un adolescente desgarbado.
Después de pasarse una hora y media extasiada ante la historia del guapo desconocido, Mandy entró en su feed de Twitter para ver qué necesitaba compartir con el mundo. Sin embargo, solo hablaba del ascenso y caída del Arsenal en la Premier League, con retuits ocasionales de animales cayendo al suelo o tropezando con objetos inmóviles.
Al parecer, sus intereses eran muy distintos. Mandy se preguntó cuál sería el motivo exacto que los convertía en una Pareja ideal y qué podían tener en común. Entonces se recordó a sí misma que debía deshacerse de la mentalidad necesaria para utilizar sitios web y aplicaciones de contactos. La eficacia de ADN Compatible se basaba en la biología, la química y la ciencia, y ella no dominaba nada de eso. Sin embargo, confiaba en el test con todo su corazón, como millones y millones de personas.
Fue al perfil de LinkedIn de Richard y descubrió que llevaba dos años trabajando como entrenador personal en una población situada a unos sesenta kilómetros de la suya, desde que se graduó en la Universidad de Worcester. No era de extrañar que su cuerpo pareciera tan firme, pensó, y se puso a imaginar qué sensación le produciría tenerlo encima.
Mandy no había puesto los pies en un gimnasio desde hacía un año, cuando sus hermanas se empeñaron en que dejara de lamentarse por el fracaso de su matrimonio y empezara a centrarse en recuperarse. La habían llevado a un hotel cercano con spa donde le dieron un masaje, la depilaron con pinzas y cera, le aplicaron piedras calientes, la broncearon y le dieron otro masaje más que acabó de expulsar de cada nudo de su espalda y sus hombros, de cada poro obstruido de su piel, todo pensamiento sobre su ex. A continuación, se apuntó al gimnasio, prometiéndose a sí misma seguir al pie de la letra el programa de entrenamiento que le prepararan. Aunque todavía no había conseguido la motivación necesaria para hacer ejercicio una vez a la semana, seguía pagando la cuota religiosamente.
Comenzó a imaginar qué aspecto tendrían sus hijos con Richard y si heredarían los ojos azules de su padre o sus propios ojos castaños; si tendrían el pelo oscuro y la piel aceitunada como ella o serían rubios y de tez clara como él. Esbozó una sonrisa.
—¿Quién es?
—¡Santo Dios! —gritó. La voz le había hecho dar un bote—. Me has dado un susto de muerte.
—Pues no haberte puesto a ver porno en el trabajo. —Olivia exhibió una sonrisa radiante y le ofreció una golosina de una bolsa de Haribo.
Mandy rehusó la oferta con un gesto de la cabeza.
—No era porno, es un viejo amigo.
—Sí, sí, lo que tú digas. Pero no pierdas de vista a Charlie, quiere que le pases no sé qué cifras de ventas.
Mandy puso los ojos en blanco y miró el reloj de la esquina de su pantalla. Comprendió que, si no se ponía pronto manos a la obra, acabaría llevándose trabajo a casa. Hizo clic en la pequeña «x» roja de la esquina y maldijo su cuenta de Hotmail por dar por sentado que el mensaje de confirmación de ADN Compatible era correo basura. Llevaba seis semanas en la carpeta de spam hasta esa tarde, cuando lo había descubierto por casualidad.
—Soy Mandy Taylor, esposa de Richard Taylor, y estoy encantada de conocerle —susurró.
En ese momento se percató de que estaba dándole vueltas a un anillo imaginario en torno a su dedo anular.
2
Christopher
Christopher se removió en la butaca hasta alcanzar una posición confortable.
Apoyó los codos en los brazos del sillón formando sendos ángulos de noventa grados e inhaló profundamente para absorber el aroma del cuero. La calidad de esa pieza era excelente, pensó, convencido por su olor y suavidad de que ella no la había comprado en una tienda cualquiera.
Mientras ella permanecía en la cocina adyacente, Christopher paseó la mirada por su apartamento. Ella vivía en la planta baja de un edificio victoriano perfectamente restaurado, que, según la vidriera situada encima de la puerta principal, se había utilizado antaño como convento. Admiró los adornos de cerámica de los estantes empotrados que rodeaban la chimenea. Sin embargo, sus gustos literarios dejaban mucho que desear. Miró con desprecio las ediciones de bolsillo de James Patterson, Jackie Collins y J. K. Rowling.
Había una bandeja cuadrada forrada de ante en el centro de una mesita baja de madera maciza, que contenía dos mandos a distancia. Cuatro mantelitos individuales a juego se hallaban colocados a su alrededor. El uso de la simetría hacía que se sintiera cómodo.
Christopher se pasó la lengua por los dientes y encontró un pedacito de pistacho atrapado entre un incisivo lateral y un canino. Al no poder sacarlo, lo intentó con la uña, pero fue en vano, por lo que decidió buscar hilo dental en el armario del baño antes de marcharse. Había pocas cosas que le irritaran tanto como un trozo de comida atrapada. Una vez se había marchado de una cita a media cena porque la chica tenía un trozo de kale entre los dientes.
Una vibración procedente del bolsillo del pantalón le hizo cosquillas en la ingle; la experiencia no fue del todo desagradable. Por norma general, Christopher observaba de forma meticulosa la costumbre de apagar el teléfono en los momentos adecuados y aborrecía a las personas que no tenían con él la misma cortesía. Pero ese día había hecho una excepción.
Sacó el móvil y leyó el mensaje de la pantalla; era un correo electrónico de ADN Compatible. Recordó haber enviado unos meses antes una muestra bucal por puro capricho, pero aún no había recibido una Pareja registrada. Hasta ahora. El mensaje preguntaba si deseaba pagar para recibir los datos de contacto. «¿Lo deseo? —pensó—, ¿lo deseo de verdad?» Volvió a guardarse el teléfono y consideró qué aspecto podía tener su Pareja, pero entonces decidió que resultaba inapropiado estar pensando en una segunda mujer cuando aún estaba en compañía de la primera.
Se puso de pie y regresó a la cocina. La encontró donde la había dejado minutos antes, tendida bocarriba sobre el frío suelo de pizarra, con el garrote aún encajado en el cuello. Ya no sangraba, y las últimas gotas habían encharcado el cuello de su blusa.
Se sacó de la chaqueta una cámara digital Polaroid e hizo dos fotografías idénticas del rostro de ella. A continuación, aguardó con paciencia a que las imágenes cobraran vida. Metió ambas fotos en el sobre duro de tamaño A5 y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Después, Christopher se guardó el equipo en la mochila y se marchó. Esperó a salir de la oscuridad del jardín para quitarse los cubrezapatos de plástico, la mascarilla y el pasamontañas.
3
Jade
Jade sonrió al ver aparecer un mensaje de Kevin en la pantalla de su móvil.
Buenas noches, guapa, ¿cómo estás?
Le encantaba que Kevin siempre empezara sus mensajes con la misma frase.
Bien, gracias.
Aunque estoy hecha polvo.
Perdona que no te haya escrito antes. He tenido mucho trabajo. No te habrás cabreado, ¿verdad?
Sí, un poquito, pero ya sabes que a veces soy una gruñona. ¿Qué has hecho?
Apareció en la pantalla una foto de un cobertizo de madera y un tractor bajo un sol resplandeciente. Dentro del cobertizo se distinguían a duras penas unas vacas detrás de unos barrotes y unas ordeñadoras fijadas a las ubres.
He estado reparando el tejado del establo. Aún no se esperan lluvias, pero más vale que lo hagamos ahora. ¿Y tú?
Estoy en la cama, en pijama, mirando los hoteles raros del sitio web de Lonely Planet del que me hablaste.
Jade dejó el portátil en el suelo y alzó la mirada hasta el tablero de los lugares que quería visitar.
Son increíbles, ¿verdad? Algún día tenemos que viajar por el mundo y verlos juntos.
Me hace pensar que me habría gustado tomarme un año sabático después de la uni para irme de mochilera con mis amigas.
¿Por qué no lo hiciste?
Qué pregunta tan tonta. Para mi familia, el dinero no crece en los árboles.
«Ojalá fuera así», pensó Jade. Sus padres no estaban forrados y había tenido que pagarse los estudios. Debía devolver un préstamo de estudiante del tamaño del río Tyne, mientras que todas sus compañeras de piso de la uni se habían marchado vivir sus sueños y viajar por Estados Unidos. Sus constantes publicaciones en Facebook con fotos de todas divirtiéndose sin ella la irritaban profundamente.
Tengo que dejarte, nena. Mi padre quiere que le ayude a dar de comer a las vacas. ¿Me escribirás luego?
¿Estás de broma?
Jade estaba irritada al ver que apenas habían compartido tiempo después de llevar tantas horas esperando a hablar con él.
Te quiero. Besos.
Sí, lo que tú digas.
Jade dejó el móvil sobre la cama. Al cabo de unos momentos, lo cogió y volvió a teclear.
Yo también te quiero. Besos.
Jade salió de debajo del grueso edredón y puso el teléfono a cargar en la mesilla de noche. Echó un vistazo al espejo de cuerpo entero, con fotografías de las amigas ausentes pegadas con cinta adhesiva al marco, y se juró reducir los círculos oscuros en torno a sus ojos azules durmiendo mejor y bebiendo más agua. Decidió ir a cortarse el pelo rojo y rizado durante el fin de semana y regalarse un bronceado en espray. Siempre se sentía mejor cuando su piel clara tenía un toque de color.
Volvió a meterse en la cama y se preguntó hasta qué punto sería distinta su vida si se hubiera tomado ese año sabático con sus amigas. Tal vez le habría dado el coraje necesario para resistirse a las presiones de sus padres para que regresara a Sunderland después de pasar tres años estudiando en Loughborough. Era el primer miembro de su familia que iba a la universidad, y sus padres no entendían por qué no había una fila de empresas aporreando su puerta con ofertas de trabajo desde el mismo instante de su graduación. Y cuando las facturas de la tarjeta de crédito y los préstamos empezaron a amontonarse, no tuvo más remedio que elegir entre declararse insolvente a los veintiún años o volver a la casa adosada familiar de la que creía haber escapado.
No le gustaba la persona rabiosa y frustrada en que se había convertido, pero no sabía cómo cambiar. Estaba resentida con sus padres por hacer que regresara y empezó a distanciarse de ellos. Para cuando pudo permitirse alquilar su propio piso, apenas se hablaban.
También les echaba la culpa de haber fracasado en el intento de iniciar una carrera profesional en el sector del turismo y los viajes. Sus padres la habían obligado a pasar la jornada laboral detrás del mostrador de recepción de un hotel de las afueras. Tenía que ser un empleo temporal, pero en algún momento se había convertido en uno fijo. Jade estaba harta de sentirse tan enfadada con todo el mundo y anhelaba volver a la vida que había imaginado originalmente para sí misma.
Los únicos momentos felices de cada día eran los que dedicaba a hablar con el hombre con el que la habían emparejado en ADN Compatible. Kevin.
Sonrió al mirar la foto más reciente que tenía de Kevin, que la observaba desde su marco, en la librería. Tenía el cabello y las cejas de un rubio tan claro que casi parecía blanco, una sonrisa que se extendía de oreja a oreja y un cuerpo bronceado, delgado pero musculoso. No habría podido imaginarlo mejor ni aunque hubiese querido.
Él solo le había enviado un puñado de fotos durante los siete meses que llevaban hablando, pero desde la primera vez que conversaron por teléfono y Jade experimentó el escalofrío del que hablaban las revistas, estaba segura de que no había ningún hombre en la tierra más adecuado para ella.
A veces el destino se portaba como un cabrón: había puesto a su Pareja al otro lado del mundo, nada menos que en Australia. Tal vez pudiera conocerle en persona algún día, si es que le alcanzaba el dinero.
4
Nick
—Deberíais hacerlo, chicos —les animó Sumaira, con una amplia sonrisa y un brillo perverso en los ojos.
—¿Por qué? Yo ya he encontrado a mi alma gemela —dijo Sally, entrelazando sus dedos con los de Nick.
Nick se inclinó sobre la mesa del comedor y cogió el prosecco con la otra mano. Se sirvió las últimas gotas.
—¿Alguien quiere más vino? —preguntó.
Después de un sí entusiasta de los otros tres invitados, soltó la mano de su prometida y fue hasta la cocina.
—Pero queréis estar seguros, ¿no? —insistió Sumaira—. O sea, hacéis muy buena pareja y todo eso, pero nunca se sabe quién puede haber por ahí...
Nick regresó de la cocina con la botella, la quinta de la noche, y fue a servirle a Sumaira un poco más de vino.
Deepak apoyó la mano encima de la copa de su esposa.
—Ya tiene bastante, colega. Doña Boca Suelta ha bebido suficiente para una sola noche.
—Aguafiestas —le espetó Sumaira, haciendo una mueca. Se volvió de nuevo hacia Sally—: Yo solo digo que más vale que te asegures de haber encontrado a tu alma gemela antes de caminar hacia el altar.
—Qué romántica eres —dijo Deepak, poniendo los ojos en blanco—. Pero no te toca a ti decidir por ellos, ¿verdad? Si no están rotos, no trates de arreglarlos.
—Pero a nosotros nos funcionó el test, ¿no? Lo sabíamos de todos modos, pero nos dio la seguridad añadida de que siempre habíamos estado destinados a estar juntos.
—¿Podemos no convertirnos en una de esas parejas santurronas y engreídas, por favor?
—No te hace falta estar en pareja para ser santurrón y engreído, cariño.
Ahora le tocó a Sumaira poner los ojos en blanco. Apuró su copa bajo la mirada atenta de su marido.
Nick apoyó la cabeza en el hombro de su novia. A través de la ventana, contempló las luces cegadoras de los faros y las figuras paradas en la acera, delante del pub. Vivían en un loft cuyas ventanas se extendían desde el suelo hasta el techo, por lo que le resultaba inevitable ver la calle llena de gente y recordar su vida de antes. Hasta hacía poco tiempo, acostumbraba a pasar las noches recorriendo los bares de moda de Birmingham, quedarse dormido en el bus nocturno y despertar a muchas paradas de su casa.
Sin embargo, sus prioridades habían cambiado de forma casi inmediata cuando conoció a Sally. Sally tenía treinta y tantos años, cinco más que él, y Nick supo tras la primera conversación que mantuvieron, acerca de viejas películas de Hitchcock, que era distinta de las demás. Al principio de su relación, ella disfrutaba abriendo la mente de Nick a nuevos destinos de viaje, nuevos alimentos, nuevos artistas y nueva música, y él empezó a ver el mundo desde una perspectiva diferente. Cuando miraba sus pómulos pronunciados, su corto pelo castaño y sus ojos grises, confiaba en que algún día los hijos de ambos heredaran la belleza y apertura mental de su madre.
Nick no estaba muy seguro de qué era lo que él le ofrecía a Sally a cambio. Cuando le propuso matrimonio en un restaurante de Santorini, en el tercer aniversario de la relación, ella se echó a llorar de tal manera que le costó entender si había dicho que sí o que no.
—Si vosotros dos sois el mejor ejemplo de lo que es encontrar una Pareja ideal, prefiero que Sal y yo nos quedemos como estamos —bromeó Nick. Se quitó las gafas para frotarse los ojos cansados, cogió su cigarrillo electrónico y vapeó unas cuantas veces—. Llevamos juntos casi cuatro años y, ahora que ella ha prometido amarme, respetarme y obedecerme, estoy seguro al cien por cien de que estamos hechos el uno para el otro.
—Un momento. ¿Has dicho «obedecerte»? —le interrumpió Sumaira, levantando una ceja—. Pues que tengas suerte.
—Tú me obedeces a mí —añadió Deepak, seguro de sí—. Todo el mundo sabe que soy yo quien lleva los pantalones en nuestra relación.
—Los llevas tú, cariño, pero pregúntate quién te los compra.
—¿Y si no estamos hechos el uno para el otro? —preguntó Sally de pronto.
Hasta ese momento, Nick había escuchado aparentemente divertido mientras Sumaira intentaba convencerles de que se hicieran los tests de ADN Compatible. No era la primera vez que sacaba el tema en los dos años que hacía que se conocían, y Nick estaba seguro de que no sería la última. La amiga de Sally sabía mostrarse beligerante y persuasiva al mismo tiempo. Pero a Nick le sorprendió oír las palabras de Sally. Siempre había estado en contra de ADN Compatible, igual que él.
—¿Perdona? —dijo.
—Sabes que te quiero con todo mi corazón y que deseo pasar el resto de mi vida contigo, pero ¿y si en realidad no somos almas gemelas?
Nick frunció el ceño.
—¿A qué viene eso?
—No viene a nada en concreto. No te preocupes, no es que me esté arrepintiendo ni nada parecido. —Sally le dio una palmadita tranquilizadora en el brazo—. Simplemente, me preguntaba si no nos estaremos conformando con pensar que estamos hechos el uno para el otro. Igual estaría bien saberlo seguro.
—Debes de estar borracha, nena —dijo Nick, sin hacerle caso. Se rascó la barba incipiente y añadió—: Estoy absolutamente satisfecho con lo que sé y no necesito que ningún test me lo diga.
—He leído en internet que ADN Compatible va a romper unos tres millones de matrimonios. Aunque, dentro de unos años, el divorcio ya casi no existirá —dijo Sumaira.
—Claro, porque el matrimonio prácticamente habrá desaparecido —le contestó Deepak—. Se habrá convertido en una institución anticuada. No hará falta demostrarle nada a nadie, porque todo el mundo estará emparejado con la persona con la que esté destinado a estar.
—La verdad, no me estás ayudando —dijo Nick, y clavó el tenedor en los restos del pastel de queso con arándanos de Sally.
—Perdona, tío, tienes razón. Vamos a brindar. Por la certeza de la suerte.
—Por la certeza de la suerte —respondieron los demás, y entrechocaron sus copas contra la de Nick.
Todas las copas menos la de Sally alcanzaron la suya.
5
Ellie
Ellie arrastró la pantalla de su tablet y se desanimó al ver la larga lista de tareas que debía completar antes de que finalizase la jornada laboral.
Ula, su eficiente secretaria, actualizaba y ordenaba la lista por orden de prioridad cinco veces al día, aunque Ellie jamás se lo pedía. No le parecía útil. Muy al contrario: a menudo experimentaba sentimientos de hostilidad hacia la tablet y la propia Ula por recordarle que no era capaz de hacer todas las tareas de la lista. A veces le entraban ganas de obligar a Ula a tragarse el dispositivo.
Al crear la empresa, Ellie decidió contratar personal de confianza en el que delegar gran parte del trabajo. Sin embargo, no lo hacía e iba aceptando poco a poco el calificativo de «puñetera controladora» que le había impuesto un ex novio.
Ellie echó un vistazo al reloj. Eran las 22.10, y comprendió que ya se había perdido la invitación a copas de su director de operaciones, que acababa de tener un hijo. Dudaba que nadie hubiese dado crédito a su promesa de acudir, porque rara vez encontraba tiempo para confraternizar. Aunque animaba a su personal a hacerlo e incluso financiaba el club social de la empresa, nunca tenía tiempo suficiente para participar, a pesar de sus buenas intenciones.
Ellie soltó un prolongado bostezo y miró por las ventanas que se extendían desde el suelo hasta el techo. Su despacho, ostentosamente poco ostentoso, se hallaba en la planta setenta y uno del edificio Shard de Londres, y las vistas panorámicas le permitían divisar la otra orilla del Támesis y las luces de colores que iluminaban el cielo nocturno hasta perderse en el horizonte.
Bajó de sus tacones Miu Miu y caminó descalza por las gruesas alfombras blancas que cubrían el suelo en dirección al mueble bar del rincón. Hizo caso omiso de las botellas de champán, vino, whisky y vodka y sacó de la nevera una bebida energética. Se sirvió un vaso con unos cubitos de hielo y dio un sorbo. Se percató de que la decoración del despacho era tan escasa como la de su casa. No decía nada sobre ella. Cuando tus propias decisiones no te gustaban lo suficiente, era mucho mejor pagar a diseñadores de interiores para que las tomaran por ti.
La prioridad de Ellie era su empresa, no el recuento de hilos del algodón egipcio que cubría su cama, cuántos cuadros de David Hockney tenía colgados en la pared o el número de cristales de Swarovski que se había utilizado en la araña del vestíbulo.
Regresó a su escritorio y miró de mala gana la lista de tareas pendientes para el día siguiente que Ula ya le había preparado. Esperó a que su chófer y jefe de seguridad Andrei la llevara a casa, donde tenía previsto leer las sugerencias del departamento de relaciones públicas sobre su próxima presentación ante los medios de comunicación acerca de una nueva actualización de su aplicación. Esa actualización revolucionaría el sector, así que tenía que hacerlo bien.
El día siguiente a las cinco y media de la mañana, un peluquero y un maquillador acudirían a su casa de Belgravia y la prepararían para grabar las entrevistas de televisión con la CNN, BBC News 24, Fox News y Al Jazeera. Después, se sentaría con un periodista de The Economist, posaría para unas fotografías para la Asociación de Prensa y, con un poco de suerte, volvería a estar en casa a las diez de la mañana. No era la mejor forma de empezar el sábado, pensó.
El publicista de Ellie había advertido a las agencias de noticias que solo estaba dispuesta a hablar de su trabajo y que rehusaría responder cualquier pregunta sobre su vida personal. Ese era el motivo de que hubiera rechazado recientemente protagonizar un artículo en Vogue con la participación de la legendaria fotógrafa Annie Leibovitz. El reportaje habría sido muy extenso y lo habrían reproducido publicaciones de todo el mundo. Sin embargo, no le valía la pena renunciar a su privacidad, que ya había sufrido lo suficiente a lo largo de los años.
Ellie siempre se mostraba reservada con su vida personal. Además, no quería manifestarse públicamente sobre las críticas que recibía su empresa y prefería que el equipo de relaciones públicas se encargara de abordarlas. Había aprendido de los errores que cometió el difunto Steve Jobs al manejar el problema de la antena del iPhone 4 y el perjuicio que en su momento había causado a la reputación tanto de la marca como de su presidente ejecutivo.
Su teléfono móvil personal se iluminó sobre la mesa. Pocas personas tenían el privilegio de conocer ese número o su dirección privada de correo electrónico: de hecho, solo una docena de sus cuatro mil empleados en todo el mundo y los miembros de su familia, a los que apenas tenía tiempo de ver. No era que no pensase con frecuencia en sus parientes, a los que había dado suficiente dinero a lo largo de los años para compensar su ausencia. Todo se reducía a la falta de horas suficientes en el día y a la falta de entendimiento mutuo. Ellie no tenía hijos; ellos sí. Ellos no tenían que dirigir una empresa de miles de millones de libras; Ellie sí.
Cogió el móvil y reconoció la dirección electrónica de la pantalla. Abrió el correo, movida por la curiosidad. «Se ha confirmado una Compatibilidad en ADN Compatible», decía. Frunció el ceño. Aunque se había registrado en el sitio web hacía mucho tiempo, su reacción inmediata fue pensar que uno de sus empleados le estaba gastando una broma.
«Ellie Ayling, su Pareja ideal es Timothy, varón, de Leighton Buzzard, Inglaterra. Siga las instrucciones para acceder a su perfil completo.»
Dejó el teléfono encima de la mesa y cerró los ojos.
—Lo que me faltaba —murmuró para sí, y apagó el móvil.
6
Mandy
—¿Has tenido ya noticias suyas?
—¿Te ha enviado algún SMS o correo electrónico?
—¿De dónde es?
—¿A qué se dedica?
—¿Cómo es su voz? ¿Profunda y sexy, o tiene acento?
La familia de Mandy la acribillaba a preguntas. Sus tres hermanas y su madre, sentadas a la mesa del comedor, estaban hambrientas de información acerca de su Pareja ideal, Richard, y del contenido de las cuatro cajas de pizza para llevar, pan de ajo y salsas que se extendían ante ellas.
—No. No. De Peterborough. Es entrenador personal, y no, no sé cómo es su voz —respondió Mandy.
—¡Pues enséñanos su foto! —pidió Kirstin—. Me muero de ganas de verle.
—Solo tengo un par que he copiado de su perfil de Facebook.
En realidad, eran al menos cincuenta, pero Mandy no quería que supieran lo ilusionada que estaba.
—¡Ay, Dios mío, no quieres enseñárnoslas porque te ha enviado una foto de su pito! ¿A que sí? —exclamó su madre.
—¡Mamá! —replicó Mandy con voz ahogada—. Ya te he dicho que aún no hemos hablado y, desde luego, no he visto ninguna foto de su pito.
—Dejémonos de pitos y a comer —dijo Paula, y le ofreció a su hermana un trozo de pizza.
Mandy sacudió la cabeza. Creía firmemente que, aunque sus hermanas con pareja podían permitirse descansar en los laureles y comer hasta hartarse, ella debía tener cuidado con lo que comía. Tampoco importaba que fuese una excepción; según Grazia, a veces la diferencia entre una talla 48 y una talla 50 podía depender de un solo bocado.
Mandy seleccionó la foto de Richard sin camiseta y equipado para hacer surf y pasó el móvil alrededor de la mesa para que su familia la viera.
—¡Joder, si es una criatura! —chilló Paula—. ¡Está muy bueno, pero debe de tener diez años menos que tú! Conque tienes un novio yogurín, ¿eh? ¡Menuda lagarta!
—¿Y cuándo le conocerás? —preguntó Kirstin.
—Aún no lo sé, primero tenemos que conversar.
—Está esperando a que le mande otra foto de su pito para asegurarse de que da la talla —dijo Karen.
Todas se echaron a reír.
—Tenéis una mente muy sucia —dijo Mandy—. Ojalá no os hubiese dicho nada.
Por una vez, estaba contenta de tener una buena noticia que compartir con su familia acerca de su vida amorosa. Con tres hermanas más jóvenes que habían sentado la cabeza y se habían casado, todas ellas con sus parejas Compatibles, se sentía plagada de inseguridades y empezaba a tener la sensación de haberse quedado al margen, sobre todo desde que habían empezado a tener hijos. Mandy era una divorciada de treinta y siete años y comenzaba a sentir que nunca había sido otra cosa. Sin embargo, desde que Richard había llegado a su vida, aunque fuese en fotografía, el futuro se presentaba brillante y no podía dejar de pensar que las cosas iban a cambiar para mejor.
El correo electrónico de confirmación que había recibido de ADN Compatible indicaba que Richard había marcado la casilla, lo que significaba que autorizaba a enviar su información de contacto en caso de Compatibilidad. También habría recibido una notificación y la información de contacto de Mandy. No obstante, aún no la había llamado ni le había enviado ningún mensaje. El suspense la estaba matando. Sin embargo, en el fondo Mandy era una anticuada y creía que era tarea del hombre perseguir a la mujer.
—Muy bien, esto es lo que tienes que hacer —empezó Kirstin—. Para empezar, envíale un SMS. Toma la iniciativa y fija una fecha para que os conozcáis en persona, en un restaurante o algo así... uno de esos elegantes, como Carluccio’s o Jamie’s. Luego hazle esperar unas cuantas citas hasta que te dejes besar, así que ni hablar de lo otro.
—¡Anda ya! —interrumpió Paula, que dio una larga calada de su cigarrillo electrónico—. Lo bueno de ser Compatible con alguien es que no tienes que marear la perdiz. Sabéis que sois perfectos el uno para el otro, así que ya podéis poneros a follar como descosidos.
Mandy notó que el rostro se le ponía escarlata.
Su madre sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco.
—Mandy no es como tú, Paula —dijo Karen—. Siempre se toma las cosas con calma.
—Sí, y mira lo que ha conseguido. —Paula se volvió hacia Mandy y le dijo—: No te ofendas. Quiero decir que ya no hace falta que vaya tan despacio. Mamá daría el brazo derecho por volver a ser abuela, y Karen y yo nos hemos gastado tanto en vaginas de diseño que no queremos sacar a empujones a otro crío. Y, Kirstin, ya sé que las lesbianas también pueden tener niños, pero estás demasiado ocupada acostándote con quien te apetece para pensar siquiera en sentar la cabeza. Mandy, el nieto número cuatro depende de ti. Piénsalo, a estas alturas del año que viene podrías estar casada y embarazada.
Todas miraron con aprensión a Paula, que se apresuró a decir:
—Perdona. Lo he dicho sin pensar.
—No pasa nada —contestó Mandy, clavando la vista en la mesa.
Mandy, que siempre anheló tener un hijo, había sufrido dos abortos. Ella y Sean, su amor de la infancia, se habían casado nada más acabar los estudios, habían ahorrado para comprarse una casa y habían intentado formar una familia. Perder a aquellos bebés había supuesto una tremenda conmoción para ella y fue una de las causas de la ruptura. Algunas noches, cuando el silencio era su única compañía en el dormitorio, le parecía oír el tictac de su reloj biológico. Le quedaban menos de diez años para concebir un hijo y, aunque lo consiguiera, no estaba segura de poder llevar el embarazo a término. En las tardes que pasaba cuidando de sus sobrinos, ansiaba tener una persona a la que amar de forma incondicional. Quería a los hijos de sus hermanas, por supuesto, pero no era lo mismo. Mandy soñaba con tener a alguien que hubiese contribuido a crear y moldear, que dependiese de ella, que la necesitara, que siempre acudiera a ella en busca de consejo y que, hasta el día de su muerte, la llamara «mamá».
La posibilidad de convertirse en una soltera sin hijos representaba una perspectiva aterradora y, a medida que los años pasaban a toda velocidad, a Mandy le preocupaba que aquella posibilidad fuese cada vez más una probabilidad.
—Me parece que os estáis adelantando un poco —dijo Mandy—. Voy a esperar a que sea él quien dé el primer paso y ya veremos lo que pasa entonces, ¿vale?
Las demás asintieron con la cabeza, aunque de mala gana. Mandy recordó que, no hacía mucho tiempo, la idea de registrarse en ADN Compatible no la convencía del todo. Su matrimonio empezó a tener problemas por culpa de los abortos, pero la catástrofe se produjo cuando Sean la dejó de repente por otra mujer que le sacaba once años. Había hecho el test sin que Mandy lo supiera y había encontrado a su Pareja ideal. Sean le pidió el divorcio de inmediato y, tras la venta de la casa, se mudó a un château próximo a Burdeos para estar con su Pareja francesa. A Mandy le tocó recoger los pedazos: un pisito minúsculo y un corazón roto.
ADN Compatible había dejado de ser el enemigo: el tiempo había sanado la relación de Mandy con esa idea. Y ahora, después de tres años como soltera, estaba dispuesta a compartir de nuevo su vida con otra persona, esta vez con alguien hecho para ella y no encontrado por azar. ¿Qué podía salir mal?
Esperaba que su Pareja pensara lo mismo, aunque se estaba tomando su tiempo. Rogó que no estuviese ya casado y que ella no fuese a romper un hogar feliz, como Régine le había hecho a ella, solo para conseguir el marido y el hijo que le correspondían por derecho.
7
Christopher
Christopher se sentó delante del escritorio antiguo, en el trastero situado en la parte posterior de su dúplex.
Encendió las dos pantallas de ordenador y los teclados inalámbricos Bluetooth, y ajustó sus posiciones hasta que estuvieron perfectamente paralelos entre sí. Abrió los correos electrónicos en la primera pantalla; en la segunda, repasó el nombre de varios programas antes de hacer clic en el enlace «¿Dónde está mi teléfono?» que se había bajado unos meses atrás. Veinticuatro números de teléfono distintos aparecieron en la pantalla, pero solo dos parpadearon en un intenso color verde para indicar que sus usuarios estaban en movimiento. Eso resultaba bastante habitual a aquellas horas de la noche, razonó.
Fue el penúltimo número de teléfono el que despertó su curiosidad. Abrió un mapa en la barra de herramientas y añadió un círculo rojo para indicar dónde estaba la usuaria. El sistema GPS de su móvil ofrecía tanto su ubicación actual como la calle en que vivía.
De acuerdo con su patrón típico de comportamiento, la Número Siete habría acabado ya su turno en el restaurante barato del Soho especializado en pollo donde trabajaba hasta las once de la noche aproximadamente. A continuación, habría cogido el autobús número 29 para volver a casa. Seguro que se metería en la cama en menos de una hora, porque su segundo empleo, como limpiadora de despachos, empezaba en el centro de Londres a las seis de la mañana. El trabajo de Christopher empezaría entre esas horas.
Al limitar sus opciones, había tenido en cuenta cómo llegaría hasta ellas, y conocía muy bien la distancia entre su propia casa y cada una de las suyas. Gracias a los errores de otros como él, había aprendido que no debía haber ningún patrón en cuanto a la ubicación de sus objetivos: que todo fuera casual en la superficie, pero perfectamente ordenado en el fondo. Y, con el paso del tiempo, había descubierto a qué viviendas convenía acudir en coche, para cuáles era más adecuada la bicicleta y a qué ubicaciones se llegaba mejor a pie.
El piso de la Número Siete estaba a solo veinte minutos a pie de su propia casa.
—Perfecto —murmuró, satisfecho de sí mismo.
Sin embargo, su mirada se apartó del círculo rojo para clavarse en la otra pantalla y sus docenas de cuentas de email. El mensaje de ADN Compatible permanecía sin abrir desde que apareció en la bandeja de entrada cuatro noches atrás, cuando estaba preocupado por la Número Seis. Al verlo de nuevo, sintió curiosidad por la mujer más indicada para él según su propia biología. Al menos, esperaba que fuera una mujer: había leído historias acerca de gente Compatible con alguien del mismo sexo o mucho mayor. Christopher no quería ser amado por un marica o un carcamal; de hecho, no quería ser amado por nadie. Durante sus treinta y tres años de vida, había desperdiciado el tiempo suficiente en relaciones breves para comprender que hacía falta mucho esfuerzo para satisfacer a otra persona. Aquello no era para él.
No obstante, pese a todos los inconvenientes que presentaba una posible Pareja ideal, seguía queriendo saber quién sería la suya. Miró por la ventana hacia la oscuridad del jardín y se permitió imaginar lo divertido que sería continuar con su proyecto mientras fingía llevar una existencia normal y prosaica como mitad de una pareja.
Abrió el mensaje. «Amy Brookbanks, mujer, 31 años, de Londres, Inglaterra», decía, e incluía la dirección de correo electrónico. Le gustó que no hubiera dado el número de móvil; era prudente. Muchas de las chicas de su lista no habían mostrado semejante grado de previsión, y esa había sido su perdición. Y lo seguiría siendo. Decidió que, cuando regresara a casa esa noche, le enviaría a Amy un correo electrónico y se presentaría, solo para ver qué decía.
Tal como esperaba, en la otra pantalla, la ubicación del número de teléfono de la Número Siete permanecía estacionaria. Satisfecho, apagó los dos monitores, cerró la puerta de la habitación con llave y fue directamente hacia el armario de la cocina en el que guardaba su mochila preparada. Metió el hilo cortaqueso con empuñaduras de madera que acababa de desinfectar, el móvil de prepago y su número pegado con cinta adhesiva, los guantes y la cámara Polaroid.
Christopher se puso el abrigo y echó un vistazo a la cámara. No era un modelo original de los años setenta, porque el soporte necesario para las copias resultaba demasiado fácil de rastrear. Su cámara utilizaba un papel fácil de conseguir y tenía muchas funciones, como filtros de color. Cada Número de su lista había utilizado la misma foto de perfil que tenía colgada en Instagram. Christopher cerró la puerta de su casa, se ajustó las tiras de la mochila y echó a andar a buen paso por la calle silenciosa. Quería que sus Números mantuvieran su mejor imagen, incluso en la muerte.
8
Jade
Jade contempló divertida cómo Shawna y Lucy, las esteticistas treintañeras del spa del hotel, abrían las bolsas de plástico de Aldi para sacar sus deprimentes almuerzos.
En la bolsa de Shawna había un envase de humus con pimientos bajo en calorías y media docena de ramitas de apio cortadas en rodajas finas y envueltas en film transparente. Lucy, por su parte, empezó a comerse un panecillo sin gluten con semillas y una sopa instantánea de pollo que aún humeaba tras calentarla en el microondas del comedor de personal.
Jade sacó el táper del bolso. Llevaba una bolsa de aperitivos de maíz con sabor a cebolla y vinagre, un paquetito de galletas con chocolate, un robusto bocadillo de jamón de York con pepinillos y una lata de Pepsi. No deseaba imitar la dieta de sus compañeras de trabajo. «Que le den a la operación biquini»
