No morirás (Nicolás Valdés 3)

Blas Ruiz Grau

Fragmento

Capítulo 1
1

Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 4.04 horas. Madrid

«Qué fácil es empujar a la gente, pero qué difícil guiarla.»

La frase, pronunciada por el premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore, resonó en su cabeza. Nunca había leído nada de su obra. No le interesaba, ya que la poesía no iba con él, pero esa frase se quedó un día grabada a fuego en su cerebro y de vez en cuando la recordaba.

Aquella era una de esas veces, quizá porque la ocasión le venía que ni pintada.

Llevaba un buen rato dándole empujones en su espalda.

No quería andar y, en cierto modo, era lo lógico. Era la respuesta más normal frente a una situación como la que se le planteaba. La chica no era estúpida y, aunque no le había revelado el fin de ese viajecito que estaban realizando juntos, seguro que intuía que, de los dos, solo volvería uno.

En uno de esos empujones ella acabó en el suelo. Él, convencido de que no era para tanto, creyó que se había dejado caer, desesperada, así que no tuvo inconveniente en mostrar cierto grado de paciencia para que volviera a ponerse en pie. Tenía y a la vez no la tenía, era difícil de explicar. Siguió mirándola mientras le concedía ese respiro, pero si lo prolongaba demasiado no dudaría en tomarla por las axilas y emplear toda la fuerza de sus brazos para levantarla. No sería un gesto misericordioso, ni mucho menos, sino para demostrar que allí sucedería exactamente lo que él quería que sucediera. Sería absurdo mostrar compasión en aquellos momentos teniendo en cuenta lo que iba a pasar. Mejor guardar ese cinismo para otras ocasiones. Menuda pérdida de tiempo no saborear algo que dejaba tan buen gusto en su paladar sin necesidad de aderezo.

Al final ella se puso en pie sin que él tuviera que intervenir.

«Mejor», pensó.

El frío no era tan intenso como uno esperaba a tan avanzadas horas de la madrugada, sobre todo para ser noviembre. Aunque, a decir verdad, no estaba en posición de afirmar si en realidad no lo hacía o era él el que no lo notaba. El flujo de sangre que recorría sus venas era tan constante y endiablado que llegó a considerar que era eso lo que le proporcionaba esa cálida sensación en el cuerpo. Le hubiera gustado tener delante al que dijo que los psicópatas no eran capaces de experimentar ningún tipo de emoción. No por nada en especial, sino solo para tener un interesante debate acerca de si eso era verdad.

Él sentía cosas. Vaya si las sentía.

Se referían a él como psicópata, pero le hubiera encantado discutir con el primero que le asignó ese calificativo... y también con los siguientes, porque creía que estaban muy desencaminados.

No lo era en modo alguno. La gran cantidad de libros que había leído sobre el tema confirmaban que él no padecía esa anomalía psíquica, ni por su carácter ni por su forma de actuar. ¿Puede que estuviera equivocado? Por supuesto, no era tan estúpido como para considerarse el portador de la verdad absoluta, de la universal, pero asociaba la palabra «psicópata» a una persona que causaba dolor con el único propósito de sentir satisfacción personal. Y por más que lo intentaba, no encontraba esa satisfacción por ningún lado. Sabía que sus actos se podían entender como una necesidad de justicia y venganza que en ningún caso podría verse satisfecha de otro modo. Lo suyo no era matar por matar: todo lo hecho, todo lo que quedaba por hacer, todo escondía un sentido, un propósito, un fin.

Pero si otros necesitaban llamarlo psicópata, que lo hicieran. Ellos eran los expertos, ¿no?

Él se limitaría a seguir con su labor y punto.

Cuando llegaron a las escaleras —tantas veces ascendidas durante las últimas semanas para ir preparando el terreno—, ella se detuvo en seco.

Otra vez. Su paciencia tenía un límite y, aunque ya había previsto que sucediera en más de una ocasión, notó cómo el vaso estaba cada vez más lleno. A punto de desbordarse. Pero no dejaría que ocurriera, no, porque entonces todo perdería su significado.

Ella se volvió y lo miró directamente a los ojos. Las palabras pugnaban por salir de su boca, pero una mordaza se lo impedía. Aun así, él no necesitaba que ella dijera nada para saber que lo que haría sería rogar, una vez más, que no le hiciera daño. O, sabiendo que eso era una quimera, que no lo alargara más y que pusiera fin cuanto antes a aquel suplicio. Que le quitara la vida ya.

Tampoco es que hiciera falta ser un genio para saber lo que sus ojos imploraban... Últimamente había pensado mucho en lo bien que se le daba leer los ojos de la gente. Había escuchado muchísimas veces que todo se mostraba reflejado en ellos pero, hasta que no acabó con una vida con sus propias manos, no lo pudo comprobar. Recordaba esos ojos constantemente. No porque se le aparecieran en sueños y le provocaran pesadillas, no. Ese reflejo que vio en los ojos del carnicero de ese pueblucho alicantino le confirmaron que lo que hacía era justo lo que debía hacer. Que a esa persona le tocaba pagar por sus actos pasados y que sabía que había llegado el momento de que se hiciera justicia.

Todo eso le contaron sus ojos.

Ella no dejaba de mirarlo. Aún reflejaban súplica, rogaban por una clemencia que no iba a llegar.

Trató de contenerse, pero no lo pudo evitar.

Fernando —o como casi todo el mundo lo llamaba: el Mutilador de Mors— dibujó en su rostro una siniestra sonrisa. Una sonrisa que no hizo más que confirmar a la chica que moriría, pasara lo que pasase, pero que aún le tocaba esperar. Puede que no mucho, pero su destino estaba grabado en piedra con martillo y cincel. Fernando había sido más paciente que nunca, esperando un año entero a que llegara este día en concreto, y no se saldría de la línea trazada.

Además, con el ritmo establecido.

Durante los últimos días, las visitas al zulo en el que estaba encerrada Carolina Blanco se incrementaron. Ella, que no era nada ignorante, se dio cuenta de que las cosas ya no andaban bien. Intuía que su intervención en el show era próxima. Y, de hecho, no se equivocaba: estaba a punto de llegar.

Tocaba entrar en escena.

Fernando trató de que su prolongada estancia en el subsuelo, dentro de esas cuatro —no le costaba reconocer que asfixiantes— paredes, fuera lo más plácida posible. ¿Eso era de monstruos? Ella era su rehén. Eso era un hecho indiscutible, la realidad no había sido disfrazada. Eufemismos, los justos. Aunque tenía en sus manos hacer que su estancia durante ese confinamiento fuera más cómoda, ¿por qué no? Para ello la mujer disponía de agua caliente, que él mismo traía en un termo tres veces a diario. Fernando sabía que Carolina la empleaba sabiamente en asearse. Parecía haber aceptado su papel dentro del juego que iba a poner encima de la mesa y eso permitió que él se hubiera podido centrar más en todo lo que estaba a punto de acontecer y que, además, la compensara con otras comodidades por ser tan buena huésped. Incluso le llevó un colchón, no nuevo, eso sí, pero al menos ya no tendría que dormir en el frío y duro suelo. Ella, al ver que su situación —aunque no sabía qué quería exactamente reteniéndola ahí, ya que se negaba a contárselo— mejoraba, consideró que lo mejor era relajarse un poco dentro de lo posible y dejar que los días pasaran. Su actitud varió y abandonó el hermetismo. El resultado fue sorprendente, ya que hasta charlaban de vez en cuando.

A Fernando esa nueva situación le provocaba curiosidad. Y aunque decían que eso fue lo que mató al gato, era de las pocas cosas que le producían cierta satisfacción. Siempre fue reticente a dejarse conocer por otras personas, aunque no le importó con Carolina. Evocó sus primeras conversaciones, cómo él sentía por dentro una especie de lucha interior —que luego catalogó como vana— en la que se negaba a abrirse a la muchacha. Lo que tenía claro era que en ninguna de esas charlas hablaría del inspector. Ni siquiera de pasada. Le daba igual que ella hiciera sus cábalas acerca de por qué permanecía allí abajo privada de libertad; puede que hasta acertara el motivo. No le importaba. No hablarían de él. Sabía que les acarrearía un enfrentamiento tan lógico como innecesario, pues, con toda seguridad, los dos tendrían una visión diferente del bueno del inspector Valdés. Mejor dejar el tema aparcado. De lo que sí hablaban era de libros. Él se sorprendió gratamente cuando empezó a llevarle revistas para que estuviera entretenida y Carolina las rechazó argumentando que, aunque le gustaba leer, no era ese tipo de publicaciones por las que más predilección sentía. Cuando él le preguntó acerca de sus gustos sobre novela, descubrió que eran muy similares a los suyos. Incluso ella le llegó a recomendar alguna que Fernando leyó ávidamente y que le encantó, le dejó un muy buen sabor de boca.

Lo malo de aquello era que, de algún modo, todo tenía su fin y en los últimos días tuvo que ir cerrando ese grifo de las conversaciones, pues se generaba, a través de ellas, una especie de vínculo con la muchacha que solo dificultaba el plan que estaba a punto de comenzar. No es que sintiera nada extraño, pero antes de que pasara era mejor cortar por lo sano.

Todo era más sencillo así.

Lo malo fue que Carolina se percató. De hecho, Fernando la notaba inquieta durante sus últimas visitas. No lo llegaron a hablar, pero percibía que la muchacha sabía que, fuera lo que fuese lo que iba a suceder, había llegado el momento.

Salió de todos estos pensamientos e indicó con la mirada a la chica que debía comenzar a subir las escaleras. Ella pareció dudar, quizá no por lo que le esperaba, sino porque la oscuridad era tal que apenas se lograba ver nada. Fernando consideró que no era excusa y le dio un nuevo empujón. Otro más. Uno que le indicaba que, pasara lo que pasase, su plan seguiría adelante.

Resignada, comenzó a subir los peldaños.

La observó mientras lo hacía. Le era difícil discernir si sentía o no frío. Tiritaba, pero, claro, en la situación en la que se encontraba también podría tiritar en una cálida noche de julio tras una jornada de cuarenta grados a la sombra. El miedo era lo que tenía.

O eso creía que tenía.

Él también ascendía, pero a una distancia prudencial de la chica —sobre todo por si a ella le daba por cometer una estupidez—. Se fijó en sus manos, perfectamente atadas a su espalda con una soga fina pero resistente. El inspector Valdés vino de nuevo a su mente. No era tan raro que lo hiciera en un momento así. Había pasado poco más de un año desde los incidentes en casa del juez Pedralba. Después de encontrar un nuevo refugio seguro, siguió con atención lo que la prensa contaba acerca del caso. Los medios que merecían la pena, no esas tertulias mañaneras que le provocaban ganas de vomitar, claro. Los serios apenas contaron nada de lo que sucedió aquella noche. Evidentemente, no iban a hablar de que el juez murió por omisión de socorro del inspector. No contarían que su negligencia costó la vida a dos inspectores y a un juez. A la Policía Nacional no le interesaba que se hablara así de uno de los suyos y ocultaron toda la verdad a los ciudadanos. Tampoco le extrañó. Les era mucho más fácil contar que el Mutilador había hecho de las suyas y que, tras una encarnizada lucha, murieron todos a los que ahora se les consideraba héroes. Y el espectador, por supuesto, se lo tragó todo. Con patatas y sin bebida. Lo del país de pandereta y tal. Nada se dijo tampoco, por supuesto, de que al inspector lo suspendieron de empleo y sueldo y de que este, en un arrebato infantil, se montó en el coche y se largó. Huyendo, como un maldito cobarde. A él le costó creerlo. Estaba bien informado de lo que sucedía en la Unidad de Homicidios y Desaparecidos de Canillas y así creyó que era cierto, pero antes de convencerse llegó a pensar incluso que era una maniobra para que él se relajara y así se pudieran echar encima de él al menor descuido, pero las semanas fueron pasando y el inspector no aparecía por ningún lado. Al parecer era cierto. Huyó con el rabo entre las piernas. Menuda decepción.

La peor de todas.

Aunque eso le hizo replantear ciertas partes de su plan que no había conseguido encajar antes. No le vino tan mal. Ni mucho menos.

Mientras averiguaba si era cierto o no esa huida, pudo ver —más cerca de lo que a ellos les hubiera gustado— al amigo del inspector y a su hermana, Alicia. Cuando lo hizo se sintió extraño. Tampoco es que hubiera pasado tanto tiempo para que sus ganas de estrangularlos hubieran decrecido. Pero, a pesar de ello, su mente pasó de odiarlos con todas sus fuerzas, a no sentir absolutamente nada. ¿Cuál era la razón? Ni él mismo se la explicaba, pero no sentía nada. ¿Quizá porque toda su rabia estaba enfocada hacia el inspector Valdés?

Quizá.

Y a lo último, aunque creía que sí, tampoco conseguía darle una respuesta cien por cien segura. Lo único que sí tenía claro fue el momento en el que todo se redirigió hacia su persona: cuando vio caer a su madre al suelo, sin vida.

Esa ira que se apoderó de él. Esas ganas de apretar los ojos del inspector con sus pulgares empleando toda su fuerza. Esa obsesión por verle sufrir hasta que muriera porque se había consumido por dentro. Todo eso es lo que pasó por su cabeza cuando la vio caer.

Además, su forma de ver la misión, su cometido, también cambió.

Creyó en más de una ocasión que su madre era la voz que le decía que frenara cuando esa reconocida impulsividad que a veces lo guiaba aparecía. Y hasta puede que fuera necesaria en aquellos momentos, en ese punto de su obra. Pero ahora no lo veía del mismo modo. De hecho, se veía a sí mismo como hacía ocho años, cuando todo comenzó en Mors. Incluso el infierno que iba a comenzar —para algunos— a partir de aquella noche, se podía llegar a parecer a lo vivido durante aquellos días en el pueblo. La gente tan lista que lo analizaba constantemente lo vería como una vuelta a los orígenes. Y hasta puede que así fuera. El caso es que pensaba que había encontrado el punto tan buscado en el que actuar sintiéndose libre, desatado, por decirlo de algún modo, pero sin llegar a perder ese norte tan necesario para llegar al fin de su empresa.

¿Que el inspector se había escondido debajo de cualquier piedra, a saber dónde?

No pasaba nada porque volvería. Vaya si lo haría.

Siempre creyó en el dicho de que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña iría a Mahoma. Él se encargaría de sacarlo de su agujero. Y más le valía. Más aún si apreciaba a esa gente que antes permanecía junto a él.

Estaba tan metido en sus cavilaciones que ni se dio cuenta de que habían llegado arriba. Antes de comenzar a andar echó un rápido vistazo al paisaje que se veía desde su posición. Todo precioso, sí. Unas vistas idílicas de la capital madrileña. Aunque nada era comparable a las que él ofrecería con su intervención.

Fernando indicó a la muchacha, con un nuevo movimiento de la cabeza, el lugar al que quería que se dirigiera. En esta ocasión ella ni dudó, puede que quisiera no demorar más su muerte.

Continuaron andando atravesando la zona de césped y se adentraron en la asfaltada. Él la guio hacia el punto exacto en el que quería que ocurriese todo. Una vez allí, la empujó agarrándola del trasero para que subiera la pequeña pared que servía como base del famoso monumento. Ella no se inmutó —sabía perfectamente que el interés del Mutilador podría ser cualquiera, menos sexual, ya se lo había demostrado con creces— y, sumisa, empleó su cuerpo para arrastrarse ya que no podía utilizar las manos para trepar el obstáculo. Él sí hizo uso de ellas, cubiertas por unos guantes de nitrilo que impedirían que dejara sus huellas en la escena —algo absurdo para muchos, pues se sabría de sobra que el autor era él, pero era una manía que no conseguía abandonar: la de no dejar más rastro del que él mismo quisiera—. Tras este gesto también sorteó el pequeño muro. Ya estaban arriba. Ya habían llegado al punto justo donde su nueva obra comenzaría. Su obra definitiva.

La más impresionante de todas.

Miró una última vez a su alrededor. Todo despejado. Nada raro debido a la hora que era. Hubo un tiempo en el que un vigilante de avanzada edad deambulaba sin mucho que hacer por los alrededores, pero puede que por el gasto innecesario o, quizá, porque nunca pasaba nada fuera de lo habitual, la Comunidad de Madrid decidió que ese lugar no necesitaba a una persona paseándose por ahí con las manos en la espalda.

Craso error.

Y no porque fuera a mancillar el lugar, que también, sino por lo que sucedería.

A partir de la mañana siguiente las cosas se pondrían interesantes.

Se descolgó la mochila y comenzó a extraer los ingredientes para el plato que iba a preparar. Escuchó cómo la respiración de la chica se aceleraba considerablemente. También emitió gritos ahogados. Él sonrió. Ya no le importaba no mostrar respeto alguno por el ser vivo que tenía delante. Pronto dejaría de serlo.

Cuando sacó de la mochila la herramienta, ella comenzó a patalear y trató de levantarse de una manera un tanto brusca. No sirvió de mucho, pues un certero golpe en la parte baja de su pierna sirvió para que volviera a caer al suelo y quedara a su merced.

Ella se giró tratando de volver a ponerse de pie. Él le colocó sobre la nariz un pañuelo que hizo que, con el paso de los segundos, dejara de sentir de manera gradual, quizá no con la rapidez que solía mostrarse en la ficción, la mayoría de sus músculos. Fernando tuvo que hacer fuerza durante un tiempo para que aquello surtiera efecto. Los ojos de la muchacha comenzaron a cerrarse cuando su cuerpo apenas obedecía ninguna orden. La última imagen que observó fue la más siniestra, sin duda, que vio jamás.

Fernando sonreía como si no estuviera en sus cabales.

Capítulo 2
2

Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 9.07 horas. Madrid

No quitaba ojo de lo que trasteaba el técnico.

Siendo sinceros, no era que le interesara demasiado lo que miraba, ni muchísimo menos, era que, como tantas y tantas veces, estaba poniendo en práctica ese nuevo superpoder que había adquirido. Y es que en los últimos meses había desarrollado la extraña capacidad de mirar fijamente algo, fingiendo que le prestaba atención, cuando en verdad no le importaba una mierda. Visto desde cierto ángulo, podría ser considerado como algo muy útil, pues le permitía seguir en su mundo —por llamarlo de algún modo— mientras todo seguía girando; no obstante, no tardó en suceder lo que él consideraba un gran inconveniente: que le hablaran, lo que descubría su gran engaño.

Y ahora le estaba pasando.

—¿Me ha escuchado, inspector? —repitió el muchacho con un acento que, a pesar de haberlo oído unas cuantas veces ya, él no supo identificar. Parecía sudamericano, pero no lo tenía tan claro.

Esto consiguió que saliera levemente de su ensimismamiento. No demasiado, aunque sí lo suficiente como para repasar de arriba abajo a la persona que estaba a su lado.

Estimó que aún no habría llegado a cumplir los treinta años. Aunque lo cierto era que quizá sería aventurarse demasiado porque a su lado podría tener, perfectamente, el caso del típico adulto encerrado dentro del cuerpo de un niño. Para llegar a esta conclusión se fijó en la forma en la que vestía. Sin ninguna duda, su indumentaria no contribuía demasiado para dotar de madurez a su persona. Las camisetas de temática heavy eran su santo y seña. Al inspector en concreto le importaba poco, pero no hacía falta ser un lince para fijarse en que los más puritanos de aquel lugar miraban al muchacho de reojo mientras cuchicheaban a sus espaldas. El inspector Alfonso Gutiérrez no era de los que juzgaban a la gente, pero entendía que en un sitio así lo hicieran, más cuando el chico alimentaba las habladurías todavía más luciendo pantalones cortos, por debajo de las rodillas, todo el año. Daba igual si el calorcito madrileño lo requería o afuera se podría practicar la pesca en hielo sobre el lago artificial que estaba enfrente del edificio donde trabajaba la Sección de Análisis de la Conducta (SAC): él siempre iba con ese largo de pantalones. Además, o tenía muchos iguales o siempre llevaba el mismo, cosa que a él no le preocupaba porque el chico, desde luego, mal no olía. Las botas marrones enormes con las que calzaba sus pies no eran el último elemento en el que uno solía fijarse, ya que el pañuelo azul con calaveras blancas que lucía se llevaba todas las miradas por lo general. Ni siquiera la larga perilla, rematada con dos minitrenzas muy vistosas, ni sus ojos siempre maquillados con un potente perfilador negro, conseguían que uno no mirase el pañuelo. Alfonso no entendía por qué, pero era así.

Él lo observaba porque llamaba la atención, pero al menos no imitaba a sus compañeros, que se reían de sus pintas cuando el muchacho no los oía para, más tarde, acabar convirtiéndose en presidentes de su club de fans cada vez que el ordenador se les escacharraba.

La hipocresía de siempre.

Un nuevo carraspeo por parte del chaval le hizo volver al planeta Tierra. Su gesto denotaba la impaciencia tras haber requerido varias veces su atención sin éxito. Ahora parecía que sí.

—¿Perdón? —soltó sin más.

—Le he dicho varias veces que ya está —contestó el técnico informático tratando de mantener la compostura.

Aunque parecía haber vuelto al mundo de los vivos, Alfonso necesitó de unos segundos más para poder procesar lo que el joven le intentaba decir. Se sorprendió. ¿De verdad se había ausentado mentalmente tanto como para ni siquiera saber de lo que le hablaban? Vale que en los últimos tiempos no estaba demasiado centrado, pero eso quizá era excesivo.

Cuando por fin fue consciente sintió algo de vergüenza, aunque trató de que no se le notara.

—¿Entonces ya va?

—Sí. No quisiera yo decirle lo que tiene que hacer, pero le recomiendo que la próxima vez me llame cuando tenga algún tipo de problema con su ordenador, más que nada para que no lleguemos a este punto. Tengo que dar explicaciones de cada pieza de hardware que reemplazo y me va a costar explicar lo que ha sucedido aquí.

Alfonso miró el teclado. Le faltaban varias piezas y se veía una enorme raja en la parte inferior derecha. Cuando lo estampó contra el suelo nunca hubiera supuesto que sería tan endeble. ¡Menuda mierda de piezas, que se rompían ante el menor arrebato de ira!

Tomó aire y trató de no emitir las palabras que le subían por el esófago, pero no pudo contenerse.

—Puedes contar la verdad o lo que te salga de las pelotas. Para otras mierdas sí que hay dinero —repuso el inspector saliendo malhumorado del despacho y dejando al chaval sin ningún argumento.

Continuó andando, sin detenerse, hasta que llegó a la máquina de café. Estaba ubicada justo enfrente de la sala de reuniones. Metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de un euro. La miró embobado mientras recordaba cómo su relación con aquella máquina pasó del odio al amor. De hecho, no se le borraba de la memoria la primera vez que tomó un sorbo de uno de esos vasitos de plástico blanco. En cómo, a pesar de que se abrasaba el paladar, mantuvo el líquido en la boca hasta que llegó al aseo y lo escupió dentro del váter. Se vio a sí mismo jurando que jamás volvería a echarse semejante porquería a la boca y, ahora, sin embargo, podía beberse unos cuatro o cinco al día. Tampoco es que hubiera cambiado al cien por cien de opinión en cuanto a su sabor, pero sí era cierto que la necesidad de mantenerse despierto dentro de aquel complejo lo reconcilió con aquel café. Ahora mantenía con él una dependencia rara y enfermiza.

Echó la moneda por la ranura y, descansando su brazo izquierdo encima del gigantesco aparato, esperó a que su bebida estuviera lista. Nada más apoyar la cabeza sobre el brazo y emitir el quinto resoplido en una hora —aunque todavía le quedaban unos tropecientos más ese día—, pensó que se había pasado mucho con el pobre muchacho. No era su culpa. Nada tenía que ver con el mal momento que estaba atravesando. Cada vez le hacía menos gracia tener que pasarse gran parte de su jornada disculpándose por sus cada vez más frecuentes salidas de tono y, como acababa de suceder, arrebatos de ira. Ese era su día a día. Pedir perdón. La parte positiva era que su conciencia, a pesar de la apreciable apatía, seguía funcionando. A su ritmo, pero todavía trabajaba. Ahora el que había pagado el pato era el técnico informático del que disponían para solucionar incidentes, pero otras veces les tocaba a otros inspectores, subinspectores, agentes e, incluso, hasta alguna limpiadora. La excusa de no dormir apenas por las noches, si bien la aceptó a regañadientes al principio, ya no le valía de nada. Lo peor de todo es que era consciente del problema, de cuál podría ser la solución, pero no había ni un músculo de su cuerpo dispuesto a moverse lo más mínimo para que aquello se acabara de una vez por todas.

Lo único que conseguía calmarle un poco, cosa que descubrió casi de manera fortuita, era salir a caminar. La de veces que se rio de su amigo, o examigo, ya no sabía, el inspector Nicolás Valdés por estar siempre tan obsesionado con el ejercicio físico y ahora se veía a él mismo haciendo eso y no se reconocía. Se dio cuenta el día en el que su queridísimo coche —él decía que era vintage, pero lo cierto era que era más viejo que los calendarios— casi pasó a mejor vida y decidió no arrancar. Suerte que se trataba de un simple problema de escobillas, pero lo importante fue que no le quedó más remedio que recorrer a pie la distancia que separaba su casa del trabajo —tampoco demasiada, pero sí más de lo que él se hubiera planteado caminar en su vida— y se percató de que durante el trayecto no pensó en absolutamente nada. ¿Por qué? No lo sabía, pero hacía eones que no conseguía que su cabeza estuviera tan quieta. Intrigado, ya con su coche funcionando de nuevo, decidió dejarlo aparcado en la puerta de casa y repetir. Lo mismo. La cosa evolucionó hasta tal punto que volvió a recorrer esa distancia en coche, pero antes de acudir al trabajo, cada mañana, salía a dar un paseo de más o menos media hora. Era su momento. El único que lo libraba del caos.

Aunque durante el resto del día volvía a ser el demonio en el que se estaba convirtiendo, lleno de rabia, con unas ganas de gritar que ya eran habituales.

Ganas que, por otro lado, debía contener a toda costa.

Más que nada porque, bueno, cuando uno tenía razón —o creía tenerla—, se podía aceptar que de vez en cuando la ira imperara por encima de todo, pero que el navegador de internet no mostrara como él quería las páginas que estaba consultando, quizá, no era motivo para haber cogido el teclado y haberlo estampado contra el suelo. Como no se contuviera un poco, sus problemas —que ya empezaban a cuantificarse considerablemente— podrían ser mucho mayores.

La inspectora Gràcia Forcadell, una de las dos nuevas incorporaciones de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) —en concreto de la Unidad de Homicidios y Desaparecidos— que llegó después del desastre, era casualmente una de las que más veces lo vio hacer el imbécil allí. Cierto era que Alfonso se encontraba ahora mismo en un punto en el que le daba igual todo lo que opinaran de él, pero una parte de sí mismo se seguía preocupando de que, en una de esas, se quedara sin el único trabajo que se le daba bien. Al menos, antes.

Recordaba aquel tiempo con cierta melancolía. Le gustaba ser ese «tocapelotas cuñao», como muchos le llamaban. Estaba un poco harto de la irritabilidad que se había convertido en su fiel compañera, aunque no sabía cómo dejarla de lado y recuperar parte de su verdadera identidad.

Ni siquiera los intentos del comisario Brotons para paliar la situación provocaban en él un efecto sedante; al contrario, su humor empeoraba. Unas vacaciones no eran lo que él necesitaba o, mejor dicho, lo que él quería. No tenía la cabeza para turisteos ni viajecitos sin sentido. Mucho menos para quedarse en casa sin hacer nada. Además, las cosas allí tampoco es que funcionaran mucho mejor que en el trabajo. La relación con su compañera de piso, con Alicia, no pasaba por su mejor momento. Desde que Nicolás se fue, ambos apenas se hablaban. Y, cuando lo hacían, era para discutir por cualquier tontería banal, luchando por obtener la victoria en el enfrentamiento, a pesar de ser sabedores de que probablemente ninguno de los dos tenía razón. Puede que tuvieran personalidades parecidas, de ahí que chocaran tanto, pero la convivencia estaba siendo toda una aventura de la que Alfonso no se atrevía a vaticinar el final, aunque no pintaba bien. Y quizá lo peor de todo era el acuerdo silencioso entre los dos para no hablar acerca de Nicolás. Como si el tema les doliera demasiado y no lo quisieran sacar. Alfonso entendía que esto podría ser uno de los causantes de las tiranteces entre ambos, pero, aun así, no le entusiasmaba ponerle una solución.

Otra vez la desidia.

Aunque si algo dolía al inspector Gutiérrez y que tenía muy claro que hacía fatal era no mostrar el orgullo que Alicia merecía por la forma en la que había encarrilado su vida profesional. Todo lo vivido por la muchacha en los últimos años podría haber destrozado a cualquier persona. Era lo normal, no algo extraordinario, pero con ella nada pudo. Al revés: se echó el mundo a la espalda y siguió caminando, a pesar del peso soportado. Y durante ese trayecto fue a por todas y cumplió con la que dijo era la ilusión de su vida: ingresar en la Policía Nacional. La oposición la aprobó con, además, una nota brillante. No solo en la prueba escrita, sino que superó con creces la física también. Lo sorprendente, quizá, es que realizó la prueba justo después de marcharse Nicolás. Alfonso pensó que era algo precipitado, pero no sabía que la chica se había estado preparando para ella durante más tiempo del que admitía y andaba sobrada en esos momentos. Los nueve meses de rigor en la Escuela Nacional de Policía en Ávila pasaron satisfactoriamente y ahora se encontraba en su período de prácticas. Pese a que en su momento se lo pidió a Nicolás sin pelos en la lengua, Alicia se cerró en banda respecto a ese tema y no aceptaba la ayuda brindada, de corazón, por Alfonso para realizar las prácticas obligatorias en el destino que ella anhelaba —que no era otro que la Unidad de Homicidios y Desaparecidos, de la que él formaba parte—, así que las estaba realizando en la 1.ª Unidad de Intervención Policial (UIP) de Madrid, en Distrito Centro. Quizá cuando acabase sí se dejaría ayudar para acabar allí. Por ahora le iba bien, hasta donde sabía.

Sobre lo que sí que no sabía nada era acerca de Nicolás. Aunque tampoco tenía del todo claro que quisiese saber nada de él. El que llegara todos los meses, de manera puntual, una transferencia a su cuenta bancaria con la mitad del alquiler como importe no es que le dijera mucho acerca de si estaba bien o no. Esto podía hacerse de manera automatizada. Acerca de asegurarse de cómo estaba, le bastaba con una llamada a la Unidad Central de Ciberdelincuencia (UCC) para que rastrearan el mensaje que un día se dignó a enviarle con su teléfono móvil, en el que también añadía un nuevo número al que podría llamar en caso de emergencia extrema. Un número que, por qué no admitirlo, Alfonso se vio tentado en varias ocasiones de marcar. Pero de eso ya hacía mucho. Demasiado. Ahora no quería ni oír su nombre.

Tema aparte era Noelia, la experta del Jardín Botánico de Madrid con la que incluso llegó a esperanzarse en su momento, aunque la relación entre ambos no pudo haber empezado peor. Pese a que ella entendió el abandono repentino en su primera cita, tras recibir la agónica llamada en la que se le anunciaba el hallazgo del cuerpo sin vida del inspector Ramírez en el edificio en el que residía el Mutilador, ya no pudo remontar todo lo que vino a continuación. Que Fernando se llevara a la inspectora Fonts y que también corriera la misma suerte que Ramírez no ayudó. Y es que todo cambió tras los hechos de aquella noche. Él nunca volvió a ser el mismo, aunque tampoco es que lo hubiera intentado. Quedó con Noelia un par de veces más, pero le era inevitable ver reflejado en su rostro todo lo sucedido, ese fracaso tan estrepitoso que puso la vida de muchas personas patas arriba. Ella no tenía culpa, no había discusión, pero no conseguía mirarla y no verlo. La peor imagen, con la que todavía incluso soñaba, fue la del maldito entierro en el que una viuda desconsolada lloraba a un marido al que le estaban poniendo medallitas de mierda una vez muerto; la imagen de esos hijos que parecían no entender la magnitud de los hechos y que estaban abrumados ante tanta condolencia falsa e innecesaria de gente a la que ni siquiera conocían. No lograba quitárselo de la cabeza. Le hubiera gustado estar hecho de otra pasta y apartar todo aquello, pero no era capaz. Y ahora Noelia no estaba. Podría haber sido algo bonito. Ya nunca lo sabría.

Tomó el vaso humeante al tiempo que recordaba también cómo, durante todo ese tiempo, logró evitar hablar con Sara. Aunque no todo el mérito de esa gesta era suyo, ya que tenía bien claro que la inspectora jefe de la SAC había hecho también todo lo posible para ni siquiera coincidir con él. Desde la marcha de Nicolás apenas se cruzaron un par de veces en las que se enviaron un tímido gesto en señal de saludo. Nada más. Mejor así.

Cuando entró de nuevo en el despacho, café en mano, vio que estaba vacío y que el nuevo teclado estaba encima de su mesa. El técnico se había marchado sin ni siquiera quitarle los plásticos que lo protegían por su parte superior. Debía de haberse enfadado bastante por su reacción. Era comprensible. Luego lo llamaría para disculparse.

Tomó asiento y se preguntó dónde estarían sus compañeros. Gràcia le caía bien a pesar de no haber hablado demasiado con ella. Solo lo justo como para una relación profesional cordial. Había llegado desde Barcelona hacía cosa de un mes y se adaptó sin problemas. Por lo que sabía Alfonso de ella, había cumplido treinta y cuatro años y su hoja de servicios en Homicidios, en la UDEV, era intachable. Recordó cómo cuando le hablaron de ella y de su excelente labor en la Ciudad Condal, se hizo una imagen muy equivocada en su cabeza. Se la imaginó como una lameculos redicha que contestaba por todo y cuya palabra era ley. Por suerte, estaba muy equivocado. Gràcia era una mujer que sabía escuchar, con unas ganas tremendas de seguir aprendiendo y con una humildad propia de quien está empezando, no de quien lleva ya unos cuantos años a sus espaldas, como era su caso. Se hubiera llevado a las mil maravillas con Nicolás. En la forma de afrontar los casos se parecían bastante. Era una policía estupenda y, aunque no se lo dijera, se sentía afortunado de tenerla como compañera.

Además, no podía negar que en lo físico le atraía bastante. Al mirarla no pensaba de ella que tuviera una belleza de esas que paralizaba a quien pasara a su lado. No era exactamente así, sino que desprendía algo que embelesaba. Al menos a él. No tenía claro si era su dulce —pero firme— tono de voz o sus ojos color avellana. Ni idea. Lo que sí sabía era que con una cabeza más despejada se habría fijado en ella más allá de en sus excelentes aptitudes como policía. Aunque, para ser justos, si tuviera la cabeza despejada lo más seguro era que sus pensamientos estuvieran centrados en Noelia. Esa chica le gustaba de verdad.

¿Por qué narices había sucedido todo así?

Si Gràcia era así, todo lo contrario era Germán Rossi, el otro inspector que había entrado en la Unidad tras el incidente. Un hispano-italiano que, pese a rozar ya los cuarenta años, era peor que un niño pequeño. Con el técnico informático tenía un ejemplo claro de que no por vestir de una determinada forma se era de un modo u otro, pero con Rossi sí se cumplía ese prejuicio a la perfección. Sus camisetas de videojuegos y personajes animados reflejaban fielmente su comportamiento el ochenta por ciento del tiempo. Contestón, caprichoso y faltón. Alfonso y él no tardaron en tener su primer encontronazo debido a la personalidad de Rossi, aunque, a decir verdad, sirvió para que el inspector Gutiérrez tuviera muy claro por dónde llevarlo para evitar esos roces innecesarios en el futuro. Germán no parecía acatar demasiado bien las ideas de los demás y siempre intentaba que las suyas imperaran por encima de las del resto. A Alfonso le recordaba algo a Ramírez en ese sentido. Siempre debía tener él la última palabra. No obstante, el veinte por ciento restante ya le había demostrado que merecía el puesto que ocupaba en la Unidad y era lo único que debía importar. Si era un gilipollas con el que no se podía mantener una conversación adulta, allá él. Tampoco es que se fuera a ir de cañas con él al terminar la jornada de trabajo. Bueno, ni con él ni con nadie.

Trató de dejar a un lado todos esos pensamientos inútiles y centrarse en lo que intentaba hacer en el momento en el que perdió los papeles y destrozó el anterior teclado. Abrió de nuevo el navegador y probó otra vez a cargar la información que buscaba. Por suerte, ahora sí se cargó todo como él quería. Trabajaba en un caso de poca monta. Quizá eso, en una unidad como de la que él formaba parte, era demasiado decir, pero es que en verdad se trataba de un caso de los que no quería nadie porque era de los que ellos mismos catalogaban como de «avance lento». Uno de los que la Unidad de Homicidios de turno se había cansado por su pesadez, por lo que pidió ayuda a Homicidios y Desaparecidos en Canillas. Del mismo tipo llegaban muchos, que se solían rechazar porque en ese grupo solo daban cabida a casos verdaderamente difíciles, pero Alfonso no tenía la mente para puzles complicados y le venía de perlas. Y lo mejor era que Brotons no ponía pegas con tal de tenerlo ocupado con algo.

Movió el ratón por la pantalla sin ninguna pretensión real. Necesitaba otro trago de café, pero la suerte no estaba de su lado porque, sin darse cuenta, se terminó ya el que acababa de traer.

Maldiciendo, volvió a levantarse de su asiento. No le importaba cuántos llevara ya esa mañana. Quería otro. Cuando fue a salir del despacho, se topó de bruces con Gràcia Forcadell. Su cara hizo que se despertara algo en su sistema de alarma.

—¿Estás con algo? —preguntó la inspectora sin andarse con rodeos.

Alfonso se limitó a negar con la cabeza. Hacía demasiado tiempo que no estaba con nada de verdad.

—Creo que deberías venir conmigo.

—¿Estás segura de que quieres que vaya yo? —repuso escéptico.

—Créeme. Si alguien tiene que venir, eres tú. Vamos.

Alfonso temía esta respuesta. Todas las noches le costaba conciliar el sueño intuyendo que el momento iba a llegar. No necesitaba que le contara nada más para que un incómodo escalofrío le recorriera la espalda.

Tiró el vaso vacío en la papelera de al lado de la puerta y, sin decir una palabra, siguió a la inspectora.

Capítulo 3
3

Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 10.43 horas. Madrid

Condujo Gràcia.

No se lo quiso decir tal cual, pero consideró que era una buena idea que fuera así. La razón fue que, mientras llegaban al lugar, observó su brazo, que descansaba sobre su muslo derecho, y comprobó que temblaba. Quizá no fuera tan malo, pues el simple hecho de sentir algo distinto a lo acostumbrado en los últimos tiempos se podría considerar como positivo, pero Alfonso no lograba ver nada de eso en el creciente nerviosismo que se iba apoderando de todo su cuerpo. Parecía un flan.

Hasta que no abrió la puerta del coche no fue consciente del revuelo que se había formado en las inmediaciones de la escena del crimen. No culpó a los curiosos de querer empaparse de lo sucedido, ya que no todos los días pasaba un hecho así en un lugar tan concurrido como aquel.

Levantó la cabeza y echó un vistazo hacia el cielo. Cuando salió de casa, hacía más o menos tres horas, ni se fijó en los nubarrones que decoraban el cielo de la capital. Quizá, incluso, se hubieran ido formando con el paso de las horas. La amenaza de lluvia no casaba nada bien con un escenario al aire libre, por mucho que en apenas segundos fueran capaces de montar una carpa para preservar los indicios que pudieran hallarse, evitando, así, que se perdieran a causa del agua caída del cielo.

Ojalá no sucediera.

No le gustaba tener una niñera encima de él, pero agradeció que la inspectora estuviera sobre cada una de sus reacciones. Le recordó a él mismo velando por su amigo en aquellos momentos tan duros que vivieron en la anterior investigación. Pensó en si Nicolás habría sido consciente como lo estaba siendo él ahora de que había alguien, de algún modo, pendiente de él. No era tan mala sensación, desde luego. Como tenía la seguridad de que lo miraba, Alfonso hizo una señal con la cabeza que indicó a Gràcia que ya se sentía preparado para proceder. Cuando la captó, ella comenzó a andar. Él la siguió.

Pasar entre el tumulto de los alrededores de la entrada que les interesaba del Templo de Debod no fue sencillo. La fortuna estuvo en parte de su lado, pues de momento solo había congregadas personas de a pie, no periodistas, aunque los dos intuían que no tardarían en aparecer. El ansia de cualquier carroña que pudieran echarse a la boca siempre les superaba.

Antes de comenzar a subir por las escaleras, Alfonso dio gracias por la suerte de que el lugar contara con unos accesos tan definidos y claros. Eso hizo que el trabajo de los agentes encargados de acordonar la zona para evitar el paso de la gente hubiera sido relativamente sencillo. Les garantizaba, además, una zona superior del todo despejada y a resguardo de los ojos curiosos. A veces no estaba mal trabajar sin la presión del morbo de otros apretándote.

Tras la pertinente acreditación frente a uno de los agentes, comenzaron a subir los peldaños.

La forma de caminar de ambos, mientras ascendían las escaleras, no podía ser más diferente. Gràcia pisaba cada uno de los escalones con la determinación y la firmeza propias de alguien seguro de sí mismo. Sus pasos eran firmes, decididos. Los de Alfonso eran justo lo contrario. Sus piernas temblaban demasiado y parecían no poder soportar el peso del resto de su cuerpo. Producto también, quizá, del nerviosismo, incluso llegó a creer que no sería capaz de llegar hasta la cima.

Pero llegó.

Eso sí, antes de hacerlo se vio tentado de sacar del bolsillo de su chaqueta la cartera, rebuscar en el lugar predeterminado para las monedas y meterse debajo de la lengua, por primera vez desde que el médico de cabecera se lo recetó, un diazepam para que lo ayudara a sobrellevar aquella situación.

Al llegar al conjunto monumental, tuvieron que identificarse de nuevo frente a otro agente que custodiaba la entrada.

Antes de comenzar a andar, Gràcia se volvió hacia Alfonso sin ningún disimulo. Él no se cortó tampoco y esbozó la que, quizá, fue la sonrisa más fingida de su vida. La inspectora estuvo a punto de reprochárselo, pero comprendió que él tal vez necesitaba eso para dejar atrás un letargo que le habían comentado decenas de veces que no era normal en él. Ella no lo había conocido de otra manera, pero si toda la Policía Judicial insistía en que no era así, tenían que tener razón.

Sin más

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