El síndrome Woody Allen

Edu Galán

Fragmento

Prólogo

Prólogo

UNOS AÑOS ANTES

Octubre de 2007

Portada de la edición española de la revista estadounidense Esquire: una foto de Woody Allen en blanco y negro con el titular «La tercera vida de Woody Allen». El subtítulo: «O cómo buscar en Europa un mecenas que pague, pero que no toque... los guiones». Añaden: «¿Y por qué no lo adoptamos?».

Julio-agosto de 2007

Allen rueda Vicky Cristina Barcelona en diversos puntos de España: Barcelona, Avilés, Oviedo y hasta en mi pueblo, Tiñana. Protagonizada por Scarlett Johansson, Javier Bardem y Penélope Cruz, el rodaje de la película transcurrió con normalidad en el paseo de Gracia, la Pedrera y la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, en la catedral, el desaparecido restaurante La Corrada del Obispo, la pastelería Camilo de Blas de Oviedo y en el quiosco de la música del parque Ferrera de Avilés.

Un año después, en agosto de 2008, Woody Allen escribiría para The New York Times un diario de rodaje titulado «Extractos del diario español» que recordaba a la mejor tradición de Cuentos sin plumas (1975) o Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (1971):[1]

2 de abril

Ofrecí el papel a Scarlett Johansson. Me dijo que antes de aceptar, el guion debería ser aprobado por su agente y después por su madre, a la que quiere mucho. Y luego por los agentes de su madre. En medio de la negociación cambió de agentes, y más tarde cambió de madre. Es talentosa pero puede llegar a ser muy pesada.

10 de agosto

Hoy dirigí a Javier en una escena emotiva. Tuve que leerle sus líneas. Mientras me imita, todo va bien, pero en el momento en que trata de actuar por sí mismo, está perdido. Entonces llora y se pregunta cómo sobrevivirá cuando yo no sea su director. Le expliqué educadamente pero con firmeza que debe hacerlo lo mejor que pueda sin mí y que trate de recordar todos mis consejos. Sé que se alegró porque, cuando dejé su caravana, él y sus amigos se partían de risa.

20 de agosto

Me sacrifiqué e hice el amor con Scarlett y Penélope a la vez para mantenerlas contentas. El ménage me dio una gran idea para el clímax de la película. Rebecca [Hall] no paraba de picar en la puerta, y finalmente la dejé pasar, pero estas camas españolas son demasiado pequeñas para que quepamos los cuatro y cuando se unió a nosotros, yo me caía todo el rato al suelo.

Nada de lo publicado fue noticia.

Diciembre de 2008

El profesor Juan Pastor y yo propusimos a la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo un curso de una semana de duración acerca de la relación del cineasta con la psicología. Participaron psicólogos, críticos de cine y filósofos, que, después de la proyección de una de sus películas, daban una charla sobre ella. Las cien plazas, ofertadas meses antes, se agotaron casi instantáneamente y durante las sesiones también se iban sumando oyentes. En consecuencia, las aulas solían estar llenas. Como ocurre en la carrera de Psicología,[2] gran parte de los asistentes eran mujeres. Ninguna de las sesiones comenzó con una protesta, ni terminó con preguntas sobre el enfrentamiento judicial entre Mia Farrow y Woody Allen; o sobre las acusaciones de pederastia de Dylan Farrow, la hija de ambos; o, ni siquiera, sobre la extraña relación de Allen con Soon-Yi, la hija surcoreana adoptada por Mia Farrow y su exmarido, el compositor André Previn. Las encuestas de final de curso, donde los alumnos podían calificarnos de forma anónima, tuvieron valoraciones altísimas. En las pocas que contenían algún comentario, este era para pedir más bibliografía.

Diciembre de 2009

Tras el éxito del primer curso, «Woody Allen. Cine y psicología» se repitió con la colaboración del Ayuntamiento de Oviedo.

23 de agosto de 2010

La familia Allen regresó a Asturias. Woody presentaba esa noche Conocerás al hombre de tus sueños en Avilés —«Es un honor», le soltó una señora al reportero de El Comercio—,[3] así que aprovecharon el día previo para caminar y comer en Oviedo. Firmaron autógrafos a los turistas y se acercaron a la estatua del escultor Vicente Santarúa que el director tiene en la calle Milicias Nacionales:[4] una obra semirrealista, el cineasta mide un centímetro y medio más, como se nos aclara en foroalturas.com.[5] A los pies del mazacote se sufre una placa con la frase de Allen sobre el lugar —«Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera... Oviedo es como un cuento de hadas»— que quieren decir que dijo, al recibir el premio Príncipe de Asturias en 2002, los que allí la pusieron.

Allen y Soon-Yi tiraron unas fotos a sus hijas adoptivas, Bechet Dumaine y Manzie Tio, niñísimas entonces, en el cúmulo de bronce.

UNOS AÑOS DESPUÉS

4 de febrero de 2014

«Fuera pederastas de nuestra ciudad.»[6] Pegatina que apareció en la espalda de la estatua de Allen en Oviedo, cuya cabeza fue cubierta con una bolsa de basura.

25 de noviembre de 2017

«Tu esposa te acusó de haber abusado de tu hija. Nadie la creyó. Mentirosa, interesada, vengativa, le gritaron. Nadie las creyó y nadie las ayudó.»[7] Cartel colgado al cuello de la misma estatua durante una protesta de la Plataforma Feminista de Asturias.

DESCRIPCIÓN, POSOLOGÍA Y FINALIDAD DE EL SÍNDROME WOODY ALLEN,

O «DE QUÉ VA TODO ESTO, CÓMO TOMÁRSELO Y POR QUÉ CREO QUE NO SIRVE PARA NADA»

Este libro trata de explicar lo que ocurrió entre «Unos años antes» y «Unos años después». A pesar de que me referiré a otras fechas significativas, en ese cambio de pliego de 2007 a 2014 está casi todo lo que voy a contar y que se resume en el subtítulo del libro: «Por qué Woody Allen ha pasado de ser inocente a culpable en diez años».

Más avisos. Aquí no encontraréis ningún sermón, ni ningún tipo de autoayuda que sirva para convertir a nadie en mejor persona: desprecio a los predicadores y a los coaches, y no me gustaría convertirme en uno. Solo quiero diagnosticar deslavazadamente con argumentos de diversas disciplinas y de diversos expertos, sin dar con la salida porque, quizá, no la haya.

Objetivo: este libro quiere ser una reivindicación de la duda y el pensamiento crítico en un mundo donde se valora la emocionalidad, la certeza absoluta —a ser posible, dicha con gran convicción—, la polarización maniquea y eso de «todas las opiniones son respetables» o, en su versión más ligera, «todas las opiniones valen lo mismo».

Este no es un libro académico. Se me parece más a un texto-collage para conseguir que se entiendan los síntomas que inciden en el problema que se plantea en el subtítulo. Al tratarse de síntomas dentro de un constructo montado por mí, el «síndrome Woody Allen», elimino de un plumazo cualquier rigor universitario y, cómo no, repito, cualquier certeza total. Hay personas que con su intuición pueden reconstruir el escenario de un crimen, esbozar las circunstancias personales de los implicados y, tachán, encarcelar a los culpables. Me recuerdan a Sherlock Holmes. En mi caso, me siento más cercano a Scooby-Doo: mi intuición surge de la casualidad y el miedo. Y, en ocasiones, doy con algún síntoma al que considero culpable. Última advertencia: de vez en cuando incluiré algo de humor con tal de disimular mis dudas y carencias y, al mismo tiempo, ahondar en el carácter anárquico de este libro. A mí me divierte más así, espero que a vosotros también.

Sección A de cada capítulo: relatos periodísticos

Incluye las diversas versiones sobre las disputas Allen-Farrow, entre las que se encuentra la acusación de Mia Farrow a Woody Allen por supuestos abusos sexuales a la hija adoptiva de ambos, Dylan, que acabó destruyendo su familia a principios de los noventa. Ahí detallaré las investigaciones de la policía y de la agencia de bienestar infantil de Nueva York sobre los abusos, cerradas en 1993, y los diversos enfrentamientos judiciales entre Farrow y Allen, todos centrados en la custodia de su hijo natural, Satchel/Ronan, y los adoptivos, Dylan y Moses. Este relato serial —dentro de lo que cabe— se titula «4 de agosto de 1992», día en que se supone ocurrieron los abusos, y se completa con las biografías y versiones de los hijos naturales y los adoptivos de la pareja durante la pasada década.

Estas secciones A se basan o citan literalmente diferentes fuentes que podréis encontrar en la bibliografía al final del libro. Por tanto, no contienen ninguna novedad sobre el caso, sino que calcan la amplísima hemeroteca, los informes y las sesiones judiciales para relatar la historia y, a un tiempo, intentan demostrar que cualquiera puede informarse sin problemas de lo que ocurrió en esa familia o de las relaciones entre sus miembros y, después, sacar sus propias conclusiones. Además, en el ensayo podréis encontrar un dramatis personae, un árbol genealógico y un cronograma diseñados por Álvaro Valiño que seguro os servirán para organizar tanta información.

Sección B de cada capítulo: análisis

Señalo los que creo que son los factores sociales, psicológicos o comunicativos que han contribuido a que la imagen de Woody Allen cambie tan radicalmente, sin habérsele condenado ni haberse descubierto hechos nuevos, desde la desestimación de su caso en los noventa hasta la virulenta asociación en nuestros días a delitos relacionados con el abuso sexual, la violación, la pederastia o la combinación de los tres anteriores. En esta parte B aportaré notas al pie de página para que podáis acudir a ellas si necesitáis completar alguna afirmación y para diferenciar, también formalmente, las secciones A de las B.

Interludio de utilidad para el lector

Ese fabuloso erudito Samuel Johnson mantuvo que ningún hombre en sus cabales ha leído un libro entero desde el principio al final.

DANIEL BELL[8]

Aquellos lectores que quieran saber más sobre el caso Allen-Farrow solo se tendrán que leer la parte A del libro, y aquellos ya conocedores de la historia que estén interesados en mi análisis les bastará con la parte B. Vaya mi agradecimiento a cuantos que se atrevan con el volumen completo.

¿POR QUÉ ESCRIBO ESTE LIBRO?

O: VA TANTO EL TONTO A LA LINDE QUE LA LINDE SE ACABA Y EL TONTO SIGUE

Me lo he preguntado muchas veces: si hoy se celebrase nuestro curso sobre Woody Allen, ¿los asistentes se interesarían por los presuntos abusos de Woody a Dylan Farrow? ¿Cuáles serían sus comentarios en la encuesta de final de curso sobre los aspectos más personales de Allen en su filmografía (la relación de un adulto con la adolescente Tracy en Manhattan, la prostitución y el machismo en Desmontando a Harry o el tratamiento cómico de la zoofilia (considerada como violación por algunos animalistas) en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar)? ¿Habría algún tipo de protesta por parte de activistas (feministas, «izquierdistas», identitarios, #MeToo...) en la puerta de la facultad por la celebración del curso, como ocurrió en 2017 frente a su estatua en la misma ciudad donde se impartía? ¿Se arriesgaría la universidad (de Oviedo, en este caso, pero mi pregunta valdría para cualquier otra) a organizar un curso sobre Allen con la posibilidad de quejas o boicot a manos de los alumnos? ¿La prensa le prestaría más atención en este momento por su valor provocador que el que le prestó cuando se organizó originalmente por su valor educativo?

El objetivo principal de El síndrome Woody Allen es explicarme a mí mismo por qué pienso que los dos cursos que dirigí sobre el director hace —tan solo— poco más de diez años serían diferentes hoy. Repito: más allá de esta meta personal espero reivindicar con ella la necesidad ilustrada, tal y como la han descrito últimamente los pensadores Marina Garcés o Steven Pinker —cada uno con sus matices—, de combatir la credulidad y de entender a través de la razón la sociedad que nos está tocando vivir.

Si algo tenían en común los pensadores ilustrados era su insistencia en que apliquemos enérgicamente el estándar de la razón a la comprensión de nuestro mundo y no recurramos a generadores de engaño como la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de los textos sagrados.[9]

4 de agosto de 1992: dramatis personae

4 de agosto de 1992: dramatis personae

LA FAMILIA

Woody Allen, cineasta

Mia Farrow, actriz

Soon-Yi Previn, hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn

Satchel/Ronan Farrow, hijo natural de Woody Allen y Mia Farrow

Dylan Farrow, hija adoptiva de Woody Allen y Mia Farrow

Moses Farrow, hijo adoptivo de Woody Allen y Mia Farrow

Tam Farrow, hija adoptiva de Mia Farrow

Frankie Minh-Farrow, hijo adoptivo de Mia Farrow

Thaddeus Wilk Farrow, hijo adoptivo de Mia Farrow

Bechet Dumaine Allen, hija adoptiva de Woody Allen

Manzie Tio Allen, hija adoptiva de Woody Allen

Letty Aronson, hermana y productora de Woody Allen

Nettie Konigsberg, madre de Woody Allen

Maureen O’Sullivan, madre de Mia Farrow

André Previn, exmarido de Mia Farrow

Dory Previn, exmujer de André Previn

Daisy Previn, hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn

Lark Previn, hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn

Matthew Previn, hijo biológico de Mia Farrow y André Previn

Sascha Previn, hija biológica de Mia Farrow y André Previn

Fletcher Previn, hijo biológico de Mia Farrow y André Previn

Frank Sinatra, exmarido de Mia Farrow

John Charles Villiers-Farrow, hermano de Mia Farrow

LOS AMIGOS Y EMPLEADOS DE LA FAMILIA

Kristi Groteke, niñera contratada por Farrow

Leslee Dart, portavoz y publicista de Allen

Douglas McGrath, coguionista de Woody Allen

Casey Pascal, amiga de la infancia de Mia Farrow

Alison Strickland, niñera contratada por Casey Pascal

Monica Thompson, niñera contratada por Mia Farrow y Woody Allen

Sophie Bergé, tutora de francés de los niños Farrow

Maureen Orth, periodista de Vanity Fair y amiga de Mia Farrow

Robert B. Weide, documentalista y colaborador de Allen

Daphne Merkin, periodista de la revista New York y amiga de Allen y

Soon-Yi

LOS PROFESIONALES SANITARIOS

John M. Leventhal, director de la investigación del hospital Yale-New Haven sobre el abuso de Dylan Farrow

Julia Hamilton, personal de investigación del hospital Yale-Haven

Jennifer Sawyer, personal de investigación del hospital Yale-Haven

Stephen Herman, psiquiatra contratado por la defensa de Mia Farrow

Anne Meltzer, doctora contratada por la defensa de Woody Allen

David Brodzinsky, psicólogo aceptado en el juicio por Allen y Farrow

Paul Williams, trabajador social

Vadakkekara Kavirajan, médico de atención primaria de la familia Farrow

Nancy Schultz, psicóloga de la niña Dylan

Susan Coates, psicóloga del niño Satchel/Ronan

Kathryn Prescott, psicoanalista de Woody Allen

LOS PROFESIONALES DEL DERECHO

Elliott S. Wilk, juez encargado del proceso de custodia «Allen vs. Farrow»

John Carro, juez participante en la apelación del caso «Allen vs. Farrow»

Eleanor Alter, abogada de Mia Farrow

Alan Dershowitz, abogado de Mia Farrow

David Levett, abogado de Mia Farrow

J. Martin Obten, abogado de Woody Allen

Elkan Abramowitz, abogado de Woody Allen

Irwin Tenenbaum, abogado de Woody Allen

Frank Maco, fiscal de Connecticut

Sienta el público DE FONDO durante toda la trama, algunos sin ser nombrados ni citados en el texto dramático, a psicólogos, periodistas, policías retirados, activistas, detectives, abogados, otros hijos de Mia y a algún fantasma del pasado con asuntos pendientes.

La ESCENA PRINCIPAL se sitúa en Frog Hollow, casa de campo de Mia Farrow, el martes 4 de agosto de 1992.

1a 4 de agosto de 1992: Mia Farrow

1a

4 de agosto de 1992: Mia Farrow

A finales de 1991 en la vida de Mia Farrow había orden. Era Mia, María de Lourdes Villiers-Farrow, hija de dinastía hollywoodiense, del afamado guionista, director, alcohólico y maltratador John Villiers-Farrow, John Farrow para el público, y de la actriz Maureen Paula O’Sullivan, Maureen O’Sullivan para el público; Mia, hermana de seis y ahijada de la cronista del corazón Louella Parsons, que destrozaba e impulsaba carreras con dulzura —eso sí— desde los periódicos del magnate William Randolph Hearst; Mia, mito de la contracultura, entronizada por su corte de pelo Vidal Sassoon por la parte petarda de los swingin’ sixties —aunque realmente se lo perpetrase como penitencia ante el dios católico—; Mia, amiga de Dalí y acompañante de los Beatles durante su viaje por India, donde John Lennon le escribió «Dear Prudence» a su hermana Prudence; Mia, protagonista de La semilla del diablo o El gran Gatsby; Mia, exmujer del cantante-icono Frank Sinatra y del compositor André Previn, a los que quiso hasta su muerte; Mia, activista por los desfavorecidos y admiradora de Teresa de Calcuta; Mia, madre de casi una decena si sumamos los niños naturales y los adoptados de entre los chiquillos más pobres del mundo.

A pesar de las tantas mujeres que albergaba dentro, por la que más se la conocía a principios de los noventa era Mia, la compañera sentimental de Woody Allen y musa en una decena de sus películas. Se toparon a finales de 1979 en una cena y en 1980 ya eran pareja. Un día de principios de los ochenta, Mia escribe «llegó una postal de alrededor de 1935 desde el otro lado del parque (donde vivía Woody Allen). Era la foto de un hombre con bombín, rodeado de cinco niños pequeños. En la parte de arriba estaba impreso “TU FUTURO MARIDO-TUS FUTUROS HIJOS”». Como refleja David Evanier en su biografía de Allen, en 1985 la actriz contó a la revista McCall’s: «[Mis hijos] se llevan muy bien con Woody y me alegra que así sea. Tienen una buena figura paterna a la que agarrarse: siempre está ahí cuando lo necesitan. Comparte su tiempo libre con ellos, los lleva al parque y juegan al béisbol o dan una vuelta por la ciudad. Siempre que quieren verle, él está disponible». En febrero de 1991, el cineasta ironizó con su biógrafo Eric Lax: «Podría contarle nuestras diferencias eternamente; no le gusta la ciudad y yo la adoro. Le gusta el campo y a mí no. No le gustan los deportes y yo amo los deportes. A ella le gusta comer en casa, temprano, y a mí me gusta comer fuera, t arde. A ella le gustan los restaurantes sencillos, poco pretenciosos; a mí me gustan los lujosos. No puede dormir con el aire acondicionado puesto; yo solo puedo dormir con el aire acondicionado puesto. Le gustan las mascotas y los animales; odio las mascotas y los animales. Le gusta pasar muchísimo tiempo con los niños; a mí me gusta pasar el tiempo en mi trabajo y un poco con los niños. Le encantaría coger un barco y bajar el Amazonas o subir el Kilimanjaro; yo no quiero ni acercarme a esos lugares. Ella tiene una visión optimista, una tendencia a decir “sí” a la vida, y yo tengo una visión pesimista y negativa. Le gusta la parte oeste de Nueva York; a mí me gusta la parte este de Nueva York. Ha criado a nueve niños sin ningún trauma y nunca ha tenido un termómetro. Yo me tomo la temperatura cada dos horas durante el día». La psiquiatra Susan Coates, que trató a su hijo biológico Satchel/Ronan en los primeros años de su vida, llegó a decir que «la cantidad de desacuerdos entre ellos era tan grande que me llevó a preguntarme por qué seguían juntos».

Mientras el subterráneo de su vida explotaba, en la superficie de diciembre del 91 solo había rutina: otro rodaje con Allen. Maridos y mujeres, su decimotercera película juntos, trataba sobre parejas en descomposición. Quizá en esa tarea estuviesen, aunque ninguno de los dos quisiera darse cuenta: pensaban en comprarse un apartamento en París e irse a vivir allí. En aquel momento llevaban juntos once años y mantenían una organización familiar muy determinada. No estaban casados y habitaban a los dos lados de Central Park. Allen vivía en su ático de lujo en la Quinta Avenida, en la parte este de Manhattan, y Farrow con sus hijos en un piso muy espacioso de cuatro habitaciones, elevado once alturas sobre la parte oeste del parque. Al estar separados por menos de un kilómetro y medio por el verde de Central Park a veces hacían parpadear las luces para saludarse, se miraban a través de prismáticos o agitaban toallas por las ventanas. Así de previsible era su vida. La familia que había formado la actriz se componía de tres hijos biológicos con su anterior marido, André Previn, y tres adoptados, entre ellos Soon-Yi; un hijo biológico con Allen, entonces llamado Satchel —posteriormente Ronan—, junto a una niña, Dylan, y un niño, Moses, adoptados por ella en solitario. Allen había aceptado el prohijamiento uniparental de Moses porque ya en 1984 Mia quiso tener un hijo biológico suyo y él se negó: a cambio, el cineasta toleró la adopción. Aunque Satchel/Ronan no nacería hasta 1987, finalmente, él accedió poco después de la llegada de Moses a tener un retoño propio, aunque con letra pequeña: siempre que su pareja le prometiese que su hijo común viviría con ella y que él no tendría que implicarse en su cuidado ni su crianza. Tras varios intentos de embarazo, Farrow decidió adoptar una niña, y como Woody seguía sin querer participar, el 11 de julio de 1985 se convirtió en la madre en solitario de Dylan.

La convivencia de Allen con los hijos de Mia Farrow era muy limitada, tanto con los biológicos con Previn como con los adoptados en solitario por la actriz. De hecho, en ese tiempo la relación con la propia Farrow se encontraba muy distanciada. La sentencia del juicio por la custodia de Dylan y Moses, que se cerraría en junio de 1993, describía que desde 1985 Allen tenía «virtualmente una relación de soltero» con Farrow, que «veía a sus hijos como un estorbo» y que «no le interesaban». Tampoco su vida sexual era mejor: fue «desapareciendo» desde el nacimiento de Satchel/Ronan, y a principios de los noventa «no existía», aseguró la actriz. Quizá por esos motivos, o quizá por otros, Mia quisiese adoptar más niños tras Moses y Dylan. En esta ocasión, Allen no se opuso, siempre y cuando permitiese que esos dos, adoptados por ella en solitario, fuesen legalmente hijos suyos también.

Con el tiempo les había cogido cariño y les prestaba más atención que al resto. En especial, a la niña. Superada la indiferencia inicial, dedicaba mucho tiempo a la criatura en el apartamento de la actriz y en Frog Hollow, la casa de campo de Connecticut que Farrow se construyó a principios de los ochenta. Allí él disponía de un baño propio, construido especialmente; mandó que colocasen el desagüe de la ducha en una de las esquinas, no en el centro, ya que el director consideraba que así se evitaban mejor los gérmenes. Allen, habituado a no moverse de Nueva York, viajó a Europa con la familia de Previn en el 87 y el 89, pero manteniéndose lejos de los hijos de Farrow, salvo Moses y Dylan, e incluso de su propio hijo biológico, Satchel/Ronan. Durante el embarazo de este último, declaró Mia en uno de los juicios posteriores, Allen jamás le prestó atención ni «tocó su barriga, escuchó al feto o intentó sentir sus pataditas». Soon-Yi recordó la maternidad de la actriz en una entrevista de 2018: «Cuando Satchel/ Ronan nació, Mia se compró un extractor de leche y se encerró en la habitación con él. Me dijo que había tribus de África que daban el pecho a sus hijos hasta que tenían siete u ocho años, y que tenía toda la intención de hacer eso con Satchel/Ronan. Cuando yo iba a cenar con los niños, ella cogía a Satchel/Ronan, se lo llevaba a su habitación y cerraba la puerta. Estaba obsesionada con él. Nunca fue capaz de amar a más de una persona a la vez. [...] La recuerdo en la habitación con la puerta cerrada, cuidando a Satchel/Ronan o durmiendo con él, y Dylan fuera, en la puerta, llorando». Woody cita en sus memorias a una de las trabajadoras de casa de la actriz en aquel tiempo, Sandy Bolluch, para contar que vio a Mia numerosas veces dormir desnuda con Satchel/Ronan hasta los once años. A lo largo de todo el libro, el cineasta repasa la extraña relación entre madre e hijo y la asocia con la de Claude Rains y su progenitora (interpretada por Leopoldine Konstantin) en Encadenados de Hitchcock, con Ingrid Bergman atrapada en su casa.

Animada por la buena relación de Allen con Moses y Dylan y la posterior paternidad de Satchel/Ronan, a finales de 1990 Farrow no se opuso a la adopción conjunta de los dos primeros por parte del cineasta. En la declaración jurada para solicitarla afirmaba que Allen era un progenitor «cariñoso, protector y enriquecedor para Dylan. Ella solo se puede beneficiar de tenerle como padre adoptivo». Las evaluaciones psicológicas necesarias ya estaban hechas: toda la familia se psicoanalizaba semanalmente desde hacía años, siguiendo la tradición del cineasta, y disponían de multitud de informes asegurando la idoneidad de Woody como padre. La intimidad del director con su terapeuta era tan extrema que le consultaba cada uno de los aspectos de su vida: «Éramos tres en la relación: Woody, su terapeuta y yo», sentenció Mia. Siguiendo los pasos de su padre, Satchel/Ronan comenzó terapia cuando tenía tres años y Dylan cuando cumplió los cinco. Aquella aparente calma consiguió que Mia cambiase también su testamento: en caso de fallecer, la custodia de los niños menores de edad, Dylan, Satchel/Ronan y Moses, quedaría en manos de Allen.

«Una madre no puede soñar con una hija mejor. Eres un milagro y mi orgullo y alegría. Estoy profundamente agradecida por cada minuto del camino. Enhorabuena, bravo y tres hurras por nuestra Soon-Yi», dejó escrito Mia en el anuario de la graduación de su hija adoptiva. Solo mediaba 1991. «Esperaba pasar el resto de mi vida con Woody Allen y estaba decidida a hacer lo que fuese para que nuestra relación continuase de la mejor manera», confesó Mia en sus memorias.

El mundo de Farrow dio un vuelco el 13 de enero de 1992. Aunque todavía se encontrase en pleno rodaje de Maridos y mujeres, su vida transcurría con normalidad porque los tiempos de producción de las películas ya estaban instalados en los tiempos familiares. Salvo en algunos casos como La comedia sexual de una noche de verano, cuyo guion Allen escribió entre primavera y verano, rodó el filme durante el otoño e invierno, y solapó la edición, el estreno y la promoción de la película terminada con la preparación de la siguiente. De hecho, el día anterior, el 12 de enero, la familia había cenado un chino a domicilio, una costumbre de sus domingos a la que Allen era aficionado. En esa velada hablaron de mudarse a París y, tanto a la pareja como a Fletcher y Soon-Yi, les pareció muy buena idea. El chico estaba muy interesado en el cine francés y ella quería cambiar su carrera de psicología por una más relacionada con el arte, a ambos les atraía vivir en la capital francesa. Como al día siguiente a Mia no le tocaba sesión de rodaje de Maridos y mujeres, acompañó a uno de los niños, Satchel/ Ronan, a terapia en el apartamento de Allen. Mientras esperaba al chiquillo en una habitación contigua, Woody la llamó por teléfono; tuvieron una conversación rutinaria. Después, cuando regresó al centro de la habitación, descubrió sobre la repisa de la chimenea un montón de fotos polaroid. Se acercó a mirarlas. En ellas aparecía una mujer desnuda con las piernas abiertas. Era Soon-Yi. Mia cuenta en sus memorias que comenzó a temblar conmocionada. En el juicio posterior para la custodia, el cineasta confesaría que tomó las fotos el día antes, «alrededor de dos semanas después de su primera relación sexual con ella».

Mia telefoneó con urgencia a la oficina de Allen. No estaba allí. Al poco, él le devolvió la llamada. Recuerda que le gritó: «He encontrado las fotos. Aléjate de nosotros». La siguiente a la que llamó fue Soon-Yi. Le dijo llorando: «¿Qué has hecho? He encontrado las fotos». «¿Qué fotos?», contestó ella. Y le colgó.

Ya de regreso en casa se encontró con Sascha en el pasillo: «Woody se está follando a Soon-Yi. Llama a André [Previn, su padre, y de Soon-Yi]». Y sin detenerse a coger aire le gritó a Soon-Yi, que estaba en su habitación, «¿Qué has hecho?, ¿qué has hecho?», forzándola a mirar las fotos que llevaba en las manos y, según su hija, le dio un tortazo. La actriz testificó en el juicio posterior que no hubo agresión: simplemente no la dejó responder y se fue. Woody llegó al rato y Mia, aún conmocionada, solo consiguió empujarlo fuera de la casa. Allen se justificó: «Estoy enamorado de Soon-Yi. Quiero casarme con ella». «Llévatela», fue la única respuesta que recibió.

La siguiente escena se desarrolló entre reproches, llantos de Mia y unas tímidas disculpas de Woody Allen. Aseguraba que Soon-Yi no era lo que él quería realmente. Él, aseguraba, la quería a ella y, aseguraba, solo había estado con la muchacha para darle confianza y autoestima. No volvería a ocurrir, aseguraba. La situación casi acaba con Farrow, según cuenta en What Falls Away, su autobiografía. La primera llamada después del incidente del padre de Soon-Yi, André Previn, interrumpió una discusión interminable, en bucle. Woody le pidió a la madre de sus hijos, asustado, que no se lo contase a su exmarido.

«Woody se ha estado follando a Soon-Yi.» Se l

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos