Evolución

Edward J. Larson

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Los evolucionistas del siglo XIX veían la Tierra como un gran laboratorio o taller de desarrollo orgánico: una reluciente esfera de vida que giraba en un universo de grandes dimensiones. Esta imagen inspiró un modo nuevo de entender la naturaleza. Cambió la forma en que nos vemos a nosotros mismos, los unos a los otros, y a todos los seres vivos. Por aquel entonces, dejamos de ser creaciones individuales para convertirnos en competidores mutuamente relacionados. En la actualidad vivimos a la sombra –o a la luz– de esta moderna visión biológica del mundo.

La historia de la moderna ciencia de la evolución no comienza con Charles Darwin, ni siquiera con la biología. Sus inicios se sitúan en los descubrimientos realizados en el marco de la geología y la paleontología a finales del siglo XVIII. De hecho, cuando Darwin adoptó, en la década de 1830, un punto de vista evolutivo para explicar los orígenes de los seres vivos, se consideraba a sí mismo geólogo y biólogo en la misma medida. Por fortuna, en aquella época no tuvo necesidad de definirse con una etiqueta ni con la otra, sino que pudo adoptar el título más genérico de «naturalista», que abarcaba los diversos campos del saber científico en los que se basó para formular su teoría de la evolución por selección natural.

La teoría de Darwin se propagó removiendo los cimientos de la ciencia y la sociedad, de tal modo que fue poco lo que permaneció igual tras sentir su fuerza. Durante casi un siglo, los científicos discreparon radicalmente unos de otros sobre el modo en que actúa la evolución. Hubo que esperar hasta la década de 1930 para ver cómo emergía dentro de la comunidad científica una respuesta de consenso, cuando un conocimiento más profundo de la genética dio lugar a la síntesis neodarwinista moderna. Sin embargo, los científicos discuten todavía sobre los detalles de la teoría de la evolución, y para muchos es en esos detalles donde está la parte más difícil de la cuestión. En la opinión pública, sigue vivo el desacuerdo cuando se discute si las especies evolucionan, y más concretamente si los seres humanos (o la esencia de la humanidad) se originaron solo mediante procesos naturales a partir de otras formas de vida. Lo que está en juego es importantísimo: pocas ideas nos influyen más profundamente que las relativas a nuestros orígenes. Un punto de partida para cualquier discusión relativa a los orígenes de la materia orgánica es el conocimiento del modo en que se desarrolló la moderna teoría de la evolución. Se trata de una extraordinaria historia de descubrimientos que generaron conceptos que, a su vez, afectan a la mismísima idea de lo que significa ser humano. Y está lejos de haber terminado. Seguiremos aprendiendo cada vez más sobre los orígenes de la materia orgánica –y sobre nosotros mismos mientras mantengamos nuestras mentes abiertas a las nuevas ideas que vayan surgiendo dentro de la ciencia.

Esta historia de la ciencia de la evolución se basa en mis cuatro libros anteriores, en los que trataba varios aspectos del tema. Tengo una deuda permanente con las personas y las instituciones que me ayudaron en mi investigación y en la elaboración de aquellos libros, en los que muchas de ellas aparecen mencionadas. A todas estas personas e instituciones, una vez más, gracias. Para este libro en particular, tuve la suerte de contar con los comentarios de Duncan Porter, Michael Arnold, Rodney Mauricio y Thomas Lessl; con el apoyo de mi esposa, Lucy, y el entusiasmo de mis hijos, Sarah y Luke. Os doy las gracias a todos. Finalmente, estoy profundamente agradecido a Will Murphy, de Random House. Fue su visión con respecto a la historia de la evolución la que hizo que este libro naciera; su trabajo de editor lo mejoró.

1. Rebasar los límites del tiempo

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Rebasar los límites del tiempo

Georges Cuvier tenía una gran cabeza –por lo cual era famoso– y un ego más que autosuficiente para hincharse a voluntad. Desde su posición en la cima de la clase dirigente científica de Francia durante el primer tercio del siglo XIX, acumuló altos cargos académicos y honores oficiales, del mismo modo que algunos niños privilegiados coleccionan juguetes: nunca tenía bastantes y jugaba con todos ellos. Por sus aportaciones al proceso que estableció los fundamentos de la biología moderna, Cuvier tuvo que aguantar muy a gusto que se le comparara con Aristóteles, a quien se reconocía el mérito de haber sido el fundador de la ciencia. Como naturalista, Cuvier imaginaba ser «el Newton francés» que había puesto orden en las ciencias de la vida, del mismo modo que Isaac Newton lo puso en las ciencias físicas. Los rigurosos métodos empíricos de Cuvier abrieron ventanas para la observación de la historia biológica de la Tierra, y otros las aprovecharían para obtener una visión de la evolución orgánica que él se negó tenazmente a aceptar. Más que cualquier otro naturalista, influyó de tal manera en el estilo y la sustancia de la biología del siglo XIX que la historia de la moderna teoría científica de la evolución empieza justamente con él, aunque fue su más firme enemigo.

Nacido en 1769 en el seno de una culta familia burguesa que vivía en la zona francófona y protestante del ducado franco-alemán independiente de Wurtemberg, Cuvier estudió en una academia regional para entrar al servicio del gobierno del duque. Su madre le animaba a sobresalir académicamente, por lo que en la educación formal de Cuvier se incluyó una sólida introducción a la historia natural, un tema tradicional que abarcaba campos tan modernos como la biología, la geología, la oceanografía, la mineralogía y la paleontología. Esta disciplina se convirtió en su pasión. En 1788, al no tener en su tierra perspectiva alguna de conseguir un puesto de los que concedía el gobierno, Cuvier aceptó un trabajo como preceptor que le ofrecía una familia noble francesa en Normandía. Mientras estaba allí, como actividad secundaria, se sumergió en el estudio de los invertebrados marinos. Desde la relativa seguridad de la Normandía rural, Cuvier fue testigo de la Revolución francesa, que, según él la vio, comenzó con grandes esperanzas en 1789, pero se transformó en un proceso terrible y lamentable a principios de la década de 1790. Tras convertirse en ciudadano francés en 1793, cuando el gobierno de Francia se anexionó su país de origen, Cuvier aceptó un puesto en la administración revolucionaria de Normandía, a pesar de haberse vuelto visceralmente contrario al régimen del Terror impuesto por el Estado, y centró toda su atención en los trabajos de zoología. En 1795, cuando un gobierno republicano moderado tomó el poder en París y prometió restaurar la élite científica que había sido decapitada durante el Terror, Cuvier se trasladó a la capital con intención de hacer carrera en el campo de la ciencia. Había muchas vacantes para un naturalista que obviamente era brillante y actuaba impulsado por su ambición. Cuvier logró un cargo de ayudante en el renombrado Museo de Historia Natural y ya no dejó de prosperar. Su ascenso fue desde entonces meteórico. El estudio de la historia natural nunca volvería a ser lo mismo.

Cuvier centró su investigación científica en el incipiente campo de la anatomía comparada: estaba convencido de que la estructura interna de un animal revelaba su función y, por consiguiente, su auténtica naturaleza. En biología, como en todo lo demás, para Cuvier la forma se deducía de la función. Su investigación se benefició en gran medida de su cargo en el primer museo de historia natural del mundo, una institución que llegó rápidamente a ser mucho más completa en cuanto a ejemplares zoológicos cuando los ejércitos de Napoleón saquearon las colecciones de Europa y enviaron a la patria especímenes vivos, en conserva o fosilizados de zonas tan lejanas como Rusia y Egipto. Finalmente, Cuvier planteó la existencia de cuatro (y solo cuatro) tipos anatómicos básicos (a los que llamó embranchements) en el reino animal: vertebrados (con columna vertebral), moluscos (dotados de conchas), articulados (como los insectos) y radiados (como una estrella de mar). «Otras divisiones menores –escribía– son solo modificaciones superficiales basadas en el desarrollo o en la suma de ciertas partes, pero de ningún modo cambian la esencia del proyecto.»1 Este punto de vista, sólidamente basado en el análisis anatómico y reflejado además (con modificaciones) en la taxonomía moderna, hizo añicos el concepto jerárquico que databa de Aristóteles y consistía en una gran cadena de seres vivos que ascendían en una fina gradación desde la forma de vida más simple hasta los seres humanos, que se situaban en el punto más alto de la escala. La idea de ver un orden antropomórfico en todos los seres vivos se impuso en la biología y dio lugar a que se realizara el estudio de estos seres en sus propios términos.

Cuvier fue el primer naturalista que dispuso de una colección aceptablemente completa de mamíferos del mundo –pasados y presentes– para llevar a cabo distinciones definitivas entre ellos. Aprovechó al máximo esta ventaja, reservándola para sí mismo, sus colaboradores y sus protegidos. Por ejemplo, en 1796 anunció que, basándose en sus comparaciones anatómicas de especímenes actuales, podía concluir que los elefantes de la India y de África constituían dos especies distintas, y que ambas diferían del mamut, que se parece al elefante y solo se encuentra en restos fósiles. Las identificaciones positivas de otros mamíferos, tanto vivos como extinguidos, se produjeron una tras otra en una rápida progresión. Para explicar los hallazgos de tantas especies extinguidas, Cuvier anunció, ya en 1796, «la existencia de un mundo anterior al nuestro, destruido por algún tipo de catástrofe».2

Antes de Cuvier, los naturalistas europeos sostenían, en general, que ninguna especie –siendo todas ellas perfectas en su creación original– se había extinguido jamás. Los fósiles no tenían una importancia fundamental: tales objetos eran simples juegos de la naturaleza o restos de algunas especies aún vivas. En contra de esta opinión, Cuvier llegó finalmente a la conclusión de que todos los animales fósiles diferían de las especies modernas y ninguna especie moderna existía en forma auténticamente fósil. Tuvo la audacia de reivindicar el poder de «rebasar los límites del tiempo y recuperar, mediante algunas observaciones [de fósiles], la historia del mundo y la sucesión de los acontecimientos que precedieron a la aparición de la especie humana».3

Uno de los primeros dibujos del esqueleto de un mamut extraído de la tierra helada en Siberia. Es similar al tipo que describió Georges Cuvier en 1796.

De repente, la vida tenía una historia diferente de la del presente, y los fragmentos fósiles la ponían de manifiesto. «Como una nueva especie de anticuario –explicaba Cuvier–, he tenido que … reconstruir los antiguos seres vivos a los que pertenecían esos fragmentos; reproducirlos con sus proporciones y características, y finalmente compararlos con los que viven actualmente».4 La moderna ciencia de la paleontología nació en el laboratorio de Cuvier. Puesto que estaba convencido de que la forma de cualquier animal servía con precisión a sus necesidades funcionales, Cuvier supuso, con gran seguridad por su parte, que unos investigadores bien preparados podrían, en principio, reconstruir la totalidad de la estructura del animal a partir de cualquiera de sus partes funcionales. Los paleontólogos podrían hacer con los animales extinguidos lo que los especialistas en anatomía comparada hacían con los animales vivos: identificarlos de una manera definitiva. La realización de esta reconstrucción para todas las especies terrestres pasadas y presentes se convirtió en el objetivo científico de Cuvier, y él mismo inició esta ardua tarea, llevando a cabo sus mejores trabajos con los peces y los mamíferos cuadrúpedos.

Dado que era un trabajador compulsivo, riguroso e impaciente, Cuvier nunca puso en duda su propia habilidad como investigador científico, educador y administrador. Dominaba como un experto los traicioneros escollos de la política académica francesa, del mismo modo que dominaba la anatomía comparada. Mientras ascendía en la escala profesional dentro del Museo de Historia Natural, Cuvier consiguió también ocupar puestos de liderazgo en el Instituto Nacional y en la Universidad de Francia, lo cual le dio la posibilidad de ejercer una insólita influencia sobre el mecenazgo dentro de la clase científica dirigente, que estaba altamente centralizada. Napoleón nombró a Cuvier miembro del Consejo de Estado en 1813, y este conservó su escaño con gran habilidad (y amplió continuamente su cartera) bajo el reinado de tres monarcas sucesivos. Es digno de mención el hecho de que, aunque cada uno de los gobernantes a los que sirvió fue obligado a abandonar su puesto al menos una vez, Cuvier conservó la totalidad de sus cargos oficiales durante toda su vida y falleció apaciblemente en su lecho en 1832.

Napoleón le dio un título de nobleza nombrándolo chevalier; Luis XVIII lo ascendió a la categoría de barón; bajo Carlos X llegó a ser gran oficial de la Legión de Honor; Luis Felipe lo hizo par de Francia. «Cuvier era bajito y durante la revolución adelgazó –observaba un biógrafo con ironía–. Se volvió más corpulento durante el Imperio y engordó enormemente después de la Restauración.»5 Sin embargo, tenía una gran cabeza, coronada por una espesa mata de pelo. Según un observador, la cabeza de Cuvier «daba a toda su persona un innegable sello de majestad y a su rostro una expresión de profunda meditación».6 Fue el león de la ciencia francesa del siglo XIX y el fundador de la anatomía comparada y la paleontología modernas. No obstante, sus razonados argumentos científicos para justificar la teoría de una creación especial frenaron durante una generación la marea del pensamiento evolucionista, que había estado creciendo desde la Ilustración.

En cuanto a la cuestión de la evolución orgánica (o de «la transmutación de las especies», como se llamó a esta teoría), lo que sucedió no fue simplemente que Cuvier falleciera antes de la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin, y por consiguiente nunca reflexionara en serio sobre esta idea. La estudió detenidamente (aunque no a la luz de los posteriores argumentos que formularía Darwin) y la encontró deficiente. Las conclusiones de Cuvier sobre este tema, aunque reflejaban sus creencias religiosas y sociales, se basaban en su conocimiento científico de la naturaleza. Estos factores añadidos –el religioso y el social– ponen de manifiesto ciertos aspectos de lo que era el pensamiento predarwinista occidental relativo a los orígenes de la vida. Los examinaremos en primer lugar.

Cuvier vivió en una época especialmente voluble de la historia de la religión en Francia, caracterizada por fases alternantes de escepticismo ilustrado, ateísmo revolucionario y catolicismo de la Restauración, y se mantuvo en una postura diferente de la de la mayoría de los miembros de la élite cultural francesa, ya que practicó la religión protestante durante toda su vida. De hecho, se alineó de manera visible con su minoría religiosa supervisando los programas del gobierno para la educación protestante y prestando servicios como vicepresidente de la Sociedad Bíblica Protestante de París. Se casó con Anne Marie Coquet du Trazail, una católica romana que era viuda a causa del Terror, y disfrutaban de una elevada posición social, pero educó a sus hijos en la fe protestante. Sin embargo, su hija Clémentine, cuando adoptó una forma evangélica de protestantismo, llegó a dudar de la salvación de su padre y rezó por su conversión. No era probable que esta se produjera, al menos tal como ella deseaba. Por definición, los miembros de la iglesia evangélica proclaman en público sus creencias religiosas e intentan convertir a otros, pero para Georges Cuvier la religión era una cuestión estrictamente privada. Quizá tenía que ser así para que él pudiera prosperar en la ciencia y la política francesas, pero esto da un giro injustificablemente cínico al caso de Cuvier. Aunque era la auténtica encarnación de la racionalidad en temas científicos, Cuvier aceptaba la verdad religiosa como algo que existía con una independencia total de la razón. Esta actitud hizo que sus creencias religiosas personales fueran prácticamente invisibles para los demás; a pesar de la gran cantidad de especulaciones que han surgido al respecto, han seguido siéndolo hasta nuestros días. Pero, con toda seguridad, fue en cierto modo un cristiano que creía en la Biblia, y el cristianismo bíblico lleva consigo ciertas suposiciones previas con respecto al origen de la vida. Estas suposiciones previas moldearon el pensamiento de Cuvier sobre la evolución, del mismo modo que en el caso de muchos otros cristianos.

El relato bíblico de la creación aparece en el libro del Génesis, que forma parte de las Sagradas Escrituras para los judíos, los cristianos y los musulmanes. Para los ortodoxos, el Génesis representa la palabra de Dios revelada y, como tal, tiene un significado especial en cierto sentido literal, alegórico o místico. Incluso para los teístas liberales, dirigidos durante el siglo XIX por un número creciente de teólogos franceses y alemanes cuya obra leyó Cuvier, el relato del Génesis tiene el significado y la importancia de ser uno de los primeros documentos donde se refleja el modo en que el pueblo judío entendía el papel desempeñado por Dios en la creación. De hecho, para aquellos que, como Cuvier, aceptaban que Moisés había sido su autor, el Génesis adquiere autoridad como uno de los primeros informes escritos sobre la creación. Con cualquiera de estos significados, el relato del Génesis resulta fundamental para poder entender la naturaleza.

El primer capítulo del Génesis dice que Dios creó primero los cielos y la tierra, luego las plantas y los animales, y finalmente los seres humanos, todo ello en seis días. Se dice que todos los tipos de plantas y animales se reproducen «según su especie». Si se lee literalmente, esto excluye la evolución de una «especie» de planta o animal a otra. Con respecto a los seres humanos, el relato afirma que Dios los creó expresamente a su propia imagen y semejanza. El segundo capítulo del Génesis contiene un relato alternativo de la creación en el que el orden de aparición de las formas de vida en la Tierra se invierte en cierto modo, pero con un énfasis similar en la creación divina de seres humanos. Es realmente en este segundo relato donde se presenta por primera vez a Adán y Eva como progenitores de la raza humana, tras haberlos formado Dios de manera directa como hombre y mujer. La Biblia no indica cuándo tuvieron lugar estos hechos de la creación, pero es probable que la mayoría de los primeros cristianos supusiera que todos ellos sucedieron durante los últimos seis mil años. A mediados del siglo XVII, el arzobispo anglicano James Ussher de Dublín utilizó las pruebas contenidas en la Biblia para el cálculo del año en que se produjo la creación y resultó ser el 4004 a.C., es decir, menos de tres mil años antes de que el líder hebreo Moisés supuestamente lo escribiera. Impresa en los márgenes de la Biblia autorizada, o Biblia del rey Jacobo I, la cronología de Ussher casi llegó a convertirse en un evangelio para los protestantes británicos y americanos durante los siglos XVIII y XIX.

Hablando en general, los líderes cristianos de los primeros tiempos de la Reforma no consideraron que la Biblia fuera un texto científico. La interpretaron como un volumen autorizado o inspirado por Dios y formado por libros y cartas escritos por separado y llenos de significados espirituales, siendo algunos de ellos alegóricos. La ciencia, entendida como una tradición intelectual claramente determinada que busca explicaciones racionales para los fenómenos físicos, comenzó con la filosofía natural de los antiguos griegos, aproximadamente quinientos años antes de Cristo. Aunque la mayoría de los griegos probablemente aceptó las explicaciones religiosas o míticas de los fenómenos naturales, algunos filósofos griegos intentaron separar lo sobrenatural de lo natural, proponiendo interpretaciones puramente materialistas de la naturaleza. Los atomistas griegos de la Antigüedad proclamaron que nada existe salvo la materia física dotada de un movimiento carente de sentido. El origen de la vida y de las distintas especies les planteaba un problema específico a los griegos cuando intentaban dar con explicaciones meramente materialistas para los fenómenos naturales. La creación implica la existencia de un agente, por lo que, para prescindir de la necesidad de un creador de la vida, filósofos de la Antigüedad como Anaximandro, Empédocles, los atomistas y los epicúreos formularon diversas teorías de la evolución orgánica, todas ellas bastante toscas.

Sin embargo, basándose en su minucioso estudio de la anatomía animal, Aristóteles llegó a la conclusión de que las especies son absolutamente inmutables. Sostenía que cada especie cría siempre guardando fidelidad a su forma y nunca pare un nuevo tipo de animal. Tras rechazar tanto la creación como la evolución, Aristóteles (que era ateo) postuló sencillamente la idea de que las especies son eternas. Integrando el relato del Génesis con las líneas principales de la ciencia aristotélica, los naturalistas cristianos premodernos consideraron que Dios en un principio había creado las especies y luego las había fijado para siempre en una creación perfecta (aunque con alguna caída). Muy avanzado ya el siglo XIX, ni siquiera Cuvier vio razón alguna para rechazar desde un punto de vista científico el pensamiento aristotélico relativo a la inmutabilidad* de las especies, y apreció plenamente las ventajas religiosas de mantenerlo. Tanto si se lee de manera literal o como una alegoría, el relato del Génesis armoniza con la idea de que las especies, una vez creadas, nunca cambian.

En 1800, Cuvier tenía también fuertes razones sociales para mantener la tradicional visión aristotélica relativa al tema de las especies. El desmoronamiento de la autoridad establecida, asociado con la Ilustración en la Francia del siglo XVIII, coincidió con un resurgimiento de la especulación precristiana sobre la evolución de la vida y con el reduccionismo o materialismo biológico. En su núcleo fundamental, la Ilustración (la plataforma intelectual de lanzamiento de la modernidad) incluía una crítica racional de las doctrinas e instituciones previamente aceptadas. El cristianismo, en la medida en que estaba basado en la revelación divina y no en la razón humana, perdió credibilidad entre los pensadores ilustrados. Asimismo, por carecer de justificación racional, las instituciones políticas y culturales se tambalearon o cayeron, incluido el ancien régime. Durante la década de 1790, en Francia, el rey Luis XVI perdió su cabeza y la Iglesia Católica Romana fue prohibida. Las corrientes revolucionarias también penetraron de manera turbulenta en la historia natural. Algunos sabios y naturalistas radicales desafiaron los conceptos estáticos de la ciencia, incluida la inmutabilidad de las especies; muchos rechazaron cualquier papel activo de lo sobrenatural dentro de lo natural. El materialismo racional ganó terreno en el ámbito del pensamiento científico, social y político, sin que hubiera una separación clara entre estas disciplinas. El desorden llegó a estar a la orden del día, y se hizo inevitable una reacción.

Entre los científicos franceses del siglo XVIII, Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, personifica la Ilustración. Buffon fue uno de los naturalistas descriptivos más destacados de su tiempo y también un teórico muy original que, como superintendente del Jardin du Roi (que después de la revolución se convirtió en el Museo Nacional de Historia Natural) desde 1739 hasta 1788, se valió de su cargo y su prestigio para promocionar sus nuevas ideas sobre la naturaleza. En todos estos aspectos –el campo académico, el cargo de funcionario y el renombre científico– Buffon fue un predecesor de Cuvier, pero nunca su precursor. Aunque los historiadores todavía debaten si Buffon fue un ateo total o sencillamente un teísta radical, lo cierto es que rechazó el cristianismo y buscó explicaciones materialistas para el origen de la Tierra y de sus habitantes. Esto le condujo al pensamiento evolucionista.

El materialismo científico recorre todas las páginas de Historia natural, un voluminoso tratado escrito por Buffon que apareció en quince volúmenes iniciales y siete suplementarios durante el período de cuarenta años que va de 1749 a 1789. Según proponía Buffon en el primer volumen, la Tierra y otros planetas se petrificaron a partir de unos globos de materia fundida que habían salido arrojados al espacio cuando un cometa se estrelló contra el Sol, y en volúmenes posteriores añadía que los seres vivos se generaron de manera espontánea sobre nuestro planeta al producirse el enfriamiento de éste. Como prueba, presentó unos toscos experimentos realizados con bolas de hierro fundido, cuyas superficies, al enfriarse, se arrugaban convenientemente como la superficie terrestre, y también hirvió una sopa de carne que cobró vida cuando se enfrió y aparecieron en ella diversos microorganismos. En el volumen decimocuarto de su tratado, Buffon especuló sobre los orígenes evolutivos de especies similares a partir de tipos ancestrales comunes (quizá solo treinta y ocho formas originales para las doscientas y pico especies de mamíferos que se conocían en aquella época, según sus cálculos). Por ejemplo, planteó la teoría de que todos los leones, tigres, leopardos, pumas y gatos domésticos «degeneraron» como respuesta a las condiciones climáticas locales a partir de un único tipo ancestral de gato. Esto constituye una evolución, al menos a una escala limitada. Como prueba, Buffon presentó la observación de que los mamíferos nativos americanos (ya fueran gatos, osos o seres humanos) eran invariablemente de menor tamaño y más débiles que los mamíferos correspondientes del Viejo Mundo: con toda seguridad, los tipos americanos habían degenerado a causa del duro clima del Nuevo Mundo. Esta manera de pensar desplazó a Dios como creador a tiempos más remotos, o lo sacó fuera del escenario: Buffon nunca aclaró cuál de estas dos posibilidades era la correcta. Esta idea encolerizó a Thomas Jefferson, que en 1787 respondió mostrando en sus Notas sobre el estado de Virginia unas pinturas en las que se representaban animales nativos americanos grandes y fuertes.

Buffon puso límites a su materialismo planteando que ciertos «moldes internos» guían la generación espontánea y la subsiguiente degeneración de los organismos vivos. Afirmó que, a causa de estos moldes, cada familia biológica básica conserva sus peculiaridades a través del tiempo. Un tipo de gato podría degenerar en otro tipo de gato, pero nunca en un perro. Buffon no dijo quién o qué diseñó estos moldes internos, pero su existencia continuada mantenía un elemento primordial de diseño en la propia naturaleza. Así, a diferencia de algunas teorías de la evolución posteriores, ni la generación original, ni las subsiguientes variaciones de seres vivos, eran totalmente aleatorias. De hecho, en el segundo volumen suplementario de su Historia natural, Buffon afirmaba que, en condiciones climáticas similares, se generarían de manera espontánea especies fundamentalmente similares en cualquier planeta. Para él, los moldes internos eran universales y eternos: rebajando estas cualidades no se podría explicar el orden aparente de la vida; pero la más mínima cosa añadida podría dejar demasiado espacio para Dios.

Cualquier idea metafísica era demasiado para los materialistas radicales de la Ilustración francesa. Por ejemplo, el enciclopedista radical de siglo XVIII, Denis Diderot, no vio ni rastro de diseño o planificación en la naturaleza. Cualquier forma de ser vivo podía generarse a sí mismo en un proceso estrictamente natural. Las formas que podían sobrevivir y reproducirse lo harían de este modo, y otras se extinguirían, sin ninguna otra intervención divina. Aunque Diderot se imaginaba un proceso meramente aleatorio que multiplicaría y modificaría la vida en la Tierra –en gran medida lo que más tarde mantendrían los darwinistas–, a diferencia de ellos, atribuyó a la materia una consciencia primitiva que la haría autogenerarse para producir seres vivos. Paul Henri Thiry, barón D’Holbach, prescindía incluso de esta pizca de vitalismo que tendría en sí misma la materia. En su Sistema de la naturaleza de 1770, conocido ampliamente como «la Biblia del ateísmo», Holbach se limitaba a afirmar que la materia inerte podía autoorganizarse en estructuras complejas; cuando llegaban a ser suficientemente complejas, estas estructuras materiales mostraban las propiedades de la vida. Aunque Diderot y Holbach se basaban en las obras de varios naturalistas (incluido Buffon) para apoyar sus especulaciones filosóficas, ninguno de ellos realizó una investigación científica original. Como profetas del ateísmo y paladines de la izquierda radical, lo que buscaban era principalmente explicar el origen de la vida sin recurrir a la idea de una planificación o un planificador, y prestaron escasa atención a cuestiones técnicas relativas al modo en que estaban formadas las especies. Como consecuencia de esto, el impacto de sus escritos fue más filosófico que científico.

Sin embargo, algunos naturalistas ilustrados hallaron evidencias de materialismo en los fundamentos de la vida. En 1740, el naturalista suizo Abraham Trembley descubrió el «pólipo» o hidra de agua dulce, un peculiar animalito que al ser cortado en trozos era capaz de regenerar una multiplicidad de seres completos. Otro naturalista suizo, Charles Bonnet, pronto descubrió que algunas especies de gusanos podían hacer lo mismo. Entretanto, el físico suizo Albrecht von Haller demostró que ciertos tejidos animales, incluidos los músculos humanos, reaccionaban directamente al recibir una descarga eléctrica sin intervención alguna del cerebro o de un alma. Inspirándose en estas observaciones, el naturalista francés Julien Offroy de la Mettrie describió la vida como un principio básico de la propia materia orgánica, y no como el resultado de la actuación de una mente independiente o de un alma que residiera en dicha materia. Estas ideas llegaron a integrarse en la cultura popular. Por ejemplo, durante los años inmediatamente anteriores a la Revolución francesa, el médico alemán Franz Mesmer, basándose en una especulación científica sobre ciertos sutiles fluidos eléctricos y magnéticos que supuestamente animaban la vida, estableció una práctica altamente lucrativa para tratar los calambres musculares y los dolores de cabeza de los parisinos ricos (incluida la reina María Antonieta) con terapias magnéticas en las que utilizaba una forma primitiva de hipnosis conocida como «mesmerismo».

Por supuesto, nadie puede calibrar con precisión en qué medida contribuyó el pensamiento ilustrado relativo a los orígenes materiales de la vida y de las especies orgánicas a la agitación política, social y religiosa de la Revolución francesa, pero algunos observadores de la época vieron un vínculo causal. Los conceptos de inestabilidad biológica parecían alimentar el desorden social; el materialismo racional socavaba los cimientos de la autoridad política y religiosa tradicional, y el caos se produjo cuando la ley de la selva llegó a ser la norma en París. Según Cuvier, que estaba traumatizado por la revolución y, en consecuencia, buscaba el orden político y social por encima de todo, esta conexión era perjudicial para la propia teoría de la evolución orgánica y para todo tipo de especulación biológica. Opinaba que solo los hechos empíricos podían proporcionar una base sólida para la ciencia y la sociedad. En la historia natural los sistemas especulativos llevaban a la ruina. «Convencido como estoy de la futilidad de todos esos sistemas, me alegro mucho cada vez que aparece un hecho bien comprobado y destruye alguno de ellos», proclamaba Cuvier en 1804.7 Cuatro años más tarde, le dijo a Napoleón: «Nuestras ciencias naturales son únicamente un conjunto de hechos compaginados entre sí, y nuestras teorías son solo fórmulas que abarcan un gran número de estos hechos».8

Cuvier aprovechaba hasta la más mínima oportunidad para criticar las especulaciones de Buffon y de otros naturalistas de mentalidad materialista. En 1796, durante la conferencia inaugural que pronunció en el Instituto Nacional, se centró en atacar la teoría de la degeneración evolutiva de Buffon, a pesar de que este había muerto tiempo atrás y su teoría no había atraído a muchos seguidores. Refiriéndose a las diferencias anatómicas funcionales entre los elefantes indios y los africanos, Cuvier declaró: «Cualquiera que sea la influencia del clima para hacer que los animales cambien, seguramente dicha influencia no llega tan lejos. Decir que pueden cambiar todas las proporciones de la estructura ósea y la textura profunda de los dientes sería como afirmar que todos los cuadrúpedos podrían haber derivado de una única especie; que las diferencias que muestran son solo degeneraciones sucesivas; en una palabra, supondría reducir a la nada toda la historia natural, ya que los objetos de estudio de esta ciencia serían únicamente formas variables y tipos efímeros».9 Desde esta explosión inicial hasta sus últimos debates públicos con el naturalista evolucionista Étienne Geoffroy Saint-Hilaire en 1830, Cuvier se opuso a la idea de evolución orgánica en todas sus formas. En aquella época, no era el único que veía un matiz radical en la llamada «hipótesis de la transmutación».

Por mucho que pudieran haberle influido sus ideas religiosas y sociales, Cuvier tenía sólidas razones científicas para rechazar el concepto de evolución orgánica. Estas razones no eran reaccionarias. Más bien lo contrario: reflejaban la ciencia más progresista del momento, una ciencia que, según las palabras del propio Cuvier, rebasaba los límites tradicionales del tiempo geológico. Sus descubrimientos en los dos campos primarios de su investigación científica, la anatomía comparada y la paleontología, convencieron a Cuvier de que la evolución era imposible.

Trabajando bajo la dirección de Buffon, Louis Jean Marie Daubenton fue pionero en el estudio de la anatomía comparada, que llevó a cabo en el viejo Jardin du Roi de París, centrando su trabajo en las características externas y los órganos importantes de los animales. Tras cambiar de campo de investigación para pasar a la mineralogía, después de que en el período posterior a la revolución el Jardin du Roi fuera reorganizado como Museo de Historia Natural, Daubenton apoyó el nombramiento de Cuvier como profesor ayudante de anatomía. Continuando la obra del anterior ayudante de Daubenton, Félix Vicq d’Azyr, que falleció durante la revolución, Cuvier resaltó la importancia de examinar toda la estructura interna de un animal, llegando hasta sus partes de menor tamaño. El análisis riguroso de los mamíferos proporcionó a Cuvier una apreciación sin precedentes de lo que él llegó a considerar como la irreductible complejidad funcional de los seres vivos. «Actualmente la anatomía comparada ha alcanzado tal punto de perfección que, después de inspeccionar un hueso aislado, podemos a menudo determinar la clase, y a veces incluso el género, del animal al que pertenece –comentaba Cuvier en 1798–. Esto es así porque el número, la dirección y la forma de los huesos que componen cada parte del cuerpo de un animal están siempre en una relación necesaria con todas las demás partes, de tal modo que (hasta cierto punto) se puede deducir el todo a partir de cualquiera de ellas.»

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