La decadencia de Cataluña

Gregorio Morán

Fragmento

Prólogo

Mirarse en el espejo

Uno vive entre gentes pomposas. Hay quien habla del arquitrabe y sus problemas lo mismo que si fuera primo suyo, muy cercano además. Pues bien, parece ser que el arquitrabe está en peligro grave. Hay quien viene diciéndolo desde hace veinte años.

JAIME GIL DE BIEDMA

No hay espejos donde se puedan mirar las sociedades, y aunque los hubiera. A los pueblos no les gusta nada confrontarse a su imagen sin retocar. Les produce el desasosiego del aldeano ante el fotógrafo. Unos dirán que son cóncavos y que les distorsiona, otros que convexos y que les saca ridículos. Si ocurre con los retratos personales, ¿cómo no va a suceder con los colectivos? Si usted les ensalza, le dirán que ha comprendido la esencia; si les critica, que no ha sido capaz de pasar de la anécdota. A la gente le gusta quedar bien y, por tanto, cualquier retrato que se acerque a lo que el fotógrafo entiende como realista corre el riesgo de ser tachado de parcial o ignorante.

Hay muchas maneras de mirarse en el espejo. Está la inquietante de todas las mañanas, mientras uno se afeita y aprecia, apenas sin quererlo, las erosiones del tiempo, auténticas devastaciones en forma de arrugas, manchas que parecían episódicas y que se van haciendo perennes. También está el gesto de secarse después de la ducha y ese cristal que nos fotografía en imágenes poco complacientes. A determinada edad el espejo va perdiendo ese aire de soporte para la satisfacción, la autoestima y hasta el respeto, que nos parecía lo normal cuando éramos más jóvenes. Y se va convirtiendo en recordatorio del tiempo pasado o de las cicatrices que nos dejaron las historias que vivimos en primera persona.

La idea del espejo me vino de la lectura continuada de estos cuarenta y seis textos que abarcan nada menos que diecisiete años de la historia de este país, que ahora es el mío porque yo lo decidí; un privilegio del que no gozan la mayoría de los autóctonos, obligados a vivir allí donde los parió su madre, les guste o no. De ahí el orgullo de «charnego», expresión utilizada para quien vino a trabajar a Cataluña. En mi caso no tiene el más mínimo sentido lo de sentirse integrado en la sociedad donde se vive, cosa que tampoco me ocurriría en París, Roma o Lisboa, porque no aspiro a ser «charnego agradecido». Ni ellos me regalan nada ni yo les bendigo por su benevolencia. Cada cual cumple con su trabajo y su responsabilidad como ciudadano. Punto.

Son espejos. Desde los que en 1995 nos consentían ver la realidad, o lo que creíamos era lo mismo, con el optimismo un tanto ligero del oasis catalán frente a la hirsuta meseta castellana. Cataluña —entonces lo habitual era escribirlo así, con eñe— pero el tiempo que varía las cosas y las costumbres, convirtió la eñe castellana en ene con i griega, ya se escribiera en catalán o castellano. Ante este espejo en el que me miro debo admitir que jamás he escrito «Catalunya», no por nada especial sino porque hasta hoy no manejo otra lengua distinta al castellano. Por tanto, las «Catalunyas» de mis artículos siempre han ido con eñe y luego la máquina traductora las rebautizó.

Mientras me miro en el espejo de los textos, recuerdo una de las experiencias más alucinantes que viví en el País Vasco, a punto ya de terminar Los españoles que dejaron de serlo (1981),1 que llevaba un subtítulo donde aparecía la palabra Euskadi, nada menos que Teo Uriarte —militante de ETA de la primera hora, condenado a muerte en el Proceso de Burgos (1970), un puñado de años de cárcel, organizador luego de Euskadiko Esquerra, y uno de los autores de la incorporación de Euskadiko Esquerra y su reserva de ETA político-militar a las filas del PSOE—, me preguntó taxativamente en 1981 si yo iba a escribir Euskadi con ese, o con la zeta de los sabinianos del PNV. La verdad es que no supe muy bien qué decirle, perplejo ante la pregunta. Le respondí que probablemente con ese porque era la terminología más moderna. «Si aparece Euskadi con zeta, no lo leeré», me dijo.

En fin, la discusión sobre escribir Cataluña o Catalunya me retrotrae a 1981, cuando preocupaba a los filólogos políticos de ocasión en el País Vasco, pero que en Cataluña hubiera sido motivo de chanza y descojone. Pues fíjense, yo escribo en castellano «Cataluña» y una máquina está programada para que me lo transcriba al papel, en un texto castellano, como «Catalunya». Lo último que se me hubiera ocurrido es indignarme y hacer de Teo Uriarte. El problema es suyo, no mío.

El espejo en el que miramos a Cataluña, su clase política, su sociedad, sus inquietudes, su desdén por las tonterías derivadas de la lengua. La lengua, cualquiera que sea, y más si es nueva o renovada, da de comer a más devotos de la fe que cualquier seminario, menor o mayor. La lengua, si no es estofada, que lleva su tiempo y requiere cierta mano del cocinero, es un negocio garantizado y con poderes para convertirse en monopolio, eliminando a la competencia.

Jordi Pujol consiguió convertir la lengua en la principal industria de Cataluña. Primero porque como católico no podía inventarse una fe nueva, o una especie de «regalismo» catalanista, aunque lo intentó y aún insiste desde el Monasterio de Montserrat como símbolo. Su empresa es una industria singular porque no produce nada, cero valor añadido, pero da de comer a miles de ciudadanos y a sus familias, y les otorga la buena conciencia de un católico ferviente en un mundo de descreídos sin la llave de la salvación: la lengua. Un cruzado de la lengua hasta el punto de hacer creer a la menestralía intelectual, que vive de la lengua, que de no ser por él ésta ya hubiera muerto. Lo que no consiguieron dos dictaduras y un montón de golfos que la esquilmaron, lo ha logrado él a costa de los presupuestos. Sus hijos, familiares y parientes ya llegaron con la conciencia de que la mejor lengua es la estofada, o en Cataluña la que sirve para hacer bull o bisbe, un delicioso embutido, pero él la transformó en esencia de la identidad. «Esencia de la identidad», ahí es nada.

Si nos miramos en el espejo que tantos reflejos nos muestra desde 1995 a 2012, estamos obligados a referirnos a Jordi Pujol, primer President electo de la Generalitat de la monarquía democrática y auténtico padrino de este país algo mayor que Sicilia, pero con claras concomitancias políticas, familiares, gastronómicas y hasta musicales con la isla. Lamentablemente, nuestra literatura contemporánea aquí fue más humilde pero no por ello menos pretenciosa, como corresponde a una lengua que se dobla entre lo doméstico y la subvención institucional.

En estos textos está Jordi Pujol no de un modo omnipresente, pero como ocurre también en Sicilia, hasta cuando se amaga sabemos que alguien está escuchando en su nombre y alcanzará su oído. Siento una especial atracción hacia la figura de Jordi Pujol, quizá porque, como les ocurre a tantos biógrafos de personajes complejos, representa para mí todo lo que detesto como hombre, como padre, como marido, como político, y no digamos como intelectual, si es que tal pretensión suya tiene validez alguna. Durante muchos años estuve proponiendo a diversas editoriales publicar su biografía y no la aceptó nadie. Llamativo. Conseguí que me editaran una de un presidente español en ejercicio, Adolfo Suárez, no sin dificultades, todo hay que decirlo, pero sobre Pujol no fue posible. Y ahora, aunque lo fuera, ni tengo ganas ni interés. Merecería un guión cinematográfico o un gran documental, pero una biografía es un género que exige otras condiciones que ya no es fácil que se den. Queda para los que nos siguen.

Conocí a Jordi Pujol el 24 de octubre de 1978. No era nadie, digámoslo en términos crematísticos. Tan así era que el portero de la casa se equivocó y me mandó al despacho de otro Pujol que había en el edificio del Paseo de Gracia, 88. Era martes y quizá por eso la reunión estuvo precedida de incidentes; lo cierto es que estuvimos charlando durante cuatro horas y pico. La expresión «charlar» es más coloquial que exacta, porque entonces Pujol tenía por costumbre dos hábitos que en cierto modo mantiene, aunque corregidos. No mirar nunca a su interlocutor, prueba manifiesta de que no le interesa, y dar vueltas en torno a la mesa. De entonces me quedaron dos ideas fijas que él expresó con enorme énfasis: que haber tenido siete hijos había sido un deber para con el pueblo de Cataluña, «porque somos un pueblo demográficamente pequeño», y que si tuviera que recordar una imagen de su infancia sería la estampa de San Pancracio colocada en la pared, con la leyenda: «San Pancras: Doneu-nos salut i feina».

Luego nos vimos, incluso almorzamos en varias ocasiones, pero ya todo había cambiado. O más exactamente, Jordi Pujol dejaba de ser el «milhomes» con que Josep Pla le había caracterizado durante años, y había pasado a líder con categoría de Padrino. Lo de su detención y encarcelamiento por dos años durante el franquismo no tenía demasiado valor en los comienzos de la Transición.2 Había en Cataluña un batallón de represaliados y torturados, cuyo comportamiento había sido más que admirable, heroico. No había sido su caso. Es verdad que luego los plumillas de la historia le convertirían en mártir del Palau de la Música, donde por cierto los suyos se forrarían años más tarde, pero ni había estado allí ni había hecho otra cosa que redactar un panfleto describiendo a Franco como un dictador, que no era poca cosa entonces, pero que tampoco hubiera ido mucho más lejos sin las complicaciones que causó la implicación con el impresor y ciertas torpezas de bisoño en la clandestinidad. Pero fíjense bien, todos aquellos que han tratado etapas biográficas del Jordi Pujol President y Padrino siempre han sido recompensados sin que sepamos muy bien por qué: si es por lo que dicen o si es por lo que saben.

Así pasó con el historiador Solé Sabater, que fue nombrado primer director del Museo de Historia de Cataluña; así ocurrió con Alfons Quintá, primer relator desde las páginas de El País de las implicaciones de Jordi Pujol en la quiebra de Banca Catalana, nombrado no mucho después primer director de la televisión catalana TV3. Incluso su actitud con Josep Benet, historiador, pero sobre todo político opositor a Pujol, a quien éste concedería una sinecura, siempre y cuando se mantuviera callado respecto a cualquier asunto que concerniera al President-Padrino y a su familia. Se podría hacer una lista de singularidades semejantes. Una situación que recuerda escenas de películas del género en las que el Padrino cubre y protege a quien le manifiesta el respeto. ¿Se acuerdan del empresario de la funeraria cuando visita a Marlon Brando para pedirle un favor y él le reprocha el respeto ausente?

La Cataluña de la Transición no la hizo Jordi Pujol, al contrario; pero gracias a la incompetencia de sus adversarios y a su indudable talento político, estrecho de miras, parroquiano, vulgar, todo lo que ustedes quieran, pero los talentos políticos sólo se demuestran ganando. El que pierde puede tener muchas cualidades, pero le falta ésa, que es como el movimiento, que se demuestra andando. La política, o es éxito o no es.

Pujol agarró la transición ya encarrilada y supo sacar partido de su veteranía como promotor fracasado, como empresario ful, como patriota con el riñón cubierto; pero consolidada la Transición en toda España, se hizo con el mando en una zona vital, cuyo prestigio era superior a cualquier otra. Podía hacer lo que quería y lo hizo, por ejemplo, ofrecerles a los derrotados socialistas catalanes compartir el poder, y no quisieron, o presentar leyes de consecuencias irreversibles como la inmersión lingüística; hablaba idiomas o al menos hacía lo imposible para que le entendieran, y se hizo con toda la bancada.3 La Cataluña contemporánea es incomprensible si no se analiza la figura de Jordi Pujol, y resulta que apenas hay una biografía que se pueda leer, y eso que estamos en el emporio de la edición española, Barcelona.

No se puede desdeñar lo que ocurrió entonces. En abril de 1984, Pujol arrollaba en las elecciones autonómicas frente a un candidato que parecía recién salido de hacer prácticas en la morgue. Tonto, pedante y engreído, muy buena persona al parecer, Raimon Obiols, de familia de prosapia cultural, dato importante para un puñado de frívolos que adoran el Mediterráneo y hasta su dieta. Los otros partidos eran sucedáneos, restos de serie de tiendas de ultramarinos (colmados, en catalán), cuando no restos de naufragios.

Y el PSOE que lo tenía todo, salvo esa excepción catalana, hizo lo que primero se les ocurre a los arrogantes sin recursos intelectuales: llevaron a Jordi Pujol a los tribunales por desfalco y otro montón de cosas ocurridas años antes en Banca Catalana. Una idea digna de Alfonso Guerra y así salió. ¡Cómo se podía iniciar un proceso contra el President de la Generalitat, que semanas antes acababa de conseguir un millón trescientos mil votos! En otra época, si le llega a ocurrir al golfo de don Alejandro Lerroux, hubiera incendiado Cataluña. Pero Pujol hizo una cosa de mucho más talento, se envolvió en la señera, la bandera propia, y consiguió dos cosas: dejarles en ridículo por torpes y monopolizar el poder mientras el cuerpo le aguantara. Pequeño detalle: al tiempo se hizo nombrar «español del año 1984» por el ABC, el diario señero de la derecha fetén (no se olviden que gobernaba el PSOE en mayoría absolutísima) gracias a los servicios mancomunados de los hermanos Ansón, Luis María (Director) y Rafael (Promotor de servicios).

Es imprescindible llegar hasta aquí para facilitar la comprensión completa de lo que desde entonces se denominaría «el oasis catalán» frente a la «baralla madrileña». Es bonita la expresión catalana «baralla», porque indica conflicto sin sangre, lío, follón, molestias. No voy yo a hacer ahora lo que el pobre don José (Ortega y Gasset) que siempre repetía «fui el primero que lo dijo». Pero es verdad que la idea de oasis catalán está, como se puede comprobar en los artículos que siguen. Lo que ocurre es que las palabras tienen vida propia. Y cuando algunos nos referíamos al «oasis catalán», lo convertíamos en una parodia, hartos de que los eminentes columnistas locales elogiaran esa tranquilidad frente a la agresividad de la prensa madrileña. Así nos fue. Me refiero a la prensa catalana, que se convirtió en un erial sin dejar de ser un oasis para mucho camello.

El éxito del oasis catalán, como expresión, es como todo en el mundo de la comunicación: un producto subvencionado, porque si ha habido un lugar donde el sultán que domina el oasis hace y deshace a su gusto y placer, éste era la Cataluña pujoliana. Fíjense si la cosa llegaría a ser fuerte que el único opositor real que tenía Convergència i Unió, no venía de la izquierda, ni siquiera del cogollo del Partido Popular, un partido de palomas que arrullaban y comían en la mano. El único opositor real a Pujol y su oasis de Las Vegas era Alejo Vidal-Quadras, auténtica bestia negra del imaginario colectivo del nacionalismo; se burlaba de ellos, de su simpleza, de su incultura e incluso —fue una intervención que aún recuerdo como memorable— del espantoso catalán que hablaban: «En vez de hacerlo muchos de ustedes en castellano, que es la lengua que han usado siempre, y así no ofenderían a los que conocen la lengua catalana» (cito de memoria). Fue la debacle. Los humilló, lograba humillarles, a ellos que eran la sal de la tierra catalana. Incluso su propio grupo conservador, acostumbrado al desprecio, se sentía excesivamente protagonista. ¿Y saben qué ocurrió? Cuando el presidente Aznar y el president Pujol hubieron de pactar para poder gobernar con la mayoría suficiente, la primera exigencia del liberal y condescendiente Jordi Pujol fue que sacara de Cataluña a Alejo Vidal-Quadras. Aznar lo mandó a Bruxelas.

Donde había problemas, se miraba para otro lado, y luego estaba una de las invenciones ideológicas de mayor calado del pujolismo, el Comparativo Pujoliano. Merecería una tesis. Cualquier cosa que usted denunciara en Cataluña la resolvía el President-Padrino con un ejemplo. «Eso también lo hacen en Dinamarca, en Suecia, en Finlandia…» Tengo una relación de símiles que por cierto no eran fáciles de comprobar y que con toda probabilidad eran falsos. Pero entre que usted hace una pregunta, el President-Padrino responde y al interlocutor no le queda más remedio que comprobarlo, pasa un tiempo que luego convierte la historia en incidente. Un ejemplo. Recuerdo un almuerzo con el president Pujol en el que le pregunté «¿quién es usted para dar la patente de buen catalán o mal catalán?». Fue rapidísimo. «¿Cuándo dije yo eso?», respondió. Por esos milagros de la memoria me acordaba de la reciente muerte del escritor Pere Calders, y se lo dije. Su sentencia había sido concluyente: «Ha muerto un buen catalán». Se quedó pensando un instante y cambió de tema.

Pero hay que admitir que a pesar de este oasis de pega y las argucias del President-Padrino yo he gozado de una libertad que con toda sinceridad y sin que me duelan prendas jamás hubiera logrado en diarios postineros de la capital de España, supuestos intelectuales colectivos y taimados censores y manipuladores de la opinión. Yo lo he podido hacer en Cataluña y en un periódico conservador en ocasiones con pretensiones de centro-derecha y en otras de nacionalismo soberanista. Durante veinticinco años, recién cumplidos, he escrito en La Vanguardia.

Recuerdo que Manolo Vázquez Montalbán solía decirme que yo era la coartada de izquierda en un periódico de derecha, y yo siempre le respondía que lo suyo era aún peor, porque no era la coartada de izquierda en un supuesto periódico de izquierda, y que además debía aceptar orientaciones e incluso firmar cartas que garantizaban la probidad de sus jefes, cosa que a mí no me había ocurrido nunca. Es más, otra de las singularidades de mi colaboración ya veterana en La Vanguardia es que quizá sea el único periodista que tras un cuarto de siglo trabajando para sus lectores no ha visto ni ha hablado jamás con el patrón, Conde de Godó. Entré contratado por el director Juan Tapia y seguí sin mayores incidentes con el siguiente, José Antich. Nadie se inmiscuyó en mis temas ni en mi estilo ni en mis opiniones. Y esto no es sólo de agradecer, sino que ronda el milagro. En los veinticinco años de colaboración sabatina me levantaron dos artículos, uno de ellos sobre Jordi Pujol.

Esta compilación de cuarenta y seis textos sobre temas relacionados con Cataluña no tendría su toque perverso sin advertir que entre ellos está el que fue censurado. Lo levantó la entonces dirección de La Vanguardia —Juan Tapia y Luis Foix— por razones que no me explicaron y que quizá el lector de hoy comprenda mejor que yo. Se titula «Las trampas del redentor», está dedicado a Jordi Pujol, como es fácil de entender, y se debía publicar el 9 de octubre de 1999, no lejos de las elecciones autonómicas. No apareció y debo confesar que este ejercicio de censura no provocó ni la más mínima reacción del gremio periodístico, incluida la ínclita Asociación de Periodistas de Cataluña. Sólo un semanario underground, El Triangle, lo reprodujo ante el silencio más absoluto de medios y colegas. Sólo Manolo Vázquez Montalbán hizo una mención en su columna de El País.

Me considero, no obstante, un privilegiado. En veinticinco años de continuada colaboración semanal en La Vanguardia sólo me han levantado dos artículos. El ya citado, dedicado a Pujol en 1999, y otro referente a Israel en 1992, que convocó en la vieja redacción de la calle Pelayo de Barcelona a la cúpula de la Comunidad Israelí —mejor sería decir sionista— de Cataluña, que tras amenazar al periódico sobre un artículo del que ellos disponían y que ni siquiera había leído el director, consideraron que su publicación significaría un casus belli que amenazaba a la publicidad de La Vanguardia —había dos grandes publicitarios en la ocasión— y además, según me contó el entonces adjunto, Luis Foix, amenazaban con denunciar en The New York Times —«¡imagínate en The New York Times!»— que La Vanguardia era un diario «antisemita». Ha pasado tanto tiempo desde entonces, que se me olvidaron los detalles, no la impudicia. Pero reconozcámoslo, ¡veinticinco años escribiendo en un diario español y haber sido censurado sólo dos veces! No creo que haya precedente.

Y eso merece una explicación. No existe ningún trabajo sobre La Vanguardia, fuera del texto de Agustín Calvet, Gaziel, que había sido su director durante la República, y que fue escrito en condiciones difíciles que no vienen ahora al caso. Pero conviene retener el detalle de que la parte más viva y contemporánea de Gaziel se publicó póstuma, y lo destacable es que lo fue ¡a petición propia! No creo que exista en España ningún diario con la gama de directores que pasaron por La Vanguardia, antes de la guerra, durante la guerra y después de la guerra. Meterme en esa ducha finlandesa, de mucho frío y mucho calor, saldría del objetivo de esta introducción que tan sólo trata de valorar el sentido que tiene mirarse en el espejo.

La sociedad catalana de la Transición no tiene similitud con ninguna otra de España, en la misma medida que La Vanguardia de los prolegómenos de la Transición es el diario más influyente y vendido de España, hasta que sea superado por El País, y el eje Barcelona-Madrid se transforme en Madrid-Barcelona. Esta línea de reflexión no es para seguirla aquí, pero conviene tenerla en cuenta a la hora de valorar la singularidad de La Vanguardia.

El pujolismo ha sido letal para la sociedad catalana y no podía dejar de serlo para los medios de comunicación y, por tanto, para La Vanguardia. Lo que era abierto, se fue cerrando. Lo que era integrador, se volvió defensivo. La amenaza del enemigo, no necesariamente real, porque para eso uno paga a los medios, para que conviertan en plausible lo que no es más que un supuesto o una intención. Todo eso, sumado a otros elementos menos descriptibles sin arriesgarse a pasar por los tribunales, pero no por ello menos ciertos —la judicialización de la vida política y social catalana—, fue un precedente para toda España. El formador de generaciones de abogados, el instructor, para entendernos, de los letrados más granados de toda la península fue un delincuente experto en jurisprudencia: Piqué Vidal. El juez de las sentencias más audaces frente a los grandes era un extorsionador que trabajaba en comandita con ese abogado, el eminente magistrado Pascual Estevill. Ambos del entorno de Jordi Pujol; uno le defendió y el otro fue promovido al Consejo General del Poder Judicial por su partido.

Si algún valor tiene esta recopilación de textos de cuya actualidad hasta yo mismo me sorprendo, es que marca la linde entre la magnificencia impostada del oasis inventado hasta el disloque de una sociedad dirigida por un puñado de chorizos, convictos y hasta confesos en su mayoría, pero sobre todo de incompetentes. Si Jordi Pujol había logrado crear un amago de sociedad palermitana —entre Catania y Palermo, para entendernos— llegó el invento del Tripartito, contra todo pronóstico, y consiguió lo que parecía imposible: hacer lo mismo, pero aún peor. Le retiraron el poder a Convergència i Unió para repartírselo entre el enjambre del PSC, Esquerra Republicana y los pecios del viejo PSUC recuperados del fondo de la ruina.

Los dos periodos del Tripartito, encabezados por Pascual Maragall y José Montilla —«¡Oh, un José en la presidencia de la Generalitat, decía la baronesa Pujol-Ferrusola, de profesión sus jardinerías, si aún se hubiera hecho su inmersión lingüística y rebautizarse Josep!»— fueron una demostración de que el elemento de la hegemonía nacionalista, conservadora por esencia, podía hacer de un hijo de guardia civil, Carod-Rovira, un trepador garibaldino casado con una pariente lejana de Rovira i Virgili, un icono del nacionalismo catalán. Porque sin pedigrí, en Cataluña, no hay salvación ni autoridad ni negocio.

Pascual Maragall era un chico bien de familia mal, que vivía de las glorias, ¡y qué glorias!, del abuelo poeta. Cataluña —lo he dicho siempre— es el único lugar que conozco donde se puede vivir de hijo de poeta, siempre y cuando el poeta haya muerto, despreciado y jodido. La sociedad es muy sensible sobre ese punto. Pascual, que había militado en grupos de izquierda radical en el franquismo (FLP-FOC) consiguió el milagro de tener que enfrentarse en unas elecciones a la alcaldía de Barcelona al señor Trías Fargas, un competente financiero, aseguran, cultivado coleccionista de libros antiguos, políglota, pero a quien nadie daría la alcaldía de Barcelona a menos de estar aventado. Siempre me emocionó la anécdota del dirigente obrero que se dirigió a él, en una de las sesiones de la Asamblea de Cataluña, clandestina y antifranquista, y le llamó «compañero». «Oiga, perdone, ¿usted y yo compartimos aula en la Universidad de Chicago?».

Ganó Pascual Maragall, lo que sumado a la cantidad de dinero que se fue repartiendo en lotes por todas las agencias de publicidad de Barcelona, que eran bastantes y buenas, hizo de él un personaje. No era John Fitzgerald Kennedy, pero era lo que había. Un detalle: estaba casado con Diana Garrigosa, catalanista de pro, pero en su casa hasta que empezó el control pujoliano siempre hablaron la lengua de Castilla. Pascual, como todos los Maragall, más hijos de su padre que nietos de su abuelo, no se manejaban bien en catalán.

Y por fin José Montilla. ¡Pobre Montilla! Aprendió catalán en menos tiempos que Ibarretxe aquel verano que Xavier Arzalluz le advirtió que sin «euskera no hay lehendakaritza». Pepe Montilla, de Iznájar (Córdoba), hacía lo que podía y aquello sonaba mal, pero no peor que el doctor Xavier Trías, actual alcalde de Barcelona por Convergència, que era de Barcelona de toda la vida y nunca se le había ocurrido tener que pasar otro examen que no fueran los clínicos de su historial de galeno.

En fin, así llegamos al final de este prólogo que es el enlace entre dos historias. ¿Cómo se fue agotando el impulso de una sociedad, mecida en la autosatisfacción pujoliana hasta llegar a lo churrigueresco, que no fue otra cosa que el Tripartito imitando a Pujol e incluso superándole? ¡Para que no digan! Cuentan que el día que Lluís Companys declaró el «Estat Catalá» en 1934, aprovechando la sublevación obrera asturiana, dijo algo así como: «Ahora no dirán que soy poco catalanista».

Le duró el invento unas horas y nadie le salvó del ridículo de no ser por su heroica muerte ante un pelotón de fusilamiento por razones que no tenían ya nada que ver con aquello. La Cataluña de Companys, de Comorera, incluso de Tarradellas, no tiene nada que ver con la Cataluña de Jordi Pujol. Porque aquella perdió la guerra, y ésta no sólo ayudó a ganarla al enemigo, al que voluntariamente sirvió, sino que consiguió manipular la historia para lograr algo inédito: una doble victoria, ganaron la guerra con Franco y luego la democracia con Pujol.

Parodiando a Cambó: «¿Autonomía, Independencia? Cataluña». Porque Cataluña siempre serán ellos.

La paz pujoliana (I)1

No hay viajero de puente aéreo que no vuelva escandalizado de Madrid. Periodistas, empresarios, políticos…, cada uno trae como mínimo una anécdota para echar de pasto sobre sus amigos o socios, en la que queda patente la tensión que se acumula sobre la insoportable vida madrileña. Los periodistas políticos, que son por esencia un gremio que aparentan de señores tan sólo cuando se reúnen entre ellos, fuera de las miradas de sus jefes, vuelven de Madrid —lo he oído— con un desdén de hombres por encima de las contingencias, sorprendidos de la agresividad y el arbitrismo de sus colegas: «¡Creen que lo saben todo!».

Un amigo me señalaba, muy afectado en su condición de charnego converso, la mala impresión que le causó el que un individuo en Madrid le espetara: «¡Cómo os ha comido el coco la burguesía catalana!», y que lo hiciera sin saber a ciencia cierta si era porque se estaban zampando una langosta, porque lo hacían en el restaurante La Trainera o porque hablaban en catalán.

Durante décadas viajar a Madrid desde Barcelona era una ocasión para formalizar negocios, conocer algo de eso tan siniestro como es el funcionamiento del Estado, pulsar el tono de la clase política y volver pronto con la convicción de que el madrileño, en general funcionario, es un tipo que habla mucho, trabaja poco y no sabe lo que es la mediterránea alegría de vivir. Un tópico que coincide con la verdad más de lo que sería de desear pero que nunca llegó a impregnar como ahora a la gente más crítica de la sociedad catalana.

Madrid está viviendo desde hace años una situación de deterioro provocada por la quiebra del modelo socialista que fue la perla de exhibición, la condensación de todas las audacias formales de la pasada década. La ilusión por transformarse de poblachón manchego en la Gran Manzana asada de la movida. Eso se acabó. Confío poder escribir muy pronto sobre ese escorado y chulángano Madrid postsociata.

Una prueba de que algo no marcha muy bien en los análisis sobre nuestra situación social es que yo puedo escribir un artículo crítico sobre Madrid sin citar ni una sola vez a Barcelona, pero si lo hago sobre Barcelona sin aprovechar para meter un par de puntadas a Madrid estaré descalificado de entrada. Como me importa un comino y ya soy mayorcito y no tengo que pedirle permiso a nadie para decir lo que pienso, voy a escribir sobre aquí sin necesidad de dorarle la píldora a cierto personal autóctono, contando lo perversos que son allá, para así «contextualizar» nuestros defectos de acá. O como algún imbécil titulado suele decir, el nacionalismo catalán es una reacción frente al nacionalismo español. Siempre tuve para mí que el nacionalismo catalán ha de ser algo más consistente que eso, porque el nacionalismo español ha sido simplemente la expresión edulcorada del fascismo.

El clima de autosatisfacción que vive Cataluña o, por mejor decir, el sentimiento de autoalabanza de que gozan aquellos sectores que se consideran la representación más granada y egregia de la catalanidad cultural, me parece una impostura. Primero, por una cuestión metodológica: ningún intelectual que se precie puede considerar el tiempo que vive como el mejor de los mundos posibles a menos que se apellide Popper, que tenga edad de jubilación bien remunerada y que alimente a su alrededor una cohorte de paniaguados reconvertidos de todas las miseri

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