
Todos nos consideramos especiales, o por lo menos deberíamos sentirnos así. Yo siempre he creído que podría hacer grandes cosas en la vida. No sé si por eso hay que entender ser una buena hija, una madre abnegada o una exitosa profesional, pero sí sé que, para mí, hacer grandes cosas pasa por mi felicidad y la felicidad de los que me rodean. Y una de esas grandes cosas es haber conseguido tener amigas leales, sinceras y a las que admiro profundamente.
Cada persona tiene sus propias prioridades vitales: los hijos, el trabajo, la entrega a una causa mayor..., o todo eso a la vez. Yo tengo AMISTAD, en mayúsculas, y por mis amistades pondría la mano en la vitrocerámica. Por eso, cuando decido hablar de mí y contar mi experiencia con la no maternidad, con el amor y el desamor, con los éxitos y los fracasos, o con el feminismo, no puedo hacerlo sola. Necesito ir de la mano de la amistad, algo que es inherente a mi vida.
No entiendo la vida sin sueños, como no la entiendo sin amigas, y, por suerte, ambas cosas me han sido dadas.
Los sueños me empujan a volar, a perseguir, a no decaer y a conseguir. A veces pienso que he ido más allá que mis propios sueños, pero en cuanto vuelvo a soñar sé que me queda mucho por tocar y sentir.
Para mí, la amistad es como la comida: no puedo vivir sin ella.
Por eso no puedo pretender hablar de mi corazón, y sobre todo de mí, sola. Tengo que estar cerca de ella, de Sara Brun, mi amiga, mi hermana, mi socia; porque hemos avanzado tan juntas, tan de la mano, que a veces incluso confundo mis vivencias con las suyas, y a ella le pasa lo mismo.
Ambas vamos a contaros quiénes somos y qué queremos, nuestras miserias y nuestras luces, el porqué de nuestras decisiones y, sobre todo, lo imprescindible que es para nosotras la amistad entre mujeres.
CRISTINA RODRíGUEZ

De mujer a mujer es un libro escrito desde la sinceridad, desde el valor y, sobre todo, desde el corazón.
Cuando Teresa Petit, nuestra querida editora, nos propuso escribir un libro sobre mujeres, no teníamos una idea clara de cuál iba a ser la estructura. Hay muchos temas, muchísimos, que nos atañen como género. Y muchos más que, siendo comunes a hombres y mujeres, los unos y las otras enfocamos de manera distinta. ¿De qué queríamos hablar? Pues de todos ellos.
Este texto no pretende ser un libro de autoayuda para mujeres, aunque escribirlo sí ha supuesto una autoayuda para nosotras mismas. Cuando te pones a repasar las historias de tu vida, te das cuenta de las cosas que hiciste bien o mal, y eso te lleva a conocerte mucho mejor, a saber quién eres, qué quieres y qué no volverías a hacer. Este libro ha supuesto un análisis de nuestro camino hasta el presente, piedrita a piedrita. Tenemos la esperanza de que nuestras lectoras se vean reconocidas en nuestras vivencias y en las conclusiones que hemos extraído de ellas y de que nuestros lectores aprendan algo más sobre ese laberinto que es la mente femenina.
La mayor sorpresa al releer de principio a fin lo que habíamos escrito, y considerarlo como un todo, ha sido ver que, sin pretenderlo, De mujer a mujer empezó siendo un texto femenino y acabó siendo un libro feminista.
En la sociedad en la que vivimos, cuyas normas se escribieron hace mucho tiempo y en la que la mujer tiene derecho a lucir guapa y sexy pero no a parecer demasiado inteligente, nosotras nos hemos saltado las reglas en todos los ámbitos: hemos hecho siempre lo que nos ha dado la gana y, sobre todo, hemos creído en nuestra propia valía.
¿Ha sido fácil? Desde luego que no. Ha sido muy difícil, y ahora, al terminar de escribir, hemos tomado conciencia del alto peaje que hemos pagado, y seguimos pagando, por ello. Nos hemos enamorado muchas veces, pero sabemos que no necesitamos un hombre para que las cosas salgan bien. No es algo que aprendiéramos de repente, sino a base de muchos ensayos y errores que nos han traído hasta la situación actual, en la que sabemos exactamente lo que queremos no solo en el amor sino en todo lo demás. Porque en eso consiste la vida, en el camino y en la suma de los impedimentos, fracasos y riesgos que nos han convertido en las mujeres que somos a día de hoy.
Habrá quien pensará que no somos feministas de pura cepa porque no estamos dispuestas a renunciar ni un ápice a nuestra feminidad. Que crean lo que quieran. Como siempre, seguiremos actuando y pensando con libertad.
Hemos descubierto quiénes somos escribiendo las palabras que siguen; ojalá su lectura te lleve a intentar descubrir quién eres tú. Ojalá te diviertas, llores y decidas luchar con nosotras, porque todas somos una.
SARA BRUN
SARA: ¿Estás preparada, cuquita?
CRISTINA: Sí. Siento cierto miedo a descubrirme tanto, pero si este libro no fuera tan de verdad y de corazón, no tendría sentido.
SARA: Yo también. Espero que mis palabras no hagan daño a nadie, pero lo que contamos es lo que somos, y somos las únicas con derecho a decidir qué hacer con nuestras historias.
CRISTINA: Eso es. Empecemos.


NUNCA QUISE SER MADRE
—¿Y tú para cuándo? —me preguntó una amiga de mi madre sin ninguna intención de ofender.
Yo llevaba ya tres años casada, así que lo acepté sin ningún tipo de resquemor. Pensé que era normal que las mujeres de esa edad preguntaran ese tipo de cosas. Antes el tiempo era otro y las circunstancias también.
—Yo no quiero ser madre —contesté.
—No sabes lo que dices, eres muy joven todavía. Ya cambiarás de opinión.
No contesté por respeto, pero que esa señora afirmara que a mis veintiocho años no sabía lo que estaba diciendo, cuando yo consideraba que desde los diez había tomado mis propias decisiones y las había llevado a cabo —y sigo haciéndolo—, me sentó mal.
No era la primera vez —y no sería la última— que me enfrentaba a esa pregunta. Antes de casarme, con veinticuatro años, mi entonces futuro marido, con mucho más derecho que cualquier persona ajena a nuestro matrimonio, sugirió que en un tiempo prudencial habría que ponerse a pensar en tener descendencia.
—No quiero ser madre —le dije.
—Ya cambiarás de opinión —respondió.
Pero nunca lo hice.
Cambiar de opinión con respecto a la maternidad... Le doy vueltas a esta frase, muchas más ahora que me dispongo a escribir sobre el tema, y me pregunto si en algún momento de mi vida tuve la oportunidad de cambiar de opinión.
Me divorcié a los treinta años y, después de ello y hasta ahora, se han ido sucediendo una serie de parejas en mi vida con las que mantuve relaciones —unas más afortunadas que otras— que no prosperaron lo suficiente como para que me planteara ser madre.
Claro que la maternidad ha planeado sobre mi cabeza en distintas etapas de mi vida, pero ha sido siempre en forma de vuelo ligero y sin hacer mucho ruido. Un toque suave en la puerta que preferí no oír. Una llamada de atención que parecía decir: «Oye, como mujer tienes esta opción, pero no la tendrás siempre».
Con mi historial amoroso, la única alternativa era ser madre soltera, y eso me asustaba. Soy capaz de llevar a cabo tres trabajos a la vez sin quejarme, soy fuerte para eso, pero no para ser madre soltera, ni entonces ni ahora. Me angustiaba la idea, y eso que estoy convencida de que habría sido una buena madre. Así que, pensándolo bien, creo que no soy madre porque el azar jugó para que no lo fuera.
No me siento mal por ello, creo que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Me hubiera perdido muchas cosas que he podido hacer precisamente por no tener ataduras de ningún tipo. Veo a mis amigas y a mi pareja, veo los sacrificios que tienen que hacer para llegar a todo, veo lo que dan a sus niños, muchas veces a cambio de nada, y pienso: «Yo no soy tan generosa». Quizás me falte la experiencia de sentir ese amor hacia los hijos, incondicional y para siempre, que lleva a las madres y a los padres a mirarlos y exclamar: «Por esto merece la pena todo». Pero yo no puedo echar de menos aquello que no conozco y solo llego a imaginar ese amor.
No soy una persona fría pero sí práctica, cabezota y adicta al trabajo. Amo a mi familia, a mis amigas, con las que me une un vínculo fraternal, y amo a mi pareja, Raúl, y a sus hijos, porque son sus hijos y son parte de él. Me gustan los niños y las niñas a los que yo les gusto, que me entienden y con los que empatizo. No todos los niños me caen bien, ni yo a ellos, y reconozco que cuando son muy pequeños me siento perdida, como si me pusieran en las manos una bomba que tengo que desactivar rápido o explotará (léase: se pondrá a llorar). Así que no, nunca he cambiado un pañal ni dado una papilla. Seguramente, podría hacerlo, pero nunca me he visto en la necesidad de demostrar mi falta de destreza en estos asuntos.
Entiendo que haya mujeres con un instinto maternal enorme y siempre dispuesto, pero en mi caso, y aunque el tema no me haya sido ajeno, no es así. Por eso no puedo estar más de acuerdo con una frase que leí hace un tiempo: «El deseo universal de procrear es un mito». No niego que la maternidad sea un deseo intrínseco en algunas mujeres, pero, para muchas otras, entre las que me cuento, siempre ha sido algo que venía de fuera, una posibilidad más que una necesidad que naciera de las propias entrañas.
Cuando me pregunto de dónde puede venir esta falta de instinto maternal, me remonto a mi infancia. Podría decir que mis padres no me educaron para ser madre, pero no sería del todo cierto, porque mi hermana lo es: tengo dos sobrinos maravillosos a los que adoro. Pero lo que sí es cierto es que pertenezco a una generación en la que nuestros padres lucharon tanto para que sus hijos e hijas pudieran decidir la vida que querían llevar que, a mi madre, conociéndome, le habría extrañado que hubiese decidido tener una familia con la de pájaros profesionales que tenía y tengo en la cabeza.
«¡Cristina, los deberes primero!», gritaba mi madre desde la tienda que regentaba junto con mi padre.
No hacía falta que lo gritara muchas veces. Yo ya sabía que antes de ponerme a jugar debía cumplir con mis obligaciones, y siempre, al menos según mi criterio, fui una niña obediente.
Tenía muchas muñecas y muñecos cuando era pequeña. Jugaba con ellos durante horas. Pero mi prole ni comía ni necesitaba que le cambiaran el pañal. No recuerdo haber tenido complementos como biberones o platitos y cucharillas para darles la papilla. Yo no jugaba a mamás y papás, aunque mi familia respondía a la única estructura correcta admitida en los tiempos en los que me tocó vivir mi infancia: madre, padre e hijos (mi hermana y yo), por lo que podría haber copiado el prototipo en mis juegos. Pero a mí no me interesaba hacer de mis muñecos mis hijos, sino mis modelos de pasarela: aunque no les diera de comer, no se podían quejar del armario de ropa tan surtido que tenían. Iban todo el día vestidos a la última moda... La mía, claro está.
Mi infancia transcurrió jugando en la trastienda del negocio de ropa que tenían mis padres en Benidorm. Era lo que se llamaba antes una boutique de mujer y hombre, y, lo que es más importante, también se hacían arreglos. Mi madre era la mejor modista del mundo, y yo tenía a mi alcance y en abundancia lo que fue el regalo más preciado de mi infancia: retales de todos los colores y texturas, sobrantes de los dobladillos que cortaban mis progenitores, y revistas de patrones y de moda.
Maquillaba a las muñecas, les teñía el pelo, las vestía y desvestía decenas de veces a lo largo del día y les confeccionaba un traje para cada ocasión, y a veces también lo hacía para mí misma. No recuerdo cómo unía esos retazos de tela, pero sí que aprendí a coser muy pronto. Por lo que veía en casa, la aguja nunca fue un misterio para mí.
Treinta y cinco años más tarde, vivo de unir esos retazos. Con todo, no creo que mi infancia influyera en mi decisión de no procrear, pero sí me parece curioso que jamás acunara a un muñeco. Aunque, por supuesto, esto no es una fórmula matemática. Entre mis amigas, con las que llevo veinticinco años de intensa vida compartida, hay de todo. Las que siempre han tenido claro que querían ser madres, las que ni siquiera se lo habían planteado, y aquellas en las que el instinto maternal ha echado profundas raíces solo tras el nacimiento de sus retoños. Cuando las miro no siento envidia o que me falte algo, pero sí pienso que, si yo hubiera sido madre, me habría gustado ser como ellas.
Somos un grupo en permanente contacto, nos vemos todas las semanas, y si es sin niños, mejor. Las conversaciones jamás giran en torno a la maternidad. Mis amigas son mujeres con una vida plena al margen de sus hijos, buenas profesionales a las que les encanta su trabajo. U
