Zugzwang

Ronan Bennett

Fragmento

1

En una cruda mañana de marzo, en el dique Moika, cerca del puente Politseisky, dos hombres abordaron a O.V. Gulko, director de un respetable periódico liberal. Unos testigos contaron después a la policía que el más alto de los dos pareció reprender a este con brusquedad, y Gulko, viéndose físicamente amenazado, se mostró angustiado y trató de eludir aquella atención no deseada. El mismo joven sacó entonces un cuchillo, y su comparsa, un revólver. Sonó un disparo.

Gulko no se desplomó de forma aparatosa, sino que, según la versión de los mismos testigos, se fue doblando lentamente hasta quedar sentado, como alguien que repentinamente se siente desfallecer y se deja caer al suelo para recuperar el aliento, solo que, en este caso, el vientre de Gulko tenía un considerable agujero y había sangre salpicando la gélida nieve donde se cayó.

El agresor del revólver echó a correr, tal vez pensando que su trabajo había acabado o, más probablemente, porque perdió los nervios. Su compañero debía de estar hecho de un material más duro o, cuando menos, más despiadado. Llevaba botas de obrero, un largo abrigo de piel y un sombrero de astracán, una indumentaria habitual entre algunos estudiantes de la ciudad que gustaban aparentar cierto aire revolucionario. Ahora los transeúntes empezaban a recuperarse de la conmoción inicial, pero antes de que pudieran acudir en ayuda del herido, su asaltante le asestó varias puñaladas. A continuación se dio a la fuga, valiéndose de su juventud y su complexión atlética, pero también del gentío que llenaba el Nevski y de la timorata naturaleza que en general muestra la humanidad en tales circunstancias.

La afectada indumentaria de los asesinos llevó a especular que Gulko había sido asesinado por uno de los llamados escuadrones de combatientes del Partido Socialista Revolucionario. Pero, en tal caso, ¿por qué? Era cierto que los escuadrones de combatientes estaban en activo y eran imprevisibles, pero hubiera hecho falta un razonamiento más que retorcido, incluso para aquellos espíritus fanáticos, para poner en su punto de mira a Gulko, que no era nada partidario de la autocracia, como un enemigo que debiera combatirse a la manera de los amalequitas. Las sospechas también se dirigieron hacia aquella otra potencia imprevisible y fanática que formaban las Centurias Negras, pero a pesar de que Gulko era judío, como yo mismo, apenas se comportaba como tal. Otros murmuraban que había muerto en manos de agentes alemanes o de un marido celoso. En realidad, nadie tenía la menor idea sobre la identidad o móviles de los asesinos, y así, por ser la incertidumbre a la fuente de rumores lo que el aroma de la comida es a un estómago hambriento, en todo San Petersburgo no se hablaba de otra cosa, por lo menos hasta que llegara el siguiente acontecimiento en el que centrar la atención.

Como era de esperar, este llegó con el sensacional torneo de ajedrez de San Petersburgo, un rutilante evento que se iba a celebrar en el salón de baile de la magnífica mansión que P. A. Saburov poseía en la avenida Liteini. Entre los distinguidos patrocinadores de la competición, cuya generosidad proporcionaba espléndidos honorarios de asistencia y premios aún más espléndidos, estaba el mismo zar, que contribuía con mil rublos al total de premios en efectivo. Miles de espectadores pagaban por asistir y observar a sus héroes. Como entusiasta jugador aficionado que era, yo mismo habría ido a contemplar las partidas en caso de que hubiera dispuesto del tiempo necesario. Pero tenía otra razón. Hacía poco que trataba al gran Avrom Chilowicz Rozental, ese hombre tímido y afligido. Con treinta y dos años de edad y en el apogeo de sus fuerzas, Rozental era el claro favorito. Había derrotado a Lasker en 1909 y a Capablanca en 1911. El año 1912 le perteneció por entero: su espectacular sucesión de victorias en San Sebastián, Bad Pistyan, Breslau y Varsovia lo habían convertido en una de las celebridades más comentadas de la época. Su carácter introvertido no hizo más que aumentar el aire de misterio que lo rodeaba. Príncipes de toda Europa lo invitaban a sus palacios, aristócratas a sus clubes e ilustres anfitrionas a sus banquetes. Por aquel entonces, su juego poseía algo –sé que esto sonará exagerado para cualquiera que no adore este juego, pero hablo a título personal– de la naturalidad orgánica de un concierto para clarinete de Mozart, las líneas clásicas de Quarenghi, o el estilizado vuelo del cisne de la tundra al cruzar el lago Ladoga en su migración de verano hacia el sur.

Pero, desgraciadamente, el talento de Rozental estaba aquejado de una profunda inestabilidad emocional. Ya en nuestro primer encuentro, concertado por un amigo común, el renombrado violinista polaco R.M. Kopelzon, Rozental se disculpó por su mera presencia en mi despacho y declaró que se consideraba completamente insoportable para el resto de los humanos. Incapaz de mirarme a los ojos, se rascaba la cabeza obsesivamente con movimientos apresurados y neuróticos, y escudriñaba el aire por encima de su cabeza.

–¿Ve usted algo? –le pregunté.

Me dirigió una mirada fugaz, como si no estuviera seguro de dónde estaba, y sus ojos se pusieron otra vez a revolotear de un lado a otro.

Kopelzon me suplicó que ayudara a Rozental a recuperar el suficiente equilibrio emocional para poder participar en la competición. Vacilé, porque era obvio que mi nuevo paciente estaba al borde de una crisis nerviosa aguda, y tenía mis dudas de poder conseguir algo en tan poco tiempo (nuestra primera reunión fue el 3 de marzo; el inicio del torneo estaba fijado para el 21 de abril). Aconsejé a Rozental que renunciara, pero se negó en redondo. Había demasiado en juego. El ajedrez era su vida. De vencer, o incluso quedando segundo detrás del actual campeón del mundo, el doctor Lasker, Rozental reclamaría el derecho de batirse por la corona. No había duda sobre el resultado, teniendo en cuenta las capacidades de cada uno en aquellos tiempos: Lasker era un digno gran campeón, pero su época de máximo esplendor ya había pasado, mientras que la de Rozental aún estaba por llegar. Era el menor de doce hermanos de una familia sin recursos, originaria de una remota aldea de Choroszcz, en Polonia; habló exclusivamente yiddish y hebreo hasta casi los veinte años, pero parecía predestinado a convertirse en el tercer campeón mundial de ajedrez y ser agasajado en todo el mundo, de Berlín a Nueva York, de Tokio a Buenos Aires. El torneo de San Petersburgo de 1914 iba a ser la competición más importante de su vida, y yo no podía negarme a ofrecerle todo mi apoyo.

En el trabajo de un psicoanalista nada es común o rutinario. Cada paciente llega con una historia personal –exactamente esto: personal, individual por completo– y sus necesidades son particulares y específicas. Aun así, cuando conocí a Rozental me figuré que me encontraría esa clase de trastornos reprimidos tan habituales en mi profesión. Al empezar nuestras sesiones no tenía ni idea de que los dos sucesos en que los habitantes de San Petersburgo ocupaban su febril imaginación –el asesinato de Gulko y la serie de geniales matanzas que a diario tenían lugar en el salón de baile de la mansión de Saburov– estaban íntimamente relacionadas con la persona que tenía delante. El mundo del ajedrez puede llegar a ser despiadado y desagradablemente mezquino, pero rara vez es el escenario de intrigas, si no se tienen en cuenta la rivalidad entre los jugadores y las inacabables discusiones sobre las condiciones en que deberían disputarse las partidas de un campeonato del mundo. Pero a medida que mi estudio de Rozental avanzaba, empecé a comprender que había mucho más en juego que la simple victoria en un torneo, por prestigioso que este fuera.

No es que los contendientes que acudieron a San Petersburgo para jugar al ajedrez fueran conscientes de ello. Aquellos profesionales, acostumbrados a realizar largos trayectos en tren o en barco de un país a otro y de una ciudad a la siguiente para ejercer su oficio, disponían, en cualquier parte donde se encontraran, de muy pocas oportunidades para salir del triángulo del jugador de ajedrez itinerante que formaban el hotel, la sala de juego y el restaurante. Puesto que en San Petersburgo todos estos locales eran del más alto nivel, se les podía disculpar si pensaban que el fundador de la ciudad solo exageraba un poco cuando afirmaba que aquella era la tierra prometida. San Petersburgo es una ciudad espléndida y monumental, pero también misérrima, y allí donde lo espléndido y lo miserable se encuentran siempre habrá rencor, rabia, crueldad, paranoia y violencia. De la misma manera que una mirada superficial sobre un tablero de ajedrez donde se está jugando una partida revelará muy poco de la encarnizada batalla que entraña la situación de las piezas, el turista cautivado por los tesoros del Hermitage, los encantos del Jardín de Verano o las exóticas mercancías expuestas en Gostinni Dvor será probablemente ajeno a los malsanos efluvios que recorren cada calle por la que deambula, impregnado de inocente admiración. De los once jugadores que tomaron parte en el gran torneo de 1914, Rozental fue el único que comprendió plenamente que la crueldad y la muerte violenta no eran solo parte de la vida en San Petersburgo, a la manera de cualquier gran capital, sino que constituían la esencia misma de una ciudad acechada por la revolución.

Rozental llegó con la única intención de jugar al ajedrez pero, aunque no puede culpársele por ello, se vio implicado en un complot, una traición y, en última instancia, un asesinato. O, mejor dicho, asesinatos, porque el de Gulko no fue el último. Hice lo que pude por ayudar pero no fue suficiente. El temperamento ingenuo de Rozental lo predispuso a caer en las maquinaciones de amigos con pocos escrúpulos, y el instigador de la muerte de Gulko resultó ser tan poderoso como un señor de la guerra tártaro, e igual de despiadado. No le importaban lo más mínimo los inocentes que se cruzaban en su camino, y los aplastó de la misma forma fría y calculadora con que los maestros de ajedrez cambian aquellos peones que entorpecen su juego.

Rozental no acabó muerto en la calle como Gulko; su final no fue dramático ni violento, pero sí igual de lamentable. En San Petersburgo la historia dejó de lado al gran Avrom Chilowicz, y la vida acabó haciéndolo añicos. Terminó sus días de la misma forma que había empezado, sumido en la pobreza y la amargura, y todo a causa de media docena de maniobras flojas con un puñado de piezas talladas en madera de ébano y boj sobre un tablero escaqueado con sesenta y cuatro casillas.

2

Gulko fue asesinado la mañana del 14 de marzo. Cinco días después, mi secretaria entró en mi oficina. Estaba a punto de marcharse a casa y ya nos habíamos deseado las buenas noches. Yo estaba esperando a uno de mis pacientes habituales, que debía llegar a las siete, y empleaba el tiempo en actualizar mis notas de la visita de Rozental, efectuada aquel mismo día.

Minna murmuró una disculpa por la interrupción; enseguida vi que algo andaba mal.

–Hay una persona que quiere verlo, doctor. Un policía.

Minna pronunció la palabra con desdén. No era de clase acomodada pero se comportaba con una arrogancia terrible.

En la pequeña oficina exterior donde Minna trabajaba encontré a un hombre menudo de unos treinta y cinco años. Sostenía el sombrero ante él, sobre sus ojos le caía el cabello oscuro de su flequillo despeinado.

–¿Doctor Spethmann? –preguntó con voz débil y ligeramente nasal.

–Sí –contesté con educación, aunque no sin cierto recelo.

–Soy el inspector Lychev. ¿Podría hablar con usted en privado?

Sentí curiosidad. El trabajo de un psicoanalista no es muy diferente al de un detective. En ambos casos se trata de sacar a la superficie algo escondido, con la diferencia obvia de que el primero se ocupa de inhibiciones del inconsciente, y el otro, de estratagemas y ocultamientos intencionados.

–Por supuesto –dije volviéndome hacia mi secretaria–. Nos veremos por la mañana, Minna.

Minna vaciló un momento, como si se resistiera a dejarme solo en compañía de aquel hombre, y luego salió bordeando a Lychev, tratando de poner tanta distancia entre ellos como fuera posible en aquel espacio restringido. Al salir cerró con cuidado la puerta: a Minna le resultaba odioso cualquier ruido o alteración, por pequeño que fuera.

–Entre, por favor –dije a Lychev, haciéndolo pasar a mi despacho.

Me senté detrás de mi escritorio. Él se acomodó frente a mí, en el sillón que había delante del diván.

Miró a su alrededor de forma rápida y experta, como un observador avezado. Vi que su mirada se detenía en los marcos dorados con fotografias de Catherine y Elena que colgaban de la pared a mi derecha. Luego recorrió con la vista los títulos de los libros de la estantería, y los objetos incas y mochicas situados entre ellos. Sopesaba y valoraba todas esas cosas para extraer conclusiones sobre su dueño.

–¿En qué puedo ayudarlo, inspector? –pregunté.

–Para empezar, puede explicarme cómo conoció a Alexander Yastrebov.

La brusquedad con que habló me irritó y tardé en responder; mi indecisión pareció despertar en él cierto recelo.

–¿Le resulta incómoda la pregunta?

–De ninguna manera –contesté–, pero temo no poder ayudarle. No conozco a ningún… ¿Yastrebov, ha dicho?

–Según los documentos que encontramos en su poder, Yastrebov era alumno de la Escuela Técnica –dijo.

Esa información no me decía nada.

–¿Está seguro de que no lo conoce?

–Completamente.

–¿Cómo explica usted esto? –dijo Lychev mientras introducía lentamente la mano en su abrigo.

Del bolsillo interior extrajo un sobre corriente y nuevo, y lo abrió. Yo esperaba ver una fotografía de Yastrebov pero, en lugar de eso, sacó una tarjeta de visita. La tinta parecía corrida por una mancha de agua, pero las palabras aún se podían leer.

–¿La reconoce?

–Por supuesto –contesté–. Es mi tarjeta de visita.

–¿Cómo explica que su tarjeta estuviera en manos de Yastrebov?

–Doy mi tarjeta a mis pacientes –contesté–, pero también a mis colegas y conocidos, y a gente que conozco en congresos médicos o en recepciones y cenas de gala. A veces pasan de sus manos a otras. Estoy seguro de que no conozco a la mitad de la gente que acaba teniendo mi tarjeta.

–¿Es posible que le diera la tarjeta directamente a Yastrebov?

–Si lo hice, fue sin saber de quién se trataba. ¿Quién es Yastrebov, de todas formas? ¿Acaso dice él que lo conozco?

Lychev me miró detenidamente, juzgando sin ningún disimulo mi sinceridad.

–Yastrebov ha muerto –dijo. Y luego añadió, con tan poco dramatismo y emoción como el que habría empleado para comentar el tiempo que hacía el martes anterior–: Fue asesinado.

Esperé a que me diera más detalles de su muerte, pero, en cambio, se levantó y echó otra mirada a la habitación.

–Tiene un despacho muy agradable –comentó.

Yo no sabía qué decir. ¿Qué esperaba aquel hombre de mí? Se acercó al tablero de ajedrez, que yo tenía junto a la ventana más cercana a mi escritorio, y cogió el rey blanco. Comprobó su peso, que pareció encontrar adecuado.

–Magnífico juego de ajedrez –dijo examinando la base. En ella, grabado en pequeñas letras de color rojo sangre, se leía: «Jaques London»–. ¿Es inglés?

–Sí –contesté.

–El Staunton es un buen diseño. Más simple y depurado que el ruso que tenemos aquí. –Tras dejar el rey, examinó los caballos barbados, de pecho orgulloso–. Son preciosos –observó–. Es obvio que usted juega al ajedrez, ¿no es así?

–Cuando tengo tiempo, lo cual no ocurre a menudo –contesté–. Por lo demás, no soy un buen jugador.

–¿Quién cree usted que ganará el torneo? –preguntó.

En vista de lo que había venido a decir, encontré su giro de la conversación algo ridículo, pero respondí de todas formas.

–Capablanca tiene muchas posibilidades.

–Me sorprende que diga eso –dijo en tono dubitativo–. Rozental es el claro favorito. En los últimos dos o tres años ha sido prácticamente imbatible.

Presentí que la pregunta escondía algo. ¿Estaba enterado de que Rozental era paciente mío? En Rusia, la policía sabía muchas cosas.

–Rozental también tiene muchas posibilidades –concedí.

Lychev colocó el rey donde estaba, en el centro exacto de la casilla.

–¿Qué posición es esta? –preguntó.

Spethmann-Kopelzon

Kopelzon ha jugado 34… Rh5, amenazando la torre blanca. El cambio de pieza en g5 no da ninguna ventaja a las blancas. ¿Qué debería jugar Spethmann para mantener intactas sus posibilidades de victoria?

Spethmann-Kopelzon

San Petersburgo, 1913-1914

Movimientos jugados hasta la presente posición:

1.e4 c5; 2.Cc3 Cc6; 3.g3 g6; 4.Ag2 Ag7; 5.d3 d6; 6.Cge2 e5; 7.h4 h5; 8.Cd5 Cce7; 9.Cec3 Cxd5; 10.Cxd5 Ae6; 11.c4 Axd5; 12.cxd5 Ah6; 13.b4 Axc1; 14.Txc1 b6; 15.Ah3 Ch6; 16.Dd2 Rf8; 17.0-0 Rg7; 18.f4 exf4; 19.Txf4 Te8; 20.Db2+ Te5; 21.bxc5 bxc5; 22.Txc5 g5; 23.hxg5 Dxg5; 24.Tc2 Rh7; 25.Tg2 Tg8; 26.Df2 De7; 27.Tf6 Rg7; 28.Tf4 Rh7; 29.Af5+ Cxf5; 30.Txf5 Txf5; 31.Dxf5+ Rh6; 32.Df4+ Tg5; 33.g4 hxg4; 34.Txg4 Rh5.

Le expliqué que era una partida por correspondencia que estaba jugando con mi amigo Kopelzon. Al oír el nombre de Reuven Moiseievich, Lychev frunció el ceño. ¿Un policía que apreciaba la buena música? ¿O un policía con un interés profesional por uno de mis amigos más antiguos?

Lychev parecía profundamente absorto en la posición.

–¿A quién le toca jugar?

–A mí. Juego con blancas.

–¿Cuál fue el último movimiento de las negras?

–34… Rh5.

–El cambio de pieza en g5 no le proporciona ninguna ventaja –dijo, haciendo una mueca–. ¿Qué piensa usted jugar?

En todos los años que llevábamos jugando juntos al ajedrez, yo nunca había vencido a Kopelzon, pero en esa ocasión había salido de la apertura con una ligera ventaja. Mi asombrado contrincante decidió entonces sacrificar un peón a cambio de un ataque. Defendiendo con precisión, no solo conseguí capear el temporal sino que mantuve la ventaja del peón. Aun así, al llegar a la presente posición, se me habían agotado las ideas, y mis esperanzas de lograr una primera victoria sobre Kopelzon se estaban evaporando. Estaba a punto de ofrecer tablas.

–No lo sé –contesté.

A pesar de sentirme como si estuviera casi infringiendo las normas –lo cual era absurdo, dadas las circunstancias–, la curiosidad se apoderó de mí y pregunté:

–¿Cómo fue asesinado Yastrebov?

Lychev volvió sus claros ojos hacia mí.

–Lo apalearon hasta la muerte. Los asesinos pusieron el cuerpo en un carro y lo empujaron al canal que hay cerca del restaurante Bear.

–He leído algo sobre ello.

Fui a buscar en una pila de periódicos viejos que guardaba en el recibidor y enseguida encontré lo que buscaba, en el Russkie Vedomosti, que resultó ser el periódico de Gulko. La historia apareció en el mismo número que la crónica de la muerte de Gulko, aunque de forma mucho más sucinta. La noticia refería el rescate del cuerpo de un joven tras un accidente de automóvil en el dique Moika. Según la versión del periódico, la desafortunada víctima había perdido el control de su coche en un tramo cubierto de hielo cerca del Bear y derrapado hasta el canal.

–Aquí no se habla de asesinato –le dije.

–Los criminales intentaron encubrir el asesinato haciéndolo pasar por un accidente. Obviamente consiguieron engañar a la prensa. –Señaló el periódico y dijo–: ¿Conocía usted a Gulko?

–No –contesté.

–¿Nunca fueron presentados?

–No –repetí–. ¿Por qué lo pregunta? ¿Hay alguna relación entre los dos asesinatos?

–Es posible –repuso con indiferencia.

–¿Por qué asesinaron a Yastrebov?

–Igual que en el caso de Gulko, aún no está claro –respondió con la misma falta de énfasis.

Observé, no sin alivio, que se dirigía hacia la puerta.

–Realmente, no tengo ni idea de cómo llegó mi tarjeta a sus manos –repetí–. Siento no haberle sido de gran ayuda.

–Lo espero mañana por la tarde en la comisaría de policía –anunció con total naturalidad–. A las cinco.

–¿Para qué? –objeté–. Ya se lo he dicho. No sé nada sobre este tal Yastrebov.

–Quizá descubramos que sabe más de lo que usted cree que sabe. Seguro que como psicoanalista que es lo entenderá.

–Me es imposible ir. Mañana tengo varias visitas que atender.

–¿Prefiere venir conmigo ahora?

No contesté. Lychev me miró directamente a los ojos.

–Mañana a las cinco, entonces.

Aún no había salido del estado de trance en que me hallaba cuando Lychev señaló las fotografías en la pared.

–¿Quién es esta mujer? –preguntó, dando golpecitos en la más grande de las dos.

–Mi esposa Elena –contesté.

–¿No debería más bien decir «mi difunta esposa Elena»?

–Eso es –contesté, tras digerir tan poco delicada provocación–. Mi difunta esposa Elena.

–Y esta debe de ser su hija Catherine, ¿no es así? –agregó, golpeteando la segunda fotografía.

La sola idea de que ese hombre odioso, astuto y amenazador conociera la existencia de Catherine me sumió en el abatimiento.

–Sí –susurré, como si esperara que no me oyera.

–Traiga a su hija con usted mañana.

Durante un minuto o más no pude pronunciar palabra. Me quedé mirando, atónito, a mi inoportuno visitante; y él me devolvió la mirada. Incluso cuando el estado de shock pasó, no pregunté por qué quería ver a Catherine, o qué relación pensaba que podía tener Catherine con Gulko o Yastrebov, o con el asunto del accidente o asesinato, fuera lo que fuese.

Lychev volvió los ojos hacia el tablero de ajedrez.

–Su posición no es nada mala –comentó–. De momento, por lo menos.

Seguí su mirada. Cuando volví a fijarme en él, Lychev se estaba apartando el lacio flequillo que le tapaba los ojos. Se arregló el pelo con cuidado y se colocó el sombrero.

–Lo veré mañana, doctor Spethmann –dijo Lychev, y acto seguido salió del despacho.

3

Para mis pacientes soy como un padre comprensivo: atento, amable, sereno, justo, estricto, irreprochable y entregado. Se quedarían consternados si descubrieran que la persona a quien atribuyen una entereza y sabiduría casi sobrenaturales es, en realidad, tan vulnerable como ellos mismos e igual de propenso a sufrir estados de ansiedad o desasosiego o incluso otras emociones no menos violentas y turbadoras. Pero es la verdad.

Entonces mi paciente más enigmático (incluyo a Rozental) era Anna Petrovna Ziatdinov. Nos presentaron en la primavera de 1913, en una recepción organizada en honor del embajador alemán. Ella tenía entonces treinta y siete años y era una de las bellezas más célebres de San Petersburgo.

Mi presencia allí se debía únicamente a que me lo había pedido Kopelzon.

–Tienes que hacer más vida social, Otto –me había dicho, con la sensatez y la energía que le caracterizaban–. Sé que aún estás de duelo, pero ya ha pasado un año. Nadie te lo reprochará. Además, irá una mujer a la que estoy tratando de seducir, y necesito que me des tu opinión.

–Debería quedarme en casa con Catherine. Se sentirá sola sin mí.

–Catherine tiene una legión de amigos; un batallón entero. ¡Coge el abrigo!

El edificio de la embajada era gigantesco y monolítico; prácticamente parecía esculpido a partir de un solo bloque de granito finlandés. Todo en él era proporción, fuerza y autoridad: los arquitrabes macizos, las paredes colosales y, en el tejado del edificio, los gigantes de bronce que sostenían las bridas de dos enormes caballos de largas crines, con las fosas nasales dilatadas. La guerra se avecinaba y había mucha tensión en el aire.

–¿Cómo puedes sentirte cómodo en un sitio como este? –le susurré a Kopelzon mientras aceptábamos la primera copa de la noche.

–Porque solo aquí puedo hablar a mi verdadero amor –dijo, echando una ojeada a la sala–. Ahí está. Ven conmigo. Si su marido la ve a solas conmigo se descubrirá el pastel. –Me cogió del brazo y me condujo hacia ella–. ¿No es la mujer más hermosa que hayas visto jamás?

Anna Petrovna era de estatura mediana y tenía la tez clara, labios carnosos y unos ojos color miel grandes y luminosos. Su cabellera era negra y resplandeciente, y el pelo le nacía más abajo de lo normal, procurándole una belleza bastante singular, efecto que acentuaba un diente incisivo que parecía salir ligeramente desviado de la encía y que constituía la única peculiaridad en una, por lo demás, dentadura impecablemente simétrica. Quedé inmediatamente prendado por estas dos imperfecciones –el nacimiento del pelo y el diente incisivo–, que sugerían una personalidad oculta y ligeramente pirática, como si detrás del decoro hubiera algo secreto y misterioso. Tal vez se debiera simplemente a mi costumbre de encontrar alivio reparando en las imperfecciones de los demás, siendo tan consciente de mis propios defectos como era.

Pareció contenta de ver a Kopelzon, pero también, en mi opinión, más desconcertada que halagada por los cumplidos que mi amigo le prodigaba. Kopelzon ponía tanto entusiasmo en sus seducciones como en sus recitales, pero no puede negarse que sus interpretaciones musicales eran infinitamente más sutiles. Al cabo de un rato, Anna Petrovna nos pidió disculpas y se marchó.

–¿Qué te ha parecido? –preguntó Kopelzon–. ¿Verdad que merece correr el riesgo?

–¿Lo dices por el marido?

–¡No, por Dios! –exclamó Kopelzon, con un ademán desdeñoso–. Boris Ziatdinov es un miserable, pero no es más que un abogaducho con mal genio. El riesgo está en el padre.

–¿Quién es el padre?

–La Montaña –dijo Kopelzon en voz baja.

Tenía el semblante serio, y con razón. Piotr Arseneievich Zinnurov era uno de los industriales más ricos de San Petersburgo, y se sospechaba que financiaba en secreto las Centurias Negras. Lo cierto era que apoyaba abiertamente los ataques de estas contra los judíos o los intereses judíos, y no le haría ninguna gracia descubrir que su única hija era objeto de los favores sexuales de un violinista judío.

–Desgraciadamente –suspiró Kopelzon–, no parece que Anna Petrovna tenga intención, por lo menos esta noche, de acostarse en mi cama, y ya sabes que yo, a diferencia de ti, pienso que una noche sin compañía es una noche desperdiciada…

Kopelzon ya tenía la mirada puesta en una mujer de generosas carnes y unos cuarenta años. Di unas palmaditas en la espalda a mi pícaro amigo y me despedí deseándole suerte.

Estaba a punto de salir cuando oí una voz a mi espalda:

–¿Cómo se va usted tan pronto, doctor Spethmann?

Era Anna. Me presentó a sus acompañantes, todos ellos personas amables y cordiales, además de ser admiradores incondicionales de Blok.

–Lo veo inquieto, doctor Spethmann –dijo Anna al cabo de un rato. Se había ido girando paulatinamente hasta dar la espalda a sus amigos de modo que quedamos apartados de ellos y sus especulaciones sobre poesía lírica.

–Disculpe –le dije–, debo volver a casa con mi hija.

–Espero que no esté enferma.

–En absoluto, gracias, pero es joven y ha perdido a su madre recientemente.

–Cuánto lo siento –dijo Anna tocándome el brazo–. Qué desgracia para ambos. ¿Qué edad tiene su hija?

–Cumplirá dieciocho años en agosto. No le gusta que me separe de ella y le prometí que estaría de vuelta a las nueve.

–Entonces debe marcharse sin más demora –dijo ella.

Antes, su conversación me había parecido ocurrente y articulada, pero a la vez noté que ocultaba algo ensayado, estudiado, o algo que pusiera a punto para la siguiente interpretación. Sin embargo, en ese momento, sus intereses parecían más cercanos a la realidad.

–Ha sido un placer conocerlo, doctor Spethmann –dijo tendiéndome la mano–, he oído hablar mucho de usted.

–¿Kopelzon le ha hablado de mí?

Anna sonrió.

–Su amigo es infatigable. Dígame, ¿tiene alguna vez éxito en sus asedios?

–Por lo que sé, no fracasa nunca.

Una expresión de socarronería se le dibujó en el rostro. Dejé que su mano descansara sobre la mía. Casi siempre encontramos una manera de obtener la información que queremos, y lo que yo quería saber era que Anna no se iba a ir con Kopelzon a la cama. No me di cuenta de ello, por lo menos no del todo, mientras la tuve delante, y solo después admití –para mis adentros– que si yo había mencionado a Kopelzon como la fuente de la información que ella tenía de mí, fue solo para hacerle hablar de su aventura con él, si es que existía. Desde la muerte de Elena, un año atrás, yo no había sentido nada, a menos que consideremos el cansancio una emoción. Lo único que me hacía seguir adelante era la contradictoria necesidad que Catherine sentía por mí, reclamando mi presencia a la vez que me acusaba de estar oprimiéndola. Unas veces se arrojaba en mis brazos diciendo que me quería, otras gritaba que yo era el padre más cruel desde Abraham o el peor marido desde Adán. No tengo intención alguna de parecer trágico ni de sugerir que en algún momento de desazón pensara en acabar con mi vida, pero si la muerte hubiera venido a buscarme, no estoy seguro de que hubiera presentado batalla o hubiese intentado huir.

Y en ese momento estaba contemplando a una mujer y pensando que me gustaría conocerla mejor. Al despedirme de ella me sentí confuso y también avergonzado.

La siguiente vez que vi a Anna fue cinco o seis meses más tarde, cuando nos encontramos en el teatro Mariinski, en el intermedio de una representación de Don Quijote interpretada por Vaganova. Iba acompañado de Catherine, que aquella noche se mostraba animada y conversadora. Aquella noche yo era el mejor padre desde Abraham.

–Hola, doctor Spethmann –saludó Anna y se acercó. Parecía cansada y era evidente que había perdido peso–. Me alegro de volver a verlo.

Yo estaba secretamente encantado de que Anna conociera a Catherine en aquellas circunstancias, pues mi hija no solo destacaba por su deslumbrante belleza sino también por su buen humor. Pero una vez concluidas las formalidades, Catherine se sumió en un hosco silencio y durante el resto de nuestra corta conversación se mantuvo pegada a mí con la misma vehemencia con que un guardia agarrara a su prisionero. Me di cuenta de que la mirada de Anna se desviaba hacia los rígidos dedos de Catherine, clavados en mi brazo. Su expresión no la delataba pero yo sabía que se daba perfecta cuenta de lo que estaba pasando. Se despidió con elegancia, expresando su deseo de volver a encontrarnos pronto.

–¿Quién era esa mujer tan horrible? –preguntó Catherine cuando Anna se hubo ido.

–¿Te parece horrible? –pregunté con tacto.

–Sí, mucho. ¿Quién es?

–Anna Ziatdinov. Su marido –me aseguré de mencionar a su marido– es el abogado Ziatdinov.

–¿Cómo la conociste?

–En realidad, no la conozco de nada.

–¿De verdad? Me pareció excepcionalmente amistosa para ser una desconocida.

–A mí no me lo pareció tanto –repliqué con suavidad.

–Así es como acostumbrabas a desviar la conversación con mamá –replicó con ira y una vehemencia que no me esperaba–, fingiendo que no tenías ni idea de lo que estaba hablando.

–¿Volvemos a nuestros asientos?

Pero Catherine no se daba por vencida.

–Le rompías el corazón cuando te ponías a coquetear delante de ella con otras mujeres.

Los que estaban más cerca dejaron de hablar y bajaron la vista, mostrando un repentino interés por sus zapatos.

–No tienes vergüenza. Me das asco.

–Catherine, por favor…

Catherine dio media vuelta y se marchó. Fui tras ella bajando por la escalera cubierta por una alfombra roja y crucé el vestíbulo donde se despachaban las localidades, hasta salir a la plaza desierta, donde la encontré, de pie e inmóvil, de espaldas al teatro y con la mirada perdida. Me acerqué a ella por detrás. Estábamos a principios de septiembre, pero algunos copos de nieve medio derretidos ya salpicaban su rubia cabeza. «Sé amable –me dije–. Debes ser paciente y comprensivo. Esto es lo que una hija angustiada necesita de un padre.»

Se giró hacia mí y dijo:

–Prométeme que jamás volverás a ver a esa mujer.

No lo pensé dos veces.

–Te lo prometo –contesté.

–¡Júralo! Júralo por tu vida.

–Te

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