A Siberia

Per Petterson

Fragmento

1

Cuando era pequeña, con siete años o menos, me asustaban los leones junto a los que pasábamos al salir de la ciudad. Estoy segura de que Lucifer sentía lo mismo que yo, porque justo en aquel lugar apuraba el paso y, hasta mucho más tarde, no entendí que la causa era que mi abuelo le propinaba un buen azote cuando bajábamos la suave cuesta ante la entrada que custodiaban los leones, lo cual, a su vez, se debía a que mi abuelo era un hombre impaciente. Eso lo sabía todo el mundo.

Los leones eran amarillos y yo iba balanceando las piernas, sentada en la parte de atrás del carro, sola o en compañía de mi hermano Jesper, de espaldas al abuelo y viendo cómo los leones iban haciéndose pequeños allá arriba. Giraban la cabeza y me escrutaban con sus ojos amarillos. Eran de piedra, igual que los pedestales sobre los que descansaban, pero me miraban con tal fijeza que hacían que me ardiera el pecho y me dejaban vacía por dentro. Aun así, era incapaz de apartar la vista. Cuando lo intentaba y bajaba los ojos hacia el camino de gravilla, enseguida me mareaba y tenía la sensación de que me caía.

–¡Que vienen! ¡Que vienen! –gritaba mi hermano, que sabía lo que pasaba con los leones, y yo alzaba de nuevo la mirada y los veía venir.

Los leones se desprendían de los bloques de piedra y empezaban a crecer, y entonces yo, fuéramos a la velocidad que fuéramos, saltaba del carro, arañándome las rodillas contra la gravilla y salía corriendo hacia el campo más cercano, más allá del cual comenzaba un bosque en el que había corzos y ciervos. En ellos pensaba mientras corría.

–¡Deja en paz a la niña! –bramaba el abuelo.

Y entonces yo dejaba de correr. Notaba en los tobillos la humedad de la hierba cubierta de rocío y en los pies descalzos, los yerbajos, las ramitas y los terrones de tierra. Mi abuelo tiraba de las riendas y gritaba al caballo, el vehículo se detenía y de entre las barbas de mi abuelo brotaba un torrente de maldiciones dignas del mismo demonio que pasaban por encima de la cabeza de Jesper. El abuelo era un hombre lleno de ira y yo siempre acababa defendiendo a mi hermano, porque no podía vivir sin él.

Así que regresaba al camino a través de la hierba, me montaba en la parte trasera del carro y sonreía a Jesper. El abuelo hacía restallar el látigo, Lucifer empezaba a tirar y mi hermano me devolvía la sonrisa.

Recorro el mismo camino a pie con mi padre. Es Navidad y tengo nueve años. Hace un frío extraordinario, hay escarcha y los álamos desnudos flanquean el camino a lo largo de los prados. Algo gris se mueve en la gris linde del bosque, unas patas flacas avanzan con rígidos movimientos y del suave hocico surgen bocanadas de vaho; lo distingo a pesar de la distancia a la que me encuentro. El aire es tangible como cristal, y todo da la impresión de estar muy cerca. Llevo gorro y bufanda, y tengo las manos metidas en los bolsillos del abrigo. En uno de ellos hay un agujero a través del cual noto el forro. De vez en cuando miro a mi padre. Tiene un bulto en la parte alta de la espalda, casi una joroba. Le salió trabajando en los campos a los que nunca piensa regresar, según dice. Mi padre es carpintero en la ciudad. Mi abuelo le regaló un taller cuando dejó la granja.

Tensa las mandíbulas. Lleva la cabeza descubierta y mira de frente con los ojos enrojecidos; tiene las orejas blancas de frío y no puedo dejar de mirárselas. Parecen de porcelana. Su brazo se eleva y, antes de que lo haga del todo, lo detiene y casi lo fuerza a bajar de nuevo. Cuando estamos a medio camino, saco la mano del bolsillo para coger la suya y, sin mirarme, él me la coge y me la frota levemente, aunque yo lo he hecho porque es él quien tiene frío.

Al pasar por delante de los leones no nos volvemos; él, porque se limita a mirar al frente, y yo porque no quiero. Nos dirigimos a la granja. Mi madre ya está allí, al igual que Jesper y mis tíos, y mi padre camina con rigidez y sin prisa. Estamos a tres kilómetros de la ciudad, es 24 de diciembre, y finalmente me vuelvo. Los leones descansan sobre sus pedestales, recubiertos por una capa de hielo blanquecina. Ayer llovió y luego heló, de modo que ahora están aprisionados y tienen el mismo aspecto que las orejas de mi padre; dos leones de porcelana montando guardia ante el paseo de la mansión Bangsbo, donde se alojaba H.C. Andersen cuando venía tan al norte del país; su sombrero alto en los salones de techo bajo, un hombre como una vara negra, que tenía que andar agachándose constantemente al entrar y salir.

Intento acelerar, temo por las orejas de mi padre, porque he oído que se pueden caer, pero él mantiene el mismo paso. Tiro de su brazo y él se enfada.

–¡Te quieres estar quieta! –me suelta, antes de hacerme retroceder.

Es lo primero que dice desde que salimos por la puerta de la calle Asyl. Mi padre quiere a Jesper. Yo quiero a mi padre. Jesper me quiere a mí, pero le gusta tomarme el pelo, asustarme en la oscuridad con los aparecidos, hacerme ahogadillas en verano. Y yo lo aguanto, eso me hace sentirme igual que él. Camino sola con mi padre, es Navidad y él tiene las orejas de porcelana. Tengo miedo de que se le caigan, y él no se las toca en los cinco kilómetros que recorremos hasta llegar a la granja.

En Vrangbæk hay cuatro granjas y todas se llaman Vrangbæk, forman una pequeña aldea. Allí viven varios niños que van al colegio Vangen, en Understed. Yo podría haber sido una de ellos, pero no lo soy, de lo cual me puedo alegrar, como suele decirme Jesper. En el cruce donde el camino de enfrente lleva hacia los terrenos de Gærum y el de la derecha a Nørre Vrangbæk, nosotros doblamos hacia la izquierda. Al pasar por delante del primer pajar de piedra y ladrillo, mi padre ralentiza aún más el paso, camina con mayor rigidez si cabe, y me aprieta la mano. El camino serpentea por un terreno estrecho, limitado a un lado por una pronunciada cuesta asegurada con piedras redondas en la parte de abajo; parece una valla, pero se hizo para que la tierra no se deslizara después de las lluvias y bloqueara el paso. Nos dirigimos a la última granja; están tan cerca unas de otras y a su vez del camino que este desemboca directamente en la explanada empedrada que hay entre los edificios, en cuyo centro se encuentra el estercolero. Todo está congelado y cubierto por una brillante capa de esmalte. Los adoquines que conducen a la puerta están resbaladizos.

Al primero que veo es a Jesper, que nos ha visto por la ventana. Está esperándonos en la entrada del salón. Detrás de él distingo el árbol de Navidad y la ventana de la pared opuesta, cubierta de cristales de nieve hasta media altura. Es bonito. Oigo la voz de mi madre. Es cristiana practicante, y su voz también. Tiene un pie en la tierra y el otro en el cielo. Jesper me sonríe como si compartiéramos un secreto. Y quizá sea así, aunque no me acuerdo. Mi padre se dirige directamente a la estufa de azulejos que ruge y crepita. Puedo ver que está caliente porque el aire tiembla a su alrededor y porque lo siento en la cara. Mi padre se acerca tanto a ella que temo que apoye la frente en los azulejos. Mientras me quito el abrigo, él levanta los brazos como una marioneta y se presiona las orejas con las manos. Mi madre está cantando un villancico en el salón y Jesper nos mira a mí y al hombre que está de pie ante la estufa. Sostengo el abrigo en los brazos y miro su espalda encorvada, la mandíbula abultada y ese vapor blanco y denso que corre por sus dedos.

El dormitorio del desván de la granja estaba siempre helado y, por lo general, en penumbra; lo iluminaba un solo quinqué, que había que apagar en cuanto se subía la escalera. Un ventanuco daba al este y bajo él se encontraba la cama. Si me colocaba de rodillas sobre ella, en las noches de verano podía hablar con Jesper y, en las de invierno, ver las estrellas, además de un seto de abetos y un jardín chino de otro mundo; el resto no era más que prados ondulados que se extendían hasta el mar. En ocasiones me despertaba por la noche bajo el edredón pesado y húmedo, y me parecía oír que el mar inundaba la habitación; abría los ojos y todo seguía tan negro como cuando los tenía cerrados. La oscuridad se me adhería a la cara y pensaba: «No hay ninguna diferencia entre ver y no ver». Pero sí la había, y a veces me asustaba porque la oscuridad era grande y pesada y estaba repleta de sonidos, y sabía que, si no me apresuraba a cerrar los ojos, me ahogaría. Pero cuando no me asustaba, me parecía que me elevaba y levitaba por la habitación, con un viento atravesándome el pecho.

Estoy tumbada en la cama, mirando la oscuridad; todo está negro y luego pasa a gris, porque fuera hay luna. No oigo el mar. Está tan congelado como todo lo demás, e igual de silencioso. Creo que ya no estoy soñando.

Llaman a la puerta. Por eso me he despertado, ahora me acuerdo. Espero y llaman de nuevo. Me levanto, abandono el edredón que por fin se ha calentado y, en camisón, me dirijo por el frío suelo hacia donde sé que se encuentra la puerta. Llaman de nuevo. No es en la puerta, sino en la ventana. Me vuelvo y tras el cristal veo una sombra moviéndose contra la luna. Es Jesper. Sé que es Jesper.

–Abre –susurra en voz alta arrojando su cálido aliento contra el cristal.

Echo a correr hacia la cama, salto sobre ella de rodillas y abro la ventana. Entra una ráfaga de aire frío que me congela el pecho y el estómago y hace que mis ideas adquieran filos. Lo recuerdo todo, leones y orejas de porcelana, la recta nuca de la abuela, al abuelo y a mi madre con su voz frágil ondeando por la habitación como un fino velo que todos se han acostumbrado a ignorar. Jesper está agarrado con una mano al alerón del tejado y tiene un pie apoyado en el marco de la ventana. En torno al cuello lleva mis botas, con los cordones atados a la nuca.

–Vístete y ven conmigo –dice.

–De acuerdo.

Tengo voluntad propia, no hago todo lo que me dicen, pero quiero acompañar a mi hermano. Él hace cosas distintas a los demás, cosas que me gustan, y además ya estoy completamente despierta. Jesper entra por la ventana, se sienta en la cama y me espera sin dejar de sonreír. Me apresuro con la ropa. La tengo sobre una silla y está muy fría. La luna entra a través de la ventana abierta y dibuja círculos de plata sobre los postes de la cama, en la jarra, en el despertador cuyas agujas siempre han estado quietas.

–¿Qué hora es? –pregunto.

–No tengo la menor idea.

Me sonríe y los dientes le brillan en la penumbra. Empiezo a reírme, pero él me posa el dedo índice sobre los labios. Asiento y hago lo mismo, luego cojo la ropa interior de lana y me la pongo, al igual que la pesada falda y un jersey. Suelo llevarme el abrigo a la habitación; está colgado del respaldo de la silla. Jesper me pasa las botas y, una vez que estoy lista, nos encaramamos a la ventana.

–No tengas miedo, solo tienes que hacer lo mismo que yo –dice.

No tengo miedo, solo hago lo mismo que él y, cuando lo hacemos acompasados, no resulta difícil; él delante y yo detrás, como en un baile que nada más nosotros conocemos, vamos danzando por el tejado hasta alcanzar el extremo por donde un abedul asoma sus robustas ramas, por las que bajamos deslizándonos. Jesper delante y yo detrás.

Nos mantenemos alejados del camino y del ala de la casa donde están los dormitorios de los mayores y, para salir a los campos, atravesamos el jardín chino a la luz de la luna. En ese jardín hay senderos estrechos, setos ornamentales, flores muertas y un sinuoso arroyo que no es auténtico, ahora con el agua congelada, atravesado por varios puentecitos de madera. En verano hay carpas y quizá ahora también, bajo el hielo. Al cruzarlos, los puentes crujen tan fuerte que tengo miedo de que la gente de la casa se despierte. Cuando la luna se oculta tras una nube, me detengo.

–Jesper, espera –grito a media voz, pero él no se para hasta que ha atravesado el jardín y ha alcanzado el primer campo. Una vez allí, se vuelve hacia mí, aparece la luna y yo me apresuro a seguirlo.

Atravesamos los campos, primero cuesta arriba, y después descendemos por el otro lado hasta que vemos el mar; proyectamos sombra al andar. Nunca he hecho una salida como esta; nunca he tenido sombra por la noche. La parte delantera de mi abrigo está iluminada y la espalda de Jesper, completamente oscura. Cuando nos detenemos para mirar el hielo, vemos que primero está blanco, más adelante brilla y al final no es más que mar abierto.

Jesper se saca algo del bolsillo, se lo mete en la boca y enciende una cerilla. Luego la apaga. Huele a cigarro.

–Dentro de poco haré como Ernst Bremer –dice–. Me agenciaré un barco veloz, iré hasta Suecia y volveré con suficiente aguardiente para que todo el que quiera se emborrache hasta caer redondo. Ganaré dinero y fumaré puros. Pero solo beberé los sábados. Y no más de dos copas.

Jesper tiene doce años. Ernst Bremer es contrabandista. El más importante, todo el mundo sabe quién es. Un hombre bajito de Gotemburgo que tiene una casa en la calle siguiente a la nuestra, donde vive cuando nadie lo persigue. Yo lo he visto pasar con un abrigo gris, una boina, y con el pelo oscuro peinado con la raya en medio. Ha salido muchas veces en los periódicos, y en una ocasión apareció en un dibujo de Storm P. haciendo burla a las autoridades aduaneras. Cuando los chicos salen por la tarde, no juegan a policías y ladrones, sino a Ernst Bremer y los aduaneros. Es mejor que Robin Hood. Un verano, mi padre le compró una botella, pero cuando mi madre se dio cuenta de dónde había salido, lo obligó a verter el contenido sobre uno de los arriates de flores. Ninguna de las plantas murió, aunque ella decía que era veneno.

Jesper exhala humo gris hacia el mar y luego tose y escupe.

–¡Puaj! –dice–. Tendré que practicar un poco.

Mi madre es terciopelo, mi madre es hierro. Mi padre es muy callado y a veces, durante la comida, agarra la ardiente asa de la cacerola y la sostiene para mí mientras me sirvo. Cuando la deja en su sitio, puedo ver las marcas rojas que le han salido en la mano.

–H.C. Andersen vivió en Bangsbo –digo, aunque sé que Jesper lo sabe.

–Lo sé –responde.

Caminamos un rato por la orilla del mar, luego subimos una empinada duna y regresamos por los campos. Tenemos la luna a la espalda y la sombra delante, lo que de repente me parece peor. No me gusta, pese a que distingo perfectamente las casas desde la cima. Al bajar la cuesta está todo oscuro. Se levanta viento, me cubro una mejilla con la mano porque se me está helando, y apenas veo. Rodeamos el jardín en vez de atravesarlo y llegamos hasta la casa, que forma un ángulo con el pajar. Jesper recorre el seto de abetos hasta llegar al pajar y apoya la cara contra la ventana más cercana. Las paredes encaladas se ven mates como la niebla y mi hermano se hace sombra con una mano, como si fuera hubiera reflejos y sol, pero está todo oscuro y no puedo ver lo que ve él.

–Jesús, el abuelo se ha ahorcado en el pajar –dice.

–¡No! –grito, y no sé por qué a Jesper se le ocurriría decir precisamente eso, pero me lo he preguntado muchas veces durante todos estos años.

–Que sí –dice–, ven a verlo.

Yo no quiero verlo, siento náuseas aunque sé que no es verdad; es solo Jesper, como de costumbre, y a pesar de todo echo a correr hacia él y coloco mi cara junto a la suya. Todo está oscuro, no veo nada.

–No veo nada. Tú tampoco has visto nada, está completamente oscuro.

Presiono la cara contra el cristal, huele a establo, a frío, y Jesper se echa a reír. De pronto siento cuánto frío hace.

–Me estoy helando.

–Pues vamos a entrar –dice él, y ya no se ríe.

–No quiero entrar todavía. Dentro aún hace más frío. Y, además, tampoco me podré dormir.

–Me refiero al establo. Ahí dentro hace calor.

Rodeamos el pajar caminando sobre los adoquines hasta llegar a la puerta del establo, cruje cuando la abrimos y pienso que quizá el abuelo esté ahorcado dentro, que quizá me tope con sus pies que tal vez se balanceen adelante y atrás. Pero mi abuelo no está y enseguida hace menos frío, el olor es un olor que conozco. Jesper avanza entre los pesebres. Son muchos, hay veinticinco vacas, la granja no es pequeña, tienen empleados. Antes de casarse con el abuelo, la abuela trabajaba en la cocina. En aquella época llevaba mandil blanco; jamás ha vuelto a usarlo. Es la madre de mi padre, no la de sus hermanos y, según me ha contado mi madre, se casaron a toda prisa en cuanto Hedvig estuvo en su tumba. El abuelo y la abuela casi nunca están juntos en la misma habitación, y cuando lo están la abuela casi siempre mantiene la cabeza alzada y la nuca erguida. Todo el mundo puede verlo.

Me quedo quieta hasta que me acostumbro a la densa oscuridad. Oigo los pasos de Jesper más adelante, oigo a las vacas que se mueven; sin verlas, sé que la mayoría están tumbadas, que duermen, rumian, golpean con los cuernos las paredes de madera que separan sus cubículos y colman la oscuridad de sonidos profundos.

–Vamos, ven –dice Jesper.

Apenas lo vislumbro allí al fondo. Me adentro despacio entre los pesebres, con cuidado de no pisar las boñigas que se acumulan a ambos lados del pasillo central. Jesper se ríe por lo bajo y empieza a cantar sobre aquellos que recorrerán el estrecho sendero y no tomarán el amplio camino hacia las puertas celestiales. Imita la voz de mi madre, y lo hace tan bien que estoy a punto de echarme a reír, pero al final no me atrevo en un sitio donde hay tantos animales.

–Vamos, vamos, hermanita –dice, y, dando los últimos pasos hacia mí, me agarra del abrigo–. ¿Todavía tienes frío?

–Sí, un poco.

–Pues entonces tienes que hacer esto –dice, entrando en uno de los cubículos.

Se abre paso entre la pared y la vaca que descansa dentro. Se pone en cuclillas, le acaricia el lomo al animal y le habla con una voz baja que rara vez lo oigo usar; ella primero vuelve la cabeza y se desplaza inquieta hacia la pared opuesta, pero luego se tranquiliza. Él la acaricia cada vez más fuerte y luego se tumba delicadamente sobre su lomo; al principio bastante rígido, pero cuando siente que la cosa va bien, se relaja y simplemente se queda tumbado, como una gran mancha negra sobre la manchada espalda de la vaca.

–Los animales grandes almacenan mucho calor –dice–, son como una estufa. Prueba tú también.

Su voz suena somnolienta y no sé si seré capaz, pero yo también tengo sueño, tanto que, como no me tienda pronto, acabaré cayéndome al suelo.

–Prueba con la vaca de al lado –dice Jesper–. Es Dorit, una buena.

Desde el pasillo central oigo la tranquila respiración de Jesper y me quedo mirando a Dorit en su cubículo hasta que distingo bien su amplio lomo. A continuación, paso por encima de la cloaca; no atino del todo, pero ya me da igual, tengo demasiado sueño. Me agacho y acaricio la espalda de Dorit.

–Tienes que decirle algo, tienes que hablarle –dice Jesper al otro lado de la pared.

Pero yo no sé qué decir, solo se me ocurren esas cosas que no se pueden decir en voz alta. El cubículo es tan estrecho que, si Dorit se diera la vuelta, me aplastaría contra la pared. Le acaricio la nuca, me inclino más hacia ella y empiezo a contarle al oído el cuento del perseverante soldadito de plomo. La vaca me escucha y, a través de la madera, sé que también me escucha Jesper. Cuando estoy llegando al final y el soldadito se está derritiendo entre las llamas, me tiendo hacia delante, me agarro a su nuca y le cuento que una ráfaga de aire entra por la ventana y arrastra a la bailarina por la habitación hasta el fuego, donde ella se ilumina como una estrella fugaz y luego se apaga; y una vez que he acabado no me atrevo ni a respirar. Pero Dorit es buena y apenas se mueve, se limita a rumiar y el calor de su cuerpo se abre paso a través de mi abrigo, lo siento contra el estómago, y lentamente empiezo de nuevo a respirar. Es la Nochebuena de 1934 y allí yacemos Jesper y yo, cada uno en su cubículo sobre sendas vacas en un establo donde todo respira. Y puede que nos durmiésemos, porque después de eso no recuerdo las cosas con tanta claridad.

2

En aquella época, la ciudad donde vivíamos era una ciudad de provincias, situada muy al norte del país. Quedaba tan lejos de Copenhague como se podía llegar teniendo aún calles por las que caminar. Pero Tordenskjold nos había dejado un alcázar y teníamos un astillero con más de cien trabajadores y una sirena que a las doce anunciaba el almuerzo por toda la ciudad. Contábamos con un puerto pesquero donde se oía sin cesar el petardeo de las barcas que entraban y salían y al que llegaban barcos de la capital, de Suecia y de Noruega. Si se subía la serpenteante escalera de maderos que iba de Møllerhuset hasta la cuesta de Pikker, desde la cima se podía ver el mar como un gigantesco cuadro cuando los grandes barcos maniobraban hacia los dos faros del malecón. Desde la cuesta de Pikker el mar parecía colgar más que yacer.

Recuerdo que nos apostábamos en el muelle y mirábamos a la gente fina bajar por la pasarela del barco de Copenhague. Habían viajado en primera clase y ahora se dirigían al balneario de la playa de Frydenstrand o continuaban en tren hacia Skagen para alquilar una casa o alojarse en un hotel durante las semanas de verano. Los hombres llevaban sombreros de paja y las mujeres vestidos que brillaban al sol. La clase alta de Copenhague acababa de descubrir Skagen y había una línea especial de tren que los llevaba directamente desde el puerto hasta la estación, aunque esta distaba solo unas pocas manzanas. Me quedaba mirando cómo unos hombres uniformados les llevaban las maletas al tren y pensaba que tal vez esa fuera una meta que tener en la vida: que alguien cargase con tus maletas.

Cuando llegaban los barcos, oíamos sus sirenas desde antes de que entraran por el malecón y entonces mi padre se quitaba el delantal de carpintero, lo colgaba de un clavo detrás de la puerta del taller y atravesaba las calles hasta el puerto para verlos arribar. Caminaba a su paso de siempre, sin apresurarse; sabía exactamente el tiempo que tardaba. Se detenía a escasos metros del borde del muelle y allí se quedaba, con el abrigo largo que usaba siempre que soplaba el viento, las manos a la espalda y la boina marrón en la cabeza, pero era imposible ver lo que pensaba, porque su expresión siempre era tranquila; solo iba cuando los barcos atracaban, nunca cuando zarpaban, excepto si llevaban a bordo a alguien que él conociera, y eso ocurría raras veces.

Cuando yo no estaba en el colegio nos apostábamos allí los dos. Yo también me cogía las manos a la espalda; el viento agitaba su abrigo y agitaba mi pelo, que se arremolinaba y nos azotaba, tanto a mí como a él. Tenía una espesa melena castaña y rizada que me golpeaba la espalda al correr. Mucha gente de la ciudad opinaba que era bonita, incluso espléndida, pero a mí me parecía que sobre todo estorbaba, y cuando proponía cortármela, mi madre se oponía.

–Es lo mejor que tienes –decía–, y sin ella parecerías un esquimal, con esa cara tan redonda.

Según ella, los esquimales eran gente que vivía en el Polo Norte, creían en dioses de sebo y hueso y, desgraciadamente, pertenecían a Dinamarca. Pero todo el mundo tiene su cruz, y en aquel tiempo yo no tenía fuerzas para rebelarme, por lo que acostumbraba a recogerme firmemente el pelo con una goma para poder acompañar a Jesper en todos sus proyectos. Los Grandes Descubrimientos era el último. Mi hermano recorría los caminos o los bosques cercanos con unos amigos y, al ponerse el sol, se metían en un sótano más allá de Plantasjen, donde vivía uno de ellos, y planeaban El Gran Viaje. Yo era la única chica a la que a veces permitían participar.

Pero disfrutaba al sentir cómo el viento me tiraba del pelo y sabía que a mi padre le gustaba ver cómo se me levantaba cuando, apostados en el muelle, veíamos llegar los barcos; al fin y al cabo, esa melena era mi único orgullo.

Detrás de nosotros aguardaban los trenes, resoplando y bufando con sus válvulas, y, aunque no se tardaba más de una hora en llegar a Skagen, yo nunca había ido.

–¿No podríamos ir alguna vez a Skagen? –pregunté en una ocasión.

Con Jesper y sus amigos había caído en la cuenta de que el mundo era mucho mayor que la ciudad en la que vivía y los campos de alrededor, y estaba deseando ir a verlo.

–En Skagen no hay más que arena –respondió mi padre–. Allí no se te ha perdido nada, mi niña.

Y puesto que era un domingo y él rara vez decía «mi niña», se sacó alegremente un cigarro del bolsillo del chaleco, lo encendió y empezó a echar el humo al viento. Este regresaba violentamente hacia nuestras caras, pero yo fingí no notarlo, y lo mismo hizo él. Con los ojos irritados vimos el barco de pasajeros Melchior acercarse a todo vapor a la entrada del malecón, las lágrimas me corrían por las mejillas, y apreté los ojos hasta convertirlos en dos estrechas rendijas. Por uno de los costados del largo barco, los pasajeros se asomaban por encima de la borda agitando sus pañuelos; el Melchior viró un poco y aminor

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