La tentación se me presenta por vez primera en la muy importante y llamativa persona de Herbie Bratasky, director social, director de banda, cantante melódico, cómico y maestro de ceremonias del hotel de montaña propiedad de mi familia. Cuando no está enfundado en el bañador elástico de forzudo que se coloca para impartir lecciones de rumba al borde de la piscina, está vestido para matar, por lo general con su chaqueta «esportiva» de dos tonalidades, crema y carmesí, y sus anchurosos pantalones amarillo canario, que se van estrechando hasta los tobillos, donde se convierten en argollas, justo por encima de los zapatos de velero, blancos y con agujeritos. Un trozo de repuesto de goma de mascar Black Jack espera turno en su bolsillo, mientras otro se ve sometido a una degustación lenta y desfachatada, en lo que mi madre llama, por irrisión, la «charleta» de Herbie. Por debajo del cinturón de aligátor, elegantemente estrecho, por debajo de la cadena de oro del llavero, dentro de los pantalones, está actuando una de las rodillas: así marca Herbie ese ritmo que solo él percibe, en el Congo que tiene por cerebro. Nuestro folleto (cuya composición viene siendo responsabilidad mía desde cuarto grado, en colaboración con el propietario) presenta a Herbie en términos de «nuestro Cugat judío, nuestro Krupa judío, ¡ambos en uno solo!». Más adelante se le califica de «segundo Danny Kaye» y, en conclusión, para que todo el mundo comprenda que este veinteañero de setenta kilos no es un don nadie y que el Hotel Hungarian Royale de los Kepesh no está exactamente en ninguna parte, «el nuevo Tony Martin».
A nuestros huéspedes parece hipnotizarles tanto como a mí el desvergonzado exhibicionismo de Herbie. Llega un cliente nuevo y apenas le ha dado tiempo de instalarse en una de las mecedoras de la galería cuando ya tiene al lado a uno de los veteranos de la semana pasada, procedente de la calurosa ciudad, pasándole un completo informe sobre la maravilla de nuestra tribu.
–Y verás el moreno que se gasta. Es de los que nunca se queman, que se ponen morenos directamente. Desde el primer día que toma el sol. Este chico tiene un cutis como sacado de los tiempos bíblicos.
A causa de una lesión en el tímpano, la alegría de nuestra casa –como el propio Herbie gusta de denominarse, más que nada para darle en los morros a mi madre– está pasando con nosotros la Segunda Guerra Mundial. Hay en marcha un debate, en las mecedoras y en las mesas de juego, sobre si la lesión es congénita o se la ha producido él mismo. La mera sugerencia de que no sea la propia Madre Naturaleza quien ha incapacitado a Herbie para luchar contra Tojo, Mussolini y Hitler es para mí una especie de insulto personal, una humillación. Y, sin embargo, qué tentador, imaginarse a Herbie con un alfiler de sombrero o un palillo de dientes en la mano –¡o un picador de hielo!–, mutilándose y dejando con un palmo de narices a los de la caja de reclutas.
–¡Tratándose de él, no lo descartaría! –dice el huésped llamado A-owitz–. ¡Con semejante pájaro, yo no descartaría nada! Menuda marcha lleva.
–Venga ya, ¿cómo va a haber hecho una cosa así? Es un chico tan patriota como el que más. Yo te diré cómo ha sido que se quedara así, medio sordo, y si no me crees no tienes más que llamar a un médico y preguntarle: por la batería esa –dice el huésped llamado B-owitz.
–¡Cómo toca el chico la batería! –dice el huésped llamado C-owitz–. Podría actuar directamente en el Roxy, sin más preparación. Y creo que la única razón de que no lo haga es, como tú dices, precisamente esa, que no oye bien, por la propia batería.
–Así y todo –dice el huésped llamado D-owitz–, lo cierto es que no te contesta ni sí ni no, cuando le preguntas si lo hizo con algún instrumento o lo que fuera.
–Eso es por lo numerero que es, que le encanta dejarte con el suspense. Su principal atractivo es ese, que está lo suficientemente loco como para hacer lo que sea. En eso consiste toda su gracia.
–Así y todo, ya el mero hecho de andar haciendo chistes sobre el asunto me parece mal. Los judíos sabemos mucho de estas cosas.
–Por favor, un chico que se viste como él se viste, que no le falta ni la cadena del llavero, con un cuerpo como el que tiene, que se pasa el día y la noche trabajándoselo, y con la batería, ¿cómo podéis creer que va a infligirse algún daño físico grave, solo para ahorrarse el esfuerzo de ir a la guerra?
–Estoy de acuerdo, cien por cien de acuerdo. Gin, por cierto.
–Me has pillado en paños menores, hijo de mala madre. ¿Qué hacía yo con estas dos jotas en la mano, puede decírmelo alguien? Mirad, ¿sabéis lo más raro de todo? Lo más raro de todo es que un chico tan guapo pueda ser al mismo tiempo tan divertido. Ser tan guapo, y tan divertido, y enloquecer de esa manera con la batería, eso es algo especial en los anales del mundo del espectáculo.
–¿Y en la piscina? ¿Qué me decís del trampolín? Si lo viera Billy Rose, haciendo el payaso en el agua, de esa manera, a los cinco minutos lo mete en el Aquacade.
–Y ¿qué me decís de esa voz que tiene?
–¡Si se dejara de bromas con ella! ¡Si cantara en serio!
–Un chico como él, cantando en serio, ya estaría en la Metropolitan Opera.
–Jesús, es que si se lo tomara en serio, a cantor de sinagoga podría meterse, sin problema. Le rompería a uno el corazón. Imagina por un momento la pinta que tendría con su mantón blanco, con lo moreno que está.
Y en este punto, por fin, se enteran de que estoy aquí, en la otra punta de la galería, montando un modelo a escala de Spitfire de las RAF en la barandilla.
–Eh, pequeño Kepesh, ven aquí, pedazo de cotilla. ¿A quién quieres parecerte cuando seas mayor? Escuchad esto. Deja un segundo de barajar. ¿Quién es tu héroe, Kepaleh?
No es que no tenga que pensármelo dos veces, es que ni una tengo que pensármelo:
–Herbie –contesto, para gran regocijo de los hombres de la congregación. A las madres, en cambio, la cosa no les hace tanta gracia.
Y, sin embargo, señoras mías, ¿quién iba a ser? ¿Quién tiene tantísimo talento como para imitar el acento de Cugat, el sonido del shofar y, cuando yo se lo pido, el picado sobre Berchtesgaden de un caza de combate, y el Führer volviéndose loco, abajo, en el suelo? Tales son el brío y el virtuosismo de Herbie, que mi padre, a veces, no tiene más remedio que decirle que se guarde para él solo alguna de sus imitaciones, por muy únicas en el mundo que puedan ser.
–Pero es que el pedo me sale perfecto –protesta Herbie.
–Seguro que sí –le replica el jefe–, pero no cuando hay personas de ambos sexos delante.
–¡Pero si llevo meses ensayándolo! Escuche usted.
–No, no, Bratasky, haz el favor de ahorrármelo. No es exactamente lo que un cliente cansado espera oír en el casino después de cenar. Coges la idea, ¿verdad? ¿O no la coges? A veces no te entiendo bien, no sé dónde diablos tienes la sesera. Son personas que respetan el kósher, ¿te das cuenta? ¿Y te das cuenta de que hay mujeres y niños? Es muy sencillo, amigo mío: el shofar es para las Festividades Mayores, y lo otro es para el váter. Punto y aparte, Herbie. Y nada más.
De modo que empieza a hacer sus imitaciones para mí solo, su discípulo, que siente espanto reverencial en su presencia; para mí los bocinazos y los tamborileos, que mi mosaico padre le prohíbe en público. Resulta que no solo puede simular la panoplia entera de los sonidos –desde el más ligero brote de hierba primaveral a una salva de veintiún cañonazos- con que la humanidad emite sus gases, sino que también entra en sus capacidades hacer la «diarrea». No, se apresura a poner en mi conocimiento, la de cualquier pobre shlimazel presa de cagalera –eso ya lo dominaba en sus tiempos de instituto–, sino los compases wagnerianos de todo un Sturm und Drang fecal.
–Podría haber salido en lo de Ripley –me dice–. Tú lees a Ripley, ¿verdad? Pues juzga por ti mismo.
Oigo el áspero ruido de una cremallera al bajarse. Luego, un chorro la mar de envidiable estrellándose contra un cuenco esmaltado. Luego, el gruñido del depósito al vaciarse, seguido de las gárgaras y el hipo de un grifo renuente que empieza a soltar agua. Y todo ello procede de la boca de Herbie.
Podría postrarme a sus pies en adoración.
–¡Y no te pierdas esto!
«Esto» es dos manos enjabonándose mutuamente, pero dentro de la boca de Herbie, en apariencia.
–Me pasaba el invierno entero en los servicios del Automat, ahí sentado, escuchando.
–¿Sí?
–Por supuesto. Hasta me escucho a mí mismo, cada vez que me siento en el trono.
–¿Sí?
–Pero el que sabe es tu viejo, y para él todo esto son guarradas. ¡Punto y aparte! –dice Herbie con una voz exactamente igual que la de mi viejo.
Y todo lo que dice lo dice completamente en serio. Cómo puede ser, me pregunto. ¿Cómo puede Herbie saber tanto e interesarse tan apasionadamente en los tintineos del trono? ¿Y cómo pueden estos importarle tan poco a un filisteo sin oído, como mi padre?
Eso es lo que parece en verano, cuando estoy bajo el embrujo del batería demoníaco. Luego llega el Yom Kippur, y Bratasky se va, y ¿de qué me sirve haber aprendido lo que un tipo así puede enseñarle a un muchacho que está creciendo? Nuestros -witz, -berg y -stein se dispersan de la noche a la mañana por regiones para mí tan remotas como Babilonia: jardines colgantes llamados Pelham y Queens y Hackensack. Y el territorio local lo reclaman los lugareños que labran los campos, ordeñan las vacas, llevan las tiendas y trabajan todo el año para el estado y para el condado. Yo soy uno de los dos niños judíos de una clase de veinticinco, y la captación de las reglas y preferencias de la sociedad (lo llevo en la sangre, al parecer, igual que la inclinación a lo febril, lo extravagante, lo raro) nos indica que, por mucho que me tiente la posibilidad de lanzar todos mis cohetes y enseñarles a esos paletos todo lo que puede dar de sí la pirotecnia de Herbie, la verdad es que no me distingo de mis compañeros de clase más que en las notas. Ninguna otra cosa que haga –soy consciente de ello sin que mi padre tenga que recordármelo– me llevará a ninguna parte. Y a ninguna parte no es precisamente a donde se espera que yo llegue.
Así que, como el típico muchachito que pintan en los almanaques ilustrados, me arrastro cuesta abajo durante cerca de tres kilómetros, contra la ventisca, por nuestra carretera de montaña, hasta llegar al instituto donde me paso el invierno sobresaliendo de los demás alumnos, mientras en el sur, allá lejos, en la ciudad más grande de las ciudades grandes, allí donde todo vale, Herbie (que vende linóleo a las órdenes de un tío suyo, durante el día, y que toca en un combo latino todos los fines de semana) se empeña en llevar a la perfección la última de sus impresiones de retrete. Me cuenta sus progresos en una carta que llevo encima, oculta en el bolsillo trasero de los calzones, el del botón, y que releo cada vez que se me presenta la oportunidad –quitadas las tarjetas de cumpleaños y los catálogos de sellos, es lo único que he recibido nunca por correo–. Ni que decir tiene que me aterroriza la posibilidad de ahogarme patinando sobre hielo, o de partirme el cuello con el trineo, y que el sobre con matasellos de BROOKLYN, NY lo encuentre algún compañero de colegio y que la clase entera se junte alrededor de mi cadáver, tapándose la nariz. Mis padres no volverían a levantar cabeza. El Hungarian Royale perdería su buen nombre e iría a la bancarrota. Y a mí no me darían sepultura en el recinto del cementerio, con los demás judíos. Y todo por el papo que le echa Herbie escribiendo guarrerías en un papel y luego enviándoselas por correo estatal a un niño de nueve años, a quien el mundo (y, por tanto, él mismo) supone puro. ¿Cabe concebir que Bratasky de veras no comprenda la reacción que estas cosas provocan en la gente decente? ¿Ignora que por el mero hecho de enviar una carta así ya está, seguramente, infringiendo la ley, y haciéndome cómplice a mí? Pero, en tal supuesto, ¿por qué me empeño yo en llevar encima todo el día semejante documento incriminatorio? Permanece en mi bolsillo incluso cuando estoy ahí, de pie, peleándome por ser el número uno, en la prueba semanal de ortografía, contra la otra finalista, mi rizosa correligionaria y futura concertista de piano, la muy brillante Madeline Levine; está en el bolsillo de mi pijama durante la noche, para poder leerlo con linterna bajo las sábanas y luego dormir con él cerca del corazón. «Estoy elevando a la categoría de ciencia el sonido de cuando tiras del papel y el rollo gira en su eje. Lo cual casi me da el shmeer completo, chico. Herbert L. Bratasky, y nadie más en este mundo que Herbert L. Bratasky, es capaz de hacer la meada, la cagada, la diarrea… y el papel desenrollándose. Tras lo cual aún me queda una cumbre a que ascender: ¡la limpieza de culo!»
Para cuando tengo dieciocho años y estoy en primer curso en Syracuse, mi tendencia a la imitación casi, casi, iguala la de mi mentor, solo que yo, en vez de imitaciones a la Bratasky, imito a Bratasky, a los huéspedes y a los empleados. Represento a nuestro camarero jefe, rumano y con esmoquin, luciéndose en el comedor –«Por aquí, hágame usted el favor, señor Kornfeld… ¿Un poco más de derma, señora?»– y luego, al volver a la cocina, diciéndole al cocinero borracho, en el más grosero de los yiddish, que lo va a estrangular con sus propias manos. Imito a gentiles: al torpe de George, encargado del mantenimiento general, observando con timidez a las señoras, mientras aprenden a bailar la rumba al borde de la piscina; a Bud el Grandón, el salvavidas (y jefe de planta), que ya tiene sus años y que se dedica a toquetear con suavidad a la señora de vacaciones, y luego, si puede, a su hija núbil, mientras pone un rato al sol su nariz nueva. Hago incluso un largo diálogo (tragicomicohistoricopastoral) de mis agotados padres mientras se desvisten para meterse en la cama por la noche, tras el cierre de la temporada. Que otras personas encuentren divertidísimos los acontecimientos más corrientes y molientes de mi vida anterior es algo que me deja atónito; aunque también me sorprende, en principio, descubrir que no todo el mundo ha gozado de unos años de formación tan densamente poblados de tipos interesantes y llenos de vida. Tampoco había acabado de hacerme a la idea de que yo, también, fuese una persona tan interesante y tan llena de vida.
Durante mis primeros semestres de college me premian con el protagonista en varias representaciones teatrales universitarias de Giraudoux, Sófocles y Congreve. Intervengo en una comedia musical, cantando y hasta bailando a mi manera. No parece haber nada que yo no sea capaz de hacer en un escenario –de hecho, no parece haber nada que pueda mantenerme apartado de un escenario–. A poco de empezar el primer curso, mis padres visitan el centro para verme hacer de Tiresias –más viejo, en mi interpretación del papel, que ellos dos juntos– y luego, en la fiesta de la noche de estreno, observan incómodos cómo acepto sin necesidad de que me insistan la invitación a que haga el número del rabino aristocrático poseedor de una dicción perfecta que acude todos los años «nada menos que desde» Poughkeepsie a ocuparse de los servicios religiosos de las Festividades Mayores Alta en el casino del hotel. A la mañana siguiente les doy un paseo por el campus. Camino de la biblioteca, varios compañeros me felicitan por lo asombrosamente que hice de anciano la noche antes. Impresionada –aunque no sin recordarme también, con un toque de su ironía, que no muchos años antes era a ella a quien le tocaba cambiar y lavar los pañales de la estrella teatral–, mi madre dice «Ya te conoce todo el mundo, eres famoso», mientras mi padre, tratando de superar su decepción, pregunta de nuevo: «¿Así que ya has descartado estudiar medicina?». Tras lo cual le digo por décima vez –diciéndole que es la décima vez– «Quiero ser actor», convencidísimo, como lo estuve hasta el día en que de pronto el trabajo de actor, a mi manera, empieza a parecerme el empeño más carente de sentido, más efímero y más patéticamente sobredimensionador del yo. Salvajemente, me hago objeto de mi propio ataque para permitir a todo el mundo, de hecho, que me conozca ya, que profundice en las abisas de la insensata vanidad que la estrechez del nido y las restricciones de la cerca me impedían descubrir incluso a mis propios ojos. Me humilla tanto la desnudez de lo que vengo haciendo, que hasta considero la posibilidad de pasarme a otro college donde empezar de cero, sin mancha, sin que las miradas ajenas perciban en mí la mácula de esa hambre maniática de focos y aplausos.
Vienen a continuación unos meses en que me impongo nuevas metas penitenciales, semana sí, semana no. Estudiaré medicina, me especializaré en cirugía. Aunque, bueno, si me hago psiquiatra quizá pueda servir mejor a la humanidad. Estudiaré derecho… diplomacia… ¿Por qué no me hago rabino? Un rabino estudioso, contemplativo, profundo… Leo I and Thou y los relatos hasídicos, y en casa, durante las vacaciones, interrogo a mis padres sobre nuestros antecedentes familiares en la vieja Europa. Pero ya hace más de cincuenta años que mis abuelos emigraron a Estados Unidos, y, teniendo en cuenta que ambos están muertos y que sus hijos, en general, solo tienen un leve interés sentimental en nuestros orígenes centroeuropeos, con el tiempo abandono mi investigación y, con ella, la fantasía rabínica. Pero no el empeño de asentarme en lo sustancial. Aún recuerdo con el mayor de los desagrados mi decrepitud en Edipo rey, mi aduendado encanto en Finian’s Rainbow… ¡Tantas y tantas interpretaciones empalagosas! ¡Ya está bien de frivolidad y de manía exhibicionista! A los veinte años tengo que dejar de interpretar a terceros y Convertirme en Mí Mismo, o al menos empezar a encarnar el yo que en mi creencia debería ser.
Este –el yo siguiente– resulta ser un joven formal, solitario, más bien refinado, consagrado a la literatura europea y a los estudios lingüísticos. Mis camaradas de teatro se quedan sorprendidos ante mi facilidad para abandonar los escenarios y refugiarme en una casa de huéspedes, llevándome por compañía a los grandes escritores que decido llamar, como estudiante universitario, los «arquitectos de mi mente». «Sí, David ha dejado el mundo –dicen que dijo mi rival de la compañía teatral–, y se ha metido a clérigo.» Y, bueno, tengo mi presencia, y tengo capacidad, al parecer, para teatralizar mi persona y mis elecciones, pero, sobre todo, es que soy un absolutista –un absolutista joven– y no conozco otro modo de cambiar de piel que meter el bisturí y lacerarme de cabo a rabo. O soy una cosa, o soy la otra. Así, a los veinte, me dispongo a desmontar las contradicciones y a sobrepujar las incertidumbres.
Durante los años de college que me quedan, vivo en cierto modo como durante los inviernos de mi adolescencia, cuando el hotel está cerrado y leo cientos de libros durante cientos de tormentas de nieve. Las tareas de reparación y rehabilitación se llevan a cabo diariamente a lo largo de los meses árticos. Estoy oyendo el sonido de las cadenas de los automóviles por las roderas de los caminos, el sonido de los tablones al caer del camión a la nieve y el sencillo ruido, tan inspirador, del martillo y de la sierra. Más allá de la costra de nieve de mi alféizar, veo en su vehículo a George y a Bud el Grandón bajando a arreglar las cabañas contiguas a la piscina, ahora cubierta con una lona. Los saludo con la mano, George toca la bocina… Y para mí es como si los Kepesh fueran ahora tres animales hibernando en un sitio acogedor y fortificado: Mamá, Papá y el Niño puestecitos aparte, a salvo en el Paraíso Familiar.
En lugar de los huéspedes tan interesantes y tan llenos de vida, durante el invierno tenemos sus cartas, que mi padre, sin dejar nada que desear en cuanto a interés y plenitud vital, ni volumen, lee en voz alta en el comedor. Venderse a sí mismo es, a sus propios ojos, su especialidad; y, por maleducados que los huéspedes puedan ser, hacérselo pasar bien y tratarlos como seres humanos. Fuera de temporada, no obstante, el equilibrio de poder se altera un poco, y son los clientes, con su añoranza de las coles rellenas y del sol y de las risas, quienes se apartan de sus imperiosas exigencias: «En cuanto firman en el libro de registro», dice mi madre, «el peor ballagula y la muy shtunk de su mujer se convierten en los duques de Windsor» –y se ponen a tratar a mi padre como si él también fuera un miembro pagado de la especie –en vez del objeto de su descontento– o el payaso oficinista de su ridículo número de realeza. Cuando más alto sube la nieve, pueden llegar hasta cuatro o cinco cartas por semana: que si petición de mano en Jackson Heights, que si traslado a Miami por motivos de salud, que si inauguración de una segunda tienda en White Plains… Y lo que le gusta a mi padre recibir noticia de lo mejor y lo peor que les está pasando. Para él, con ello queda demostrado todo lo que el Hungarian Royale significa para la gente: con ello queda demostrado todo, en realidad, y no solo lo que su hotel puede significar.
Una vez leídas las cartas, despeja un sitio al extremo de la mesa y, junto a un plato lleno de los rugalech de mi madre, va contestando a cada uno en su despatarrada letra. Yo le corrijo las faltas y pongo signos de puntuación donde él ha puesto las rayas que escinden sus párrafos en trozos irregulares de filosofía, recuerdos, profecías, sagacidades, análisis políticos, pésames y felicitaciones. A continuación, mi madre lo pasa todo a máquina en papel con membrete del Hungarian Royale, bajo el rótulo que dice: «La tradicional hospitalidad del campo en un hermoso decorado de montaña. Escrupuloso respeto de las normas dietéticas. Abe y Belle Kepesh, propietarios», y añade una posdata confirmando las reservas para el verano que viene y solicitando una pequeña señal.
Antes de conocer a mi padre durante unas vacaciones en estas mismas montañas –él tenía entonces veintiún años y, a falta de otra vocación, pasaba el verano trabajando de cocinero de minutas– mi madre trabajó los tres primeros años de después del instituto en un bufete jurídico. Cuenta la leyenda que era una joven concienzuda y minuciosa, que pasmaba a todos por su eficacia y que apenas si vivía para otra cosa que para servir a aquellos señoriales abogados de Wall Street, sus patronos, hombres de cuya talla –moral y física– seguirá ella haciéndose lenguas hasta la muerte. Su señor Clark, nieto del fundador del bufete, continúa felicitándole el cumpleaños por telegrama, incluso tras su retiro en Arizona, y todos los años, con el telegrama en la mano, nos dice como soñando, a mi padre que se está quedando sin pelo, y a mí que soy tan pequeño: «Ay, era un hombre tan alto y tan guapo… Y tan digno… Todavía recuerdo cómo se puso en pie cuando entré en su despacho para la primera entrevista de trabajo. Nunca olvidaré su apostura». Pero resultó que fue un hombre fornido, hirsuto, con un barril peludo a guisa de pecho, con unos bíceps de Popeye, y totalmente carente de credenciales que demostraran su clase, quien la vio inclinada sobre un piano, cantando «Amapola» con un grupo de turistas de la ciudad, y no tardó en decirse: «Con esa chica voy a casarme yo». Mi madre tenía el pelo y los ojos tan oscuros, y tan redondas las piernas y el trasero tan «bien desarrollado», que mi padre, en principio, la tomó por hispana. Y la acuciosa pasión por lo impecable que tanto la había unido al señor Clark hijo no hizo sino aumentar su atractivo a ojos del enérgico y ambicioso joven a quien no faltaba algo de capataz de esclavos en su propia alma obligada y servil.
Desgraciadamente, una vez casada, las mismas cualidades que habían hecho de ella una auténtica joya para el austero jefe gentil la sitúan al borde de la crisis nerviosa en cuanto llega el final del verano, todos los años; porque incluso en un pequeño hotel familiar como este siempre hay alguna queja que investigar, algún empleado que vigilar, sábanas que contar, comida que probar, cuentas que llevar, y así hasta la saciedad, y, qué desdicha, ella es incapaz de permitir que se ocupe de esas tareas el encargado de realizarlas, sabiendo como sabe que no están haciéndose como es menester. Solo en invierno, cuando mi padre y yo asumimos los improbables papeles de Clark père et fils, y mi madre se sienta en irreprochable postura de mecanógrafa frente a la gran Remington Noiseless –silenciosa– negra, pasando a máquina las verbosas contestaciones, llego yo a hacerme una idea de cómo era aquella recatada y feliz señorita de quien mi padre se enamoró a primera vista.
A veces, después de cenar, llega incluso a proponerme –a mí, un chaval de primaria– que me haga el ejecutivo y que le dicte una carta, para poder mostrarme la magia de su taquigrafía. «Tienes una naviera», me dice, aunque, en la vida real, acaban de autorizarme la compra del primer cortaplumas, «adelante». Me recuerda, con regularidad, la distinción entre una secretaria corriente y lo que ella era, una secretaria de bufete. Mi padre, muy orgulloso, confirma que sí, que fue la más impecable secretaria que nunca trabajó en aquel bufete: se lo había puesto por escrito el propio señor Clark, en la carta de felicitación que le envió con motivo de su enlace. Luego, un invierno, cuando al parecer ya tengo edad para ello, me enseña a escribir a máquina. Nadie, ni antes ni después, me ha enseñado nunca nada con tanta inocencia y tanta convicción.
Pero estamos en invierno, la estación secreta. En verano, rodeada por todas partes, sus ojos oscuros se lanzan en todas direcciones, y gañe y jadea como un perro pastor cuya supervivencia dependiera de conducir al mercado la indisciplinada grey de las ovejas de su dueño. Cualquier corderito que se aparte un poco la hace precipitarse por la escarpada ladera abajo –para cambiar de dirección en cuanto oye un balido procedente de cualquier otro sitio–. Y la cosa no para mientras no queden atrás las Festividades Mayores, y ni por esas. Porque una vez partido el último huésped, hay que empezar con el inventario: ¡hay que! ¡en este mismo instante! Lo roto, desgarrado, manchado, astillado, aplastado, torcido, rajado, robado, ha de ser reparado, sustituido, vuelto a pintar, tirado a la basura («una pérdida total»). Para esta sencilla y pulcra mujer, a quien nada en el mundo le complace más que la contemplación de una copia de papel carbón perfecta y sin borrones, recae la tarea de ir de habitación en habitación tomando nota en su librillo del alcance de la violencia recién aplicada a nuestro fortín de montaña por esas hordas de vándalos que, según mi padre se empeña en mantener –con la vehemente oposición de ella– no son sino seres humanos.
Del mismo modo en que los rabiosos inviernos de Catskill nos transforman a todos en unos Kepesh más tiernos, más cuerdos, más inocentes, más sentimentales, así, en mi cuarto de Syracuse, según va trabajándome la soledad, empiezo poco a poco a sentir, como una bendición, que la ligereza y el exhibicionismo se apartan de mí. No es que, a pesar de tanto leer, tanto subrayar y tanto tomar notas, llegue a estar totalmente libre de egoísmo. Una frase atribuida a un egotista de la talla de Lord Byron me impresiona por su meliflua sabiduría, resolviendo en seis palabras algo que empezaba a convertírseme en un dilema de insuperables proporciones morales. No sin cierta osadía estratégica, empiezo a citársela a las compañeras, que me oponen el argumento de que soy demasiado inteligente para esas cosas: «Estudioso de día –pongo en su conocimiento–, disoluto de noche». En lugar de disoluto, pronto llego a la conclusión de que es mejor decir «lleno de deseo»: a fin de cuentas, no estoy en un palacio veneciano, sino en un pueblo de Nueva York, en un campus universitario, y no puedo permitirme el lujo de soliviantar a esas chicas más de lo que ya al parecer las solivianto con mi «vocabulario» y mi creciente reputación de «solitario». Leyendo a Macaulay para Inglés 203 tropiezo con su descripción del colaborador de Addison, Steele, y grito ¡eureka! porque ahí tengo otro pedacito de justificación para mis notas altas y mis bajos deseos. «Bribón entre los sabios, sabio entre los bribones.» ¡Perfecto! Lo clavo con una chincheta a mi tablón de anuncios, junto con la cita de Byron, y directamente encima de los nombres de las chicas a quienes tengo en mente seducir, palabra cuyas más hondas resonancias no me llegan de la pornografía ni de las noveluchas de tres al cuarto, sino de mi dolorosa lectura del O lo Uno o lo Otro de Kierkegaard.
Tengo solamente un amigo a quien veo con regularidad, un estudiante de filosofía muy poco atractivo, nervioso, torpe, que se llama Louis Jelinek y que, de hecho, es quien dirige mis estudios kierkegaardianos. Lo mismo que yo, Louis tiene una habitación alquilada en una casa particular, en la ciudad, en vez de vivir en la residencia del college, con chicos cuyos rituales de camaradería a él también le parecen deleznables. Está pagándose los estudios con su trabajo en una hamburguesería (en vez de aceptar dinero de unos parientes de Scarsdale a quienes desprecia) y lleva su olor adondequiera que va. Cada vez que lo toco, ya sea por descuido, ya porque me dejo llevar por el entusiasmo, o por el espíritu de camaradería, se aparta de un brinco, como temiendo que le contamine los apestosos harapos que lleva puestos. «Quietas las manos –me gruñe–. ¿Qué te pasa, Kapesh, te vas a presentar a un puñetero cargo político, tanto tocar a la gente?» ¿De veras? No se me había ocurrido. ¿Qué cargo?
Lo más raro es que todo lo que me dice Louis, incluso cuando está picado por algo, me parece relevante para el solemne empeño que denomino «comprenderme a mí mismo». Dado que no le interesa, en lo que se me alcanza, caerle bien a nadie –ni a su familia, ni al claustro de profesores, ni a su casera, ni a los dueños de las tiendas, ni, mucho menos, a los «bárbaros burgueses» que tenemos por compañeros de estudios–, lo imagino más en contacto profundo con la «realidad» que yo. Yo soy uno de esos chicos altos, con el pelo ondulado y un hoyuelo en la barbilla que se ha criado de triunfo en triunfo, en el instituto, y que ahora no parece capaz de quitarse eso de encima, por mucho que lo intente. Especialmente estando con Louis, que me hace sentir miserablemente trivial: tan arregladito, tan limpio, tan encantador, si hace falta, y, a pesar de mis intentos por demostrar lo contrario, aún no tan alejado de toda preocupación por las apariencias y la reputación. ¿Por qué no puedo ser un poco más Jelinek y apestar a cebolla frita y mirar al mundo entero desde lo alto? ¡Atención al cubo de basura en que vive! Cortezas y corazones y cáscaras y envoltorios… ¡El perfecto revoltijo! No se pierdan el kleenex cuajado que hay junto a su cama devastada, el kleenex pegado a sus asendereadas zapatillas de fieltro. Yo, nada más concluir el orgasmo, incluso en lo más privado de mi cuarto, con la llave echada, no tardo ni un segundo en arrojar a la papelera la prueba acusadora del abuso de mí mismo; Jelinek, en cambio –Jelinek el excéntrico, el despreciativo, el hombre sin filiación conocida, el inalienable–, parece desentenderse enteramente de lo que el mundo pueda pensar o dejar de pensar de sus copiosas eyaculaciones.
Me quedo atónito, no me entra en la cabeza, sigo sin creérmelo semanas después, cuando un alumno de filosofía dice un día, así, de pasada, que, «por supuesto», mi amigo es homosexual «practicante». ¿Mi amigo? No puede ser. Los «mariquitas», sí, ya sé de qué va la cosa. Todos los veranos nos vienen unos cuantos muy famosos al hotel, pequeños pachás judíos de vacaciones, en los que fue Herbie B. quien hizo que me fijara por primera vez. Con fascinación, veía cómo los quitaban del sol y los ponían a la sombra, mientras ellos bebían chocolate dulce sorbiendo de dos pajitas, y cómo les limpiaban la frente y los carrillos y los secaban con pañuelos unas cuantas siervas de galera llamadas Abuela, Mamá y Tía. Y estaban también los dos o tres desgraciados del colegio, chicos nacidos con los brazos atornillados al modo de las chicas, incapaces de lanzar una pelota por muchas horas de entrenamiento privado que uno les dedicara. Pero un homosexual practicante… Nunca, nunca en mis diecinueve años de vida. Quitada, claro, aquella vez, tras mi bar mitzvah, cuando cogí yo solo un autobús, para ir a un encuentro de filatélicos en Albany, y en los servicios de la terminal de la Greyhound se me acercó un individuo de mediana edad y me susurró por encima del hombro: «Muchacho, ¿quieres que te la chupe?». «No, no, gracias», le contesté, y me di toda la prisa del mundo (sin causarle ofensa, fue mi intención) en salir del servicio de hombres y de la propia terminal, para meterme en unos grandes almacenes que había allí cerca y confundirme con la multitud de compradores heterosexuales. En los años subsiguientes, sin embargo, ningún homosexual ha vuelto a dirigirme la palabra, o no, al menos, sabiéndolo yo.
Hasta que llegó Louis.
Dios, Dios, Dios, ¿es esa la razón de que me mande dejar las manos quietas nada más nos rozamos las mangas de las camisas? ¿Es porque, para él, que lo toque un chico trae consigo las más graves repercusiones? Pero, en tal caso, ¿no es extraño que una persona tan honrada y tan poco convencional como Jelinek no me lo diga a las claras? ¿O será quizá que, lo mismo que yo le oculto un secreto vergonzoso –que, dentro de mi armario, soy un muchachito de college, corriente y moliente y respetable–, él me oculta a mí que es maricón? Como en demostración de lo corriente y moliente y respetable que verdaderamente soy, no hago ninguna pregunta. Me limito a aguardar con miedo el día en que Jelinek haga o diga algo que me revele la verdad. ¿O acaso llevo esta verdad conmigo desde el principio? ¡Por supuesto! Todas esas bolas de kleenex tiradas por ahí, en su cuarto, como ramilletes… ¿no están ahí con propósitos divulgativos, no son una invitación?… ¿Tan poco probable es que una de estas noches, a no mucho tardar, esta cerebral criatura con la nariz como el pico de un halcón, que desdeña, por principio, el desodorante y que ya empieza a perder el pelo, me salte encima desde detrás de la mesa de trabajo, mientras me da la conferencia sobre Dostoievsky, y trate de abrazárseme a su manera, sin garbo alguno? ¿Me dirá que me ama y me meterá la lengua en la boca? Y ¿qué voy a decirle yo, en respuesta? ¿Exactamente lo que me dicen esas chicas tan inocentes y tan tentadoras? «No, por favor, Louis, no lo hagas. Eres demasiado inteligente para esto. Anda, vamos a hablar de libros.»
Pero, precisamente porque la idea me espanta –porque me temo que muy bien podría ser lo que él se deleita en decirme que soy, cada vez que estamos en desacuerdo sobre el significado profundo de alguna obra maestra: un paleto y un palurdo–, sigo yendo a verlo a su pestífero cuarto y
