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J unio de 1942, un día letárgico en el pueblo, un cielo de verano despejado salvo por la columna de humo negro que se eleva desde la fundición en la ciudad cercana. Sobre los campos de maíz, el aire caliente reverbera, lánguido, saturado de polen. Jan siente el sol quemándole en la nuca y los antebrazos mientras se arrastra entre los tallos, que pinchan. Intenta mantener la cabeza agachada. Aunque este año la cosecha es abundante, aún no está lo bastante alta para ocultarle, y sabe que en cualquier momento podrían verle. El suelo es irregular, y tiene que morderse el labio para no gritar, porque su rodilla ha topado con algo afilado. Se tumba sobre la espalda para descansar un momento, y siente la sangre tibia resbalar por su pierna. Le duele, así que se arriesga y levanta un poco la cabeza para mirar. Se ha clavado un pequeño fragmento de cristal. Se lo saca apretando los dientes, y presiona con fuerza para contener la sangre. Vuelve a mirar para asegurarse de que el corte no es profundo; la sangre le marea, siempre le ha mareado, desde que de pequeño vio cómo su padre se rebanaba la punta del pulgar cuando estaba destripando un conejo que había cazado con una trampa. Tras unos minutos decide seguir. No tiene con qué tapar el corte y no le queda más remedio que continuar. Le siguen muy de cerca, podrían atraparle en cualquier momento.
Delante hay un grupo de árboles, cerca de la granja de Horak. Allí podrá esconderse. Sigue arrastrándose, tratando de no tocar el suelo con la rodilla. Avanza muy despacio, y reniega por haber empezado con tan mal pie. Por fin, el campo de maíz se acaba; los árboles están a unos pocos metros. Se arriesga y levanta la cabeza. Están en el otro extremo, a unos ciento cincuenta metros tal vez. Se agacha, pero demasiado tarde: le han visto. No le queda más remedio que correr. Se levanta de un salto, con una mueca de dolor, y corre hacia los árboles, haciendo fintas para evitarlos, y da un traspié porque tropieza con una raíz. Un par de minutos y habrá salido de allí.
Jan corre, sintiendo una fuerte presión en el pecho, en el corazón, y llega al patio de la granja de Horak respirando en dolorosas bocanadas. Tiene que haber algún sitio donde esconderse. Mira a su alrededor. El sol le deslumbra y no ve al viejo perro dormitando cerca del cobertizo. El animal se levanta tambaleante y se pone a ladrar, pero enseguida le reconoce y se echa al suelo moviendo la cola a un lado y a otro, levantando polvo. Jan se agacha para darle unas palmaditas, y aprovecha para recuperar el aliento. Le duele el costado, y se lo aprieta con el puño para ahuyentar el dolor. El perro sigue echado sobre el suelo, jadeando, mirándole con ojos suplicantes, pero Jan no tiene nada que darle. Le rasca detrás de la oreja, le dice «lo siento» en un susurro y se incorpora. Todavía con el corazón acelerado, mira a su alrededor. ¿El cobertizo? No, demasiado obvio. ¿El viejo cerezo? No, las hojas no son lo bastante tupidas y además él lleva una camiseta roja; le verían enseguida. Claro…, el depósito de agua de lluvia. Jan corre hacia el depósito con las piernas flojas de tanto correr. No queda tiempo. Mira a su alrededor. No los ve por ningún lado, seguro que le da tiempo a meterse.
El barril le llega al pecho. Jan se agarra al borde y trata de subirse, pero está cubierto de moho, los pies le resbalan por el costado y al caer se clava una astilla en el dedo. La coge con los dientes y la arranca, mientras mira a su alrededor buscando una piedra sobre la que encaramarse. Hay una cerca, pero si la mueve, dejará la señal y eso le delatará. Tendrá que volver a intentarlo.
Ya casi está. Se encarama, con los músculos de los brazos doloridos. Durante un agónico instante, se arrodilla en el borde, y entonces gira las piernas hacia dentro. El tonel está casi vacío, porque hace semanas que no llueve. Jan salta y aterriza con un ligero chapoteo sobre los escasos centímetros de agua del interior. La presión ha hecho que se le abra el corte de la rodilla, y nota la sangre que se escurre por su pierna. Se la limpia con la mano, y luego se limpia la mano en los pantalones cortos, deseando tener un pañuelo o algo con lo que tapar la herida. Solo de pensar en la sangre se marea. Respira hondo tratando de serenarse, pero su corazón sigue martilleando.
Jan se acuclilla, espera. Los minutos pasan. Oye algo junto al tonel. Se pone tenso, pero se relaja porque reconoce el cloqueo de unas gallinas. El agua del fondo le está calando los zapatos, le da frío. Pero es un precio pequeño para un escondite tan bueno. Se sorbe la gota que le cuelga de la punta de la nariz. En el tonel huele a cerrado. A pescado, a carpa casi pasada. Si no respira aire fresco pronto, vomitará.
El tiempo pasa lentamente, y Jan se arriesga y asoma la cabeza. La granja está despejada, no se ve a nadie. Quizá se han ido a otro sitio. Oye un grito —«te pillé»— y se pone tenso. Y un chillido en respuesta de su hermana, a juzgar por el tono. Cierra los puños y piensa que le gustaría ser mayor. El que ha gritado era Josef. Siempre va detrás de Maria. Seguramente le ha dado un pellizco o un beso. Últimamente no hacen más que tontear, o se pelean o se ríen por cualquier idiotez. A Jan le pone malo, porque se siente excluido. Pensar en ellos le enfurece, le pone nervioso: el idiota de Josef, con sus granos y el vello encima del labio, y Maria, que se pellizca las mejillas para que se le vean rojas; ya no son divertidos. Jan escupe en el interior del barril; le da igual, siempre quedan los otros, Frantisek y Vaclav, y el pequeño Karl. Aparta a Maria y Josef de su cabeza. Pensando que dispone de algunos segundos antes de que aparezcan, aspira el aire fresco, saborea el olor de la hierba recién cortada. Delicioso. Oye a alguien que corre y se agacha, con un cosquilleo en la base de la espalda.
—Vamos a por ti, Jan. —La voz de su hermana, aún algo débil—. No puedes esconderte para siempre.
—Eso es lo que tú te piensas —susurra él.
—Sal, venga; sal. —Es la voz de Josef, más cerca.
Jan tiembla. Nota un hormigueo en el estómago, un cosquilleo de exaltación. Casi no puede ni respirar.
Los otros niños llegan corriendo al patio. Jan no se puede creer que aún no le hayan encontrado. Le cuesta resistirse al impulso de asomar la cabeza, pero intenta mantener la calma. Para distraerse, piensa en lo que cenará esa noche. Mamá dijo que haría cerdo con knedliche. Le ruge el estómago. Seguro que le oyen. Una andanada de ladridos, y Maria chilla. No le gustan los perros. Con un poco de suerte se irá corriendo y los otros la seguirán, como siempre.
Jan cuenta los segundos… diecinueve, veinte. Todo vuelve a estar en silencio, solo se oye un último ladrido perezoso del perro. ¿Significa eso que se han ido o es que están callados para despistar y hacer que salga? Jan se concentra. No oye nada, solo el graznido de un cuervo y el tenue zumbido de un motor a lo lejos. Se relaja. Deben de haberse ido. Los ojos se le cierran de sueño; estaría bien echar una cabezadita, pero se está meando. Si lo hace allí nadie se enterará.
Oye un golpe en el costado y el barril empieza a moverse. Jan se mea del susto; nota el líquido caliente escurrirse pierna abajo.
—Te pillamos, Jan —grita Maria, asomando su cara redonda por arriba. El sol dibuja un halo en torno a su cabeza. Pero Maria no es ninguna santa—. Venga, sal. —Intenta agarrarlo, pero él se agacha todo lo que puede y se echa un poco de agua en la parte delantera de los pantalones. Si los otros se enteran de que se ha meado no le dejarán tranquilo. El barril vuelve a menearse y él se levanta.
—Vale, ya voy. Pero dejad de mover esta cosa.
Salir es aún más difícil que entrar. Los pies le fallan, y cuelgan inútilmente mientras Jan intenta auparse. Josef se inclina sobre el borde e intenta subirlo, pero no tiene suficiente fuerza y al final tiene que ladear el barril para que salga.
Ahora que está fuera, Jan pestañea por el sol y mira a su hermana furioso. Maria tiene tres años más que él, es más alta, más gorda, está casi tan grande como su madre. A través de la fina tela de su vestido se le marcan los pezones, como los mandos de la radio. Y ahí está, ante él, inmensa, señalando la mancha de humedad de sus pantalones.
—Mira qué crío. Vamos a tener que ponerle un pañal.
Jan siente el calor del sol en la cara. Le da una patada a una piedra.
—Es agua del barril. Me he mojado al salir.
—Sí, seguro —dice Frantisek—. Pues por el olor es agua meada.
—¡No es verdad!
Frantisek le empuja. Es un matón, le gusta fardar delante de los otros.
—Eres un meón, un meón —canturrea con desprecio.
Jan aprieta los puños. Un día de estos ya será grande para pelearse con Frantisek, y entonces se van a enterar. Un puñetazo y lo tendrá suplicándole. El labio inferior le tiembla.
—Venga, déjale en paz —dice Maria, tirando del brazo de Frantisek—. Solo es un llorica. —Y lo mira con el ceño fruncido, con las comisuras de la boca hacia abajo, igualita que su madre.
—No es verdad. —La empuja, pero no la puede mover.
—Seguro que puedes hacerlo mejor —dice ella burlándose.
Jan tiene el paladar seco. Se nota el pulso en el cuello. Y las lágrimas de rabia no le dejan ver nada.
—¿En qué estabas pensando? —Su madre humedece la esquina de su delantal y le limpia la sangre de la cara a Maria.
—Ha empezado ella.
—No es verdad.
Jan no dice nada. Tiene el ceño tan fruncido que las cejas casi se le juntan en el medio. No sirve de nada discutir. Al final los otros siempre prefieren a Maria y le han dicho a su madre que la culpa es de él. «Se ha puesto como una fiera —le han dicho—. Le estábamos ayudando a salir del depósito de agua de la granja de Horak y se le ha tirado encima.» Más problemas. Tendrá suerte si no le zurran.
—Menos mal que tu padre no está en casa. Pegar a Maria de esa forma, y arañarle, como una niña. Tendría que darte vergüenza.
—Ella es mayor —farfulla Jan, mirando a Maria con rabia, y ella le saca la lengua.
Su madre no lo ve, nunca lo ve.
—Ya basta. Vete a tu habitación. Esta noche no hay cena.
A Jan le gustaría preguntarle por qué siempre se pone de parte de Maria, pero cuando ve cómo le mira se calla y sube corriendo a su cuarto, con el cuerpo rígido. Se sienta en la cama y se restriega los ojos para limpiarse las lágrimas. Odia a su madre, odia a Maria, odia a sus amigos. Ojalá estuvieran todos muertos. El estómago le ruge como unas cañerías viejas. Hace horas que no come. No está bien mandar a un niño a la cama sin cenar. No es justo. Las lágrimas se le escapan, le caen por las mejillas y se acumulan en las comisuras de su boca, donde se las lame. Le gustaría gritar, pero en vez de eso le da una patada a la puerta desvencijada. Y deja otra marca.
—No hagas tonterías y vete a dormir —grita su madre desde abajo.
Pues no piensa hacerlo. Fuera todavía hay luz. Se van a enterar. Cuando entren en su cuarto por la mañana y vean que no está lo van a lamentar. Abre la ventana y mira abajo. Si se cuelga del borde de la ventana no hay que saltar tanto. Ya lo ha hecho otras veces, y ni siquiera se han dado cuenta. Les estaría bien empleado si desapareciera para siempre. Jan se sube al borde de la ventana y se descuelga con dificultad, hasta que queda colgando de las puntas de los dedos. Cuando mira abajo, le parece que está mucho más lejos que cuando miró desde arriba, pero ya es demasiado tarde y no le queda más remedio que soltarse. Respira hondo y se suelta, y tiene que morderse el labio para no gritar cuando cae pesadamente en el patio trasero. Se ha arañado la rodilla derecha; así que ahora le duelen ambas rodillas, y también se ha hecho daño en el tobillo. Se lo restriega, apretando con fuerza con los nudillos, hueso contra hueso. Se levanta con mucho cuidado, apoya el pie, deja pasar un momento antes de intentar andar. Le duele, pero no mucho. Antes de irse, mira por la ventana. Su madre está poniendo los cuencos de comida delante de los otros. Sopa de col y patata, de su Polonia natal. Huele muy bien. Lena, su hermana pequeña, lo ve, y abre la boca para hablar. Jan se lleva un dedo a los labios y ella sonríe. Es una buena niña.
A esta hora el pueblo está tranquilo. La mayoría de la gente está en su casa, cenando, o preparándose para irse a dormir. Jan avanza con dificultad por el camino polvoriento; de vez en cuando envía alguna piedra a la cuneta de una patada, deseando haberse quedado en casa; se muere de hambre. Si se hubiera quedado en casa, podría haber bajado a la cocina cuando todos estuvieran durmiendo o a lo mejor su madre se habría echado atrás y le habría llamado para que bajara a comer algo. Si vuelve ahora, lo único que conseguirá serán problemas.
Está oscureciendo. El sol se ha puesto quince minutos atrás y la luna aún no ha salido. Solo unas pocas estrellas salpican el cielo del crepúsculo. ¿Qué puede hacer? No quiere volver, pero está cansado. Mira a su alrededor y ve que está cerca de la granja de Horak. Sí, dormirá allí. Pasa de puntillas delante del perro, que duerme, se cuela en el cobertizo y sube la escalerilla. Hay heno suficiente para que duerma cómodo. Extiende un poco y se tumba encima. En la paja hay muchos insectos que le pican, pero está demasiado cansado para preocuparse por eso. Se rasca en un par de sitios, pero a los pocos minutos ya se ha dormido.
Algo viene a por él. Jan corre, mirando hacia atrás por encima del hombro, pero no ve qué es. Corre tan rápido como puede, pero es como si tuviera los pies metidos en cemento. No puede escapar. Entonces tropieza y se cae. Está en el suelo, hecho un ovillo por el miedo. Levanta la vista. Es Frantisek, que se ha convertido en un ogro de seis metros de alto. Está de pie ante él, rugiendo; los granos se ven muy rojos en su cara blanca. Jan gimotea. El rugido se hace más fuerte. Jan intenta levantarse y correr, pero no puede. Está atrapado en el depósito y el agua no deja de subir. Se despierta con un grito. Por un momento no sabe dónde está, el corazón le golpea con violencia en el pecho. Luego se acuerda, y deja escapar un bufido de alivio. Solo ha sido un sueño, ya puede volver a dormir. Cierra los ojos, pero el rugido sigue ahí. Suena como si hubiera muchos vehículos, camiones seguramente. A veces pasan por el pueblo de camino a Praga, pero de noche no, que él recuerde. Y oye otros sonidos: gritos, voces de hombres, ásperas y desagradables. Jan se sienta y escucha. Las voces están más cerca, pero no entiende lo que dicen. Hay algo raro… ¿por qué no los entiende? Se concentra, y reconoce la palabra raus. Alemanes. ¿Qué hacen allí tan tarde? A Jan se le encoge el corazón. Últimamente se habla mucho en el pueblo: en la calle, los hombres hablan en pequeños grupos, mirando con recelo alrededor, entre murmullos; y las mujeres no se separan de sus hijos; los niños saben que está pasando algo. Un día Jan escuchó una conversación de sus padres detrás de una puerta, pero no entendió muy bien lo que decían, algo de un alemán muy importante que habían matado. Ya hacía unos años que los alemanes estaban en su país, y a mucha gente no le gustaba, pero tenían que aguantarse, eso dijo su madre. Pues a ese hombre le habían puesto una bomba y ahora los alemanes estaban muy enfadados. Les echaban la culpa a los checos. Y por lo visto a los mayores esto les daba mucho miedo, aunque Jan no entendía por qué. Su padre siempre decía que si no has hecho nada malo no hay por qué tener miedo, y ellos no habían hecho nada.
Jan tiene la boca seca. Ya no quiere estar allí. Es hora de volver a casa, con su madre. Tiene ganas de que lo coja en brazos. Aparta el heno y empieza a avanzar lentamente hacia donde cree que está la abertura de la escalerilla, pero no ve nada, porque está muy oscuro. Tiene miedo de caerse, así que se arrodilla y va tanteando el suelo de madera. Tarda un siglo en encontrar la abertura. Cuando lo hace, se agarra con fuerza y mira abajo, aunque está todo negro. Aprieta los dientes y se da la vuelta para bajar por la escalerilla. Empieza a descender, y cuenta, convencido de que hay doce travesaños. El corazón le da un vuelco, trece, catorce… ¿Y si no vuelve a pisar suelo firme? ¿Y si está bajando al infierno? Si aguanta la respiración, seguro que su pie tocará el suelo. Y lo toca. Jan se apoya contra la escalerilla y da gracias a Dios.
Sus ojos ya se han acomodado un poco a la oscuridad y distingue la puerta. El perro está ladrando y Jan corre en dirección al sonido. Cuando llega a la entrada del cobertizo se para a mirar. El patio resulta amenazador. Hay un pequeño cuadrado de luz, proyectado por una de las ventanas de la casa, pero aparte de eso nada. Solo sombras de… ¿de qué? ¿Árboles, hombres, demonios? Con un gemido, Jan sale al patio, corre en zigzag, evitando balas imaginarias, manos que salen de detrás de los árboles tratando de atraparlo, cepos colocados en el suelo. Llega al camino, sin aliento. Se inclina un momento para recuperarse y mira hacia el pueblo. A unos doscientos metros ve que hay varios camiones, aunque no sabría decir cuántos. Tienen los faros encendidos e iluminan la escena. Docenas de soldados y unos pocos policías. Han rodeado la parte central del pueblo.
Sin previo aviso, la luz de un foco pasa junto a la parte del camino donde él está. Jan se da la vuelta. Debe de haber soldados más arriba, cerca de los límites del pueblo. Está atrapado. Se echa al suelo y se queda tendido. La luz del foco le pasa por encima; Jan espera oír algún grito, pero no. Se arrastra sobre la hierba, haciendo una mueca de dolor, porque la rodilla le roza contra el suelo, hasta que llega a un árbol y se esconde detrás a mirar.
Un grupo de policías se dirige hacia la granja. Llevan a seis personas del pueblo, todos hombres. Jan reconoce a su tío y aprieta los labios para no gritar. Necesita estar con alguien conocido, pero intuye el peligro, como un animal. El grupo pasa cerca de su escondite. Y Jan se tapa los ojos, como cuando era pequeño, pensando que así será invisible. Pasan de largo, en dirección a la granja. Tres de los policías entran directamente sin llamar. Al poco sacan a rastras al granjero y su mujer. Empujan a Horak con el pequeño grupo de hombres, pero a pesar de sus súplicas, a su mujer no la dejan ir con ellos. Dos policías la sujetan por los brazos y se la llevan al centro del pueblo, sin dejar que sus pies toquen casi el suelo. Jan se pasa la lengua por los labios, para humedecerlos; los nota más resecos que la arena del desierto. Y por dentro se siente más vacío que nunca, pero es más que hambre, es una profunda sensación de miedo, la sensación de que está pasando algo terrible. Y piensa si es mejor que se entregue
