Muerte en las islas (Comisario Dupin 2)

Jean-Luc Bannalec

Fragmento

cap-1

El primer día

El archipiélago se alzaba delante de ellos como un espejismo: las islas, alargadas y llanas, parecían flotar como por arte de magia en el mar opalino, un poco difuminadas y rutilantes.

Las más grandes se reconocían a simple vista gracias a unas pocas construcciones emblemáticas: la misteriosa fortaleza en la isla de Cigogne, el viejo faro azotado por los temporales en la de Penfret, la granja abandonada en la de Drénec y las cuatro casas marcadas por décadas a la intemperie en la de Saint-Nicolas, la principal del famoso archipiélago… Las legendarias islas de Glénan.

Estaban a diez millas náuticas del continente, de Concarneau, la magnífica «ciudad azul» de la región bretona de Cornualles, para cuyos habitantes eran desde tiempos inmemoriales las «protectoras». Día tras día se constituían en su horizonte inamovible. Dependiendo de cómo se veían, si nítidas, borrosas, empañadas, rutilantes o firmes en el agua, interpretaban el tiempo que haría al día siguiente y, en determinadas fechas, incluso el que haría el resto del año. Los bretones llevaban siglos discutiendo tenazmente sobre cuántas islas había. Siete, nueve, doce o veinte eran las cifras más habituales. Lo único indiscutible era que había siete «grandes». Y «grande» significaba a lo sumo unos cientos de metros de longitud. Antiguamente, el archipiélago formaba una sola isla, que el mar embravecido y el embate constante de las olas fueron fragmentando poco a poco.

Hacía unos años, una comisión del departamento había establecido legalmente, basándose en los criterios oficiales para determinar qué era una isla (porción de tierra en el mar, que sobresale permanentemente del agua y presenta también vegetación permanente), la existencia de «veintiuna islas e islotes». También había una cantidad casi infinita de farallones y grupos de escollos. La cantidad variaba de manera asombrosa dependiendo de la marea, que a su vez variaba considerablemente dependiendo de la posición del Sol, la Luna y la Tierra. Algunos días, la marea subía tres o cuatro metros más que otros y, en plena bajamar, una isla podía verse de un tamaño varias veces mayor y tal vez unida a otra mediante un banco de arena que habitualmente estaba oculto bajo la superficie del agua. No existía una situación «normal», el paisaje del archipiélago estaba en constante transformación y nadie podía decir nunca: «Así son las Glénan». Las Glénan no eran tierra de una manera clara y contundente; eran un espacio intermedio confuso, mitad tierra, mitad mar. En invierno, cuando se desataban tempestades violentas, unas olas gigantescas rompían contra las islas y la imponente espuma que se levantaba las engullía. La descripción poética y a la vez precisa de los lugareños era: «Casi perdidas en la nada, en la inmensa vastedad».

Hacía un día extraordinario de principios de mayo, que no se diferenciaba en nada de un verdadero día de verano, ni en las temperaturas increíbles ni en la luz viva ni en los maravillosos colores. También corría una brisa veraniega, suave, impregnada con un poco menos de sal, de yodo y de algas, y con el fresco característico del Atlántico, tan difícil de describir. Ya a esa hora, las diez de la mañana, el sol brillaba deslumbrante en el cielo, y los últimos restos de una neblina plateada se perdían progresivamente en el horizonte.

El comisario Dupin, de la policía de Concarneau, apenas se fijaba en esos detalles. Ese lunes por la mañana estaba de muy mal humor. Justo cuando hojeaba los periódicos (Le Monde, Ouest-France, Télégramme) y acababa de pedir el tercer café en el Amiral, el móvil lo había sobresaltado con un sonido estridente. Habían encontrado tres cadáveres en las Glénan. No sabían nada más, solo eso. Tres cadáveres.

Se puso en marcha enseguida. El Amiral, el bar restaurante en el que el comisario empezaba todos sus días, estaba en el puerto, por lo que solo tardó unos minutos en subir a bordo de una patrullera de la policía. Dupin había estado una sola vez en las Glénan el año anterior, concretamente en la isla de Penfret, en el extremo este del archipiélago.

Hacía veinte minutos que habían zarpado y ya habían cubierto la mitad del recorrido, aunque, a su modo de ver, aún le parecía poco: los barcos no eran lo suyo. El mar le gustaba, pero como a un parisino auténtico del Distrito VI (que era lo que había sido hasta el día de su «traslado», hacía de eso casi cuatro años), lo cual significaba la playa, las vistas, tal vez bañarse, la atmósfera, la sensación de relax… Y si los barcos no eran lo suyo, aún lo era menos tener que ir en una de las dos patrulleras nuevas que, después de una lucha encarnizada contra la burocracia, la policía marítima había conseguido hacía dos años y que eran su orgullo. La última generación, un milagro imponente de la alta tecnología, con sondas y sensores para todo. Volaban literalmente por encima del agua. A una la bautizaron con el nombre de Bir, «flecha» en bretón, y a la otra con el de Luc’hed, «rayo». Dupin creía que a las embarcaciones se les ponía otro tipo de nombres, pero lo único que tuvieron en cuenta en ese caso fue el significado.

Asimismo, le faltaba cafeína y eso lo ponía de muy mal humor. Dos cafés no bastaban ni por asomo a un hombre de su complexión: fuerte, no gordo, pero tampoco delgado; además tenía la presión sorprendentemente baja desde muy joven.

Así que embarcó de mala gana. En realidad, si lo hizo fue únicamente porque no quería mostrar sus puntos flacos al inspector Le Ber, uno de los dos inspectores jóvenes que tenía a sus órdenes y que lo admiraba (cosa que a él solía incomodarlo mucho).

Dupin habría preferido recorrer en coche el trayecto de media hora que lo separaba del pequeño aeropuerto de Quimper y después ir a las Glénan en el helicóptero biplaza de la central, aunque tardara más. Y tampoco es que le gustara volar en esos cacharros inseguros. Pero su superior, el prefecto, se dirigía en él a Bordeaux, un pueblo de mala muerte en la isla de Guernsey, para celebrar una «reunión amistosa» con la prefectura de las islas británicas del canal (Guernsey, Jersey y Alderney). Tanto los franceses como los ingleses tenían la firme voluntad de intensificar la colaboración policial entre ambos países: «No hay que dar opción al delito, sea cual sea su nacionalidad». El comisario Dupin no tragaba al prefecto Gérard Guenneugues y, después de casi cuatro años, seguía siendo incapaz de pronunciar su apellido. (Tampoco es que Georges Dupin soliese llevarse bien con las autoridades; a su modo de ver, con toda la razón del mundo.) El prefecto llevaba semanas llamándole a cada minuto. El motivo de las llamadas, que al principio fueron un incordio y, después, un agobio, era «recabar ideas» sobre los temas que había que tratar en la ilustre reunión. Nolwenn, la eficientísima secretaria de Dupin, tuvo que buscar, por orden de Guenneugues, «casos sin resolver» de las últimas décadas que «quizá, posiblemente y de algún modo» incluyeran pistas que señalaran a las islas del canal, casos que «quizá, posiblemente y de algún modo» se «podrían haber resuelto» si la colaboración entre ambos países hubiera sido más estrecha. Eso era ridículo. Nolwenn se sublevó. No entendía por qué «en el sur» tenían que encargarse del norte del canal, donde los icebergs flotaban en el mar y llovía todo el año. Revolvieron metros y metros de actas y no encontraron ni un solo caso significativo, con lo que el prefecto no se puso precisamente contento.

El mal humor de Dupin no mejoró con el pequeño «accidente» que sufrió al poco de zarpar. Hizo lo que solo hacen los peores marineros de agua dulce: a esa velocidad, con viento fuerte de babor y el mar un poco agitado por ese costado, mientras el inspector Le Ber y los dos miembros de la tripulación de la Bir permanecían muy juntos en estribor, él quiso echar una mirada a las islas. No tardó mucho en alcanzarlo una ola enorme. Se quedó empapado. La chaqueta, que siempre llevaba desabrochada, el polo y los vaqueros (su ropa de trabajo desde marzo hasta octubre) se le pegaban al cuerpo; solo tenía secos los calcetines dentro de los zapatos.

No obstante, lo que lo ponía especialmente de mal humor era no disponer de más información que el simple hecho de que acababan de encontrar tres cadáveres. Dupin no se caracterizaba por ser un hombre paciente. En absoluto. Labat, el segundo inspector a sus órdenes y con el que solía estar en pie de guerra, solo había podido comunicarle por teléfono lo que les había contado un «hombre con fuerte acento inglés» que acababa de llamar a comisaría, muy nervioso. Los cadáveres se encontraban en la playa del nordeste de Le Loc’h, la isla más grande del archipiélago, y «más grande» se refería en este caso a una longitud de cuatrocientos metros. Le Loc’h estaba deshabitada y en ella solo había un monasterio en ruinas, un antiguo cementerio, una fábrica de sosa desmantelada y la mayor atracción de la isla, un lago. Labat había tenido que repetir una docena de veces que no tenía más información. Dupin lo había acribillado a preguntas, su obsesión por los detalles y las circunstancias en apariencia insignificantes era archiconocida.

Tres muertos y nadie sabía nada. Lógicamente, en la prefectura reinaba un nerviosismo considerable: era un asunto muy serio para el Finisterre, para el pintoresco «fin del mundo» según los romanos. Para los galos, los celtas (y los lugareños todavía se consideraban celtas), era exactamente lo contrario: no el fin, sino literalmente el «principio», la «cabeza del mundo». Penn ar bed, no finis terrae.

La patrullera había reducido la marcha. Ahora navegaban a velocidad moderada: pasaban por una zona complicada. El mar era poco profundo y estaba salpicado de rocas abruptas, dentro y fuera del agua. Navegar por allí era cosa de capitanes con mucho oficio y la tarea aún se volvía más espinosa con marea baja, como ahora. La «entrada» entre Bananec y el gran banco de arena situado frente a la costa de Penfret era el acceso menos peligroso al archipiélago. Por ella se llegaba a la Chambre, la «cámara», que era el nombre por el que se conocía al espacio marítimo que quedaba encerrado entre las islas, protegido por ellas de las tormentas y las fuertes marejadas. La Bir siguió majestuosamente su camino, maniobró con movimientos armoniosos entre las rocas y puso rumbo a Le Loc’h.

—¡No podemos acercarnos más!

El capitán de la patrullera, un joven policía espigado, vestido con un uniforme de ropa de alta tecnología que el viento agitaba con fuerza, lo dijo gritando desde el puente de mando sin mirar a nadie. Estaba totalmente concentrado en la navegación.

Dupin no las tenía todas consigo. Calculó que aún faltaban unos cien metros para llegar a la isla.

—¡Marea viva! ¡Coeficiente de ciento siete! —gritó de nuevo el capitán larguirucho sin dirigirse a nadie en concreto.

El comisario Dupin miró interrogativamente al inspector Le Ber. Después del incidente con la gran ola se había reunido con los demás y no se había movido del sitio. Le Ber se le acercó. Aunque la embarcación ya casi se había detenido, los motores seguían haciendo un ruido ensordecedor.

—El nivel de la marea es extremo, señor comisario. Los días en que hay marea viva, el nivel del agua es bastante más bajo que con una bajamar normal. No sé si usted…

—Ya sé lo que es una marea viva —lo interrumpió Dupin.

Estuvo a punto de añadir «porque hace casi cuatro años que vivo en la Bretaña y he visto unas cuantas mareas vivas y otras tantas mareas muertas», pero sabía que era inútil. Además, tenía que reconocer que, aunque le habían explicado muchas veces lo de los coeficientes de las mareas, aún no había logrado entenderlo. Para Le Ber, igual que para todos los bretones, él seguiría siendo un «forastero» (aunque no lo decían con maldad) por más décadas que pasaran. Peor aún, un forastero de la peor especie para los bretones: un parisino (y eso sí podían decirlo con maldad). Siempre le explicaban el tema recitándoselo de carrerilla: «Cuando la Luna, el Sol y la Tierra están alineados y a eso se le suman los efectos de la gravedad…».

El motor enmudeció súbitamente. Los dos compañeros de la policía marítima se pusieron a trabajar de inmediato en proa. Dupin se fijó entonces en que los dos se parecían curiosamente al capitán: la misma complexión delgada y fibrosa, la misma cara alargada, el mismo uniforme.

—No podemos acercarnos más a la isla. El agua es poco profunda.

—¿Y eso qué significa?

—Tenemos que desembarcar aquí.

Dupin tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Tenemos que «desembarcar» aquí?

Desde su punto de vista, todavía estaban en mar abierto.

—El agua es poco profunda, no tendrá más de medio metro.

El inspector Le Ber se agachó y empezó a quitarse los zapatos.

—Pero si llevamos una lancha neumática —objetó Dupin, que justo acababa de verla. Con alivio.

—No vale la pena, señor comisario. No nos permitiría acercarnos mucho más a la playa.

Dupin arqueó las cejas y miró por la borda. Le pareció que había más de medio metro de profundidad. El agua era increíblemente cristalina. Se veían conchas y piedrecitas en el fondo. Un pequeño banco de peces diminutos de color verde claro se deslizaba rápidamente por el agua. Estaban delante de la cara norte de Le Loc’h. Allí no había más que arena blanca deslumbrante y aguas turquesas poco profundas; el mar estaba muy calmado en la Chambre. También había unos cuantos cocoteros (Dupin pensó que probablemente era la única especie de palmera que no crecía en toda la Bretaña) y no había nada que diferenciara aquella imagen de una playa del Caribe. A nadie se le habría ocurrido nunca relacionar ese paisaje con la Bretaña. Esas vistas podían admirarse en cientos de postales, y lo cierto era que no exageraban lo más mínimo.

Entretanto, Le Ber se había quitado también los calcetines. Los miembros de la tripulación, que habían echado el ancla y habían saltado ágilmente al agua sin pensárselo dos veces, giraban la embarcación para orientar la popa hacia la playa. La escalera de madera de la barca apenas sobresalía del agua. Le Ber, que llevaba unos pantalones claros, saltó al agua como si fuera lo más natural del mundo. Lo siguió el capitán larguirucho.

Dupin dudó. La escena le parecía absurda. Los dos policías jóvenes, Le Ber y el capitán lo esperaban; le dio la impresión de que le hacían el pasillo. Encima, todas las miradas se concentraban en él.

Al final saltó. Olvidándose de quitarse los zapatos. Al instante se encontró con el agua a la cintura y, a principios de mayo, el Atlántico estaba como mucho a catorce grados. Observó atentamente el fondo. Los peces verdes diminutos, que ahora formaban un banco más grande, se le acercaron con curiosidad y nadaron sin miedo entre sus piernas. Dupin se volvió para seguirlos con la mirada y entonces lo vio: un cangrejo impresionante, de veinte o treinta centímetros, lo observaba fijamente en posición de ataque; un auténtico buey de mar, un manjar con el que se deleitaban en la costa y con el que Dupin también se relamía. Reprimió ambas cosas: una leve exclamación del susto y la admiración culinaria. Levantó la vista y se dio cuenta de que todos seguían inmóviles, observándolo. Dupin se irguió con determinación y empezó a caminar hacia la playa, procurando no cruzar la mirada con nadie. Le Ber y los otros tres policías lo adelantaron rápidamente en el agua, por la izquierda y por la derecha.

Fue el último en llegar a la playa.

El cuerpo sin vida yacía boca abajo, un poco ladeado. El hombro estaba comprimido de forma muy poco natural debajo del cuerpo y daba la impresión de que hubiera perdido el brazo derecho. El izquierdo se veía tan retorcido que tenía que estar roto. La cabeza se apoyaba casi por entero sobre la frente, como si alguien la hubiera colocado así a propósito. No se le veía la cara. La chaqueta azul y el jersey estaban desgarrados, se veían heridas grandes y profundas en la espalda, el cuello, el cogote y el brazo izquierdo. En cambio, la parte inferior del cuerpo parecía casi intacta. Las algas lo cubrían en algunos puntos. Los zapatos náuticos resistentes, los dos aún calzados en los pies, parecían nuevos. En esas condiciones era difícil calcular la edad del hombre. Dupin supuso que sería un poco mayor que él. Al final de los cuarenta o a principios de los cincuenta. El muerto no era muy alto. Dupin se arrodilló al lado para examinarlo con más detalle. El mar lo había arrastrado playa arriba, a pocos metros de la línea donde la arena blanca acababa y empezaba el verde intenso de la vegetación.

—Los otros dos están ahí detrás, bastante juntos. Y en un estado similar. —Le Ber señaló un punto en la playa.

Dupin vio a los jóvenes de la policía marítima al lado de un bulto, a unos cien metros de distancia. Había olvidado que no estaba solo.

—Tienen un aspecto horrible —añadió Le Ber con un hilo de voz.

Pues sí.

—¿Qué forense va a venir?

—El doctor Savoir llegará en cualquier momento. Viene en la otra patrullera. Con el inspector Labat.

—Claro. Cómo no.

Todos sabían que el comisario y el doctor Savoir no se caían bien.

—El doctor Lafond tenía un compromiso en Rennes esta mañana.

Por lo general, Nolwenn siempre movía los hilos para que avisaran al viejo (gruñón, pero magnífico) doctor Lafond cuando Dupin se encargaba de investigar un caso.

El capitán de la Bir se les acercó con paso resuelto.

—Son tres hombres, de unos cincuenta años los tres. —El joven hablaba serio y tranquilo—. Identidad desconocida. La última marea habrá arrastrado hasta aquí los cuerpos. Están bastante lejos de la orilla. En las Glénan se registran corrientes fuertes y los días de marea viva son todavía más fuertes que de costumbre. Vamos a fotografiarlo y a documentarlo todo.

—¿Este es el nivel más bajo de la marea?

—Casi. —El policía miró la hora—. El reflujo terminó hace una hora y media. Desde entonces, el agua está subiendo otra vez.

Dupin calculó.

—Ahora son las once menos cuarto, o sea que la última marea baja…

—La última bajamar ha sido esta mañana a las nueve y quince horas; la penúltima, ayer por la noche, a las ocho y cincuenta. Doce horas y veinticinco minutos antes. La pleamar fue a las tres y tres minutos de la madrugada.

El policía lo dijo de corrido y mirando a Dupin sin dárselas de nada.

—¿Hemos recibido alguna denuncia por desaparición? ¿Nosotros o salvamento marítimo?

—No, señor comisario. Por lo que sabemos, no hay ninguna. Pero aún es pronto.

—La isla de Le Loc’h está deshabitada, ¿verdad?

—Sí. Saint-Nicolas es la única isla habitada del archipiélago. Y no vive mucha gente, diez personas a lo sumo. Tal vez quince en verano.

—¿Eso significa que aquí no hay nadie de noche?

—Está terminantemente prohibido acampar en el archipiélago, aunque algunos aventureros se quedan a veces a pasar la noche en verano. Inspeccionaremos toda la isla. Y es posible que esta noche hubiera alguna embarcación delante de Le Loc’h, en la Chambre. Es un fondeadero muy concurrido. Lo investigaremos.

—¿Cómo se llama usted?

Le gustaba aquel policía joven, impasible y cuidadoso.

—Kireg Goulch, señor comisario.

—¿Kireg Goulch?

La pregunta se le escapó.

—Exacto.

—Es… es un nombre… quiero decir que… es un nombre bretón.

Ese comentario tampoco pareció desconcertar al muchacho. Dupin carraspeó y se esforzó por volver a concentrarse en el asunto.

—El inspector Le Ber dice que el inglés que ha encontrado los cadáveres iba en una canoa.

—Muchos turistas salen a navegar en kayak, es una actividad muy popular. En esta época del año todavía no hay muchos, pero ya han empezado a llegar.

—¿Salen a esas horas? ¿Tan pronto?

—Es lo mejor. El sol aprieta mucho a mediodía en el mar.

—Pero el hombre no ha desembarcado. Se ha ido, ¿verdad?

—Así es, por lo que sabemos. Y no se ven huellas en la arena.

Dupin no había caído en la cuenta. En la arena, virgen después de cada marea, se grababan a la perfección todas las huellas, incluso cualquier intento de borrarlas.

—¿Dónde está ahora el hombre?

—En Saint-Nicolas. Esperando en el muelle. La segunda patrullera lleva ahora a un agente a la isla para hablar con él, como ha ordenado el inspector Labat.

—¿El inspector Labat lo ha «ordenado»?

—Sí, ha…

—Está bien.

No era momento para arrebatos. Dupin sacó aparatosamente una de las libretas Clairefontaine rojas que solía utilizar para tomar notas. Protegida dentro del bolsillo de la chaqueta mojada, salió medio seca del pequeño percance que el comisario había sufrido en el mar. Luego rebuscó con la misma aparatosidad contumaz y sacó uno de los bolígrafos Bic baratos que compraba en grandes cantidades porque siempre se le extraviaban con una rapidez inexplicable.

—¿Ha habido un naufragio?

En el mismo instante en que hizo la pregunta supo que era innecesaria. Se habrían enterado. El joven policía la encajó con paciencia y cordialidad.

—Aún no lo sabemos, señor comisario. Si ayer por la tarde o esta noche hubiera zozobrado una embarcación, es posible que tardasen en echarla en falta. Dependería del tamaño, del equipamiento técnico, de dónde hubiese ocurrido, adónde se dirigiese, quién la esperase…

Dupin tomó un par de notas con desgana.

—¿Anoche hizo mal tiempo? ¿Hubo tormenta?

—No se deje engañar por el día que hace hoy. Anoche, una tempestad azotó la costa. La central nos dirá con qué intensidad, en qué dirección avanzaba y cómo se movía. En Concarneau apenas se notó, pero eso no quiere decir nada. Está todo registrado. Y el mar sigue bastante agitado, aunque aquí, en la Chambre, esté tranquilo. Ya se habrá dado cuenta cuando íbamos en la patrullera.

Hizo la observación en tono neutral, sin el menor retintín. Goulch le caía cada vez más simpático.

—No fue el temporal del siglo, pero sí muy violento —concluyó el capitán.

El comisario Dupin lo sabía de sobra, hacía tiempo que se había vuelto demasiado bretón para dejarse engañar por un cielo azul despejado y la apariencia de un anticiclón perfecto. Nolwenn siempre decía que el Finisterre, la punta más extrema y escabrosa de la península de la Bretaña, estaba situada en medio del Atlántico Norte: «la Armórica alargaba su cabeza recortada como un monstruo prehistórico, o un dragón que escupe fuego». A Dupin le gustaba esa imagen, y era verdad que, sobre el mapa, parecía la cabeza de un dragón. La Bretaña no estaba expuesta únicamente a la fuerza bruta del más salvaje de todos los mares, sino también a los frentes variables y caóticos que se originaban entre la costa este de Estados Unidos, Canadá, Groenlandia y el Ártico por un lado, y la costa atlántica occidental de Irlanda, Inglaterra, Noruega y Francia por el otro. El tiempo podía pasar en cuestión de minutos de un extremo a otro. «Cuatro estaciones en un día»: esa era la fórmula que los bretones citaban con orgullo.

—Quizá no fue un naufragio. —La voz de Le Ber había recuperado un poco la firmeza—. Es posible que los sorprendiera la marea o el temporal mientras pescaban o mariscaban, sobre todo si eran turistas. Cuando las mareas son muy bajas viene mucha gente a capturar mariscos.

Era cierto. Dupin lo anotó en la libreta.

—No llevan puesto el chaleco salvavidas. ¿Debemos suponer que no vinieron en barca?

—No necesariamente —contestó Goulch con determinación—. Muchos autóctonos navegan sin chaleco. Y si a eso le sumamos el alcohol… Yo no le daría mucha importancia.

Dupin hizo un gesto de resignación con la mano. Así estaban las cosas. No sabían nada de lo que podía haber ocurrido.

—El alcohol suele estar muy presente en el mar. Sobre todo aquí, en las islas —añadió Goulch.

—Se dice que las botellas son más pequeñas en las Glénan que en tierra firme, por eso aquí se vacían más rápidamente —observó Le Ber.

Dupin tardó un momento en entender el chiste, si es que lo era. Le Ber lo había dicho en tono neutro, como para completar la frase del capitán. Este, sin inmutarse, prosiguió:

—Las olas debieron de arrastrar los cuerpos bastante rato, de ahí probablemente las heridas graves. Si fue un accidente, quizá una parte de las heridas se las hicieron durante el siniestro.

—¿Es posible que murieran muy lejos de aquí? Es decir, ¿cuánto ha podido arrastrarlos la corriente?

—Depende del tiempo que hayan pasado en el mar. Es posible que aún estuvieran vivos cuando cayeron al agua, que intentaran salvarse y luego se ahogaran. No da la impresión de que hayan estado días en el agua. Los cadáveres tendrían otro aspecto. Aun así, no todas las corrientes son igual de rápidas. Algunas se desplazan a ocho kilómetros por hora, de modo que los cuerpos podrían haber recorrido una distancia considerable en una noche. Pero, según dónde cayeran al agua, lo más probable es que los arrastrara en círculo. La dirección de las corrientes varía dependiendo de la marea, el tiempo y la estación del año.

—Comprendo. Eso significa que no se puede afirmar nada.

—El archipiélago tiene la peculiaridad de que, con determinadas posiciones del Sol, la Luna y la Tierra, muchas corrientes conducen a Le Loc’h. Aquí siempre ha habido naufragios, en todas las épocas. A veces, cuando eran barcos grandes, en la playa se encontraban decenas de cadáveres. Por eso en el siglo diecinueve construyeron un cementerio en la isla, justo al lado de la ermita. De ese modo no había que trasladar los cuerpos a Saint-Nicolas, donde estaba el único cementerio del archipiélago. Los enterraban a todos aquí. Han hallado tumbas incluso de principios de la época celta.

—¿La corriente siempre los arrastraba hasta aquí? —preguntó Dupin, que notó una sensación extraña y miró instintivamente alrededor.

—La gente cree desde hace siglos que esta isla es el escondite legendario de Groac’h, la bruja de los naufragios. Según la leyenda, era inmensamente rica, más rica que todos los reyes juntos. Y el lago, que conecta subterráneamente con el mar, era el cofre donde guardaba su tesoro. Una corriente marina mágica le traía las riquezas de los barcos que naufragaban. Su palacio estaba también en el fondo del mar.

Le Ber sonrió cuando Goulch acabó de hablar, pero se le notaba tenso.

—Le gustan los hombres jóvenes —concluyó Goulch—. Los seduce, los convierte en peces, los fríe y se los come. Muchos han ido en busca del legendario tesoro. Ninguno ha vuelto nunca. Se cuentan muchas historias.

Así eran las cosas en la Bretaña. Debajo de lo cotidiano y natural actuaban fuerzas oscuras, y cualquier sitio tenía sus propias historias sobrenaturales. Aunque los bretones se reían de sí mismos (y Dupin no conocía ningún pueblo que se riera con tanta fuerza y desenvoltura de sí mismo), las risas enmudecían al instante cuando se contaban esas historias. Todo parecía muy real, estaba muy arraigado. Lo sobrenatural había sido la manera más normal de percibir el mundo durante milenios. ¿Acaso iban a cambiar las cosas ahora de repente, solo por estar en el siglo XXI?

—Quiero ver a los otros dos muertos —dijo Dupin.

Avanzó por la playa, y Goulch y Le Ber lo siguieron. En esos momentos, la primera cuestión, la pregunta decisiva que había que plantearse, era si los hombres habían muerto a causa de un accidente. ¿Se habían ahogado? ¿Había indicios que señalaran la posibilidad de que no se tratara de un accidente?

Los cuerpos sin vida estaban ladeados, con las caras mirándose y los brazos extendidos hacia el otro. La imagen era un poco macabra: daba la impresión de que hubieran llegado vivos a la playa y, en plena agonía, se hubieran arrastrado hacia el otro con las últimas fuerzas que les quedaban. El efecto lúgubre de la escena se veía reforzado por las conchas nacaradas que brillaban tenuemente con todos los colores del arcoíris y parecían colocadas adrede en torno a los cadáveres. Los compañeros de Goulch estaban de rodillas entre los cuerpos y uno los fotografiaba con una cámara digital. Se reunieron con ellos sin decir palabra y observaron los dos cadáveres.

Dupin se apartó al cabo de unos instantes y dio un par de vueltas alrededor de los cuerpos, con parsimonia y agachándose constantemente. Las mismas heridas graves y profundas, que en uno se distribuían casi exclusivamente en la parte inferior y en el otro por todo el cuerpo; la ropa destrozada (pantalones de algodón, polo, forro polar, zapatos resistentes) y algas en las heridas.

El policía de la cámara se incorporó lentamente.

—Igual que el otro muerto —dijo—, estos dos no presentan a simple vista más heridas que las que han podido causarles las rocas al ser arrastrados por las olas.

—En el mar no hace falta agredir a alguien para matarlo —observó Goulch—. Basta con un pequeño empujón, una caída al agua. En plena tempestad y con fuerte marejada, ni siquiera un nadador excelente tendría la menor posibilidad. Y los empujones no pueden probarse.

Tenía razón, como siempre. En el mar había que pensar de otra forma, aquel caso exigía otro tipo de aproximación.

—Viene la otra patrullera.

Dupin se sobresaltó. Goulch señalaba al mar. La Luc’hed se acercaba a toda velocidad a la Bir. Poco antes de alcanzarla aminoró la marcha, se paró al lado y se puso en paralelo.

Dupin observó cómo seguían el mismo procedimiento que ellos antes. Vio a Labat y al doctor Savoir, al capitán y a otro policía, que ya estaba en el agua orientando la embarcación. Saltaron todos sin pensárselo dos veces al agua y avanzaron hacia la playa con Labat en cabeza, claro.

—Hemos dejado a un agente en Saint-Nicolas para que interrogue al inglés que ha encontrado los cadáveres. Pronto tendremos un informe. Tres cadáveres, eso es un caso importante. —Labat empezó a hablar antes de salir del agua, usando el tono diligente con que solía decir las cosas y que Dupin odiaba a muerte.

—Todavía no sabemos si es un caso, inspector.

—¿Por qué lo dice, señor comisario?

—De momento, todo apunta a un accidente.

—¿Y eso significa que no tenemos que investigar todo lo que hay que investigar para averiguar lo que ha ocurrido?

A Dupin, la pregunta le pareció una idiotez impresionante. Se dio cuenta de que estaba muy irritado. Y eso se debía a que le habían estropeado la mañana… y a la llegada de la segunda patrullera con Labat y Savoir. El forense desmañado, increíblemente tiquismiquis y que nunca iba al grano, enseguida montaría un espectáculo a lo CSI. Entonces vio que el policía de la segunda patrullera cargaba con una maleta enorme y muy pesada, en la que seguro que iba el equipo de alta tecnología de Savoir.

Dupin sabía que tenía que concentrarse en la situación. Quizá todo acabaría en unas horas y dejaría de ser asunto suyo.

—¡Ah, el señor comisario! —En la voz de Savoir resonó un matiz absurdo de orgullo, como si hubiera superado una prueba muy exigente al reconocer a Dupin—. ¿Se sabe ya algo? ¿Con qué hechos contamos hasta ahora?

Hizo las preguntas con mucha energía al pasar junto a Dupin sin aminorar el paso lo más mínimo.

—Cuando los examine —prosiguió—, sabremos más cosas. Aunque solo podré llegar a conclusiones provisionales, obviamente. Para llegar a algo más concluyente necesito el laboratorio. Deje el equipo aquí, por favor, entre los dos cadáveres.

Savoir echó un vistazo a los dos cuerpos, breve pero teatralmente profesional, y abrió la maleta.

—¿Está todo documentado? ¿Fotografiado?

—Sí, ya hemos acabado el trabajo. Con los tres muertos —intervino Goulch. Y preguntó—: ¿Hay que esperar a la autopsia o ya se puede saber si se ahogaron?

Savoir miró indignado a Goulch.

—Imposible. Obviamente, no pienso dedicarme a conjeturar nada, tampoco en este caso. Todas las cosas requieren su tiempo.

Dupin sonrió. ¡Fantástico! Allí no hacía falta. Se acercó a Le Ber y a Goulch.

—Voy a inspeccionar la isla —anunció.

Aunque en realidad no tenía ni idea de lo que iba a hacer exactamente.

—¿Quiere que después la inspeccionemos también nosotros de manera sistemática, señor comisario? ¿Por si encontramos algo anómalo?

—Sí, sí, Goulch, háganlo sin falta. Yo solo echaré un vistazo. Y averigüe si alguien vio una embarcación extraña en Le Loc’h. Y también en otras partes.

—¿Tiene en mente algo concreto?

Labat se le había acercado a una distancia incómoda, le gustaba hacerlo y sabía que Dupin no lo soportaba.

—Pura rutina, Labat. Simple rutina. Cualquier notificación sobre naufragios o desaparecidos nos llegará automáticamente, ¿verdad? —El comisario se había dirigido a Goulch, sin saber bien ni él mismo a qué se refería con lo de «automáticamente».

—Por supuesto, señor comisario. Todas las comisarías de la costa están informadas, y también las de los distritos vecinos. Hemos pedido los dos helicópteros de Brest, de la central de salvamento marítimo. Se han movilizado hace una hora y están sobrevolando los alrededores.

—Muy bien, Goulch, muy bien. Le Ber, quédese con Goulch. Quiero que me mantengan informado en todo momento. Labat, tan pronto como Savoir dé luz verde, registre los cadáveres para ver si les encuentra algún tipo de documentación, cualquier cosa que nos ayude a identificarlos.

—Yo… yo…

Labat se calló. Alguien tenía que hacerlo. Y el comisario podía decidir quién. Ese sencillo razonamiento se reflejó lastimosamente en su cara, que se le desencajó por un momento.

—Hágalo a conciencia, Labat. ¿Funcionan los móviles en la isla, Le Ber?

—El año pasado instalaron una nueva antena en Penfret. Aunque no muy grande. La cobertura suele ser estable desde entonces —respondió Le Ber mirando más allá de Le Loc’h, como si buscara con la vista la antena de Penfret.

—¿Y eso qué significa?

—Depende de tantos factores…

—¿Como cuáles? —insistió Dupin; le parecía que el tema era importante.

—Depende del tiempo, sobre todo. Si hace mal tiempo, normalmente no tendrá cobertura, pero con buen tiempo, sí. Aunque de vez en cuando, por algún motivo, tampoco. Depende de si está en el mar o no y, sobre todo, de la isla en la que está, claro. En Bananec nunca tienen cobertura, aunque no está muy lejos de Saint-Nicolas.

Dupin se preguntó cómo era posible que pasase aquello, desde un punto de vista puramente técnico. Y por qué Le Ber estaba tan bien informado. Decidió no ir por ese lado.

—¿Y aquí, en Le Loc’h?

—Hoy, probablemente estable.

—Entonces, yo estaré «probablemente» localizable.

—Ah, señor comisario, y no se extrañe si en el archipiélago ve cosas que desaparecen en un instante. A veces pasa. O si oye ruidos y sonidos extraños. Siempre ha sido así, es normal.

Dupin no habría sabido qué contestar ni por todo el oro del mundo. Se dio la vuelta, se pasó la mano por el pelo y emprendió la marcha por la playa en dirección oeste por el amplio extremo sur de la isla.

Era verdaderamente impresionante, miraras donde mirases. Arena blanca finísima, playas que descendían suavemente hacia el mar y en las que no se veía dónde empezaba el agua de tan transparente como era. Un azul turquesa, claro y luminoso, que se iba transformando casi imperceptiblemente en azul opalino y, después, en azul claro, y que solo se oscurecía mar adentro. El mar también cautivaba en Concarneau (precisamente eso definía la ciudad), pero allí, en las Glénan, todo se amplificaba mucho más. Allí no se estaba a orillas del mar, se estaba en el mar, se tenía la sensación de encontrarse en medio del mar. No solo por el olor y el sabor; la impresión era más profunda, más penetrante.

Sin embargo, lo más fascinante era la luz: una luz intensa, imponente, pero suave, en absoluto agresiva. Una luz que lo cubría todo. No parecía proceder de una fuente determinada, al menos no solo de una, no únicamente del sol. Venía del cielo entero: de todas las distancias, alturas, capas, esferas y dimensiones. Y, sobre todo, venía del mar. La luz parecía multiplicarse hasta el infinito, parecía reflejarse en las distintas capas de la atmósfera y en el agua, y por eso daba la impresión de condensarse todavía más. Las pequeñas franjas de tierra eran demasiado insignificantes para absorberla. Dupin nunca había visto tanta luz como en la Bretaña (tampoco un cielo tan alto, tan abierto), pero ahí, en las Glénan, se superaban todas las expectativas. Los habitantes de la costa decían que esa luz embriagaba, que hacía perder la cabeza. Dupin entendió a lo que se referían.

Metió la mano en el bolsillo izquierdo trasero del pantalón y sacó el móvil. Al parecer, había salido indemne del pequeño percance. Y había cobertura.

—¿Nolwenn?

—¿Señor comisario?

Dupin había olvidado por completo que su secretaria tenía visita con el médico esa mañana y que no estaba en la oficina, sino en la consulta del viejo doctor Pelliet, un hombre reservado que también era su médico de cabecera. En ese momento se acordó.

—Ah, claro, usted no está al tanto de lo ocurrido, ¿verdad?

—No. Ahora mismo iba a llamar al inspector Labat. Acabo de ver que ha intentado hablar conmigo tres veces.

—Tres cadáveres. En las Glénan. En Le Loc’h. Arrastrados por las olas y todavía sin identificar. De momento, todo apunta a un trágico accidente.

—Sí, siempre van a parar a Le Loc’h. Las Glénan han significado naufragios en todas las épocas. —Nolwenn hablaba sosegadamente, como siempre—. Aquí decimos: «Si quieres aprender a rezar, ¡sal a navegar!».

A Nolwenn le gustaban los viejos refranes y transmitírselos al comisario formaba parte de las «lecciones bretonas» que le daba desde que llegó en beneficio de su «bretonización» (así llamaba ella misma a su proyecto).

Dupin no tenía claro qué debía contestar.

—Sí, bueno, sea como sea, se va a armar. Savoir ya ha llegado. Yo estoy inspeccionando la isla.

—¿Está usted ahí?

—Sí.

—¿Ha ido en barca?

—Sí.

El segundo «sí» sonó mucho más resignado de lo que Dupin habría querido.

—¿Puedo hacer algo?

—No. Antes tenemos que averiguar la identidad de los muertos.

En realidad, Dupin no la llamaba para pedirle nada concreto; solo quería ponerla al corriente. Nolwenn había sido su tabla de salvación desde el primer día que pasó en su nueva «patria». Era una mujer formidable y pragmática en todo, daba la impresión de que nada en este mundo (y a Dupin le parecía que tampoco en el otro) podía sacarla de quicio. Dentro de tres semanas se iba de vacaciones por primera vez en dos años, muy lejos, a la costa mediterránea del otro lado de los Pirineos, a Portbou. Dupin estaba muy nervioso desde que se enteró de que pensaba pasar fuera dos semanas enteras.

—El prefecto quería hablar personalmente con usted hoy mismo, después de las primeras conversaciones en la reunión de Guernsey. Quedamos en que le llamaríamos esta tarde. Me temo que ahora será imposible, ¿verdad? Le dejaré un recado en la oficina.

—Eh… ¡sí, una gran idea! Sí. La comunicación aquí es muy mala. El prefecto ya se lo figurará… Es como estar en medio del mar.

—Pero el prefecto sabe que

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