La verdadera historia de la nariz de Pinocho (Inspector Evert Bäckström 3)

Leif GW Persson

Fragmento

cap

Este es un cuento perverso para adultos, y de no haber sido por Nicolás II, último zar de Rusia, sir Winston Churchill, primer ministro de Gran Bretaña, Vladímir Putin, presidente de Rusia, y Evert Bäckström, comisario de la policía judicial de Estocolmo del área suburbana de Västerort, nunca se habría producido el tema en cuestión.

En ese sentido, este es un relato sobre el resultado final y definitivo de los hechos llevados a cabo por cuatro hombres en un período de más de cien años. Cuatro hombres que nunca llegaron a conocerse y que, además, vivieron sus vidas en mundos distintos, de los cuales el mayor fue asesinado cuarenta años antes de que el más joven ni siquiera hubiera nacido.

Como tantas otras veces, independientemente de quien le acompañe y de las circunstancias, será también Evert Bäckström el que ponga fin a la historia.

LEIF GW PERSSON

Professorsvillan, Elghammar,

primavera de 2013

cap-1

I

El mejor día de la vida

del comisario de la policía

judicial Evert Bäckström.

cap-2

1

Fue el lunes 3 de junio, pero, a pesar de ser lunes y de que lo despertaron a media noche, el comisario Evert Bäckström siempre recordaría ese día como el mejor de su vida. A las cinco de la mañana en punto le comenzó a sonar el móvil del trabajo y no hubo mucho más que hacer, ya que al parecer la persona que llamaba se negaba a darse por vencida.

—Digaaa —contestó Bäckström.

—Tengo un asesinato para ti, Bäckström —dijo el oficial de guardia de la policía de Solna.

—¿A estas horas? —preguntó Bäckström—. Entonces debe de tratarse del rey o del primer ministro, ¿no?

—Mejor aún —contestó su colega sin poder ocultar la alegría.

—Te escucho.

—Thomas Eriksson —dijo el oficial de guardia.

—¿El abogado? —concluyó Bäckström sin poder ocultar tampoco su sorpresa.

No puede ser verdad, pensó. Es demasiado bueno para ser cierto.

—El mismo. Teniendo en cuenta todo lo que habéis compartido, quería ser el primero en darte la buena noticia. Fue Niemi, del grupo técnico, quien me llamó para decirme que te despertara. Así que mis más sinceras felicitaciones, Bäckström. Felicitaciones de parte de todos nosotros. Al final te has llevado el bote.

—¿Estás completamente seguro de que se trata de un asesinato? ¿De que es Eriksson?

—Niemi está seguro al cien por cien. Al parecer nuestra pobre víctima está hecha un asco, pero no hay duda de que es él.

—Intentaré soportar la pena —dijo Bäckström.

Hoy es el mejor día de mi vida, pensó al finalizar la breve conversación. Estaba totalmente despierto, con la mente clara y despejada, y un día así había que aprovecharlo al máximo, sin perder ni un solo segundo.

En primer lugar se puso la bata y fue al baño a aliviarse. Era una rutina que había establecido pronto en su vida y luego siguió con rigor. Aliviarse antes de ir a la cama y tan pronto como se levantaba, sin importarle si era o no necesario, y sin preocuparle que el entorno masculino pareciera dedicar la mayor parte de su estado de vigilia a sus atormentadas próstatas.

Toda una inyección de alta presión, pensó Bäckström satisfecho mientras se sujetaba firmemente con la mano derecha el supersalami y sentía que el nivel del líquido iba descendiendo hacia sus generosas partes inferiores. Ha llegado la hora de restablecer el equilibrio, se dijo, y terminó con un par de fuertes sacudidas al salami para exprimir hasta la última gota que hubiera podido acumularse allí durante toda una noche.

Luego fue directamente a la cocina a prepararse un desayuno en condiciones. Un montón de gruesas lonchas de tocino danés, cuatro huevos fritos, tostadas con mantequilla salada y abundante mermelada de fresa, zumo de naranja natural y una taza grande de café bien cargado con leche caliente. La investigación de un asesinato no era algo que se llevara a cabo en ayunas, y las zanahorias y el salvado de avena eran sin duda un factor que contribuía con frecuencia a que sus demacrados y bobos colegas la cagaran.

Después, saciado y satisfecho, fue al cuarto de baño, se metió en la ducha y se enjabonó por partes mientras dejaba correr el agua caliente por su cuerpo redondeado y armónicamente formado. A continuación se frotó y se secó con la toalla y acabó afeitándose con la ayuda de una navaja simple y abundante espuma. Luego se lavó los dientes con el cepillo eléctrico y para mayor seguridad hizo gárgaras con un enjuague bucal refrescante.

Por último, con loción, desodorante y las demás fragancias distribuidas por todos los lugares estratégicos de ese cuerpo que era su templo, se vistió con esmero. Traje de lino amarillo, camisa azul, zapatos italianos negros cosidos a mano y un pañuelo de seda de vistosos colores en el bolsillo de la chaqueta, como un último saludo a su querida víctima de asesinato. En un día así no había que escatimar en detalles, de modo que, en honor al mismo, sustituyó su Rolex habitual de acero por el de oro blanco que recibió por Navidad como regalo de agradecimiento de un conocido al que había tenido la oportunidad de ayudar en un aprieto de escasa importancia.

Hizo un último repaso frente al espejo del vestíbulo: el clip de oro para el dinero, con una razonable cantidad de billetes, y la pequeña funda de piel de cocodrilo con las tarjetas, ambos en el bolsillo izquierdo del pantalón; el llavero y el móvil en el derecho; el bloc de anotaciones negro con el bolígrafo en el bolsillo interior izquierdo, y su mejor amiga, la Sigge, descansando en su pistolera en el tobillo izquierdo por dentro del pantalón.

Bäckström miró con agrado lo que tenía delante. Quedaba lo más importante. Una buena dosis del whisky de malta que guardaba en la botella de cristal que había encima de la mesa del vestíbulo. Dos pastillas para la garganta que se metió en la boca en cuanto se asentó el agradable saborcillo, y un puñado más en el bolsillo lateral de la chaqueta, por si acaso.

El sol brillaba en un cielo despejado cuando salió a la calle y la temperatura alcanzaba ya los veinte grados, a pesar de que solo estaban a principios de junio. El primer día de verano de verdad, justo lo que tenía derecho a exigir en un día como ese.

El oficial de guardia de Solna había enviado de orden público un coche tintado con dos jovencitos prometedores, dos figuras escuálidas con acné, aunque al menos el que conducía entendía lo básico respecto a las rutinas protocolarias de la cadena de mando. Le abrió la puerta y corrió su asiento hacia delante para que Bäckström se pudiera sentar en el asiento trasero sin tener que ir apretado ni arrugarse los pantalones perfectamente planchados.

—Buenos días, jefe —dijo el conductor inclinando la cabeza en señal de cortesía—. Hace un día bastante bueno.

—Sí, parece que va a hacer un gran día —afirmó su colega—. Por cierto, encantado de conocerlo, comisario.

—Ålstensgatan 127 —dijo Bäckström con una inclinación de cabeza.

A continuación, para evitar más comentarios, sacó su bloc negro e hizo una primera anotación de servicio: «El comisario de la policía judicial Evert Bäckström sale de su vivienda en Kungsholmen a las 07.00 para trasladarse al lugar del crimen», escribió, pero el mensaje evidentemente no fue lo suficientemente claro, porque antes de girar y salir a Fridhemsplan los dos jóvenes volvieron a la carga.

—Una historia rara. El oficial de guardia dice que al parecer se trata de Thomas Eriksson, el abogado ese. Me refiero a la víctima.

El conductor asintió antes de volver a intervenir:

—Debe de ser bastante raro. Me refiero a que alguien asesine a un abogado.

—No ocurre casi nunca —concluyó su colega.

—No, por desgracia —dijo Bäckström—. Lamentablemente ocurre muy de vez en cuando.

Dos imbéciles de campeonato, pensó. ¿De dónde habrán salido? ¿Por qué no acaba nadie con esto? ¿Por qué se empeñan todos en ser policías?

—¿Cree que se puede haber metido en algún lío, jefe? Era abogado, así que podría tratarse de un crimen, digamos, intencionado, ¿no?

El tipo ya se había vuelto y le hablaba directamente a Bäckström.

—Precisamente estaba intentando reflexionar acerca de eso —dijo el comisario en un tono distante—. Mientras los caballeros me conducen al lugar del crimen, en Ålstensgatan, en el más absoluto silencio.

Al fin lo han pillado, pensó. Diez minutos después se detuvieron frente a un enorme chalet blanco y resplandeciente de estilo funcional de la década de los cincuenta, con terreno propio que llegaba hasta el mar, cobertizo para barcos y embarcadero a orillas del lago Mälaren, que con toda seguridad debía de haberle costado a su propietario más del sueldo de toda la vida de un simple policía, impuestos no incluidos.

El lugar del crimen no estaba mal. ¿De qué le sirve ahora todo esto a ese hijo de puta?, pensó Bäckström.

Por lo demás, el resto era como de costumbre. La cinta policial azul y blanca rodeando tanto el jardín como buena parte de la calle a ambos lados de la casa. Dos coches patrulla y un furgón de seguridad ciudadana delante de la residencia, así como tres coches de delitos violentos; en cualquier caso demasiados colegas ociosos que solo estaban allí ganduleando junto con el resto de los congregados. Algunos periodistas acompañados de fotógrafos y al menos un cámara de algún canal de televisión, una decena de curiosos del lugar, bastante mejor vestidos de lo que solían ir, muchos de ellos acompañados por uno o varios perros de distintos tamaños.

Aunque la expresión en los ojos de todos los presentes era la misma. Algo de miedo en el fondo, pero más que nada expectación y esa esperanza que se nutre de pensar que lo peor ya había sucedido y al menos no les había afectado a ellos. ¿Qué significado tienen todos los días, excepto uno, en toda una vida?, pensó Bäckström. Una vida entera y ese único día que había sido el mejor de tu vida.

Después salió del coche, saludó al conductor y a su compinche llenos de espinillas y se limitó a inclinar la cabeza a modo de saludo a los buitres de los medios de comunicación mientras se dirigía a la puerta de entrada a la casa que solo unas horas antes había sido la residencia de su última víctima de asesinato. No era el primer paseíllo que daba en su vida para investigar una escena del crimen, y seguramente tampoco sería el último, pero esta vez se trataba de un mal rato agradable, y si hubiera estado solo habría subido la escalera de la casa de la víctima bailando claqué.

cap-3

II

La semana anterior al mejor día

fue una semana totalmente normal.

Para bien y para mal.

cap-4

2

El lunes 27 de mayo, una semana antes del lunes que iba a ser el mejor de su vida, fue como solían ser los lunes, incluso un poco peor que un lunes normal, y empezó de un modo que desafiaba la comprensión humana de alguien tan perspicaz y escarmentado como Evert Bäckström.

En un sentido estrictamente literal, se trataba de dos casos totalmente demenciales que fueron a parar a su mesa por algún motivo incomprensible. En primer lugar, un conejo abandonado del que se había hecho cargo la administración provincial de Estocolmo. En segundo lugar, un hombre distinguido, vinculado a la casa real que, según un testigo anónimo, había sido golpeado con un catálogo de arte enrollado de la conocida casa de subastas Sotheby’s de Londres. Por si eso no fuera suficiente, el crimen se produjo en el estacionamiento que había en el exterior del palacio de Drottningholm, a solo cien metros de la habitación donde Su Majestad el rey de Suecia, Carlos Gustavo XVI, descansaba habitualmente por la noche.

El comisario Evert Bäckström trabajaba desde hacía unos años en la jefatura de policía de Västerort y era jefe del departamento de investigación de delitos violentos. No era un sitio malo en absoluto, y de haber vivido en Estados Unidos, donde la gente normal y corriente tenía voz y voto al respecto, Bäckström sería sin duda alguna el sheriff que hubieran elegido. Trescientos cincuenta kilómetros cuadrados de tierra y agua entre el gran lago Mälaren al oeste y el Saltsjön al este, una zona que limitaba al sur con el antiguo centro de Estocolmo y al norte con Norra Järva, Jakobsberg y el archipiélago exterior del Mälaren.

Él solía imaginárselo como algo propio, el condado de Bäckström, con casi trescientos cincuenta mil habitantes. Los más distinguidos eran Su Majestad el rey y su familia, que vivían en los palacios reales de Drottningholm y Haga. Además de una docena de multimillonarios y varios cientos más, también con muchos millones. En el otro extremo, unos diez mil que no tenían ni para comer y debían vivir de la ayuda social o de mendigar y cometer delitos para pasar el día. Además de las personas corrientes, claro, todos esos que se ocupaban de lo suyo, que se mantenían a sí mismos y llevaban una vida tranquila sin montar jaleo. En cualquier caso, casi nunca se les ocurría hacer nada con lo que corrieran el riesgo de a ir a parar al despacho que tenía Bäckström en la gran comisaría de Solna.

Aunque, por desgracia, no todos los que vivían allí actuaban de ese modo. Durante un año se habían notificado cerca de sesenta mil delitos en el distrito. Si bien la mayor parte de ellos solo se trataba de simples robos, daños y asuntos de drogas, se habían cometido también varios miles de delitos violentos y, considerando la delincuencia de Västerort en su conjunto, el problema se extendía a toda la escala social. Desde un puñado de ladrones de guante blanco que se dedicaban a hacer estafas por importes de varios cientos de millones, hasta esos miles de personas que hurtaban desde filetes y salchichas hasta maquillaje, cerveza y aspirinas en los supermercados del centro comercial de la zona.

Pero la ventaja con casi todos esos casos era que lo dejaban indiferente. Bäckström trabajaba en delitos violentos. Lo había hecho durante toda su vida de policía y pensaba seguir haciéndolo hasta que se acabara esa parte de su vida. Asesinatos, maltratos, violaciones y robos. Además del resto de rarezas que tenían cabida allí en forma de pirómanos y pedófilos, extorsionadores, hooligans y otros locos de distinto tipo. Incluso algún que otro exhibicionista y voyeur que pudiera parecer que albergaba ambiciones más concretas. De esos casos también había más que suficientes. Miles de denuncias al año que iban a parar al departamento de delitos graves. Todos esos casos eran los que daban contenido y sentido a su vida como policía, y si le servían de algo era más bien para poder distinguir lo importante de lo no tan importante. Lamentablemente, el lunes anterior a ese lunes que iba a ser el mejor día de su vida no lo logró del todo.

En el departamento de Bäckström de delitos graves siempre se iniciaba la semana con una reunión matutina en la que se resumía la miseria humana que se había producido la semana anterior, se preparaban para lo que vendría durante la siguiente, y le daban vueltas a algún que otro viejo fermento que estaba demasiado hinchado como para meterlo simplemente en el archivo y olvidarlo.

Contaba con la ayuda de una veintena de colaboradores, uno de los cuales era a la vez silencioso y completamente funcional, y media docena que por lo menos hacían lo que él decía que hicieran. Con los demás era como solía ser, y si no fuera por la mano dura de Bäckström y su fuerte liderazgo, además de su capacidad para diferenciar lo importante de lo trivial, las bromas habrían imperado desde el primer día.

Semana nueva, reunión matutina, hora de que el comisario Evert Bäckström volviera a blandir la espada de la justicia, y eso de manipular aquí y allá los platillos de la balanza de la Señora Justicia se lo cedía gustosamente a los remilgados y a los burócratas de la jefatura de policía.

cap-5

3

—Podéis sentaros —dijo Bäckström a la vez que se hundía en su sitio habitual a la cabecera de la alargada mesa de reuniones.

Atajo de gandules incompetentes, pensó mientras paseaba la mirada por sus subordinados. Mañana de lunes con ojos vacíos detrás de párpados pesados y bastantes más tazas de café que blocs de notas y bolígrafos levantados. ¿Qué ha ocurrido con el Cuerpo?, se dijo el comisario de la policía judicial Evert Bäckström. ¿Adónde han ido a parar los verdaderos agentes de policía como yo?

Luego le cedió la palabra a su hombre más cercano, que por supuesto era una mujer, la inspectora de la policía judicial Annika Carlsson, de treinta y ocho años. Un cuerpo espectacular, que parecía que pasara la mayor parte de su tiempo en el gimnasio que había en el sótano de la policía de Solna. Seguramente también en otras guaridas nocturnas, pero prefería no pensar en ello.

Sin embargo, tenía una ventaja. Ninguno de los demás se atrevía a replicarle, así que procedió a leer rápidamente la relación de lo que había ocurrido la semana anterior y durante el fin de semana. Lo que se había resuelto y lo que quedaba por resolver, los éxitos y los fracasos, datos nuevos y sugerencias, tareas y órdenes pendientes para la semana que acababa de comenzar. Por supuesto, también los temas de carácter práctico y administrativo que se esperaba que absorbiera el resto del departamento.

Todo fue como estaba previsto. Se acabó en menos de una hora y la inspectora Carlsson pudo incluso redondear su presentación diciendo que el asesinato ocurrido tres días antes ya se había aclarado, confesado y remitido a la fiscalía.

El autor del crimen parecía ser un cabezota excepcionalmente servicial. El viernes por la noche, él y su amada esposa se pusieron a discutir acerca de qué programa de televisión debían ver. Entonces él se dirigió a la cocina, cogió un cuchillo y acabó con la discusión. Después llamó a la puerta del vecino para que le prestara el teléfono y poder llamar a una ambulancia.

El vecino no fue tan servicial. Debido a experiencias anteriores, se negó a abrir y llamó él a la policía. Después de diez minutos ya estaba allí la primera patrulla, pero cuando los agentes entraron en el piso ya no había nada que hacer. Se limitaron a esposar al recién viudo y a llamar a técnicos e investigadores para que se hicieran cargo de las partes más formales de la misión policial.

A la mañana siguiente, el deudo más cercano lo confesó todo en el primer interrogatorio. Si bien no recordaba con claridad todos los detalles, sí que se acordaba de los principales hechos ocurridos esa noche, pero aun así quería decirles que echaba de menos a su mujer. Sin duda era obstinada y resentida y por lo general resultaba imposible vivir con ella —sobre todo porque bebía como una esponja—, pero a pesar de todos esos defectos y errores quería hacer hincapié en que la echaba mucho de menos.

—Muchas gracias —dijo Bäckström satisfecho, y probablemente fue entonces cuando, con la euforia del momento, metió la pata. En vez de terminar simplemente la reunión, retirarse al silencio de su oficina y prepararse con tiempo para el almuerzo que le esperaba, inclinó la cabeza amablemente hacia su colaboradora más cercana y le formuló la pregunta que no debía—: Bueno, bueno. Entonces ¿se puede decir que hemos terminado? ¿O tienes algo más antes de que nos dediquemos a hacer un poco de honesto trabajo policial?

—Tengo dos cosas —dijo Annika Carlsson—. Raras como mínimo.

—Te escucho —dijo Bäckström inclinando la cabeza para alentarla de forma totalmente inconsciente.

—Está bien —dijo Annika Carlsson encogiendo sus anchos hombros—. El primer asunto se refiere a un conejo. Sí, digamos que al menos en un principio.

—Un conejo —repitió Bäckström.

¿Qué coño dice esta mujer?, pensó.

—Un conejo abandonado del que se hizo cargo la administración provincial debido a que la propietaria lo desatendía —explicó ella.

—¿Cómo diablos se desatiende a un conejo? —preguntó Bäckström—. ¿Lo metió en el microondas?

¿No era así como empezaban su carrera todos los aspirantes a asesinos en serie?, pensó. ¿No suelen meter a los conejos en el microondas y a los gatos en la secadora? Esto se pone cada vez mejor, pensó Bäckström, y al parecer no era el único que opinaba así a juzgar por la expresión de los rostros de los demás, de pronto visiblemente alerta e interesados, a diferencia de cuando hablaban de víctimas humanas y sus diversas aflicciones.

—No —dijo Annika Carlsson sacudiendo la cabeza—. Me temo que es una historia bastante más triste que eso.

cap-6

4

—La autora del delito es una mujer de setenta y tres años. La señora Astrid Elisabeth Linderoth, nacida en 1940, conocida como Elisabeth —dijo Annika Carlsson—. Está sola, sin hijos, se quedó viuda hace cinco años, vive en un piso de su propiedad en Filmstaden, en Solna. Me topé con ella por pura casualidad. Buena situación económica, al parecer percibe una generosa pensión de su marido, y no tiene antecedentes penales. Ni la más mínima mancha con nosotros. Actualmente está acusada de maltrato animal, además de por una serie de hechos que se produjeron la semana pasada. Si quieres saber mi opinión, creo que es esto último lo que ha hecho que venga a parar aquí, a delitos graves.

—¿De qué se trata? —preguntó Bäckström.

—Violencia y resistencia a la autoridad, intento de agresión, dos cargos de amenazas ilegales.

—Espera un momento —objetó Bäckström—. Creía que habías dicho que la señora tenía setenta y tres años.

—Como he dicho, se trata simplemente de una señora mayor —afirmó Annika Carlsson—. Así que es una historia muy triste. Si puedes aguantar te lo contaré todo en pocas palabras.

—Soy todo oídos —dijo Bäckström acomodándose en su silla.

Hacía algo más de un mes, la administración provincial de Estocolmo había decidido hacerse cargo de un conejo que era propiedad de la presunta autora del delito. El origen de todo había sido una denuncia policial presentada por una vecina suya solo catorce días antes de que la administración provincial tomara la decisión. No parecía tratarse de maltrato en un sentido activo, sino más bien de descuido sanitario y desatención. Entre otras cosas, la dueña del conejo se había ido de vacaciones unos días y olvidó dejarle comida antes de marcharse. También se habían encontrado al conejo en varias ocasiones en el hueco de la escalera, debido a que la dueña se había olvidado de cerrar la puerta de su apartamento y el animal había aprovechado para escaparse. Una de esas veces le había mordido también un perro salchicha, propiedad de otra vecina del edificio.

—Me da la impresión de que la dueña del perro debe de ser bastante mayor de lo que indican los datos del registro de población —dijo Annika Carlsson haciendo un leve movimiento circular con el dedo índice derecho a la altura de su sien—. La denuncia les llegó a nuestros colegas del centro a través del nuevo equipo de protección de animales. Al parecer se actuó con inusitada rapidez, y una razón puede que fuera que la señora Linderoth ya había sido objeto de una acción similar en enero de ese mismo año. El mismo denunciante, la misma decisión por parte de la administración provincial, aunque al parecer en la otra ocasión se trataba de un hámster dorado.

—Por lo visto la vieja se ha superado —dijo Bäckström riendo socarronamente mientras se reclinaba en la silla, mostrando de pronto un humor excelente.

—¿Superado? ¿A qué te refieres?

—Bueno, un conejo es por lo menos el doble de grande que un hámster dorado —aclaró Bäckström—. La próxima vez puede que meta en su casa a un elefante. ¿Qué sé yo? Lo que sigo sin entender es por qué ha venido a parar aquí.

—Te lo explicaré —dijo Annika—. El martes de la semana pasada, es decir, el martes 21 de mayo, cuando dos de nuestros colegas del equipo de protección de animales del distrito centro y otras dos funcionarias del gobierno civil fueron a ejecutar la orden de llevarse al conejo del apartamento de la señora Linderoth, ella se negó a abrirles. Después de un rato intentando persuadirla lograron que entreabriera la puerta, aunque sin retirar la cadena de seguridad, pero solo para apuntarles con una pistola desde dentro de la casa y decirles que se marcharan inmediatamente. Los agentes retrocedieron y pidieron refuerzos.

—¿De la Unidad Nacional de Operaciones? —preguntó Bäckström mirando a Annika con interés.

—No, lamento decepcionarte. Enviamos una de nuestras patrullas de seguridad ciudadana. Al parecer, uno de nuestros colegas conocía a la señora Linderoth, su madre y ella son viejas amigas, así que después de hablar con ella un rato la convenció para que abriera la puerta y los dejó entrar. Parecía algo molesta, pero al menos no se mostró violenta. La pistola resultó ser una antigualla del siglo dieciocho. Según los agentes no estaba cargada y no parecía que se hubiera disparado durante los últimos doscientos años.

—Ah, ya —dijo Bäckström.

—Aún no he terminado —advirtió Annika Carlsson sacudiendo la cabeza.

—Era de suponer —afirmó Bäckström.

—Todo va bastante bien hasta que la veterinaria de la administración tiene que meter al conejo en una jaula. Entonces la señora Linderoth se presenta corriendo con una tetera en la mano y amenaza con ella a la veterinaria. Le quitan el arma, la sientan en un sofá y los colegas de la central y las de la administración provincial abandonan el apartamento llevándose al conejo. Nuestros compañeros se quedan para hablar con ella. Según el informe, cuando se marcharon ella estaba tranquila y serena.

—Me alegra oírlo —dijo Bäckström—. Una pregunta simple: ¿de dónde provienen todas esas denuncias?

—De los compañeros de la central —dijo Carlsson—. El día después. Presentaron una denuncia tanto por parte de ellos como por parte de las otras dos funcionarias de la administración provincial: resistencia, desacato a la autoridad, amenazas graves, intento de agresión. Doce delitos en total, si he contado bien.

—Lo que nos faltaba —dijo Bäckström—. La vieja es una amenaza contra el estado del bienestar. Ya era hora de que la metieran en la cárcel.

—Sí, te entiendo, ya sé a qué te refieres. Pero lo que más me preocupa es una denuncia por amenazas graves que nos llegó el jueves por la tarde. Nos la dejaron directamente aquí. El denunciante vino en persona. Habló con uno de los agentes que estaban de guardia.

—Déjame adivinarlo. ¿Los agentes de la sección de conejos y hámsters querían añadir algo que se les había olvidado?

—No —dijo Annika Carlsson sacudiendo la cabeza—. La denunciante es vecina de la señora Linderoth. Vive en el cuarto piso del mismo bloque. La señora Linderoth vive en el último piso, en el séptimo. Por otra parte, por si te interesa, es la misma vecina que denunció a Linderoth por maltratar tanto al conejo como al hámster. Además, ha presentado quejas en varias ocasiones a la junta de la comunidad de vecinos, pero esa es otra historia.

—¿Quién es?

—Una mujer que vive sola. Cuarenta y cinco años. Trabaja a tiempo parcial como secretaria en una empresa de informática que está en Kista. No tenemos nada acerca de ella. Al parecer dedica la mayor parte del tiempo a distintas asociaciones. Entre otras es la portavoz de la organización Defiende a Nuestros Amigos más Pequeños. Por lo visto es un grupo algo más radical y disidente integrado en Amigos de los Animales, de cuya junta directiva formó parte durante un tiempo.

—Me lo imagino. ¿Tiene algún nombre?

—Fridensdal, Frida Fridensdal, Fridensdal con «s», que vendría a significar «Valle de Paz». Se ha cambiado el nombre, el de nacimiento es Anna Fredrika Wahlgren, por si quieres saberlo.

—Pero por todos los diablos —dijo Bäckström, sintiendo que le subía la presión arterial—. Por todos los diablos, Annika, ya lo estás oyendo, Frida Fridensdal con «s», y defiende a nuestros amigos más pequeños. Debe de ser una bruja. ¿Qué quiere decir eso de que defiende a nuestros amigos más pequeños? ¿Tal vez le preocupan los piojos y las cucarachas?

—Sí, ya lo sé, entiendo que pienses así. Es por lo que la quise interrogar. El viernes pasado fui a su trabajo, ya que ella se negaba a venir a la comisaría, por si no lo sabías. Según dice, ya no se atreve a vivir en su casa. Asegura que teme por su vida y que por eso se ha ido a vivir a la casa de una amiga. Pero no quiere decir cómo se llama la amiga ni dónde vive. Dice que no se atreve. Que no confía en que la policía pueda protegerla. Ni siquiera la amiga. Esta última además estuvo casada con un policía que la maltrataba y la violaba.

—Ya me imagino —resopló Bäckström.

—En primer lugar, no creo que se haya inventado lo que dice. No parece una de esas exageraciones habituales tan humanas a las que tú y yo ya estamos acostumbrados. Está realmente asustada. Aterrorizada incluso, y cuando llega a lo de la amenaza de la que habla, no suena nada bien. Amenazas graves, sin duda alguna.

—No me digas —dijo Bäckström—. ¿Qué ha pasado?

Casi no me lo puedo creer, pensó. Podrán decir lo que quieran de la colega Carlsson, pero asustadiza no lo es en absoluto.

—Ya llego a eso, pero en realidad el gran misterio es otro.

—¿De qué se trata?

—Lo que cuenta de la amenaza que ha sufrido por parte de la señora Linderoth resulta totalmente increíble. Aparentemente es una viejecita muy agradable. No me encaja, pero según afirma Fridensdal, está segura al cien por cien de que la señora Linderoth es la que está detrás de la amenaza que ha recibido.

—Está bien —dijo Bäckström—. Te escucho.

cap-7

5

Frida Fridensdal salió el jueves por la tarde de su trabajo en Kista poco después de las cinco, bajó al garaje, se montó en el coche y fue directamente al centro comercial de Solna para realizar la compra del fin de semana. Una vez que lo hizo, volvió a su piso en Filmstaden para cenar algo, ver la televisión y luego irse a la cama.

—Según dice, llega a casa sobre las seis y cuarto. Prepara la cena, come, habla con una amiga por teléfono. Ve las noticias en la televisión y en ese momento llaman a la puerta. Cree que fue poco después de las siete y media.

—¿Había cerrado la puerta con llave al entrar? —preguntó Bäckström, que podía imaginarse lo que continuaba.

—Sí, estaba cerrada con llave. Antes de abrir atisbó por la mirilla, ya que no esperaba visita, y por lo general tenía cuidado de no abrirle a la gente que no conocía. Fuera había un hombre que llevaba una chaqueta azul como de mensajero y un gran ramo de flores en la mano. A ella le pareció que se trataba de algún envío. Así que abrió.

Es que no aprenden nunca, pensó Bäckström.

—Luego parece que todo fue bastante rápido. El tipo entra en el piso, deja las flores en la mesa del vestíbulo, la mira, se pone un dedo delante de la boca para indicarle que guarde silencio, aunque ella no decía nada. Luego señala el sofá de la sala de estar. Ella va y se sienta. Dice que de repente se sintió vacía por dentro, totalmente aterrorizada. Ni siquiera se le ocurrió gritar. No podía respirar, no se atrevía ni a mirarlo. Estaba totalmente paralizada, la pobre.

—¿Y qué hizo el mensajero?

—Al principio no dice nada. Luego se queda simplemente de pie y cuando abre la boca empieza a hablar en un tono muy bajo, casi amable, de un modo persuasivo por llamarlo de algún modo. El televisor está encendido y ella tiene incluso dificultad para oírlo. Pero él le dice tres cosas. La primera, que él y ella no se han visto nunca. La segunda, que no tiene que decir nada de Elisabeth nunca más, y que si se le preguntara solo debía decir cosas buenas de ella, en especial del amor que siente Elisabeth por los animales y lo bien que los cuida. La tercera, que él tiene que irse ya. Que se quede sentada un cuarto de hora después de que oiga cerrarse la puerta y que no le diga a nadie ni pío de lo que acaba de suceder.

—¿Elisabeth? ¿Llama Elisabeth a la señora Linderoth? ¿Está totalmente segura de ello?

—Totalmente segura —asiente con énfasis la inspectora Annika Carlsson.

—¿Dijo él algo más?

Esto no suena bien, pensó Bäckström.

—Sí, por desgracia. En cuanto finaliza la introducción que acabo de describir, él saca un cuchillo o una navaja automática. La demandante lo describe como que de repente vio que llevaba un cuchillo. Que solo hizo un movimiento con el brazo derecho y ahí estaba. Yo creo que debía de tratarse de un cuchillo o una navaja automática, algo así. También dice que él llevaba guantes negros. Y que no se había dado cuenta de ello hasta ese momento y que para entonces ya estaba completamente convencida de que iba a matarla o a violarla.

—Pero no fue así.

—No, él se limita a sonreír, la mira y le dice que, si no sigue sus buenos consejos, se encargará de dejarle el coño como para que le quepa toda una tienda de mascotas, a la vez que levanta el cuchillo, y a la vista de ese gesto y de sus palabras, el mensaje queda bastante claro. Luego sale de la habitación. Recoge las flores por el camino. Cierra la puerta y desaparece como por arte de magia. No hay testigos. Nadie que haya visto ni oído nada.

—¿No se lo habrá inventado ella?

—No, tendrías que haberla visto y oído. Fue suficiente para convencerme.

—¿Qué sucedió después?

—Se quedó sentada en el sofá temblando hasta que logró reponerse lo bastante como para poder llamar a una amiga, la misma amiga con la que había hablado a las siete. Según su teléfono móvil, lo hace a las ocho y veintiún minutos. La amiga va a su casa, la recoge y vienen juntas a poner la denuncia. La denuncia se recibe a las nueve y cuarto de la noche.

—¿Y la amiga? ¿Has hablado con ella?

—No, la denunciante se niega a facilitar el nombre. La amiga la acompañó en el interrogatorio como testigo y apoyo, y dijo llamarse Lisbeth Johansson y dejó incluso su número de documento de identidad y un número de móvil, pero por desgracia ninguno de ellos es correcto. Se trata de la amiga que estuvo casada con un policía que la maltrataba y violaba. Como es natural, le he preguntado a nuestra denunciante por qué ella o, mejor dicho, ambas actuaban de ese modo. Según ella se debe a que ninguna de las dos confía en la policía.

—¿Alguna descripción? ¿Pudo facilitar algún detalle?

Se niegan a decir cómo se llaman y dónde viven, pero nosotros tenemos que jodernos y protegerlas de todos modos, se dijo Bäckström. Bolleras, pensó.

—Sí, y de hecho es una descripción bastante buena, aunque por desgracia coincide demasiado con muchos de los que trabajan en servicios de mensajería. El delincuente vestía pantalón oscuro y una chaqueta corta azul con capucha de algún material similar al nailon. En la chaqueta no había etiquetas ni marcas, y está totalmente segura en ese punto. Guantes negros, pero no recuerda bien el calzado que llevaba. Supone que podría tratarse de unas zapatillas deportivas comunes. Deportivas blancas, según dice. Mide alrededor de un metro noventa. Corpulento, en buena forma física, fuerte en apariencia. Rostro enjuto, facciones marcadas, óvalo alargado, cabello negro y corto, ojos oscuros profundos, nariz prominente y levemente curvada, barbilla alargada, barba de tres días, habla un sueco perfecto y sin acento, no huele a tabaco ni a sudor ni a loción. De entre treinta y cuarenta años de edad. —Annika Carlsson iba subrayando sus anotaciones con el bolígrafo mientras hablaba—. Sí, eso es todo. Tengo intención de seleccionar algunas fotos para que las vea. Si es que accede a que se la interrogue de nuevo. En cuanto acabemos esta reunión tendréis en vuestros correos electrónicos la denuncia y el interrogatorio que se le hizo.

—Excelente —dijo Bäckström levantando la mano para evitar preguntas y otras tonterías por el estilo. Si tú te encargas de ella yo me encargaré de lo que nuestros colegas de la central nos han endosado—. Queda el otro asunto —prosiguió—. Dijiste que tenías dos. ¿De qué se trata el segundo?

Más vale acabar con esto de una vez, pensó.

—Es cierto —dijo Annika Carlsson frunciendo la boca—. Aunque creo que lo mejor es que nos lo cuente Jenny, ya que es la que se ha encargado de ello.

Jenny, pensó Bäckström. Jenny Rogersson, la última y la más joven de sus empleadas, la que él mismo había reclutado. Jenny, con su rubia melena larga, su blanca y deslumbrante sonrisa y su generoso escote. Jenny, que en ese momento era la única salida de ese manicomio donde él tenía que pasar los días laborables. Jenny, que era una delicia para la vista, un bálsamo para su alma, que puso alas a sus fantasías y le ofrecía la posibilidad de escapar a otro mundo mejor incluso un lunes como este.

cap-8

6

—Gracias, Annika —dijo Jenny Rogersson inclinándose sobre el montón de papeles que había encima de la mesa que tenía delante.

—Te escucho —dijo Bäckstrom de modo conciso.

Aquí soy yo quien da la palabra, pensó.

—Gracias, jefe —dijo Rogersson—. Bien, empiezo por la denuncia, que llegó el pasado lunes, el lunes 20 de mayo por la tarde —prosiguió Jenny—. La dejaron en recepción aquí en la comisaría, pero no está claro quién lo hizo, ya que había algo de desorden por un montón de gente que requería ayuda con los pasaportes y todo eso. La denuncia es anónima. Se trata de una carta dirigida a la policía de aquí, de Solna, y el encabezamiento dice así: «A la sección judicial de la policía de Solna». Debajo, a modo de título, y cito de nuevo: «Denuncia por agresión en el aparcamiento exterior del palacio de Drottningholm el domingo 19 de mayo, poco después de las once de la noche». Fin de la cita. Por lo tanto, el hecho en cuestión habría ocurrido la noche antes de que recibiéramos la notificación. Sí, es lo que se puede decir acerca de eso.

La inspectora judicial interina Jenny Rogersson asintió para confirmar lo que acababa de decir.

—¿Qué dice la denuncia? —preguntó Bäckström.

—Hay una larga historia de casi dos páginas en la que el denunciante describe lo sucedido. Está escrita en ordenador, de modo limpio y claro, las expresiones son correctas y sin faltas de ortografía, aunque tal vez algo desestructuradas, y el texto termina diciendo que el denunciante quiere mantenerse en el anonimato pero que ella certifica por su honor que lo que ha dicho es cierto.

—¿Ella? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que es una mujer? —preguntó Bäckström.

Qué melones tiene, Dios mío, pensó poniendo la pierna izquierda sobre la derecha para asegurarse, por si el supersalami se empezaba a mover. Y además esa pequeña camiseta negra que lo ceñía todo…

—Así lo entiendo yo. Me parece bastante evidente si se lee entre líneas, por así decirlo. Entre otras cosas menciona de pasada a su marido fallecido. Una mujer mayor, educada, viuda, que además vive en las proximidades del palacio. Estoy bastante segura de ello, y si el jefe quiere puedo dar más ejemplos, por supuesto —dijo Jenny Rogersson sonriendo a Bäckström con sus blancos dientes.

—Dime lo que ocurrió —dijo Bäckström.

Dios mío, pensó, ya que el supersalami había descubierto sin duda lo que había y amenazaba con convertir sus pantalones de buen corte en una carpa de circo.

—Según la denunciante, salió a dar su habitual paseo nocturno para sacar al perro. Iba en dirección sudeste por la parte del parque que está justo fuera de la valla de Slottsparken, y cuando se estaba acercando al estacionamiento oyó voces masculinas subidas de tono. En el estacionamiento del lado norte, junto a las pistas de tenis, había dos hombres discutiendo. Uno de ellos estaba muy enfadado y gritaba e insultaba al otro.

—Te escucho —dijo Bäckström, arrastrando la silla hacia delante para acercarse al tablero de la mesa y asegurarse de que el supersalami tuviera un cielo protector.

—Sí, también había un coche aparcado junto a ellos, pero no sabe de qué marca era. Solo que era negro y parecía caro, un Mercedes o un BMW o algo parecido. Pero por lo demás todo estaba desierto, y no había ningún otro coche. Al oírlos ella se detiene y, si lo he entendido bien, se queda allí protegida por la valla de las pistas de tenis, a unos treinta metros de distancia de los dos hombres para que no la descubran.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Bäckström, sintiendo una necesidad cada vez más fuerte de tener algo más en que pensar que en el profundo surco entre los pechos de Jenny Rogersson. Especialmente ahora que se había vuelto directamente hacia él y la distancia entre ambos era mínima—. Corrígeme si me equivoco —prosiguió—. Dos hombres que están discutiendo; uno de ellos, muy agresivo, grita e insulta al otro. Además de nuestra testigo, que va caminando con su perro y se esconde detrás de la valla para que no la vean.

—Aunque en realidad ella está sola, es decir, nuestra testigo —aclaró Rogersson—. Su perro está muerto. Al parecer murió el otoño pasado. Era un caniche real, por cierto, y se llamaba Sickan. La mujer lo pone también en la denuncia.

—Pero espera —dijo Bäckström—. Espera. ¿Quieres decir que la vieja iba por el parque de Drottningholm a media noche arrastrando un chucho muerto?

—Ya sé lo que piensas —dijo Rogersson esbozando otra sonrisa por prevención—. Pero, si lo he entendido bien, nuestra denunciante siempre daba un paseo nocturno con el perro durante todos los años que vivió Sickan, y fueron quince antes de que muriera, siempre de la misma forma. Desde la casa donde vivía en dirección sur-sudeste, por el estacionamiento que hay fuera del teatro de Drottningholm, y luego otra vez de vuelta. Se había convertido en una especie de rutina para ella y, al parecer, la continuó incluso después de que Sickan muriera. Aunque sola ya, por supuesto.

—Sigo sin entenderlo. ¿Es Sickan un perro? Es decir, ¿un perro macho?

—Sí, una monada sin duda —dijo Jenny Rogersson sonriendo con sus dientes blancos y sus carnosos labios rojos—. Se trata de un apodo, como…

—Sí, sí —dijo Bäckström—. Pero si nosotros ahora…

—Disculpad la interrupción, pero ¿sería demasiado pedir que sepamos lo que ocurrió en realidad? —dijo Annika Carlsson en tono frío y con una mirada penetrante que, por razones poco claras, se clavó en un Bäckström totalmente desprevenido.

—Sí, perdona, se ha complicado todo un poco —afirmó Jenny Rogersson, que no pareció darse por aludida—. Resumiendo, tenemos una figura masculina, el autor del delito, que está muy enfadado, grita e insulta al otro hombre, es decir, a la víctima, a la vez que agita algo que lleva en la mano y que nuestra testigo en un principio cree que se trata de un trozo de tubería. Luego el agresor avanza y golpea al otro directamente en la cara, de modo que cae, y después comienza a darle patadas a la víctima, que se aleja medio arrastrándose a cuatro patas por el aparcamiento, mientras el agresor sigue dándole patadas y golpeándolo con el trozo de tubería. Luego al parecer intenta meter el arma entre las piernas de la víctima, y le da una fuerte patada final en el trasero. Finalmente se marcha, se monta en el coche y se aleja acelerando bruscamente. Mientras tanto, la víctima vuelve a ponerse en pie y huye corriendo de allí.

—¿Vio la matrícula del coche? —preguntó Annika Carlsson, aún en un tono frío.

—No. No le dio tiempo. Aunque está bastante segura de que el último número era un nueve y cree que el penúltimo era un nueve también. Es decir, dos nueves al final, y que era un coche grande y negro que debía de ser caro. De eso está absolutamente segura.

—¿Y el trozo de tubería? El arma. Supongo que se quedó en el aparcamiento.

—Sí, por supuesto —asintió Rogersson con entusiasmo—. Es sorprendente, porque resulta que no se trataba de un trozo de tubería.

—¿No era un trozo de tubería? —preguntó Annika Carlsson, que parecía menos entusiasmada.

—No, era un catálogo de arte que el agresor había enrollado y por eso ella creyó que se trataba de una tubería. Procede de una conocida empresa inglesa de subastas. Es mundialmente famosa, por cierto. Me refiero a la empresa. La he buscado en Google, se llama Sotheby’s y está en Londres. Venden cuadros caros y muebles y alfombras y antigüedades, y ese catálogo contiene imágenes de una gran cantidad de artículos que se subastaron en Londres a principios de mayo. Solo catorce días antes de que el autor del delito lo utilizara según parece para agredir a su víctima. Lo tengo aquí, por cierto —dijo Jenny Rogersson mostrándole una funda de plástico transparente que contenía un catálogo de tapas verdes con la palabra «Sotheby’s» en la portada—. Nuestra denunciante anónima lo envió también. Lo encontró en el aparcamiento y se dio cuenta de que debía de ser eso lo que había visto. El catálogo y su denuncia estaban en uno de esos sobres gruesos comunes que pueden comprarse en la oficina de correos. Además hay manchas de sangre en el mismo, es decir, en el catálogo. Salpicaduras y manchas de sangre. Lo más probable es que se trate de sangre de la víctima, teniendo en cuenta lo que dice la testigo.

—¿Cómo puedes saber que es sangre?

Evidentemente, Annika Carlsson se negaba a rendirse. No le tiene demasiada simpatía a su compañera, pensó Bäckström.

—Le pedí que hiciera una prueba al colega Hernández, el que trabaja en el equipo técnico. El resultado de las manchas dio positivo en sangre. Además envió una prueba al laboratorio forense para la identificación del ADN.

—¿Crees que nuestra víctima puede estar fichada? —dijo Bäckström.

¿De qué iba a servir eso? La historia estaba clarísima, pensó. Un marica que le da una paliza a otro marica. La típica riña entre maricones que probablemente discutían el precio de algún viejo consolador que había pertenecido a un tercero. ¿A qué persona normal se le ocurriría andar por ahí con el catálogo de una subasta?

—No, no lo está —dijo Rogersson—. Eso es lo extraordinario de esta denuncia. La denunciante reconoció a la víctima. Se trata de un vecino suyo. Lo conoce desde hace muchos años, así que está completamente segura. Dice además que vive a pocas manzanas de ella. Ya lo he comprobado. Carece de antecedentes penales. Parece que es una persona muy agradable. Tal vez amigo del rey. Nunca se sabe.

—Cuéntame —dijo Bäckström.

Su amigo el supersalami parecía haberse tranquilizado. Debió de ser por el perro muerto, pensó. O por esos dos acróbatas anales que simplemente le habían hecho perder la concentración.

—Se llama Hans Ulrik Von Comer. Es barón, uno de esos tipos de noble alcurnia, y tiene sesenta y tres años. Está casado y tiene dos hijas, ambas casadas. Vive en una casa de alquiler a unos cientos de metros del palacio, por lo visto propiedad de la casa real. Además parece estar relacionado con la corte. Es una especie de experto en arte, doctor en filosofía de la historia del arte, y por lo visto ayuda a la corte en la revisión y el cuidado de sus colecciones artísticas y antigüedades. Tiene también una empresa relacionada con el arte, hace tasaciones, ayuda a la gente en la compra y venta de obras y ese tipo de cosas.

—¿Ha presentado alguna denuncia? —preguntó Bäckström a pesar de que sabía la respuesta.

Casado, dos hijas… ¿para qué despertar a la mujercita innecesariamente? Maricón, pensó.

—No, eso es lo raro —dijo Rogersson—. No he encontrado ninguna denuncia suya. Así que lo llamé, le dije que habíamos recibido una denuncia anónima acerca de que él habría sido objeto de una agresión y le pregunté qué tenía que decir al respecto. Lo negó rotundamente. Dijo que ni siquiera estaba en la ciudad cuando ocurrieron los hechos. Realmente sonaba bastante molesto.

Surprise, surprise —dijo Bäckström mirándose el reloj con gesto ostensible—. Vale, vale —continuó—. Si quieres saber mi opinión, a mí esto me suena como un típico asunto para archivar. Califica la denuncia como «no delito» para que no ensuciemos innecesariamente las estadísticas. Le pondré una cruz a esta basura y concluiremos así la investigación. Si a alguien se le ocurre algo más, estaré en mi despacho hasta el almuerzo. Luego, por desgracia, tengo una reunión en la policía judicial provincial, así que tendréis que arreglároslas sin mí.

cap-9

7

En cuanto se quedó tranquilo tras cerrar la puerta de su despacho, lo primero que hizo fue pulsar el botón de «No molestar». Luego respiró profundamente tres veces antes de abrir el cajón superior de su escritorio, sacar su botella de oficina y echarse un buen trago, acabando con dos pastillas para la garganta en cuanto se le asentó en el estómago el excelente vodka ruso. Solo entonces se puso a hacer el informe de la mañana.

Algo que comenzó con que una señora se olvidó de darle de comer a su conejo había dado lugar a una docena de denuncias por delitos graves cuya autora, al parecer, era una anciana que había vuelto a su infancia, y ahora lo que quedaba por hacer era asegurarse de que las denuncias fueran archivadas sin incrementar el porcentaje de casos por resolver de su departamento.

Desafortunadamente, tampoco estaba claro cómo esa misma ancianita pudo involucrar a un tipo tan desagradable, al que él no tenía la menor intención de dejar escapar, como tampoco pensaban hacer sus chiflados colegas de la sección de conejos y hámsters del distrito centro. ¿Cómo coño puede conocer alguien como ella a alguien como él?, pensó Bäckström. No tiene sentido, simplemente, y ella tampoco tenía hijos. ¿Qué más hay detrás de esto?, se dijo, suspiró profundamente y se echó otro trago por si acaso, aunque por lo general evitaba esos pequeños excesos antes del mediodía.

Dos maricas de lo más selecto que se habían peleado entre ellos a las puertas del palacio de Su Majestad el rey. Al parecer, el desconocido agresor se valió del catálogo de una subasta de arte enrollado, y su víctima, el aristócrata afeminado, negaba tener conocimiento alguno del asunto. ¿Qué coño tiene de malo un bate de béisbol o una simple hacha?, pensó Bäckström suspirando, y en ese momento alguien llamó a la puerta a pesar de la luz roja.

Hay una sola persona en este departamento a la que eso no le importa, pensó. Puso en orden el escritorio y luego cerró el cajón, un segundo antes de que Annika Carlsson entrara en el despacho.

—Como si estuvieras en tu casa, Annika —dijo Bäckström sin levantar la mirada de los papeles que fingía leer.

—Gracias —dijo Annika Carlsson dejando una funda de plástico llena de denuncias sobre su escritorio. Ya estaba sentada—. El expediente de los sufrimientos de los colegas de la protectora de animales —aclaró ella—. El cual, según prometiste, ibas a archivar.

—Más que nada por ti —dijo Bäckström.

—En tal caso, te daré un buen consejo —dijo Annika Carlsson recostándose en la silla.

Annika Carlsson había hablado con los compañeros de seguridad ciudadana de Solna que consiguieron que la señora Linderoth abriera finalmente la puerta a los dos funcionarios del equipo de protección de animales y a las dos oficiales del gobierno civil y los dejara entrar en su apartamento. Le hablaron incluso de su vecina más próxima, la cual había mostrado su indignación a favor de la señora Linderoth por la injusticia que consideraba que se había cometido con ella.

—Según dice nuestro colega Axelsson, es la hija de una vieja amiga de la señora Linderoth. Ninguno de los funcionarios del equipo de protección de animales ni de las dos tías del gobierno civil llevaban uniforme ni otros signos visibles que revelaran quiénes eran. Según la vecina de la señora Linderoth, primero llamaron al timbre y golpearon la puerta antes de que uno de ellos empezara a decirle a gritos por la rendija del buzón que tenía que abrirles. Después de un rato, al parecer, abre la puerta, aunque deja puesta la cadena de seguridad, y saca esa vieja pistola, y entonces parece que a los colegas les entran las prisas y bajan pitando y luego se quedan de pie en la escalera.

—¿Tiene la Linderoth una de esas mirillas en la puerta?

Debe de ser el vodka, pensó Bäckström.

Annika Carlsson pareció encantada de repente.

—Bien, Bäckström —dijo—. Ahora te reconozco. No, no la tiene. Parece que la tuvo pero hizo que se la taparan, así que no logró ver ninguna identificación y la visita no había sido anunciada.

—¿La vecina está segura?

—Vive en el mismo piso. Su puerta está enfrente de la de la señora Linderoth, y ella sí tiene una mirilla que funciona, por si te interesa, y en cuanto empezaron a hacer ruido ahí fuera, ella ya estaba con el ojo pegado a la mirilla. Según parece, también los grabó en algún momento con el teléfono móvil. Las imágenes no deben de ser gran cosa, pero el sonido es bueno. Me dejó que lo escuchara por teléfono y se oye un barullo espantoso de los colegas. De todos modos, ella tampoco entendía de qué se trataba. Dice que pensó llamar al teléfono de emergencias. Que creía que eran algunos de esos ladrones de ancianos que intentaban entrar en el piso de la vecina. Dos mujeres y dos hombres, y ella había leído recientemente, en un artículo del Solna-Nytt, por cierto, que esa gente actuaba precisamente en grupos compuestos tanto de mujeres como de hombres.

—¿Has hablado personalmente con ella? Me refiero a la vecina.

—Sí, ¿qué coño crees? Hablé con ella por teléfono y si es necesario te la traeré.

Ahora suena como de costumbre, pensó Bäckström. Abierta, positiva y sin reprimir en absoluto su agresividad.

—Interesante —dijo Bäckström.

Humíllate, pensó.

—Sí, claro que lo es. Así que encárgate de arreglar esa mierda —dijo la inspectora Carlsson señalando el montón de denuncias y poniéndose en pie de un salto—. Otra cosa, por cierto. Esta última aportación al departamento, la pequeña Rogersson, no es tan acertada a pesar de tratarse de la hija de tu mejor amigo.

—¿Qué quieres decir?

Tranquilízate, pensó.

—Es demasiado joven, aún no ha salido del cascarón, Bäckström. A pesar de esos enormes melones que todos los colegas del equipo miráis mientras se os cae la baba.

Annika Carlsson hizo un círculo con las manos a la altura de sus pechos para que viera a qué se refería.

—Da igual —dijo Bäckström encogiéndose de hombros—. Es mejor que no salga del cascarón, así no podrán hacer de ella una tortilla.

—¿Qué coño quieres decir? ¿A qué viene eso?

—Nada, es que nunca me han gustado las tortillas francesas, ¿qué otra cosa iba a querer decir?

Ahí tienes, chúpate esa, bollera combativa, pensó Bäckström colocando discretamente la mano derecha cerca del botón de alarma situado en la parte inferior del escritorio. Por si acaso, pensó.

—Ten mucho cuidado, Bäckström —dijo Annika Carlsson, y lo miró muy contrariada señalándolo con toda la mano.

—Gracias —dijo Bäckström—. A mí también me ha agradado verte. Que tengas un buen día, Annika. Es siempre un placer.

Las tienes a todas locas, pensó tan pronto como se marchó y cerró la puerta. Incluso a una de esas como la colega Carlsson, que compiten tanto en individual femenino como en mixtos.

Después de exactamente un minuto volvieron a llamar a la puerta, esta vez de manera más discreta. Y justo antes de que le diera tiempo de sacar la llave para volver a abrir el cajón del escritorio.

—Entra —rugió Bäckström porque, razonablemente y a juzgar por el sonido, no era posible que Annika Carlsson se hubiera decantado por otra visita espontánea.

Peor aún, pensó cuando vio quién era. Rosita Andersson-Trygg, inspectora de la policía judicial, cincuenta años cumplidos, ninguno de los cuales había pasado desapercibido, la lluvia torrencial del departamento en persona, y por suerte le dio tiempo a sostener el teléfono en la mano.

—Tendrás que disculparme, Rosita —dijo Bäckström agitando la mano de modo disuasorio—. Mañana hablaremos de eso. Acabo de recibir una llamada importante —añadió tapando el auricular.

—¿Mañana? ¿Puedes mañana a primera hora? Se trata de algo bastante importante.

La inspectora Andersson-Trygg le dirigió una mirada suspicaz y desafiante a la vez.

—Por supuesto, por supuesto —dijo Bäckström volviendo a agitar la mano de un modo algo más desafiante esta vez y remarcándolo al ponerse el teléfono a la oreja.

Tengo que buscarme una cerradura para esa maldita puerta, pensó en cuanto desapareció la inspectora. A falta de algo mejor, volvió a encender la luz roja y, por seguridad, cogió la silla de las visitas y colocó el asiento contra la puerta para bloquear la manija antes de regresar a su sitio, sentarse y abrir el escritorio que tenía cerrado con llave.

Esta vez tendría que comportarse como un verdadero canalla, concluyó. Y además llovía. Una inconsolable llovizna de comienzos de verano que se deslizaba por las ventanas de esa oficina que era su cárcel.

¿Qué clase de vida es esta que vivimos?, pensó suspirando profundamente.

cap-10

8

La tarde del lunes 27 de mayo, Bäckström dio una conferencia para jubilados en Solna acerca de la mejor manera de protegerse contra una delincuencia cada vez más violenta. Ello sorprendió a sus colegas cuando la noticia fue corriendo por la comisaría, ya que Bäckström evitaba cualquier participación de ese tipo, y además era conocido en la institución porque, basándose en los mismos fundamentos objetivos, le desagradaban por igual los jubilados y los niños. Eran por lo general quejicas, poco fiables e incomprensibles, a la vez que exigían demasiada atención de los contribuyentes y de la gente normal. Además olían mal. Tanto los jubilados como los niños suponían un gasto innecesario, simplemente. Toda la gente con dos dedos de frente lo sabía, y Bäckström también. Sin embargo, esa vez hizo una excepción.

Un mes antes le había llamado uno de sus muchos conocidos ajenos al mundo policial. Este ejemplar de sus contactos externos era constructor y un importante propietario urbanístico del municipio, y Bäckström había tenido anteriormente oportunidad de ayudarle con problemas de distinta índole para el beneficio de ambos y, por supuesto, con total discreción.

—Pensaba invitarte a cenar, Bäckström —comenzó diciendo su conocido cuando lo llamó—. Tengo una pequeña propuesta que creo que te puede interesar.

—Suena de maravilla —dijo Bäckström, que procuraba cuidar de su liquidez personal, y solo un par de días después se vieron en la trastienda de un bar del centro para comer, beber y discutir algunos asuntos.

El constructor necesitaba ayuda con su último proyecto, que precisamente iba dirigido a los jubilados: una comunidad de propietarios con un centenar de apartamentos de lujo a nivel del mar en el Kalbergskanalen y todo eso, además de un entorno totalmente seguro que los protegería de estar expuestos a la delincuencia. Los que vivían allí tampoco eran unos jubilados cualesquiera. Como mejor se los podía describir era como unos señores de la tercera edad acomodados que repartían su tiempo entre la vela, el golf, catas de vino, conciertos, cruceros por el extranjero y largos almuerzos en la campiña toscana rodeados de sus hijos y nietos.

Aun así, Bäckström se sentía indeciso, ya que aquella descripción no se correspondía con su propia visión de un grupo demasiado amplio de ciudadanos muy viejos y deteriorados que solo suponían una carga para la gente normal y decente. ¿Qué era eso de señores acomodados? En el manual por el que él se guiaba, no eran más que un montón de viejos imbéciles y apolillados con dentaduras que castañeteaban, andadores y audífonos, envueltos en un débil pero inconfundible olor a orina. Que se quejaban constantemente de que querían recibir más dinero y otra operación de cadera, que tenían pensiones demoledoras y olvidaban a menudo sus monederos en casa. Solo a un ladrón ciego y retrasado mental se le ocurriría meterse con una víctima así.

—Si supieras lo equivocado que estás en esta ocasión, Bäckström —dijo su conocido a la vez que servía otro vodka abundante en el vaso del comisario.

—Te escucho —dijo Bäckström asintiendo y bebiéndose la mitad del contenido.

No son de jubilados comunes, repitió su anfitrión. Hablaba de cerca de cien mil ciudadanos de más de sesenta años que controlaban más de la mitad de los activos del país y que dedicaban una parte considerable de su tiempo de vigilia a preocuparse de que podían ser víctimas de delitos. Maltrato físico, robo, hurto o, simplemente, que alguien arañara la pintura de sus Mercedes, y después de sus notables aportaciones en contra de la delincuencia y de sus apariciones en los medios de comunicación, Bäckström estaba en el más alto y privilegiado puesto de sus listas de personas que podían darles un consejo sabio sobre tales cuestiones.

—Ahí es donde entras tú, Bäckström —afirmó su conocido, y lo subrayó levantando su vaso de whisky de malta de dieciocho años—. No tienes ni idea de lo popular que eres. Lo que se pretende es que los asustes lo suficiente y luego los tranquilices recalcando la importancia de una vida segura. De esa parte, de la vida segura, respondo yo. Me encargaré de que tengas un guión escrito al que puedas ajustarte, básicamente. Prometo y aseguro, Bäckström, que si alguien intenta colarse en sus terrenos solo puede ser porque tiene inclinaciones suicidas.

—Ya veo por dónde vas —dijo Bäckström—. Ya veo por dónde vas —repitió por si acaso.

Al mismo tiempo había una pega, nada despreciable por cierto. Según la normativa vigente para Bäckström, se trataba de una actividad por la que no podía percibir remuneración, y ya que él pasaba casi todo su tiempo de vigilia trabajando como policía le preocupaban las pocas horas que le quedaban para la vida privada. Lo único que el empresario solía ofrecer si aceptaba tales tareas era alguna hora de descanso compensatoria. ¿De dónde si no iba a sacar tiempo para poder meter algo así en su sobrecargada agenda?

—Me parece una locura, Bäckström —dijo su conocido guiñándole un ojo—. Realmente no pensaba exponerte a esto. Hagamos lo que hemos hecho siempre tú y yo, y respecto a lo netamente práctico tampoco tienes que preocuparte. Estamos hablando de una breve introducción de quince o veinte minutos que yo pensaba dejar que te escribiera nuestro departamento de prensa, y después otros quince minutos para las preguntas. ¿Qué te parece?

—Suena bien —dijo Bäckström, que ya veía el sobre marrón delante.

—Entonces quedamos en eso —dijo el constructor—. Así que mejor te invito a una cena cuando acabemos la tarea.

Luego se dieron la mano y brindaron por el negocio, y un mes después llegaría el momento.

cap-11

9

La conferencia tuvo lugar en la oficina central de la empresa de construcción que estaba al lado del Nationalarena en Solna, y el aroma dulce y a la vez intenso del dinero ya le había llegado cuando entró en el gran vestíbulo recubierto de mármol. El público, compuesto por un centenar de personas, se ajustaba bien a la descripción de su cliente. Las mujeres lucían faldas de cachemir, collares de perlas y coloridos pañuelos franceses de seda, mientras que sus maridos llevaban chaquetas azules, pantalones de color y zapatos con pequeñas borlas de cuero. Se besaban en la mejilla, gorjeaban y hablaban entre sí, y todos habían empezado ya a escondidas con el champán. Los camareros vestidos de chaqueta blanca que ponían la enorme mesa del bufet que estaba al fondo daban también claros indicios de que habría una continuación en la que no iban a echar en falta colas de langosta, caviar o foie gras de pato en cuanto Bäckström acabara de transmitir su mensaje. Tan pronto como lograra que vieran la verdad y la luz y, sobre todo, se dieran cuenta de la importancia de disfrutar de una vida segura y se inscribieran en las listas de suscripción para adquirir una nueva vivienda que ya estaban expuestas.

No son jubilados comunes, pensó Bäckström, y de hecho solo había dos que alteraban la imagen. Dos leyendas locales, especialmente en la comisaría donde él trabajaba. Viejos conocidos que habían aparecido en el entorno de una investigación de asesinato en la que él había trabajado unos años antes: Mario «el Padrino» Grimaldi y su viejo escudero Rolle «Stålis» Stålhammar.

El mismo Mario «el Padrino» Grimaldi que, según la rumorología de comisaría, era el propietario de la mitad del municipio, a pesar de tratarse de un notorio no contribuyente que llevaba un par de décadas encabezando la lista de objetivos más codiciados por la Oficina de Delitos Económicos. Intentos infructuosos, no obstante, porque con el Padrino Grimaldi era tan sencillo como que no había recibido ni la más mínima multa de estacionamiento durante su larga vida y hacía muchos años que habían dejado de interesarse por él, ya que, según varios certificados médicos, estaba afectado de Alzheimer y la ciencia médica aseguraba que era imposible someterlo a un interrogatorio. Teniendo en cuenta su carencia de recursos, no estaba nada claro qué tenía que hacer por allí.

A pesar de su mala salud y de su al parecer inexistente economía, no se le apreciaban signos externos de deterioro. Se le veía tan bronceado y distinguido como cualquier jefe de la mafia, con su traje negro y su camisa blanca de lino y sin la menor borla en sus relucientes zapatos negros.

—Te conozco de algo —dijo el Padrino poniendo un dedo índice de manicura perfecta en el pecho del conferenciante de la noche—. Espera, no digas nada —continuó sonriendo con unos dientes tan blancos como el lavabo del piso de Bäckström, mientras le hacía un gesto con el dedo—. ¡Ya lo sé! Beck, comisario Beck, eso es. El comisario Evert Beck. Lo sabía. Suelo ver esa serie que tienes en la tele.

Ándate con mucho cuidado, titiritero de mierda, pensó Bäckström lanzándole una mirada airada a lo Clint Eastwood.

—Me alegro de verte, Beck —prosiguió el Padrino—. ¿Cabe esperar que seamos vecinos, tú y yo? Al parecer hay algún apartamento de una habitación en la planta baja a un precio bastante asequible que tú…

—Bäckström está aquí para dar la conferencia —interrumpió Rolle Stålhammar, que era un antiguo investigador del departamento judicial de Estocolmo.

Varias veces campeón sueco de boxeo de pesos pesados, famoso por su fuerza física, lo que incluso atestiguaban los miles de matones que había metido en chirona con sus propias manos durante sus cuarenta años como oficial de policía. Rolle Stålis Stålhammar era un hombre que tenía buena reputación en ambos bandos.

Estaba jubilado desde hacía varios años. Nacido y criado en Solna, amigo de la infancia de Mario Grimaldi, que llegó a Suecia con sus padres durante la primera inmigración laboral de los años cincuenta, y desde entonces su perpetuo compañero. Además era asiduo de la pista de carreras de Solvalla, y como, según los rumores, la única explicación era que estaba sin blanca, su mejor amigo zanjó finalmente el asunto al decidir contratarlo como mayordomo. A pesar de sus pantalones vaqueros, su camisa de franela a cuadros y su chaqueta de cuero desgastado que lo diferenciaban del resto de la audiencia.

—Se te ve espabilado, Rolle —dijo Bäckström sonriendo con cordialidad—. ¿Es que has dejado de beber?

—Estoy más espabilado que nunca —asintió la leyenda local mirando a Bäckström con unos ojos que de pronto parecían tan estrechos como troneras—. Gracias por preguntar, y si te apetece un combate a tres asaltos no tienes más que decirlo. Prometo no hacerte sufrir.

Ese tipo está loco, es peligrosísimo, pensó Bäckström, y se limitó a asentir con gesto pensativo, ya que no tenía la menor intención de dejar que Rolle y sus puños como mazos se interpusieran entre él y el sobre marrón que lo esperaba a la vuelta de la esquina.

Luego llegó el momento. El responsable de prensa de la empresa y de la conferencia presentó al orador de la noche, y el público le dio la bienvenida con un largo y caluroso aplauso sin por ello sobrepasar el límite de lo excesivamente popular.

Bäckström cumplió su cometido a la perfección. Los asustó lo suficiente contándoles unos cuantos horrores diversos procedentes de su rica experi

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos