La sonrisa del lobo

Tim Leach

Fragmento

cap-1

1

El pleito empezó en invierno, cuando un muerto se levantó de la sepultura.

En las lejanas tierras donde los hombres adoran al Cristo Blanco, tengo entendido que un espíritu no es algo tan peligroso. Son criaturas sin sustancia, que tal vez lloran o aúllan, pero no pueden hacer daño a nadie. Pero en mi tierra somos guerreros incluso después de la muerte. Nuestros fantasmas no están hechos de sombras y aire, sino de carne que camina. Blanden sus armas con la misma fuerza con que lo hacían en vida, y con mayor arrojo, pues ya nada tienen que temer. Y así, desde que se supo que Hrapp Osmundsson había salido a rastras de su tumba y merodeaba por sus tierras de noche, ningún habitante del valle del Río del Salmón salía de casa después de ponerse el sol sin una buena arma al costado y un escudo en el brazo.

En vida, Hrapp había sido el terror de sus vecinos, pues siempre había codiciado sus tierras, sus mujeres y su sangre. Cuando contrajo la fiebre invernal y supo que le quedaba poco de vida, ordenó a su mujer que lo enterrase de pie bajo el umbral de la casa, para poder vigilar sus tierras incluso después de muerto.

Al cabo de poco tiempo, empezaron a correr rumores por el valle. Thord el Taimado había salido una noche a ver cómo estaban sus ovejas y lo había atacado un muerto con un hacha. Erik Haraldsson, que era más valiente que Thord, forcejeó con la criatura cuando esta se le echó encima, pero tuvo que huir a la carrera para salvar la vida, seguido de cerca por las pesadas zancadas del fantasma.

Nadie quiso comprar la granja a la viuda de Hrapp. Al contrario, los vecinos hablaban de vender sus tierras y mudarse a otro lugar, aunque en toda Islandia había pocas tierras de labranza tan preciadas como las del valle del Río del Salmón.

Por mucho que se hablara del fantasma, al principio yo no me lo acababa de creer. Pensaba que era mera cháchara de invierno, una de esas historias sin pies ni cabeza que se cuentan para pasar los largos y fríos meses de noche casi permanente, cuando los hombres hacen poca cosa más aparte de acurrucarse junto al fuego, beber hidromiel, cantar canciones, narrar cuentos y esperar a que vuelva el sol. Yo colecciono esa clase de historias, pero solo cuento las que sé que son verídicas, o por lo menos medio ciertas. Aquella de fantasmas me interesaba más bien poco.

Pero entonces, una noche, cuando estaba de visita en la granja de Olaf el Pavo Real para cambiar leche por cerveza, le oí hablar de ello; Olaf era un hombre honorable, un jefe respetado que jamás mentiría. Dijo que había visto los moratones en los brazos de Erik y que él mismo había salido en busca del fantasma. Lo encontró deambulando por los campos de Hrapp, con la antigua hacha de este en la mano. Olaf le tiró una lanza y el fantasma huyó de él.

Ojalá no me lo hubiera contado. Porque fue entonces cuando me creí la historia y empecé a contarla yo mismo.

Soy Kiarán; muchos me llaman Kiarán Sin Tierra, aunque algunos de los más mordaces me conocen como Kiarán el Desafortunado porque creen que un hombre sin tierras es el peor de los destinos.

Es verdad, no poseo propiedades o riquezas. Mi padre era esclavo; le dieron la libertad y nada más, de modo que poco pudo dejar a sus hijos. Pero tengo la voz dulce y buena memoria, y siempre he cambiado historias por comida y canciones por un techo. No soy uno de los escaldos verdaderamente grandes de este país, como Kormákur Ögmundarson o Hallfréd el Poeta Molesto, pero no temía apoyar a un amigo en un pleito cuando llevaba las de perder, nunca abusé de la hospitalidad de nadie ni tampoco perseguí a la mujer de otro (cualidades infrecuentes en un poeta, lo sé), así que me labré una buena reputación entre los habitantes de esta isla. Había cumplido veinticuatro inviernos el año en que empezó el pleito.

Había pasado aquel invierno con el hombre al que más tarde apodaron Gunnar el Ejecutor pero cuando lo conocí solo era Gunnar Karlsson, un granjero con un poco de tierra y un buen rebaño. También había pasado el verano con él, cazando focas por toda la costa y ayudándole a cuidar de sus ovejas, pues un humilde escaldo se gana el sustento con el sudor de su frente tanto o más que con la fuerza de su voz. Pero en invierno eran las historias lo que cambiaba por techo y comida. Y cuando le conté a Gunnar el cuento del fantasma, una noche de finales de invierno, él me dijo lo siguiente:

—Bien. ¿El fantasma le tiene miedo a una lanza?

No lo dijo con tono de burla o de duda. Simplemente pensaba en voz alta, centrándose en el detalle que le había parecido más importante. Que el fantasma temía el hierro y a un hombre lo bastante valiente para plantarle cara.

No dijo nada más durante un rato. Estábamos sentados ante los rescoldos de la hoguera, con su esposa dormida a sus pies y uno de sus hijos dormido a los míos. Había sido su invitado a lo largo de los muchos meses de invierno y habíamos pasado así un sinfín de veladas. Esas noches saben a agua gélida y pescado en salazón, suenan al crepitar del fuego y el silbido del viento, huelen a humo, sudor, ceniza y tierra. Casi había llegado la primavera y pronto yo partiría de allí. La temporada de contar historias ya casi había terminado; pronto sería el tiempo de la acción.

Tal vez Gunnar estuviera pensando lo mismo, porque fue entonces, después del largo silencio, cuando dijo:

—Cazaré a ese fantasma.

No debería haberme sorprendido. De joven Gunnar había sido vikingo, uno de esos hombres inquietos que tomaban cuanto se les antojaba de las tierras de los sajones, los escotos y los irlandeses. Pero se había cansado del derramamiento de sangre, de modo que había navegado hasta estas tierras y había desarmado su barco para tener madera y con ella había construido una casa. Se había convertido en granjero y la quilla de su nave había varado para siempre en las vigas del techo que teníamos encima, embarrancada y volcada para nunca más zarpar. Los días de guerrero de Gunnar habían quedado atrás, pero matar es como cualquier otro arte: una vez aprendido, no puede desaprenderse. Una vez dominado, se anhela practicarlo.

—¿Crees la historia que te ha contado Erik? —preguntó—. Nunca me ha parecido un hombre de fiar.

—No. Pero Olaf el Pavo Real no me mentiría.

Asintió.

—¿Me acompañarás?

—¿Por qué no? En el peor de los casos, será una buena historia para el invierno que viene. A lo mejor hasta una canción.

Gunnar me sonrió.

—Sí que lo será.

Muchos hombres habían salido a cazar fantasmas en el pasado, y nunca habían atrapado ninguno, porque los muertos solo se ceban en los desprevenidos y huyen de los valientes. Pero en la granja había poco que hacer. Sería una buena excusa para salir a caminar juntos de noche, pues había llegado a apreciar mucho la compañía de Gunnar. Nunca sabe mejor el hidromiel ni calienta más el fuego que después de una caminata invernal. Nos demostraríamos a nosotros mismos que éramos hombres valientes que no temían a los muertos y yo compondría una canción a partir de ello. Ahí quedaría todo.

Al final, conseguí mi canción. Además, fue una de las buenas, aunque no valía el precio que pagué por ella. Pero, eso sí, conseguí mi canción.

La soledad de la noche islandesa; ¿cómo describirla a alguien que no sea de nuestro pueblo?

No hay lugar más inanimado, más aislado, que nuestra isla en lo más oscuro de una noche de invierno. Las casas dispersas, con sus paredes de tierra y hierba, prácticamente se confunden con el suelo y se parecen más a un promontorio o un túmulo funerario que a una morada para los vivos. Nada se mueve en los campos. Los rebaños están muertos, sacrificados y en salazón para aguantar el invierno, y los escasos animales supervivientes se acurrucan en la oscuridad de los establos. Fuera, en plena noche, Gunnar y yo podríamos haber sido los únicos seres vivos en una isla vacía. No era una fantasía tan descabellada. En este lugar viven hombres y mujeres desde hace poco más de cien años y, cuando oscurece, casi puede sentirse que la tierra añora su desolación. Aquí los muertos encajan más que los vivos.

Habíamos partido aprovechando la media luz de finales de invierno, un amanecer de dos horas que se convierte en un ocaso de otras dos, sin que el sol llegue apenas a asomar por encima del horizonte. Pues ya lo dice la antigua canción: «Quien quiera cobrarse una vida, debe madrugar». Nos habíamos abierto paso entre la nieve de buen humor, con unas gruesas capas cubriéndonos la espalda y armas en las manos, cantando a coro para ahuyentar el frío. Aun así, el breve día casi moría para cuando llegamos a las tierras de Hrapp, donde el viento nos azotó y mordió como un espíritu invisible; cuando bordeamos aquel lugar, lo hicimos en silencio. Ya no estábamos de humor para canciones.

Pronto la casa de Hrapp apareció ante nosotros, acechante en la penumbra. Las paredes de tierra y hierba se encontraban en mal estado después de pasar un invierno desatendidas, pero aún salía humo de la chimenea. La esposa de Hrapp, Vigdis, vivía sola ahora en la granja. Sola, a excepción quizá de una esclava, una criada o la compañía del fantasma.

—A lo mejor todavía le prepara la cena por la noche —dijo Gunnar, mirando el humo.

—¿Crees que el fantasma puede tener hambre?

—Vamos a averiguarlo.

Empecé a reír, pero el sonido se me atragantó y murió en mi boca, porque en ese momento lo vi.

A unos cuatrocientos pasos de distancia, de espaldas a nosotros, con un andar pesado y como si sintiera el frío, un muerto caminaba por la nieve. Era imposible confundirlo con cualquier otra cosa. No era un granjero persiguiendo a un animal huido ni un amante que volviera a escondidas tras un escarceo a medianoche en el valle vecino. Llevaba un casco en la cabeza, un escudo en el brazo y un hacha, la vieja hacha de Hrapp, en la mano. Vagaba por sus antiguas tierras, en busca de hombres a los que matar.

—¿Lo ves? —preguntó Gunnar.

Al principio no respondí. No quería creerlo.

Gunnar volvió a hablar, con un tono apenas más alto que un susurro.

—¿Estoy loco? ¿Lo ves?

—Sí —contesté—. Lo veo. ¿Qué hacemos?

Gunnar no respondió con palabras. Golpeó su escudo con la espada; un sonido hueco que retumbó, como si una mano llamase a la puerta de una tumba. Entonces el fantasma se volvió hacia nosotros, aunque en la oscuridad no le distinguíamos la cara, y Gunnar lanzó su grito de guerra.

No arrancamos a correr, como tal vez hayas oído que cuentan las viejas historias. Un guerrero no malgasta sus fuerzas ni se arriesga a dar un paso en falso en la oscuridad. Avanzamos poco a poco, siempre con el pie izquierdo por delante y el escudo en posición, con los movimientos acompasados como si fuéramos un muro de dos paneles.

Un aullido desgarró la noche, el chillido del muerto que respondía a nuestro grito de guerra. Era un sonido que no se parecía a nada que yo hubiera oído nunca, pero no flaqueamos. Entonces el fantasma retrocedió unos pasos, sin duda en busca de una posición más estable, aunque daba toda la impresión de que se disponía a salir corriendo.

Ya estábamos cerca, lo bastante para ver el centelleo de sus ojos pálidos a través de la abertura del casco y el vaho de su aliento en el aire, porque al parecer los fantasmas seguían respirando como lo hacemos los vivos. El muerto nos dedicó un saludo de guerrero, al que Gunnar, tras un gruñido de sorpresa, respondió. Al ver que intercambiaban esa señal —un desafío lanzado y, luego, aceptado— dejé que Gunnar avanzase solo. Hasta un fantasma merecía ser tratado con honor.

No emitieron ningún sonido más mientras acortaban la distancia entre ellos, porque los hombres luchan como los perros: cuando juegan todo son gritos y aullidos, pero al pelear por su vida lo hacen en silencio. Tan solo se oían unas respiraciones profundas y serenas y el crujido de las botas sobre la nieve. Después, el choque del acero contra la madera.

El fantasma luchaba con una furia temeraria, y al principio obligó a Gunnar a retroceder, levantando polvo de nieve con cada paso atrás. Me recorrió un escalofrío de miedo al verlo tan apurado.

Pero había sido un necio al preocuparme. Todavía se seguirán contando historias de Gunnar dentro de cien años, porque mi amigo era un guerrero paciente que conocía su oficio. No luchaba contra el hombre, sino contra el escudo; atajaba con el umbo del suyo los ataques que recibía y contraatacaba con golpes a la madera del otro. Siempre en el mismo lado, el izquierdo, como un leñador va dando hachazos en su marca. Arrancó crujidos y chirridos del escudo del fantasma hasta que, con un fuerte revés de la espada, lo partió por la mitad.

Había llegado el momento de Gunnar. Con cada paso se desplazaba hacia la derecha, hacia la parte rota del escudo, para ensanchar la guardia del muerto. El fantasma se defendió lo mejor que pudo, pero es agotador pelear con medio escudo y tener que doblar todos los movimientos. Oía sus gemidos cada vez que rechazaba un golpe, vi que se enlentecían sus movimientos.

Entonces llegó el momento de matar: Gunnar fintó otro paso a la derecha y el escudo del muerto le siguió. Pero mi amigo quebró a la izquierda, puso horizontal la espada y lanzó una estocada por el hueco abierto en la guardia.

—¡Espera! —dijo el fantasma, y se me paró el corazón al oír su voz, una voz que conocía.

Pero ya era demasiado tarde. La espada lo había atravesado antes de que hubiera terminado de pronunciar la palabra, la nieve ya se oscurecía a sus pies.

Y fue entonces, a lo lejos, cuando oímos que una mujer empezaba a gritar.

cap-2

El asentamiento

cap-3

2

La voz parecía provenir de todas direcciones en aquella oscuridad, como si todas las mujeres que hubieran visto matar a uno de sus parientes tratasen de ahogarnos con sus gritos. Tardé un momento en divisarla: otra figura en la oscuridad, que corría hacia nosotros desde la casa de Hrapp.

La luz de la luna alumbró su cara cuando se acercó a nosotros y pude reconocerla. La que gritaba era Vigdis, la mujer de Hrapp. Y otra cosa vi bajo esa luz: que lo que había en el suelo a nuestros pies no era ningún fantasma. Lo que yacía allí era un hombre vivo con la respiración gorgoteante y entrecortada, un moribundo que se ahogaba en sangre en tierra firme.

Gunnar y yo nos quedamos inmóviles, estupefactos, mientras ella se lanzaba sobre el caído. Le quitó el casco y se colocó su cabeza sobre el regazo. El hombre llevaba la túnica de Hrapp y la cara embadurnada de blanco con leche cuajada, pero era imposible no reconocerle una vez disipada la fiebre de la batalla. Se trataba de un vecino nuestro: Erik Haraldsson, uno de los primeros que había contado historias sobre el muerto andante.

—Erik —dije.

El moribundo alzó la cabeza al oír su nombre. Intentó hablar y en sus labios se formaron burbujas de sangre, negras a la luz de la luna.

Fue tan rápida que ni siquiera la vi moverse. En un abrir y cerrar de ojos, Vigdis se había abalanzado sobre Gunnar y le agarraba la mano derecha con ambas suyas, intentando arrebatarle la espada. Y cuando él intentó apartarla con la mano libre, Vigdis le mordió entre el pulgar y el índice.

Gunnar gritó de dolor y le pegó. Ella salió despedida hacia atrás, sangrando profusamente por la nariz y con las piernas temblorosas, pero, aun así, tan combativa como cualquier joven guerrero. Sus ojos fueron a dar con el hacha que había en el suelo, y tal vez la habría recogido y luchado como una doncella escudera de las crónicas de antaño, si hubiera tenido frente a ella a uno de nosotros, en vez de a dos. Dada la situación, nos observó en silencio, mostrándonos los dientes y los ojos negros.

Me arrodillé junto a Erik. Le enseñé el cuchillo; él sollozó y arañó la nieve roja con las manos. Después asintió. Miró cómo se acercaba el cuchillo, pero en el último momento cerró los ojos y apartó la cabeza. No pudo soportar verlo.

La sangre humeó al tocar la nieve; sonó como el agua del río cuando alguien rompe el hielo en la primavera. Y aunque pensé que pelearía, se revolvería, patearía y aullaría, Vigdis renunció a cualquier resistencia en el momento en que vio clavarse el cuchillo. Se quedó quieta y callada y observó cómo el hombre moría.

Me limpié las manos frotándomelas con nieve, me puse de pie y la miré.

—¿Qué tienes tú que ver con todo esto? —le pregunté.

—Aquí fuera hace frío —dijo ella—. Acompañadme. Os lo contaré todo.

—Tenemos que enterrarle y marcar de algún modo la sepultura. Hay que contarle a su familia lo que ha sucedido.

Vigdis miró hacia las estrellas para juzgar el color del cielo y el tiempo que nos quedaba hasta que amaneciera sobre aquella escena de muerte.

—Hace frío —repitió—. Eso puede esperar.

Entonces nos dio la espalda y arrancó a caminar con cuidado por la nieve, en dirección a la casa achaparrada que se veía a lo lejos. Y nosotros fuimos tan necios que la seguimos.

Son oscuras como tumbas, las casas de los islandeses. En otras tierras es posible que se cuele algo de luz a través de la paja del techo o por algún resquicio en las paredes. Pero nuestros hogares carecen de ventanas y tienen los muros de tierra. Nos aíslan del frío invernal, pero también del sol, la luna y las estrellas. La única luz es la del fuego para cocinar, que hacia finales del invierno es poco más que unas brasas.

Vigdis nos dio pan y ese hidromiel aguado de finales de invierno que yo había llegado a odiar. Se movía de un lado a otro de la estrecha construcción, y vi que era una mujer hermosa, esbelta y con el cabello muy rubio. Más bella que a la luz del día, como descubriría más tarde, porque al sol se le veían los ojos: «ojos de ladrón», como los llama mi gente. Pero a la media luz de aquel fuego, empecé a entender qué podía llevar a los hombres a luchar y matar por ella.

Nos sentamos juntos en aquel túmulo habitado y no dijimos nada durante un rato. Si hubiera entrado algún caminante perdido, le habríamos parecido un grupo de gente como en cualquier otra casa. Familia y amigos, anfitrión e invitados. Y no lo que éramos: gente que mata.

Al final habló Gunnar. Había estado cavilando en la penumbra pero, aun así, dijo:

—No lo entiendo.

—Tu amigo, sí —replicó Vigdis, mirándome—. ¿O no?

—Sí, lo entiendo —respondí mientras alargaba las manos sobre las ascuas de la hoguera—. ¿Quién querría unas tierras por las que deambulan los muertos? ¿Quién querría de vecino a un fantasma?

—Eres listo —dijo ella—. Eso fue lo que pensamos.

—Un truco. Un truco para conseguir tierras ajenas. —Eché otro trago de hidromiel—. ¿Era tu amante antes de que muriese Hrapp?

—¿Erik?

—Sí.

—No, no lo era.

—Pero después Erik acudió a ti.

—Sí. Me sentía sola. Fue bueno conmigo.

—¿Y el plan fue idea tuya?

Vigdis negó con la cabeza.

—Era de Erik. Me dio miedo decir que no.

—No me lo creo —dijo Gunnar—. Fue un truco femenino. A Erik no se le hubiera ocurrido.

—Cree lo que quieras —le espetó ella.

Gunnar se puso de pie y levantó la mano como si fuera a pegarle otra vez. Vigdis no se asustó ni se encogió, sino que le aguantó la mirada, impertérrita, lista para encajar el golpe. Todavía tenía sangre seca en el labio y la barbilla, fruto de la bofetada anterior. Como era consciente de la clase de hombre que era Hrapp, supuse que ella sabía lo que era recibir una paliza y que ya no lo temía.

—Gunnar —dije, con un toque de advertencia en la voz.

Sonó un siseo cuando mi amigo escupió en el fuego.

—Ya basta. ¿Qué necesidad hay de hablar? Tenemos testigos de la muerte y podemos decir que ha sido un combate justo. Mañana iremos a ver a su familia, pagaremos el wergild y dejaremos asentado el asunto.

—¿Por qué vas a pagar por matar a un hombre deshonesto?

—Tiene hermanos, tíos, amigos. Les pagaré. Y lo haré generosamente. Así quedará zanjada la cuestión.

—No. —La palabra atravesó la oscuridad, pero no fui yo quien la pronunció. Vigdis esperó a que los dos nos volviéramos hacia ella para agachar la cabeza y hablar de nuevo—: Pensad en la vergüenza que me supondrá.

—¿Qué nos importa a nosotros tu vergüenza? —preguntó Gunnar.

—La mía no. La de Erik —replicó ella, y fue esa idea la que nos hizo pararnos a pensar.

Nuestras vidas son cortas en esta tierra fría y todos anhelamos dejar algo a nuestro paso. Un poco de oro para nuestros hijos e hijas pero, por encima de eso, un recuerdo honroso, que hablen de nosotros como hombres buenos. Y allí estaba Erik, haciéndose pasar por un muerto, un truco de cobarde para quedarse con las tierras de sus vecinos mediante malas artes.

—Y entonces ¿qué quieres que hagamos? —pregunté.

—Nada —dijo ella.

Vi que Gunnar se estremecía. Vi el roce del miedo en él, un hombre al que nadie llamaría cobarde. Pues un hombre puede matar y, siempre que lo diga abiertamente, siempre que pague el precio de sangre a la familia, eso no le supondrá ninguna deshonra. Pero matar y ocultarlo… nuestras leyes no contemplaban un crimen peor.

Me lo pensé, es verdad. Y también pensé en las magras posesiones de Gunnar y el precio que tendría que pagar por el hombre al que había matado. Había trabajado duro muchos años para reunir algo que dejar a sus hijos. Un pequeño pedazo de tierra, un rebaño decente, unas pocas onzas de oro y una buena espada. No era el tesoro de un rey, pero sí algo de lo que un padre podía enorgullecerse. Ahora se lo iban a arrebatar.

Pensé en lo infrecuente que era que un pleito se asentara de mutuo acuerdo con plata, por mucho que las leyes estipularan esta posibilidad, y en que los hermanos del muerto vendrían por nosotros, si dábamos a conocer las circunstancias de su muerte.

Entonces Gunnar me miró y en sus ojos vi que me pedía que decidiera.

No nos atrevimos a correr el riesgo de encender una antorcha por miedo a quién podría vernos. Y así, cavamos en la nieve y perforamos el suelo helado en la oscuridad, un trabajo esforzado y penoso que nos llevó el resto de la noche. Siempre cuesta más enterrar a un hombre que matarlo.

Cuando hubimos tapado la sepultura sin marcarla, Vigdis se acercó a nosotros con un odre de agua.

—Gracias —dijo, y nos besó las manos, nuestras manos de asesinos—. ¿No hablaréis de esto con nadie? —preguntó, y nosotros juramos que no.

Eso no le bastó, de modo que nos estrechó la mano, primero a uno y luego al otro, como si fuéramos mercaderes que hubiésemos concluido un negocio. Cuando asió la mano de Gunnar, vi que él tiraba de ella para acercarla y le susurraba una pregunta. Pero no oí ni lo que él decía ni cuál fue la respuesta de Vigdis.

Caminamos en silencio durante un rato y pensé en el hombre al que habíamos matado. Había cantado en su pequeña granja hacía dos otoños, pero no había querido pasar el invierno con él. Era un hombre bromista, y amable también, pero el suyo era un hogar sin mujer ni hijos, de modo que él siempre irradiaba cierta tristeza. Recordé una noche en la que habíamos bebido demasiado y demasiado deprisa, y le oí sollozar cuando él pensaba que yo estaba dormido. Se sentía solo, creo, y los solitarios siempre me han dado miedo.

—Esto no acabará bien —dijo Gunnar.

—Tal vez —repliqué yo. Y aunque intentamos entablar conversación muchas veces durante aquella larga caminata de vuelta, no encontramos otra cosa que decir.

 

Espera. Algo va mal.

El fuego mengua y no debemos permitir que se apague. Fuera está oscuro y sé que te vence el cansancio. Deberíamos dejar que el fuego se redujera a brasas, deberíamos tumbarnos a dormir. Pero no lo haremos. Me queda mucho por contarte esta noche. No quiero ofrecerte esta historia a trozos, como una anciana hambrienta que escatima los víveres de su mezquina despensa. Esta noche nos daremos un banquete con esta historia. Te la contaré entera.

Así pues, echa al fuego las ramas buenas. No, no las de ese montón; usa la mejor leña que tengas, no hace falta que la reserves. ¿Por qué? Ya te lo contaré, pronto lo sabrás. Pero aún no.

Eso está mejor. Ahora te veo con claridad. Me alegro de ver tu cara con esta luz. También me apena, por supuesto. Porque en una época hablé y canté en las casas de los grandes jefes, cien almas en una sala en silencio, pendientes solo de mis palabras. Nunca canté para la corte de un rey, como hacen los poetas realmente grandiosos, pero sí que se concedieron ciertos honores a mi voz. Ahora canto solo para ti.

El fuego brilla más. Y ahora te contaré otra historia. Deja que te narre cómo llegó nuestro pueblo a esta isla.

Ah, sí; pon cara de aburrimiento si quieres. Me dirás que ya la has oído muchas veces. Es verdad. Pero la escucharás otra vez, pues es una historia que nunca está de más recordar. Ninguna otra historia importa, si esta se olvida.

Ante ellos había una tierra vacía y, pisándoles los talones, un tirano; así llegaron a esta isla los primeros hombres. Así se asienta la gente en todos los nuevos países.

Cuando se reunieron en las orillas de la vieja patria, quemaron todo aquello que no pudieron cargar en los drakkares. No pensaban dejar nada al rey que los expulsaba de Noruega, el hombre al que llamaban Harald Cabellera Hermosa. Besaron la tierra y la arena, y lloraron por los hogares que no volverían a ver. La gran flota de exiliados zarpó para surcar el mar oscuro, rumbo a un lugar que solo conocían por rumores y leyendas.

No todos sobrevivieron para ver la nueva tierra. Las tormentas y los bloques de hielo a la deriva destrozaron varias naves y enviaron a muchos a alimentar a los espíritus malignos que cazan en aquellas aguas negras. Otros se perdieron en las tormentas y recalaron en países hostiles, donde les esperaba una bienvenida de hierro y un hogar a poca profundidad bajo tierra. Pero los supervivientes siguieron adelante, navegaron y dejaron atrás las costas de Escocia y las islas Orcadas y Feroe. Al final arribaron a su nuevo hogar. Tu familia y la mía.

Era una gran isla en mitad del mar frío, una tierra de orillas verdes con el corazón de hielo. Un país deshabitado, de nombre largo y difícil, pero eso fue lo que atrajo a los que iban. Era su protección vivir en una tierra que nadie más quería; un lugar que parecía inhóspito. Con un poco de habilidad, y de fortuna por parte de los dioses, sabían que allí se podía vivir. No como reyes, eso era cierto. Nunca serían hombres ricos o poderosos, sino una simple nación de granjeros que arañaban una tierra casi infértil y luchaban por mantener vivos a sus rebaños durante la larga oscuridad. Se dijeron a sí mismos que no ansiaban riqueza ni poder. Quizá algunos hasta se lo acabaron creyendo.

Cuando estuvieron cerca de la orilla, el capitán de cada nave alzó de la cubierta un objeto largo y estrecho. Lo hicieron con cuidado, como si sostuvieran en brazos a un chiquillo, mientras retiraban la manta de piel de foca para revelar el tesoro que llevaban envuelto. No era oro ni un arma, sino un simple trozo de madera. Parte de una puerta o tejado, o la columna de un sitial, algún fragmento del hogar que habían dejado atrás. Y algunos desenvolvieron un ataúd, donde reposaba un pariente que había iniciado la travesía pero no había vivido lo suficiente para ver su final.

Cada hombre lanzó su recuerdo a las olas embravecidas y lo siguió con la mirada. Algunos de los fragmentos de madera fueron derechos a la orilla, mientras que otros, arrastrados por los remolinos, fueron a parar a calas cerradas y fiordos, y aun otros encontraron una corriente que los transportó hasta alguna parte lejana de la costa. Allá donde viajaba cada una de esas varas, una nave la seguía. Allá donde alcanzaban la orilla, se instalaba una familia que levantaba una nueva casa con maderos de la antigua.

Vinieron para construir un país sin reyes ni ciudades. Un lugar donde todos los hombres fueran iguales y todos tuviesen tierra. Un lugar sin otro gobernante que el honor y la ley.

Y, por lo menos durante un tiempo, así fue.

cap-4

3

Durante el largo invierno, hasta el más rico de los islandeses maldice el día en que sus antepasados llegaron a esta tierra. Olvidan el sueño del pueblo, ese sueño de un mundo sin reyes, y solo saben que viven en un lugar oscuro y solitario. Pero cuando el sol empieza a ascender en el cielo y la nieve empieza a calentarse y fundirse, es una tierra fácil de amar. El sueño cobra fuerza una vez más, porque somos un pueblo obstinado.

Los hombres y las mujeres salen de sus casas como los osos de las cuevas donde han hibernado, y sienten la punzada del sol en los ojos como la de una espada contra la piel. Rompen el hielo de los ríos, empiezan a sembrar las primeras cosechas, sueltan a su ganado para que vaya a pastar a las altas montañas, salen a comerciar para obtener suministros y provisiones, y visitan a amigos lejanos. Y cuando viajan, las historias lo hacen con ellos.

Nadie había vuelto a ver al fantasma de Hrapp. Corrió el rumor de que lo había matado Olaf, dado que había sido el último en verlo y luchar con él. Él lo negó, pues era un hombre honorable, pero la gente tomó su sinceridad por modestia, y la historia se extendió.

En cuanto a Erik, sobre él también corrieron historias. Algunos creían que había caído al río a través del hielo, mientras que otros afirmaban que había salido en busca de unas ovejas extraviadas y se había perdido hasta sucumbir al frío. Hubo muchos que dijeron que la locura invernal se había adueñado de él, como les sucede a tantos, que se había tirado por un acantilado o se había tumbado en la nieve a esperar la muerte. Sabían que estaba solo, tal como lo había visto yo, y sabían que a un hombre se le hacía difícil aguantar el invierno sin compañía. Esperé a ver si alguien establecía una conexión entre las dos historias, entre Erik y el fantasma, pero nadie ató cabos. Hace falta una mujer para pensar así.

Un montón de armas romas a mis costados y la amoladera a mis pies; eso es lo que significa para mí el primer día de primavera. Pronto volveríamos a salir de caza y, por lo tanto, mientras Gunnar se ocupaba del rebaño, yo llevé las armas de la casa junto a la piedra de afilar.

Estaba trabajando en mi arma favorita, mi lanza, disfrutando de la sensación del sol en la cara, cuando oí que la puerta de la casa se abría de par en par. Escuché: ¿serían los pasos susurrantes de Freydis, la hija de Gunnar? ¿Los pisotones de Kari, el niño que quería que lo vieran como a un hombre y por eso imitaba los pasos pesados de sus mayores, aunque no tuviera su corpulencia? A los niños les gustaba jugar conmigo; les fascinaba mi pelo rojo y estaban convencidos de que era producto de algún truco o ilusión. Cuando las tareas diarias estaban terminadas, los perseguía a cuatro patas por toda la casa o les contaba las historias que me relataba mi padre, los viejos cuentos irlandeses de la Rama Roja y los Fianna, mientras Gunnar nos miraba, sonreía y negaba con la cabeza, y me decía que mi auténtica vocación era la de aya. A lo mejor aquel día salían a incordiarme antes de lo habitual.

No fueron los niños quienes salieron. Oí el paso firme de Dalla, la mujer de Gunnar; asomó por la esquina de la pared de tierra y me miró.

Podría haber sido una belleza sin par, morena y de piel pálida, de no haber sido por su nariz de guerrera, rota y recompuesta hacía mucho, de tal manera que le había quedado casi aplanada contra la cara; un regalo de despedida de su padre, o eso me dijo Gunnar. A decir verdad, esa nariz partida casaba con ella, porque era una mujer dura, como hecha aposta para estas tierras. Sin mediar palabra, metió un cuerno vacío en el cubo de leche que transportaba y me lo ofreció.

—Gracias —dije mientras me la bebía toda, aún tibia y espesa.

—Trabajo duro —comentó ella.

—Lo es. Cuesta más afilar una lanza que usarla, es más fácil matar una bestia que desollarla… —Dejé la frase en el aire. El proverbio tenía un final que no me apetecía pronunciar.

—Es más fácil matar a un hombre que enterrarlo —concluyó ella.

La noche en la que volvimos de cazar el fantasma, la encontramos despierta, pues regresamos al rayar el alba, dando trompicones por el cansancio y cubiertos de la suciedad de la batalla y el enterramiento. La mirada implacable de Dalla planteó la pregunta, y tal vez la habrían seguido unas palabras, pero Gunnar había estirado los brazos y la había cogido de las manos. Cerró los ojos y por un momento pensé que se deshonraría llorando, pero cuando volvió a abrirlos estaban secos. Besó a su mujer en la frente y dijo:

—Por favor, no me hagas preguntas. Todo va bien, pero no preguntes.

Ella había mirado la marca del mordisco en la mano de Gunnar, el filo embotado de su espada y las marcas en su escudo. Leyó una historia en nuestros ojos, que eran los de unos hombres extenuados tras matar a alguien, y dio la impresión de que no deseaba oírla en palabras. Dejó que nos fuéramos a dormir, envueltos en pieles sobre el suelo y, cuando despertamos, no hizo preguntas. Por su manera de actuar, hubiésemos podido fingir que lo habíamos soñado todo, que había sido una pesadilla de sangre, nieve y un malhadado pacto.

Bajé la vista y probé el filo de la lanza con el pulgar. Ya estaba bastante afilada. Levanté la siguiente arma del montón y dije:

—Me alegro de que haya acabado el invierno.

—Yo también. Pero supongo que pronto nos dejarás.

—Así es —dije. Porque pronto sería el Día del Traslado, cuando un vagabundo como yo debía encontrar un nuevo sitio al que llamar hogar.

Dalla dejó el cubo y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la casa.

—Ojalá no te fueras —dijo.

Le sonreí y le canté un viejo cuarteto:

 

El invitado parte y no alarga su estancia

por siempre en el mismo sitio:

hasta al más amado lo detestan si se demora

en el salón de otro hombre.

Después añadí:

—Da mala suerte pasar el invierno dos veces en el mismo lugar. Un invierno hace de un hombre un invitado; dos, un ladrón. Nunca he visto que saliera bien.

Dalla no respondió. En lugar de eso, bajó la mirada a las armas que yo tenía a los pies y, en concreto, a la que estaba encima del montón. La espada de Gunnar, una hoja de acero de Ulfberht que valía más que su granja, con el filo todavía mellado y embotado a causa del invierno. La levanté y empecé a afilarla contra la piedra, con el mismo cuidado con el que podría haber afinado un arpa única o sostenido en brazos a un niño.

—¿Por qué quieres que me quede? —pregunté.

Ella no apartó los ojos del filo de la espada.

—Tengo miedo.

—No hay nada que temer.

—¿De verdad?

—De verdad.

Dalla asin

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos