La tierra maldita

Juan Francisco Ferrándiz

Fragmento

prolo

Prólogo

Monasterio de Santa Afra, al norte de Girona

Llegaron al humilde monasterio en una noche de tormenta y se acurrucaron tras una losa del cementerio. A lo lejos aullaban los lobos que les seguían el rastro.

En la capilla de piedra, los cinco monjes rezaban completas y oyeron el llanto. El prior Adaldus prosiguió el cántico para conjurar las amenazas de la noche, pero el frate Rainart, ciego desde hacía años, se puso en pie y afirmó que las almas descarnadas que vagaban por los páramos no lloraban así.

Temerosos, salieron con antorchas y rodearon la modesta iglesia. Los lobos husmeaban ya las tumbas y el más grande mostró las fauces. Los monjes agitaron las antorchas para espantarlos y descubrieron a los niños tras un sepulcro. Él tendría unos siete años y ella poco más de tres. Guardaban parecido entre sí, con el cabello rubio, sucio y apelmazado. El niño abrazaba a la pequeña con gesto protector, presa de la más profunda angustia. Al ver a los monjes gimió, suplicante. La niña alzó los ojos, de un intenso azul claro, y luego miró la oscuridad por donde los lobos se habían retirado. No lloraba, a pesar de su corta edad, y eso despertó una sensación extraña en los hombres. Aquellos dos críos quizá fueran hermanos, pero sus almas eran distintas.

—¿Os han mordido? —preguntó el prior, preocupado.

Ellos negaron. La niña tenía la túnica desgarrada y parecía que le hubieran lamido la espalda. Los desconcertados monjes fueron a buscar mantas para cubrirlos con ellas. El niño aferraba un arco de tejo que, a buen seguro, no habría podido tensar. Estaban sin fuerzas, famélicos, empapados y con los pies destrozados tras una larga caminata. Sin embargo, sus túnicas, aun hechas harapos, eran de lino y se veían de buena factura. Sus miradas escondían una trágica historia; una de tantas que se sufrían en aquel sombrío territorio.

—Parece que vienen de muy lejos. ¡Están helados y muy débiles!

—Vivirán —dijo el viejo frate Rainart al tiempo que, intrigado, les palpaba la cabeza—. Dios los ha protegido y guiado hasta aquí por alguna razón. ¿Quiénes sois?

Los niños no respondieron. Tras secarlos y verlos devorar varias hogazas de pan y unos trozos de queso rancio, llegó la respuesta. Era un milagro que ellos solos hubieran llegado hasta allí desde el corazón del condado de Barcelona, a varios días de camino. La pequeña comunidad benedictina los llamó «los Nacidos de la Tierra», para ocultar que eran Isembard y Rotel, hijos de Isembard de Tenes, el último caballero de la Marca, desaparecido durante la cruenta rebelión del conde Guillem de Septimania, que se había alzado en armas en el sur del reino de Francia y usurpado Barcelona tras asesinar a su legítimo conde.

Los monjes se miraban con expresión funesta mientras Isembard balbuceaba su historia. Los peores rumores se confirmaban. La casa de Tenes, elevada a la nobleza para defender la Marca Hispánica, la frontera sur del Sacro Imperio Romano frente a los sarracenos, desaparecía envuelta en una oscura leyenda. De su castillo sobre un peñasco cerca del río Tenes sólo quedaban ruinas silenciosas, y ningún hombre osaría en mucho tiempo hender la azada o talar ni un viejo roble. El lugar había quedado maldito.

Pero los pequeños hablaron también de la presencia de horribles criaturas en los bosques y de crímenes impíos en los yermos despoblados. El frate Rainart se encogió, consciente de que la oscuridad se extendía por la desolada Marca Hispánica y no quedaba nadie para detenerla.

parte-1

tierra-0

Año 861

En la segunda mitad del siglo IX, el Sacro Imperio Romano se había dividido entre los nietos de Carlomagno y los hijos de éstos. El sueño imperial se desvanecía entre guerras fratricidas, sed de poder y miseria, al abandonarse la reforma agrícola e institucional del viejo emperador. Las grandes casas nobles acumulaban territorios a cambio de lealtad y tropas, mientras otros peligros amenazaban los confines del agónico imperio: Germania era acosada por hordas eslavas, Italia por los sarracenos, y Francia por los normandos y el emirato de Córdoba.

Tales amenazas se contenían en las marcas fronterizas gobernadas por condes que el rey nombraba para salvaguardar el territorio. Al sur de los Pirineos, dentro de la región llamada la Gotia o Septimania en tiempo de los visigodos, los condados de Barcelona, Osona, Girona, Ampurias, Cerdaña, Urgell, Pallars y Ribagorza guardaban la difusa frontera del reino de Francia frente al emirato de Córdoba. Ni Carlomagno ni sus descendientes habían logrado dominar de manera estable nuevos territorios al sur en las cuencas de los ríos Llobregat, Cardener y Segre. Era la Marca Hispánica, y justo en el límite, entre las sombras de la desolación y el luminoso Mediterráneo, resistía Barcelona: la última ciudad del imperio.

Desde que fue arrebatada al emirato de Córdoba en el año 801, Barcelona había sufrido más de siete devastadores ataques sarracenos y razias que penetraban desde el Llobregat para arrasar aldeas, cenobios y cultivos en los territorios del condado y Osona. La soberbia muralla romana de la antigua Barcino, reforzada tras la conquista, protegía a sus poco más de mil quinientos habitantes, pero la amenaza era tan grave y constante que buena parte de las casas visigodas intramuros dieron paso a huertas y campos, ante la efímera vida de los cultivos del exterior del recinto.

Los reyes y los condes sabían que abandonar la Marca Hispánica a su suerte suponía un grave peligro para el imperio, pero las guerras entre los descendientes de Carlomagno permitieron que un velo de oscuridad y olvido envolviera esa última frontera. De allí llegaban siniestras historias que estremecían a todos los habitantes del reino. Barcelona y la Marca eran un lugar terrible.

En junio del año 860, el acuerdo de paz de Coblenza hizo que los cuatro reyes carolingios, descendientes de Carlomagno, aceptaran el nuevo reparto de los reinos del Sacro Imperio Romano. Carlos el Calvo, hijo de Luis el Piadoso y su segunda esposa, retuvo Francia, y Luis el Germánico, hijo del Piadoso y su primera esposa, la Germania, al este del río Rin. Luis II, hijo del fallecido Lotario I, reinaría en Italia manteniendo el título de emperador, y Lotario II, su hermano, el territorio de Lotaringia, una amplia franja que abarcaba desde el mar del Norte hasta los Alpes.

Pipino II, hijo de Pipino I y sobrino de Luis el Piadoso, hombre de carácter inestable y siempre hostil a su tío Carlos, fue desposeído de Aquitania y se refugió en Bretaña.

Pero el equilibrio volvió a tambalearse aquel año cuando Lotario II repudió a su esposa Teutberga, de la poderosa familia de los bosónidas y amiga de Carlos el Calvo. La nobleza franca se ofendió. De nuevo el linaje carolingio se vio enfrentado, y comenzaron los movimientos de tropas, la requisa de ganado y el abandono de los campos.

En Barcelona y la Marca Hispánica se vivía un breve período de paz, pues el conde franco Humfrid de Gotia, señor de Barcelona, Girona, Ampurias y el Rosellón, había firmado en el año 857 una tregua con el valí de Zaragoza y se dedicaba a defender las costas del sur de Francia de las incursiones normandas. Con el conflicto de Teutberga, Humfrid acudió en ayuda de Carlos el Calvo y los sarracenos aprovecharon el abandono. En el año 861 Barcelona sufrió una nueva incursión que arrasó campos y arrabales. Sólo la muralla evitó el desastre absoluto.

Postrada y abandonada por su conde, con los cultivos destruidos y la actividad comercial paralizada, el vizconde y los próceres de Barcelona rogaban al rey que al menos nombrara un obispo que ocupara la sede vacante.

La función de los obispos era gobernar la diócesis y equilibrar el poder condal. Recibían parte de los tributos y contaban con su propio sello real. Era la única esperanza de Barcelona antes de que el vacío de poder y la precariedad acabaran con la aniquilación total, como había sucedido en Egara, Ausa[1] y la cercana ciudad de Ampurias, tocada ya de muerte tras el último ataque de los normandos.

tierra-1

1

Ciudad de Reims, otoño

El sacerdote Frodoí, hijo de la casa noble de Rairan en Reims, pensaba que sus veinticinco años de vida sólo habían sido una antesala para lo que estaba a punto de ocurrir y, con el estómago encogido, miraba la puerta de bronce del aula episcopal. Llevaba meses esperando una audiencia con el arzobispo Hincmar, el prelado más poderoso de la Iglesia de Francia y consejero del rey Carlos el Calvo. Frodoí conocía al arzobispo de sus tiempos como estudiante en la escuela canónica de la catedral, y ya ansiaba averiguar qué alto honor le habría dispensado la Iglesia.

La casa de Rairan había prosperado en las últimas décadas gracias a los servicios prestados a la corona. Su padre había caído en combate durante la rebelión de Pipino y su hermano mayor luchaba en Aquitania junto al rey contra los normandos. Además, habían donado unas tierras a las abadías de Notre Dame en Compiègne y en Chelles para ganarse el favor del arzobispo. Con dos años de sacerdocio el joven tenía asegurado un brillante cursus honorum en la curia eclesial. Imaginaba un obispado cerca de Reims, con privilegios y diezmos, esclavos mancipia cultivando sus campos y parroquias que le reportarían grandes rentas. Quizá incluso podría levantar una catedral como hacía el propio Hincmar, que llevaba veinte años ampliando la de Reims.

Las puertas del aula se abrieron y Frodoí dominó sus nervios. Admiró el espacio de tres bóvedas de cañón sostenidas mediante esbeltas columnas de mármol y decoradas con profusión. Las estrechas ventanas atenuaban la luz que entraba del exterior y flotaba una fina neblina de polvo. Canónigos y obispos presidían la audiencia desde las gradas, y al fondo, sentado en un trono de plata y pedrería, aguardaba Hincmar, el poderoso arzobispo de Reims, con su mitra de hilos de oro y su báculo.

Sobrecogido, Frodoí besó ceremonioso el anillo del prelado. La regia presencia de Hincmar, que superaba los cincuenta años, impresionaba. El joven desvió la mirada hacia el Cristo crucificado que presidía el aula. Lucía una corona de oro y miraba al frente con expresión vacía, como si los presentes le incomodaran.

—Hijo —dijo Hincmar—, ¿crees que nuestro Redentor sufrió en la cruz?

Frodoí se estremeció. Había destacado en aritmética y le gustaba la historia de los grandes príncipes griegos y romanos, pero las cuestiones teológicas le resultaban tediosas. Si no respondía con precisión podía incurrir en herejía, de modo que fue cauto.

—Es la humanidad la que debe sufrir si aspira a la vida eterna.

—¿Y un ministro de Dios, como lo somos nosotros, debe padecer como cualquier hombre?

Frodoí sostuvo la mirada inquisitiva de Hincmar. En medio del tenso silencio se oyó algún carraspeó en los sitiales del clero y se inquietó; algo no iba bien.

—La Iglesia está llamada a levantar el Reino de Dios, expandir su dominio y desterrar el paganismo que aún arraiga en el orbe. —A medida que hablaba se sintió más seguro, si bien la tensión no disminuyó—. Sus pastores deben guiar a nobles y reyes hacia la fidelidad y la obediencia. Si hay que sufrir para ello, Dios lo compensará.

—Eres ambicioso y tenaz, Frodoí. Me consta que ya hacías gala de esas cualidades en la escuela canónica. Pero me pregunto si eso es bueno en un hombre de fe… Tal vez deberías ser soldado.

—Es Dios quien me ha llamado —respondió Frodoí. No le gustaba el cariz de la conversación—. También la Iglesia necesita fortaleza para culminar su misión.

Hincmar asintió satisfecho. Frodoí, aliviado, se volvió con actitud desafiante hacia los obispos, todos serios. Había salido airoso de aquel interrogatorio, y tal vez el arzobispo lo favorecería por encima de otros aspirantes.

—Eres la persona adecuada —concluyó Hincmar.

Frodoí inclinó la cabeza para escuchar el honor que iba a asignarle.

—En nombre de nuestro rey Carlos, y bajo la autoridad de Fredoldo, arzobispo de Narbona, serás consagrado obispo de Barcelona. Allí ejercerás tu ministerio, terminarás la catedral que inició uno de tus predecesores, Joan, y llevarás a cabo esa misión sagrada de la que hablas con tanto fervor.

Al joven sacerdote se le aflojaron las piernas. El silencio que reinaba en el aula denotaba que el nombramiento no había sorprendido a ninguno de los miembros del clero presentes. Volvió a mirarlos de soslayo. Algunos parecían a punto de aplaudir. Recordarían con sorna aquel instante durante semanas.

—Mi señor arzobispo... ¿La Marca Hispánica? —musitó sin aliento.

Un velo negro descendió sobre su alma. Sabía que Barcelona agonizaba en el extremo sur del reino y que había sufrido numerosos ataques durante las últimas seis décadas. Recordaba en especial el que le explicó su padre, quien se vio implicado en él. En el año 843 el rey destituyó al conflictivo conde Bernat de Septimania tras años de abusos, pero éste se rebeló y acabó decapitado. En la Marca aplaudieron el nombramiento del nuevo conde, un godo nacido en aquella tierra llamado Sunifred, que quiso repoblar los baldíos para traer de nuevo la prosperidad, pero el hijo de Bernat, Guillem de Septimania, criado como rehén en la corte, ansiaba venganza. Fingió lealtad al rey y obtuvo títulos. En el año 848 usurpó los dominios situados al sur de los Pirineos que habían sido de su padre y allí dio muerte al conde Sunifred y a sus caballeros. Guillem resistió dos años, en los que su ira se desbocó, hasta que en el año 850, aliado con un general sarraceno, entró a sangre y fuego hasta el corazón de Barcelona. Luego siguió arrasando la Marca hacia Girona, hasta que allí fue detenido y ejecutado por el conde Alerán de Troyes.

Desde entonces se habían sucedido varios señores en el condado de Barcelona, pero seguía envuelto en la oscuridad y la desolación. La ciudad conservaba su sede episcopal y la ceca para acuñar moneda, aunque apenas tenía cuatrocientos fuegos. Nadie quería ir allí, y el conde actual, Humfrid de Gotia, solía permanecer alejado, junto al rey y su corte itinerante.

—Si aceptas serás mitrado y emprenderás el viaje sin demora —siguió Hincmar—. Tendrás los mismos privilegios que tus predecesores: rentas, tierras y siervos. Para la catedral que inició el obispo Joan contarás con un tercio de la moneda acuñada y otro tanto del teloneo sobre las mercaderías que lleguen tanto por tierra como por mar. Pero lo principal es erradicar el rito mozárabe en las celebraciones religiosas e imponer el misal romano. Hacen falta siervos como tú allí y no en otras partes del reino.

Frodoí se sintió como un reo condenado a muerte. El rey proponía enviarlo al lugar más peligroso y olvidado de sus dominios para pastorear a unos fideles hostiles que se consideraban abandonados por la corona franca.

—Esa tierra está maldita —dijo sin pensar.

El silencio se instaló de repente ante la réplica ofensiva. Hincmar miró con desprecio al resto de los miembros del clero.

—Ninguno de estos acomodados obispos sería capaz —afirmó—. Pero sé que tú sí. Dios me lo ha revelado. ¿Aceptas?

Consciente de que su familia no había cometido ninguna ofensa que le hiciera merecedor de tal castigo, Frodoí sospechó que casas nobles rivales habían conspirado para detener su promoción. Un grupo de prelados sonreía; algunos tan jóvenes como él ya gobernaban obispados como auténticos reyes. Todo era una treta, concluyó furioso. Un miembro de su alcurnia no se rebajaría a una diócesis en la tierra más tenebrosa del orbe, y todos sabían que la negativa cercenaría su ascenso hacia la cima de la Iglesia.

—¿Y bien?

Cuando Frodoí iba a manifestarse en contra, recordó aquello que pensaba al entrar. Toda la vida se había sentido llamado a algo importante, y reconoció que esa sensación persistía incluso tras la humillante oferta de Hincmar. No siempre los senderos del Altísimo eran rectos, se dijo, y Barcelona seguía en pie pese a todo.

—Acepto.

Las sonrisas displicentes se borraron de golpe. Frodoí miró hacia los sitiales con arrogancia; aquellos hombres jamás lo tildarían de pusilánime.

—Si es la voluntad del rey y de la Iglesia, seré el nuevo obispo de Barcelona.

Hincmar se inclinó. En sus ojos Frodoí vio orgullo a pesar de que el arzobispo trataba de disimularlo.

—¿Estás seguro? Aquélla es tierra de mártires.

Hincmar se refería a la siniestra lista de obispos y abates asesinados en la Gotia de las maneras más crueles. De hecho, nadie sabía qué le había ocurrido a su predecesor, el obispo Adolf, pero se hablaba de un cruento final. Él sólo pensaba en el desconcierto que había causado.

—¿Cuándo debo partir?

—Después de tu consagración irás a Narbona y te someterás a la autoridad del arzobispo Fredoldo. Luego viajarás a tu sede. El rebaño lleva tiempo descarriado y necesita un pastor con mano firme. Hemos sabido que ciertos clérigos rebeldes, de prácticas mozárabes, nos han arrebatado bienes. Debes recuperarlos.

Frodoí dudaba que ésos fueran los principales problemas. Sin embargo, no lo expresó en voz alta. Tras la vanidad llegaba la incertidumbre, pero Hincmar no había terminado.

—Te acompañará el joven prevere Jordi, nacido en Barcelona, que te ayudará con los difíciles godos. También irá contigo mi confesor, el benedictino Servusdei, un hombre santo, además de sabio, a quien conoces de la escuela canónica. Como experto en leyes y decretos conciliares, Servusdei te aconsejará sobre la lex y consuetudine de los godos. Será tu mejor asistente. Lo aprecio tanto que, de hecho, lamento tener que desprenderme de él.

En efecto, Frodoí había recibido lecciones magistrales de Servusdei. Lo recordaba: un anciano enjuto que rondaba los sesenta años y siempre iba ataviado con su hábito raído. Era reservado y muy religioso. Todo el clero lo consideraba el mejor maestro y confesor.

—Os lo agradezco, mi señor —dijo con sinceridad al arzobispo.

Un arcediano susurró al oído de Hincmar y éste miró al joven con pena.

—Debes saber que no hace mucho Barcelona ha sufrido un nuevo ataque de los sarracenos. No cruzaron las murallas, pero arrasaron los suburbios. Muchos habitantes han huido, y la población está diezmada. En ausencia del conde Humfrid, serás la máxima autoridad allí, con el actual vizconde Sunifred, y deberás ganarte el respeto de los godos y los hispani.

Frodoí asintió. Aun así, se recriminó el arrebato de soberbia que lo había impulsado a aceptar, pues podía ser el peor error de su vida. Deseaba salir del aula antes de que percibieran su miedo. De camino a la puerta, no obstante, se le ocurrió que su posición estaría más reforzada si viajaban otros con él, de modo que se atrevió a pedir a Hincmar:

—Arzobispo, solicito que el rey me autorice a llevar colonos y ofrecerles tierras de la Iglesia a cambio de censos. Si uno de los problemas es la despoblación, conviene aumentar el número de cristianos de rito romano.

—Lo estudiaremos —respondió el prelado, pensativo.

Hincmar había recibido fuertes presiones de varios nobles para hundir al joven sacerdote, pero sentía que Frodoí, con su talento, formaba parte de un plan divino que no entendía aún y que su marcha a la frontera no era el final. La rueda de la historia daba un nuevo giro, y con esa sensación habló de nuevo.

—Dios te quiere allí por algún motivo —dijo con voz temblorosa—. Que Nuestro Señor te guarde y conserve tu valor porque tienes razón, Frodoí: esa tierra está maldita.

tierra-2

2

Afueras de Carcasona

Elisia, de pie bajo la lluvia, se apartó los oscuros mechones de la cara con la vista fija en la tumba de su abuelo, su única familia. Tenía diecisiete años, y se había quedado sin nadie de su sangre.

La joven miraba desolada las gotas de agua caer sobre la losa sepulcral, en el pequeño cementerio junto a la ermita de Saint James. A su espalda los asistentes al entierro murmuraban apenados mientras se alejaban para permitirle despedirse del finado en soledad. Elisia lamentó no saber escribir; le habría gustado grabar su nombre en la piedra: Lambert.

Al fondo se veía la fortaleza de la ciudad envuelta en una neblina gris y debajo el intrincado suburbio que llegaba hasta la ribera del río Aude. Entre aquellas casas con muros de piedra y vigas de madera estaba su hogar, la posada de Oterio, donde había trabajado como sierva con su abuelo desde que alcanzaba a recordar. En más de una ocasión Lambert le había contado que era hija de un valeroso soldado que murió combatiendo a las órdenes del conde Berà II y, entre risas, auguraba a la pequeña un gran futuro. Sin embargo, Elisia supo al crecer que su abuelo había tejido esa fantasía sólo para ilusionar a una huérfana obligada a trabajar desde los seis años en una posada junto al puente del río.

Sus padres y sus hermanos habían muerto en un incendio en esa posada cuando ella sólo tenía dos años. El abuelo y la nieta compartían el cobertizo con otros siervos, y de niña ayudaba en todas las tareas que su edad le permitía, desde acarrear leña hasta reparar el tejado o servir las mesas. Trabajaban sin descanso, y el viejo Oterio, el posadero, los consideraba parte de su familia. Era una vida dura, pero nada les faltaba.

Elisia, a pesar de ser serva, crecía feliz en su reducido mundo. Su espíritu optimista la protegía de vivir lamentando su condición. Jamás había salido de Carcasona, pero vibraba con las historias que relataban los mercaderes y los peregrinos que recalaban en la posada. Le maravillaban los avatares y las peripecias que éstos vivían en los caminos, e imaginaba qué haría ella en tales situaciones.

Criarse en una posada le había forjado un carácter resuelto. Cuando se convirtió en una esbelta muchacha de ojos dulces y almendrados que se iluminaban al sonreír, ya sabía esquivar con elegancia las manos lascivas de los clientes y respondía con gracia a los halagos. Siempre que visitaba Saint James, ante las lápidas mohosas de su familia, daba gracias a Dios por tener a su abuelo y por contar con un techo. Era mucho más de lo que otros tenían en los suburbios de la población.

El otoño había llegado ese año de modo brusco y con él la desgracia. Dos días antes el anciano Lambert, al ver el manto de nubes oscuras, subió al tejado de la posada para atar bien la paja. Elisia, advertida por los gritos de otros sirvientes, salió de la cocina y descubrió la escalera rota en el suelo y a Lambert tendido junto a ella. Sólo pudo acunarlo con un llanto desgarrado mientras sentía la horrible mordedura de la ausencia.

A Oterio le afectó perder a su siervo predilecto y costeó su sepelio como si fuera un pariente.

Elisia notó que unos dedos se entrelazaban con los suyos ante la lápida de su abuelo y dio un respingo. Galí. Lo miró con tristeza y dejó que le calentara las manos. El joven de veinticinco años, de mirada despierta y lengua ágil, vivía en la posada desde hacía casi doce meses. Era nieto de un amigo de la familia de Oterio, según explicó el propio posadero, quien lo acogió con los brazos abiertos. Galí no era apuesto pero tenía la sonrisa fácil y una labia que encandilaba a todos. Pasaba los días ocioso en la taberna de la posada y sus galanterías habían cautivado a la joven sierva. A Lambert no le hizo gracia que su nieta se encaprichara de aquel hombre sin oficio ni tierras, con cierta fama de libertino, y así se lo hizo saber a Elisia, pero la joven se sentía fascinada por su soltura.

Dos días antes del accidente del anciano, Galí había tenido la osadía de besar a Elisia en la leñera y ella se lo había permitido, por eso ahora, solos bajo la lluvia en el cementerio de Saint James, su contacto la reconfortó.

—Lambert te prometió que nunca estarías sola. Yo me encargaré de ti.

Ella sonrió con tristeza. Las palabras de Galí siempre llegaban en el momento oportuno, y se dejó abrazar aunque no fuera adecuado. Temblaba de frío.

—Lambert cumplía sus promesas.

Sabía que el pasado de Galí era oscuro y cuajado de desgracias, como el de ella. Se crio como libre en el poblado de Vernet, en el condado de Conflent, pues Gombau, su abuelo, amigo de Oterio, administraba una explotación fiscal de viñedos en nombre del conde. En el año 848 el usurpador Guillem de Septimania ejecutó al conde Sunifred en Barcelona y persiguió a sus vasallos, Gombau entre ellos. Los soldados llegaron a Vernet, arrasaron la casa de Galí, y violaron y mataron a su madre y sus hermanas. El muchacho logró escapar con su abuelo y durante años vivieron en Ampurias. Al morir Gombau, Galí, desamparado, acudió a Carcasona en busca del refugio de Oterio.

Todos en la posada advertían a Elisia acerca de Galí, pero ella no hacía caso. Galí era un hombre libre, había visto mundo y la prefería a otras sirvientas mayores. Siempre la hacía sentirse especial con sus melosas palabras.

—¿Has pensado en lo que te dije? —le preguntó Galí.

—Barcelona está en la frontera. —Sabía bien a qué se refería y se estremeció, le dolía hablar de ello en ese momento—. Es una tierra peligrosa.

—¡Pero es ahora cuando tenemos la oportunidad de marcharnos! —Le tomó la cara entre las manos como solía hacer cuando reclamaba su atención—. Unirse a la comitiva del nuevo obispo de Barcelona es la única manera de viajar por los caminos de la Marca Hispánica. Ha prometido tierras y la protección de la Iglesia a los que se unan a él.

En la posada no se hablaba de otra cosa. El nuevo obispo, Frodoí, había llegado a Narbona y en dos semanas partiría hacia Barcelona acompañado de cuantos creyeran en sus promesas. No todos aplaudían su arriesgada iniciativa; además, algunos obispos y ciertas familias nobles rivales a su casa querían impedir que tuviera éxito.

Elisia sintió vértigo. Aún no se había enfriado el cuerpo de su abuelo y Galí la atosigaba de nuevo. Llevaba varias semanas explicándole que Gombau había escondido algo en su casa de Barcelona antes de huir. Le insistía en que tenía ante sí la oportunidad para ir a recuperarlo, y quería llevarla consigo.

—Barcelona es un lugar peligroso —repitió Elisia, sombría—. Dicen que desaparecerá.

—¡Sus murallas son más altas que las de Carcasona! —exclamó Galí con entusiasmo, sin importarle que se hallaran ante la tumba del anciano Lambert.

—Aquí no nos va mal, Galí. ¿De verdad crees que es cierto lo que tu abuelo te contó?

—Estoy seguro. ¡Si aún está allí, nuestra vida cambiaría!

—Eso es lo que me da miedo. Además, soy sierva de Oterio.

Galí le acarició el pelo y sonrió con aquel descaro que tanto la turbaba.

—Yo hablaré con él. Si te permite acompañarme, ¡dejarías de ser sierva!

Elisia suspiró. Ese día no tenía ánimos para dejarse embelesar.

—Dicen que el tal Frodoí es un noble ambicioso que aspiraba a un obispado rico y que lo han castigado. Si lleva colonos es para que trabajen sus tierras y cobrarles impuestos.

—¡Sin duda será ambicioso! Lo importante, sin embargo, es que con él podríamos viajar seguros. Confía en mí, Elisia: en Barcelona está nuestro futuro.

—¡Pero tú nunca has estado allí! Llegaste desde Vernet —objetó Elisia. Y añadió—: Me da miedo la frontera.

El rostro de Galí se oscureció. No estaba acostumbrado a tanta resistencia. No obstante, al darse cuenta se recompuso.

—Podríamos tener nuestra propia posada. ¿Te lo imaginas? Tú serías la dueña, pues todo lo compartiría contigo. ¡Tus hijos se criarían libres y sin que nada les faltara!

Apenada, Elisia acarició con suavidad la lápida de Lambert. El sensato anciano quería lo mejor para ella, y jamás habría aprobado la aventura de Galí. Ahora ya no estaba, y él insistía de nuevo. Reconoció para sí que era un bonito sueño, a pesar de todo. Acto seguido pensó que Oterio jamás la dejaría marchar ya que la consideraba demasiado valiosa para la posada, y eso la alivió.

Elisia recordó que cuando tenía doce años comenzó a interesarse por el trabajo de su abuelo, que era el cocinero de la posada. Ante los enormes fuegos, descubrió con él los condimentos, el secreto de las sopas y a identificar el punto exacto de los estofados mediante el olfato. Desarrolló una intuición especial, y Oterio supo aprovecharlo. Como ayudante de Lambert, la muchacha aprendió a ahumar pescados, salar carne y hacer embutidos. Destacó enseguida elaborando pasteles y nougat, así como confites de frutas que guardaban en grandes jarras.

Los huéspedes alababan la cocina de Oterio. Lambert y su nieta esperaban la esporádica llegada de especias exóticas y aprendían las recetas que los viajeros de tierras lejanas les explicaban, para preparárselas y hacer que se sintieran como en casa. La posada prosperó como nunca, y su fama se había extendido más allá del condado. Oterio la trataba como si fuera de su familia, y Elisia sabía que jamás le faltaría un cobijo.

En ese momento sólo quería llorar.

—A veces pienso que te irás de todos modos, Galí. —Apoyó la cabeza en su pecho—. Soy una sierva y éste será siempre mi lugar. —Se estremeció—. Tengo frío. Regresemos a la posada.

Mientras descendían la cuesta enfangada los ojos del joven se oscurecieron.

Habían pasado tres días desde que enterraron al anciano Lambert. El viejo Oterio estaba sentado en el sótano de la taberna con otros cinco hombres, todos en silencio y con expresión grave. El posadero sentía que el mundo se abría bajo sus pies. En el otro extremo del viejo tonel sobre el que había estado jugando y bebiendo vino, veía la montaña de dineros de plata que acababa de perder casi sin darse cuenta, cegado por la tensión de las apuestas. No había tenido una noche tan desastrosa en muchos años. Estaba furioso, y quiso arrojar lejos los tres dados de hueso amarillento que le habían causado tamaña pérdida.

Galí sonreía ante la pequeña fortuna que había ganado esa noche, y Oterio tuvo deseos de abalanzarse sobre él. Lo había acogido con los brazos abiertos cuando se presentó en la posada diciendo que era el nieto de Gombau, su mejor compañero durante las cuatro campañas militares al servicio del conde Oliba de Carcasona, hasta que se marchó a servir al conde Sunifred, primo del noble.

Oterio y Galí tenían la misma afición secreta al juego y visitaban las tabernas más sórdidas de Carcasona, si bien hasta ese momento no habían apostado entre ellos. Comenzaron a medianoche con un puñado de óbolos y pírricas victorias de Oterio, pero Galí lo incitó a ir más allá. Fue un error, y obcecado como estaba, no advirtió la intención del joven. Faltaba poco para que amaneciera y el posadero comprendió, aun embotado por el vino, que había perdido más de lo que tenía.

—Todos esos dineros son necesarios para la posada, Galí. Muchas familias y muchos siervos dependen de ella —dijo angustiado al tiempo que señalaba las monedas—. Por la amistad que me unía a tu abuelo te abrí las puertas de mi casa, y ahora…

—Así es el azar, Oterio —musitó inclemente Galí.

—¡Pero lo necesito! —insistió el posadero, desolado. El vino le trababa la lengua.

Galí mostró una sonrisa artera y empujó las monedas hacia Oterio.

—Ya sabes lo que quiero... Te hablé del asunto.

El posadero abrió mucho los ojos. De pronto lo comprendió todo. Por eso estaban allí esa noche. Tuvo deseos de golpearlo.

—Sabes que Elisia es para mí como una hija y que la posada no sería lo mismo sin ella. ¡Te has encaprichado y le acarrearás la desgracia! Si Lambert viviera...

—Deja al viejo en paz. Elisia es joven y bella, merece ser libre. Será una buena esposa y una buena madre.

Oterio frunció el ceño. Desde que llegó, Galí había vivido entre tabernas, juego y mujeres. Sabía que no amaba a Elisia, que sólo había visto sus cualidades. La quería para aprovecharse de ella. Esa certeza le retorcía el estómago, pero estaba en una encrucijada. Necesitaba recuperar lo perdido. Si Lambert siguiera entre ellos, jamás se habría atrevido a ceder ante la demanda de Galí. Incluso el accidente del anciano resultaba demasiado oportuno para los intereses del joven.

—Después de cuatro generaciones serás tú, Oterio, el que sufra la vergüenza de echar a perder la famosa posada del río Aude —señaló Galí con frialdad.

Había sido un golpe bajo, y todos se removieron en su asiento en silencio. Oterio vio los dineros de plata sobre el tonel. Al día siguiente no podría pagar la carne ni el forraje del establo. La posada se vería abocada a la ruina y los testigos, amigos de correrías de Galí, se encargarían de hundir su nombre en Carcasona. No podría soportar la humillación. Estaba atrapado.

—Ella no debe saberlo, sólo te pido eso —dijo Oterio con un suspiro de desolación.

—Me gustan las muchachas entusiasmadas y alegres. No busco una sierva. Vendrá por voluntad propia, sabrá lo que yo le diga y pensará lo que yo desee. Quiero partir cuanto antes hacia Narbona para alcanzar al séquito del nuevo obispo de Barcelona. —Mostró una mueca burlona—. Elisia me seguirá como esposa, con tu bendición.

—Está bien, Galí. Elisia es tuya —aceptó desesperado, con los puños crispados por la ignominia—. Espero que ardas en el infierno si no la cuidas.

Dos días más tarde Elisia miraba las mesas vacías iluminadas por la claridad grisácea de otra mañana nublada. Los hospedados no tardarían en bajar y en la cocina el fuego ya ardía con viveza. Ese instante de calma era el preferido de su abuelo Lambert. A Elisia todo le recordaba a él, y lloraba al recibir las condolencias de los parroquianos y los mercaderes que llegaban a Carcasona. Todos la apreciaban, pues durante años había cantado, reído y bailado haciéndoles las noches más agradables.

Oterio no tardó en aparecer, y ambos se sentaron a una mesa apartada. La noche anterior Galí le había propuesto que se casara con él y, para su desconcierto, el posadero había autorizado la boda. Dijo que el viejo Lambert había trabajado sesenta años sin un día de descanso y que su única nieta merecía la libertad y un buen marido. Galí, recién bañado y con una túnica nueva de buen paño, estuvo hablándole durante horas de las posibilidades que le ofrecía compartir una nueva vida con él y, poco a poco, Elisia se contagió de su entusiasmo. La posada era su mundo, pero para ella, como para cualquier servus, la libertad suponía el anhelo más deseado. Sin su abuelo, allí no le quedaba nada y acabaría casada de todos modos con otro criado.

—¿Estás segura de quererlo, Elisia? —le preguntó sin rodeos el posadero. La miraba desolado—. Y no me refiero a eso de marcharse a Barcelona.

Ella se sorprendió. La noche anterior, ante Galí, parecía conforme. Sin embargo, ahora veía algo en la mirada de Oterio que no le gustaba. Se diría que temía por ella.

—Voy a casarme con él, tú lo aprobaste.

—No me has respondido, Elisia. Tu familia ha sido sierva de la mía durante generaciones y hasta para comprarte un vestido usado necesitabas mi permiso. Lambert sólo me pidió una cosa, que no te impusiera a nadie. ¿Quieres casarte con Galí?

—A pesar de todo, es un buen hombre —respondió nerviosa—. Eso me dijiste ayer. —Bajó el rostro. No estaba convencida, era muy joven y tenía miedo, pero Galí había prometido cuidarla y darle una buena vida—. Os echaré de menos, Oterio.

El posadero también bajó el rostro, apenado. Si Elisia se hubiera negado, él habría buscado la manera de enmendar su error, pero estaba cautivada por el díscolo Galí.

—Tienes mi bendición, hija —dijo sin fuerzas.

Elisia era una muchacha espigada de rasgos dulces y cabellos oscuros que solía llevar cubiertos para que no se le apelmazaran con la grasa de los guisos. Pero lo que seducía a todos más que nada eran sus ojos, grandes, del color de la miel y con largas pestañas, que irradiaban una calidez que conmovía. Además, era despierta y alegre. Decenas de jóvenes de Carcasona de mejor posición que Galí no dudarían en cortejarla. Pero ya era tarde.

—Todos lamentaremos tu ausencia y los clientes protestarán —añadió Oterio.

—Adovira conoce nuestras recetas y tiene buena mano.

El anciano le acarició la mejilla, paternal. La niña que se subía a las mesas para cantar ante los clientes hasta que su abuelo corría para llevársela ya era casi una mujer. No veía en sus ojos el brillo tembloroso de una muchacha enamorada. Galí obnubilaba la ingenuidad juvenil con su encanto. No obstante, bien mirado, tampoco veía amor en la mayoría de las esposas, a quienes sus padres habían impuesto con quién casarse. Él, Oterio, era su señor y ella estaba en edad casadera. Seguían el orden natural. Además era lista, forjada en el trajín de una posada bulliciosa y sabía cuidarse. Pensaba todo aquello para aplacar el sentimiento de culpa. La había vendido, la había entregado para saldar una deuda.

—Primero Lambert, ahora tú… Demasiadas pérdidas. —Se le agrió el gesto—. Me estoy haciendo viejo.

Elisia no pudo contener las lágrimas. Estaba aterrada. Habría preferido casarse y seguir en Carcasona, pero Galí tenía grandes planes para ambos en la lejana Barcelona. Se aferró a cada una de sus promesas.

—Gracias, Oterio. Si puedo enviaré noticias a través de algún mercader.

—Todos aquí te añoraremos, Elisia.

—¿Y a Galí? —Le dolía que él despertara tantos recelos.

—No eres una chica ingenua. Te pareces a tu abuelo, así que no pierdas tu agudeza y obsérvalo —le advirtió Oterio emulando a Lambert. Esperó a que el escozor que sentía en la garganta le permitiera hablar y le cogió las manos. No eran las de una doncella, estaban afeadas por marcas de quemaduras y cortes mal cicatrizados. Bajo esa expresión angelical, era una joven enfortecida por el duro trabajo—. ¡Y si has de morder, muerde!

Cuando cesaron las lluvias, Oterio concedió a su sierva Elisia la libertad para abandonar la posada acompañada del orgulloso Galí. Se casaron una fría madrugada en la pequeña ermita de Saint James antes de partir con unos buhoneros de confianza que iban a Narbona, donde Frodoí esperaba a los colonos. A la convocatoria acudían también familias de otras ciudades, con poco que perder en la incierta aventura.

La boda la celebró un sacerdote que pasaba más tiempo en la taberna que en su parroquia y que lloró al ver a Elisia tan radiante con un vestido negro de paño y un velo blanco de la esposa de Oterio. Se marchaba para no regresar, y la despedida posterior en la posada fue emotiva. Los veinte sirvientes les entregaron mantas, carne salada y hogazas de pan blanco. Oterio y su familia les dieron un puñado de óbolos de plata y dos gruesas capas para soportar los rigores del duro viaje. El otoño acababa de empezar, pero el frío se dejaba sentir ya con intensidad.

Galí se pavoneaba con su habitual sonrisa seductora. Tenía lo que quería de allí. Elisia acaparó las lágrimas y recibió los abrazos más estrechos. Se habían agotado las advertencias y los argumentos para hacerles desistir de viajar a la oscura Barcelona. Sólo quedaba rogar a Dios para que los protegiera.

Cuando la bruma del amanecer se desvaneció se unieron a los carromatos que avanzaban con dificultad por el camino enfangado. Elisia y Galí los seguían a pie, y todos los congregados a la puerta de la posada vieron con nostalgia a la joven bromeando ya con dos muchachos.

—He tomado la peor decisión de mi vida —musitó Oterio sombrío. Adovira, la cocinera desde entonces, se enjugó las lágrimas y señaló:

—A donde vaya será tan querida como aquí.

La comitiva cruzó el puente de madera del río Aude, que se balanceaba peligrosamente por la crecida tras las lluvias. Elisia los saludó con la mano.

Gogo, el mejor amigo de Lambert en la posada, se acercó a Oterio. Tampoco a él lo trataba éste como a un siervo, así que le habló con franqueza:

—Desde que Galí supo de la marcha del obispo de Barcelona quería esto. No puedo dejar de pensar en lo conveniente que ha sido para él el accidente de Lambert.

Oterio se sintió ahogado por la culpa; no quería cargar también con esa sospecha.

—Sembrar la duda en Elisia sólo la habría atormentado, Gogo. Ya ha llorado bastante.

—Ella jamás se habría apartado de su abuelo, ni siquiera por Galí.

Oterio miró al viejo Gogo y se estremeció.

—Nunca conoceremos la verdad, y confío en que ella tampoco. Sé que le irá bien, Gogo. ¡Por la memoria de Lambert, así lo espero! Y aunque es poco más que una niña, Elisia sabe cuidarse. Ruego a Dios que la proteja.

tierra-3

3

Los Nacidos de la Tierra lograron sobrevivir y los monjes, hombres recios y con firmes creencias, lo interpretaron como una señal de la Providencia. Nadie apareció para buscar a los dos hermanos, y el linaje de Tenes se desvaneció como tantos otros en aquel tiempo inestable.

No era infrecuente hallar a niños solos y perdidos. De los cinco frates tres eran ancianos, y se necesitaban brazos jóvenes en el viñedo. Así pues, los criaron como siervos al servicio del monasterio. Cuando Rotel menstruara sería entregada en matrimonio a algún joven de la aldea o, si sentía la llamada de Dios, iría a un convento femenino.

Los pequeños crecieron tan unidos como los hallaron en el cementerio, y conforme crecían y superaban en altura a sus benefactores se hicieron un hueco en el corazón de los rudos monjes. Ambos tenían los cabellos rubios, pero los de Rotel eran como los rayos de sol. Y ambos tenían los ojos azules, pero los de Rotel eran más claros y penetrantes. Se parecían mucho. Pero eran distintos. El muchacho, algo mayor que Rotel, jamás reveló el recuerdo difuso de ver a su padre entrar en el castillo con una niña recién nacida envuelta en un manto. Su madre se encerró a llorar en su aposento. Era una hija bastarda del caballero Isembard de Tenes.

Isembard jugaba con espadas de madera y afinaba su puntería con el arco en sus ratos libres, pero el único adversario allí era el sopor de los prolongados rezos a los que debían asistir. Rotel, curiosa y solitaria, a veces se internaba en los bosques y volvía al anochecer sin contar nunca dónde había estado. Poco a poco, los monjes dejaron de interrogarla. Recordaban su espalda lamida por los lobos, y el viejo frate Rainart sostuvo hasta el día de su muerte que era especial, más unida a la naturaleza que a los hombres.

La niña jamás perdió ninguna cabra cuando pastoreaba siendo muy pequeña. Nunca tuvo miedo, y a veces regresaba con alguna cría de liebre, que luego cuidaba con mimo. Con todo, su espíritu indómito acabó de forjarse cuando tenía trece años y estuvo tres días perdida tras una ventisca de nieve. La encontraron en una cueva, ilesa y serena. Se cubría con una capa de pieles que los monjes parecieron reconocer y quisieron quemar, pero ella los convenció de que se la dejaran. Jamás contó lo ocurrido, si bien desde entonces sonreía y miraba el paisaje como si la naturaleza le susurrara secretos.

Rotel sangró a la edad, pero el tiempo había atemperado el celo religioso de los monjes y olvidaron que debía marcharse. Estaban alejados a una jornada de camino de la aldea más próxima, y muy pocos de sus habitantes se acercaban a Santa Afra. También eran escasos los peregrinos. Aun así, levantaron para ella una cabaña de piedra apartada del monasterio, junto a los viñedos, pues el prior Adaldus prefería evitar las habladurías. La comunidad la estimaba como a una hija; además, trabajaba sin descanso, y los frates ya no estaban en edad de sentirse tentados. La escuálida niña iba convirtiéndose en una muchacha de una belleza sobrecogedora y distante. Sólo en el monasterio se mostraba cálida, y las risas que compartía con los monjes rompían a menudo la paz de Santa Afra, para fastidio del prior Adaldus. Pero fuera del monasterio Rotel parecía inalcanzable. Todo lo contrario que su hermano, el apuesto Isembard, por quien todas las doncellas de la aldea suspiraban.

Eran dos jóvenes llenos de energía, pero la comunidad envejecía. Las duras condiciones y la frugal alimentación minaban la salud de los monjes, por eso Isembard y Rotel se hicieron cargo de los trabajos del campo, de cuidar del pequeño cenobio y de abastecer su alacena.

Todo cambió el verano del año 860, cuando una epidemia se cebó con los habitantes del valle y la muerte convocó a los monjes. Sobrevivieron el prior Adaldus y un frate llamado Remigius. Para evitar que el monasterio quedara deshabitado y las tierras pasaran a manos del conde de Girona, lo ofrecieron a otra comunidad.

Los siete nuevos monjes que se establecieron en Santa Afra también seguían la regla benedictina, si bien con el novedoso rigor que Benito de Aniano había impuesto a la orden durante el reinado de Luis el Piadoso. A su llegada no vieron con buenos ojos la presencia de Rotel. Su impureza femenina contaminaba la casa de oración. Y su belleza inalcanzable les resultaba agónica.

Sixto, entre todos ellos el más acérrimo defensor del reformismo de Benito de Aniano, fue elegido prior y las cosas cambiaron. Rotel sólo podía entrar en la capilla durante las misas, y aun así debía permanecer al fondo y cubierta. No le estaba permitido dirigirse a los monjes, y Sixto decidió que seguiría allí únicamente hasta que le encontraran un convento de mujeres o una familia en la aldea. Isembard mediaba sin éxito, pero también Santa Afra dejó de ser su hogar.

Aquel otoño del año 861, Rotel tenía quince años e Isembard diecinueve. Era el día 19 de octubre, víspera de San Simón, y el nuevo prior celebraba unas vísperas solemnes sin explicar la razón. A media tarde, la pequeña campana de la ermita del monasterio tañó con insistencia y el eco llevó el sonido a las montañas. Isembard se irguió entre las cepas y acto seguido estiró la espalda con las manos apoyadas sobre los riñones. Limpiaban la viña y quedaba mucho trabajo, pero no podían faltar al oficio o el prior se molestaría una vez más.

—¡Es la hora, Rotel! —gritó.

Su hermana apareció en el otro extremo del campo.

—No debería ir —dijo sombría cuando estuvo a su lado.

—Pues nos dejarán sin comida dos días. Ahora es así.

Asistiría la habitual gente de la aldea, y también un noble tonsurado que había llegado del condado de Barcelona, un franco al que llamaban Drogo de Borr. El frate Remigius hablaba de él con recelo. Era muy poderoso en la Marca, donde poseía tierras y algunos castillos entre Barcelona y Urgell, pero corrían ciertas historias inquietantes sobre él, incluso que tenía un harén de mujeres muy jóvenes. Se decía que estaba en el condado de Girona para esperar al nuevo obispo de Barcelona, que iba camino de su diócesis. Aspiraba a ser conde de Barcelona y quería congraciarse con él. A todos extrañaba que se hubiera detenido en el humilde cenobio de Santa Afra.

A Sixto no le importaban las habladurías del vulgo ni de sus frates. Deseaba ampliar y enriquecer el monasterio y buscaba valedores. Cuando Drogo de Borr y sus hombres pasaron por Santa Afra durante una jornada de caza, lo invitó a la celebración sin detenerse a pensar en cuán insólito resultaba que se hubiera alejado tanto de la ciudad de Girona. Sin duda era un regalo del Altísimo.

Rotel se quitó el pañuelo para airear la abundante melena rubia que cubría su espalda en suaves ondas. Isembard comprendía su temor. A pesar de que era apenas una muchacha, su belleza deslumbraba y era objeto de todas las miradas. Allí sólo la conocían los monjes y los aldeanos, pero esa tarde la descubriría un noble de mala reputación y todo podía cambiar.

—El prior Sixto no nos necesita para recabar limosna —dijo al acercarse a su hermano.

—Nos ganamos el pan y cumplimos los preceptos. Así ha sido siempre, Rotel.

—En la aldea dicen que soy la concubina de los monjes —señaló dolida.

—Sí, y que tienes ojos de hechicera —bromeó él—. No hagas caso. Nos pondremos con los siervos y los pastores, al fondo de la iglesia. Nadie se fijará en nosotros.

No parecía convencida, e Isembard la abrazó con fuerza. Siempre había cuidado de ella. Aunque los hombres de Drogo portaran espadas de hierro, se juró que no permitiría que nadie le hiciera daño.

—Adelántate, hermano —dijo Rotel—. Deja que me recoja el pelo.

Mientras Isembard se alejaba la muchacha, con la mirada puesta en el viñedo que había crecido con ellos, comenzó a trenzarse el pelo, algo que hacía cuando estaba nerviosa. No quería subir al monasterio y que Sixto la expusiera como si fuera una cabeza de ganado, pues eso era lo que el prior pretendía, estaba segura. En la aldea otras jóvenes de su edad ya se habían desposado por voluntad de sus padres, y los monjes podían hacer lo mismo con ella.

Corrió hacia el bosque y luego hasta una cueva escondida. Ni siquiera Isembard sabía que allí guardaba a la Señora, una figura de terracota de un palmo con forma de dama sentada, cubierta con un tocado en punta y con un niño en los brazos. Parecía muy antigua. La había encontrado en el abrigo donde, hacía un par de años, se había refugiado de la ventisca. Nunca la mostró a los monjes. Tal vez era la Virgen María. La halló sobre una cornisa y rodeada de flores marchitas. Ahora era ella quien se las ponía. Le hacía sentirse bien.

Era su santuario secreto. Rozó con los dedos la faz gastada de la Señora y dejó escapar una lágrima. No sentía temor, sólo frío en el alma. Algo iba a ocurrir, lo presentía.

Salió enseguida y se detuvo extrañada. El bosque estaba en silencio. Algo siseó en el suelo y una víbora se irguió a sus pies. En más de una ocasión se había topado con una serpiente, y se quedó quieta. Fue inclinándose de manera imperceptible y sin apartar la mirada de los ojos de la víbora. Intuyó el ataque y, en el momento justo, la atrapó por la cabeza.

—¿Qué haces tú aquí? El invierno se acerca y deberías esconderte, como yo.

La lanzó a unos arbustos y entonces se le erizó el vello de la nuca. A unos pasos de ella, una figura envuelta en pieles la observaba inmóvil entre los árboles. No era la primera vez que la veía en las últimas semanas. Podía ser el espectro de un muerto, como contaban los monjes para asustarlos cuando ella e Isembard eran pequeños, pero algo le decía que se trataba de un peligro aún mayor. Tras un parpadeo la figura desapareció, y Rotel dejó de contener la respiración.

Sobrecogida, corrió hacia el monasterio. Su hermano estaría ya desesperado. Prefería las miradas lascivas de los hombres que la siniestra sombra vigilante del bosque.

Los Nacidos de la Tierra no pasaron desapercibidos, al contrario de lo que Isembard le había dicho a Rotel, y la muchacha soportaba el oficio lo mejor que podía al fondo de la humilde ermita, sin ornamentos ni imágenes. Hasta que se hartó.

—Quiero irme.

—¡No! —exclamó Isembard.

Pertenecían al monasterio. A pesar de que contaban con la estima del viejo Adaldus y del frate Remigius, el prior Sixto consideraría una irreverencia que él y su hermana abandonaran la capilla.

El forcejeo llamó la atención de Sixto, quien, molesto, detuvo la plegaria eucarística. Junto a él estaba Drogo de Borr. Aunque el noble había explicado que en su juventud fue ordenado sacerdote, no participaba en las vísperas. Tenía el físico de un guerrero y una larga melena negra que le cubría también parte del rostro, anguloso y pálido. Pasaba de los cuarenta años y miraba a los presentes como un depredador de ojos oscuros que guardaban secretos inconfesables. Sobre la cota de malla lucía una sobreveste con un dragón bordado y había dejado su hacha sobre el altar, un atrevimiento que el prior obvió para no contrariarlo. Su aspecto incomodaba a los presentes y él se complacía de ello.

Al ver a Rotel sonrió ladino y se inclinó hacia uno de sus hombres para susurrarle unas palabras. La muchacha, incapaz de soportar la horrible sensación de mal presagio que la asaltó, abandonó la capilla.

El prior Sixto prosiguió la misa. Alzó el humilde cáliz de madera forrada de latón. Una copa sin duda indigna de la sangre de Cristo. En el concilio de Reims del año 803 se había declarado que debían ser de metal precioso. Santa Afra era un cenobio miserable; con una ermita y una pequeña casa de dos estancias que los propios monjes habían levantado piedra a piedra sobre una colina cedida en precario por el conde de Girona. Subsistían sin beneficios ni servi a los que cobrar el diezmo. Pero eso cambiaría, se dijo el prior, y lo primero debía ser conseguir un cáliz valioso, así como otros ornamentos. Necesitaba aprovechar la presencia de Drogo y ofrecerle algo que apreciara. De hecho, ya sospechaba que había regresado con esa intención. Tal vez había visto a Rotel en los viñedos durante su visita anterior.

Sixto nunca se había interesado por conocer el origen de los hermanos. Los cautos monjes sólo le habían contado que aparecieron una noche de tormenta y que los lobos los respetaron. Sin padres conocidos ni parientes, la bella muchacha era un regalo de Dios. Pertenecía al monasterio, como los viñedos o las cabras. Optimista, el prior prosiguió con la celebración.

Al concluir, Isembard saludó a varios conocidos de la aldea y salió a buscar a su hermana. Fue a la fuente cercana, donde solía sentarse cuando estaba preocupada, pero no la vio. Al caer la tarde los aldeanos se marcharon en comitiva. Drogo también partió con sus soldados camino de Girona. Isembard suspiró aliviado. En vista de que Rotel no aparecía, fue hasta su cabaña, por si había regresado a ella.

—¿Rotel?

Oyó su grito ahogado y, angustiado, entró sin medir el peligro. Vio a su hermana atada y amordazada en el suelo, pero antes de poder reaccionar alguien lo golpeó por detrás y la oscuridad lo engulló.

—¡Isembard! ¡Despierta!

Una voz martilleaba en su cabeza. Al abrir los ojos sintió un dolor insoportable, pero distinguió en la penumbra al viejo Adaldus.

—¡Se la han llevado! —le dijo el monje, desolado.

—¡Rotel! —La angustia invadió al muchacho—. ¿Qué ha pasado?

—El prior la ha vendido a Drogo.

—¡Pero yo lo he visto marcharse únicamente con sus hombres!

—No quiso hacerlo delante de los aldeanos. Se la ha llevado uno de sus soldados al caer la noche, con ayuda de dos de los nuestros. —Adaldus sentía vergüenza—. Que Dios nos perdone.

Aún aturdido, Isembard se incorporó presa del pánico. No había podido protegerla.

—Hermano Adaldus, ¿creéis que Drogo venía a por ella? Nunca antes nos había visitado un noble. —La angustia iba apoderándose de él.

—Puede que la viera cuando estuvo aquí con sus hombres hace unas semanas o que algún aldeano le haya hablado de ella, poco importa. Rotel es muy bella, pero también es especial, tú mejor que nadie lo sabes. Podría ser un capricho o existir otra razón...

—Debo encontrarla —afirmó Isembard. Estaba asustado, pero no la abandonaría.

Adaldus le entregó un cuchillo y una bolsa que contenía algunos óbolos de plata. Serían sus armas frente a la espada del soldado de Drogo. Desde que salió de Tenes hacía ya doce años no había vuelto a ver armas así.

—¡Habéis robado al prior Sixto!

—Sixto cree ser un instrumento de Dios, pero yo también lo soy. —Adaldus abrazó a Isembard. Quería a aquel muchacho y a su hermana como si fueran sus hijos—. Fui el prior durante décadas y ya no reconozco Santa Afra. ¡Si logras rescatarla, no volváis!

—¿Qué será de nosotros? —dijo Isembard con voz afligida. Habían servido desde niños a unos hombres dedicados a la oración. No entendía por qué Dios los castigaba así… ¿O acaso Él tenía un plan inescrutable para ellos?

Adaldus lloraba. Se sentía culpable. Cuando Rotel sangró a los trece años por primera vez él era el prior y debió entregarla a algún payés joven y decente. La joven habría tenido una vida precaria, pero ahora estaba expuesta a los caprichos de un noble de mala fama e intenciones dudosas. Volvió a abrazar a Isembard. Lo conocía bien; tenía un espíritu noble y por sus venas corría la sangre de una leyenda, pero sólo era un siervo con las manos vacías. Aun así, sabía que se arriesgaría por Rotel, y quiso insuflarle valor.

—Recuerda que eres hijo de Isembard de Tenes. Lamento no haberte hablado más de tu familia, pero lo descubrirás por tu cuenta. Ahora debes partir.

La mención a su padre le causó un profundo dolor. El caballero prometió enseñarle a manejar la espada y jamás regresó para cumplirlo. Ahora sólo sabía ocuparse de la viña y reparar los muros del viejo monasterio. La antigua herida de su alma supuraba odio y frustración.

—¿Hacia dónde han ido? —preguntó a Adaldus.

—Toma el camino de Girona. Drogo pretende encontrarse allí con el nuevo obispo de Barcelona. El mercenario que lleva a Rotel no debe de estar lejos. Si aún no se ha reunido con Drogo, tal vez puedas sorprenderlo. Pero sé cauto.

—Despedidme del frate Remigius.

—Está entreteniendo a todos con una historia tediosa. Es mejor que no te vean.

Isembard cogió la capa que Adaldus le ofrecía y se alejó como una sombra por la estrecha senda. Le dolía la cabeza a causa del golpe. Varias millas más adelante vio a dos monjes de Sixto que regresaban por el camino y se escondió tras un roble. Dedujo que el pago por su hermana había sido el espléndido cáliz de plata con perlas que admiraban a la luz de la luna. Santa Afra no tenía medios para adquirir un objeto tan valioso. Furioso, tomó una gruesa piedra del suelo, pero se contuvo de lanzársela en el último momento. En el silencio de la noche la reyerta se oiría desde lejos y podría alertar al captor de Rotel. Debía sorprenderlo si quería tener una oportunidad.

Cuando los monjes se perdieron en la oscuridad siguió adelante y no muy lejos de allí vislumbró a un jinete. Rotel, cubierta con su capa de pieles, caminaba encogida, atada a la montura con una cuerda.

La joven intuyó la presencia de su hermano y volvió el rostro. Con el gesto le pidió que esperara, pero Isembard profirió un grito y lanzó la piedra, que golpeó el casco redondeado del hombre. El jinete se contrajo, aturdido por el dolor. Isembard se abalanzó sobre él a la carrera y le hundió el cuchillo en la pierna. Estaba asustado, pero logró cortar la soga y liberar las manos de Rotel. El guerrero, repuesto del primer ataque, saltó del caballo y lo derribó de un golpe. Isembard perdió el cuchillo, y una patada en el costado lo dejó en el suelo sin aire.

—¡Tened piedad, es mi hermano! —imploró Rotel.

El hombre de Drogo pateó de nuevo a Isembard y lo hizo rodar por el sendero.

—Tienes valor, muchacho —masculló. Se acercó a él cojeando y del cinto se sacó el hacha de mano—. Pero tu hermana no puede desperdiciarse en ese miserable monasterio de Santa Afra.

Isembard, dolorido, se arrastró. Era incapaz de incorporarse. Aun así, por instinto levantó el brazo para protegerse. Esperaba que Rotel aprovechara para huir hacia el bosque.

Entonces el hombre profirió un horrible gorgoteo y el hacha se le escurrió de las manos. Miraba al frente desconcertado mientras la sangre brotaba a chorros de su garganta rajada. Se desplomó, e Isembard vio a Rotel detrás. Asía el cuchillo que él había perdido y jadeaba. Cuando se abrazaron Isembard advirtió en sus ojos un brillo inquietante. La delicada muchacha de quince años no había vacilado al degollarlo por la espalda.

—¡Venían a por mí! —dijo alterada. Trataba de excusarse ante la cara descompuesta de su hermano—. ¡El prior me ha vendido!

Desde que el soldado la había atrapado en la fuente, Rotel había sentido un pánico tan intenso como desconocido. Jamás había temido la soledad de los páramos, vagar perdida o los peligros del bosque, pero esa tarde había descubierto su terror: estar indefensa a merced de alguien. Ese pavor la había hecho reaccionar de una manera instintiva y letal. Se miró las manos ensangrentadas y se estremeció.

—Drogo ha pagado un cáliz por ti, hermana. —Isembard sentía el corazón a punto de estallarle. A pesar del dolor que notaba en el costado, ambos se encontraban bien y Rotel estaba libre. Sin embargo, una duda lo ahogaba—: ¿Te han hecho daño?

—No, ese hombre sólo me llevaba con Drogo —respondió la muchacha, y trató de sonreír para tranquilizar a Isembard—. Me ha dicho que íbamos al castillo de Tenes.

—¿El de nuestro padre? —Isembard notó una punzada de escozor. Después de tantos años, el pasado regresaba en esa noche aciaga.

Rotel asintió. Iba recuperando la calma lentamente, pero ambos navegaban en un mar de dudas. Sabían que sus vidas habían cambiado para siempre.

—El castillo es el refugio de Drogo. Creo que sabe quiénes somos. —Lo observó con sus ojos claros de mirada profunda—. ¿Qué hacemos?

—No podemos volver a Santa Afra. Y en la aldea nos delatarían. —A Isembard le vinieron a la mente las palabras de Adaldus: «Recuerda que eres hijo de Isembard de Tenes». Tenían a sus pies el cuerpo sin vida de un mercenario. Ya no debía pensar como un siervo si quería protegerla—. Los hombres de Drogo nos buscarán por los alrededores del monasterio, Rotel. En Girona habita mucha gente y pasaremos desapercibidos. Drogo no esperará que vayamos allí. Tengo unos óbolos de plata. Podríamos huir con una de las caravanas de mercaderes.

Rotel lo miró con inquietud. Jamás habían salido del monasterio. Ni siquiera sabían usar las monedas y menos negociar con mercaderes.

—¿Qué será de nosotros?

Isembard la abrazó. Sentía el mismo miedo que en su huida del castillo de Tenes cuando eran niños. Dios los ponía a prueba de nuevo, y quiso mostrarse firme.

—Nacimos de la tierra y ya vencimos a la muerte una vez. Te protegeré, Rotel.

Ella conocía bien a su hermano. Era valiente, pero la situación lo superaba. Aun así, confiaba en él.

Ocultaron el cadáver del mercenario bajo la hojarasca, espantaron a su caballo y huyeron. Su existencia en Santa Afra había terminado y no volvieron la vista. Escapaban en silencio sin saber si las peores sombras quedaban atrás o los esperaban más adelante.

tierra-4

4

Girona

La ciudad amaneció silenciosa bajo una espesa bruma que, desde del río Oñar, ascendía hasta sobrepasar las recias murallas. Los primeros mercaderes ocuparon los mejores puestos bajo el pórtico de la iglesia. Aunque tenían orden de esperar al final de la misa, querían aprovechar antes de que los colonos del nuevo obispo Frodoí partieran hacia Barcelona. Unos vociferaban sus mantas y utillajes mientras los carpinteros revisaban las ruedas y los ejes de los carros. El invierno sería crudo. Las lluvias habían dificultado el camino desde Narbona y más adelante estaba peor. Aún podían transitarse tramos de la antigua vía romana, con sus losas torcidas y sus desniveles, pero en los trozos de tierra las ruedas podían partirse si se hundían en el barro.

En el lóbrego interior de la iglesia el humo del incienso engullía el brillo de los cirios, pero disimulaba el hedor a sudor y cuero de los viajeros. La misa había concluido y el nuevo obispo de Girona, Elías, conversaba con su vicario y varios canónigos, todos ellos ancianos, mientras miraban al joven Frodoí, que rezaba arrodillado ante la cruz.

Aunque Frodoí había aceptado el mandato, la curia y la nobleza dudaban si acudiría a su sede en Barcelona. Cuando partió de Reims muchos se alegraron; un rival menos al que sólo verían en los concilios. Viajó con el monje Servusdei hasta Narbona, donde el arzobispo Fredoldo lo bendijo sin saber si su determinación era mero orgullo. Se les unió Jordi, un sacerdote barcelonés que amaba su tierra y veía al joven obispo como un enviado del Señor.

Ante la sorpresa de la corte, el rey Carlos autorizó que llevaran colonos a la Marca Hispánica para trabajar las tierras baldías propiedad del obispado, ya que tras el último ataque de ese verano se necesitaban brazos. El conde de Barcelona, Humfrid, que se hallaba con el monarca, también aceptó pues en su ausencia el obispo era la máxima autoridad junto al vizconde. La llamada se envió con mensajeros y palomas a las ciudades de la Gotia, desde los Pirineos hasta la cuenca del Ródano. Aunque la sola mención de la Marca Hispánica causaba espanto, la miseria estaba en todas partes y acudieron a Narbona casi un centenar de campesinos y artesanos, además de algún monje descarriado y guerreros tullidos. Algunos llegaron cadavéricos, cubiertos de harapos y sin nada; otros, con carros y esclavos. Sin embargo, todos buscaban una última oportunidad, aunque estuviera en el rincón más desolado del orbe cristiano. Frodoí mandó a sus clérigos crear una lista sin hacer preguntas. También para él era una nueva vida.

El obispo Elías se acercó al joven Frodoí y advirtió en su agraciado rostro una lágrima que se perdía en su barba negra, bien recortada a la moda de la corte franca.

—Desde que he llegado a la Gotia sólo oigo decir que Barcelona está condenada a desaparecer —musitó Frodoí con la voz quebrada—. ¿Será ésa la voluntad de Dios?

Elías sintió compasión por él. Tenía por delante una difícil tarea.

—Creo que la voluntad de Dios es que lo evitéis, pero no os será fácil.

Frodoí se volvió de nuevo hacia la cruz y, todavía arrodillado, se dispuso a seguir rezando. Poco después se puso en pie. El momento de flaqueza había remitido.

—Ya no hay vuelta atrás. Que Dios nos proteja.

La campana de la iglesia tañó con insistencia y el clero salió al pórtico. El arcediano colocó la lujosa mitra sobre Frodoí, quien recibió a continuación la bendición de Elías. Con el báculo en una mano, se dirigió a los presentes que aguardaban expectantes:

—¡Los que me acompañáis en este viaje sabed que Dios perdona vuestros pecados! —gritó con su habitual seguridad en el verbo—. No importan las faltas, la vergüenza o el deshonor que puedan teñir vuestro pasado. Dios contuvo el avance del infiel y el venerable Carlomagno trazó una línea, una Marca que jamás deben cruzar. Ahora nos pide que nos unamos a los que viven allí para cultivar sus campos abandonados, levantar los monasterios destruidos y fundar villas. No ignoramos que es una tierra empapada de sangre, pero he rezado y Dios me ha concedido una visión.

Elías lo miró espantado. Frodoí, ajeno a aquel gesto, abarcó la multitud con las manos.

—¡He visto cepas aplastadas por el peso de sus racimos, rebaños de mil cabezas, campos de trigo dorado hasta donde me alcanzaba la vista, y mesas colmadas de quesos, tocino y embutidos! No caminamos hacia la muerte. ¡Una tierra de leche y miel nos espera!

Los congregados ante el pórtico estallaron en vítores y alabanzas. Los niños de Girona pedían a sus padres que los llevaran con ellos. Elías se fijó en la sutil sonrisa de Frodoí.

—Necesitan fe —le dijo el joven prelado.

Cinco soldados con cota de malla y cuero, con el yelmo redondeado en la mano, se acercaron hasta Frodoí en actitud reverente. Eran miembros de la guardia personal del obispo de Barcelona y habían llegado la tarde anterior para escoltarlo hasta su destino. Frodoí saludó al capitán Oriol. Tenía veintisiete años y llevaba seis al servicio de la sede del obispado. Lo acompañaban sus mejores hombres, Duravit, Italo, Nicolás y Egil, todos veteranos. Eran menos de los que esperaba. No obstante, había que tener en cuenta que la razia sarracena del anterior verano había producido bajas, entre muertos y heridos que seguían convalecientes. El voto sagrado de todos ellos era proteger la vida del obispo. Frodoí miró los ojos nobles de Oriol y se sintió reconfortado; tenían por delante la peor etapa del viaje.

No lejos del obispo se hallaba Drogo de Borr con sus hombres, mercenarios, según le explicó Oriol. Frodoí había rechazado amablemente la oferta del noble de escoltarlo a Barcelona. El obispo, que intuía que era un intento de manipularlo para granjearse favores, alegó que tenía su propia guardia. No llegaría a su sede atado por compromisos y lealtades. Dro­go simuló aceptarlo, pero en su tensa sonrisa se advertía el agravio.

La campana tañó de nuevo. Se guardaron la mitra y los ropajes ceremoniales en un arcón. Frodoí montó en su caballo vestido con una sencilla túnica negra y portando el báculo de plata. Acompañado de su guardia, siguió al portacruces que encabezaba la comitiva, y salieron de Girona por el portal del Oñar para tomar la vía Augusta hacia el sur. Los colonos, que iban detrás del obispo, se acercaron en tropel a la puerta mientras los habitantes los despedían con un sonoro clamor.

Entre el gentío congregado ante la iglesia estaban Isembard y Rotel. Ocultos bajo sus capas observaban la partida. Llevaban un día en la ciudad deambulando angustiados, pero entre los colonos habían pasado inadvertidos, como Isembard había pronosticado. Girona era para ellos un lugar hostil y atestado; sin embargo, nadie se había fijado en ellos hasta ese momento. Según los mercaderes, el noble Drogo de Borr había mandado soldados a Santa Afra para atrapar a dos siervos que habían matado a un hombre. Ahora los forasteros se marchaban.

Las palabras de Frodoí habían impresionado a Isembard. Los monjes eran serenos y comedidos en sus pláticas, jamás había visto a nadie con ese carisma.

—Con ellos está nuestra salvación, Rotel —aseveró Isembard. Había estado sondeando a algunos colonos antes del discurso del obispo—. Necesitan brazos para el campo, y dicen que el monje que los inscribe no hace preguntas.

—¿Y Drogo? —comentó Rotel, recelosa. Veían al noble y a sus hombres frente al pórtico de la iglesia, sin moverse—. ¿No va con ellos?

—He oído contar que el obispo ha rehusado su escolta porque tiene su propia guardia.

Rotel asintió, aunque no muy convencida. Prefería la soledad a unirse a un centenar de desconocidos, pero Drogo había pagado un valioso cáliz por ella y seguiría buscándolos. En cuanto la ciudad se vaciara, se fijarían en ella y su hermano.

La muchedumbre a su alrededor se dispersó y se quedaron solos. Llamaban demasiado la atención, e Isembard tomó a Rotel de la mano y se mezclaron con los colonos que se agolpaban ante el portal del Oñar para abandonar Girona.

—¡Que nadie salga sin ser identificado! —gritó el responsable de la guardia que vigilaba la puerta—. Hay dos siervos fugitivos que podrían estar entre los colonos.

Los muchachos se miraron sobrecogidos. Drogo había tomado precauciones. Bajo el arco del portal, un clérigo joven sostenía un pergamino e identificaba a los que salían. La guardia de la ciudad obligaba a todos a descubrirse la cabeza.

—¿Qué hacemos? —demandó Rotel, agobiada entre el gentío que los empujaba.

Trataron de retroceder, pero el grupo apiñado los arrastraba hacia la puerta entre las protestas de algunos. Llegaron a la arcada y un soldado alzó la mirada con indiferencia.

—Tú —ordenó a Rotel—, descúbrete.

Ella miró impotente a su hermano. No podía negarse. Justo cuando dejaba ver sus cabellos rubios, la tinaja que portaba un hombre que estaba tras ella cayó al suelo y se hizo añicos.

—¡Maldita sea!

Un charco de aceite se esparció sobre las losas del portal. El dueño de la vasija maldecía a la joven que le había dado un empellón mientras su compañero trataba de calmarlo. Un anciano resbaló y se formó un tumulto. La culpable del estropicio, con disimulo, hizo un gesto apremiante a Rotel.

—¡Vamos! —reaccionó Isembard al tiempo que la arrastraba de la mano.

Los soldados y el monje de la lista se vieron empujados por la muchedumbre, que esquivaba el aceite derramado, y los hermanos cruzaron cabizbajos. Se alejaron del caos con los hombros encogidos, esperando que los llamaran desde la puerta, y al llegar al río se abrazaron con alivio. El obispo y su escolta a caballo ya avanzaban a cierta distancia por el camino, seguidos de las primeras familias, y siguieron adelante como los demás colonos.

—Ha faltado poco —dijo una voz jovial a su espalda.

Dieron un respingo. Les sonrió una joven con la túnica manchada de aceite. Debía de tener la edad de Isembard, su cabello era oscuro y ostentaba una mirada luminosa. A su lado, un joven con algunos años más y el pelo rojizo la miraba con cara de espanto. Isembard le devolvió la sonrisa con gratitud, y al momento lo invadió una sensación desconocida al ver los rasgos agraciados de su salvadora bajo el manto.

—¿Por qué lo has hecho? —quiso saber Rotel, recelosa.

Elisia miró a Isembard y tardó en responder. Era el muchacho más apuesto que había visto, y notó un inesperado hormigueo en el vientre.

—Trabajaba en una posada. En mi vida me he topado con muchas personas que trataban de escabullirse, y he de decir que sois los peores. Estabais tan angustiados que no he podido evitarlo. Me llamo Elisia. Él es mi esposo, Galí, y venimos de Carcasona. No os había visto antes.

Los dos hermanos se miraron en silencio. Rotel parecía ansiosa por alejarse, pero Isembard reaccionó antes.

—Somos pastores de las montañas, venimos del norte del condado —mintió con la atención puesta en Elisia. Vacilaba, pues hasta la fecha había hablado con pocas mujeres—. Mi hermana se llama Rotel. Yo soy Isembard. Estábamos en la ciudad para vender nuestros quesos y hemos decidido unirnos a los colonos que se dirigen a Barcelona.

Elisia sentía que se perdía en la mirada azul del mentiroso joven. La emocionaba la timidez con que la observaba. Era distinto a Galí. En sus pupilas azul

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos