Prólogo
Las hojas crujen bajo mis pies a medida que aparto las ramas a golpes y corro. Corro de verdad. El corazón me late con tanta fuerza que amenaza con escapárseme del pecho y dejarme atrás en cualquier momento. La lluvia es implacable y estoy empapada. Empapada hasta un punto que por lo general me fastidiaría, pero tengo tanto frío que no siento nada por debajo de la cintura. De lo que sí soy consciente es de que el cerebro me traquetea en el cráneo cada vez que uno de mis pies descalzos choca contra los helechos y de que me he enredado en las ramas de tantos árboles que llevo leña suficiente en el pelo para encender una fogata.
Cae la niebla y oigo un ruido espeluznante mientras avanzo a toda prisa envuelta en la penumbra. Los cuervos graznan y los truenos retumban. Este no es uno de esos bosques habitados por princesas y criaturas parlantes deseosas de echar una mano. Menos Blancanieves y más El Proyecto de la bruja de Blair, diría yo.
Entonces me resbalo con algo marrón y viscoso.
«Que sea una babosa, que sea una babosa, por favor, que sea una babosa —suplico, pero no me paro a analizarlo—. Tengo que llegar al claro», pienso, y noto que me palpitan las extremidades. Alcanzo el pico máximo de adrenalina y me siento como si estuviera volando, o casi. A continuación me tropiezo con la raíz de un árbol que ha quedado al descubierto y me estampo contra el suelo con un golpe sordo.
«O sea que así es como voy a morir —me digo, con la cara llena de barro—. Hasta luego, mundo, ha sido toda una aventura.»
Espero un poco, pero no sucede nada.
«¡Mierda, no estoy muerta! Eso significa que tendré que seguir corriendo...»
Una especie de instinto de supervivencia ancestral se activa en mi interior y hago acopio de fuerzas para volver a moverme. No parece que me haya roto nada (aparte de, tal vez, la nariz...), así que me las apaño para ponerme en pie. Me toco el labio y me doy cuenta de que me sale sangre, de un rojo intenso. Pero ahora mismo no importa, y sigo avanzando hacia la luz parpadeante.
—¡Aaah!
Oigo una voz a lo lejos y redoblo mis esfuerzos antes de que me llegue otro berrido.
—¡Aaah!
Continúo tambaleándome hasta que el dosel de ramas verdes comienza a perder densidad y la luz motea la alfombra de hojas. Agradezco el calor que emiten las antorchas y mi ropa empieza a desprender vaho.
—¿Hola? —Llevo doce horas sin hablar y no tengo del todo claro si recordaré cómo se hace. Lo intento de nuevo, con la voz espesa como una papilla—. ¿Hay alguien ahí?
Estiro los brazos para expandir el pecho y grito.
—¡Aaah!
Dos mujeres embarradas y de aspecto salvaje emergen de detrás del follaje y me devuelven el chillido.
—¡Aaah!
Una es baja, fornida y tiene el pelo oscuro. La otra es alta, ofensivamente joven y con pinta de modelo; luce una melena brillante de color caramelo que parece resplandecer, a pesar del barro.
Nos miramos a los ojos y lo entendemos de inmediato: pase lo que pase a continuación, la vida nunca será la misma. Tras unos segundos de gritos guturales, una tercera figura aparece cojeando en escena. Es una mujer rubia, mayor que nosotras, con el pelo cardado por los arbustos y la piel de color caoba.
Emite un gruñido tenue antes de dejarse caer de culo en el suelo y aferrarse las rodillas para calmarse.
—Ay, Dios, un calambre... —Se agarra una pantorrilla y resuella para que le llegue más aire a los pulmones—. Necesito...
Temo que esté a punto de decir «atención médica» y que recurran a mí para que haga algo, pero luego balbucea «ginebra» y oímos un aplauso lento.
Un hombre con el torso ancho y fuerte, vestido con tan solo unos pantalones afganos, desciende con habilidad de un árbol. Se balancea por las ramas con gracia simiesca y luego cruza el claro a grandes zancadas. Lleva el pelo recogido en un moño y se recoloca un desacertado colgante en forma de anzuelo.
«Gilipollas.»
Hace mucho que desconfío de los hombres con moño, los meto en la misma categoría que las mujeres que llevan bandana y se quejan mucho.
—Buena carrera, vikingas —dice Don Moño con un leve acento—. Vale, ¿quién se siente fenomenal?
Me tiemblan las piernas como a un perro al cagar, estoy casi segura de que me está dando un ataque al corazón, y un hormigueo extraño se me extiende por todo el cuerpo desde el cuero cabelludo.
Decido no responder.
—¡Uy, tienes insectos en el pelo! —me suelta la más joven con pinta de modelo muy amablemente—. ¡Uf, una araña! ¡Cree que tu pelo es una telaraña!
—Genial. Gracias.
—¡Quiero oíros rugir! —exige el hombre semidesnudo.
Tres de nosotras lo miramos como si estuviéramos a punto de meterle una paliza, pero la delatora-de-arañas con pinta de modelo obedece.
—¡Aaah! —vocifera llena de júbilo.
—¡Venga, las demás! —Don Moño se acerca tanto a mí que casi me toca la cara y grita—: ¡Aaah!
Me limpio las babas de la mejilla.
—¡Saboread la libertad!
«¿Se supone que la “libertad” sabe a barro y a caballa en escabeche?»
—¡Entrad en contacto con el bosque ancestral!
«Con lo único que quiero entrar en contacto ahora mismo es con una ducha caliente... —pienso cuando bajo la vista y me veo la ropa manchada, los miembros magullados y las rodillas ensangrentadas—. ¿Cómo he terminado aquí? Antes la vida era tan... limpia. Tan ordenada. Tan... libre de insectos —reflexiono mientras me rasco la cabeza—. Y sin embargo...»
Desvío la mirada hacia la mujer más baja, la del pelo castaño rastrillado hacia atrás, la que conozco de toda la vida. Se encamina hacia mí con los ojos entornados; los hoyuelos que se le marcan delatan lo que está disfrutando con esto. Con las mejillas sonrojadas y los puños cerrados, abre la boca y emite un bramido primitivo. Un bramido primitivo contenido durante treinta y cinco años. Un bramido tan intenso que incluso retrocedo un poco y dedico unos segundos a recuperar la calma antes de reunir la fuerza necesaria para devolverle el grito. Pero la reúno. Toda. Y expulso de mis pulmones hasta el menor resquicio de tensión, miedo y dolor de los últimos días, y de los últimos años, en un largo grito de guerra.
—¡AAAH!
Don Moño parece impresionado.
—Eso es, ¡desquiciaos, entregaos al berserking! [1]
Seguimos hasta que nos convertimos en las dos últimas personas que continúan gritando.
«Puede que no tenga su capacidad pulmonar, pero yo he dado a luz. Dos veces. Ni de coña pienso dejar que me gane a berrear...»
Su rugido se transforma en un gruñido y luego en un balbuceo; los hombros se le mueven arriba y abajo mientras sacude los brazos, exhausta.
Pero yo sigo.
Con más rugidos dentro de mí de lo que jamás habría creído posible, con casi cuatro décadas de desquiciamiento a las que dar rienda suelta, aúllo:
—¡AAAH!
Mientras grito hacia el bosque vacío, mi visión periférica comienza a nublarse.
—¡AAAH!
Noto que empieza a darme vueltas la cabeza y de pronto tengo la sensación de que me han arrancado la parte superior del cráneo como si fuera la cáscara de un huevo cocido.
—¡AAAH!
Y entonces floto. Asciendo, subo cada vez más, me elevo sin parar hasta que veo a nuestro grupo desde lo alto. Los árboles se convierten en manchas. Las personas, en hormigas. Y al final... se me doblan las rodillas y mi cabeza impacta contra el suelo con un golpe seco.
Todo está negro.
Y pierdo el conocimiento.
1
Tres semanas antes...
—Se escribe R-A-Y. «Ray.»
Una mujer estrepitosamente aburrida se rasca la parte superior de la cabeza con un bolígrafo mientras expongo mi caso y los tubos fluorescentes de la luz emiten un zumbido. Los «zapatos elegantes» me hacen daño y noto que me vibra el móvil en el bolsillo (cosa nada desagradable); cada nuevo temblor me recuerda que es posible que me esté perdiendo mensajes importantes mientras desperdicio nada más y nada menos que segundos en esta conversación.
—¿Me lo repite? —La mujer suspira.
Así que le explico el problema de nuevo y me fijo en que, cuanto más hablo, más vidriosos se le van poniendo los ojos.
—Aquí pone «Rayo». —Agito el rectángulo plastificado para ilustrar mis palabras—. Y yo me llamo Alice Ray.
—¿No es «Rayo»?
—No.
—Ah... —Se rasca otra vez y luego inspecciona la punta del bolígrafo para ver si ha desenterrado algún tesoro—. ¿Y no podría dejarlo estar?
—¿Quiere que me pase dos días dando vueltas por ahí con una acreditación donde pone «Alice Rayo»?
—¿Sí?
—¿En un congreso que se llama «Cómo lograr una sonrisa radiante»?
—¿No?
—No.
La mujer cambia de postura en la silla de plástico y acto seguido, sin mirarme, tiende un brazo hacia mí.
—Gracias. —Le entrego la tarjeta y suavizo el tono—. No quiero causar problemas, pero estas personas son mis colegas, mis compañeros de profesión, y participo en una charla...
Se me va apagando la voz cuando la veo sacar un rotulador permanente de un táper. Le quita el capuchón con los dientes y tacha la letra «o». A continuación agrega un :)
«¿En serio? ¿Así es como vamos a solucionar esto?»
—¿No podría darme una nueva?
Me lanza una mirada tan cargada de odio que me siento como repelida por un campo de fuerza. Me aparto a regañadientes, pero no sin antes contraatacar con una expresión mortífera que espero que transmita «estás en mi lista mental de “Gilipollas integrales” que merecen pisar charcos y que les cierren las puertas en las narices». Se rasca la cabeza otra vez. «Y coger liendres.»
—¡Siguiente! —ladra, y así me despacha.
Tenemos un rato libre antes de la mesa redonda, y me he jurado que haría un esfuerzo y me relacionaría con los demás en lugar de quedarme mirando con ansia la mesa de las galletas sin azúcar mientras me chuto palitos de zanahoria y carísimas barritas proteicas recomendadas por la dieta paleo, como he hecho todos los años.
«Debería hacer contactos —me digo—; debería sonreír a la gente y parecer “accesible”.» No es que tenga miedo de interactuar con otros seres humanos... es solo que...
—Uy, hola.
«Uf, mierda.»
—¿Alice?
Un hombre con gafas bizquea hacia la acreditación, que ahora me roza los pechos, y recuerdo la razón n.º 142 de que odie los congresos: algún bromista se encarga de que la tarjeta con el nombre quede siempre oportunamente colgada a la altura de las mamas. Esto proporciona a los PSC («pervertidos sexuales de congreso», razón n.º 141) la excusa perfecta para quedarse mirando como las vacas al tren y, de vez en cuando, para manosearte (razón n.º 143[2]). Ahora Don Gafas lleva a cabo una especie de sentadilla extraña y dobla las rodillas para que sus ojos queden a la altura de mis copas A antes de levantar la cabeza con expresión inquisitiva—. Alice... ¿Rayo?
—Es «Ray».
—¡Eso! ¡Sí! ¡Nos conocimos la última vez! —Tiende una mano para que se la estreche.
—¡Ah, sí, ya me acuerdo! —No me acuerdo.
Tras uno de esos apretones de manos que duran unos cinco minutos, empieza a hablarme del nuevo hilo dental que está promocionando su empresa («¡La NASA ha desarrollado nuestra “Seda Espacial”! ¡Es el futuro de los filamentos higiénicos!»). Asiento de forma educada justo antes de notar que me tiembla el teléfono en el bolsillo y de interpretarlo como mi señal para escapar.
—Lo siento mucho, ¿me disculpas? Tengo que cogerlo, y está a punto de empezar mi sesión.
En realidad, «¿Cómo resolver un problema como la cirugía del conducto radicular mayor?» no comienza hasta dentro de media hora, pero hay un número limitado de galletas ricas en aspartamo que una mujer puede no comerse. Además, soy una apestada social atrapada en el cuerpo de una dentista.
—¿Te quedarás después? Corrían rumores de que habían traído a Malala para el discurso inaugural, pero acabo de ver al mago que tuvimos el año pasado, así que es posible que nos toque Hay-un-agujero-en-mi-sombrero 2.0...
El tubo fluorescente situado justo encima de mi cabeza parpadea, y la mera idea de pasar otras veinticuatro horas en un lugar desprovisto por completo de luz natural y donde los delegados sobreviven a base de alimentos procesados y chistes de odontología me agota. Prometo intentar asistir a su charla «El retorno de la placa» y me voy. He perdido la llamada, pero no pasa nada. Hablar por teléfono me gusta tan poco como el palique en la vida real.
No siempre he sido así. Pero desde hace un tiempo estoy exhausta. Es como si hubiera invertido toda mi «agradabilidad» en la clínica y en la educación de mis hijos, hasta agotar todas las reservas. Ese es el efecto que pueden tener casi ocho años de crianza y quince luchando contra el sarro desde el frente de la odontología. «Por no hablar de la cadena perpetua del matrimonio...»
—Perdone —digo al hombre grueso con un bigote ya sudoroso que vigila la entrada al santuario que hay detrás del escenario, donde, según me han asegurado, se encuentran la intimidad, la conexión wifi y «el café bueno»—, ¿puedo entrar?
—Esto es solo para los que tienen pases VIP, señora —me contesta.
«Ay, madre, ahora soy una “señora”, ¿no? Le ha faltado decirme que se me ha “pasado el arroz”...»
—Tengo una acreditación azul especial... —La agito ante él, esperanzada.
—¿Rayo? —Frunce el ceño y luego se concentra en un iPad que toquetea con los dedos rechonchos—. No tengo ninguna «Rayo» en la lista...
—Es «Ray».
—Pone «Rayo».
—Lo sé, lo sé. Pero es «Ray».
—¿Está segura?
—Estoy bastante segura.
Lanza una mirada larga e intensa a mi pecho, supongo que para verificarlo, y a continuación se hace a un lado para dejarme pasar al sanctasanctórum. Capto un fuerte olor a sándwiches y a las feromonas de otros «expertos» que están llevando a cabo diversos rituales para superar los próximos noventa minutos.
Una mujer pasa a mi lado taconeando, maquillada de arriba abajo con gran precisión y vestida con unos pantalones tan ajustados que lo más probable es que acaben necesitando un gotero de zumo de arándano.
—¿Tú eres...? —pregunta, e intenta arrugar el entrecejo rellenado con bótox, pero termina por señalar mi acreditación.
—Es un error tipográfico. Soy Alice Ray. ¡Hola!
—¡Ah! Estupendo. Estás en la mesa redonda que modero. —Aplaude, aunque sus dedos no se tocan.
«Qué tía más rara...»
—Oh, genial.
«Di algo más —me animo—, di algo. Rápido. “Charla” como la gente normal...»
—Esto... —Intento que se me ocurra algo—. ¿Eso de ahí son pastitas?
«¡Y he vuelto a conseguirlo! Cómo cautivo a la gente con mi encanto natural y mi conversación...»
—Eh, sí, creo. ¡Sírvete!
—Gracias.
No lo haré. Preferiría comerme el plato en el que las sirven, antes que meterme una pastita en la boca.
Verás, al menos de manera oficial, no como azúcar. Ni pan. Ni patatas. Ni pasta. Ni arroz. Ni lácteos. Ni grasas trans. Ni grasas saturadas. Ni carne. Puede que nuestros caninos fueran diseñados para arrancar la carne de los huesos de los animales, pero yo me he enfrentado a suficientes cavidades orales para que el hedor de la carne podrida atrapada entre los dientes me repela de por vida. Sin embargo, no paro de leer que eso podría estar volviendo mi intestino perezoso, y no tengo tiempo de ser perezosa. En ningún sentido. Por supuesto, cometo alguna que otra irregularidad esporádica. Como el mes pasado, con la hamburguesa de queso... pero fue al amparo de la oscuridad, y los niños no estaban conmigo. «Y si te lo comes en el coche, sin que nadie te vea, no cuenta. Eso lo sabe todo el mundo.» Así es como me gustan mis menús: con guarnición de remordimientos.
—De nada. Bueno, ha sido estupendo conocerte —dice Pantalones Ajustados sacándome de mi ensueño.
—Estupendo —respondo con un asentimiento.
La mujer inclina la cabeza hacia un lado, frunce los labios y me mira como si fuera un gato callejero que acaba de arrastrar algo muerto hasta su casa.
—Y buena suerte, ¿vale? Todavía nos quedan quince minutos de «El irrigador dental es un estilo de vida», y luego habrá un descanso para ir al baño antes de tu sesión. —Me da unas palmaditas en el brazo y se aleja con andares de tijera.
—Estupendo... —repito mientras busco con la mirada el rincón más tranquilo y oscuro, donde no tenga que interactuar con nadie.
Me embuto entre una cortina negra y una pared, y veo al editor de Dentistry Magazine cortando el aire como un karateca para concentrarse mientras una higienista famosa a la que he visto en This Morning, el programa de actualidad de la mañana, da saltos en un trampolín elástico. Los conferenciantes de «Nuevas tendencias en cuidados sinusales» abandonan el escenario adyacente, y un «terapeuta oral alternativo» abre la boca y echa la cabeza hacia atrás como un pajarillo para que su minúscula ayudante (¿una niña?, ¿su esposa?, ¿una niña-esposa?) le administre con una pipeta algún potingue mágico.
«Un día cualquiera en el trabajo», pienso con la cabeza gacha, deseando que mis compañeros mantengan las distancias. Pero en realidad es un honor. «Un privilegio —me recuerdo—. Represento a la clínica, además de hablar en nombre de los odontólogos de base que están al pie del cañón del cuidado bucal.» Que me invitaran supuso un triunfo. A esto iban encaminados todos mis esfuerzos: tantas horas extras y tanto presentarme voluntaria para asistir a formaciones y asumir más responsabilidades. «Por fin están tomándome en serio en mi campo», me digo.
Entonces empieza a sonar el tema musical de Frozen.
No reacciono de inmediato, ya que el juego de mi hija «ponerle un tono de llamada distinto cada día a mamá» implica que no tenga claro si soy yo quien tiene a Elsa cantando a todo volumen (la semana pasada fue Little Mix, la última banda juvenil de moda). Pero entonces el editor deja de luchar contra el aire y el hombre pajarillo de la pipeta se me queda mirando y me doy cuenta de que la única persona de la que puede provenir el sonido es... de mí.
«Joder...»
Busco el móvil y le despego una pasa aplastada antes de contestar.
—¿Hola?
—Hola —repite una voz que me recuerda a la de Ígor, el burro triste de Winnie the Pooh, al otro lado de la línea—. Soy solo yo.
Siempre es «solo yo».
—Hola. Mi sesión está a punto de empezar; la verdad es que ahora no puedo hablar. ¿Va todo bien?
—Sí. Solo quería saber cuándo vuelves...
—Volveré mañana, en cuanto pueda. Tal como estaba previsto...
—Es que los trenes...
—He reservado billete... —«Por increíble que parezca, soy capaz de organizarme la vida...»
—... se han cancelado.
—Ah.
—Han puesto autobuses para sustituirlos. Lo he visto en las noticias locales, después de un reportaje sobre las restricciones de aparcamiento en Brent. —No vivimos ni por asomo cerca de Brent, pero a mi marido le gusta tener el televisor encendido A TODAS HORAS, no vaya a ser que se pierda algo «importante de verdad». Seguro que relacionado con el aparcamiento—. Así que, bueno —continúa—, es mejor que te traiga alguien...
—Me las arreglaré. Gracias.
—Siempre puedes llamar a...
—Sí, sé que podría llamarla. Pero preferiría no hacerlo.
Se refiere a Melissa. Una mujer que por lo general no tiene una gran influencia en mi vida, pero que vive, cosas de la ley de Murphy, en esta ciudad. No tengo ninguna intención de llamar a Melissa. Hace meses que apenas hablamos y lo último que me apetecerá después de dos días en un congreso de odontología es un análisis en profundidad de las razones a las que podría deberse. O peor aún, tener que fingir interés en su última obsesión. O teoría de la conspiración. O adquisición animal.
Greg suspira con fuerza y después se ofrece a regañadientes.
—A ver, también podría ir yo...
—No, no, no hace falta.
—De acuerdo, si lo tienes claro... —responde demasiado rápido y con tono aliviado.
—Sí. Oye, tengo que dejarte. Aquí hay gente en camas elásticas; creo que yo también debería estar preparándome de alguna manera.
—Vale...
—Sí, vale. Bueno... adiós.
—¿No quieres saber cómo están los ni...?
Pantalones Ajustados viene hacia mí con una pelota antiestrés en la mano y una sonrisa forzada en la cara. Da unos golpecitos a su reloj para meterme prisa.
—Tengo que dejarte...
Estoy a punto de presionar el icono rojo del teléfono para «Finalizar llamada» con «Greg Móvil» cuando oigo un apresurado «Los niños están bien, gracias por preguntar». Y luego cuelga.
«Mierda... Soy UNA PERSONA HORRIBLE.»
Los quiero. Claro que LOS quiero. «Aunque no me hayan dejado dormir hasta más tarde de las cinco y media de la mañana desde 2009...»
Añado mi propio nombre a la lista «Gilipollas integrales» y siento unas ansias abrumadoras de rascarme la cabeza. «Como la señora Me Pica Todo me haya pegado los piojos... —pienso—. Bueno, es el karma.» Pero Pantalones Ajustados ya me está enseñando todos sus enormes dientes, intenta levantar las cejas en una expresión de «¿vamos?» y me arrastra hacia fuera. Y empezamos.
Debe señalarse, para que conste, que una mesa redonda sobre la cirugía del conducto radicular es tan divertida como parece.
Cuando termina, cuesta decidir quién se siente más aliviado: si el público o los participantes.
—Estupendo... —Pantalones Ajustados parece tensa ahora que está intentando salvar a la higienista famosa del editor de Dentistry Magazine y caminar de una manera que no la parta por la mitad—. ¿Qué, comemos?
Algo sudorosa, hace un gesto en dirección a varios platos llenos de pasteles y sándwiches muy bien ordenados. La zona posterior del escenario está mal ventilada y, a pesar de la falta de ventanas, una alarmante cantidad de moscas se concentra ahora encima de un plato de magdalenas marcados como «¡Respetuosos con tus dientes! ». La higienista aparta un insecto a manotazos al mismo tiempo que una camarera del catering aplasta varios más con una cuchara y los quita del plato antes de que nadie se dé cuenta, o eso cree ella.
Yo me he dado cuenta.
Aquí no hay nada que pueda comer. O más bien que vaya a permitirme comer. Así que no como. Y es un error. Porque lo que hago entonces es beber. Y no tardo en descubrir que, tras un par de copas, el vino blanco tibio que nos están sirviendo no sabe tan mal. Una mujer con demasiada laca me entrega un vaso rosa con la leyenda «¡Los dentistas molan!» colgado de un cordón que puedo ponerme alrededor del cuello. Las jarras de cerveza, más grandes y con una cinta masculina, están reservadas, supongo, para los participantes varones, no vaya a ser que a mí me rompan la frágil boca femenina. Pero me da igual. «¡Porque ahora tengo VINO a mano en todo momento! Ni siquiera “a mano” —pienso, encantada con la novedad—, ¡manos libres!»
Esto consigue que el seminario «Adiós, sarro cruel» sea mucho más interesante, y ni siquiera el mago de Hay-un-agujero-en-mi-sombrero me parece tan cutre estando parcialmente borracha («En serio, ¿cómo hace eso con las palomas?»). La ceremonia de entrega de premios («¡la cúspide del año odontológico!») también me resulta menos dolorosa de lo habitual y comienzo a jugar al bingo de los clichés bebiendo cada vez que alguien dice «subir el listón», «reconocer la excelencia» o «dar un ciento diez por ciento...». «Es igual que ese programa The Apprentice —me maravillo—, aunque aquí todo el mundo tiene el pelo ligerísimamente apagado.»
Poco después, un reconfortante manto de niebla desciende sobre mí y me envuelve de tal manera que mis sentidos se atenúan y me noto más lenta —más suave, incluso— de lo normal.
«Aaah, alcohol —pienso con cariño—. Hola, viejo amigo...»
Soy mucho más sociable cuando estoy borracha. Pero tras unos cuantos intercambios agradables (para mi sorpresa) con la higienista famosa y una mujer que dirige una clínica en Peckham, me topo con un hombre que parece que ha pasado muchas vacaciones en un camping y otro que sin duda lleva maquillaje (y es posible que rímel). Don Rímel procede a ponerme una mano en el codo y me dice que es coach de vida.
—Estoy especializado en visualización prequirúrgica —insiste entusiasmado el cantante de Duran Duran moderno y derretido—. ¡Cierra los ojos y te lo enseño!
Como soy demasiado complaciente y socialmente torpe, y además estoy borracha, lo hago.
«Cuando los abra —rezo para mis adentros—, por favor, que no te hayas sacado el pene.» Después de unas cuantas sandeces acerca de la «respiración pélvica», entreabro los ojos y, por suerte, veo que todavía tiene el miembro escondido bajo unos pantalones que parecen de algún material inflamable, pero me asusto al ver la marca de una alianza de boda. Esto sucede mucho en los eventos empresariales: en cuanto se ponen la acreditación, se quitan la alianza.
Con educación, rechazo la propuesta del cantante de Duran Duran de irnos por ahí a tomar unos cócteles, pero entonces farfulla algo sobre que las dentistas son «muy sexies».
«Santo Dios...»
Esto es: a) asqueroso; b) una afrenta condescendiente a mis principios feministas; y c) asqueroso. Porque nadie que supere los veinticinco años debería usar nunca la palabra «sexy». Jamás.
Repaso mi inventario mental de excusas para largarme a la velocidad del cabezal de un cepillo eléctrico, pero mi mente no es capaz de funcionar tan rápido tras cinco copas de vino manos libres, así que cuando un hombre alto y guapo con unos dientes magníficos interviene y sugiere que pasemos todos a la sala de al lado, «a la discoteca», obedezco.
—Ufff, gracias —susurro tambaleándome un pelín a pesar de mis arduos esfuerzos por caminar en línea recta—. Me has librado de otra demostración de sus habilidades como hipnotista. Y de que me haga de coach de vida. Y de su truco para hacer desaparecer alianzas de boda...
Míster Dientes hace una broma acerca de «tener que estar atentos al lobby de los swingers» en estos eventos y yo me río, siempre impresionada cuando los guapos además son divertidos, como si ellos no tuvieran que serlo. «Ya tienen muchas ventajas de las que los demás carecemos. Y unos. Dientes. Preciosos...»
Bajo la influencia del alcohol, lo veo borroso, luego se multiplica por dos y se entrecruza consigo mismo antes de volver a convertirse en una extraña especie de ilusión óptica inducida por el syrah. Esto convierte lo de caminar en un desafío aún mayor, pero, de alguna manera, lo conseguimos.
En la «sala de fiestas» está sonando Roxy Music (no en vivo, que conste; el presupuesto en odontología no da para tanto...), y es más o menos a estas alturas de los acontecimientos cuando mi copa de syrah comienza a susurrarme en tono conspiratorio.
Syrah: «Eh, ¡oye, tú! ¿No estaría bien lanzarse y darlo todo en la pista de baile? ¿Mover un rato el esqueleto?»
Yo: «No. Lárgate. Estás borracha...»
Syrah, interrumpiendo: «No, ¡TÚ estás borracha! Confía en mí: bailas muy bien...»
Yo: «No. Debo mantener el control. En todo momento. Es lo que se me da bien. Junto con esconderme en el baño en las reuniones sociales.»
Syrah: «¡Bah! Esa era la antigua tú. ¡La aburrida que trabaja a todas horas, está estresada y hace semanas que no sonríe! ¡Esta es la versión nueva y DIVERTIDA!»
Yo: «NO pienso bailar...»
Syrah: «¡Y una mierda que no!» (Menuda boca tiene mi copa de syrah.)
Me siento amodorrada y confusa, y la música está alta. Así que, en realidad, todo lo que sucede a partir de este momento es culpa de Bryan Ferry (y del vino. ¿He mencionado el vino?). Pero lo que *creo* que ocurre es esto:
1) Míster Dientes me coge de la mano y nos trasladamos al lado de la pista.
2) Me rellenan el vaso manos libres que llevo colgado del cuello y Míster Dientes incluso me procura una pajita con el fin de que lo único que tenga que hacer para darle al syrah sea bajar la barbilla y chupar (por decirlo de alguna manera...). Por supuesto, esto significa que me bebo todo el vino hasta que Míster Dientes se ofrece a volver a llenarme la copa. Acepto, agradecida, y sigo bebiendo. Esto continúa, en modo repetición, hasta que me siento anestesiada. «¿Aún tengo dedos en los pies? —me pregunto de una manera un tanto abstracta—. Hace al menos media hora que no los siento...»
3) Un montón de odontólogos más inunda la sala hasta que todos quedamos aplastados unos contra otros.
4) Y luego... Y luego...
Estoy mirando desde arriba a una mujer que lleva el mismo traje de chaqueta y falda de Zara de hace diez años que yo y el mismo peinado de hace diez años que yo, y tiene la misma risa nerviosa con la que yo me he pasado la última década experimentando (alerta de spoiler: soy yo) y le estoy gritando: ¡ESTÁS A PUNTO DE BESAR A UN HOMBRE QUE DEFINITIVAMENTE NO ES TU MARIDO! ¡PARA! ¡PARA AHORA MISMO! ¡ES UNA VERDAD ABSOLUTA, INCONTROVERTIBLE, QUE ESE NO ES EL PADRE DE TUS HIJOS! ¡CESA Y DESISTE!
Pero no lo hace.
Durante unos veinte segundos, no sé cómo me siento al respecto. «¿Cómo debería sentirme? ¿Horrorizada? ¿Culpable? Debería sentirme culpable alrededor de ya mismo. ¿No? ¿No debería estar apartándome de él y alejándome a la carrera hecha un mar de lágrimas? Eso es lo que pasaría en una comedia romántica de Richard Curtis, ¿no? ¡Rápido! Que alguien lo compruebe...»
Pero estoy cansada. Muy cansada. Y es tan impropio de mí... Porque, a ver, ¿quién quiere que le toque ese papel, el de la mujer casada y madre de dos hijos que besuquea a extraños mientras escucha a Bryan Ferry en un congreso de odontología justo al lado de la M42?
Entonces recuerdo todas las broncas acumulativas que Greg y yo hemos tenido a lo largo de la última década: broncas sobre quién hace más (yo...) y si el otro miembro de la pareja lo agradece o no (Greg no lo agradece...). Y pienso: «¿Eso es todo?». ¿Es así como serán las cosas? ¿Durante los próximos dieciocho años... o más? Con los precios de la vivienda, la incertidumbre financiera y los niños viviendo en casa la tira de años... («¡Yo te maldigo, economía!»). Después de lo cual podemos esperar con ilusión un futuro mirándonos con fijeza en silencio, preguntándonos de qué hablar y contando las horas que quedan para irnos a dormir. Le prometí que estaría con él hasta que la muerte nos separase. Pero es que hoy en día la gente vive una eternidad, ¿no?
Casi estoy viendo a un enviado sobre cada uno de mis hombros intentando convencerme:
Ángel bueno (una rubia en miniatura con un vestido metálico. Para que nos entendamos, Kylie): «No puedes separarte... ¡acabas de reformar el baño! Tienes contratada una ampliación para la próxima primavera; tienes dos hijos maravillosos... ¡y no quieres ser “la mujer que puso fin a su matrimonio en un congreso de odontología”!»
Ángel menos bueno (alias Syrah): «Greg-puej... De lo que de verdad tienes ganas es de que alguien te suba la falda y te folle hasta hacerte perder el sentido. Y hace bastante tiempo que eso no pasa. Por lo menos desde antes del Brexit...»
Y luego... nada.
Me despierto en el Premier Inn del centro de convenciones, desnuda salvo por la acreditación de «Alice Rayo», encima de un edredón de hotel con manchas de origen sospechoso. Parece que estoy sola. Y los artículos de aseo dispuestos por colores y en perfecta simetría sobre la mesita de noche confirman que estoy en mi habitación. Aun así... la cosa no pinta bien.
Me siento dolorida y hecha un trapo, y apenas puedo levantar la cabeza de lo que me pesa. Por eso tengo que apoyarme en los codos y luego ejecutar una especie de voltereta para llegar al borde de la cama y sentarme. La habitación da una vuelta de 360 grados, así que decido que es mejor que me tome las cosas con calma y me deslizo desde el canapé hasta el suelo. Noto un regusto acre en la boca y un ligero tufo a autodesprecio rancio que emana de hasta el último de mis poros. Me arrastro hasta el baño, me echo agua en la cara y alzo la vista hacia una mujer cuya boca se ha convertido en una línea recta y fina, que tiene el cutis igual que la sopa de guisantes y el pelo seco y desgreñado como una fregona. Está delgada de puro agotamiento —se le marcan claramente las costillas—, pero flácida a la altura de la cintura debido a que lleva desde 2009 sin tener tiempo para hacer ejercicio. Y puede que también por los atracones nocturnos de azúcar y hamburguesas. Sus ojos son dos pequeñas rendijas rojas, y tiene lo que las revistas llaman «cara de vino».
—No quiero tener nunca esa cara de cansada —digo en voz alta, y la bruja del espejo me devuelve las palabras.
«Aaah...»
No reconozco este nuevo reflejo. O, mejor dicho, no quiero reconocerlo. Pero tengo la sensación de que mi mente está deshilachada. Hecha jirones, incluso. Me obligo a respirar despacio y a tratar de contener las arcadas cuando el aire se estanca a mi alrededor. Abro el grifo de la ducha y doy a tope el agua caliente, hasta que el vapor empaña el cristal reflectante y me salva de mí misma. Luego me quito la acreditación, ahora adherida a mi pecho pegajoso, maldigo la progresiva celulitis de mis muslos y me froto, fuerte, con una manopla de hotel que ha visto épocas mejores.
«Lavarse sienta bien —pienso—. Muy bien. Debería lavarme más...» Ojalá pudiera limpiarme también por dentro, pero al menos me aseguro de dar un repaso minucioso a todas las superficies disponibles, y después me froto con ganas la boca de besucona infiel que tanto me traicionó anoche con un cepillo de dientes de cortesía, recién sacado de la caja y de cerdas firmes. Esto me provoca una ligera náusea, pero llego a la conclusión de que vale la pena con tal de tener una boca (más) limpia.
Y entonces llega la culpa.
Me cae encima a plomo: primero me aplasta el pecho y a continuación desciende hacia el estómago, hasta que pienso que tal vez no sería mala idea dejar que se me doblen las rodillas y tumbarme de nuevo en el frío suelo de baldosas del baño del hotel.
Charlotte y Thomas.
Siete y cinco.
Se ríen. Tienen los ojos hinchados por el sueño de primera hora de la mañana. Bajan las escaleras en tropel, con las batas aleteando tras ellos. Desayunan huevos pasados por agua y tostadas. Se frotan la cara con una toalla hasta que les queda rosada y resplandeciente. O, calculo, si todo va según el horario previsto, a estas alturas deben de oler un poquito a menta tras dos minutos lavándose los dientes con el cepillo eléctrico que les regalaron en Navidad. Los echo de menos. Y la idea de que tal vez haya hecho algo que podría causarles algún daño se me clava como una espina. Porque, por muchos problemas que tengamos Greg y yo, él es su padre. Así que voy a tener que llevarme bien con él. De alguna manera. Mejor.
Era más fácil cuando Greg trabajaba. Tenía algo por lo que levantarse por las mañanas. Se esforzaba, se afeitaba y de vez en cuando se planchaba las camisas. Se suponía que lo de quedarse en casa iba a ser solo temporal. «Hasta que encuentre otra cosa», dijo. Así que asumí más responsabilidades en la clínica y empecé a trabajar más horas. Me ascendieron, y mi nuevo puesto conllevaba el «honor» de hablar alguna que otra vez en eventos como este. Greg dijo que él se encargaría de los niños y aprovecharía la oportunidad para empezar su Guía seminal de Stonehenge, un proyecto que al parecer había iniciado cuando estudiaba pero que tuvo que posponer debido a, bueno, la vida. Así que la habitación de invitados se convirtió en un santuario de templos druidas, fotos de formaciones rocosas y revistas académicas. Pero de la parte de «encargarse de los niños» no hizo mucho. Y yo seguí cocinando, limpiando y llevándolos al colegio. Y apenas se acordaba de recogerlos en casa de la canguro antes de volver a la nuestra para desplomarse en el sofá o quedarse dormido en su «estudio», en su «cama de día». Cama que, cada vez con más frecuencia, se estaba convirtiendo también en su cama de noche.
Hace meses que no busca empleo. Y cuando me ofrecí a leer el libro (o al menos los capítulos que hubiera escrito hasta ese momento), de repente se puso tímido. Me dijo algo así como que era mejor «leerlo todo en contexto». Y nada más.
De modo que, aunque es verdad que técnicamente soy una persona horrible, voy a alegar circunstancias atenuantes. Y me estoy convenciendo a marchas forzadas de que la resaca monumental de esta mañana es El castigo: Parte I.
Lo revuelvo todo buscando analgésicos, encuentro unos en mi bolso, me tomo dos y luego me acuerdo de que son de los especiales del trabajo, de los que en la caja tienen unas letras mayúsculas enormes que dicen: «Uno al día. NO SUPERAR LA DOSIS RECOMENDADA».
Intento regurgitar uno. O los dos. Cosa que, claro está, no funciona y hace que me sienta más angustiada y mareada.
«Qué inteligente por tu parte. Mucho...», me regaño antes de decidir que quizá debería intentar comer algo. Por lo general, no desayuno, pero me digo que este podría ser uno de esos días que requieren una excepción. «¿Fruta, tal vez? ¿Medio pomelo?»
El «restaurante», otra sala sin ventanas, está repleto de niños con sus padres, todos con destino al cercano parque temático. Huele a toallitas húmedas y a desesperación, y el nivel de decibelios es ensordecedor.
—Araminta, ¿hoy quieres leche de vaca con los cereales? ¿Mamá te la da semidesnatada o entera? Prueba esto y dime si te sabe normal... —dice un hombre que lleva un blazer y unos gemelos en el bufet del desayuno de un Premier Inn a su hija de dos años.
Otra mujer embute todos los bollos de pan que puede en su bolso mientras una tercera disecciona cinco huevos duros para sacarles la yema y tirar el resto.
«La gente es ridícula.»
Varias decenas de cucharas golpean los cuencos con el mismo ímpetu que si estuvieran compitiendo por hacer un brindis y varios preescolares reciben felicitaciones a voz en grito por su ingesta de cereales integrales («¿Cuatro, Felix? ¡Un chico listo!»[3]).
«Me va a estallar la cabeza —pienso—. Aquí y ahora. Eso o se me astilla por dentro y me desangro de algún modo —decido mientras me froto el cráneo—. Pero, al menos por ahora, mantengo las náuseas a raya. Bien hecho, yo...»
Ya estoy cerca de la «zona de cereales y fruta» cuando experimento la primera sacudida: un anzuelo en el estómago que amenaza con arrancarme de las entrañas la única barrita de cereales que encontré en mi bolso y los únicos sólidos que han traspasado mis labios desde las once de la mañana de ayer. La cabeza no deja de palpitarme mientras contemplo las pequeñas esferas de fruta blanda que flotan en un líquido turbio. Decido que me encantaría sacarme el cerebro con una cuchara vaciadora, aun así cojo un cuenco y me autoconvenzo: «¡Tú puedes!».
Pero resulta que no puedo.
Se eleva, tan deprisa que no puedo detenerlo y con una fuerza que no sabía que tenía dentro de mí. El cristal protector de la barra de ensaladas no es un rival digno y ofrece poca resistencia. Grandes fragmentos de paleopapilla, revestimiento gástrico y syrah («yo te maldigo, syrah...») surgen de mí y rocían la fruta, los cereales y a los espectadores. Con generosidad.
Ya veo el titular:
Madre de dos hijos borracha vomita en el bufet del desayuno ante decenas de comensales sorprendidos. «Soy una deshonra», admite Alice Rayo, dentista de Streatham...
—Ay, Dios, lo siento muchísimo.
Busco por todas partes cosas con las que fregar y asumo personalmente la responsabilidad de limpiar las salpicaduras de vómito que se coagulan a buen ritmo sobre los mocasines de gamuza del hombre de los gemelos. «Apuesto a que desearía no haberse apartado de los cereales —pienso—. Seguro que lamenta el día en que ofreció a Araminta un parfait de frutas...»
—Soy un ser humano horrible —murmuro sin dirigirme a nadie, y después me llevo una mano a la boca y me doy cuenta de que el calvario no ha terminado.
«¿Aún queda? —Y a continuación confirmo sin dejar lugar a dudas—: Aún queda.»
—Creo que lo mejor sería que se marchara, señora —sugiere un hombre que lleva un traje demasiado grande y una chapa en la que se lee «¡A su disposición!».
Asiento, de todo corazón, y luego huyo hacia los ascensores con la esperanza de llegar a mi habitación antes de que el siguiente maratón de bilis haga constar su presencia.
Ya estoy de vuelta en la intimidad de mi propio baño, sujetándome el pelo para ejecutar sobre porcelana la que espero que sea la última vomitona, cuando oigo una voz conocida:
—Vaya, qué agradable es todo esto.
«No. Dios mío. Tiene que ser una broma...»
Tras limpiarme la boca con la parte interna de la manga, me doy la vuelta.
Apoyada en el marco de la puerta hay una mujer morena y rechoncha con katiuskas; tiene los brazos cruzados, huele mucho a aire libre y me está juzgando.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunto con voz áspera mientras me echo el pelo hacia atrás e intento estar presentable.
Tenía tanta prisa por vomitar que, ahora que me doy cuenta, puede que me haya olvidado un poquito de cerrar la puerta de la habitación. O, mejor dicho, que me haya olvidado de que cabía la posibilidad de que se quedara abierta gracias a la copia de cortesía del Daily Mail que había metida en una bolsa de plástico transparente y atada a la manija de la puerta («¡yo os maldigo, amenazas terroristas y nuevas fotos de Helen Mirren de vacaciones!»).
—¡Tienes la voz ronca! —anuncia a bombo y platillo la mujer bajita de cabello oscuro.
—Y tú tienes la voz alta. —Noto una punzada en la cabeza y esbozo una mueca de dolor.
—Me ha llamado Greg.
Me pongo de pie, de manera inestable, e intento con todas mis fuerzas no exhalar alcohol y bilis sobre ella mientras me envuelve en un abrazo de oso no consensuado y demasiado potente, antes de propinarme un puñetazo en el brazo, un gesto que seguro que en su mundo pasa por un saludo apropiado, pero que en el mío duele un montón. Mide menos de uno sesenta, pero tiene brazos de carnicero y músculos de acero. Para alimentarse a base de pastel de carne y patatas y de bizcochos, está en tan buena forma que sorprende. Su combinación de abrazo y gancho izquierdo me deja sin respiración, y el embriagador aroma a «caballo» que suele llevar consigo me manda directa de vuelta al inodoro.
—Yo también me alegro de verte —dice mientras vomito otra vez.
No me gusta que la gente me vea así. Nunca. Ni siquiera ella. Ella lo sabe y sospecho que, en parte, está disfrutando.
—Lo siento —murmuro—, ¿cómo estás?
Tuerce la boca al oírme.
—Mejor que tú. Venga, vamos a adecentarte.
Avergonzada, dejo que me ponga de pie y me lance una toalla para que «me limpie».
«Esto no está bien... Yo soy la adulta. Yo soy la que se encarga de que todo el mundo haya ido al baño antes de salir de casa. Llevo cuatro bolsas reutilizables del súper en el coche. ¡Siempre! La persona a cargo soy yo. No ella...»
Una vez que ambas estamos convencidas de que es poco probable que vuelva a vomitar —o, en realidad, de que me quede algo que vomitar, aparte de un riñón, quizá—, me dice que prepare las maletas para que podamos «tirar millas».
—¡No puedo irme! —contesto—. Me queda un día de congreso. Estoy apuntada a «Combate la cultura del pastel» y «Déjame sin aliento: dar pasaporte a la halitosis»... —Me oigo decirlo en voz alta y cobro consciencia de que ni de coña voy a pasar la mañana en una sala sin ventilar rodeada de odontólogos—. Vale, puede que eso me lo salte. Pero no necesito que me lleven, gracias. Voy a coger el tren.
—No, hasta mañana no puedes: los han cancelado.
«Me cago en la leche.» Me había olvidado, con todo el rollo del vino manos libres y Míster Dientes y las náuseas... «Ay, madre, Míster Dientes...»
—Bueno, tienes la suerte —continúa— de que hoy voy al sur.
Me fastidia que siempre diga «el sur» como si yo hubiera abandonado nuestras raíces norteñas. No lo he hecho: somos de Leamington Spa.
Y esta es Melissa, mi hermana.
—He quedado con un hombre por un perro —prosigue. No dudo ni por un instante de que sus palabras son literales—. Bueno, ¿qué pasó anoche? ¿Te emborrachaste tú sola?
—No —contesto demasiado rápido—. Con un amigo.
—¿Tu «amigo» se llamaba tequila?
—¡No! —replico de nuevo, y después añado con una vocecilla minúscula—: Syrah...
Esboza una sonrisa que muestra sus hoyuelos.
—¿Qué?
—«¿Qué?» —Se burla de mí con un aspecto tan inocente como el de un querubín de Botticelli—. Por cierto —señala—, llevas la camisa al revés y tienes trozos de zanahoria donde debería estar tu escote.
Hace un gesto hacia su impresionante zona pectoral para subrayar mis defectos en esa área.
—¡Ay, joder! —Empiezo a quitarme trozos de... No lo veo muy claro—. Tengo una ligera resaca, eso es todo.
—¿En serio? Porque el chico de recepción me ha dicho que «me agradecerían que me llevara a la loca de la habitación 204» y esas ojeras me indican que esto no es cosa de una sola noche. Me dicen —y aquí adopta una voz aguda—: «¡Eh, hola! Me llamo Alice, no paro de trabajar y puede que esté perdiendo la cabeza...».
—¿Eso es lo que dicen mis ojos?
—Eso es lo que dicen.
Hace un gesto de asentimiento como si no fuera culpa suya que mis ojos delaten mi actual estado de salud mental. «Si fuera una foto, Melissa se pondría a dibujarme un bigote y un monóculo ahora mismo...» Me pellizco el puente de la nariz, sin saber muy bien si voy a vomitar o a echarme a llorar.
—Oye —continúa—, ¿y si te vistes como es debido y tienes tu crisis existencial por el camino? Aparcar aquí dentro cuesta un riñón...
Me siento demasiado hecha polvo para protestar, así que me quito la ropa manchada de vómito y me pongo la única alternativa que tengo: el traje de chaqueta y falda de hace d
