Introducción
Este libro no está basado en las leyes de aprendizaje de los niños y los adolescentes. Si buscas información sobre cómo aprenden y qué hacer para entenderlos y educarles mejor, puedes leer el blog de Marisa Moya, licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y certificada como entrenadora de Disciplina Positiva y neuropsicoeducadora, o el libro El cerebro del niño explicado a los padres del Dr. Bilbao. Esta obra ha nacido de una necesidad que he detectado en los muchos talleres que imparto por toda España.
En la consulta y en los talleres me he dado cuenta de que los padres se toman la educación muy en serio. Y no me malinterpretes. La educación es algo muy muy importante, pero debemos despojarla de ese tono solemne, serio, rancio. Debemos dejar de copiar antiguos modelos para empezar a innovar, ser creativos y pensar que existe otra educación sin recurrir a los gritos y a la figura de autoridad. Está claro que no todos los niños responden igual, pero puedo asegurar que la mayoría de ellos responden mucho mejor cuando respetamos sus tiempos, les dejamos su espacio y los tratamos con el máximo respeto, como lo haríamos con un igual.
Esto no tiene nada que ver con dejar que hagan lo que quieran, ni mucho menos. Si hay algo que no podemos pasar por alto en la educación de nuestros hijos, alumnos y deportistas es ponerles límites y enseñarles valores, como la disciplina, el trabajo, el esfuerzo o la responsabilidad. Pero el dilema está en cómo ponemos esos límites y cómo educamos en valores. Aquí es donde yo quiero echarte una manita. Una manita fruto de mi experiencia. Llevo veinticuatro años trabajando como psicóloga y también imparto un taller que se titula «Educar con serenidad», que da título a este libro, en el que contemplo tus inquietudes, miedos, debilidades, errores, culpas… Y siempre te diré que, en general, todo puede ser más sencillo.
Además, en casa tenemos cuatro maravillosos adolescentes, dos por parte de mi marido y dos por mi parte. Por ahora, educar con serenidad nos ha funcionado. Y no podemos echarnos flores como si todo lo bueno que tienen fuera resultado únicamente de la educación. Que un chaval sea respetuoso, responsable y buena persona depende no solo de los padres, también influyen muchas otras variables del entorno, como la educación que reciben de los abuelos y familiares, de los maestros, tutores, entrenadores y, sobre todo, de sus iguales. Y ahora también tenemos que incluir en estas variables cómo les afectan las redes sociales, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación.
Este libro no está pensado para solucionar grandes problemas como los que podríamos ver en Hermano mayor de la mano de mi amigo y queridísimo Jero García. Es un libro que te ayudará a lidiar con los conflictos cotidianos cuando tienen que ducharse, obedecer, ser más responsables, menos contestones, más obedientes, más empáticos, menos nerviosos, mejores comedores… También te ayudará con todas esas etiquetas que inconscientemente colgamos a nuestros hijos y que nos llevan a verlos como difíciles, caprichosos, maleducados, holgazanes, y que puede derivar en que acabemos gritando, desesperados y perdiendo los papeles.
Las dinámicas y los juegos que vas a encontrar en Educar con serenidad se basan en los distintos aprendizajes del ser humano y están respaldados científicamente. Pero lejos de perdernos en leyes y teorías, mi objetivo es convertir esa ciencia en creatividad, en ideas que a veces no se nos ocurren a los padres, bien porque no encontramos tiempo, bien porque caemos en la desesperación o bien porque no todos somos tan imaginativos en lo que a la educación se refiere.
A mí siempre me ha parecido que jugar es divertido. Pero además hoy sabemos que jugar es una forma de aprender, desde la tranquilidad, desde la inspiración, desde la diversión. Todo es más fácil desde el juego. Cuando planteo esto en mis talleres, muchos padres me preguntan, como si fuera algo tedioso: «Pero entonces ¿tengo que estar jugando con mis hijos a todas horas para que me obedezcan?». De entrada, la pregunta me choca un poco, porque enseguida se me ocurre contestar: «¿Y por qué no?». La respuesta es muy sencilla. Nuestra mente cuadriculada, exigente, seria, no tiene claro que jugar todo el día sea algo que esté bien. De hecho, una vez superada la infancia, jugar es algo que pasa a un segundo plano. «Niño, ¿puedes dejar de jugar y de perder el tiempo y ponerte a estudiar?» Jugar se asocia a diversión, a entretenimiento, incluso a pérdida de tiempo. Pero ¿y si a partir de ahora entendiéramos el juego como un sistema de aprendizaje? Olvidemos que jugar se asocia a irresponsabilidad y diversión. De hecho, muchas madres se quejan de que sus parejas dedican mucho tiempo a jugar con sus hijos. «En casa yo soy el poli malo: les pongo deberes, les pido que se comporten en la mesa, les mando a la ducha, y su padre solo juega con ellos. Se los lleva a montar en bici y se pelea con ellos como si fuera un niño más…» Empecemos a olvidarnos del poli bueno y el poli malo, y juguemos más con ellos. Juguemos a educar, a recoger, a hacer concursos. Porque de esta manera aumentamos su motivación, su compromiso, los chavales se divierten y piden más. Los niños quieren pasárselo bien, ¿qué hay de malo en ello? ¿No te gustaría a ti, padre o madre, llegar cada día a tu puesto de trabajo y que este fuera tan apasionante y divertido que te atrapara, lo disfrutaras y se te pasara el tiempo volando? Sería la bomba.
Los padres tienen miedo a que sus hijos les pierdan el respeto si juegan con ellos a la hora de educarles. O tienen miedo de que esto lleve a sus hijos a relajarse y a no entender el sentido de la responsabilidad. Pero ¿y si fuéramos capaces de educar en esos valores de forma divertida? ¿Siempre será posible? No. Pero sí muchas más veces de las que te imaginas. Y cuando no lo sea, tampoco vas a necesitar los gritos ni las amenazas, y mucho menos levantar la mano. De hecho, cuando una situación se haya enquistado, cuando os esté generando ansiedad a ti y a tu hijo, por favor, pídenos ayuda. Como ya he comentado, este libro no pretende solucionar grandes problemas o problemas que llevan mucho tiempo sin solución. Para eso tienes que acudir a un psicólogo. Aquí encontrarás las claves para abrir la mente, para ver la educación cotidiana desde otra perspectiva. Y sobre todo para evitar, a través de la serenidad y el juego, que una conducta normal de un niño termine por convertirse en un problemón en casa.
Cuando los padres escuchan las propuestas de dinámicas en mis talleres me dicen: «Vaya, es que eso a mí no se me ocurriría nunca». Claro, es que este es mi trabajo, lo disfruto y trato de ser creativa. A mí tampoco se me ocurriría hacer esos disfraces tan maravillosos que cosen algunas madres para las fiestas del colegio. Creo que mis hijos tienen un trauma con los disfraces porque siempre eran los peores, en concreto recuerdo uno de una gota de agua… (Y ahora que lo pienso, por favor, maestras y maestros, ponédnoslo más fácil. No podemos ser buenos en todo.) Así que cuando a mi hija le tocó hacer de protagonista en la obra de teatro El mago de Oz, decidí contratar a una costurera. El resultado fue que la niña llevó un traje precioso, estaba guapísima y lo hizo realmente bien. Y yo no me esforcé en coser un vestido, tarea para la que soy nefasta. En casa, los botones los cose mi marido; es el tío más apañado que conozco.
Acabas de contratarme con este libro para poner un poco de juego en tus técnicas de educación. Así que espero que al final salgas a escena, disfrutes de los ratos que pasas con los niños, reduzcas el estrés que supone que te obedezcan y que despierte en ti la creatividad. Lo bueno de la creatividad es que cuando alguien te ofrece una idea, a partir de ahí vas sacando un hilo con nuevas propuestas. Te dejo una pincelada de pequeñas cosas que puedes empezar a corregir o a potenciar para eliminar errores educativos que llevamos arrastrando años y que no se sustentan en ninguna teoría psicológica.
Lo que sí y lo que no
No existe una fórmula para educar a nuestros hijos. Nadie puede anticipar a ciencia cierta si lo que apliquemos con ellos va a ser un éxito. Date cuenta de que todas las personas somos distintas, debido a la genética, las interacciones, el entorno; todo influye. Así que predecir que si haces A entonces sale B, es muy atrevido e imprudente. Pero sí sabemos qué tipo de leyes favorecen el aprendizaje, cuáles ayudan a potenciar la autoestima de nuestros hijos, cómo educarlos en valores para que sean independientes, seguros y personas de bien. También sabemos qué les duele, qué les humilla, qué rechazan y qué tipo de comportamientos o comentarios los alejan de nosotros.
Sentemos unas bases orientativas de lo que sí y lo que no favorece la educación basada en la serenidad y el respeto.
NO a...
Pegar. Este punto es completamente innegociable. No se pega nunca, jamás. Y siento decirte que tu excusa de «a mí me dieron unas cuantas tortas de pequeño y no tengo ningún trauma» no justifica nada. Además, es mentira. Pegar es la base de la agresividad y del poder mal entendido. Si tú pegas, tu hijo pega. No a ti porque no se atreve, o igual de mayor sí, cuando te saque una cabeza, como he visto en varias familias que he tratado. Pero sí a sus amigos, a su pareja o a quien se le ponga chulito en la discoteca. ¿Por qué? Porque tú le has enseñado que esa es la manera de tener el control, de que los demás te obedezcan y de zanjar asuntos por la vía rápida. Los padres, maestros y entrenadores somos las figuras de seguridad para nuestros hijos. Si cualquiera de nosotros les pega, ¿qué pueden esperar de sus rivales o sus competidores en la vida? Tu función es educar sin lastimar.
Gritar. Con gritar ocurre lo mismo que con pegar. No es tan lesivo, pero es humillante y una falta de respeto. Cuando gritas muestras descontrol, falta de paciencia, de reflexión, y el niño interpreta que puede contigo. Gritar es sinónimo de «no puedo más, me tienes harto». Y nuestros hijos no pueden deducir nunca que estamos colapsados, que no tenemos recursos y que educarles es un suplicio. Para dejar de gritar y pegar existen muchas técnicas de autocontrol en las que puedes entrenarte.
Comparar, amenazar, criticar o humillar. Nada de esto te ayuda a que espabilen y obedezcan. Solo consigues que tu hijo se sienta inseguro, ridículo, menos que su hermano, peor que los demás. ¿Qué buscas con este método? Porque, sea lo que sea, no lo vas a encontrar. A veces pensamos que no estamos comparando y puede que no lo hagamos directamente, pero en el fondo sí. Por ejemplo, comentarios tan simples como «eres igualito que tu padre» después de discutir con el padre porque no colabora en casa, es una comparación horrible. O pedirle que tenga el cuarto tan ordenado como su hermano. Es más sencillo pedirle: «Por favor, haz tu cama y recoge la ropa sucia de ayer». No necesitas que se sienta mal por no ser «tan bueno» como su hermano. Este tipo de rivalidad provoca celos, y es fácil que acaben atacándose y peleándose entre ellos. Y los padres odian ver a sus hijos discutir. Otra comparación muy común consiste en hacer algún comentario inocente a tus amigos, familiares o a tu pareja delante de ellos del tipo: «Estos hermanos no se parecen en nada, cualquiera diría que llevan los mismos genes», porque en ese momento la mente del niño vuela hacia: «Si no nos parecemos en nada, ¿a quién quiere más, quién es mejor?».
Sobreproteger. Cuando haces por tu hijo lo que tiene que solucionar él solo, impides que desarrolle su esfuerzo, su creatividad y su paciencia. El niño necesita explorar, frustrarse, equivocarse, analizar, corregir, tropezar. No me refiero a actividades que supongan un peligro para él, como que aprenda a cocinar cuando aún es pequeño. Pero sí tienes que dejar que prepare su mochila de deporte, que elija su ropa para el instituto dentro de un abanico de posibilidades (no va a ir con pajarita, claro está), que resuelva los problemas con sus amigos y no tú a través del grupo de padres de WhatsApp, que se busque la vida para saber qué deberes le han puesto si se ha dejado la agenda en el cole, que se duche solo y se seque, se ponga crema y se vista (muchas madres me dicen que sus hijos no se aclaran bien la cabeza, y digo yo que tampoco es tan importante, ninguno se va a quedar calvo), que coman solos aunque se manchen, etc.

SÍ a...
Respetar los tiempos. Tus hijos tienen tiempos diferentes. Cada uno tiene una capacidad de comprensión y una velocidad de aprendizaje distintas. Y además, no todos poseen las mismas habilidades. Puede que uno se ate los cordones de los zapatos desde los 5 años y puede que otro no lo aprenda hasta los 10. Y no pasa nada. No me refiero aquí a la dejadez o la comodidad, sino a que no todos somos hábiles para todo cuando nos gustaría. Respeta los tiempos de tus hijos. Uno come muy rápido y el otro es diésel, pues no pasa nada. Deja de meterles prisa y exigirles tanto.
Corregir desde el respeto, proponiendo soluciones en lugar de machacar con los errores. De esta forma conseguirás que aprendan qué necesitas de ellos en lugar de incidir en lo que no te gusta. Cuando le dices a tu hijo: «Eres un desastre, siempre llegas tarde, te entretienes con una mosca», realmente no le estás diciendo nada de provecho. Es preferible corregir esa conducta desde lo que tú necesitas de él: «Necesito que salgamos de casa a las ocho y media para que los dos lleguemos puntuales, tú al colegio y yo al trabajo. Por favor, termínate la leche y lávate los dientes, que nos vamos». Puede que aun así no te obedezca a la primera, en cuyo caso tendremos que decidir qué consecuencias conlleva ese comportamiento. Pero lo que está claro es que la otra manera de corregir hace que se sienta atacado y etiquetado, y así no va a reaccionar nunca. Y si no, dime, ¿cuánto tiempo llevas intentándolo sin conseguir ningún resultado?
Favorecer el error fruto de la iniciativa, la creatividad o el intento. Tenemos que educar a personas valientes, proactivas, con propuestas, atrevidas. Permite que elija su plato en el restaurante, aunque luego no le guste lo que ha pedido; que tome la iniciativa en algunas de sus rutinas; que escoja la ropa que va a ponerse, dentro de unos límites, aunque no encaje con el evento familiar al que vais; que decida sobre su carrera profesional, sus optativas, sus amigos, sus ideas religiosas, políticas, etc. Cabe la posibilidad de que se equivoque, pero permite que desarrolle el pensamiento crítico, la curiosidad, que tenga ideas. Es lo más valioso que puede aportar en un futuro a su desarrollo profesional. Muchos jóvenes tienen una carrera, pero alguien que sepa pensar por su cuenta no es tan frecuente. Valora sus intentos. Enséñale a analizar sus errores y a buscar soluciones, no a machacarse por ellos.
Transmitir amor incondicional siempre, incluso cuando se porta mal. El amor no tiene precio. Decirle a un hijo «cuánto te quiero» o «qué orgullosa estoy de ti» cuando saca un sobresaliente, hace que lo vincule al éxito. Pero lo
