El club de los optimistas

Gavin's Clemente-Ruiz

Fragmento

Regla 1

Regla 1

Optimista no se nace, se hace

Béatrice Louvain no es de las que descuidan su apariencia. Por la mañana, sale de casa con paso decidido, baja por la escalera en lugar de tomar el ascensor y apenas se detiene cuando la portera la saluda por la ventana de la portería.

—Buenos días, señora Louvain, tengo correo para…

Con un rápido ademán de la mano, le responde que ya lo verán más tarde. Béatrice Louvain es así. No sabe detenerse, le gusta cuando las cosas avanzan. Si es rápido, mejor. Es imposible oponerle resistencia. En este momento va al trote, corriendo, casi. Con un movimiento del hombro, da un violento empujón al portón de su viejo edificio haussmanniano del este parisino, que casi se descuelga. Pequeña pero matona, Béa.

—¡Ay! Esta puerta… ¡no puedo más! ¡No-puedo-más! ¿Cuándo van a decidirse a repararla? —grita Béatrice lo bastante fuerte para que la portera la oiga desde el fondo del patio.

Béa protesta a menudo; en el fondo, le gusta hacerlo. Es una costumbre, casi una manera de vivir. Su agradable perfume Shalimar, de Guerlain, el mismo desde que cumplió veinte años, embriaga todo el recibidor. Un perfume con clase que le va bien.

Béatrice no mira nunca la previsión del tiempo. Ni una pequeña llovizna ni una tormenta le impedirían salir de casa, al contrario. Esta mañana de finales de mayo, se planta en la acera, delante de casa, deslumbrada, con la mano a modo de visera, y echa un vistazo al cielo. Hace un sol radiante; el mes de junio se anuncia prometedor. Unas nubes se deshilachan dulcemente.

Con el trajecillo sastre, los tacones y las medias negras, Béatrice Louvain, «Béa» para los amigos, 1,57 m, 67 kg y 54 años, ya ha adivinado que va a pasar demasiado calor. Le perlan la frente algunas gotas de sudor. Consulta el reloj: no le da tiempo de subir a cambiarse. Como puede, se desliza entre dos coches aparcados justo delante de su casa. Se quita un primer zapato, uno de esos con taconcitos muy finos, muy suaves, «como unas zapatillas», le encanta repetirle a su hija. Se quita el segundo. Un vistacillo a la derecha, uno a la izquierda y, sin que nadie la vea, se baja las medias, que, en un santiamén, quedan enroscadas en sus tobillos. No importa si la miran, no importa si llega un vecino. A Béa no la frenan ese tipo de detalles. Sale de su escondite aliviada, con un extremo de las medias sobresaliéndole del bolso, no sin antes comprobar la hora por última vez. ¡Uf! Menos mal, no llega demasiado tarde. Hace una semana que ha pedido esta cita; ni pensar en perderla. Se mete en su Smart y sale disparada hacia Saint-Germain-des-Prés.

Con un movimiento mecánico, se pone el auricular y escucha los mensajes del contestador. Nada urgente de verdad. Puede esperar. Se lo quita y gira el botón de encendido y apagado de la radio del coche. Directo a la cadena Nostalgie. Su pequeño placer de la mañana. Sonríe, por fin se le distienden los hombros, los brazos se le relajan al volante. Béa canta a voz en grito. Desentonando y alto. En el semáforo, los conductores de los coches vecinos la observan contonearse al ritmo de sus canciones preferidas, siguiendo una coreografía endiablada. Su trío de cabecera: Johnny Hallyday, Christophe y Alain Bashung. Le gusta la potencia de sus voces, un poco cascadas, y la debilidad que les adivina, que tienen el pudor de esconder —todo lo que a ella le encanta—. Puede que se haga la dura y esté todo el tiempo refunfuñando, pero, en el fondo, Béa tiene un corazón muy blandito. En este momento Claude François entona Le lundi au soleil.

—¡Pero avanza, gilipollas!

Basta de soñar. Béa maldice ahora al ritmo de la música, a golpe de claxon, rozando los retrovisores. Aparte de que no es muy grande, su coche parece una compresión del escultor César.

—Todavía anda, no le pido más —repite infatigable.

Cuando llega a la puerta del salón de belleza, como un reflejo antes de cada cita —Béatrice Louvain dirige su propia agencia inmobiliaria—, se mira en el cristal, que le devuelve una imagen bastante fiel de sí misma. No muy alta, más bien fornida, una mujer bajita y enérgica con curvas. «Soy más redonda que cuadrada, pero no estoy mal para mi edad.» Béatrice Louvain lo admite sin pudor: se siente bien en sus tacones, algo con lo que sacar de quicio a los cascarrabias, los más escépticos, pero a ella le da igual. Un último reflejo: se pasa la mano por el pelo. Sensación suave y reconfortante. Una costumbre también.

Con la otra mano, empuja la puerta con esfuerzo.

—Está claro que… —suelta a modo de buenos días cuando entra en el salón de belleza.

Inmaculado, ultraluminoso, está repleto de espejos y orquídeas blancas. Fragancias delicadas y aceites esenciales perfuman la atmósfera: canela, clavo y tomillo. Todo ha sido pensado para que los clientes se sientan bien.

—Buenos días, señora Louvain —la saluda el joven tras el mostrador—, la estaba esperando.

—Hay que arreglar esa puerta, Sébastien, o cualquier día me quedo con ella en la mano.

Béa avanza decidida, olisqueando el aire.

—Ponéis algo de menta también, ¿no?

Sébastien, cabeza afeitada y traje azul marino entallado sobre una camiseta blanca ajustada, asiente, cómplice de su fiel clienta.

Béatrice comienza a relajarse. Desde que el salón de belleza Beauté existe, acude una vez al mes; bueno, dos, pero solo si ha hecho una buena venta. Beauté, belleza, no se comieron mucho la cabeza con el nombre, pero a Béa le da igual, lo que a ella le gusta del sitio es el servicio. «Un paréntesis», como dice el folleto que reparten por todas las panaderías del barrio. Y a Béa le encantan las panaderías.

—¿Le apetece un café? ¿Un té? Tengo un matcha ex-celen-te —le ofrece el joven mientras la ayuda a quitarse la chaqueta, que desliza sobre una percha forrada.

—Nada, nada, soy un manojo de nervios, ya me he tomado un café solo doble antes de venir. Con eso basta. —Suspira, muy decidida a que la tensión baje de nuevo.

—Bien, bien. Entonces ¿qué hacemos hoy, señora Louvain? —pregunta el peluquero en un tono alegre y cómplice.

—El completo, mi pequeño Sébastien. Lavar, cortar, teñir, peinar y manicura. ¡Quiero estar despampanante!

—¿El corte a lo Louise Brooks? ¿Como la última vez? —continúa Sébastien al tiempo que le tiende un peinador blanco y delicado de nido de abeja con la mano izquierda—. Han crecido mucho —observa sopesando con la mano derecha las puntas del cabello de su clienta.

Béa no dice nada. Luego aclara:

—Eso es. Un negro azabache. Lo quiero negro «negro».

—Y además hace que le resalten esos ojos grandes que tiene, con esas pestañas. ¡Qué suerte tener esas pestañas tan largas! Y unos ojos tan grandes como los suyos…

Béa sigue sin contestar.

El peluquero se acerca a su rostro. Sébastien es un poco más alto que ella, y, aun así, ella lo domina. ¿Cómo decide uno hacerse esteticista? ¿Y peluquero? Béa siempre se lo ha preguntado. «¡Venga, está decidido, a tocar pieles grasas y pelos sucios toda mi vida!» Menuda idea. Tocar a otras personas, tocarles el pelo, la piel, ¡puaj! Béa no podría. Es algo tan… íntimo. El joven se inclina sobre ella. Y, por el cuello de la camiseta, ella se fija en que lleva el torso depilado. Todo eso no es muy viril. Su perfume marea. Ambarino, o algo así. Le recuerda aquellas largas horas en la iglesia del internado cuando era pequeña. No es un hombre muy de su estilo este Sébastien. A ella le gustan más descarados, un poco machos también.

—Tengo clientas que matarían a su padre y a su madre por tener sus pestañas —bromea.

—Claro, claro, usted lo ha dicho, Sébastien, tengo suerte…

—¿Tiene una boda? ¿O se quiere poner guapa para un galán? —le susurra con una sonrisa cómplice en los labios.

—Casi, Sébastien, casi. La semana que viene empiezo la quimioterapia.

Regla 2

Regla 2

El optimista ideal no sabe que lo es

—¡Alice! ¡Alice! No encuentro las latas de leche de los pequeños —grita toda alarmada Zoé, la nueva becaria de la sección de lactantes de la guardería Sainte-Marguerite—. ¿Sabes dónde están?

—Última estantería, a tu izquierda, cuando entras en la biberonería. Hay por lo menos cinco latas. De la de Guigoz, leche de inicio. No tiene pérdida, llevan los nombres de los niños puestos. Las he visto esta mañana.

Alice responde con voz segura. Por muy indecisa y llena de dudas que sea la joven en su vida privada, con su look gótico, vestida completamente de negro, en la guardería no vacila nunca. No se enfada; jamás levanta la voz. Su aspecto reservado podría hacerla pasar por una persona desenvuelta, algo rebelde. Es todo lo contrario: dulce, amable. Sus compañeras la encuentran un poco callada, incluso. En la pausa para fumar, no suele decir gran cosa. Las otras puericultoras lo ignoran casi todo sobre ella. Solo les ha dejado caer que tiene novio, que vive en las afueras, en Montreuil, y que viene de Romainville. Nada más. Nunca ha salido a tomar algo con ellas después del trabajo. Jamás les ha confiado sus penas del corazón o sus aventuras. Todo lo contrario que Zoé, su nueva compañera. Una chica más bien extravertida, se ha dicho Alice al verla por primera vez, siempre con caramelos en los bolsillos, dispuesta a soltar un chiste. En el Café Français, el café-restaurante de la esquina donde se reúnen los viernes por la tarde, hace reír a todo el mundo hablándoles de sus aventuras en Tinder, sus perfiles falsos, las citas que acaban mal y los tipos raros que se ha llevado a casa. Alice, sin embargo, siempre sale corriendo la primera para reunirse con Simon, su «chico», como se obliga un poco a sí misma a nombrarlo ante la mirada de sus colegas. No se siente cómoda en público, es así, no puede evitarlo.

Hoy Alice mira a su alrededor y mide el paso del tiempo. Hace ya tres años que trabaja en esta guardería. Los objetos, los dibujos, los carteles colgados, los conejitos de Pascua olvidados, los fragmentos de guirnaldas de Navidad todavía enredados en los móviles suspendidos del techo… Le encanta todo eso. Aquí se siente en su sitio, en este mundo infantil. Lo echará de menos. Hoy es su último día en la sección Caramelo. Todavía no se lo ha dicho a sus compañeras, solo ha avisado a la directora.

Los tres inseparables, Louise, Jules y Paul, los tres diablillos del grupo, corretean a su alrededor para impedirle que avance. Y luego está Ursule, su ojito derecho. Sentado, observa lleno de asombro el curioso juego de sus compañeros. Alice adora a Ursule. Llegó a la guardería al mismo tiempo que ella, cuando todavía estaba de prácticas, como Zoé. Parecía un polluelo, tan pequeñito, tan encogido todavía. Permanecía acostado durante todo el día, en su cuna, en el suelo, en sus brazos. Al principio, las manitas de Ursule se aferraban a su jersey negro. Ha observado durante horas sus labios minúsculos bien perfilados, sus uñitas, y le encantaban los gemidos de satisfacción que emitía cuando lo acurrucaba contra ella. Le ha cantado un sinfín de cancioncillas, y su voz dulce y reconfortante parecía calmarlo.

—¡Cantas superbién!

Alice se sonroja cada vez que sus compañeras le dicen eso y baja la mirada, algo incómoda, siempre esquiva, con una ligera sonrisa. No le gusta que se fijen en ella. Con los niños es distinto. Se siente diferente, más libre.

—Un día te voy a apuntar a La Voz sin que te enteres —llegó a decirle Zoé una vez, con una sonora carcajada, al oírla cantar a los niños de toda la sección.

Alice enseguida sintió un vínculo particular con Ursule. Tuvo la impresión extraña de reconocerse en él y le entraron ganas de protegerlo. En la escuela de puericultura, sin embargo, hicieron mucho hincapié en que no se apegara a los niños más de lo necesario. Alice hizo caso omiso. Tomó al pequeño pajarillo miedoso bajo su ala.

Incluso pidió a la directora que la cambiara de sección para seguirlo.

En el segundo año de guardería, Ursule no logró sujetar a Sophie, la Jirafa. Continuaba mirando fijamente un enorme globo azul suspendido del techo, siempre el mismo. Había cuatro —uno blanco, uno amarillo, uno rojo y uno azul—, pero era el azul el que miraba. «Sonríe a los ángeles», decían las otras puericultoras. Cuando Alice sacaba a los niños a la terraza de la guardería, Paul salía disparado y trataba de montarse en un coche a pedales, pero Ursule, por el contrario, se quedaba exactamente donde ella lo colocara. Estoico, imperturbable. Si se le acercaba alguna puericultora que no fuera Alice, lloriqueaba. Como si solo Alice estuviera autorizada a tomarlo en brazos, a ocuparse de él. Hoy todavía, cuando su madre viene a recogerlo, le cuesta separarse de Alice.

—¡Es como un koala! ¡Qué bichito! —bromea la directora de la guardería, la señora De Lesfiguières, mirando a Ursule acurrucado contra su joven puericultora.

La directora, por su parte, comprendió enseguida el comportamiento de Ursule. Treinta años de profesión, a punto de jubilarse, no hacía falta ser ningún genio para ver que aquel pequeño era distinto a los demás.

Ahora en tercer año de guardería, Ursule sigue sin evolucionar. En cuanto Alice sale de la sección, en cuanto se ausenta cinco minutos, grita como un energúmeno. No son gemidos, y menos aún el llanto de un niño, sino unos gritos desgarradores. Lo curioso es la capacidad que tiene de barrer con una fuerza terrible, insospechada incluso, todos los objetos de una mesa, de hacer que salten por los aires todos los cubos de madera de sus amiguitos. Estos lo observan entonces completamente asombrados para volver enseguida al juego, como si no hubiera pasado nada.

La semana pasada, Alice llegó un poco antes, como siempre, con los auriculares puestos. Eso la calma, aunque escuche Metallica o Arcade Fire, lo que siempre llama la atención en una joven frágil, alta y delgada. Antes de reunirse con sus compañeras y recoger a los niños, la directora la saludó y le indicó que quería verla en su despacho, similar a una gran pecera de cristal colocada a la entrada de las tres secciones. Alice le devolvió el saludo con voz de niña, un poco cantarina y dulce.

Desde la entrevista de trabajo con motivo de las evaluaciones de personal del final de curso, la señora De Lesfiguières le da miedo. Todo en ella atemoriza a Alice: el aspecto amargado, el moño, el cabello tan tirante, las gafas en forma de mariposa, que acentúan el trazo del lápiz por encima del párpado, y la sortija-sello en el dedo meñique. Sin embargo, las dos mujeres se entendieron de inmediato y se aprecian bastante. Su amor por los niños las acercó.

—Bueno, Alice, tengo que decírselo, y pienso que ya se habrá dado cuenta, ¿no? La madre de Ursule me lo ha comunicado esta mañana. Para ella era importante que la informara a usted la primera. A Ursule le han hecho toda una serie de pruebas y, está confirmado, padece un tipo grave de autismo. Va a tener que dejarnos. Se irá de la sección la semana que viene. Cuanto antes se integre en una estructura especializada, antes conseguirán atenuar los efectos de su enfermedad. Sé que está muy unida a Ursule, Alice. Es su pequeño preferido, ¿no? —pregunta la directora con una sonrisa en los labios, siempre un poco crispada.

Alice asiente con la cabeza, a punto de echarse a llorar. Se reprime. No hay que llorar. Se concentra en las palabras de la directora. Mira el libro de Mickey que destaca en la estantería junto a ella. No llorar. Mirar a otra parte. No llorar. Demasiado tarde.

—Alice, hay que protegerse, ya lo sabe —continúa la directora en un tono ahora autoritario—. Es usted joven. Comprendo que se encariñe, pero ¿sabe?, conocerá a otros niños como Ursule durante su carrera. No puede vivir cada separación como un tormento.

La directora se acerca a Alice, que ha escondido el rostro delicado tras la mano y el largo cabello suelto. No puede evitar encontrarla adorable.

A Alice no le gusta llorar, y todavía menos delante de la directora de la guardería. No le gusta mostrar sus debilidades. Por lo general se controla, pero con esto se derrumba.

La señora De Lesfiguières, de pie, junto a su escritorio, tiende un pañuelo a una de sus mejores puericultoras, tan sensible, tan atenta. Al principio todas son iguales, se dice, un poco torpes, recién salidas de la escuela de puericultura. Aprenden la profesión sobre la marcha, y luego, con el tiempo, se acostumbran —la señora De Lesfiguières se encarga de endurecerlas— y la rutina se instala. Pero no es el caso de Alice. Ella ha sabido mostrarse firme con los niños, pero conservando la misma fascinación que cuando llegó. Unas cualidades poco corrientes.

Verla tan afectada por la marcha de Ursule inquieta a la señora De Lesfiguières. ¿No se estará dejando llevar demasiado por sus emociones? Anota mentalmente esta reflexión en la ficha de evaluación de Alice del año que viene. Posa la mano en el hombro de la joven y ese gesto más bien tierno hace que se sobresalte. La directora suele ser tan seca…

—No es por eso, señora De Lesfiguières —replica Alice, que se sorbe los mocos y endereza la cabeza de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Ay, Alice, con la de tiempo que hace que le pido que me llame Véronique!

—No es por eso, Véronique —retoma Alice, entre sollozos—. Yo también voy a marcharme.

—Pero ¿por qué, Alice? ¿Qué es lo que pasa? ¿Algo no va bien?

La directora se agacha para ponerse a su mismo nivel, acerca su rostro al de la joven y, en su mirada, Alice lee ahora preocupación. Toma una gran bocanada de aire y encuentra el coraje para decir:

—A mí también me han hecho una serie de pruebas. Y está confirmado. Tengo cáncer.

Auvours,

21 de agosto de 1975

Amor mío: He tomado una decisión: escribirte. Para empezar, una postal. No pensaba que el servicio militar fuese a cambiarme de este modo. Nunca me ha gustado escribir, pero, por ti, me lanzo. Todo el tiempo que esté separado de ti, te escribiré. Puedes hacer lo que quieras con mis cartas y mis postales: aviones, pajaritas, encender la chimenea o marcapáginas. ¡Mira, a ti que te gusta leer, sería práctico! Pero, por favor, consérvalas un poco junto a ti. Tendré la sensación de seguir ahí, contigo.

Tu amor.

P.D.: ¿Has visto?, he elegido el castillo de Angers. Era eso o una foto de chicas en pelotas. Te has salvado de milagro.

Regla 3

Regla 3

Cuando el optimista ama, lo demás no importa

Béatrice Louvain entra en el café-restaurante Des Arts, que hace esquina con el salón de belleza Beauté —de verdad, ¡vaya nombre!— y saluda a Georges, camarero inalterable, histórico, con delantal negro entallado tanto en verano como en invierno, sobre la camisa de un blanco inmaculado. Este se inclina ante ella, sin olvidar la sonrisa. Pequeño ritual entre los dos que Béa termina tradicionalmente con un beso en la mejilla de Georges.

—La señora está arrebatadora, como siempre —dice el camarero, con tono servicial.

—Gracias, Georges. Usted tampoco está nada mal dentro de su estilo.

Béa le pellizca el mentón con el índice y el pulgar.

—¿Han llegado ya?

—Los tres, sí. Los he acomodado en el rinconcito tranquilo, en la mesa redonda cerca de la puerta, pero detrás de la cortina. Estarán bien.

—Es usted un encanto, Georges.

Béa aprieta el hombro a Georges en señal de agradecimiento. Es muy de tocar. Aunque no podría ser esteticista, le encanta sentir a la gente cerca. Sin malentendidos, claro. A veces le ocurre que le coge el brazo a un cliente durante una visita, toda emocionada ante la idea de enseñar la tan deseada tercera habitación o el cuartito que podrá transformarse en despacho, y da lugar a unos quid pro quo que se convierten en ataques de risa. Por suerte, los clientes suelen tener sentido del humor. Béa ignora de dónde le viene esa necesidad de tocar. De la maldita educación religiosa, sin duda alguna, con sus represiones, sus tabúes… Es por eso. Toca, se agarra a lo que sea, se acerca.

De momento, Béa avanza por el restaurante con determinación. Lleva el pelo impecable. Sébastien ha vuelto a hacer un milagro. La manicura es perfecta. No faltan las miradas que se vuelven hacia ella. Cuando llega ante sus tres amantes de ayer y de hoy, Béa se siente invencible. Hace unos días, dejó a cada uno un misterioso mensaje en el contestador. «Soy Béa. Si estás libre, reúnete conmigo en el café-restaurante Des Arts el miércoles, a la una. Tengo que contarte algo.» Philippe se ha cogido la tarde libre, Arnaud ha retrasado la escapada prevista con su última novia y Victor se ha inventado una excusa para su mujer, como siempre. Los tres han venido, sin imaginar que la cita no sería a solas con ella. Nunca han podido negarle nada. Y ese mensaje no era propio de Béa.

Georges se ha encargado de conducirlos con discreción hasta la mesa, donde se han ido encontrando uno con otro, atónitos y un poco nerviosos por descubrir la última «sorpresa» que les ha preparado Béa. Los tres saben que pueden esperarse cualquier cosa de ella. Por supuesto, se conocen de oídas, se han cruzado en alguna ocasión, han oído hablar unos de otros. Pero de ahí a almorzar todos juntos…

—¡Hola, Philippe, Arnaud, Victor! Ya no hace falta que os presente, ¿verdad? ¡Estoy muy contenta de que hayáis venido los tres!

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