–Número Uno viene de camino. Van a enviar la lanzadera de la Sección Ocho. Ahora ya no va a haber forma de parar esto, así que, sea lo que sea lo que tengamos que hacer, más vale que lo hagamos deprisa.
–Muy bien. Necesito toda la ayuda posible.
La conversación fue languideciendo a medida que la enfermedad mortal de Angeline Fowl pasaba a ocupar la totalidad del pensamiento de ambos. La mujer irradiaba un halo de absoluta palidez y el olor a lirios impregnaba de amarillo el aire.
Artemis toqueteó con torpeza la webcam y esta se le escapó rodando por debajo de la cama.
–¡Maldita sea! –vociferó, arrodillándose para meter el brazo en el espacio oscuro–. No puedo… Es que no puedo…
Y de repente, la enormidad de la situación lo golpeó como un mazazo.
–Pero ¿qué clase de hijo soy? –murmuró–. Un mentiroso y un ladrón. Lo único que ha hecho mi madre toda su vida ha sido quererme e intentar protegerme, y ahora puede que se muera.
Holly ayudó a Artemis a levantarse.
–Tú ya no eres así, Artemis, y quieres mucho a tu madre, ¿no
es así?
Artemis dio un resoplido, sintiéndose un poco avergonzado.
–Sí, claro.
–Pues entonces eres un buen hijo. Y tu madre lo va a ver ahora mismo, en cuanto la cure.
Holly hizo crujir sus cervicales y unas chispas de magia chisporrotearon en las puntas de sus dedos, revoloteando hasta formar un cono invertido.
O R A • M I S M O • E N V Í O • L A • L A N Z A –¡No! –la interrumpió Artemis–. ¿No sería mejor que comprobases primero qué síntomas tiene?
Holly cerró el puño y sofocó las chispas. Aquello era un poco sospechoso. Se quitó el casco y se aproximó a Artemis, colocándose mucho más cerca de él de lo que este solía tolerarle a la gente, y lo miró fijamente a los ojos disparejos. Era raro ver cómo su propio ojo le devolvía la mirada.
–¿Es que has hecho algo, Artemis?
Artemis le sostuvo la mirada. Era como si en sus ojos no hubiese más que tristeza.
–No. Pero quiero ser más prudente con mi madre de lo que lo sería conmigo mismo, eso es todo.
El recelo de Holly tenía su origen en los años que llevaba tratando con Artemis, así que se preguntaba por qué se mostraba tan reacio a permitirle usar la magia cuando nunca hasta entonces había tenido ningún reparo. Puede que ya lo hubiese intentado él mismo. Puede que el túnel del tiempo no le hubiese quitado del todo la magia robada, tal como él había asegurado.
Colocó las manos a ambos lados de la cabeza de Artemis y luego apoyó la frente en la de él.
–Déjalo ya, Holly –protestó Artemis–. No tenemos tiempo. Holly no respondió y cerró los ojos, concentrándose. Artemis sintió una oleada de calor extendiéndose por su cráneo y percibió el zumbido familiar de la magia. Holly estaba explorando en su cerebro; la exploración apenas duró un segundo.
–Nada –sentenció, soltándolo–. Ecos de magia, pero no tienes poderes.
Artemis se tambaleó hacia atrás, mareado.
D E R A • P A R A • E L• T R A S L A D O .• K O –Comprendo tu desconfianza, Holly. Me la he ganado a pulso. Y ahora, ¿podrías examinar a mi madre, por favor?
Holly se dio cuenta de que, hasta ese momento, había evitado hacer algo más que dedicarle un rápido vistazo a Angeline Fowl. Aquella situación le traía a la memoria demasiados recuerdos dolorosos.
–Claro que sí, Artemis. Siento lo de la exploración, pero tenía que estar segura de que podía fiarme de ti.
–Mis sentimientos no importan aquí –dijo Artemis, guiando a Holly por el codo–. Y ahora, mi madre, por favor.
Holly tuvo que obligarse a sí misma a examinar a Angeline Fowl debidamente, y, en cuanto lo hizo, un miedo de raíces profundas le provocó un escalofrío por todo el cuerpo.
–Yo sé lo que es esto –susurró–. Lo sé.
–¿Has visto antes esta enfermedad? –preguntó Artemis.
La cara y los brazos de su madre estaban recubiertos de un
gel transparente que le salía por los poros y que luego se evaporaba. Angeline tenía los ojos abiertos, pero solo se le veía el
blanco de los mismos, y sus dedos se agarraban con desesperación a las sábanas como si se aferraran a la vida.
Holly extrajo un botiquín médico de su cinturón, lo depositó en la mesita de noche y utilizó una gasa para tomar una muestra del gel.
–Este gel… Ese olor… pero no puede ser. No puede ser. –¿No puede ser el qué? –preguntó Artemis, hincándole los dedos en el antebrazo.
Holly no le hizo ningún caso, sino que se puso el casco y abrió un canal de comunicación con el Cuartel General de la Policía.
B O I . • A H O R A • C O M P R E N D O ,• C O M –¿Potrillo? ¿Estás ahí?
El centauro respondió a la segunda llamada.
–Estoy aquí, Holly. Atado a la pata de la mesa. El comandante Kelp me ha enviado un par de correos preguntando
dónde estás. Me lo he quitado de encima de momento con la
historia del Ritual. Calculo que te quedan unos…
Holly interrumpió su cháchara.
–Potrillo, escúchame. Es la madre de Artemis. Creo que tenemos algo… Creo que es muy malo.
El humor del centauro cambió de golpe. Holly sospechaba que había estado hablándole así, sin parar, para ocultar su ansiedad, y es que lo cierto era que el mensaje de Artemis había sido muy tétrico.
–De acuerdo. Entraré en los sistemas de la mansión. Pídele a Artemis su contraseña.
Holly levantó la visera del casco para mirar a Artemis a los ojos.
–Potrillo quiere tu contraseña de seguridad.
–Claro, claro, cómo no… –Artemis estaba ensimismado y tardó un momento en recordar su propia clave secreta–. Es CENTAURO. Todo en mayúsculas.
Bajo la corteza terrestre, Potrillo guardó aquel cumplido en el rincón de su cerebro que contenía sus recuerdos más preciados. Sacaría ese más adelante y se regodearía con un buen vaso de sim-vino.
–Centauro. Bien. Estoy dentro.
Una enorme televisión de plasma que había en la pared se encendió con un parpadeo y en ella apareció la cara de Potrillo, primero en unas imágenes borrosas y luego con una ca
A N D A N T E• D E• V U E L O , • •
lidad muy nítida. La webcam que Artemis llevaba en la mano emitió un zumbido cuando el centauro activó por control remoto el motor de su foco.
–Cuantos más puntos de vista mejor, ¿no? –dijo, y su voz surgió de los altavoces del televisor en sonido surround.
Artemis sostuvo la cámara delante de la cara de su madre, tratando de permanecer lo más quieto posible.
–Deduzco, por la reacción de Holly, que estáis familiarizados con esta enfermedad, ¿es así?
Holly señaló la capa brillante que cubría la cara de Angeline.
–Fíjate en el gel, Potrillo. Le sale de los poros. Y el olor a lirios también; no hay ninguna duda.
–Pero eso es imposible –murmuró el centauro–. La erradicamos hace años.
Artemis empezaba a hartarse de aquellas referencias tan poco específicas.
–¿Qué es lo que es imposible? ¿Qué fue lo que erradicasteis? –No podemos hacer un diagnóstico, Artemis; eso sería prematuro. Holly, tengo que hacer un escáner.
Holly colocó la palma de la mano encima de la frente de Angeline Fowl y el omnisensor de su guante proyectó sobre la madre de Artemis una miríada de rayos láser.
El dedo de Potrillo oscilaba como un metrónomo a medida que la información iba llegando a su sistema. Era un movimiento inconsciente que parecía demasiado alegre dadas las circunstancias.
H A • T E N I D O • L A • M E N O R • I N T E N C I –De acuerdo –dijo, al cabo de un minuto–. Ya tengo lo que necesito.
Holly cerró el puño para desactivar el sensor y luego se puso al lado de Artemis y lo agarró fuertemente de la mano, en espera de los resultados. No tardaron demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que Potrillo ya sabía cuáles eran sus parámetros de búsqueda.
Su expresión era sombría cuando leyó los resultados.
–El ordenador ha analizado el gel. Me temo que es maletropía.
Artemis advirtió que Holly le apretaba la mano aún con más fuerza. Fuese lo que fuese aquello de la maletropía, era evidente que era malo.
Se soltó de la mano de Holly y se acercó en un par de zancadas a la televisión de la pared.
–Necesito una explicación, Potrillo. Ahora mismo, por favor.
Potrillo lanzó un suspiro y luego asintió.
–Muy bien, Artemis. La maletropía fue una epidemia que
sufrieron las Criaturas mágicas. Una vez que se contraía la enfermedad, era siempre mortal, y el paciente evolucionaba a la
fase terminal en apenas tres meses. Llegados a ese punto, a los
enfermos les quedaba menos de una semana. Esa enfermedad
lo tiene todo: neurotoxinas, destrucción celular, resistencia a
todas las terapias convencionales… es increíblemente agresiva.
La verdad es que es asombrosa.
Artemis apretaba los dientes con fuerza.
–Vaya, eso es genial, ¿no, Potrillo? Por fin algo que hasta a
ti te despierta admiración.
Ó N • D E • E N V I A R • L A • L A N Z A D E R A • P
Potrillo se limpió una perla de sudor de la nariz e hizo una pausa antes de continuar.
–No existe ninguna cura, Artemis. Ya no. Lamento mucho decirte que tu madre se está muriendo. A juzgar por la concentración en el gel, yo diría que le quedan veinticuatro horas, treinta y seis si sigue luchando. Si te sirve de consuelo, no sufrirá al final.
Holly cruzó la habitación y levantó la mano para apoyarla en el hombro de Artemis, advirtiendo lo mucho que estaba creciendo su amigo.
–Artemis, hay maneras de hacer que se sienta un poco más cómoda.
Artemis se quitó la mano de la elfa de encima, casi con violencia.
–No. Yo puedo obrar milagros. Tengo dones ocultos. La información es mi arma.
Volvió a dedicar su atención a la pantalla.
–Potrillo, perdona por mi arrebato de antes. Ahora ya vuelvo a ser yo mismo. Has dicho que esa maletropía fue una epidemia. ¿Cómo empezó?
–La magia –contestó Potrillo, sin más, y acto seguido, añadió–: La magia se alimenta de la tierra, y cuando la tierra ya no pudo seguir absorbiendo la inmensa cantidad de agentes contaminantes, la magia también acabó por contaminarse. La maletropía apareció por primera vez hace unos veinte años en la ciudad de Linfen, China.
Artemis asintió con la cabeza. Tenía sentido; Linfen era tristemente famosa por sus elevados niveles de contaminación. Como centro de la industria del carbón de China, el aire de la
A R A • E L • T R A S L A D O . • D E • H E C H O ,• ES ciudad estaba impregnado de cenizas volantes, monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles, arsénico y plomo. Circulaba un chiste sobre Linfen entre los empresarios chinos: si tienes algo en contra de un empleado, envíalo a trabajar a Linfen.
–Se transmite por medio de la magia, por lo que es completamente inmune
