Capítulo 1
«A hora que he descubierto la forma de volar, ¿en qué dirección debería adentrarme en la noche? Mis alas no son blancas ni plumosas; son de seda verde; vibran al viento y se ondulan cuando me muevo, primero en círculo, después en línea recta y, por último, en una trayectoria de mi invención. La negrura que queda atrás no me preocupa, ni tampoco las estrellas que me aguardan.»
Me río de mí, de la insensatez de mi imaginación. Las personas no vuelan, aunque, antes de la Sociedad, la gente creía que algunas lo hacían. En una ocasión las vi en un cuadro. Alas blancas, un cielo azul, círculos dorados sobre sus cabezas, la mirada sorprendida, hacia arriba, como si no pudieran creerse que el artista las hubiera pintado volando, que sus pies no tocaran el suelo.
Aquellas historias no eran ciertas, lo sé. Pero esta noche resulta fácil olvidarlo. El tren aéreo surca la noche con tanta suavidad y el corazón me late tan deprisa que tengo la sensación de que podría alzar el vuelo de un momento a otro.
—¿De qué te ríes? —me pregunta Xander mientras me aliso las arrugas del vestido de seda verde.
—De todo —respondo, y es cierto.
Llevo mucho tiempo esperando mi banquete. Donde veré, por primera vez, la cara del chico que será mi pareja. Será la primera vez que oiré su nombre.
Estoy impaciente. El tren es veloz, pero no lo bastante para mí. Surca la noche en silencio, acompañando con un discreto susurro los murmullos de nuestros padres y los latidos de mi corazón.
Es posible que Xander también haya oído mi corazón palpitante, porque me pregunta:
—¿Estás nerviosa?
Junto a él, su hermano mayor comienza a explicar a mi madre la historia de su banquete. Ya queda poco para que Xander y yo tengamos nuestra propia historia que contar.
—No —respondo. Pero Xander es mi mejor amigo. Me conoce demasiado bien.
—Mentira —dice en tono chistoso—. Sí que lo estás.
—¿Tú no?
—No. Estoy preparado. —Lo dice sin vacilar, y le creo. Xander es la clase de persona que sabe lo que quiere.
—Es normal que estés nerviosa, Cassia —añade, ahora con dulzura—. Casi el noventa por ciento de las personas que asisten a su banquete manifiestan alguna señal de nervio sismo.
—¿Has memorizado toda la información oficial sobre los emparejamientos?
—Prácticamente —responde. Me enseña las palmas de las manos como diciendo: «¿Qué esperabas?».
El gesto me hace reír; en realidad, yo también he memorizado la información. Es fácil hacerlo cuando la lees tantas veces, cuando la decisión es tan importante.
—Entonces, tú perteneces a la minoría —digo—. Al siete por ciento que no muestra el menor nerviosismo.
—Por supuesto —conviene él.
—¿Cómo has sabido que estaba nerviosa?
—Porque no paras de abrir y cerrar ese chisme. —Xander señala el objeto dorado que sostengo en las manos—. No sabía que tuvieras una reliquia. —Entre nosotros circulan unos cuantos objetos antiguos de valor. Aunque la Sociedad permite a sus ciudadanos poseer una sola reliquia, es difícil conseguirlas. A menos que se hayan tenido antepasados que se hayan asegurado de transmitirlas en herencia a lo largo de los años.
—No la tenía hasta hace unas horas —respondo—. Mi abuelo me la ha regalado para mi cumpleaños. Era de su madre.
—¿Cómo se llama? —pregunta Xander.
—Polvera —respondo.
Me encanta su forma. Es pequeña, igual que yo. También me gusta cómo suena su nombre: «polvera», fuerte al principio y suave al final, como el chasquido de la tapa al cerrarse.
—¿Qué significan las iniciales y los números?
—No estoy segura. —Paso los dedos por las letras «ACM» y los números «1940» inscritos en la superficie dorada—. Pero, mira —digo, y abro la polvera para enseñársela por dentro: un espejito, hecho de cristal auténtico, y una pequeña concavidad, donde su antigua dueña llevaba los polvos de maquillaje, según mi abuelo. Yo la utilizo para guardar las tres pastillas de emergencia que todos llevamos, una verde, una azul y una roja.
—Qué práctico —observa Xander. Estira los brazos y me fijo en que también él tiene su reliquia: dos relucientes gemelos de platino—. Me los ha prestado mi padre, pero no se puede guardar nada dentro. No sirven para nada.
—Pero son bonitos.
Mi mirada se posa en su cara, en sus brillantes ojos azules y sus cabellos rubios. Siempre ha sido guapo, incluso de pequeño, pero nunca lo había visto tan elegante, vestido con traje oscuro y camisa blanca. Los chicos no tienen tanta libertad como las chicas en la elección de vestuario. Todos los trajes son muy parecidos. Aun así, pueden elegir el color de la camisa y la corbata, y la calidad del tejido es muy superior a la tela utilizada para la ropa de diario.
—Estás guapo. —La chica que descubra que es su pareja se pondrá contentísima.
—¿Cómo? —se sorprende Xander enarcando las cejas—. ¿Solo guapo?
—Xander… —dice su madre, que está junto a él, con un tono entre divertido y censurador.
—Tú estás radiante —añade Xander, y, a pesar de que lo conozco desde pequeña, me ruborizo un poco. Me siento bien con este vestido: verde botella, vaporoso, con mucho vuelo… La desacostumbrada suavidad de la seda en mi piel hace que me sienta ágil y delicada.
A mi lado, mis padres respiran hondo cuando aparece el ayuntamiento, iluminado en blanco y azul, con las luces de las ocasiones especiales encendidas. No veo la escalinata exterior de mármol, pero sé que estará encerada y reluciente. He esperado toda mi vida a subir por esos limpios peldaños de mármol y cruzar las puertas del ayuntamiento, un edificio que he visto de lejos, pero en el que jamás he entrado.
Quiero abrir la polvera y mirarme en el espejito para asegurarme de que mi aspecto es inmejorable. Pero no quiero parecer vanidosa, de manera que me miro con disimulo en su dorada superficie.
El canto redondeado me deforma un poco las facciones, pero continúo siendo yo. Los ojos verdes. El pelo castaño dorado, que parece más dorado en la polvera de lo que es en realidad. La nariz recta y menuda. El mentón con un pequeño hoyuelo como el de mi abuelo. Todos los rasgos físicos que me convierten en Cassia María Reyes a mis diecisiete años recién cumplidos.
Doy la vuelta a la polvera y me fijo en que ambos lados encajan a la perfección. Mi emparejamiento está siendo igual de perfecto, empezando por el hecho de que me halle aquí esta noche. Como mi cumpleaños cae en 15, el día en que el banquete se celebra todos los meses, siempre había tenido la esperanza de que me emparejaran el mismo día de mi cumpleaños, pero sabía que era una posibilidad remota. Una vez que has cumplido los diecisiete, pueden convocarte para el banquete en cualquier mes del año. Por eso, cuando hace dos semanas llegó la notificación a través del terminal de que, en efecto, iban a emparejarme el día de mi cumpleaños, casi me pareció oír el chasquido de las piezas al encajar, justo como llevaba tanto tiempo soñando.
Porque, aunque no he tenido que esperar ni un día entero, en cierto sentido llevo esperando toda la vida.
—Cassia —dice mi madre sonriéndome.
Yo la miro sorprendida. Mis padres se levantan, listos para apearse del tren. Xander también lo hace y se estira las mangas. Lo oigo respirar fuerte y me sonrío. Quizá, después de todo, también esté un poco nervioso.
—Andando —me dice.
Su sonrisa es tierna y agradable. Me alegro de que nos hayan convocado el mismo mes. Tras compartir gran parte de nuestra infancia, parece lógico que compartamos también el final.
Le devuelvo la sonrisa y le ofrezco la mejor expresión de buena voluntad que tenemos en la Sociedad.
—Te deseo buenos resultados —digo.
—Y yo a ti, Cassia —responde él.
Cuando nos apeamos del tren y nos dirigimos al ayuntamiento, mis padres me cogen cada uno por un brazo. Estoy rodeada, como siempre he estado, de su amor.
Esta noche solo estamos nosotros tres. Mi hermano, Bram, no puede asistir a mi banquete porque es menor de diecisiete años, demasiado joven. El primer banquete al que se asiste siempre es el de uno mismo. No obstante, yo podré ir al de Bram porque soy mayor que él. Sonrío, preguntándome cómo será su pareja. Dentro de siete años lo sabré.
Pero esta noche es mi noche.
Es fácil identificar a los que vamos a ser emparejados: no solo somos menores que el resto, sino que también lucimos vestidos de gala y trajes entallados mientras nuestros padres y hermanos mayores se pasean con ropa de diario, un telón de fondo sobre el que nosotros destacamos. Los funcionarios nos sonríen con orgullo y mi corazón se hincha cuando entramos en la sala circular.
Aparte de Xander, que me dice adiós con la mano antes de dirigirse a su mesa, veo a otra chica conocida que se llama Lea. Ha escogido el vistoso vestido rojo. Ha elegido bien, porque es muy guapa y ese color realza su belleza. No obstante, parece preocupada y no deja de manosear su reliquia, una pulsera de piedras rojas. Me sorprende un poco ver a Lea. Pensaba que decidiría quedarse soltera.
—Fíjate en esta vajilla de porcelana —dice mi padre cuando encontramos nuestros sitios en una de las mesas del banquete—. Me recuerda la vajilla antigua que encontramos el año pasado…
Mi madre me mira divertida y pone los ojos en blanco. Ni siquiera en mi banquete mi padre puede dejar de fijarse en estas cosas. Se pasa meses trabajando en barrios viejos que están siendo rehabilitados y transformados en distritos nuevos de uso público. Hurga entre los vestigios de una sociedad que no está tan alejada en el tiempo como parece. En este momento, por ejemplo, dirige un proyecto de restauración especialmente interesante: una vieja biblioteca. Separa las cosas que la Sociedad considera valiosas de las que no lo son.
Pero, justo después, se me escapa la risa cuando mi madre tampoco puede evitar hacer observaciones acerca de las flores, que forman parte de su trabajo en el arboreto.
—¡Oh, Cassia! Fíjate en los centros de flores. Lirios. —Me aprieta la mano.
—Tomen asiento, por favor —nos dice un funcionario desde el podio—. La cena está a punto de servirse.
La rapidez con que nos sentamos es casi cómica. Porque, aunque admiremos la vajilla y las flores y hayamos venido para que nos asignen pareja, también estamos impacientes por probar la comida.
—Dicen que las futuras parejas siempre desaprovechan la cena —observa un hombre de aspecto jovial sentado enfrente de nosotros y sonriendo a toda la mesa—. Están tan emocionados que no prueban bocado.
Y es cierto: una de las chicas, la que lleva un vestido rosa, está mirando su plato, sin tocar nada.
Sin embargo, yo no tengo ese problema. Aunque no me doy un atracón, como un poco de todo: las hortalizas asadas, la carne guisada, las crujientes verduras, el cremoso queso. El esponjoso pan caliente. La cena parece una danza, como si esto fuera un baile además de un banquete. Los camareros sirven los platos con estilo; los alimentos, aderezados con finas hierbas y guarniciones, son tan elegantes como nosotros. Alzamos las servilletas blancas, los tenedores de plata, las relucientes copas de cristal como al compás de la música.
Mi padre sonríe de felicidad cuando un camarero le sirve una porción de tarta de chocolate con nata.
—Deliciosa —susurra tan bajo que solo lo oímos mi madre y yo.
Mi madre se ríe cariñosamente de él, y él le coge la mano.
Comprendo el entusiasmo de mi padre cuando pruebo la tarta, que es sustanciosa, pero no en exceso, intensa, oscura y exquisita. Es lo mejor que he comido desde la cena tradicional de las fiestas de invierno, que fue hace meses. Me habría gustado que Bram pudiera probar la tarta y, por un momento, pienso en guardarle un trozo de la mía. Pero no tengo forma de llevárselo. No cabe en mi polvera. Estaría mal visto esconderlo en el bolso de mi madre aunque ella accediera, y no lo haría. Mi madre nunca infringe las normas.
No puedo guardar la tarta para después. Es ahora o nunca.
Acabo de meterme el último trozo en la boca cuando el presentador dice:
—Estamos listos para anunciar las parejas.
Me trago la tarta de la sorpresa y, por un instante, un inesperado ataque de ira se apodera de mí; no he podido paladear el último pedazo.
—Lea Abbey.
Lea se pone de pie y retuerce violentamente su pulsera mientras espera a que aparezca una cara en la pantalla. Pero tiene cuidado de esconder las manos bajo la mesa para que el chico que la vea desde algún otro ayuntamiento del país solo vea una hermosa muchacha rubia y no sus manos inquietas retorciendo la pulsera.
Es curioso cómo nos aferramos a los objetos del pasado mientras aguardamos nuestro futuro.
Por supuesto, los emparejamientos siguen un sistema. En ayuntamientos de todo el país tan concurridos como este, las parejas se anuncian por orden alfabético según el apellido de las chicas. Me dan un poco de lástima los chicos, que no tienen la menor idea de cuándo van a pronunciar su nombre, momento en el que deben levantarse para que sus parejas los vean desde otros ayuntamientos. Como mi apellido es Reyes, seré de las últimas. El principio del fin.
En la pantalla aparece la cara de un chico rubio y guapo. Sonríe al ver la cara de Lea en la pantalla de su ayuntamiento y ella también lo hace.
—Joseph Peterson —anuncia el presentador—. Lea Abbey, has sido emparejada con Joseph Peterson.
La azafata que preside el banquete lleva una cajita plateada a Lea; lo mismo ocurre con Joseph Peterson en la pantalla. Cuando Lea toma asiento, mira la cajita con expresión anhelante, como si deseara abrirla enseguida. La entiendo perfectamente. Dentro hay una microficha con información general acerca de su pareja. Nos las dan a todos. Más adelante, las cajitas servirán para guardar las alianzas del contrato matrimonial.
En la pantalla vuelve a aparecer la imagen por defecto: un chico y una chica, sonriéndose, con luces trémulas y un funcionario vestido de blanco a sus espaldas. Aunque la Sociedad sincroniza los emparejamientos con la máxima eficacia posible, todavía hay momentos en los que la pantalla vuelve a mostrar esta imagen, lo cual significa que hay que esperar mientras algo sucede en otra parte. El proceso es complicadísimo, y eso me hace recordar los complejos pasos de las danzas que antaño solían bailarse. No obstante, esta danza solo puede coreografiarla la Sociedad.
La imagen desaparece.
El presentador pronuncia otro nombre; una chica se pone de pie.
Enseguida, cada vez más chicas tienen su cajita plateada. Algunas las dejan sobre el mantel blanco, pero la mayoría las asen con cuidado, reacias a soltar el futuro que acaban de entregarles.
No veo a nadie más que lleve un vestido verde. No me importa. Me gusta pensar que, por una noche, no me parezco al resto del mundo.
Aguardo con la polvera en una mano y la mano de mi madre en la otra. Tiene la palma sudorosa. Por primera vez, me doy cuenta de que ella y mi padre también están nerviosos.
—Cassia María Reyes.
Es mi turno.
Suelto la mano a mi madre, me pongo de pie y miro la pantalla. Noto cómo me late el corazón y estoy tentada de retorcerme las manos como ha hecho Lea, pero me quedo como una estatua, con el mentón levantado y los ojos clavados en la pantalla. Miro y espero, decidida a que la chica que mi pareja vea en la pantalla de su ayuntamiento esté serena, calmada y preciosa, la mejor imagen de Cassia María Reyes que soy capaz de dar.
Pero no sucede nada.
Sigo mirando la pantalla y, conforme transcurren los segundos, todo lo que puedo hacer es quedarme quieta y seguir sonriendo. Oigo susurros a mi alrededor. Por el rabillo del ojo, veo que mi madre alarga la mano como si quisiera volver a coger la mía, pero la retira.
Una chica vestida de verde espera con el corazón en un puño. Yo.
La pantalla está oscura, y así se queda.
Eso solo puede significar una cosa.
Capítulo 2
A mi alrededor, los susurros aumentan de volumen como si hubiera pájaros aleteando bajo la cúpula del ayuntamiento.
—Tu pareja está aquí esta noche —dice la azafata sonriendo. La gente que me rodea también sonríe y sus murmullos se redoblan. Nuestra Sociedad es tan grande, hay tantas ciudades, que la probabilidad de que tu pareja ideal sea alguien de tu ciudad es remota. Hace muchos años que no sucedía nada igual.
Con todas estas cosas en mente, cierro por un momento los ojos cuando reparo en lo que esto significa, no en abstracto, sino en concreto para mí, la chica del vestido verde. «A lo mejor conozco a mi pareja.» Puede ser alguien que va al mismo centro de segunda enseñanza que yo, alguien a quien veo todos los días…
—Xander Thomas Carrow.
En su mesa, Xander se pone de pie. Un mar de rostros expectantes y de manteles blancos con relucientes copas de cristal y brillantes cajitas plateadas se extiende ante nosotros.
No me lo puedo creer.
Esto es un sueño. Los asistentes vuelven la mirada hacia mí y el apuesto muchacho del traje oscuro y la corbata azul. Nada me parece real hasta que Xander me sonríe. Pienso: «Conozco esa sonrisa», y, de pronto, yo también estoy sonriendo, y el torrente de aplausos y el olor de los lirios terminan de convencerme de que todo esto está sucediendo de verdad. Los sueños no huelen tan fuerte ni hacen tanto ruido. Me salto un poco el protocolo para saludar a Xander con un leve movimiento de la mano y su sonrisa se ensancha.
—Podéis volver a sentaros —dice la azafata. Parece alegrarse de que estemos tan contentos; ¿cómo no habríamos de estarlo? Al fin y al cabo, somos la pareja ideal.
Cuando me trae la cajita plateada, la cojo con cuidado, a pesar de que conozco gran parte de lo que contiene. Xander y yo no solo estudiamos en el mismo centro de segunda enseñanza, sino que también vivimos en la misma calle; somos buenos amigos desde que me alcanza la memoria. No necesito que la microficha me muestre fotografías de Xander cuando era pequeño porque ya tengo muchas en la cabeza. No necesito descargarme una lista de sus cosas favoritas para memorizarlas porque ya las sé. Color favorito: verde. Actividad de ocio favorita: natación. Actividad lúdica favorita: juegos.
—Enhorabuena, Cassia —me susurra mi padre con cara de alivio.
Mi madre no dice nada, pero está radiante y me estrecha entre sus brazos. Detrás de ella, otra chica se pone de pie y mira la pantalla.
El hombre sentado al lado de mi padre susurra:
—Qué suerte para su familia, no tener que poner el futuro de su hija en manos de alguien de quien no saben nada.
Me sorprende el descontento que percibo en su voz; el modo en que su comentario parece rayar en la insubordinación. Su hija, la muchacha nerviosa del vestido rosa, también lo oye; parece incómoda y se remueve un poco en la silla. No la conozco. Debe de estudiar en algún otro centro de segunda enseñanza de nuestra ciudad.
Vuelvo a mirar hacia Xander de soslayo, pero hay demasiadas personas entre él y yo y no consigo verlo. Se van levantando otras chicas. La pantalla se ilumina para todas. Nadie más se queda con una pantalla oscura. Yo soy la única.
Antes de irnos, la azafata nos pide a nuestras familias, a Xander y a mí que nos quedemos a hablar con ella.
—Esta situación es insólita —dice, pero se corrige de inmediato—. Insólita, no. Disculpen. Solo es poco frecuente. —Nos sonríe a los dos—. Como ya os conocéis, vuestro proceso será distinto. Ya conocéis gran parte de la información general el uno sobre el otro. —Señala nuestras cajitas plateadas—. Vuestras microfichas incluyen unas cuantas instrucciones nuevas para el cortejo, así que deberíais familiarizaros con ellas en cuanto tengáis ocasión.
—Las leeremos esta noche —promete Xander con sinceridad. Divertida, tengo que contenerme para no poner los ojos en blanco, porque ha hablado exactamente igual que cuando un profesor le manda un trabajo. Leerá las instrucciones nuevas y las memorizará. De igual forma que se ha leído y ha memorizado la información oficial sobre los emparejamientos. Vuelvo a ruborizarme cuando me viene a la memoria parte de un fragmento:
Si optáis por ser emparejados, formalizaréis vuestro contrato matrimonial cuando cumpláis veintiún años. Los estudios han demostrado que la fecundidad de hombres y mujeres es óptima a los veinticuatro años. El sistema de emparejamientos se ha concebido para que las parejas tengan a sus hijos en torno a esa edad, lo cual garantiza una mayor probabilidad de que la descendencia nazca sana.
Xander y yo formalizaremos un contrato matrimonial. ¡Tendremos hijos!
No voy a tener que pasarme los próximos años aprendiéndolo todo de él porque le conozco tan bien como a mí misma.
El leve sentimiento de pérdida me sorprende. Mis iguales pasarán los próximos días extasiados ante las fotografías de sus parejas, alardeando de ellas en el comedor escolar, esperando a conocer cada vez más retazos de información. Soñando con su primer encuentro, su segundo encuentro, etcétera. Ese misterio no existe para nosotros. Yo no me preguntaré cómo es Xander ni soñaré con nuestro primer encuentro.
Pero Xander me mira y pregunta:
—¿En qué piensas?
Y yo respondo:
—En que somos afortunados. —Y lo digo en serio. Aún nos queda mucho por descubrir. Hasta el día de hoy, solo conozco a Xander como amigo. Ahora es mi pareja.
La azafata me corrige con delicadeza.
—Afortunados, no, Cassia. En la Sociedad no existe la suerte.
Asiento. «Por supuesto.» Ya debería saber que no es correcto utilizar un término tan arcaico e impreciso. Ahora solo existe la probabilidad. Cuán probable o improbable es que algo suceda.
La azafata vuelve a hablar.
—La velada ha sido larga y se está haciendo tarde. Podéis leer las instrucciones otro día. Hay tiempo de sobra.
Tiene razón. Eso es lo que la Sociedad nos ha dado: tiempo. Vivimos más y mejor que cualquier otro ciudadano de la historia de la humanidad. Y eso se debe, en gran parte, al sistema de emparejamientos, que genera una descendencia física y emocionalmente sana.
Y yo formo parte de él.
Mis padres y los Carrow no pueden dejar de hablar de lo estupendo que es esto y, mientras bajamos la escalinata del ayuntamiento, Xander se acerca a mí y me dice:
—Cualquiera diría que lo han montado ellos.
—No me lo puedo creer —digo, y me siento pletórica y un poco mareada. No me puedo creer que la chica ataviada con un hermoso vestido verde, con oro en una mano y plata en la otra, caminando junto a su mejor amigo, su pareja, sea yo.
—Pues yo sí —dice Xander en tono chistoso—. De hecho, ya lo sabía. Por eso no estaba nervioso.
Le devuelvo la broma.
—Yo también lo sabía. Por eso lo estaba.
Nos reímos tanto que tardamos un rato en darnos cuenta de que ha llegado el tren aéreo. Y, por un instante, nos sentimos incómodos cuando Xander me tiende la mano para ayudarme a subir.
—Vamos —dice con voz seria, y me siento un poco desubicada. Tocarnos ya no me parece igual que antes, y tengo las manos ocupadas.
Xander me envuelve la mano en la suya y me ayuda a subir.
—Gracias —digo cuando las puertas se cierran.
—No hay de qué —responde.
No me suelta; la cajita plateada que llevo en la mano crea una barrera entre nosotros mientras otra se rompe. No íbamos cogidos de la mano desde que éramos pequeños. Al hacerlo esta noche, cruzamos la línea invisible que separa la amistad de algo más. Noto un cosquilleo en el brazo; que mi pareja me toque es un lujo que no tienen el resto de las parejas formadas esta noche.
El tren aéreo nos aleja de las luces blancas del ayuntamiento y pone rumbo hacia las luces amarillas más atenuadas que alumbran los distritos. Mientras las calles pasan como un rayo camino de nuestras casas, miro a Xander. El color de su cabello es similar al de la luz dorada de las farolas y su cara es hermosa, firme, bondadosa. Y es familiar, en su mayor parte. Si siempre has sabido cómo mirar a alguien, resulta extraño tener que hacerlo de un modo distinto. Xander siempre ha sido alguien a quien yo no podía tener, y lo mismo he sido yo para él.
Ahora todo es distinto.
Bram, mi hermano de diez años, nos espera en el porche. Cuando le explicamos lo sucedido, no da crédito a sus oídos.
—¿Estás emparejada con Xander? ¿Ya conozco a la persona con la que vas a casarte? Qué raro…
—Tú sí que eres raro —le digo en broma, y él se escabulle cuando hago ademán de agarrarlo—. Quién sabe. Puede que tu pareja viva en esta misma calle. Puede que sea…
Bram se tapa los oídos.
—No lo digas. No lo digas…
—Serena —remato, y él se aleja, fingiendo que no me ha oído. Serena vive justo al lado. Ella y Bram se pasan la vida fastidiándose.
—Cassia —me reprende mi madre mientras mira a su alrededor para cerciorarse de que no me ha oído nadie. No debemos menospreciar a otros miembros de nuestra calle ni de nuestra comunidad. El distrito de los Arces es famoso por estar muy unido y ser un ejemplo de civismo. «No gracias a Bram», pienso.
—Era una broma, mamá. —Sé que mi madre no puede enfadarse conmigo. No en la noche de mi banquete, donde ha recordado lo deprisa que estoy creciendo.
—Entrad —dice mi padre—. Están a punto de dar el toque de queda. Podemos hablar de todo esto mañana.
—¿Había tarta? —pregunta Bram cuando mi padre abre la puerta. Todos me miran, esperando.
No me muevo. No quiero entrar todavía.
En cuanto haga, esta noche terminará y no quiero que lo haga. No quiero quitarme el vestido y volver a ponerme la ropa de diario; no quiero retomar mi rutina, que está bien pero no es nada especial como esto.
—Entro enseguida. Solo unos minutos más.
—No tardes —dice mi padre con dulzura. No quiere que me salte el toque de queda. No es una imposición suya sino del gobierno, lo sé.
—No lo haré, te lo prometo.
Me siento en los escalones del porche con cuidado para no estropear mi vestido prestado. Miro los pliegues del hermoso tejido. No me pertenece, pero puede decirse que esta noche de primavera sí, en la oscuridad luminosa, llena de tantas cosas inesperadas como familiares. Alzo la vista y vuelvo el rostro hacia el cielo estrellado.
No me quedo mucho rato fuera porque mañana, sábado, es un día de mucha actividad. Tendré que presentarme a trabajar en el centro de clasificación temprano por la mañana. Después de eso, dispondré de unas cuantas horas lúdicas por la noche, una de las pocas ocasiones que tengo de alternar con mis amigos fuera del centro de segunda enseñanza.
Y Xander estará allí.
En mi dormitorio, saco las pastillas de la pequeña concavidad de la polvera. Las cuento —una, dos, tres; azul, verde, roja— cuando vuelvo a meterlas en su pastillero metálico habitual.
Sé para qué sirven las pastillas azul y verde, pero no conozco a nadie que sepa con seguridad para qué sirve la roja. Corren rumores sobre ello desde hace años.
Me acuesto y me quito la pastilla roja de la cabeza. Por primera vez en mi vida, puedo soñar con Xander.
Capítulo 3
S iempre me he preguntado qué aspecto tienen mis sueños en papel, en cifras. Alguien lo sabe en algún lugar, pero yo no. Me arranco los identificadores de sueños, con cuidado de no tirar demasiado fuerte cuando me quito el que llevo pegado detrás de la oreja. La piel es delicada en esa zona y siempre me hago daño, sobre todo si se me ha quedado algún mechón de pelo atrapado bajo el adhesivo. Los meto en su caja. Esta noche le toca ponérselos a Bram.
No he soñado con Xander. No sé por qué.
Pero se me han pegado las sábanas y voy a llegar tarde al trabajo si no me doy prisa. Cuando entro en la cocina, con el vestido de anoche en los brazos, veo que mi madre ya ha servido el desayuno que acaban de repartir. Avena color pardusco, como siempre. Comemos para estar sanos y para tener un óptimo rendimiento, no por placer. Las fiestas y celebraciones son una excepción. Como nos redujeron las calorías durante toda la semana anterior, anoche pudimos comer todo lo que nos sirvieron sin mayores consecuencias.
Bram, todavía en pijama, me sonríe con malicia.
—¿Qué? —dice metiéndose una última cucharada de avena en la boca—. ¿Has soñado con Xander?
No quiero que sepa lo cerca que está de la verdad: aunque no he soñado con Xander, quería hacerlo.
—No —respondo—. ¿Y tú no deberías estar preocupado por no llegar tarde a clase? —Mi hermano todavía va a la escuela los sábados en vez de ir a trabajar y, si no espabila, llegará tarde una vez más. Espero que no lo citen.
—Bram —dice mi madre—, haz el favor de ir a vestirte. —La pobre respirará aliviada cuando mi hermano vaya a un centro de segunda enseñanza, donde las clases empiezan media hora más tarde.
Cuando Bram sale cabizbajo de la cocina, mi madre coge mi vestido y lo despliega.
—Anoche estabas preciosa. Odio tener que devolverlo. —Nos quedamos mirándolo. Yo admiro el modo en que la seda capta la luz y la refleja, casi como si ambas estuvieran vivas.
Las dos suspiramos al mismo tiempo y mi madre se ríe. Me da un beso en la mejilla.
—Te enviarán un retal, ¿recuerdas? —dice, y yo asiento.
Cada vestido tiene un doble forro que puede cortarse en trozos, uno para cada chica que lleva el vestido. El retal, así como la cajita plateada que contenía mi microficha, serán los recuerdos de mi banquete.
Pero, aun así, no volveré a ver este vestido, mi vestido verde, nunca más.
En cuanto lo vi, supe que era el que quería. Cuando fui a buscarlo, la mujer del centro distribuidor de ropa sonrió después de introducir el número, el setenta y tres, en el ordenador.
—Era el que tenías más probabilidades de elegir —dijo—. Es lo que indicaban tus datos personales, y también la psicología general. Ya habías elegido cosas poco corrientes con anterioridad, y a las chicas les gusta que sus vestidos les resalten los ojos.
Sonreí mientras observaba cómo su asistente iba a buscar el vestido a la trastienda. Cuando me lo probé, vi que tenía razón. El vestido estaba hecho a mi medida. El bajo me quedaba a la altura justa; la cintura se me ceñía a la perfección. Me di la vuelta delante del espejo admirándome.
—Por ahora —observó la mujer—, eres la única chica que va a llevar este vestido en el banquete de este mes. El que ha tenido más éxito es uno de los rosa, el número veintidós.
—Bien —dije—. No me importa destacar un poco.
Bram reaparece en el umbral de la puerta, con la ropa de diario arrugada y el pelo revuelto. Casi alcanzo a oír lo que está pensando mi madre: ¿es mejor peinarlo y que llegue tarde o mandarlo tal como está?
Bram toma la decisión por ella.
—Hasta la noche —dice, y sale de casa corriendo.
—No va a llegar. —Mi madre mira por la ventana hacia la parada del tren aéreo, donde las vías se iluminan para indicar que se acerca un tren.
—A lo mejor sí —digo cuando veo que Bram se salta otra norma, la que prohíbe correr en público. Oigo amortiguadas sus pisadas en la acera mientras corre calle abajo, con la cabeza gacha y la mochila rebotando contra su huesuda espalda.
Justo cuando llega a la parada, aminora el paso. Se aplasta el pelo y sube sin prisas las escaleras de acceso a las vías. Por suerte, nadie más lo ha visto correr. Al cabo de un momento, el tren aéreo parte con Bram a bordo.
—Ese crío va a acabar conmigo. —Mi madre suspira—. Tendría que haberlo levantado antes. Nos hemos quedado todos dormidos. Anoche fue fantástico.
—Sí —convengo.
—Tengo que coger el próximo tren a la ciudad. —Mi madre se cuelga el bolso—. ¿Qué haces esta noche en tus horas lúdicas?
—Estoy segura de que Xander y los demás querrán ir al centro recreativo —respondo—. Ya hemos visto todas las proyecciones, y la música… —Me encojo de hombros.
Mi madre se ríe y termina la frase por mí.
—… es para viejos como yo.
—Y aprovecharé la última hora para hacer una visita al abuelo. —Los funcionarios no suelen permitir que nos desviemos de nuestras opciones lúdicas habituales; pero, en la víspera de la cena final de una persona, no solo nos permiten visitarla, sino que nos animan a hacerlo.
Mi madre dulcifica la mirada.
—Le encantará.
—¿Le ha contado papá lo de mi emparejamiento?
Mi madre sonríe.
—Tenía intención de pasar a verlo de camino al trabajo.
—Bien —digo, porque quiero que el abuelo se entere lo antes posible. Sé que ha estado pensando en mí y en mi banquete tanto como yo en él y en el suyo.
Después de acabar el desayuno a toda prisa, cojo el tren aéreo por los pelos y me siento. Quizá no haya soñado con Xander mientras dormía, pero puedo hacerlo ahora despierta. Mientras miro por la ventanilla y pienso en lo guapo que estaba anoche con su traje, contemplo las casas que vamos dejando atrás de camino a la ciudad. El verde aún no ha dado paso a la piedra y al asfalto cuando veo copos blancos cayendo del cielo.
El resto de los pasajeros también los ven.
—¿Nieve? ¿En junio? —pregunta la mujer sentada a mi lado.
—Es imposible —masculla un hombre al otro lado del pasillo.
—Pero mírela —insiste ella.
—Es imposible —repite el hombre. La gente se vuelve a mirar por las ventanillas con inquietud. ¿Puede ser que algo esté fuera de lugar?
En efecto, pequeñas borlas blancas se precipitan al suelo. La nieve tiene algo extraño, pero no estoy segura de qué es. Me contengo para no sonreír mientras miro las caras de preocupación que me rodean. ¿Debería estar yo también preocupada? Quizá. Pero es tan bonito, tan inesperado, y, de momento, tan inexplicable…
El tren aéreo se detiene. Las puertas se abren y entran unas cuantas borlas. Cojo una, pero no se disuelve. Sí lo hace, en cambio, su misterio, cuando veo una semillita marrón en el centro del copo.
—Es una semilla de álamo de Virginia —digo a todos con seguridad—. No es nieve. <
