Play (Play 1)

Javier Ruescas

Fragmento

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I’ve got so much left to say

If every simple song I wrote to you Would take your breath away,

I’d write it all…

Plain White T’s, ‹‹Hey There Delilah››

Dalila, yo, el porche de su casa… el atardecer a nuestras espaldas pintando los tejados del vecindario, quizá algún vecino cotilla intentando escuchar parte de nuestra conversación…

Eso era todo lo que esperaba encontrarme cuando me planté en su calle listo para retomar nuestra relación donde la habíamos dejado antes del verano.

¿Cámaras? ¿Micrófonos? ¿Camiones aparcados en ambas aceras? ¿Fans enardecidos que gritaban su nombre hasta quedar afónicos? ¿Un escenario cubierto de luces y carteles en la mismísima puerta de su casa?

No, eso no.

Lo primero que pensé fue que me había confundido de calle (¿qué si no?), pero la señal en la fachada de enfrente confirmaba lo imposi

ble. El jet lag, que estaba mermando mis fuerzas como si me encontrara rodeado por una horda de dementores, no tenía nada que ver con esto: a unos veinte metros de mí, había desplegada más parafernalia que en los MTV Awards. ¡Pero si hasta tenían máquinas de humo!

Reconozco que el miedo me paralizó de pies a cabeza. Juraría que incluso el iPod dejó de funcionar unos segundos. Noté la garganta seca y tuve que obligarme a recordar cómo se respiraba para no caer fulminado allí mismo.

Me quité los auriculares y me los dejé colgando sobre el pecho para comprobar con todo lujo de detalles que no estaba alucinando: los cerca de quinientos chicos y chicas que se habían reunido a los pies del escenario eran reales y todos estaban gritando al unísono el nombre de Dalila.

Resoplé con incredulidad. Nunca imaginé que fuera tan… popular. Como si mi pensamiento las hubiera invocado, dos camionetas de las noticias entraron por el extremo opuesto de la calle y aparcaron a unos metros de las casas. Varios tipos se bajaron a toda prisa y comenzaron a montar tres cámaras en trípodes a una velocidad de infarto mientras dos reporteras, comensales habituales de nuestras cenas familiares al otro lado de la pantalla, se retocaban el maquillaje sin dejar de andar.

A lo mejor era una de esas bromas televisivas y me estaban grabando sin que me diera cuenta. Si estuviéramos en Estados Unidos, Ashton Kutcher aparecería de repente gritando «¡Punk’d!», y yo me haría el sorprendido.

Lo que veía no tenía pinta de ser una broma, y menos una preparada para sorprenderme a mí. ¿Cómo iba a saber nadie que hoy me pasaría por aquí cuando ni yo mismo lo había decidido hasta bajar del avión?

¿Y si había ocurrido algo? ¿Un robo? ¿Un homicidio múltiple? Claro, por eso había fans: para vitorear al asesino y pedirle un autógrafo.

Me reí de mi pésima broma (uno se acaba acostumbrando a no tener público) y me acerqué unos pasos. Todavía esperaba cruzarme con Grissom y su linternita azul cuando me golpearon en el costado.

—¡Cuidado! —gritó la chica que me había dado con una… ¿pancarta?

No tuve tiempo de responder siquiera. Ella, que me sonaba de la otra clase de mi curso, ya se había fundido entre la masa frente al escenario y había desplegado el mensaje gigante marcando su territorio y lanzando miradas asesinas a quienes osaran intentar apartarla.

—Da… lila… eres al… eres la… —No se me daba bien descifrar mensajes a contraluz—. Perfecta Cas…

—Disculpa, ¿podemos hacerte dos preguntas rápidas?

Un mal presentimiento se instaló entre mis pulmones, justo donde creí que estaba a punto de sufrir un ataque, mientras me daba la vuelta.

—Serán solo unos minutos…

Una de las dos reporteras se había colocado frente a mí con una cámara que me deslumbraba con un focazo de mil vatios y un escote nada discreto.

—Emmm… —No era precisamente el más locuaz de mis hermanos—. Pues… —Mis ojos iban de los suyos a la cámara y de la cámara a sus pechos. Cada vez parecía más nerviosa—. Preferiría que no.

—Serán solo dos preguntas rápidas. Vamos, enróllate. Pareces un tipo majo.

Alzó la comisura de los labios en una especie de media sonrisa y entornó los ojos. Me encogí de hombros y me metí las manos en los bolsillos, seguro de que para entonces ya me había sonrojado.

—Lo siento, yo… —Fui a añadir algo más, pero no se me ocurrió nada.

La otra periodista se encontraba a nuestras espaldas, intentando hacerse oír por encima de los chillidos mientras la horda de gente seguía uniéndose a la fiesta. Estaba a punto de disculparme de nuevo, desesperado por que me dejaran en paz, cuando la chica chasqueó la lengua y sin despedirse salió corriendo hacia el escenario.

—¡¡¡Está ahí!!! —anunció alguien en ese momento, desatando el Armagedón por toda la calle.

Los focos se apagaron entonces y la noche se abalanzó sobre nosotros. No me había dado cuenta hasta ese momento de que el cielo había terminado de oscurecerse y de que se había levantado la brisa a nuestro alrededor, meciendo con fuerza las ramas de los árboles colindantes.

Me crucé de brazos para entrar en calor y di unos pasos hacia el escenario dispuesto a enterarme de qué iba todo aquello cuando las luces volvieron a encenderse con mayor intensidad, calcinando mis retinas.

Di un traspié hacia atrás y me froté los párpados antes de volver a abrirlos. La gente estalló en aplausos y vítores y felicitaciones y gritos y más gritos y más gritos, que aumentaron todavía más (si es que eso era posible) cuando un hombre saltó al escenario. Se trataba de Maxi Tenor, actor, cantante, estrella del pasado y presen tador de los últimos cincuenta reality shows que había habido en España.

Los focos, rojos y verdes, conferían a toda aquella locura una atmósfera de pesadilla con tintes navideños que ya le hubiera gustado conseguir a Tim Burton. La música fue bajando de volumen para dar paso a la voz que animaba a los allí reunidos con entusiasmo.

—¿Cómo estáis, Castorfans? —gritó por el micrófono. Por respuesta, la gente alzó las manos y comenzó a aplaudir.

¿Castorfans? ¿Castorfans? Debía de haberlo escuchado mal. —¡Saludémonos como merece la ocasión! —dijo el tipo, y alzó un brazo hacia lo alto con la palma para abajo y colocó la otra hacia arriba. Después dio una palmada bajando de golpe la mano que estaba arriba.

El público lo imitó en un aplauso seco que reverberó en la calle. Sin entender a qué venía aquel gesto tan perturbador, me aparté unos pasos, un poco asustado, y volví a concentrarme en el esce nario.

El pelo rubio y engominado del presentador y las arrugas de su frente eran más visibles en la realidad que en la televisión. Llevaba una sudadera roja abierta con una camiseta negra debajo de «Heidi Metal» y unos vaqueros rotos que mi madre habría tirado al primer descuido.

Según me había contado Olivia, el tipo rondaba ya los cuarenta y cinco años, por mucho que se esforzase en aparentar dieciséis, y las drogas eran el menor de sus problemas. ¿Era a mí al único al que le daba mal rollo?

Pensar en Olivia me hizo pensar en David, y pensar en ellos me hizo recordar la bronca que tuvimos y lo mal que me había sentido durante todo el verano por no haber intentado solucionarlo de algún modo. Cuando menos, era irónico que me hubieran venido a la cabeza precisamente allí, justo cuando iba a ver a Dalila, la principal culpable de nuestra disputa.

No pude compadecerme mucho más tiempo, pues Maxi Tenor comenzó a hablar.

—¡Tres meses de concurso! —exclamó—. Tres meses en los que hemos podido ir conociendo a participantes de todo el mundo hasta dar con la elegida. Con la verdadera. ¡Con la única! Hemos vivido momentos divertidos, tristes, emotivos y muy, muy emocionantes.

Como si de un guión preestablecido se tratara, guardó silencio y el público enloqueció de nuevo, alzando las voces y las pancartas.

—Pero por fin hemos llegado al final. ¡Por fin tenemos a nuestra Castorfa! —Más aplausos y más desconcierto por mi parte—. A través de vuestros mensajes de texto, en las redes sociales y en nuestra página web, habéis elegido a la actriz que mejor encarnará al personaje que tanto ha significado para todos nosotros.

Castorfa.

Mi cerebro logró salir del sopor al que los gritos lo habían sumido para dar con la pieza que faltaba. No había escuchado mal. Yo sabía quién era Castorfa. ¡Todo el mundo sabía quién era Castorfa! Me había pasado mis primeros nueve años de vida dibujándola con ceras de colores y haciendo collages de su cara. Mis tíos me regalaron todos sus libros; mi madre consiguió la vajilla que daban con el periódico, y mi abuela me había cosido a punto de cruz un dibujo del personaje que durante años estuvo enmarcado en mi cuarto y que ahora decoraba la habitación de mis hermanas. Para mí, como para los de mi generación, Castorfa formaba parte de nuestra infancia, y siempre ocuparía un lugar especial en nuestros cuartos de baño.

Creo que fueron los descendientes de sus creadores, un matrimonio de escritores inuit del norte de Canadá, quienes arrastraron consigo al personaje más representativo del imaginario de sus an

cestros y lo dieron a conocer al mundo entero, primero en forma de viñetas de cómic y más tarde en cuentos infantiles.

Pronto la historia de Castorfa y su lucha a contrarreloj por salvar el planeta se convirtió en un best-seller en una decena de países. La serie de dibujos animados no tardó en llegar y, con el paso de los años, el musical, los videojuegos y los espectáculos sobre hielo. Más tarde rehabilitaron un petrolero como el del cuento que, por lo visto, estaba anclado en algún lugar de Europa, y hasta montaron un crucero temático que salía de Estados Unidos y viajaba a la fría tierra que vio nacer al personaje.

Como no podía ser de otro modo, los herederos de la franquicia se hicieron multimillonarios en un abrir y cerrar de ojos. Y todo habría sido incluso más rápido de no haber sido porque la familia se negó en rotundo desde el principio a vender los derechos cinematográficos para hacer una película. Según ellos, ponerle voz y rostro al personaje de Castorfa acabaría con la esencia del mismo. O eso tenía yo entendido…

—La búsqueda ha sido tan larga y ardua como la de la propia Castorfa durante su destierro en el desierto —añadió Maxi—. Pero, por fin, tras más de setecientos castings por todo el mundo y la formación en la academia, hemos encontrado a nuestra pequeña castora hechizada.

Me volví un instante para asegurarme de que era el único que andaba totalmente perdido cuando reparé en que un chico a mi lado tenía los ojos anegados en lágrimas.

—¡Y ahora sí, amigos y amigas! —Las luces se atenuaron y un redoble de tambores vibró por los altavoces—. Demos un fuerte aplauso a la actriz más envidiada de todo el planeta…

«Imposible.»
—A la única que dará vida a la maravillosa castora capaz de sacrificarse por salvar al planeta y a su amor verdadero…

«Me niego a creerlo. No puede ser.»
—A… ¡Daaaaaalila Fes!

Al tiempo que pronunciaba el nombre, se dispararon unos cañones de serpentinas y confeti dorado y verde.

Yo seguía en shock, con los ojos clavados en el escenario y la boca entreabierta. El eco del nombre de Dalila en mi cabeza había insonorizado todo lo demás.

De pronto me vino a la cabeza la última tarde que nos vimos; nuestro beso de despedida a comienzos de junio, las promesas para el verano, sus lágrimas… ¿cómo era posible que se tratara de la misma chica?

Dalila subió al escenario con una sonrisa deslumbrante y un vestido de infarto para saludar a todos sus fans con una naturalidad apabullante. Al tiempo que movía la mano de un lado a otro, las palabras que me había preparado se fueron esfumando en una nube de vaho. Se borraron. Se volatilizaron. Desaparecieron…

No la reconocía. Era como si estuviera viendo a la Dalila de una realidad alternativa donde ella se hubiera convertido en una reina que sometiera a sus súbditos por control remoto.

Se me estaba yendo la cabeza, lo notaba, pero es que estaba imponente. Sé que lo de que parecía un ángel suena a tópico, y más si se para uno a pensar en las implicaciones de la palabra: alas, asexualidad, un camisón holgado… pero mi cerebro no logró dar con una comparación mejor. Al menos, no con palabras.

Se me había olvidado lo guapa que era.

Incluso con todo aquel maquillaje encima, los ojos de Dal seguían teniendo aquel brillo inocente y exótico que lograba acelerar o detener mis pulsaciones con una sola mirada. Su cabello negro caía en ondas perfectamente modeladas, como si acabara de salir de un anuncio de champú. El vestido rojo se ajustaba a su figura con la naturalidad de una segunda piel. Me pregunté cómo sería de suave…

Sentí la cara colorada y una gota de sudor recorrerme la espalda. Completamente ajena a mi estado, Dal se paseaba de un lado a otro del escenario dando la mano a los chicos y chicas que parecían conocerla mucho mejor que yo y que se dejaban la vida por conseguir una sonrisa de aquellos labios cuyo sabor tan bien recordaba.

Viéndola caminar con aquella pose y elegancia, me hacía sentirme como el mismísimo jorobado de Notre Dame. No sé qué clase de cortocircuito debió de sufrir Dal en su cabeza para haberme dicho que sí cuando, meses atrás, me armé de valor para pedirle que saliera conmigo.

Lo que no llegaba a entender es cuándo había ocurrido todo lo de Castorfa. ¿Se suponía que en los escasos tres meses que habíamos estado incomunicados ella había participado en un reality show mundial y lo había ganado? ¿Por qué no me había dicho nada? Vale que yo había estado sin internet todo ese tiempo, pero ¿no podía haberme llamado o mandado un mísero mensaje?

De pronto reparé en que hacía más frío que antes y en que en mi cabeza solo había cabida para una canción. Sin darme cuenta, ya estaba tarareando su melodía.

Era como si alguien hubiera encendido un reproductor de música en mi cerebro o me hubiera vuelto a colocar los auriculares en los

oídos. Supongo que esta es una más de mis rarezas. Mientras unos, cuando se ponen nerviosos, sudan a raudales o empiezan a cambiar el peso de pie, yo compongo. No lo hago de manera consciente. Ni siquiera me detengo a analizar las notas o los compases. La música me embarga por dentro y ya no me deja hasta que la arrojo en una partitura.

Preferiría que simplemente me sudaran las manos, pero nadie me dio a elegir.

Apreté los puños con fuerza y negué en silencio. Me sentía idiota y traicionado. Y celoso de una manera que no habría reconocido por nada del mundo. Celoso de toda esa gente que creía conocer a Dal cuando no había compartido ni la mitad de experiencias con ella que yo.

¿O sí?
—Bienvenida a casa, Dalila —dijo el presentador acercándose a ella y recuperando la atención de los espectadores. Una cámara de grúa se acercó hasta ellos por el aire—. ¿Cómo te sientes?

La muchacha miró al presentador y luego al público. —Estoy… ¡emocionada! —respondió tras aclararse la gar gan ta—. Emocionada y muy agradecida por este recibimiento. ¡Sois todos maravillosos!

Se llevó la mano al pecho y después señaló al público. La reacción fue inmediata.

Envuelta de nuevo por más gritos, Dalila se secó una lágrima con el dedo. Mis ojos estaban clavados en cada uno de sus gestos y mi mente anclada a los recuerdos del tiempo que habíamos compartido antes del verano. ¿Cómo podían haber cambiado tanto las cosas?

—Pero ¡por fin lo has logrado! —prosiguió el eterno adolescente—. Supongo que jamás habrías imaginado algo así, ¿verdad?

—¡En absoluto! —Dalila se rió con una risa tan natural y modulada que me hizo preguntarme si no habría recibido clases para conseguirla—. ¿Cómo iba a soñarlo siquiera? Mandé mi vídeo sin ninguna esperanza de pasar siquiera la primera fase…

—Pero lo hiciste…
—Sí, lo hice. Y después me clasifiqué para el siguiente casting y el siguiente y de pronto me encontré en la Escuela de Castorfas con el resto de las finalistas. Todavía estoy asimilándolo.

El presentador se rió y le dio una palmada en el hombro.
—Es comprensible, es comprensible. Además, según tenemos entendido, nunca habías actuado de manera profesional, ¿es así?

Ella asintió como uno de esos perros que se colocan en el salpicadero del coche, pero con muchísimo más arte, elegancia y estilo.

—Solo en alguna obra de teatro del colegio.

Maxi Tenor parecía realmente sorprendido.
—Teniendo en cuenta que competías con chicas de todos los países, es realmente impresionante. —Se volvió hacia la cámara y añadió—: Lo que demuestra, como nuestros queridos telespectadores ya saben, que las votaciones fueron absolutamente limpias y que fuisteis vosotros quienes elegisteis a esta jovencita por su encanto. —Se volvió hacia Dalila—. ¿Abrumada?

—Mucho —respondió ella.
—¿Y el inglés? ¿Crees que ha sido un problema añadido para ti? Dalila se encogió de hombros.
—No demasiado. —Bajó la mirada, batió las pestañas y sonrió con una timidez que me derritió vivo—. Cuando supe que al con

curso solo podrían presentarse chicas que hablaran bien el inglés, me asusté un poco, pero tengo la suerte de haber recibido una educación bilingüe y… bueno, al final parece que me ha servido.

Me resultaba increíble pensar que estuviera hablando de nuestro colegio. Si el director estaba viendo aquel programa (y no sé por qué, tenía la certeza de que así era), estaría dando botes de alegría en el sofá de su casa.

—Desde luego que sí. ¿Ya sabes cuándo comenzaréis a grabar? —El rodaje ya está en marcha —respondió Dalila. Cuando los nuevos chillidos se apagaron, añadió—: No puedo decir mucho al respecto, ¡me lo han prohibido! Pero viajaré al set mañana mismo para comenzar a rodar las escenas en que salgo yo, aunque ya he hecho algún ensayo y me sé el guión casi de memoria.

El presentador soltó una carcajada junto al resto del público. Yo, por el contrario, volví a quedarme en blanco con la frase anterior… ¿mañana se iría? ¿Había dicho mañana?

No podía creerme mi mala suerte: la única chica por la que había sentido esto se convertía en una estrella de la noche a la mañana y amenazaba con desaparecer de mi vida sin que pudiera hacer nada.

Unos acordes muy diferentes a los anteriores comenzaron a reptar hasta mis oídos.

—Suena maravilloso —dijo el presentador.
«Suena como para suicidarse», pensé yo.
—Lo es. Me siento muy honrada de interpretar a un personaje como Castorfa. ¡Espero estar a la altura!

—Casi cien millones de espectadores consideran que lo estás; no creo que tengas de qué preocuparte.

Dalila se apartó un mechón de pelo de la frente con timidez y volvió a congelar mi mundo con una sonrisa.

A lo mejor si no me hubiera ido aquel verano fuera… A lo mejor si no hubiera tenido que vivir aislado en una maldita cabaña en el puñetero fin del mundo, esto no habría ocurrido. No así.

—¿Y tus padres? ¿Qué dicen tu familia y tus amigos?

Alcé la mirada y entorné los ojos, expectante por su respuesta. —¡Están más emocionados que yo! Los he echado mucho de menos todo este tiempo, y sé que ellos también a mí. Pero ha merecido la pena… En cuanto a mis amigos, ¡no se lo creen!

—Quizá es que no lo sabíamos —mascullé cruzándome de brazos. Me habría encantado poder enfadarme con ella, echarle en cara que me hubiera ocultado todo aquello; decirle que por mí se podían ir a la mierda ella y todos sus fans, pero me di cuenta de que era incapaz. Me debatía entre la incredulidad y el desasosiego de perderla, pero no le deseaba ningún mal.

La nuestra no es que hubiera sido una relación amorosa al uso, pero sí que habíamos llegado a conectar de muchas maneras y daba por hecho que, cuando menos, ambos habíamos sido sinceros el uno con el otro.

¿Acaso había hecho algo mal sin darme cuenta durante el verano? ¿Debería haber regresado antes? Había estado intentando llamarla todos esos meses, pero siempre tenía el móvil apagado. Supuse que estaría en el campamento de artes al que mencionó que le gustaría asistir, por eso no insistí.

Debería haber insistido, definitivamente.

Ahora solo quería que me mirase y me reconociera. Me conformaba con que pudiéramos hablar a solas una última vez. ¿Era tanto pedir?

Entre el público, tres chicas con una pancarta gritaron al unísono lo mucho que querían a Dalila. Ese dato no me habría llamado la atención (para entonces ya me había insensibilizado a los Castorfans) de no ser porque advertí que se trataba de las Whopper.

¿Eran ellas las amigas a las que hacía referencia Dal? ¿Ellas? ¿Las tías que quisieron descuartizar a Dal cuando llegó nueva al instituto?

Puse los ojos en blanco y negué en silencio. ¡Cuánta hipocresía! —Bueno, Dalila —dijo el presentador—, antes de despedirnos hasta la próxima entrevista, que será en el set de rodaje y a la que invitamos a todos nuestros espectadores, ¡vamos a dar un fuerte aplauso a tus padres para que despidan con nosotros esta retransmisión!, ¿te parece?

Antes de que los nuevos invitados subieran al escenario, incapaz de aguantar allí más tiempo, di un paso hacia atrás para marcharme, pero choqué contra alguien.

Fui a disculparme cuando una voz dijo a mi espalda:
—Pues sí que ha mejorado la chica en solo dos añitos. Si no fuera porque seguramente me metería en un lío, ya habría intentado seducirla con mis encantos.

Creía que nada podría superar la sorpresa inicial de descubrir a Dal convertida en una superestrella, pero tampoco me había llegado a plantear todas las posibilidades.

Despacio, me di la vuelta y alcé la mirada unos centímetros para encontrarme con alguien a quien había desterrado hacía tiempo de mi vida. Alguien cuyo recuerdo me agriaba el ánimo en todas sus acepciones. Alguien en quien una vez confié y que me dejó en la estacada.

Mi hermano mayor.

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Even heroes have the right to dream It’s not easy to be me.

Five For Fighting, ‹‹Superman›› ería absurdo no reconocer que tenía pensado el comentario desde que le había visto. Necesitaba una entrada triunfal, una frase que rompiera el hielo y limase las asperezas entre Aarón y yo, que le recordara lo bien que nos habíamos llevado en el pasado. Y, por su cara, creo que lo había conseguido.

—Hola, hermanito —añadí abriendo los brazos para darle un abrazo.

Él me miró, frunció el ceño y me esquivó. Un poco más adelante se puso los auriculares, metió las manos en los bolsillos y se alejó a toda prisa.

—Mierda… —mascullé. Puse los ojos en blanco y después eché a correr tras él, sorteando a toda la gente que se apelotonaba a nuestro alrededor—. ¿Te importaría esperarme?

S

No me hizo ningún caso. Se escurrió entre la muchedumbre hasta llegar a la calle perpendicular. Para cuando logré salir, me sacaba una amplia ventaja y me tocó echar una carrerita. ¡Genial!

En cuanto dejé atrás todo lo de Castorfa, la calle se ensombreció. Las escasas farolas proyectaban haces de luz tan frágiles e inseguros que amenazaban con desvanecerse con cada ráfaga de viento; ¿y se suponía que esa urbanización era de las más caras de Madrid?

Apreté el paso hasta colocarme junto a Aarón. Éramos los únicos viandantes. Todo el mundo debía de estar alrededor del escenario o en sus casas pegados a la televisión.

—Oye… —dije antes de empujarle suavemente en el hombro. Ni se inmutó.

Nuestras pisadas sobre la acera y la música enlatada que salía de sus auriculares eran los únicos sonidos a nuestro alrededor, aunque a lo lejos todavía podían oírse los gritos de la gente.

De un manotazo le quité uno de los cascos.
—Te vas a quedar sordo —le dije.
—Déjame en paz —protestó, volviéndoselo a colocar en su sitio. —No, no te dejo —repliqué, y se lo volví a quitar.
—Pero ¿qué haces?

Esta vez me dio un empujón sacándome a la carretera desierta. —Yo también me alegro de verte —dije tras componer una sonrisa conciliadora. Sabía que no iba a ser fácil y que había algunas cosas que hablar antes de que llegara a perdonarme.

—Pues yo no —me espetó—. Y si no te importa, me gustaría que me dejaras solo.

Había crecido considerablemente. La última vez que lo vi me llegaba por los hombros, pero ahora no le sacaba más de un par de

dedos. Su mirada, azulada en mi memoria, grisácea bajo la luz de las farolas, me recordó a la de nuestro padre: calculadora pero con cierto brillo soñador, y algo taciturna, me atrevería a decir. Como si cargara con un peso que no le correspondía. ¡Ups! También había heredado de él su mandíbula marcada y los labios pequeños. Llevaba el pelo rubio oscuro hasta casi los hombros y bastante despeinado. Por lo demás, seguía siendo el hermano pequeño que recordaba. Verdaderamente testarudo si estaba molesto. Y ahora, por si cabía alguna duda, lo estaba.

—Aarón, espera. —Le agarré del brazo—. Tío, ¡espera un momento!, ¿quieres? Ya te he dicho que lo siento.

—No, no lo has dicho.
—Ah, ¿no? Bueno, pues eso. —En el silencio que siguió advertí una vacilación en sus ojos—. Un momento, a ti te pasa algo más…

Resopló con impaciencia y comenzó a girarse, pero lo volví a agarrar.

—¡Que me sueltes, joder! —me espetó con rabia. Obedecí al instante—. ¿Cómo tengo que decirte que quiero estar solo?

Vale, sabía que nuestra reconciliación no iba a ser sencilla, pero después de todo ese tiempo esperaba que las cosas se hubieran calmado un poco. Estaba claro que a mi hermano no le iba el lema de «Paz y amor».

—Entiendo que estés todavía picado, pero no…
—¿Picado? —me interrumpió con frialdad, y se detuvo en se co—. Picado estaría si me hubieras abierto la hucha sin permiso pero no me hubieras dejado sin ahorros, o si hubieras tardado en llamar pero lo hubieras hecho. Picado estaría si me hubieras robado mi bicicleta pero me la hubieras devuelto, en lugar de encontrarla dos días

después aparcada cerca de la estación de tren. No, Leo, no estoy picado. Lo que estoy es muy, muy cabreado.

Pude jurar que no mentía.
—Siento que tuvieras que pagar tú el pato, pero entiéndeme… —Su mirada me advirtió de que no haría ningún esfuerzo. Me revolví el pelo nervioso, y cambié de estrategia—. Quiero decir que, vale, tienes motivos para estar enfadado conmigo. Eso no te lo niego. Pero he vuelto y te he pedido disculpas. ¿Qué más quieres que haga?

—Olvídame —dijo—. Lo has hecho estupendamente durante dos años, no creo que te resulte difícil.

Dicho esto, dio media vuelta y se alejó corriendo.

Fruncí los labios y comencé a morderme las uñas, como siempre que me alteraba. ¿Es que no podía poner un poquito de su parte? Al fin y al cabo, yo tampoco lo había tenido fácil y estaba haciendo todo lo posible por enmendar el error.

Fui yo quien se encontró solo de pronto. Quien tuvo que marcharse lejos de su familia para intentar aclarar qué iba a hacer con su futuro sin tener que soportar los ruegos de una madre sobreprotectora y los gritos de un padre con dotes de mando militar; quien no había vuelto a ver a sus antiguos amigos porque seguramente estarían acomodados en sus perfectas universidades con sus perfectas novias…

Sí, no debería haber desaparecido de un día para otro sin dar ninguna explicación, pero no me quedó otra alternativa. Y, de acuerdo, Aarón podía haberse enterado de mis motivaciones, ¡pero es que ni siquiera entonces yo mismo las entendía!

Di una patada a una raíz que sobresalía del jardín colindante y eché a andar hacia casa de muy mal humor y con el frío calándome hasta los huesos. En cualquier serie de televisión nuestra conversa

ción habría sido muy diferente. Habría sido un reencuentro por todo lo alto con un abrazo final.

La realidad era un auténtico asco.

Cuando llegué a casa metí la llave en la cerradura y forcejeé con ella un rato antes de recordar que la habían cambiado. Con resignación, llamé al timbre y esperé a que me abrieran. La maravillosa vida bohemia al estilo Rent había terminado para mí. Cuanto antes me hiciera a la idea de que el mundo había podido conmigo, mejor.

—Ya creía que habías vuelto a desaparecer —dijo mi madre de mal humor mientras abría la puerta con una mano y sujetaba un recipiente lleno de puré de patata en la otra.

Se llama Bárbara y lo normal cuando me fui de casa era verla colgada al teléfono móvil, o, en su defecto, al fijo de casa. Trabajaba de administradora en una importante firma de perfumes que, si bien le ofrecía al mes un salario para mantener aquella casa, la tenía explotada a tiempo completo. Quizá por eso siempre tenía la agenda ocupada con clases de yoga, chi kung, tai chi y una decena más de artes milenarias con nombres de menú chino, que, según decía, tonificaban su cuerpo y su mente.

De ahí mi desconcierto al verla tan atareada preparando la cena. —¿Todavía no has hecho copia de las llaves? —me preguntó—. Coge las mías o pídele a Aarón que te deje las suyas.

—Sí, estará encantado —musité antes de quitarme la cazadora y colgarla en el armario del recibidor.

—¿Lo has encontrado?
—¿A quién? —repliqué entrando en la cocina. Aquella era una de las habitaciones más grandes de toda la casa. En ella podría haber cabido perfectamente el piso que había compartido en Londres y la mitad del de Nueva York. Juntos.

—¿Cómo que a quién? ¡A Aarón!
—¿No ha vuelto?

Mi madre echó un vistazo rápido al reloj de la pared y negó con exasperación.

—Desde que ha dejado sus maletas arriba, no. La cena ya casi está lista y todavía tiene que desempaquetar sus cosas y bajar toda la ropa sucia o se quedará sin lavar.

—¡¿Qué?! ¿Sin lavar? —exclamé—. ¡Deprisa, coge a las niñas, que yo iré a por el coche!

Mi madre me fulminó con la mirada y yo sonreí.
—¿A que me echabas de menos?
—Vete a buscar a tus hermanas y diles que vayan bajando —ordenó. Después volvió a mirar la hora—. Pero ¿dónde se habrá metido este chico?

Mi madre no parecía llevar demasiado bien el hecho de que, de la noche a la mañana, sus cuatro hijos se hubieran vuelto a reunir bajo el mismo techo. Sin más dilación, me dispuse a cumplir los deseos de mi adorable madre.

Nuestra casa, como todas las que componían aquella urbanización, contaba con tres pisos y un jardín tan amplio que, a pesar de la piscina, la fuente y los columpios de madera, seguía pareciendo vacío.

Subí las escaleras saltándome varios escalones, sin detenerme a mirar las fotografías que colgaban de la pared y que me recordaban

viejos tiempos que por el momento prefería olvidar, y me detuve frente a la primera puerta que encontré a la derecha.

La habitación de mi madre estaba al fondo del pasillo. La de mi hermano en la otra punta y, entre medias, había un baño frente al cual se encontraba el cuarto de Alicia y Esther. La mía, como no podía ser de otro modo, estaba en los calabozos del castillo.

Llamé con los nudillos un par de veces antes de abrir la puerta. —Se supone que hay que esperar a que te den permiso para entrar después de llamar —me espetó Esther desde la cama sin levantar la mirada de la revista que estaba hojeando.

—¡Déjalo en paz! —exclamó Alicia corriendo hacia mí y saltando a mis brazos—. Pinchas —añadió cuando le planté un beso en la mejilla.

Al menos había alguien que se alegraba de tenerme de vuelta. —Mañana me afeitaré, lo prometo.
—Como si tu palabra valiera algo —musitó mi otra hermana. Supongo que yo era igual o peor a su edad, pero era mucho más duro tener que soportarlo desde fuera. Como mi ex compañero de piso Kevin decía, a los adolescentes deberían meterlos en jaulas, mandarlos a un búnker, aislarlos en la Antártida y dejarlos allí hasta que cumplieran los dieciocho. Solía dictar sentencia en temas que apenas conocía debido a su fama como bloguero y buscador de tendencias, pero en casos como este, me gustaría saber dónde firmar.

Esther tenía quince y ya se vestía como si tuviera veinticinco. En las escasas horas que había pasado con ellas, lo único que había hecho era encender el ordenador, colocar toda su ropa en un montón a la entrada de su cuarto para que se la recogiesen y se la dejasen en el armario al día siguiente perfectamente planchada, y hablar por teléfono. ¿Qué clase de monstruo estaban criando en esta reserva?

Su parte de la habitación estaba plagada de pósters de cantantes y actores tan retocados que parecían digitales. El armario, junto a la puerta, estaba forrado con fotos, entradas de conciertos, pegatinas y etiquetas de ropa. Cuando me marché imitaba el estilo de Hannah Montana. Dos años más tarde, parecía sacada de Gossip Girl.

Alicia, por el contrario, seguía siendo una niña. Acababa de cumplir nueve años y todavía se ilusionaba cuando alguien le pedía que le enseñara sus dibujos o le preguntaba por el colegio. El fondo de la habitación era su territorio y cada centímetro cuadrado estaba pintado de verde suave, su color favorito. Incluso el edredón de la cama era de esa tonalidad, con ovejas y vacas pastando en un prado de algodón. Sus estanterías estaban llenas a rebosar de películas y peluches perfectamente ordenados. No había nada que le gustara más que explicar las razones por las que Baloo iba delante de Winnie the Pooh o por qué había castigado a su hipopótamo tristón en un rincón.

Les dije que nos esperaban abajo.
—Yo paso de cenar —repuso Esther.
—¿Por qué? —pregunté.

Miró al techo y negó con exasperación.
—Porque no tengo hambre… y porque no me da la gana. ¿Cómo lo ves?

—Déjala —convino Alicia—. Está en la edad del gallo.
—Se dice la edad del pavo, idiota —la corrigió la otra.

Si Aarón había heredado los rasgos de mi padre, Alicia y ella habían heredado los de mi madre. Ambas tenían el pelo rubio, más claro que mi hermano. La más pequeña, rizado y del color de la vainilla. La otra, liso como una tabla. Sus ojos eran desconcertantemente idénticos: azules, grandes e inquisitivos. Pero donde una destilaba

condescendencia, la otra era pura dulzura. Ojalá permaneciera así para siempre.

—Tranquilo —me dijo Alicia cerrando los ojos con seriedad—. Es un caso perdido.

No pude por menos de reír.
—Como no os larguéis, aviso a mamá.
—Ya nos vamos, tranquila. —Abrí la puerta y dejé pasar a Alicia delante—. Pero ten cuidado, no vaya a estallarte la cabeza de tanto leer esas porquerías.

—¡¡¡Mamá!!!

En cuanto cerré la puerta, oí un golpe seco al otro lado. Posiblemente, un libro o la funda de sus Ray-Ban.

—¿Qué está pasando ahí arriba? —preguntó mi madre. Antes de que pudiéramos responder, oímos un portazo—. Vaya, por fin te dignas aparecer.

—Me he entretenido. —Era Aarón.
—Ya, pues tu maleta sigue igual que la has dejado y me tienes que ayudar con el jardín. ¿Y qué has hecho con tu ropa? ¡Está hecha un asco!

Mi hermano dejó las llaves con un tintineo en el plato de la mesa de entrada y se dirigió a las escaleras. Cuando nos vio en lo alto, se volvió hacia mi madre.

—A lo mejor puede ayudarte Leo ahora que ha vuelto.

Aarón pasó a nuestro lado sin dirigirme una sola mirada, le dio una palmada a Alicia en la cabeza y se metió en su cuarto.

—¡La cena ya está! —volvió a gritar mi madre.

Volví la mirada atrás un instante y suspiré. Hogar, dulce hogar.

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I hear in my mind all of these voices I hear in my mind all of these words I hear in my mind all of this music…

Regina Spektor, ‹‹Fidelity›› e deshice de la ropa cubierta de barro y la dejé en un rincón. Después abrí el armario y rebusqué entre el desorden hasta dar con un pantalón de chándal y una camiseta arrugada como un acordeón.

«La próxima vez, acuérdate de doblarla y no te pasará esto», imaginé que me decía mi madre. Como si eso fuera a cambiar en algo mi patética existencia.

Me dejé caer sobre la cama y cerré los ojos. Todavía me latía el corazón con fuerza.

Tras alejarme del sinvergüenza de Leo por la calle (¿de verdad había vuelto y había intentado hacerme creer que todo seguía igual?), di un rodeo y regresé a casa de Dal. No podía marcharme así como así, sin intentar al menos saludarla, conseguir que me viera, que me dijera algo. Perderla dos veces en un mismo día sin luchar habría sido demasiado, incluso para mí.

M

Así pues, mientras el show continuaba en la parte delantera de la casa, hice lo que cualquiera habría hecho en mi situación: me colé en el jardín trasero por un camino que había utilizado más de una vez en el pasado y me escabullí como un ladrón a través de las arizónicas que delimitaban la propiedad. Una vez al otro lado, me intenté sacudir toda la suciedad posible con las manos, pero los rotos y la humedad eran difíciles de arreglar (¡todo fuera por amor!).

Tardé diez segundos en ser descubierto y quince en ser atrapado. Dos tipos grandes como yetis se echaron sobre mí en cuanto advirtieron mi silueta recortada en las luces de sus linternas. Y, a pesar de todo, todavía tuve el valor de intentar escapar corriendo.

El resto es historia: me atraparon (obviamente), me interrogaron, me advirtieron de lo que les hacían a los tipos como yo y terminaron echándome un sermó

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