Claudia (Serie Claudia 1)

Fragmento

Cuando llegó, nadie estaba preparado. Metidos dentro de sus abrigos, encogidos debajo de los paraguas, los transeúntes habían dejado de contemplar el cielo de Roma. Había sido un invierno de lluvia y aburrimiento, melancólico y raro, pero al final todos se habían acostumbrado al paso monótono de los días.

Entonces sucedió. Se precipitó, rasgando una nube con un soplido, dispersando los pájaros en vuelo, agitando la ropa tendida y las ramas adormecidas. Voló un paraguas, un abrigo se abrió y fue primavera. La ciudad se estremeció, adueñada por una ola de pétalos y salobridad, y se acordó del cielo. Levantó los ojos y se acordó del viento, de aquella brisa violenta y ardiente que favorece el nacimiento de las plantas, da paso a las mariposas y dispersa el polen por los campos. Pero nadie recordó su nombre.

La gran hélice de madera instalada en la entrada del taller empezó a girar lentamente, movida por las ráfagas de viento. Este se deslizó por el gran vestíbulo, entre las líneas de luz que la sombra de cuatro vidrieras bañadas por la lluvia dibujaban en el suelo. Sobre el pavimento polvoriento había una treintena de bicicletas de diferentes tamaños dispuestas en una fila. Las más cercanas a la puerta eran las de carreras, a su lado estaban las de paseo, y en un rincón, las bicicletas para niños. Cuadros sin ruedas y llantas metálicas enmarcaban una composición de círculos y rombos en la pared del fondo. En una estantería de hierro se almacenaban varias piezas de recambio, alineadas con orden. A mano izquierda, en una pared de ladrillo rojo, colgaban las herramientas de trabajo, y a la derecha una tapicería pasada de moda sugería la existencia de una pequeña sala de estar para ciclistas fatigados. El mobiliario consistía en un sofá de piel gastada, una lámpara de un amarillo indeciso y una radio. Guido la encendía todas las mañanas a las ocho y la apagaba todas las noches a las nueve en punto. Nunca cambiaba la frecuencia y se lavaba las manos cada vez que tenía que tocarla. No permitía que nadie la usara, ni siquiera su propio hijo. Era la única cosa de aquel lugar que consideraba exclusivamente suya. Todo lo demás lo compartía con el resto de los ciclistas.

Cuando el viento de primavera llegó, Guido estaba restaurando una Bianchi verde agua de los años setenta. Sus manos negras de grasa trabajaban de forma experta alrededor de la morsa de los frenos mientras sus pensamientos se perdían en el recuerdo de una carrera ciclista en la que había competido mucho tiempo atrás: la Heroica. Un viaje entre las colinas de Siena por blancos y polvorientos caminos de tierra, como senderos entre las nubes. Había cruzado la línea de meta en primer lugar, cubierto de polvo y sudor. Todavía sentía la victoria en la piel, como recuerdo de un tiempo muy lejano. El hombre inspiró el viento perfumado y cerró los ojos. Una sonrisa se abrió paso entre el bigote gris y la barba más clara. Alzó la vista y caminó hacia la entrada abriendo los brazos, como para recibir a un viejo amigo.

—Favonio —dijo llamándolo por su nombre.

El aire se deslizó dentro de las mangas de su viejo mono de trabajo devolviéndole el saludo, mientras la última nota de los violines de la radio vibraba dulce en el vacío. Una voz cavernosa pronunció con lentitud: «“Allegro, concierto n.º 1 en si bemol mayor”, de Tomaso Albinoni».

El viento se detuvo y llegó una bicicleta de color aluminio. Un chico con un sombrero de adulto entró en el vestíbulo, frenó con suavidad y se quedó en equilibrio sobre los pedales.

—Pero ¿por qué tienen siempre una voz tan triste? No lo entiendo, esta música es alegría en estado puro —dijo Anselmo a su padre.

—¿Quién? ¿Qué voz? —preguntó Guido.

—La de ellos, los que hablan por tu radio.

Guido se encogió de hombros.

—No es triste.

El chico, en absoluto satisfecho con la respuesta, se mantuvo unos instantes de pie sobre los pedales, con la mirada perdida en lo alto, imaginándose a la mujer que había detrás de aquella voz. Tenía sin duda ojos pequeños y manos nudosas.

—Eh —lo llamó el padre.

—Hum… —musitó el chico, distraído.

—¿Has visto algo?

Anselmo sacudió la cabeza y puso finalmente los pies en el suelo.

—No, el viento todavía es demasiado suave.

Guido observó la hélice. Giraba a sacudidas, al ritmo irregular de las primeras ráfagas.

—Pero esta noche aumentará.

Pocas horas antes de que oscureciera, Claudia salió del supermercado con dos bolsas de la compra medio vacías. Fuera la estaba esperando Merlina, su bicicleta. Una Olmo de hombre, de un azul roído por el óxido, con ruedas macizas y una bocina violeta en lugar de timbre. Colgó las bolsas en el manillar, una a cada lado, y suspiró. Odiaba ir en bicicleta con aquel peso, que le impedía pedalear con velocidad, pero ella siempre iba en bicicleta, y su madre no hacía nunca la compra, de modo que no tenía otra opción.

Se puso en marcha por una amplia avenida desierta observando la luz anaranjada de las farolas de la periferia. La hilera de luces se interrumpía bruscamente frente a un muro de hormigón armado de nueve pisos de alto y un kilómetro de largo: el Corviale. En Roma lo llaman el Serpentone, y dicen que el arquitecto que lo proyectó, después de haber visto la obra finalizada, se suicidó. Claudia nunca lo creyó. Es el tipo de historias que cuentan los chicos sentados en sus motos en las plazoletas. Beben, fuman y hablan de cosas así. Es culpa de las motos. Si fueran en bicicleta se cuidarían mucho más de no malgastar el aliento.

De todos modos, ahí estaba la plazoleta. Con las motos, los chicos y las nubes de humo. Las fauces brumosas del Serpentone.

Giró, cambió de calle y entró en su portal.

Delante del ascensor encontró la nota de costumbre: NO FUNCIONA. En el papel, amarillo por el paso de los meses, había aparecido una nueva amenaza: VAMOS A LLAMAR A EL TAZZINA.

El Tazzina era un viejo del barrio que había perdido una oreja en la guerra, o al menos eso decía él. Decía un montón de cosas, todas irrepetibles, y siempre había vivido en el Corviale. Era huraño y esquivo, y las madres a menudo lo utilizaban para asustar a los niños desobedientes, un poco como el hombre del saco. Recurrir al Tazzina, en definitiva, era realmente el último recurso. Al igual que las madres frente a los caprichos de los hijos, los habitantes del edificio sabían que tenían que lidiar con un enemigo obstinado e indiferente que nunca repararía aquel ascensor, pero, al contrario que los niños, la administración de la comunidad de propietarios no tenía imaginación, y sin imaginación el Tazzina no servía para nada y el ascensor permanecía fuera de servicio.

A pesar de todos estos pensamientos, a Claudia se le escapó una sonrisa. Se imaginó al Tazzina obligando a los operarios a reparar el ascensor, maldiciendo como de costumbre. Después alzó la mirada, hacia el hueco de la escalera que se elevaba lúgubre en medio de la oscuridad, y su sonrisa desapareció. Siete pisos a pie con las bolsas de la compra y Merlina al hombro. Dejarla atada en la calle equivalía a regalársela a los chicos del barrio, de modo que no había elección.

Llegó a casa jadeando. El piso estaba vacío y sobre la mesa había una bandeja de aluminio dándole la bienvenida. Dentro había una bola de arroz frito empanado y su lado otra cosa amarillenta: sobras del restaurante donde su madre trabajaba todas las noches. Claudia cogió el arroz, abrió la ventana, se acurrucó en el alféizar y se puso a masticarlo en medio la oscuridad, contemplando Roma a sus pies, inmóvil. Siempre soplaba el viento allí arriba, era lo único bueno de aquel lugar.

—Esta croqueta de arroz da asco, ¿quieres un poco? —le preguntó al viento.

El viento se mantuvo en silencio.

Lo tomó por un sí. Le dio otro mordisco y lanzó al vacío el último bocado, mirando fijamente la cúpula de San Pedro, azul y minúscula en el horizonte.

Una violenta ráfaga de viento la sacudió y casi le hizo perder el equilibrio.

—¿Ves?, da asco —sentenció metiéndose de nuevo en la casa antes de sufrir el mismo final que la media croqueta.

Cerró la ventana y se quedó mirando su imagen reflejada en el cristal. Pelo muy corto, de color rubio ceniza, con una trenza larga y fina que, como si se tratara de medio marco desvencijado, le caía hasta la espalda por el lado izquierdo de su cara delgada. Ojos verdes, silenciosos y profundos, empapados de la misma la luz que los bosques de alta montaña. Boca y nariz pequeñas, perdidas entre las marcadas líneas de los pómulos. Y después aquel lunar, negro y redondo, justo en el centro de la barbilla. Odiaba ese lunar. Se puso un dedo en el mentón para taparlo, imaginando su cara sin aquella horrible mancha. Nada, no lo conseguía, y además, ¿para qué habría servido? ¡Solo una operación quirúrgica hubiese podido salvarla!

Se cepilló los dientes y se fue a dormir.

Al día siguiente, de nuevo a la escuela. Levantarse al amanecer para llegar al otro extremo de la ciudad en el momento en que sonaba el timbre. Su madre había decidido enviarla a una escuela ubicada en el centro para darle un futuro mejor.

—Que vivamos aquí no es culpa mía —repetía continuamente—. Fue tu padre quien me trajo.

Durante ese tiempo le había proporcionado una veintena de kilómetros que tenía que recorrer todos los días. Para llegar al instituto Modigliani era necesario tomar tres autobuses o bien una hora de bicicleta y, al menos en eso, Claudia había podido elegir.

El viento arreció.

Al amanecer, era un remolino; dos horas más tarde, torcía las copas de los árboles. Anselmo estaba leyendo el periódico recién impreso, sentado en el salón para ciclistas, cuando de repente el viento entró en el taller alborotando las páginas del diario. La hélice que había enfrente de la cicloficina empezó a girar cada vez más rápido, hasta confundir la forma de sus palas en un único círculo vibrante. Y de él salió un sonido agudo: se trataba de la señal.

Anselmo y Guido intercambiaron una mirada.

Era el momento.

Guido se dirigió a paso veloz hacia una puerta que daba a la parte trasera y volvió con una gran bolsa de cartero. Se la entregó a Anselmo, que ya estaba montado en su bicicleta y lo estaba esperando en la calle.

—No durará mucho —advirtió el chico mirando el cielo.

—¡Entonces, date prisa! —respondió el padre.

—¡Voy volando!

Anselmo se colgó la bolsa y partió rápidamente en la dirección del viento, levantándose sobre los pedales con una sonrisa de pura felicidad.

Ir en bicicleta por Roma es un desafío al destino. El romano no conduce para desplazarse de un lugar a otro de una manera cómoda y veloz, el romano conduce para recordarle al mundo entero que es un habitante de la Ciudad Eterna. Y por lo tanto siempre tiene preferencia. Respetar el código de la circulación es como tomar un capuchino en un vaso de plástico: se puede hacer, no es que sea algo malo, pero ¿puede compararse con bebérselo en una taza?

—¿Qué diferencia hay? —había preguntado Anselmo una vez, perplejo.

Le había respondido Chagall, un muchacho que, como él, tenía diecisiete años, pero que en el resto de las cosas era diametralmente opuesto. Había llegado hasta la cicloficina después de romper su bicicleta de cross con una acrobacia algo arriesgada, sobre todo considerando el hecho de que Chagall no era lo que se dice un peso pluma. Después, como tantos otros, había decid

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