La última lágrima (La última lágrima 1)

Lauren Kate

Fragmento

cap

Prólogo

 

Prehistoria

Había llegado el momento.

Un atardecer ámbar oscuro. La humedad tirando del cielo apacible. Un coche solitario recorriendo el puente Seven Mile hacia el aeropuerto de Miami, hacia un vuelo que no se cogería. Una ola gigantesca elevándose en el agua, al este de los Cayos, convirtiéndose en un monstruo que desconcertaría a los oceanógrafos en las noticias de la noche. El tráfico detenido en la entrada del puente por unos hombres vestidos de obreros que cortaban de forma temporal la carretera.

Y él: el chico en el barco pesquero robado, a cien metros al oeste del puente. El ancla echada. Los ojos fijos en el último coche al que habían dejado cruzar. Llevaba allí una hora y se quedaría tan solo unos instantes más para observar; no, para supervisar la tragedia inminente, para asegurarse de que en esa ocasión todo iba a ir bien.

Los hombres que se hacían pasar por obreros se llamaban a sí mismos los Portadores de la Simiente. El muchacho del barco también era uno de ellos, el más joven de su estirpe. El coche del puente era un Chrysler K de 1988, color champán, con doscientos mil kilómetros y un espejo retrovisor pegado con cinta adhesiva. La conductora era arqueóloga, pelirroja, madre. La pasajera era su hija, una adolescente de diecisiete años procedente de New Iberia, Luisiana, y el objetivo de los Portadores de la Simiente. Madre e hija estarían muertas en cuestión de minutos… si el chico no lo estropeaba.

Se llamaba Ander. Estaba sudando.

Estaba enamorado de la joven del coche. Así que allí, en aquel momento, con el suave calor de Florida a finales de primavera, las garzas azules persiguiendo a las garcetas blancas por un cielo ópalo negro y el agua en calma a su alrededor, Ander debía elegir entre cumplir con las obligaciones de su familia o…

No.

La elección era más simple que eso: salvar al mundo o salvar a la chica.

El coche pasó el primero de los once kilómetros del largo puente hacia la ciudad de Marathon, en medio de los Cayos de Florida. La ola de los Portadores de la Simiente estaba destinada al kilómetro seis, justo pasado el centro del puente. Cualquier cosa, desde un ligero descenso de la temperatura hasta la velocidad del viento, pasando por la textura del fondo marino, podría alterar la dinámica de la ola. Los Portadores de la Simiente debían estar preparados para adaptarse. Podían hacer algo así: crear una ola en el océano usando un soplo antediluviano para después dejarla caer en un lugar determinado, como una aguja sobre un disco que desatara una música de mil demonios. Hasta podrían salir impunes. Nadie juzgaría un crimen que no supiera que se había cometido.

La creación de olas era un elemento del poder cultivado de los Portadores de la Simiente, el Céfiro. No se trataba de dominar el agua, sino más bien de la habilidad para manipular el viento, cuyas corrientes ejercían una fuerza poderosa sobre el océano. Habían criado a Ander para que venerara al Céfiro como una divinidad, aunque sus orígenes no estaban claros. Había nacido en un tiempo y un lugar que los ancianos Portadores de la Simiente ya no mencionaban.

Llevaban meses hablando únicamente de la certeza de que el viento adecuado bajo el agua adecuada sería lo bastante potente para matar a la chica adecuada.

El límite de velocidad era de sesenta kilómetros por hora y el Chrysler iba a cien. Ander se secó el sudor de la frente.

Una luz azul pálida brillaba dentro del coche. De pie en el barco, Ander no les veía la cara. Tan solo distinguía dos coronillas, unos orbes oscuros apoyados en los reposacabezas. Se imaginó a la chica escribiendo un mensaje a una amiga para contarle las vacaciones con su madre, haciendo planes para quedar con la vecina de las mejillas salpicadas de pecas o con aquel chaval con el que pasaba tiempo y al que Ander no soportaba.

Llevaba toda la semana viéndola leer en la playa el mismo libro de bolsillo descolorido, El viejo y el mar. La observaba pasar las páginas con la lenta agresividad de alguien que está sumamente aburrido. Aquel otoño ella cursaría el último año en el instituto y Ander sabía que se había matriculado en tres clases avanzadas; una vez estaba en uno de los pasillos del supermercado y, a través de las cajas de cereales, oyó como la muchacha hablaba con su padre de eso. Sabía lo mucho que ella odiaba el cálculo.

Ander no iba al colegio. Él estudiaba a la chica. Los Portadores de la Simiente le obligaban a hacerlo, a perseguirla. A aquellas alturas, ya era un experto.

A la chica le encantaban las pacanas y las noches despejadas en que podía ver las estrellas. Tenía muy mala postura en la mesa, pero cuando corría, parecía que volaba. Se depilaba las cejas con unas pinzas de brillantitos y en Halloween todos los años se disfrazaba con el viejo vestido de Cleopatra de su madre. Bañaba la comida en tabasco, corría un kilómetro y medio en menos de seis minutos y tocaba la guitarra Gibson de su abuelo, sin técnica pero con mucho sentimiento. Pintaba lunares en sus uñas y en las paredes de su habitación. Soñaba con dejar las aguas pantanosas del bayou por una gran ciudad como Dallas o Memphis, y tocar canciones a micrófono abierto en clubes nocturnos. Quería a su madre con locura, una pasión inquebrantable que Ander envidiaba y se esforzaba por comprender. Llevaba camisetas de tirantes en invierno, iba con sudaderas a la playa, le daban miedo las alturas y aun así adoraba las montañas rusas, y no pensaba casarse nunca. No lloraba. Al reír cerraba los ojos.

Lo sabía todo sobre ella. Bordaría cualquier examen sobre sus complejidades. Había estado observándola desde el 29 de febrero en el que había nacido. Al igual que todos los Portadores de la Simiente. Había estado observándola desde antes de que ninguno de ellos aprendiera a hablar. Nunca habían hablado.

Ella era su vida.

Y tenía que matarla.

La chica y su madre tenían las ventanillas bajadas. A los Portadores de la Simiente no les gustaría. Sabía perfectamente que a uno de sus tíos le habían encargado bloquear las ventanas mientras madre e hija jugaban a las cartas en una cafetería con el toldo azul.

Sin embargo, Ander había visto una vez a la madre de la chica meter un palo en el regulador de tensión de un coche con la batería descargada para arrancarlo de nuevo. Había visto a la joven cambiar un neumático a un lado de la carretera con un calor espantoso sin derramar una gota de sudor. Aquellas mujeres podían hacer ciertas cosas. «Más razón aún para matarla», decían sus tíos, llevándole siempre a defender el linaje de los Portadores de la Simiente. Pero a Ander no le asustaba nada de lo que veía en aquella chica; todo aumentaba su fascinación por ella.

Unos antebrazos bronceados asomaron por ambas ventanillas al pasar por el kilómetro tres. De tal palo tal astilla. Las dos giraban las muñecas al ritmo de la música que sonaba en la radio y que a Ander le hubiera gustado oír.

Se preguntaba cómo olería la sal en la piel de la chica. La idea de estar lo bastante cerca para olerla le bañaba como una ola de placer vertiginoso que se elevaba hasta la náusea.

Una cosa era cierta: jamás la tendría.

Cayó de rodillas en el banco. La embarcación se balanceó bajo su peso, destruyendo el reflejo de la luna naciente. Luego volvió a tambalearse, con más fuerza, lo que indicaba una alteración en alguna parte, en el agua.

Se estaba formando la ola.

Lo único que debía hacer era observar. Su familia se lo había dejado muy claro. La ola alcanzaría el coche y lo haría caer por encima del puente como una flor arrastrada por el desbordamiento de una fuente. El mar se las tragaría hasta sus profundidades. Eso era todo.

Cuando su familia había urdido el plan en el destartalado apartamento de vacaciones de Cayo Hueso con «vistas al jardín» (un callejón lleno de hierbajos), nadie había hablado de las olas subsiguientes que harían desaparecer tanto a la madre como a la hija. Nadie mencionó lo despacio que se descompone un cadáver en el agua fría. Pero Ander llevaba toda la semana teniendo pesadillas en las que imaginaba el cuerpo de la joven tras su muerte.

Su familia dijo que después de la ola se acabaría todo y Ander podría comenzar una nueva vida. ¿Acaso no era eso lo que había dicho que quería?

Simplemente tenía que asegurarse de que el coche se quedara bajo el mar el tiempo suficiente para que la chica muriera. Si por casualidad —aquí los tíos empezaron a discutir— la madre y la hija conseguían liberarse y salir a la superficie, entonces Ander tendría que…

«No», repuso su tía Cora con una voz lo bastante alta para silenciar una habitación llena de hombres. Cora era lo más parecido que Ander tenía a una madre. La quería, pero no le gustaba. «No ocurrirá», había dicho. La ola que Cora provocaría sería lo bastante fuerte. Ander no tendría que ahogar a la chica con sus propias manos. Los Portadores de la Simiente no eran asesinos. Eran los custodios de la humanidad, los que impedían la llegada del Apocalipsis. Estaban generando «un acto de Dios».

Pero sí era un asesinato. En aquel momento la chica estaba viva. Tenía amigos y una familia que la quería. Tenía una vida ante ella, varias posibilidades que se abrían en abanico, como las ramas de un roble hacia un cielo infinito. Poseía un don para hacer que las cosas a su alrededor parecieran espectaculares.

A Ander no le gustaba pensar en el hecho de que algún día la chica pudiera llegar a hacer lo que los Portadores de la Simiente temían que hiciera. La duda le consumía. Conforme la ola se acercaba, consideró dejar que se lo llevara a él también.

Si quería morir, tendría que salir del barco. Tendría que soltar los asideros del final de la cadena soldada al ancla. Daba igual lo fuerte que fuese la ola, porque la cadena de Ander no se rompería; no arrancaría el ancla del fondo del mar. Estaba hecha de oricalco, un antiguo metal considerado mitológico por los arqueólogos modernos. El ancla de aquella cadena era una de las cinco reliquias hechas con la sustancia que los Portadores de la Simiente preservaban. La madre de la chica, una científica poco común que creía en la existencia de cosas que no podía demostrar, habría arriesgado toda su carrera por descubrir tan solo una.

El ancla, la lanza y el átlatl, el vaso lacrimatorio y el pequeño cofre tallado que desprendía una luz verde antinatural era lo que quedaba de su estirpe, del mundo del que nadie hablaba, del pasado que los Portadores de la Simiente tenían como única misión contener.

La chica no sabía nada de los Portadores de la Simiente. Pero ¿acaso conocía sus propios orígenes? ¿Podía retroceder en su linaje familiar tan rápido como él podía recorrer el suyo, retroceder al mundo perdido en la inundación, al secreto al que ambos, ella y él, estaban inextricablemente vinculados?

Había llegado el momento. El coche se acercaba al kilómetro seis. Ander observó como la ola emergía contra un cielo que se iba oscureciendo hasta que su cresta blanca dejó de confundirse con una nube. Vio como se elevaba a cámara lenta, seis metros, diez metros; una pared de agua que avanzaba hacia ellas, negra como la noche.

Su rugido casi ahogó el grito que salió del vehículo. Un alarido que no parecía propio de ella, sino más bien de la madre. Ander se estremeció. El sonido indicaba que por fin habían visto la ola. Las luces de los frenos se encendieron. Después se aceleró el motor. Demasiado tarde.

La tía Cora había cumplido con su palabra: había levantado la ola perfectamente. Esta llevaba un tenue olor a citronela, el toque de Cora para ocultar el hedor a metal quemado que acompañaba a la hechicería del Céfiro. Compacta a lo ancho, la ola era más alta que un edificio de tres plantas, con un vórtice concentrado en sus entrañas y un borde espumoso que partiría el puente por la mitad, pero dejaría intacto el suelo a ambos lados. Cumpliría con su función limpiamente y, lo que era más importante, deprisa. Apenas daría tiempo a los turistas detenidos al principio del puente a sacar los móviles para grabarlo.

Cuando rompió la ola, el tubo se extendió por el puente y volvió hacia atrás para chocar contra la barrera divisoria de la carretera a tres metros delante del coche, justo como estaba planeado. El puente crujió. La carretera se combó. El coche giró hacia el centro del remolino. El chasis se llenó de agua. La ola lo levantó y el vehículo pasó por encima de la cresta para salir disparado hacia el puente por una rampa de mar agitado.

Ander vio como el Chrysler daba una vuelta en el aire hacia la pared de la ola. Mientras bajaba tambaleándose, el chico quedó consternado por lo que vio a través del parabrisas. Allí estaba ella, con su cabello rubio oscuro, extendido hacia fuera y hacia arriba. Un suave contorno, como el de una sombra proyectada por la luz de una vela. Los brazos estirados hacia su madre, cuya cabeza golpeaba el volante. Su grito atravesó a Ander como si fuera cristal.

Si aquello no hubiera sucedido, todo podría haber sido diferente. Pero ocurrió.

Por primera vez en su vida, le miró.

Las manos de Ander resbalaron de los asideros del ancla de oricalco. Sus pies se levantaron del suelo del barco pesquero. Para cuando el coche cayó al agua, el chico ya estaba nadando hacia la ventanilla abierta, luchando contra la ola, sacando las últimas fuerzas antiguas que fluían por su sangre.

Era la guerra entre Ander y la ola. Esta chocaba contra él, le empujaba hacia el banco de arena del golfo, aporreándole las costillas, amoratándole el cuerpo. Ander apretó los dientes y nadó a pesar del dolor, a pesar del arrecife de coral que le rasgaba la piel, a pesar de los fragmentos de cristal y los trozos del guardabarros, a pesar de las gruesas cortinas de algas. Sacó la cabeza a la superficie para coger aire y vio la retorcida silueta del coche, que desapareció bajo un mundo de espuma. Casi se echó a llorar ante la idea de no llegar a tiempo.

Todo se calmó. La ola se retiró, reuniendo los restos flotantes, y elevó el coche a su paso. Dejando a Ander atrás.

Tenía una oportunidad. Las ventanillas estaban por encima del nivel del agua. En cuanto regresara la ola, el coche quedaría aplastado en su depresión. Ander no habría podido explicar cómo su cuerpo se levantó del agua y se deslizó por el aire. Saltó hacia la ola y extendió las manos.

Esta muchacha y cuerpo tan rígido como un palo. Sus ojos oscuros estaban abiertos y el azul se agitaba en ellos. La sangre le resbalaba por el cuello cuando se volvió hacia él. ¿Qué vio? ¿Qué era él?

Esta pregunta y su mirada paralizaron a Ander. En aquel momento de confusión, la ola los envolvió y se perdió una oportunidad crucial: tan solo tendría tiempo de salvar a una de las dos. Sabía lo cruel que era. Pero, egoístamente, no podía dejar a la chica.

Justo antes de que la ola estallara encima de ellos, Ander la cogió de la mano.

«Eureka.»

cap-1

1

 

Eureka

En la calma de la pequeña sala de espera beis, a Eureka le pitaba el oído malo. Se lo masajeó, una costumbre desde el accidente, que la había dejado medio sorda. No sirvió de nada. En el otro extremo de la habitación, giraron el pomo de la puerta. Una mujer con una blusa blanca de gasa, una falda verde oliva y un magnífico pelo rubio, recogido, apareció en el espacio iluminado por una lámpara.

—¿Eureka?

Su voz baja competía con el burbujeo de un acuario que tenía dentro un buzo de plástico fluorescente arrodillado en la arena, pero no había señal de que contuviera peces.

Eureka le echó un vistazo al vestíbulo vacío, deseando invocar a una Eureka invisible que ocupara su lugar en ese momento.

—Soy la doctora Landry. Entra, por favor.

Desde que su padre se había vuelto a casar hacía cuatro años, Eureka había sobrevivido a una armada de terapeutas. Una vida controlada por tres adultos que no se ponían de acuerdo en nada resultaba mucho más complicada que una dirigida por dos. Su padre había dudado del primer psicoanalista, un freudiano de la vieja escuela, casi tanto como su madre había odiado al segundo, un psiquiatra de párpados pesados que repartía atontamiento en pastillas. Luego Rhoda, la nueva esposa del padre, entró en escena y lo intentó con el orientador del instituto, con un acupuntor y con clases de control de la ira. Pero Eureka se había puesto firme en la elección de la condescendiente terapeuta familiar, en cuyo despacho su padre nunca se había sentido menos de la familia. En realidad, le había medio gustado el último loquero, que había propuesto un lejano internado en Suiza, hasta que su madre se enteró y amenazó con demandar al padre.

Eureka se fijó en los zapatos marrones, de piel y sin cordones, de su nueva terapeuta. Ella ya se había sentado en el diván enfrente de muchos pares de zapatos similares. Las doctoras tenían aquel truquito: se quitaban sus zapatos planos al principio de la sesión y volvían a ponérselos para indicar que habían terminado. Todas debían de haber leído el mismo artículo aburrido sobre que el Método del Zapato era una manera más delicada de decirle al paciente que se había acabado el tiempo.

La consulta era expresamente tranquilizante: un largo diván de piel granate apoyado contra la ventana de postigos cerrados, dos sillas tapizadas enfrente de una mesa de centro con un cuenco lleno de esos caramelos de café con el envoltorio dorado y una alfombra bordada con huellas de distintos colores. Un ambientador eléctrico hacía que todo oliera a canela, lo que a Eureka no le importaba. Landry se sentó en una de las sillas. Eureka tiró al suelo su bolsa, que cayó con un golpe fuerte (los libros de las clases avanzadas eran ladrillos) y se deslizó en el diván.

—Bonito sitio —dijo—. Debería comprar uno de esos péndulos oscilantes de bolas plateadas. Mi última doctora tenía uno. O tal vez una fuente con grifos para agua caliente y fría.

—Si quieres agua, hay una jarra junto al lavabo. No me importaría…

—No se preocupe.

Eureka ya había dejado escapar más palabras de las que pretendía pronunciar en toda la hora. Estaba nerviosa. Respiró hondo y volvió a levantar sus muros. Se recordó a sí misma que era una estoica.

Landry liberó uno de los pies de los zapatos marrones y luego usó la punta de ese pie enfundado en la media para quitarse el otro zapato por el talón y revelar unas uñas rojas. Con los dos pies metidos bajo los muslos, Landry apoyó la barbilla en la palma de la mano.

—¿Qué te ha traído aquí?

Cuando Eureka se veía atrapada en una mala situación, su mente volaba a destinos disparatados que no intentaba evitar. Se imaginó una caravana pasando por un desfile triunfal en medio de New Iberia, escoltándola a lo grande hasta su terapia.

Pero Landry parecía sensata, interesada en la realidad de la que Eureka ansiaba escapar. Lo que la había llevado allí era su Jeep rojo. El tramo de veintisiete kilómetros entre aquella consulta y su instituto la había llevado allí, y cada segundo llevaba a otro minuto que no estaba en la escuela calentando para la carrera a campo a través de aquella tarde. La mala suerte la había llevado allí.

¿O era la carta del hospital Acadia Vermilion, donde afirmaban que debido a su último intento de suicidio la terapia no era opcional sino obligatoria?

«Suicidio.» Aquella palabra sonaba más violenta que el intento cometido en realidad. La noche antes de que empezara su último año de instituto, Eureka había abierto la ventana y había dejado que las diáfanas cortinas blancas se inflaran hacia ella mientras estaba tumbada en la cama. Había tratado de pensar en algo bueno que le deparara el futuro, pero su mente no dejaba de retroceder a los momentos de alegría perdidos de los que jamás volvería a disfrutar. No podía vivir en el pasado, así que decidió que no podía vivir. Encendió el iPod. Y se tragó las últimas pastillas de oxicodona que su padre tenía en el botiquín para el dolor que le provocaba el disco fusionado de la columna vertebral.

Ocho, quizá nueve pastillas; no las contó mientras descendían por su garganta. Pensó en su madre. Pensó en María, la madre de Dios, de la que había crecido creyendo que rezaba por todas las personas en el momento de su muerte. Eureka conocía las enseñanzas católicas sobre el suicidio, pero creía en María, cuya misericordia era inmensa, creía que entendería que Eureka había perdido tanto que ya no había nada que hacer salvo rendirse.

Se despertó en una fría sala de urgencias, atada con correas a una camilla y atragantándose con el tubo de una bomba estomacal. Oyó a su padre y a Rhoda discutir en el pasillo mientras una enfermera la obligaba a beber un horrible carbón vegetal líquido para que se uniera a los venenos que no habían podido expulsar de su organismo.

Puesto que no conocía las palabras que la habrían sacado de allí antes —«Quiero vivir», «No volveré a intentarlo»—, Eureka pasó dos semanas en un psiquiátrico. Jamás olvidaría lo absurdo que fue saltar a la cuerda junto a una enorme mujer esquizofrénica durante los ejercicios de calistenia, o comer avena con el universitario que no se había cortado las muñecas con suficiente profundidad y que escupía en la cara de los celadores cuando intentaban darle las pastillas. De cualquier modo, dieciséis días más tarde, Eureka caminaba con dificultad hacia la misa de la mañana, antes de la primera clase en el instituto Evangeline Catholic, donde Belle Pogue, una estudiante de segundo procedente de la ciudad de Opelousas, la detuvo en la puerta de la capilla con un «Debes sentirte afortunada por estar viva».

Eureka había lanzado una mirada de odio a los ojos claros de Belle que había hecho que la chica ahogara un grito, antes de persignarse y escurrirse al banco más cercano. En las seis semanas tras su vuelta al Evangeline, Eureka había dejado de contar cuántos amigos había perdido.

La doctora Landry se aclaró la garganta.

Eureka se quedó mirando fijamente el falso techo.

—Ya sabe por qué estoy aquí.

—Me encantaría oírlo con tus propias palabras.

—Por la mujer de mi padre.

—¿Tienes problemas con tu madrastra?

—Rhoda concierta las citas. Por eso estoy aquí.

La terapia de Eureka se había convertido en una de las causas de la esposa de su padre. Primero había sido para enfrentarse al divorcio, luego para llorar la muerte de su madre y ahora para descargar el intento de suicidio. Sin Diana, no había nadie que intercediera en favor de Eureka para hacer una llamada y despedir al matasanos. Eureka se imaginaba a sí misma atrapada en las sesiones con la doctora Landry a los ochenta y cinco años, igual de fastidiada que en la actualidad.

—Sé que ha sido duro perder a tu madre —dijo Landry—. ¿Cómo te sientes?

Eureka se concentró en la palabra «perder», como si Diana y ella se hubieran separado sin querer en medio de una muchedumbre y pronto fueran a reencontrarse, a cogerse de la mano para pasear hacia el restaurante más próximo en el muelle, comer unas almejas fritas y continuar como si nunca se hubieran separado.

Aquella mañana, desde el otro extremo de la mesa del desayuno, Rhoda le había enviado a Eureka un mensaje: «Doctora Landry, 15.00». Había un hipervínculo para que enviara la cita al calendario de su teléfono. Cuando Eureka hizo clic en la dirección de la consulta, un banderín en el mapa marcó la localización de Main Street en New Iberia.

—¿New Iberia? —dijo con voz quebrada.

Rhoda le dio un sorbo a un zumo verde de aspecto repugnante.

—Pensé que te gustaría.

New Iberia era la ciudad donde Eureka había nacido y se había criado. Era el lugar que todavía consideraba su hogar, donde había vivido con sus padres durante el período no hecho añicos de su vida, hasta que se separaron y su madre se mudó, y su padre, que antes caminaba con paso seguro, comenzó a arrastrar los pies hasta parecer uno de esos cangrejos de pinzas azules del Victor’s, donde había trabajado como chef.

Eso fue cuando el Katrina, y el Rita vino justo después. La antigua casa de Eureka seguía allí —había oído que ya vivía otra familia en ella—, pero tras los huracanes, su padre no había querido dedicarle el tiempo ni los sentimientos necesarios para repararla. Así que se mudaron a Lafayette, a veinticuatro kilómetros y treinta años luz de casa. Su padre consiguió trabajo de cocinero en el Prejean’s, que era más grande y mucho menos romántico que el Victor’s. Eureka cambió de colegio, lo que fue un rollo. Antes de que Eureka supiera siquiera que su padre había superado lo de su madre, ya se habían mudado a una casa grande en Shady Circle. Pertenecía a una señora autoritaria llamada Rhoda. Estaba embarazada. La nueva habitación de Eureka se encontraba al final del pasillo, más allá de la habitación del bebé que estaban preparando.

Así que no, Rhoda, a Eureka no le gustaba que aquella nueva terapeuta viviera en New Iberia. ¿Cómo se suponía que iba a conducir hasta la consulta y llegar a tiempo a la carrera?

El encuentro deportivo era importante, no solo porque el Evangeline corría contra su rival, el instituto Manor, sino porque Eureka le había prometido a la entrenadora que ese día decidiría si se quedaba en el equipo.

Antes de que Diana muriera, habían nombrado a Eureka capitana jefe. Tras el accidente, cuando estuvo lo bastante fuerte físicamente, sus amigas le pidieron que corriera unas cuantas carreras en verano, pero la única en la que había participado le había dado ganas de gritar. Los alumnos de cursos inferiores le tendían vasos de agua con lástima. La entrenadora achacó la lentitud de Eureka a las muñecas escayoladas, pero era mentira. Ya no tenía el corazón en la carrera. No estaba con el equipo. Su corazón se hallaba en el océano con Diana.

Después de las pastillas, la entrenadora le había llevado unos globos, que quedaban ridículos en la estéril habitación del ala psiquiátrica. Ni siquiera le habían permitido quedárselos al finalizar las horas de visita.

—Lo dejo —le dijo Eureka. La avergonzaba que la vieran atada a la cama por las muñecas y los tobillos—. Dígale a Cat que puede quedarse con mi taquilla.

La triste sonrisa de la entrenadora sugería que, tras un intento de suicidio, las decisiones de una chica tenían menos peso que los cuerpos en la luna.

—He pasado por dos divorcios y la batalla de una hermana contra el cáncer —explicó la entrenadora—. No estoy diciendo esto porque seas la más rápida de mi equipo. Te lo digo porque tal vez correr sea la terapia que necesitas. Cuando te encuentres mejor, ven a verme y hablaremos de esa taquilla.

Eureka no sabía por qué había accedido a hacerlo. Quizá no quería defraudar a otra persona. Había prometido intentar ponerse en forma antes de la carrera contra el Manor, volver a probar. Antes le encantaba correr. Le encantaba el equipo. No obstante, eso pertenecía al pasado.

—Eureka, ¿puedes contarme algo que recuerdes del día del accidente? —la animó la doctora Landry.

Eureka estudió el lienzo blanco del techo, como si fuera a aparecer pintada una pista. Recordaba tan poco del accidente que no merecía la pena abrir la boca. Un espejo colgaba de la pared al otro lado del despacho. Eureka se levantó y se colocó delante de él.

—¿Qué ves? —preguntó Landry.

Retazos de la chica que era antes: las mismas pequeñas orejas de soplillo detrás de las que se metía el pelo, los mismos ojos azul oscuro de su padre, las mismas cejas asilvestradas si no las domaba a diario… Todo seguía allí. Y aun así, justo antes de aquella cita, dos mujeres de la edad de Diana habían pasado por su lado en el aparcamiento y habían susurrado: «Ni su propia madre la reconocería».

Era una forma de hablar, como el montón de cosas que decían sobre Eureka en New Iberia: «Podría discutir con la muralla China y ganar», «No tiene oído ni para tocar el timbre», «Corre más rápido que una hormiga pisoteada en las Olimpiadas». El problema de aquellas expresiones era lo fácil que salían de la boca de la gente. Esas mujeres no pensaban en la realidad de Diana, que habría reconocido a su hija en cualquier lugar, en cualquier momento, sin importar las circunstancias.

Trece años de escuela católica hicieron creer a Eureka que Diana estaba mirándola desde el cielo y la reconocía en aquel mismo instante. No le importaría la camiseta rota del árbol de Josué debajo de la rebeca del colegio de su hija, las uñas mordidas o el agujero en el dedo gordo izquierdo de sus zapatillas de lona de pata de gallo. Pero puede que le cabreara cómo llevaba el pelo.

En los cuatro meses desde el accidente, el pelo de Eureka había pasado de un rubio oscuro virgen a un rojo chillón (el tono natural de su madre), un blanco de bote (idea de su tía Maureen, propietaria de un salón de belleza) y un negro azabache (que finalmente parecía quedarle bien) y ahora estaba creciendo con un interesante estilo ombré. Eureka intentó sonreír a su reflejo, pero se veía la cara rara, como la máscara sonriente colgada en la pared de su clase de teatro el año anterior.

—Cuéntame tu recuerdo positivo más reciente —dijo Landry.

Eureka se puso cómoda en el diván. Debía de ser aquel día. Debía de ser el CD de Jelly Roll Morton que sonaba y ella y su madre cantaban con su horrible tono de voz mientras avanzaban con las ventanillas bajadas por un puente que nunca terminarían de cruzar. Recordaba que se había reído por una letra graciosa mientras se acercaban al centro del puente. Recordaba ver la señal blanca, oxidada, del kilómetro seis.

Después: el olvido. Un enorme agujero negro hasta que despertó en el hospital de Miami, con el cuero cabelludo lacerado, un tímpano reventado que nunca se curaría completamente, un tobillo torcido, dos muñecas gravemente rotas, miles de morados…

Y sin madre.

Su padre estaba sentado en el borde de la cama. Lloró cuando la muchacha volvió en sí, lo que le puso los ojos más tristes. Rhoda le tendió unos pañuelos. Sus hermanastros, de cuatro años, William y Claire, la cogieron de la mano con sus deditos suaves, por la parte que no tapaba el yeso. Había olido a los mellizos incluso antes de abrir los ojos, antes de saber que había alguien allí o si estaba viva. Olían igual que siempre: a jabón Ivory y noches estrelladas.

La voz de Rhoda fue firme cuando se inclinó sobre la cama y se colocó las gafas rojas encima de la cabeza.

—Has tenido un accidente. Vas a ponerte bien.

Le contaron que una ola gigantesca había salido del océano como un mito y había arrastrado el Chrysler de su madre hasta sacarlo del puente. Le dijeron que unos científicos habían buscado en el agua un meteorito que pudiera haber provocado aquella ola. Le hablaron de los obreros y le preguntaron a Eureka si sabía cómo o por qué su coche había sido el único al que habían permitido cruzar el puente. Rhoda mencionó demandar al condado, pero su padre le pidió que lo dejara con un gesto. Le preguntaron a Eureka por su milagrosa supervivencia y esperaron a que despejara las incógnitas sobre cómo había terminado en la orilla ella sola.

Al ver que no podía hacerlo, y le contaron lo de su madre.

No escuchó, la verdad es que no oyó nada de aquello. Agradecía que el tinnitus en el oído ahogara casi todos los sonidos. A veces todavía le gustaba que el accidente la hubiera dejado medio sorda. Se había quedado mirando la dulce cara de William, luego la de Claire, pensando que eso la ayudaría. Pero parecía que tuvieran miedo de ella y eso le dolió más que los huesos rotos. Así que clavó la vista más allá, la relajó sobre la pared blanquecina y la dejó allí durante los siguientes nueve días. Siempre les decía a las enfermeras que su nivel de dolor era de siete sobre diez para asegurarse de que le administraran más morfina.

—Puede que sientas que el mundo es un lugar muy injusto —probó Landry.

¿Seguía Eureka en aquella habitación con esa mujer condescendiente a la que pagaban para que no la comprendiera? Eso sí era injusto. Se imaginó que los gastados zapatos marrón topo de Landry se levantaban mágicamente de la alfombra, flotaban en el aire y giraban como las manecillas de un reloj hasta que se acababa la hora y Eureka salía corriendo hacia la competición.

—Los gritos de ayuda como el tuyo a menudo son el resultado de sentirse incomprendido.

«Grito de ayuda» era un eufemismo para «intento de suicidio». No era un grito de ayuda. Antes de que Diana muriera, Eureka creía que el mundo era un lugar increíblemente emocionante. Su madre era pura aventura. Percibía cosas en un camino normal por el que la mayoría de la gente pasaba miles de veces. Se reía más fuerte y con más frecuencia que nadie que Eureka conociera. Había ocasiones en las que incluso había avergonzado a Eureka, pero en ese momento echaba de menos la risa de su madre más que nada.

Habían ido juntas a Egipto, Turquía y la India, en barco por las islas Galápagos, todo como parte del trabajo arqueológico de Diana. Una vez, cuando Eureka fue a visitar a su madre a una excavación en el norte de Grecia, perdieron el último autobús de Trikala y pensaron que no les quedaba más remedio que quedarse allí a pasar la noche, hasta que Eureka, con catorce años, le hizo señas a un camión de aceite de oliva e hicieron autoestop para regresar a Atenas. Se acordó de que su madre la rodeó con el brazo mientras iban sentadas en la parte trasera del camión, entre las cubas acres y agujereadas de aceite de oliva, y en voz baja murmuró: «Sabrías cómo salir hasta de una madriguera en Siberia, niña. Eres la leche como compañera de viaje». Era el cumplido preferido de Eureka. Pensaba en él a menudo cuando se hallaba en una situación de la que necesitaba escapar.

—Estoy intentando conectar contigo, Eureka —insistió la doctora Landry—. Las personas más cercanas a ti están intentando conectar contigo. Les pedí a tu madrastra y a tu padre que anotaran algunas palabras que describieran los cambios que han notado en ti. —Alargó la mano para coger un cuaderno marmolado de la mesita auxiliar junto a la silla—. ¿Quieres oírlas?

—Claro. —Eureka se encogió de hombros—. Siga jugando.

—Tu madrastra…

—Rhoda.

—Rhoda te llamó «fría». Dice que el resto de la familia va con pies de plomo contigo, que eres «cerrada e impaciente» con tus hermanastros.

Eureka hizo un gesto de dolor.

—Eso no es cierto…

¿A quién le importaba si era cerrada? Pero ¿que no tenía paciencia con los mellizos? ¿Era verdad? ¿O era otro de los trucos de Rhoda?

—¿Y qué dice mi padre? Déjeme adivinarlo… ¿«Distante», «taciturna»?

Landry pasó una página.

—Tu padre te describe como…, sí, «distante», «estoica» y «difícil».

—Ser estoica no es malo.

Desde que había estudiado el estoicismo griego, Eureka aspiraba a controlar sus emociones. Le gustaba la idea de conseguir la libertad mediante el dominio de sus sentimientos, de contenerlos para que solo ella pudiera verlos, como una mano de cartas. En un universo sin Rhodas ni Landrys, que su padre la llamara «estoica» tal vez sería un cumplido. Él también era estoico.

Pero eso de que era difícil le molestaba.

—¿Qué clase de suicida se iba a dejar tratar? —masculló.

Landry bajó el cuaderno.

—¿Has vuelto a pensar en el suicidio?

—Me estaba refiriendo a «difícil» —dijo Eureka, exasperada—. Si fuera una loca suicida no habría… Da igual.

Pero era demasiado tarde. Había dejado escapar la palabra que comenzaba por ese, que era como decir «bomba» en un avión. Había saltado la alarma dentro de Landry.

Pues claro que Eureka seguía pensando en el suicidio. Y sí, había contemplado otros métodos, aunque sabía sobre todo que no podía intentar ahogarse; no después de lo que le había sucedido a Diana. Una vez había visto un programa sobre cómo a las víctimas de ahogamiento se les llenan los pulmones de sangre antes de morir. A veces hablaba del suicidio con su amigo Brooks, la única persona en que podía confiar que no la juzgaría, que no se lo contaría a su padre o algo peor. Se sentaba en silencio a escuchar cada vez que ella llamaba a su línea directa. Le había hecho prometer que hablaría con él en cuanto pensara en ello, así que hablaban mucho.

Pero seguía allí, ¿no? Las ganas de abandonar este mundo no eran tan atroces como cuando se había tragado aquellas pastillas. El letargo y la apatía habían reemplazado el deseo de morir.

—¿Le mencionó mi padre por casualidad que siempre he sido así? —preguntó.

Landry dejó el cuaderno sobre la mesa.

—¿Siempre?

Eureka apartó la mirada. Quizá no siempre. Por supuesto que no había sido siempre así. Había sido alegre algún tiempo. Pero cuando tenía diez años sus padres se separaron y después de eso una no se queda alegre.

—¿Hay alguna posibilidad de que podamos ir directamente a la receta de Xanax? —El tímpano izquierdo volvía a pitarle—. Todo esto me parece una pérdida de tiempo.

—No necesitas fármacos. Necesitas abrirte a los demás y no enterrar esta tragedia. Tu madrastra dice que no hablas con ella ni con tu padre. Tampoco has mostrado interés en conversar conmigo. ¿Y con tus amigos del instituto?

—Cat —dijo Eureka automáticamente— y Brooks.

Hablaba con ellos. Si alguno de los dos estuviera sentado en la silla de Landry, Eureka quizá hasta estaría riéndose en ese momento.

—Bien. —La doctora Landry quería decir «Por fin»—. ¿Cómo te describirían desde el accidente?

—Cat es la capitana del equipo de campo a través —respondió Eureka, pensando en la incontrolada mezcla de emociones reflejadas en el rostro de su amiga cuando Eureka le dijo que lo dejaba y le cedía el puesto de capitana—. Diría que me he vuelto más lenta.

Cat estaría en el campo con el equipo en aquellos momentos. Se le daba bien hacerles repasar los ejercicios, pero no era muy brillante dando ánimos, y el equipo necesitaba motivación para enfrentarse al Manor. Eureka echó un vistazo a su reloj. Si salía pitando en cuanto aquello terminara, quizá llegase al colegio a tiempo. Eso era lo que quería, ¿no?

Al alzar la vista, vio que Landry tenía el entrecejo fruncido.

—Sería un poco duro decirle eso a una chica que está llorando la pérdida de una madre, ¿no crees?

Eureka se encogió de hombros. Si Landry hubiera tenido sentido del humor, si hubiera conocido a Cat, lo habría entendido. Su amiga bromeaba la mayor parte del tiempo. No pasaba nada. Se conocían desde siempre.

—¿Qué hay de… Brooke?

—Brooks —la corrigió Eureka.

También le conocía desde siempre. Se le daba mejor escuchar que a ninguno de los psiquiatras en los que se gastaban el dinero Rhoda y su padre.

—¿Brooks es un chico? —Landry volvió a coger el cuaderno y apuntó algo—. ¿Sois algo más que amigos?

—¿Qué importa eso? —le soltó Eureka.

Antes del accidente habían salido una vez, en quinto curso. Pero eran unos críos. Y ella estaba destrozada porque sus padres iban a separarse y…

—Un divorcio a menudo provoca cierto comportamiento en los hijos que les dificulta continuar con sus propias relaciones sentimentales.

—Teníamos diez años. No funcionó porque yo quería ir a nadar cuando él quería montar en bici. ¿Cómo hemos empezado a hablar de esto?

—Dímelo tú. Quizá puedas hablarle a Brooks de tu pérdida. Parece ser alguien que podría llegar a importarte mucho si te permitieras sentir.

Eureka puso los ojos en blanco.

—Vuelva a ponerse los zapatos, doctora.

Cogió el bolso y se levantó del diván.

—Tengo que ir a correr.

Iba a salir corriendo de aquella sesión. Correría de vuelta al instituto. Correría por el bosque hasta que estuviera tan cansada que no le doliera. Puede que incluso corriera de vuelta al equipo que tanto le gustaba. La entrenadora tenía razón en una cosa: cuando Eureka estaba baja de ánimos, correr la ayudaba.

—¿Te veo el próximo martes? —preguntó Landry. Pero para entonces la terapeuta estaba hablando a una puerta cerrada.

cap-2

2

 

Objetos en movimiento

Mientras trotaba esquivando los baches del aparcamiento, Eureka apretó el mando del llavero para abrir a Magda, su coche, y se sentó en el asiento del conductor. Unas currucas amarillas cantaban en un haya, sobre su cabeza; Eureka conocía su canción de memoria. Hacía un día caluroso y soplaba el viento, pero al aparcar debajo de los largos brazos del árbol, el interior de Magda se había mantenido fresco.

Magda era un Jeep Cherokee rojo, heredado de Rhoda. Era demasiado nuevo y demasiado rojo para que pegara con Eureka. Con las ventanillas subidas, no se oía nada de fuera, y se imaginaba que estaba conduciendo una tumba. Cat había insistido en llamar al coche Magda, para que como mínimo el Jeep sirviera para reírse. No era ni con mucho tan guay como el Lincoln Continental azul claro de su padre, con el que Eureka había aprendido a conducir, pero al menos tenía un estéreo de muerte.

Conectó su teléfono y puso la KBEU, la emisora de radio online del instituto. Todos los días, después de clase, pinchaban las mejores canciones de los mejores grupos indie locales. El año anterior, Eureka había colaborado en la emisora; tenía un programa que se llamaba Aburrida en el bayou, los martes por la tarde. Le habían guardado el espacio para el nuevo curso, pero ya no lo quería. La chica que solía pinchar el viejo zydeco improvisado y el más reciente mash-up era alguien a quien apenas recordaba, mucho menos intentar volver a ser como ella.

Bajó las cuatro ventanillas, abrió el techo y salió del aparcamiento con el tema «It’s Not Fair», de los Faith Healers, un grupo formado por unos chicos del instituto. Se había aprendido de memoria todas las letras. El ritmo alocado le impulsaba las piernas, haciéndola ir más rápido en sus carreras, y había sido el motivo por el que había desenterrado la vieja guitarra de su abuelo. Había aprendido ella sola unos cuantos acordes, pero no había vuelto a tocarla desde primavera. No podía imaginarse la música que haría ahora que Diana estaba muerta. La guitarra estaba acumulando polvo en un rincón de su habitación bajo el pequeño cuadro de santa Caterina de Siena, que Eureka había birlado de la casa de su abuela Sugar después de que falleciera. Nadie sabía de dónde había sacado Sugar el icono. Desde que Eureka tenía memoria, el cuadro de la santa patrona, protectora contra el fuego, había colgado sobre la chimenea de su abuela.

Sus dedos se aferraron al volante. Landry no sabía de lo que estaba hablando. Eureka sentía cosas, cosas como… enfado por haber perdido otra hora en otra monótona consulta terapéutica.

Y había más. Escalofríos de miedo cada vez que cruzaba un puente, aunque fuera cortísimo. Una tristeza debilitante cuando pasaba las noches en blanco en su cama. Una pesadez en los huesos cuyo origen tenía que localizar de nuevo cada mañana cuando sonaba la alarma del teléfono. Pena por haber sobrevivido y que Diana no lo hiciera. Ira porque algo tan absurdo le hubiera arrebatado a su madre.

La inutilidad de buscar venganza contra una ola.

Inevitablemente, cuando se permitía seguir los tristes desvaríos de su mente, Eureka acababa llegando a la inutilidad. Lo inútil la enfadaba. Así que cambiaba de dirección y se centraba en cosas que sí podía controlar, como volver al campus y la decisión que la esperaba.

Ni siquiera Cat sabía que Eureka podía aparecer aquel día. La 12K solía ser el acontecimiento más importante para Eureka. Sus compañeras de equipo se quejaban, pero para Eureka, sumirse en la zona hipnótica de una larga carrera era rejuvenecedor. Una parte de ella quería competir con los chavales del Manor y a la otra no le hubiera gustado nada más que dormir durante meses.

No le daría a Landry nunca la satisfacción de reconocerlo, pero Eureka sí se sentía completamente incomprendida. La gente no sabía qué hacer con una madre muerta, y mucho menos con su hija suicida viva. Las palmaditas automáticas en la espalda y los apretones en los hombros la ponían nerviosa. No comprendía la falta de sensibilidad necesaria para decirle a alguien: «Dios debía de echar de menos a tu madre en el cielo» o «Esto te hará mejor persona».

La camarilla de chicas del instituto que nunca le había hecho ni caso pasó por su buzón tras la muerte de Diana para dejar una pulsera de punto de cruz con pequeñas cruces. Al principio, cuando Eureka se topaba con ellas en la ciudad sin nada en la muñeca, evitaba mirarlas a los ojos. Pero después de intentar suicidarse eso ya no resultaba un problema. Las chicas eran las primeras en apartar la vista. La compasión tenía unos límites.

Incluso a Cat hasta hacía poco se le habían llenado los ojos de lágrimas cada vez que veía a Eureka. Se sonaba la nariz, se reía y decía: «A mí ni siquiera me gusta mi madre, pero me volvería loca si la perdiera».

Eureka se había vuelto loca, pero porque no se derrumbara ni llorase, no se lanzara a los brazos de cualquiera que intentase abrazarla o se cubriera de pulseras, ¿acaso la gente creía que no estaba triste por la muerte de su madre?

Sentía un profundo dolor cada día, todo el tiempo, en cada átomo del cuerpo.

«Sabrías cómo sal

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