Arriba la vida

Davide Morana
Cecilia Cano

Fragmento

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El día empezó como otro cualquiera. La luz del sol se colaba por los agujeritos de la persiana, iluminando las partículas de polvo que flotaban por aquí y por allá en la habitación del piso de estudiantes en el que vivía Davide. Nos despertamos lentamente, casi a la vez.

Era sábado por la mañana, así que no había demasiada prisa por levantarse. Yo estaba contenta porque sí, y Davide también. Poder pasar la mañana del sábado juntos era un gran motivo de alegría, porque entre los estudios y el trabajo no era fácil tener un poco de tiempo para nosotros. Después de hacer el tonto y reírnos un buen rato decidimos bajar a desayunar a la cafetería de la plaza.

Justo antes de salir, Davide me comentó que notaba algo inflamado en la garganta; me preguntó si podía mirársela. Linterna del móvil en mano, examiné la zona, pero no vi nada extraño. Ni siquiera estaba roja. Pero era cierto que, tocando, se notaba un punto inflamado, como un ganglio o algo así. Pero como, aparte de eso, Davide se encontraba perfectamente, no le dimos más importancia.

Era enero, pero hacía un día estupendo. El sol radiante, las copas de las jacarandas ondulándose con la brisa fresca, el cielo tan azul que hacía daño. Durante el desayuno tuvimos una conversación que vista desde lejos me parece una broma del destino. Entre sorbos al café y mordiscos a las tostadas nos preguntamos, como tantas otras veces, por qué en nuestras sociedades estamos tan preocupados por cosas que en realidad no importan, por qué hay tanta soledad y a tanta gente le resulta difícil ser feliz, por qué nos olvidamos de lo esencial y no valoramos la vida, que es lo único que tenemos.

Coincidimos en que habría que hacer algo más allá de las meras palabras...

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Tras colocan la taza en la mesa con cuidado, Davide cruzó las manos detrás de la cabeza y cerró los ojos, como si estuviera concentrado en absorber todo el calor posible de ese sol de invierno. A pesar de nuestras ideas, las preocupaciones y ocupaciones cotidianas eran otras: aquel sábado, por ejemplo, a Davide le esperaba un turno de trabajo de catorce horas.

Lo acompañé en coche al trabajo. Nos despedimos con un beso y, mientras el semáforo seguía rojo, lo vi caminar —la camisa azul de uniforme, los hombros anchos, el paso ligero, los rizos recogidos en una pequeña coleta— hacia el restaurante en el que pasaría todo el día y toda la noche sirviendo platos.

El sábado pasó como otro sábado más. Pero a las ocho de la tarde me di cuenta de que tenía cuatro llamadas perdidas de Davide. «Qué extraño, él no suele llamar más de una vez» pensé en aquel momento. Debía de ser algo importante. Lo llamé enseguida.

—Ey, Nica, me he vuelto del trabajo porque tengo bastante fiebre. ¿Me recoges y vamos a urgencias? —A través del auricular del teléfono ya se notaba que estaba muy cansado.

—En diez minutos estoy allí. Prepárate la mochila para quedarte en mi casa, ¿vale?

Cuando se ponía enfermo siempre se quedaba conmigo en casa de mis padres para estar acompañado. Aunque fuese un simple resfriado, todo pasa mejor si estás con los que te quieren, y esa no iba a ser la excepción.

Ya en la puerta de su edificio, subió al coche, o más bien se dejó caer sobre el asiento, y reclinó el respaldo hasta quedarse casi acostado. Le hice varias preguntas para saber cómo se encontraba, «¿te duele esto o aquello?», «¿desde cuándo?», «¿tienes frío?» y después lo dejé tranquilo, puse música suave en la radio y conduje rumbo al hospital.

Aquella noche Davide entró caminando al abarrotado pabellón de urgencias de aquel hospital sin imaginar ni por un momento que acabaría conociendo ese lugar como la palma de su mano (aunque, bueno, no es una expresión muy acertada porque la verdad es que el recuerdo de la palma de su mano se esfumaría también).

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Cuando llegamos, el ambiente estaba muy cargado de toses, mascarillas e impaciencia. Las salas de espera completas, los servicios colapsados. La epidemia de gripe de ese invierno estaba en su punto álgido. Nos entregaron una mascarilla a cada uno, y ya con eso nos sentimos un poco a salvo.

El tiempo transcurría lentamente. Pasamos la primera hora en esas estancias con olor a humano y desinfectante sentados mirando hacia arriba, con el cuello quizá demasiado flexionado, la pantalla que va anunciando los turnos para ser vistos por un médico. Aparecía un listado de números en color blanco, verde, amarillo, y de vez en cuando se desplegaba otra imagen en la que se explicaba la razón de los colores. El blanco es para el primer reconocimiento médico, el verde significa urgencia menor, el amarillo es una urgencia media que necesita ser tratada para no poner en riesgo la vida, el naranja se trata de una urgencia potencialmente peligrosa para la vida, el rojo se reserva para situaciones muy graves en las que la vida corre peligro, con atención inmediata.

Me dio un escalofrío solo de pensarlo. En ese momento no podía imaginar situaciones así. Para mí y para mucha gente que vive felizmente sin haber pasado por sustos de salud, las urgencias eran ese lugar desesperante al que vas cuando estás malo y es fin de semana. La simple idea de que las personas podemos morir así, urgentemente, si no se recibe atención inmediata, me puso los pelos de punta. Por fin, en la pantalla salió el número que le habían asignado a Davide, que estaba apoyado en mi hombro con los ojos cerrados mientras le acariciaba el pelo. Lo avisé de que era su turno y se levantó estirándose un poco, le apreté suavemente la mano antes de que se dirigiera al pasillo donde le harían el reconocimiento médico.

En menos de cinco minutos ya estaba de vuelta. Les expuso a los médicos su catálogo de síntomas: me duele la garganta, el cuerpo, me noto débil, ¿seguro que es una gripe?, tengo una sensación extraña. En respuesta a su insistencia, le habían colocado un catéter en el antebrazo, iban a realizarle un análisis de sangre para descartar cualquier infección. Por primera vez desde que lo conocí, Davide parecía preocupado por lo que le pasaba, como si sospechara tener algo más que la gripe. Algo realmente insólito: él es todo lo contrario a un hipocondríaco, y su especialidad es decir «esto no es nada» ante cualquier asunto de salud.

Sin embargo, esta vez para él sí era algo. De alguna manera él ya lo sabía. Aunque leve, nunca antes había sentido ese tipo de malestar, y cada célula de su cuerpo lo estaba avisando de que en él había algo que no era una simple gripe.

La noche siguió su curso dentro de aquel lugar. Rodeados de gente que va y que viene, de gente tosiendo, cojeando, quejándose, estornudando, durmiendo, lloriqueando... las horas pasaron: las nueve, las diez, las once, las doce. Y cada hora que pasaba, Davide se encontraba peor.

Le hicieron el dichoso análisis de sangre. Volvimos a esperar, esta vez en una sala pequeña con otros pacientes a los que habían extraído sangre. Incómodo, cambiando de posición, Davide estiraba el cuello hacia arriba y abajo, hacia un lado y el otro, abría y cerraba exageradamente la boca porque notaba la mandíbula muy tensa. En un momento dado —la cabeza apoyada sobre mi hombro, escurrido en el asiento, las piernas estiradas—, Davide me dijo en italiano, muy bajito:

—Te quiero. Y quiero vivir contigo. Quiero pasar la vida contigo.

Sus palabras y su expresión me enternecieron, pero también me extrañaron. ¿Por qué se había puesto tan serio de repente? Sé que no hay un lugar o momento más adecuado que otro para expresar tu amor a quien quieres; por suerte, no hay un manual llamado «Cuándo y dónde decir te quiero». Aun así, hacerlo en una sala de espera de urgencias un sábado noche activó una pequeña alarma en mí.

A las dos de la mañana, ya desesperados, medio dormidos sobre las incómodas sillas de plástico, sintiéndonos cada vez más llenos de gérmenes, apareció en pantalla por última vez el número de Davide. Esta vez lo acompañé.

La sala donde los médicos de guardia recibían a los pacientes era minúscula, y en ella encontramos a varios profesionales, también cansados, desesperados, somnolientos, bromeando entre ellos. Al poco de entrar, la doctora cortó el rollo y se dirigió a nosotros, hojeando unos papeles en su mesa.

—A ver... —Una pequeña pausa antes de pronunciar mal su nombre—. ¿Davi... Davide Bartolo? Aquí tengo tu análisis de sangre. Está perfecto, no hay ningún signo de infección, no hay valores alterados —comentó con la mirada perdida en los documentos.

—Entonces ¿qué tengo?, ¿qué tratamiento tengo que seguir? Me encuentro peor, no sé si me está subiendo la fiebre... —Parecía que Davide no estuviera de acuerdo con el diagnóstico, como si en su fuero interno esperara otro resultado.

La doctora le explicó que no tenía nada de origen bacteriano, sino que había pillado la gripe (qué sorpresa, como otras quinientas personas en ese momento y lugar), por lo que el único tratamiento que seguir era descansar y alternar ibuprofeno y paracetamol si tenía fiebre o malestar.

—Igualmente vamos a ver tu temperatura... —Pulsó el botón del moderno termómetro apuntando a su oído, antes de añadir con tono cansado, pasándose una mano por el pelo como excusa para estirarse un poco—. Nada, tienes treinta y siete con cuatro, solo unas décimas. Venga, que eso no es nada.

Imagino que de verdad pensaba eso, que intentaba tranquilizarlo, igual le pareció un joven un poco aprensivo. Pero la realidad es que mientras caminábamos hacia el aparcamiento, Davide no estaba tranquilo por dentro, no estaba convencido de estar tan bien, no entendía por qué sentía ese malestar si no había ni fiebre y todo en su sangre estaba correcto. «Bueno», pensó, «se ha demostrado con pruebas que estoy bien».

Visto desde lejos me da la impresión de que todo se torció poco después de salir del hospital.

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Llegamos a casa de mis padres, que todavía estaban despiertos. Entramos diciendo «gripe» como anunciando un aislamiento en cuarentena y mi madre exhaló un suspiro de resignación, pensando que poco a poco todos iban cayendo, que el contagio era inminente. Mi hermano acababa de pasarla (una semana entera en cama, con fiebre y vomitando), mi padre estaba en ello en ese preciso momento, y ahora también Davide.

Saludamos rápidamente, destrozados como estábamos, y Davide subió directamente a la buhardilla, donde le habíamos preparado la habitación para dormir. Se puso un chándal cómodo y calcetines gruesos antes de meterse en la cama. Estaba temblando. Le tomé la temperatura. Efectivamente, había subido a treinta y ocho con siete grados. Un grado y medio más desde que salimos del hospital.

—Tienes que tomarte el paracetamol —dije sentada en el borde de la cama, ajustando el edredón para que se adaptara a cada ángulo de su cuello y hombros—, pero tienes que comer algo también, ¿vale? Que no has comido nada en todo el día y si no te sentará mal.

—Uf... no tengo nada de hambre, no sé si voy a comer —respondió cerrando los ojos, estirándose debajo del edredón.

A pesar de su advertencia, le preparé una bandeja con una manzana, un yogur, una taza de crema de verduras, una buena botella de agua y, por supuesto, el paracetamol. De alguna manera tenía la idea de que comiendo se iba a encontrar mejor, pero desgraciadamente no todo se puede arreglar con comida ni con buenas intenciones.

Davide no solo no comió nada, sino que me pidió que colocara una papelera junto a la cama, y a las tres de la mañana vomitó por primera vez después de un rato luchando entre náuseas.

Alrededor de las cuatro de la madrugada, consciente de que estaba cansada, de que mis caricias y mis palabras de aliento cada vez tenían menos coherencia en su movimiento y dicción, Davide me aconsejó que me fuera a dormir, que no podía estar allí toda la noche. Me maldigo un poco al recordar que le hice caso.

—Amore..., gracias por todo. —La voz de Davide, suave y un poco ronca, llegó a mis oídos en la penumbra de la habitación mientras abría la puerta para salir.

Nos dimos las buenas noches y bajé a mi habitación.

Caí rendida en la cama y me dormí profundamente al instante, sin tener ni la más remota idea de lo que iba a suceder en las siguientes horas, en lo que estaba sucediendo ya un piso más arriba. Davide se había quedado a solas con —literalmente— la muerte instalándose en su cuerpo.

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Apenas un rato más tarde, Davide ya se había concienciado de que no conciliaría el sueño esa noche. Un terremoto de sensaciones desagradables inundaba su cuerpo y su mente. Estaba ardiendo, el dolor de cabeza era insoportable, las náuseas no se calmaban a pesar de los constantes vómitos de nada, porque ya nada quedaba en su estómago más que jugos gástricos que le quemaban cada vez más la garganta. El tiempo discurría de manera imprecisa, y ni siquiera conseguía enumerar sus síntomas, pues la confusión que sentía era tal que sus pensamientos se deslizaban por su mente, se escurrían y se deshacían en el dolor sin llegar a estructurarse y dar un sentido a lo que estaba ocurriendo.

Pero desde dentro surgía una única certeza de la que no podía escapar su conciencia, y era que aquello, todas esas sensaciones, eran nuevas, singulares, nunca antes las había experimentado, no se parecían a nada que hubiera conocido hasta ese momento. Era, desde luego, la gripe más bestial que había tenido.

Cinco horas (¡cinco malditas horas!) después me desperté como si nada, sin saber

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