Índice
Mírame bien
Una historia aún no contada
Prólogo
Primera parte. Irlanda
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Segunda parte. Londres
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Tercera parte. Nueva York
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Mírame bien
Primera parte. Amor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Segunda parte. Fama
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Tercera parte. Fortuna
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Agradecimientos
Filmografía de Anjelica Huston
Imágenes
Biografía
Créditos
Anjelica Huston nació en Santa Mónica el 8 de julio de 1951, fruto del matrimonio entre el director John Huston y la bailarina Enrica Ricki Soma. Su infancia transcurrió entre Irlanda y Londres. A los diecisiete años, tras la muerte de su madre en un accidente de tráfico, se trasladó a Nueva York, donde inició su carrera como modelo y se afianzó en el mundo del cine. En 1985 obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto con El honor de los Prizzi. Ha rodado a las órdenes de John Huston, Francis Ford Coppola, Bob Rafelson, Stephen Frears, Wes Anderson y Woody Allen, y ha cosechado múltiples premios a lo largo de su carrera. Hasta la fecha ha dirigido dos películas: Bastardos en Carolina y Agnes Browne (Premio Donostia 1999).
Título original: A Story Lately Told / Watch me
Edición en formato digital: septiembre de 2015
© 2013, 2014, Anjelica Huston
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2015, Teresa Beatriz Arijón, por la traducción
Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial
Fotografía de portada: © Evening Standard / Getty Images
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ISBN: 978-84-264-0266-0
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
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Mírame bien
Memorias
Anjelica Huston
Traducción de
Teresa Arijón

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Prólogo
Cuando yo era niña, había un altar en el dormitorio de mi madre. El armario empotrado tenía espejos en la parte interior de las dos puertas y una cómoda dentro, más alta que yo, con una hilera de frascos de perfume y objetos pequeños sobre el tablero, y una tela de arpillera clavada a la pared. Prendidos con alfileres a la arpillera, los objetos variopintos que mamá coleccionaba: fotos recortadas de revistas, poemas, bolas perfumadas, una cola de zorro con un lazo rojo, un broche que yo le había comprado en Woolworth’s, con la palabra «mamá» en malaquita, una fotografía de Siobhán McKenna como santa Juana. Me fascinaba contemplar sus pertenencias, plantada entre los espejos de las puertas, que me reflejaban hasta el infinito.
Fui una niña solitaria. Mi hermano Tony y yo nunca fuimos compinches, ni de niños ni de adultos, pero estaba muy ligada a él. No nos quedaba más remedio que estar juntos porque debíamos apañárnoslas solos. Aunque sabía que él me quería, siempre me pareció que me tenía un poquito de tirria y que, siendo un año mayor que yo, indefectiblemente debía pelear por lo que era suyo. Vivíamos en medio de la campiña irlandesa, en el condado de Galway, en el oeste de Irlanda, y no frecuentábamos a otros niños. Teníamos profesores particulares y mi vida estaba hecha sobre todo de fantasías: deseaba ser católica para tomar la sagrada comunión y, vestida con los tutús de mi madre, esperaba que un marido apareciera en el jardín delantero para casarme con él.
También pasaba mucho tiempo delante del espejo del cuarto de baño. Al lado había una pila de libros. Mis preferidos eran The Death of Manolete y las historietas de Charles Addams. Yo hacía de Morticia Addams. Me sentía atraída por ella. Me estiraba los ojos hacia los lados para ver cómo quedaría si tuviera los párpados achinados. Me gustaba mucho Sophia Loren. Había visto sus fotos y en aquella época representaba mi ideal de belleza femenina. Y miraba ensimismada las imágenes del gran torero Manolete: con el traje de luces; rezando a la Virgen para que lo protegiera; con el capote bajo el brazo; preparándose para entrar en el ruedo. La solemnidad y el carácter ritual eran palpables en las fotos. Después, las terribles consecuencias: Manolete corneado en la ingle, la sangre negra sobre la arena. Me desconcertaba ver que, si bien era evidente que el toro había ganado la batalla, otra serie de fotos atestiguaba su posterior sacrificio. Me parecía una flagrante injusticia y mi corazón se condolía tanto del toro como de Manolete.
Descubrí que tenía el llanto fácil. Tony empezó a preguntarse si no estaría utilizando esa habilidad en provecho propio. Creo que no le faltaba razón. Pero para mí siempre era un llanto sentido. Muchos creen que mirarse al espejo es una cuestión de puro narcisismo. Los niños contemplan su reflejo para ver quiénes son. Y quieren averiguar qué pueden hacer con él, cuánta plasticidad poseen, si alcanzan a tocarse la nariz con la lengua, qué aspecto tienen cuando se ponen bizcos. Hay muchas cosas que hacer delante del espejo aparte de disfrutar de la percepción de nuestra propia belleza física.
1
Nací a las 18.29 del 8 de julio de 1951 en el hospital Cedars of Lebanon de Los Ángeles. Con un peso de ocho libras y trece onzas, era un bebé robusto y saludable. La noticia de mi nacimiento se telegrafió rápidamente a la oficina de correos de la población de Butiaba, en el oeste de Uganda. Dos días después, un mensajero descalzo llegó con un telegrama a las cascadas Murchison, en el río Nilo, en el corazón profundo del Congo Belga, donde se estaba rodando La reina de África.
Mi padre, John Marcellus Huston, era un director de cine famoso por su estilo aventurero y su carácter audaz. Aunque se consideraba una temeridad, había embarcado en el peligroso viaje no solo a Katharine Hepburn, una actriz en el cenit de su carrera, sino también a Humphrey Bogart, que llevó consigo a su esposa, la estrella de cine Lauren Bacall, de renombrada belleza. Mi madre, en los últimos meses de embarazo, se había quedado en Los Ángeles con mi hermano Tony, de un año de edad.
Cuando el mensajero le entregó el telegrama, mi padre le echó un vistazo y se lo guardó en el bolsillo. Katie Hepburn exclamó: «Por el amor de Dios, John, ¿qué dice?». Y papá respondió: «Es una niña. Se llama Anjelica».
Papá medía seis pies con dos pulgadas y tenía las piernas larguísimas; era más alto y más fuerte que nadie y poseía la voz más hermosa del mundo. Tenía el cabello entrecano, la nariz rota de boxeador y un aire teatral. No recuerdo haberle visto nunca correr; más bien caminaba sin prisa o daba largas y veloces zancadas. Tenía el andar ágil y desgarbado de los norteamericanos, pero vestía como un caballero inglés: pantalones de pana, camisas almidonadas, corbatas de seda con nudo impecable, chaquetas con coderas de ante, gorras de tweed, elegantes zapatos de piel confeccionados a medida y pijamas de Sulka con sus iniciales bordadas en el bolsillo. Olía a tabaco fresco y a colonia de lima Guerlain. Siempre tenía entre los dedos un cigarrillo: era casi una extensión de su cuerpo. Hablaba con un tono cuidadamente espontáneo y despreocupado. Sus gustos eran eclécticos. Para trabajar vestía saharianas y pantalones de soldado, como si fuera a la guerra.
En el transcurso de los años he oído decir que mi padre era un donjuán, un bebedor empedernido, un jugador, un machote, más interesado en la caza mayor que en rodar películas. Es cierto que era derrochador y dogmático. Pero era un hombre complejo, autodidacto en gran medida, curioso y muy leído. No solo las mujeres, también los hombres de todas las edades se enamoraban de él, con esa extraña lealtad y paciencia que los varones reservan a sus congéneres. Se sentían atraídos por su sabiduría, su sentido del humor, su poder magnánimo; lo consideraban una celebridad, un líder, el pirata que hubieran deseado tener el coraje de ser. Pese a que muy pocos merecían su atención, gustaba de admirar a otros hombres y sentía un gran respeto por los artistas, los atletas, los diplomados, los muy ricos y los dotados de un gran talento. Sobre todo amaba a los personajes, a la gente que lo hacía reír y asombrarse ante la vida.
Papá siempre decía que su ambición era ser pintor pero que, sabiendo que jamás sería uno de los grandes, se había hecho director de cine. Nació en Nevada, Missouri, el 5 de agosto de 1906, único hijo de Rhea Gore y Walter Huston. Su familia materna era de ascendencia inglesa y galesa. William Richardson, el abuelo de Rhea, alcanzó el grado de general en la guerra civil, fue fiscal general del estado de Ohio y perdió un brazo en Chancellorsville. La espada de plata que le obsequió su regimiento la heredó mi hermano Tony. La hija de William, Adelia, se casó con un buscavidas, John Gore, que fundó varios periódicos desde Kansas hasta Nueva York. Vaquero, colono, tabernero, juez, jugador profesional y alcohólico empedernido, en cierta ocasión ganó la ciudad de Nevada en una partida de póquer.
Tras el nacimiento de Rhea, en 1881, Adelia comenzó a trabajar como directora de una de las publicaciones de John Gore, pero ya había tomado la decisión de abandonarlo. Rhea, enviada a un colegio de monjas, sufrió una crisis espiritual e hizo un pacto con Dios: le entregaría su vida a cambio de que sus padres siguieran juntos.
Al igual que sus padres, Rhea se sintió atraída por el periodismo en su juventud. Empezó a escribir artículos para los periódicos de San Luis y obtenía entradas gratuitas de los espectáculos y representaciones teatrales que debía reseñar. Cuando se presentó en la ciudad una obra titulada La señal de la cruz, fue a los camerinos a entrevistar al protagonista, Wilson Barrett. Se fijó en un hombre con aspecto de anciano actor, pues llevaba una barba poblada y un bastón en la mano, pero que daba la impresión de ser mucho más joven. Unos días después, en Acción de Gracias, Rhea entró en el vestíbulo de su hotel sintiéndose sola en el mundo y entabló conversación con un joven calzado con pantuflas rojas. Este le dijo que se llamaba Walter y que era actor. Le contó que su madre le había hecho las pantuflas y la invitó a cenar. Rhea escribió más tarde: «De no haber sido por un par de pantuflas rojas de ganchillo, sin duda nada sería lo que es hoy: sus cordones enlazaron mi vida y ataron las fibras de mi corazón con un nudo imposible de deshacer».
Nacido en Toronto en 1884, Walter era el cuarto hijo de Elizabeth McGibbon y Robert Houghston. En la familia, de ascendencia escocesa-irlandesa, predominaban los educadores, los ingenieros y los abogados. La madre de Elizabeth era maestra y el padre de Robert, Alexander, fue uno de los primeros colonos que se establecieron en Ontario. Walter no destacó en los estudios, pero muy pronto se apasionó por los espectáculos de variedades del Shea Theater. Se les alentó a él y a Archie, su primo y mejor amigo, a crear sus propios espectáculos en el sótano de la casa de Walter. Su hermana, Margaret Carrington, fue una cantante de ópera de gran talento y la primera que cantó obras de Debussy en Norteamérica.
Después de probar suerte en varios empleos tradicionales, Walter y Archie juntaron el dinero necesario para matricularse en una escuela de interpretación y más tarde se incorporaron a una compañía teatral itinerante. Aunque rara vez se les pagaba, les fascinó esa vida y decidieron saltar a un furgón de un tren de carga que se dirigía a Nueva York. Tenían diecisiete años y estaban dispuestos a triunfar.
Las constantes audiciones a las que se presentaron en Nueva York pronto dieron sus frutos: ambos consiguieron pequeños papeles en obras de teatro y Walter conoció al actor de reparto William H. Thompson, quien le proporcionó «toda una perspectiva de la interpretación».
Walter se incorporó a la gira de La señal de la cruz y, cuando actuaba en San Luis, conoció a «una jovencita rebosante de energía y de interés por el arte», quien no se rió de sus pantuflas. Rhea era una chica menuda —medía cinco pies y cuatro pulgadas—, amazona, fumadora y periodista deportiva. Se casaron en secreto el último día de 1904: hacía solo una semana que se conocían. Rhea llevaba un velo negro y un vestido que le sentaba fatal y que en las fotos trató de disimular con el ramo de novia.
El primer recuerdo de mi padre era el de pasear sobre adoquines sentado delante de su madre en un caballo negro. Rhea amaba los desafíos y, según él, se entendía mejor con los animales que con las personas. Papá tenía seis años cuando Walter y Rhea se separaron. Pasó sus primeros años en internados. Durante las vacaciones escolares viajaba con su padre por el circuito de vodevil e iba con su madre a los hipódromos y estadios de béisbol.
En 1917 le diagnosticaron erróneamente cardiomegalia y la enfermedad de Bright, una afección renal en ocasiones fatal. Rhea lo trasladó al clima desértico de Arizona, donde papá guardó cama durante casi dos años. En esas condiciones, recluido en su habitación, inventaba historias. También empezó a dibujar y a pintar, lo que continuaría haciendo el resto de su vida.
Más tarde un diagnóstico correcto lo liberó del confinamiento domiciliario y se mudó con su madre de Arizona a Los Ángeles, donde se interesó seriamente por el boxeo. Muchos días, al salir de la escuela, cruzaba la ciudad en autobús para asistir a los combates del Olympic Auditorium. Alentado por un amigo que compartía su entusiasmo por ese deporte, tomó clases de boxeo en un parque de la ciudad y más adelante ganó el campeonato en su peso del instituto de enseñanza secundaria Lincoln Heights y veintitrés combates de un total de veinticinco. Dejó el instituto dos años antes de lo debido con la esperanza de convertirse en púgil profesional, pero su creciente pasión por la escritura, la pintura y el teatro no tardó en llevarlo por otros derroteros.
A los dieciocho años se reunió en Nueva York con Walter, quien entonces trabajaba en Broadway. Ver a su padre en el escenario le proporcionó la mejor formación sobre los aspectos interpretativos y le permitió conseguir unos cuantos pequeños papeles. Aquel invierno le operaron del mastoides y Walter decidió que sería mejor que fuera a recuperarse a un lugar de clima más cálido. Le dio quinientos dólares para que pasara un par de meses en Veracruz, México. Eran los tiempos inmediatamente posteriores a la Revolución y las calles estaban plagadas de mendigos y forajidos.
Papá tomó un tren con rumbo a la Ciudad de México —un viaje que le resultó aún más emocionante por la constante amenaza de emboscadas a manos de bandidos— y se alojó en el hotel Génova, una antigua hacienda. A través de la gerente del hotel, la señora Porter, que tenía un ojo de vidrio y una pierna de palo y usaba peluca, conoció a Hattie Weldon, directora del mejor centro de equitación de la ciudad. Hattie le presentó al coronel José Olimbrada, un militar del ejército mexicano especializado en la doma de caballos. Como papá se estaba quedando sin dinero, Olimbrada le propuso que aceptara un puesto honorario en la caballería y aprovechara para montar los mejores caballos de México. Por aquel entonces papá se relacionaba con un grupo peligroso y Rhea no tardó en acudir para convencerlo de que regresara a California, con la amenaza de que, si no se plegaba a su voluntad, Walter dejaría de pasarle dinero.
Cuando el cine sonoro irrumpió en Hollywood, Walter Huston triunfó en la gran pantalla. Su primer papel importante fue junto a Gary Cooper en El virginiano. Se convirtió en un gran actor de reparto y protagonista y durante los siguientes veinte años actuó en los escenarios y en el cine. Encarnó a Dodsworth en Broadway y protagonizó la adaptación cinematográfica de la obra (Desengaño), además de trabajar en películas como Abraham Lincoln, Bajo la lluvia, El hombre que vendió su alma y Yanqui Dandy. Poseía una voz hermosa y se hizo famoso con su interpretación de «September Song», del musical Knickerbocker Holiday.
Aunque Walter lo ayudó a conseguir trabajo de guionista en dos películas que protagonizó, La casa de la discordia y Un hombre de paz, los primeros años de papá en Hollywood fueron decepcionantes para él, no solo como guionista sino también en otros aspectos. En 1925 se casó con Dorothy Harvey, una chica a la que había conocido en el instituto, pero el matrimonio duró apenas un año. En 1933 su carrera se interrumpió cuando atropelló y mató a una joven que cruzaba la calle corriendo. Aunque lo absolvieron, quedó traumatizado. Viajó a París y a Londres, donde anduvo dando tumbos, sin blanca, tocando la armónica a cambio de unas monedas en Hyde Park. Después de cinco años en Europa, durante los cuales tuvo tiempo de revisar su vida, volvió a Hollywood decidido a triunfar.
En 1937 se casó con Lesley Black, una inglesa a la que define como «una dama» en su autobiografía, A libro abierto. Se divorció de ella en 1946, cuando contaba cuarenta años, y contrajo terceras nupcias con Evelyn Keyes —la actriz que interpretó el papel de una de las hermanas de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó— durante un viaje improvisado a Las Vegas, después de una cena regada con vodka en Romanoff’s.
Cuando en 1947 el Comité de Actividades Antinorteamericanas (HUAC) comenzó sus intimidantes interrogatorios en Hollywood, al principio de la caza de brujas anticomunista, papá y el guionista Philip Dunne crearon el Comité de la Primera Enmienda y, junto con otros artistas de renombre —entre ellos Gene Kelly, Humphrey Bogart, Billy Wilder, Burt Lancaster, Judy Garland y Edward G. Robinson—, compraron espacios en la prensa especializada en la industria cinematográfica para denunciar que las sesiones eran inconstitucionales.
Durante varios años un buen número de inocentes sufrieron tras ser etiquetados de militantes o simpatizantes comunistas, pese a que muchos de ellos, incluido papá, jamás habían pertenecido al partido. Esta experiencia alimentó su interés por vivir y trabajar fuera de Estados Unidos.
En 1947 dirigió a Walter en El tesoro de Sierra Madre, por la que obtuvieron sendos Oscar.
Mi madre, Enrica Georgia Soma, era bailarina de ballet antes de que Tony y yo naciéramos. Medía cinco pies con ocho pulgadas y poseía una hermosa constitución. De piel translúcida y melena negra hasta los hombros, peinada con la raya en medio, tenía algo de Madonna renacentista, una expresión sabia y al mismo tiempo ingenua. Tenía la cintura estrecha, caderas anchas y piernas fuertes; brazos elegantes, muñecas delicadas y bellas manos de dedos largos y finos. Hasta hoy, el rostro de mi madre es el más hermoso que recuerdo: los pómulos salientes y la frente ancha; el arco de las cejas sobre los ojos azul pizarra; la boca serena, los labios curvados en una media sonrisa. Los amigos la llamaban Ricki.
Su padre, Tony Soma, decía ser yogui y era dueño de un restaurante italiano de la calle Cincuenta y dos Oeste de Nueva York, el Tony’s Wife, al que acudía todo Broadway, incluidos Nelson Rockefeller, Frank Sinatra y Mario Lanza. El abuelo les enseñaba a cantar. La madre de Ricki, Angelica Fantoni, que había sido cantante de ópera en Milán, murió de neumonía cuando Ricki contaba cuatro años. Su fallecimiento rompió el corazón al abuelo. Con todo, contrajo segundas nupcias con Dorothy Fraser, a quien llamábamos Nana, una mujer agradable, juiciosa y práctica que crió a mi madre bajo un régimen estricto. El abuelo era dictatorial y muy dado a lanzar aforismos como: «¡No existe la inteligencia sin la lengua!» o «¡Espero que compartan conmigo la felicidad de conocerme!». Cuando íbamos a visitarlo, le gustaba que hiciéramos el pino y cantáramos «Oh, qué bella mañana, oh, qué bello día». Y a continuación atacaba unas cuantas arias.
En Tony’s Wife se respiraba el ambiente cálido y amable del norte de Italia: madera oscura, alfombras rojas, papel pintado con relieve de terciopelo y fotografías del abuelo con pajarita haciendo el pino junto a varias luminarias de Hollywood. A la derecha, con un blazer celeste, mi tío Nappy preparaba martinis detrás de la barra revestida de espejos, bañado en luz rosada. Al fondo del restaurante estaban las cocinas, que visité unas pocas veces con el abuelo para ver las ollas hirviendo y los filetes chisporroteantes y hombres vestidos de blanco que se gritaban unos a otros entre el vapor.
La familia vivía arriba, en un apartamento que parecía no tener conexión con el restaurante. Era silencioso y oscuro, de suelos enmoquetados e irregulares. En la sala de estar había un piano con partituras que Nana tocaba todas las mañanas para que el abuelo cantara mientras hacía el pino. Él aseguraba que se había casado con ella por su talento como acompañante.
El abuelo tenía además una casa de veraneo en Miller Place, una aldea en la costa norte de Long Island. Reverenciaba los fundamentos de la lengua inglesa y pasaba largas horas estudiando el diccionario en su bañera circular de mosaico azul, en el cuarto de baño situado en la planta superior de la casa de dos pisos, que daba a unos acantilados escarpados y al estrecho de Long Island. Cuando bajábamos corriendo a la playa, notábamos en los talones cómo la arena formaba avalanchas.
Philip era el único hermano carnal de mi madre. El primer hijo de Angelica y Tony, llamado George, murió siendo un bebé. Cuando mi abuelo volvió a casarse, Dorothy tuvo una niña y dos niños: Linda, Nappy y Fraser. Nappy se llamaba así por Napoleón, pues el abuelo afirmaba que por sus venas corría sangre corsa y creía ser descendiente del gran emperador. Vivían todos juntos en el apartamento situado encima del restaurante.
De vez en cuando el abuelo pedía a Ricki que bajara a saludar a los clientes, algunos de los cuales pertenecían al mundo del espectáculo: Tony’s Wife había sido un bar clandestino durante un tiempo y continuaba siendo un local favorito de la gente de Hollywood. Una noche entró mi padre y lo recibió una bella muchacha de catorce años, que le dijo que quería ser la mejor bailarina del mundo. Le contó que gastaba las zapatillas de ballet hasta que le sangraban los dedos de los pies. Cuando él le preguntó si asistía con frecuencia a funciones de ballet, respondió: «Pues no»; lamentablemente no podía. Era difícil, explicó, porque debía escribir un artículo de cuatro páginas para su padre cada vez que iba. Entonces papá le dijo: «Te propongo una cosa. Yo te llevaré al ballet y no tendrás que escribir nada a cambio. ¿Qué te parece?».
Pero papá tuvo que ir a la guerra. Más tarde contaba la historia de una manera muy romántica, diciendo que había proyectado alquilar un carruaje, comprarle un ramillete de flores a Ricki y convertir la salida en un gran acontecimiento. Cuatro años después, durante una cena en casa del productor David Selznick, en Los Ángeles, lo sentaron al lado de una joven hermosa. Papá se volvió hacia ella y le dijo: «No nos han presentado. Mi nombre es John Huston». Y ella respondió: «Oh, si ya nos conocemos. Usted me dejó plantada una vez». Mi madre no había vuelto a verlo desde que tenía catorce años. Tras haber sido alumna de George Balanchine y bailado en Broadway para Jerome Robbins, era la integrante más joven de la mejor compañía de danza del país: el Ballet Theatre, que luego se convertiría en el American Ballet Theatre. Ahora, con dieciocho años, tenía un contrato con David Selznick y su foto había sido portada de la revista Life el 9 de junio de 1947. Philippe Halsman había ido a fotografiar a la primera bailarina pero al final había optado por retratar a mi madre. En la doble página central dedicada a ella, se la comparaba con la Mona Lisa: ambas tenían la misma sonrisa misteriosa.
2
Cuando mi madre se quedó embarazada de Tony, tenía dieciocho años, y mi padre, cuarenta y tantos. Se había enamorado hasta los huesos de papá y había sacrificado su carrera por él. El 10 de febrero de 1950 papá cruzó con ella la frontera de México, se divorció de Evelyn Keyes y consiguió que un juez de paz los casara esa misma noche en La Paz, Baja California. Billy Pearson, coleccionista de arte y uno de los mejores jockeys de Estados Unidos, actuó de padrino. Billy se había ofrecido a montar a Bargain Lass, la potranca de papá, en Santa Anita a cambio de una pieza de arte precolombino si ganaba la carrera, cosa que hizo. Ese fue el comienzo de una amistad que duró toda la vida, aunque por su físico formaban una pareja de lo más cómica: uno muy alto y el otro bajito. Papá parecía un gigante junto al ágil y diminuto Billy.
En un artículo publicado en Los Angeles Times el lunes 20 de marzo de 1950, bajo el titular «Director de cine confirma su matrimonio con joven actriz», se lee:
Tomado por sorpresa, no recuerda la fecha de la ceremonia, pero John Huston, director galardonado por la Academia, ha confirmado hoy el rumor de que no hace mucho se casó en secreto con Ricki Soma, aspirante a estrella de cine y ex modelo, cuya enigmática sonrisa le ha valido el apodo de la Joven Mona Lisa. Huston declaró que la boda se celebró en La Paz, inmediatamente después de su divorcio de Evelyn Keyes, que tuvo lugar el 10 de febrero pasado. «Ricki y yo empezamos a salir juntos cuando me separé de Evelyn —afirmó el cineasta—. Pero creo que la conocí en el restaurante de su padre, en la calle Cincuenta y dos de Nueva York, cuando era una niña.»
Según Huston, su esposa está pasando unos días en la casa de montaña de Walter Huston, padre del cineasta. A la pregunta de si planeaba una luna de miel con la novia ahora que por fin se había revelado el secreto, el director se echó a reír y respondió: «No, ya no hago esas cosas». Este es su cuarto matrimonio.
Tony nació el 16 de abril de 1950, nueve días después de la muerte de nuestro abuelo Walter Huston. Quince meses más tarde mi madre me dio a luz y sufrió una grave depresión posparto. Estoy segura de que extrañaba desesperadamente a mi padre. Nana y el abuelo se ofrecieron a acogernos a Tony y a mí en Long Island para que pudiera reunirse en Londres con papá, embarcado entonces en la posproducción de La reina de África. Yo tenía seis semanas y Tony todavía usaba pañales cuando mamá nos llevó en avión de Los Ángeles a Nueva York para dejarnos con los Soma. Después partió a París, donde papá se ocupaba de la preproducción de Moulin Rouge. Yo tenía una erupción terrible de pies a cabeza. Como lloraba sin parar entre una toma y otra, el pediatra de California me había recetado fenobarbital, que básicamente me sedaba y me mantenía tranquila. Nana me dio leche para lactantes y enseguida mejoré.
Mamá regresó al cabo de varios meses para llevarnos a Francia. Por lo que tengo entendido, papá le daba muchos quebraderos de cabeza. La situación fue particularmente difícil para ella, porque mi padre no le permitió quedarse en París y nos envió a los tres a un castillo de Chantilly. Debió de sentirse desalentada con nosotros, dos criaturitas lloronas, glotonas y egoístas, hambrientas de su atención. Escribió a Nana que papá estaba «cansado» y que los niños eran «agotadores». Se quejaba de que John había «puesto el pretexto de la preproducción y se pasa todo el tiempo allí y yo tengo que llevar y traer su ropa sucia». No obstante, advertía: «De todos modos, tendrá su merecido, porque acabo de encargar un traje de Schiaparelli, me he comprado otro en las rebajas de Dior y estoy a punto de comprar todas las existencias de Balenciaga, que en mi opinión hace los abrigos y vestidos más estupendos del mundo. También he encargado varios sombreros, y si cuando termine no soy la octava maravilla, pues no será culpa mía».
A continuación explicaba que Grace, la esposa del guionista Tony Veiller, le había dicho que este opinaba que mamá era «la única que podía interpretar el papel de Myriamme Hayim» en la siguiente película de papá, Moulin Rouge, y que ninguna de las chicas a las que habían probado hasta el momento estaba a la altura. Mamá se concentraba «calladamente en la ley natural que dice que, si se desea mucho algo, tarde o temprano se obtiene». Confiaba en que le permitieran realizar una prueba. De todas formas, pensaba que, «en su subconsciente, el querido John está en contra, porque, a pesar de que todos se lo sugieren, dice: “Oh no”».
Creía que papá no tendría la valentía de incluir a su esposa en una película suya. Obviamente, así fue. Al cabo de unas semanas mi padre ya tenía el reparto completo y le hacía el amor a la mujer elegida para encarnar a Myriamme: Suzanne Flon, una popular actriz teatral de la Comédie-Française. Esa aventura, que se convertiría en una relación de por vida, debió de ser un golpe durísimo para mamá. Había parido dos criaturas en apenas dos años y papá ya tenía los ojos puestos en otra.
En una carta a Nana, le confiaba que papá mimaba a Tony durante unos minutos y luego le pedía a ella que se lo llevara. Decía que Tony y yo estábamos «imposibles hoy. A Tony le están asomando los dientes inferiores o lo que sea, y por añadidura tiene un resfriado espantoso. Anjelica padece diarreas frecuentes desde que le están saliendo los dientes. Gracias por las bragas de plástico». Debió de ser un infierno para ella. Ese verano papá alquiló una casa de campo para nosotros en Deauville, en la costa norte de Francia.
En sus cartas al abuelo, mamá expresaba el deseo de incorporarse a una compañía de repertorio o de averiguar si había audiciones en la Windsor Playhouse de Nueva York. Debió de ser muy frustrante, teniendo en cuenta su formación de bailarina, su ambición y su disciplina, y todo lo que había sacrificado al casarse con papá. No puedo menos que imaginar que soñaba con ser su musa. Y si bien describía con cariño las primeras palabras de Tony y las mías, y parecía que le proporcionábamos una gran alegría, dejaba traslucir cierta exasperación por encontrarse presa de sus extenuantes aunque adorables hijos. Estoy segura de que se sintió desanimada por las circunstancias.
En un álbum de muaré blanco, que tiene en la cubierta la imagen, pintada a mano, de un bebé sonriente chupándose los dedos de los pies, mi madre anotó diligentemente mis primeros actos: primera sonrisa con cuatro semanas de vida. Primeros pasos (exactamente cinco) con trece meses y dos semanas. Primeras palabras: «Adiós».
3
Mis primeros recuerdos son de Irlanda. Papá nos trasladó allí en 1953. Había visitado el país dos años atrás, en 1951, antes de que yo naciera. Oonagh —lady Oranmore and Browne— lo había invitado a alojarse en su mansión, Luggala, y a asistir en el hotel Gresham de Dublín a un baile celebrado tras una partida de caza. Papá había observado cómo los legendarios Galway Blazers jugaban a una especie de «el rey manda», con camareros furiosos que balanceaban champañeras y hombres jóvenes que saltaban de un balcón a las mesas, mientras la música sonaba y el whisky corría la noche entera. Decía que estaba seguro de que habría algún muerto antes de que terminara el baile. Y durante los días siguientes se enamoró de los bellos paisajes del país.
Recuerdo que estaba en la cama, en Courtown House, una mansión victoriana alta y gris que mamá y papá habían alquilado en el condado de Kildare. Mamá entró en mi habitación, me envolvió en una manta y me llevó abajo. La casa estaba oscura y silenciosa. En la escalinata delantera, en medio de la noche helada, papá tenía a Tony en brazos. Del cielo llovían meteoritos. Recuerdo que mamá dijo: «Si pedís un deseo, se cumplirá». Y los cuatro contemplamos juntos el misterioso paso de las estrellas moribundas que se desvanecían en el firmamento.
A Tony y a mí nos regalaron sendos caballitos de balancín por Navidad. Al menos el de mi hermano se mecía: era negro con pintas grises, tenía montura y bridas de cuero rojo y se empinaba sobre la base como un potro cerril. El mío, de latón pintado, era pesado y tenía manchas marrones. Daba botes según la presión que se ejerciera sobre los pedales y chirriaba como si le doliera algo. La disparidad entre los dos caballos me irritaba, y lloraba desconsolada cuando Tony no me dejaba montar el suyo, ni siquiera unos minutos.
El famoso fotógrafo de guerra Robert Capa vino a Courtown House y fue uno de los primeros en retratarnos a Tony y a mí gateando en el suelo de madera encerada, con los ojos muy abiertos, como dos pajarillos caídos del nido.
Tony y yo nos sentábamos en el rellano superior de la larga escalera cuadrangular de Courtown House y veíamos trabajar a papá, que recorría de punta a punta el vestíbulo caminando lentamente sobre los cuadrados de mármol blanco y negro que cubrían el suelo. Se trataba de un asunto serio. Lorrie Sherwood, su secretaria, nos decía que estaba escribiendo y que no debíamos interrumpirlo.
Muy pronto nos advirtieron de que había cosas que no debíamos tocar bajo ningún concepto. Una de ellas era un escurridor de ropa automático, que estaba atornillado a la parte superior de la lavadora y cuyos dos rodillos de porcelana expulsaban las últimas gotas de la ropa lavada antes de que se colgara en el tendedero. No sé por qué me seducía tanto ese artefacto, pero una mañana, cuando nadie miraba, quise pasar una toalla entre los dos cilindros, que me aplastaron el brazo hasta la axila. Del mismo modo, mi intento de rescatar una margarita a punto de ser tragada por el cortacésped tuvo como resultado la pérdida de un pedacito del meñique.
De vez en cuando los adultos accedían a ponernos una grabación de Pedro y el lobo, que me apasionaba y aterraba a la vez, e invariablemente acabábamos chillando y corriendo a escondernos en el cuarto de los niños. Y había un libro terrorífico titulado Pedro Melenas, un relato alemán aleccionador sobre un niño que se chupaba el pulgar y al que un sastre rebanaba todos los dedos de las manos. El cuento incluía una horrible ilustración del pobre chiquillo, que, con los pelos de punta, sangraba profusamente por los dedos cortados. A mí me alarmaba sobremanera, pues yo también me chupaba el pulgar, pero viendo el macabro regocijo de mis padres al hojear el libro suponía que me libraría de las tijeras dentadas del sastre.
Tony y yo desayunábamos en el cuarto de los niños. Molly, una de las chicas de la cocina, larguirucha y con una sombra de bigote oscuro, nos servía gachas de avena frías que flotaban en un mar de leche. Yo odiaba la leche, ni siquiera soportaba verla en la botella, opaca y espesa, con un tinte azulado en el borde del vidrio. Se me contraía el diafragma con solo verla. Mi mantel individual mostraba ilustraciones de la canción infantil «María tenía un corderito». Yo sabía lo que significaban las palabras y leía el texto una y otra vez esperando a que me dieran permiso para levantarme de la mesa. Por alguna razón desconocida, se consideraba apropiado ofrecer a los niños alimentos que detestaban y tenerlos presos hasta que se los comían.
En un pasillo que conducía al comedor se alzaba una sofisticada casa de muñecas que pertenecía a la hija del dueño de la mansión y que yo tenía prohibido tocar. Miraba a través de las perfectas cortinas de las ventanas, maravillada de ese mundo en miniatura: el diminuto piano de cola, los minúsculos y mullidos sillones. Soñaba con ser un hada para establecer mi morada en ella.
Kathleen Shine vino a cuidarnos cuando yo tenía tres años. De cuerpo menudo y proporcionado, serenos ojos azules, pómulos salientes y cabello castaño corto y ensortijado, se parecía muchísimo a Katharine Hepburn. Era modesta, tolerante, amable y firme —una especie de Mary Poppins pero sin paraguas—, e irlandesa. Usaba los vestidos de algodón fino y cuello alto almidonado de su trabajo anterior: cuidar bebés en un hospital de Dublín. Cuando mamá le preguntó cómo quería que la llamáramos, respondió: «Niñera». Era el alma más bella y bondadosa que he conocido, y Tony y yo la adorábamos. Niñera fue un elemento estabilizador durante toda nuestra infancia y se dedicó de manera abnegada a nosotros. Sobre todo se desvivía por mamá.
Recuerdo que Betty O’Kelly entró en mi habitación a darme las buenas noches y me pidió que le abrochara los botoncitos de cristal tallado que cerraban por la espalda su blusa de seda color limón claro. Se había presentado en sociedad, como correspondía a una angloirlandesa de alta cuna, siendo una muchachita alegre e inocente. Ahora, con cerca de treinta años, era vivaracha, divertida y bonita, y una amazona excepcional. Vivía con su familia en el pueblo cercano de Kilcullen y tomó la costumbre de venir cabalgando a Courtown House con cierta regularidad; había entablado amistad con mis padres y les había presentado a la burguesía local y a los miembros del club de caza de Kildare. Mi padre sentía un gran respeto por las mujeres que montaban a caballo. Ver a Betty a lomos de una bella yegua irlandesa debía de encandilarlo. Betts, como la llamábamos, era un espíritu intrépido. Había conducido una ambulancia del Wrens, el cuerpo femenino de la marina británica, durante la Segunda Guerra Mundial y cambiaba una rueda en menos de diez minutos, lo que era de agradecer si por casualidad embarrancabas con ella en los terrenos pantanosos.
Betty llevó a Paddy Lynch, un ex jockey, para que trabajara como mozo de cuadra de papá. Y Paddy se quedó veinte años con nosotros. Bajo de estatura y de complexión delgada, tenía los ojos azules y la piel un poco tostada. Siempre llevaba chaqueta de tweed, gafas y una gorra de paño.
En otoño íbamos al bosque con Paddy a tapar madrigueras de zorros; si sacábamos a los cachorros de sus guaridas, habría más piezas que cobrar en la temporada de caza, pues no tendrían donde refugiarse. Teníamos una hermosa calesa barnizada, tirada por un poni, que avanzaba a buen ritmo sobre sus dos ruedas. Arrebujada en mantas sobre el regazo de mamá, me encantaba contemplar cómo Betts sostenía las riendas y hacía restallar el látigo. En invierno me ponía un mono acolchado verde que había heredado de Tony. No me gustaban ni el aspecto ni la sensación que tenía cuando me subían la cremallera hasta la barbilla. Me daba claustrofobia.
Betts nos enseñó a Tony y a mí a hacer la petaca: a doblar la sábana por la mitad para impedir que la víctima de la broma pudiera meterse en la cama. Y cuando el productor Ray Stark, amigo de papá, vino a pasar unos días, Betts nos indicó cómo esconder entre las sábanas una máquina de afeitar eléctrica y encenderla para asustarlo por la noche.
Otro visitante habitual era el conde Friedrich von Ledebur, miembro de la caballería austríaca y jinete legendario, que estaba casado con Iris Tree, la hija de sir Herbert Beerbohm Tree. Friedrich, de ojos penetrantes y rostro perfilado y aristocrático, era todavía más alto que papá, quien lo había elegido para el papel de Queequeg en Moby Dick. Yo le tenía miedo. Me recordaba a un león. Saltaba a la vista que mi padre lo apreciaba y lo respetaba mucho.
Dalton Trumbo, escritor incluido en la lista negra, también estuvo en Courtown House. Era un hombre amable; un encanto. Me parece que, entre los amigos de papá, los escritores mostraban mayor comprensión, curiosidad y compromiso que el resto.
Montábamos en poni ya de muy pequeños. A los cuatro años me regalaron a Honeymoon; era muy vieja y expiró de forma misteriosa cuando íbamos a medio galope por un campo. Una mañana, mientras paseábamos, Niñera y yo nos topamos con mi hermano, quien salía del bosque a lomos de su poni, al que Paddy Lynch guiaba por las riendas. Al vernos, el animal se puso de manos y se desbocó. A Paddy se le escurrió el ronzal y Tony se cayó. Vimos con horror que el pie le quedaba trabado en el estribo y que el caballo lo llevaba a rastras, con la cabeza rebotando sobre la grava, por el camino de entrada. Cuando el poni finalmente se detuvo temblando ante la puerta de casa, mis padres salieron corriendo y liberaron a Tony de la montura. Hubo que trasladarlo a un hospital de Dublín. Mamá me dijo que no sabía si era muy grave; pero lo cierto era que Tony había perdido parte del cuero cabelludo. Con un molde hice una figurita de yeso de uno de los siete enanitos, que pinté y barnicé con la ayuda de Niñera, y se la llevé cuando fui a visitarlo. Tony tenía la cabeza vendada. Recuerdo que me sentí separada y distante de él en el hospital porque era un lugar que no conocía y me daba miedo. Él estaba en otro nivel. Le había ocurrido algo terrible. Eso lo volvía distinto de los demás.
Betty compró a Waterford para mamá en una subasta. Era una yegua de caza zaina, alta, con una fea cabeza alargada e ideas propias. Mamá hacía denodados esfuerzos por impresionar a papá, pero acababa en el suelo casi siempre que salían a cabalgar. También realizó incursiones en el terreno de caza, siempre vestida inmaculadamente, con un sombrero hongo y sus pies de bailarina apuntando hacia fuera. En cada ocasión, Waterford se detenía bruscamente ante la primera cerca con que se topaban y mamá daba con su cuerpo en tierra. En una caída se rompió la muñeca. Pero, según contaba papá, un buen día, sorprendentemente, Waterford saltó todos los obstáculos. Y mi madre aguantó sobre la montura hasta el final de la cacería. Fue todo un triunfo. Los cincuenta y tantos jinetes regresaban con gran estrépito por los caminos rurales y, cuando llegaron a una granja, alguien abrió la puerta de una pocilga. De pronto papá miró a la izquierda y vio que Waterford hundía lentamente las patas en el estiércol. Dijo: «Ricki, ¡refrénala!». Pero ya era demasiado tarde. Waterford se echó al suelo. Y empezó a revolcarse. Mi madre desapareció unos momentos de la vista. Cuando reapareció estaba cubierta de excrementos de cerdo y solo se le veían los ojos. Fue la última vez que participó en una partida de caza.
Viajamos en un avión que sobrevoló aguas color turquesa, con rumbo a Tobago, donde papá rodaba Solo Dios lo sabe. Vivía en una casa de dos pisos que se erguía solitaria en una playa de arena dorada, con palmeras altísimas a las que los niños nativos trepaban para cortar cocos. Por las mañanas nos despertábamos con el olor del beicon que se freía en la parrilla al aire libre. Cada sábado al atardecer se reunía ante la casa un grupo de lugareños que preparaban un guiso de cangrejo en una olla gigante y bailaban el limbo al ritmo de los tambores metálicos de la isla hasta bien entrada la noche. Tony y yo bailábamos con ellos a la luz del fuego e intentábamos pasar bajo el palo sin tirarlo. Recuerdo a una mujer, flexible como una anguila eléctrica, que, por mucho que lo bajaran, siempre lograba pasar por debajo. Y recuerdo que todos reían y cantaban, sus dientes blancos en la oscuridad. El aire nocturno estaba colmado de luciérnagas y tenía la misma temperatura que la piel.
Una mañana, mientras nadábamos, empezó a llover: un chaparrón tibio en el mar cálido. Cuando llegamos a la playa vi algo que brillaba, como una piel de leopardo pintada, y saqué de la arena una gran concha perfecta de cauri. La primera semana me quemó el sol: mi piel, blanca como la leche, estaba abrasada y se desprendía a tiras. Papá me metió bajo una ducha de agua helada y grité de dolor.
Proyectaron una película de Deborah Kerr en el cine. Deborah, a quien Tony y yo habíamos bautizado como Mrs. Boogum, acudió con Bob Mitchum. En el pasillo, junto a sus butacas, había dos altos letreros con sus nombres escritos en grandes letras negras. Con un vestido azul plateado y el cabello recogido, Deborah estaba radiante, como una princesa, y todos la trataban con deferencia. Mitchum era tan alto como papá e inexpresivo, tenía el cabello moreno y ondulado y un pronunciado hoyuelo en el mentón. Bromeaban y parecían llevarse bien. Antes de que empezara la película los tres se pusieron de pie y todo el mundo aplaudió. Fue mi primer contacto con la fama.
Una noche papá nos llevó a través de la jungla hasta una gran construcción abierta, como un granero. Al parecer éramos los únicos blancos. Dos hombres boxeaban en un cuadrilátero situado en el centro. Alguien pidió a papá que arbitrara el siguiente combate. Se levantó del asiento, a mi lado, y subió al ring pasando bajo las cuerdas. A cierta distancia, en la bochornosa oscuridad, era una figura con un traje de lino blanco que acechaba y oscilaba entre los púgiles.
Papá tenía como mascota un agutí, una criatura parecida a un conejo, de pelaje grisáceo y con una extraordinaria capacidad para correr a gran velocidad. Le daba de comer coco y uvas pasas durante el desayuno y decía que era el animal más raudo del mundo, pero yo nunca lo vi ir a galope tendido. En el puerto atraparon a la tortuga marina que en la película llevaría a Mitchum en un viaje submarino. Era un animal enorme, con un gran caparazón, bajo el cual asomaba la vulnerable cabeza. Un bote te llevaba a los arrecifes, y te daban una especie de bandeja de vidrio para contemplar el acuario natural: la asombrosa profusión de peces y otras criaturas marinas que habitaban esas aguas.
Una noche se celebró una fiesta de disfraces en el hotel. Tony se disfrazó de payaso con una camisa de rayas y los zapatones de papá; era lo que quería ser de mayor. Mamá me confeccionó un pequeño tutú, con lentejuelas cosidas en el cuerpo de satén rosa y varias capas de tul rosa y amarillo. Me pareció tan bonito que después no quise quitármelo.
4
Yo tenía cinco años cuando nos mudamos de Courtown House a St. Clerans, una propiedad de ciento diez acres situada en Craughwell, en el condado de Galway. A unas veinte millas de la costa, la región occidental de Irlanda parecía recién bañada por el mar; los espinos de los elevados terraplenes se doblaban con el viento. Entre los caminos rurales que cruzaban los sembrados de patatas, se veían perifollos y hierbas altas que bordeaban los marjales, pastos y sotos a lo largo del trayecto de Dublín a Galway. Tres millas antes de Craughwell, tras una avenida sombreada por altos olmos y castaños, un portón de piedra conducía a un vasto patio, en cuyo lado izquierdo se alzaba un chalet de piedra caliza con tejado de pizarra y dos pisos: la Casa Pequeña. En el centro del patio había un jardín circular, donde un polichinela de hierro pintado, con las piernas cruzadas, sombrero de tres picos y sonrisa de dientes separados, se abanicaba encaramado a una columna. Era la adquisición más reciente de papá, importada de Francia.
La Casa Pequeña era la vivienda del guarda del futuro hogar de mi padre: la Casa Grande, situada a un centenar de yardas, tras cruzar un puente sobre un arroyo truchero con una islita y una apacible cascada, donde una enorme garza real pescaba crías de peces apoyada en una sola pata. Cuando mis padres vieron por primera vez St. Clerans, adonde les llevaron Derek y Pat Le Poer Trench, sus nuevos amigos de Galway, la propiedad de diecisiete habitaciones estaba en muy mal estado. Papá se la compró a la Comisión de Tierras por diez mil libras. Durante los cuatro años siguientes mi madre se dedicó a restaurar las dos casas. Ambos estuvieron unidos en esa empresa.
Frente a la Casa Pequeña se encontraban los establos y, encima de estos, el taller de pintura de papá, donde viviría hasta que se terminara la Casa Grande. El taller tenía esteras de junco marino en el suelo y ojos de buey con asientos de lana báinín blanca. Las paredes del dormitorio eran, en palabras de mamá, «rojas, del color de una enagua de Galway». La enagua de Galway era una falda gruesa confeccionada con lana de oveja y teñida con sustancias vegetales. Cuando llegamos a Irlanda, en ocasiones —muy pocas— aún se veía con ella a alguna mujer de Connemara y de las lejanas islas Aran. Si era viuda, una cinta de gro negro rodeaba el dobladillo; se sumaban otras cintas por cada hijo que hubiera perdido. Una vez, yendo en coche con mamá por un tramo desierto de carretera entre Maam Cross y Ballynahinch, vimos a una anciana cubierta con un chal negro que llevaba cinco redondeles negros cosidos al ruedo de la falda.
Al lado se hallaba la casa del mozo de cuadras, que ocuparon Paddy y Breda Lynch con sus dos hijas: Mary, casi un año menor que yo, de cabello moreno y ojos azules, que jugaba conmigo, y Patsy, compinche de Tony.
Mamá, Niñera, Tony y yo vivíamos en la Casa Pequeña. Las habitaciones eran cómodas y acogedoras; en el vestíbulo, bajo la escalera, había una percha para colgar los sombreros, y dos perros anaranjados de porcelana Sheffield sobre un velador junto a la entrada. La sala de estar, con paredes color salmón, alfombra verde y cortinas de seda marrón, daba al jardín y tenía una gran chimenea de piedra.
Había una exquisita selección de discos en la Casa Pequeña. A mi madre le gustaban Edith Piaf, Charles Aznavour, Ella Fitzgerald, Yves Montand, Frank Sinatra y Billie Holiday. Había además una ecléctica colección de álbumes de música folk, country y calipso, con nombres como Lead Belly, John Jacob Niles, el Kingston Trio, Burl Ives, Marty Robbins y Harry Belafonte. Escuchábamos a un francés llamado Mouloudji, que interpretaba una canción, «Comme un p’tit coquelicot», acerca de una chica a la que su amante celoso mataba de un tiro en un campo de amapolas, y al conde John McCormack, los Dubliners y Brendan O’Dowda. Teníamos también discos de lecturas —entre ellos Marlon Brando en Julio César, Laurence Olivier en el papel de Hamlet y el discurso de Gettysburg leído por Walter Huston—, además de álbumes de comedias como Bawdy Songs and Backroom Ballads, de Stan Freberg, y las espléndidas grabaciones de Mike Nichols y Elaine May.
Al final del corto pasillo se encontraba la sala del jardín, con estantes que contenían hileras e hileras de libros Penguin en rústica y números atrasados del New Yorker. El papel pintado tenía un dibujo de bambú y hiedra entrelazados sobre un fondo blanco. A la izquierda quedaba la cocina, con una mesa redonda y una bandeja giratoria junto a la ventana doble, que daba al patio.
En el piso de arriba estaba la habitación de mamá, con papel pintado de hojas de parra sobre un fondo azul claro. Las ventanas daban a un tejo gigante que crecía en un jardín cercado, poblado de árboles y arbustos exóticos que el dueño anterior, un explorador llamado Robert O’Hara Burke, había traído de los viajes que había realizado por el mundo a mediados del siglo XIX. Sobre la mesita de noche de mamá había, en sus propias palabras, «una cabeza de caballo de jade verde claro, que se curva como un cisne para formar lo que parece la empuñadura de una espada».
Los vestidos de noche de mamá eran de alta costura, demasiado glamurosos para Irlanda. Mi madre era muy chic y tenía un gran sentido del humor para vestirse. Compraba tweed en Clifden o Donegal y lo llevaba a París para que Chanel lo transformara en trajes. Usaba vaqueros en una época en que nadie más los llevaba en Irlanda. Se ponía blusas españolas con chorreras, un sombrero de gondolero adornado con una cinta roja y nunca
