La catadora

Rosella Postorino

Fragmento

cap-1

1

Entramos de una en una. Tras horas de espera, de pie en el pasillo, necesitábamos sentarnos. La sala era grande; las paredes, blancas. En el centro, una larga mesa de madera ya puesta para nosotras. Nos hicieron una señal para que nos acomodáramos.

Me senté y permanecí así, las manos entrelazadas en el regazo. Ante mí, un plato de loza blanca. Tenía hambre.

Las demás mujeres habían ocupado sus puestos sin hacer ruido. Éramos diez. Algunas estaban sentadas erguidas y con compostura, con el pelo recogido en un moño. Otras miraban alrededor. La chica que tenía enfrente se arrancaba las pielecitas de los dedos y las trituraba con los dientes. Sus mejillas tiernas estaban llenas de rojeces. Tenía hambre.

A las once de la mañana ya estábamos hambrientas. El aire del campo y el viaje en autobús no tenían nada que ver. Aquel vacío en el estómago era miedo. Hacía años que sentíamos hambre y miedo. Y cuando el aroma de las viandas nos embistió el olfato, las sienes latieron con fuerza, la boca se llenó de saliva. Miré a la chica de la cara con rojeces. Estaba tan ávida por comer como yo.

Las judías verdes estaban aderezadas con mantequilla derretida. No probaba la mantequilla desde el día de mi boda. El olor de los pimientos asados me azuzaba el olfato, mi plato rebosaba, no podía apartar los ojos. En el de la chica de enfrente, en cambio, había arroz con guisantes.

—Comed —dijeron desde un rincón de la sala, y fue más que una invitación pero menos que una orden.

Veían las ganas en nuestros ojos. Bocas entreabiertas, respiración agitada. Vacilamos. Nadie había pronunciado buen provecho, así que a lo mejor todavía estaba a tiempo de levantarme y decir gracias, las gallinas han sido generosas esta mañana, por hoy pasaré con un huevo.

Volví a contar a las comensales. Éramos diez, no era la última cena.

—Comed —repitieron desde el rincón, pero yo ya había chupado una judía verde y había sentido fluir la sangre hasta la raíz del pelo, hasta los dedos de los pies, había sentido el pulso acompasarse.

Qué banquete preparas para mí —son tan dulces estos pimientos...—, qué banquete, para mí, sobre una mesa de madera sin mantel, loza de Aquisgrán y diez mujeres; si lleváramos toca pareceríamos monjas, un refectorio de monjas que han hecho voto de silencio.

Empezamos con bocados comedidos, como si no estuviéramos obligadas a engullirla toda, como si pudiéramos rechazarla, esta comida, este almuerzo que no está destinado a nosotras, que nos toca por azar, pues por azar somos dignas de sentarnos a su mesa. Pero después se desliza por el esófago y aterriza en el vacío del estómago, y cuanto más lo llena, más grande se vuelve el vacío, y con más fuerza apretamos los tenedores. El Strudel de manzana está tan rico que de repente los ojos se me llenan de lágrimas, tan rico que me llevo a la boca pedazos cada vez más grandes, engullo un bocado tras otro hasta echar la cabeza atrás y tomar aliento, bajo la mirada de mis enemigos.

Mi madre decía que comer es luchar contra la muerte. Lo decía antes de Hitler, cuando yo iba a la escuela elemental del número 10 de Braunsteingasse, en Berlín, y Hitler no estaba. Me anudaba el lazo del delantal, me alargaba la cartera y me advertía de que llevara cuidado, durante el almuerzo, de no atragantarme. En casa tenía la mala costumbre de hablar sin parar, hasta con la boca llena, hablas demasiado, me decía, y yo me atragantaba justamente porque me daba risa su tono trágico, su método educativo fundado en la amenaza de extinción. Como si cada gesto que hacemos para sobrevivir nos expusiera a un peligro de muerte: vivir era peligroso; el mundo entero, una emboscada.

Cuando acabamos de comer, se acercaron dos soldados de la SS y la mujer sentada a mi izquierda se levantó.

—¡Siéntate! ¡Vuelve a tu sitio!

La mujer se dejó caer como si la hubieran empujado. Una de las trenzas que llevaba enrolladas a los lados de la cabeza se soltó de la horquilla que la sujetaba y se balanceó un poco.

—No tenéis permiso para levantaros. Permaneceréis aquí, sentadas a la mesa, hasta nueva orden. En silencio. Si la comida estaba contaminada, el veneno entrará en el torrente sanguíneo rápidamente. —El de la SS nos escrutó una por una para observar nuestra reacción. Nadie rechistó. Después se dirigió de nuevo a la mujer que se había levantado: llevaba puesto un Dirndl, el traje tradicional tirolés, quizá como gesto de respeto—. Una hora será suficiente, tranquila —le dijo—. Una hora más y estaréis en libertad.

—O muertas —apostilló su compañero.

Sentí una opresión en el pecho. La chica de las rojeces se cubrió la cara con las manos y reprimió los sollozos.

—Para ya —gruñó la morena que estaba a su lado, pero a aquellas alturas también lloraban las demás, como cocodrilos saciados; puede que fuera un efecto de la digestión.

—¿Puedo preguntarle cómo se llama? —le pregunté con voz queda. La chica no entendió que me dirigía a ella. Alargué la mano y le rocé una muñeca; ella dio un respingo y me miró con expresión obtusa; le habían explotado todas las venillas de la piel—. ¿Cómo te llamas? —repetí.

La chica levantó la cabeza hacia el rincón, no sabía si tenía permiso para hablar; los soldados se hallaban distraídos, era casi mediodía, empezaban a tener apetito. A lo mejor no estaban vigilándonos, así que masculló, como si fuera una pregunta, aunque era su nombre:

—Leni, Leni Winter.

—Leni, yo me llamo Rosa —le dije—. Dentro de poco volveremos a casa, ya lo verás.

Leni era todavía una cría, lo delataban sus nudillos regordetes; se le veía en la cara que nunca se había dado un revolcón en un granero, ni dejándose llevar por la inercia exhausta del final de la cosecha.

En 1938, después de la marcha de mi hermano Franz, Gregor me trajo aquí, a Gross-Partsch, para que conociera a sus padres: se enamorarán de ti, me decía, orgulloso de la secretaria berlinesa a la que había conquistado, la chica que se había prometido con su jefe, como en las películas.

Fue muy bonito aquel viaje en sidecar rumbo al este. «Verso est noi cavalchiam», decía la canción. La difundían por los altavoces, no solo el 20 de abril. El cumpleaños de Hitler se celebraba todos los días.

Era la primera vez que cogía un ferry y salía de viaje con un hombre. Herta me alojó en la habitación de su hijo, y a él le asignó el desván. Cuando sus padres estuvieron acostados, Gregor abrió la puerta y se metió en mi cama.

—No —susurré—, aquí no.

—Pues vamos al granero.

Se me nubló la vista.

—No puedo. ¿Y si se entera tu madre?

Nunca habíamos hecho el amor. Yo no lo había hecho nunca, con nadie.

Gregor me acarició despacio los labios, dibujando su contorno, después los apretó con las yemas, cada vez más, hasta dejar al descubierto los dientes, abrirse paso en mi boca e introducir dos dedos en ella. Sentí su aspereza sobre la lengua. Habría podido cerrar la mandíbula, morderle. A Gregor ni se le pasó por la cabeza. Siempre se fio de mí.

Durante la noche, no pude resistirme, subí al desván, y fui yo la que abrió la puerta. Gregor dormía. Acerqué los labios entreabiertos a los suyos, para unir nuestros alientos; se despertó.

—¿Querías saber cómo huelo mientras duermo? —Me sonrió.

Le introduje un dedo en la boca, después otro y luego uno más. Sentí su boca ensancharse, la saliva mojarme los dedos. El amor era eso: una boca que no muerde. O la posibilidad de morder a traición, como un perro que se vuelve contra su amo.

Llevaba puesto el collar de cuentas rojas cuando, en el viaje de vuelta, me cogió por la nuca. No sucedió en el granero de su casa, sino en un camarote interior.

—Tengo que salir —murmuró Leni. Solo yo me di cuenta.

La mujer morena que estaba sentada a su lado tenía los pómulos marcados, el pelo brillante, la mirada dura.

—Chis. —Acaricié la muñeca de Leni; esta vez no dio un respingo—. Faltan veinte minutos, ya casi está.

—Tengo que salir —insistió.

La morena la miró con malos ojos.

—No tienes ninguna intención de callarte, ¿eh? —La zarandeó.

—Pero ¿qué haces? —casi le grité.

Los de la SS se volvieron hacia mí.

—¿Qué está pasando?

Todas las mujeres se volvieron hacia mí.

—Por favor —dijo Leni.

Un soldado se colocó delante de mí. Agarró a Leni por un brazo y le susurró algo al oído, algo que no pude oír, pero que a ella le alteró el semblante hasta desfigurárselo.

—¿Se encuentra mal? —preguntó otro soldado.

La mujer del Dirndl volvió a levantarse:

—¡El veneno!

Las demás mujeres también se levantaron, mientras a Leni le daba una arcada; el de la SS se apartó justo a tiempo cuando ella vomitó en el suelo.

Los soldados salieron de la sala a toda prisa, llamaron al cocinero, le interrogaron; el Führer tenía razón, los ingleses quieren envenenarlo; algunas mujeres se abrazaron, otras lloraron contra la pared, la morena iba y venía con los brazos en jarras haciendo un ruido extraño por la nariz. Yo me acerqué a Leni y le sujeté la frente.

Las mujeres se llevaban las manos al vientre, pero no debido a los retortijones. Habían saciado el hambre, y no estaban acostumbradas.

Nos retuvieron allí más de una hora. Limpiaron el suelo con papeles de periódico y una bayeta húmeda; quedó un hedor acre. Leni no murió, solo dejó de temblar. Después se durmió con una mano en la mía y la cara sobre el brazo, apoyada en la mesa, como una cría. Yo notaba que el estómago se me dilataba y borboteaba, pero estaba demasiado cansada para preocuparme por eso. Gregor se había alistado en el ejército.

Yo no era nazi, nunca lo fuimos. De niña no quería entrar en la Bund Deutscher Mädel, la Liga de Muchachas Alemanas; no me gustaba el pañuelo negro que se pasaba bajo el cuello de la camisa blanca. Nunca fui una buena alemana.

Cuando el tiempo opaco y desmedido de nuestra digestión dio por finalizada la alarma, los soldados despertaron a Leni y nos pusieron en fila para que subiéramos al autobús que nos llevaría de vuelta a casa. Mi estómago ya no borbotaba: se había dejado ocupar. Mi cuerpo había absorbido la comida del Führer, su comida circulaba por mi sangre. Hitler estaba a salvo. Yo volvía a tener hambre.

cap-2

2

Entre las paredes blancas del comedor, ese día me convertí en una catadora de Hitler.

Corría el otoño de 1943, tenía veintisiete años, cincuenta horas de viaje y setecientos kilómetros a su espalda. Había dejado Berlín para trasladarme a Prusia Oriental, donde había nacido Gregor, y Gregor no estaba. Hacía una semana que me había mudado a Gross-Partsch para huir de la guerra.

Se habían presentado el día antes en casa de mis suegros, sin previo aviso, diciendo buscamos a Rosa Sauer. No les oí porque estaba en el patio trasero. Ni siquiera oí la camioneta cuando aparcó delante de la casa, pero vi que las gallinas volvían en tromba al gallinero, empujándose unas a otras.

—Te buscan —dijo Herta.

—¿Quién?

Se volvió sin responder. Llamé a Zart, no acudió: era un gato mundano, se iba de paseo al pueblo a primera hora de la mañana. Después seguí a Herta pensando quién me buscará, aquí nadie me conoce, soy una recién llegada, Dios mío, ¿habrá vuelto Gregor?

—¿Ha vuelto mi marido? —pregunté, pero Herta ya estaba en la cocina, de espaldas a la entrada, obstaculizando la luz.

Joseph también estaba de pie, con una mano apoyada en la mesa, inclinado.

Heil Hitler! —Dos siluetas oscuras lanzaron el brazo derecho en mi dirección.

Les devolví el saludo mientras cruzaba el umbral. La sombra se disipó de sus caras. Había dos hombres con uniforme gris pardo en la cocina.

—¿Rosa Sauer? —preguntó uno.

Asentí.

—El Führer la necesita.

Ni siquiera me conocía, el Führer. Pero me necesitaba.

Herta se secó las manos en el delantal y el de la SS siguió hablando; se dirigía a mí, me miraba solo a mí, me escrutaba para evaluarme, mano de obra en perfecto estado de salud; el hambre, claro está, me había debilitado un poco, las sirenas nocturnas me habían robado el sueño, la pérdida de todo, de todos, me había estropeado los ojos. Pero tenía la cara fresca, el pelo espeso y rubio: una joven hembra aria ya domada por la guerra, ver para creer, producto nacional al cien por cien; hacían un negocio redondo.

El de la SS se encaminó a la puerta.

—¿Puedo ofrecerles algo? —preguntó Herta con un retraso imperdonable. La gente de campo no sabe recibir a los huéspedes importantes.

Joseph se envaró.

—Vendremos mañana a las ocho, sea puntual —dijo el de la SS que hasta entonces había permanecido en silencio, y también enfiló el camino de la salida.

Los de la Schutzstaffel se hacían los modositos o no les gustaba el café de bellota tostada, pero puede que quedara algo de vino, una botella guardada en el sótano para cuando regresara Gregor; sea como fuere, no tomaron en consideración la invitación de Herta, tardía por otra parte, hay que reconocerlo. O puede que, sencillamente, fueran insobornables, que templaran el cuerpo en la renuncia; el vicio debilitaba y ellos poseían fuerza de voluntad. Gritaron Heil Hitler! alzando el brazo, dirigiéndose a mí.

Cuando la camioneta arrancó, me acerqué a la ventana. Las marcas de las ruedas sobre la gravilla trazaban el sendero de mi condena. Me desplacé a otra ventana, a otra habitación, rebotando de un lado a otro de la casa en busca de aire, de una salida. Herta y Joseph me seguían. Por favor, dejadme pensar. Dejadme respirar.

Según los de la SS, habían obtenido mi nombre del alcalde. El alcalde de un pueblo pequeño conoce a todo el mundo, incluso a los recién llegados.

—Se nos tiene que ocurrir algo. —Joseph se apretaba la barba con el puño, la estrujaba como si de ahí pudiera salir una solución.

Trabajar para Hitler, sacrificar la vida por él: ¿no era acaso lo que hacían todos los alemanes? Pero de eso a ingerir comida envenenada y morir sin más, sin que ni siquiera mediara un disparo de fusil, una explosión...; Joseph no lo aceptaba. Una muerte con sordina, entre bastidores. Una muerte de ratón, nada heroica. Las mujeres no mueren como héroes.

—Tengo que irme.

Acerqué la cara al cristal; procuraba respirar hondo, pero un pinchazo en la clavícula me lo impedía puntualmente. Cambiaba de ventana. Un pinchazo en las costillas, me costaba respirar.

—He venido hasta aquí para estar mejor, y en cambio corro el peligro de morir envenenada. —Reí con hastío; un reproche dirigido a mis suegros, como si tuvieran la culpa de que los de la SS hubieran ido a buscarme.

—Tienes que esconderte —dijo Joseph—, refugiarte en alguna parte.

—En el bosque —sugirió Herta.

—¿Dónde en el bosque? Para morirme de hambre y frío...

—Nosotros te llevaremos de comer.

—Faltaría más —confirmó Joseph—, no te abandonaremos.

—¿Y si me buscan?

Herta miró a su marido.

—¿Tú crees que se pondrán a buscarla?

—Bien no se lo tomarán, eso seguro... —Joseph no se comprometía. Yo era un desertor sin ejército, era ridícula—. Podrías volver a Berlín —propuso.

—Sí, podrías volver a casa —confirmó Herta—, no te seguirán hasta allí.

—Ya no tengo casa en Berlín, ¿o es que no se acuerda? ¡No habría venido hasta aquí si hubiera habido alguna alternativa! —Las facciones de Herta se endurecieron. En un instante había traspasado todo atisbo de pudor que nuestra relación, lo poco que nos conocíamos la una a la otra, imponía—. Lo siento, no quería decir eso...

—No importa —atajó.

Le había faltado al respeto, pero al mismo tiempo había abierto de par en par la puerta de la confianza entre nosotras. La sentí tan cercana que habría querido aferrarme a ella, sujéteme, ocúpese de mí.

—¿Y qué será de ustedes? —pregunté—. ¿Y si vienen a buscarme y al no encontrarme la toman con ustedes?

—Nos las arreglaremos —respondió Herta, y se alejó.

—¿Qué quieres hacer? —Joseph se había soltado la barba. No había solución.

Yo prefería morir en un lugar extraño antes que en mi ciudad, donde ya no me quedaba nadie.

El segundo día como catadora me levanté al amanecer. El gallo había cantado y las ranas habían dejado de croar de repente, como si el sueño las hubiera vencido a todas a la vez; en ese momento, después de haber pasado la noche en vela, me sentí sola. En el reflejo de la ventana me vi los cercos amoratados bajo los ojos y me reconocí. No era culpa del insomnio ni de la guerra, las ojeras siempre habían formado parte de mi cara. Mi madre decía cierra ya esos libros, mira qué aspecto; mi padre decía ¿no será falta de hierro, doctor?, y mi hermano restregaba su frente contra la mía porque ese roce como de seda le hacía conciliar el sueño. Mi reflejo en la ventana me devolvió los mismos ojos cansados de cuando era niña, y supe que habían sido un presagio.

Salí a buscar a Zart, que dormitaba ovillado al lado del corral, cual guardián de las gallinas. Por otro lado, no es prudente dejar solas a las señoras —Zart sabía que era un macho a la antigua—. Gregor, en cambio, se había ido: quería ser un buen alemán, no un buen marido.

La primera vez que salimos juntos, me citó delante de un café cercano a la catedral, y llegó tarde. Nos sentamos a una de las mesas de la terraza: el aire era más bien frío, a pesar del sol. Yo me distraje intentando descifrar una melodía en el trino de los pájaros y una coreografía en su vuelo, ejecutada expresamente para mí, para aquel momento que por fin había llegado y que se parecía al amor que había soñado de chiquilla. Un pájaro se separaba de la bandada; solo y orgulloso, descendía en picado hasta casi zambullirse en el Esprea, rozaba el agua con las alas extendidas y enseguida remontaba el vuelo: había sido un repentino deseo de fuga, un arranque de inconsciencia, el gesto impulsivo de una euforia embriagadora. Yo la sentía bullir en mis piernas, esa euforia. Con mi jefe, el joven ingeniero sentado conmigo en el bar, me descubría eufórica. La felicidad acababa de empezar.

Había pedido un trozo de pastel de manzana y ni siquiera lo había probado. Gregor se dio cuenta: ¿no te gusta? Yo reía: no lo sé. Le acerqué el plato para que lo probara, y cuando lo vi tomar el primer bocado, masticando deprisa, con avidez mecánica, también me apeteció. Así que probé un trocito y después otro más, y acabamos comiendo del mismo plato, charlando de todo un poco, sin mirarnos, como si esa intimidad fuera ya excesiva, hasta que nuestros tenedores se cruzaron. En ese instante nos interrumpimos, levantamos la cabeza. Nos miramos largamente, mientras los pájaros seguían revoloteando o se posaban cansados sobre las ramas, las barandillas o las farolas; quién sabe, quizá apuntaban al río con sus picos para arrojarse al agua y no salir a la superficie nunca más. Después, Gregor sujetó adrede mi tenedor con el suyo y fue como si me tocara.

Herta salió a recoger los huevos más tarde de lo acostumbrado; quizá tampoco había pegado ojo y le había costado levantarse a la hora de siempre. Me encontró allí, inmóvil en la silla de hierro oxidado, con Zart a mis pies; se sentó a mi lado, olvidándose del desayuno.

La puerta chirrió.

—¿Ya están aquí? —preguntó Herta.

Joseph, apoyado en el quicio, negó con la cabeza.

—Los huevos —dijo señalando con el dedo hacia la era.

Zart fue a su encuentro caminando de costado; eché de menos su calor.

El resplandor del amanecer ya se había retirado como una resaca, desnudando el cielo de la mañana, pálido y mortecino. Las gallinas empezaron a aletear, los pájaros a trinar y las abejas a zumbar en un trasfondo de luz que me daba dolor de cabeza, pero el chirrido de los frenos de un vehículo los acalló.

—¡Levántate, Rosa Sauer! —oímos gritar.

Herta y yo nos pusimos en pie de un brinco, Joseph volvió atrás con los huevos en la mano. Los había apretado con demasiada fuerza, había roto uno sin darse cuenta, de entre sus dedos se escurrían regueros viscosos de un anaranjado brillante. No pude evitar seguir su trayectoria: se despegarían de la piel y se depositarían en el suelo sin hacer ruido.

—¡Date prisa, Rosa Sauer! —me apremiaron los de la SS.

Herta me empujó con suavidad, me moví.

Prefería esperar a que Gregor volviera. Creer que la guerra acabaría. Prefería comer.

Ya en el autobús eché una ojeada y me senté en el primer sitio libre lejos de las demás mujeres. Había cuatro; dos se habían sentado cerca, las otras dos, cada una por su cuenta. No recordaba sus nombres. Solo conocía el de Leni, que todavía no había subido.

Ninguna de ellas me devolvió los buenos días. Miré a Herta y a Joseph por la ventanilla salpicada de gotas de lluvia secas. Ella, de pie en la puerta, levantaba el brazo, a pesar de la artrosis; él tenía un huevo roto en la mano. Miré la casa —las tejas oscurecidas por el musgo, el enlucido rosa y las flores de valeriana que brotaban en matas sobre el terreno desnudo— hasta que desapareció detrás de la curva. La miraría todas las mañanas como si fuera la última vez. Con el tiempo, dejaría de pesarme.

El cuartel general de Rastenburg estaba a tres kilómetros de Gross-Partsch, oculto en el bosque, invisible desde lo alto. Cuando los operarios empezaron a construirlo, contaba Joseph, a la gente de los alrededores le intrigó aquel ir y venir de furgonetas y camiones por el bosque. Los aviones militares rusos nunca lo habían localizado. Pero nosotros sabíamos que Hitler estaba allí, que no dormía lejos de allí, y que en verano quizá se removería en la cama intentando cazar los mosquitos que turbaban su sueño; que tal vez él también se rascaría las picaduras rojas, vencido por los deseos contrapuestos que causa el prurito: por insoportable que sea el archipiélago de habones sobre la piel, una parte de ti no quiere que desaparezcan para no renunciar al intenso alivio de rascarte.

La llamaban Wolfsschanze, la Guarida del Lobo. Ese era su apodo, el Lobo. Incauta como Caperucita Roja, acabé en su barriga. Una legión de cazadores estaba buscándolo. Con tal de cazarlo, me eliminarían a mí también.

cap-3

3

Cuando llegamos a Krausendorf, nos encaminamos en una fila ordenada hacia el edificio escolar de ladrillos rojos ahora destinado a cuartel militar. Cruzamos el umbral con la docilidad de las reses; los de la SS nos retuvieron en el pasillo y nos cachearon. Sentir sus manos demorándose en las caderas, bajo las axilas, y no poder sino aguantar la respiración, fue terrible.

Hicieron recuento y apuntaron las presencias en una lista; descubrí que la morena que había zarandeado a Leni se llamaba Elfriede Kuhn.

Nos hicieron entrar de dos en dos en una sala que olía a alcohol, mientras las demás permanecían fuera a la espera de su turno. Apoyé el codo en el pupitre escolar, y un hombre de bata blanca me ató un lazo hemostático en el brazo y me dio unos golpecitos en la piel con los dedos índice y medio unidos. La toma de sangre sancionó de manera definitiva nuestra condición de cobayas: si el día anterior podía haber tenido el aspecto de una inauguración, de un ensayo general, a partir de ese momento nuestra actividad de catadoras era ya inderogable.

Cuando la aguja entró en la vena aparté la mirada. Elfriede estaba a mi lado, absorta en la visión de la jeringuilla que succionaba su sangre y se llenaba de un rojo cada vez más oscuro. Nunca he podido soportar la visión de mi sangre: reconocer ese líquido oscuro como algo que sale de mi interior hace que me maree. Por eso la miraba a ella, su postura de eje cartesiano, su indiferencia. Intuía la belleza de Elfriede, pero todavía no lograba verla —un teorema matemático a punto de ser demostrado.

Antes de que pudiera darme cuenta, su perfil se transformó en una cara adusta que me miraba fijamente. Dilató las aletas de la nariz, como si el aire no le bastara, y yo abrí la boca para tomar aliento. No dije nada.

—Apriete fuerte —advirtió el hombre de la bata haciendo presión sobre mi brazo con un algodón.

Oí el lazo hemostático de Elfriede soltarse con un chasquido y su silla arrastrarse por el suelo. Yo también me levanté.

En el comedor, esperé a que se sentaran las demás. La mayoría de las mujeres tendía a ocupar la misma silla que el día anterior; nadie se sentó en la de enfrente de Leni, desde entonces fue mía.

Después del desayuno —leche y fruta—, nos sirvieron la comida. En mi plato, un pastel de espárragos. Con el tiempo, comprendería que suministrar combinaciones distintas de alimentos a grupos de chicas diferentes era un ulterior procedimiento de control.

Estudié el comedor —las ventanas con las rejas de hierro, la salida al patio constantemente vigilada por un centinela, las paredes desnudas— como se estudia un ambiente extraño. El primer día de colegio, cuando mi madre me dejó en clase y se marchó, la idea de que pudiera pasarme algo malo sin que ella se enterara me llenó de tristeza. Más que la amenaza del mundo que se cernía sobre mí, me turbaba la impotencia materna. Que mi vida siguiera su curso mientras ella lo ignoraba me parecía inaceptable. Lo que le era extraño, aun sin intención por mi parte, ya era una traición. Busqué una grieta en la pared, una telaraña, algo que hacer mío, al igual que un secreto. Mis ojos vagaron por la clase, que me parecía enorme; después noté que faltaba un trozo de zócalo y me tranquilicé.

En el comedor de Krausendorf, el zócalo estaba intacto; yo, sola, y Gregor, ausente. Las botas de los soldados de la SS dictaban el ritmo de la comida, marcaban la cuenta atrás de nuestra posible muerte. Qué exquisitez estos espárragos, pero ¿el veneno no es amargo? Tragaba con el corazón en un puño.

Elfriede también comía espárragos y me observaba, yo bebía un vaso de agua tras otro para diluir la angustia. Puede que ella sintiera curiosidad por mi vestido; a lo mejor Herta tenía razón, aquel estampado de rombos estaba fuera de lugar, aquello no era una oficina y yo ya no trabajaba en Berlín; quítate de encima ese aspecto de chica de ciudad, me había dicho mi suegra, o todo el mundo te mirará mal. Elfriede no me miraba mal, o quizá sí, pero yo me había puesto el vestido más cómodo que tenía, el que más había llevado —el uniforme, como lo llamaba Gregor—. El vestido con que no tenía que plantearme nada, ni si me sentaba bien ni si me daría buena suerte; me protegía, incluso de Elfriede, que me escrutaba sin ningún disimulo, hurgaba entre los rombos con tal vehemencia que habría podido descomponerlos, con tal vehemencia que habría podido descoser el dobladillo, desatar los cordones de mis zapatos de tacón y alisar la onda marcada en mi pelo a la altura de la sien, mientras yo seguía bebiendo y mi vejiga seguía hinchándose.

La comida todavía no había acabado y no sabía si nos estaba permitido abandonar la mesa. Me dolía la vejiga, como en el sótano de Budengasse, donde mi madre y yo nos refugiábamos de noche con los demás vecinos cuando sonaba la sirena. Pero aquí no disponía de un cubo en un rincón, y no podía aguantarme más. Sin pensarlo dos veces, me levanté y pedí permiso para ir al baño. Los de la SS accedieron; mientras un hombre muy alto de pies muy grandes me escoltaba por el pasillo, oí la voz de Elfriede:

—Yo también necesito ir al baño.

Las baldosas estaban desgastadas; las juntas, ennegrecidas. Dos lavabos y cuatro puertas. El de la SS se quedó vigilando en el pasillo, nosotras entramos, me encerré en uno de los retretes. No oí cerrarse ninguna puerta ni correr el agua. Elfriede había desaparecido o estaba a la escucha. En el silencio, el sonido de mi orina me humilló. Cuando abrí la puerta, ella la bloqueó con la punta del zapato. Me puso una mano en el hombro y me empujó contra la pared. Los azulejos olían a desinfectante. Acercó su cara a la mía, casi con dulzura.

—¿Qué quieres? —me dijo.

—¿Yo?

—¿Por qué me mirabas mientras nos sacaban sangre? —Intenté zafarme, me lo impidió—. Te voy a dar un consejo: métete en tus asuntos. Mientras estemos aquí dentro, lo mejor es que nadie se meta donde no le llaman.

—Es que no soporto la vista de mi sangre.

—¿Y la de los demás, en cambio, la soportas?

Un fragor metálico contra la madera nos sobresaltó; Elfriede se echó atrás.

—¿Qué estáis tramando? —preguntó el soldado desde fuera, y entró. Las baldosas estaban húmedas y frías, o era el sudor en mi espalda—. ¿Qué, cuchicheando? —Llevaba unas botas enormes, perfectas para aplastar cabezas de serpiente.

—Me he mareado, debe de haber sido por lo de la sangre —murmuré tocándome el puntito rojo en el hueco del codo, sobre la vena en relieve—. Me ha ayudado. Ya me encuentro mejor.

El soldado nos advirtió que si nos pillaba otra vez en actitud íntima, nos daría un escarmiento. Bueno, dijo, en realidad se aprovecharía de la situación. Y, de manera inesperada, se echó a reír.

Volvimos al comedor, con el Larguirucho pisándonos los talones. Se equivocaba.

No había intimidad entre Elfriede y yo, sino miedo. Medíamos a los demás y el espacio que nos rodeaba con el mismo terror inconsciente de los recién nacidos.

Por la tarde, en el baño de casa de mis suegros, el olor a espárragos que desprendía mi orina me recordó a Elfriede. Seguramente, sentada en el váter, ella percibía el mismo olor. Como Hitler en su búnker de la Guarida del Lobo. Aquella tarde, la orina de Hitler olía igual que la mía.

cap-4

4

Nací el 27 de diciembre de 1917, once meses antes de que acabara la Gran Guerra. Un regalo de Navidad después de las fiestas. Mi madre decía que Santa Claus se había olvidado de mí, pero que, ya de vuelta en el trineo, me oyó llorar, tan arrebujada en mantas que ni siquiera se me veía, y tuvo que volver a Berlín a su pesar: acababa de empezar las vacaciones y aquella entrega imprevista era un incordio. Menos mal que se dio cuenta, decía papá, porque aquel año fuiste nuestro único regalo.

Mi padre era empleado del ferrocarril; mi madre, modista. El suelo del cuarto de estar siempre se encontraba cubierto de carretes e hilos de todos los colores. Mi madre chupaba el cabo de la hebra para que fuera más fácil enfilarla por la aguja; yo la imitaba. Chupaba las hebras a escondidas y jugueteaba con ellas con la lengua, probando su textura en el paladar; después, cuando se habían convertido en un grumo húmedo, no lograba resistir la tentación de tragármelo para ver si, una vez dentro de mí, me provocaba la muerte. Pasaba los minutos siguientes intentando advertir las señales de mi muerte inminente, pero como no me moría acababa olvidándolo. De todas maneras, siempre guardaba el secreto, y a veces me acordaba de noche, convencida de que había llegado mi hora. El juego de la muerte empezó muy pronto. No hablaba de ello con nadie.

Por las noches, mi padre escuchaba la radio, y mi madre barría los hilos esparcidos por el suelo y se acostaba con el Deutsche Allgemeine Zeitung abierto, ansiosa por leer un nuevo episodio de su novela por entregas favorita. Mi infancia fue eso, el vaho en los cristales de las ventanas que daban a Budengasse; las tablas de multiplicar aprendidas de memoria antes de tiempo; el camino a pie hacia el colegio con los zapatos demasiado grandes primero y demasiado pequeños después; las hormigas decapitadas con las uñas; los domingos en que papá y mamá leían en el púlpito, los salmos ella y las Epístolas a los Corintios él, y yo los escuchaba desde el banco, orgullosa o aburrida; una moneda de un Pfennig escondida en la boca —el metal era salado, picaba, entornaba los ojos de gusto, la empujaba con la lengua hasta el borde de la garganta, cada vez más en vilo, a punto de caer rodando, y después la escupía de golpe—. Mi infancia eran los libros bajo la almohada, las cantilenas que entonaba con mi padre, la gallinita ciega en la plaza, el Stollen en Navidad, las excursiones al Tiergarten, el día en que me asomé a la cuna de Franz, me puse su manita entre los dientes y la mordí con fuerza. Mi hermano berreó como suelen hacerlo los recién nacidos cuando se despiertan, nadie supo lo que le había hecho.

Fue una infancia llena de culpas y secretos, y yo estaba demasiado concentrada en guardarlos para pensar en los demás. No me preguntaba dónde conseguían la leche mis padres, que costaba cientos y luego miles de marcos, si asaltaban las tiendas de comestibles desafiando a la policía. Ni siquiera me pregunté, años después, si también se sentían humillados por los Tratados de Versalles, si odiaban a Estados Unidos como todo el mundo, si se consideraban injustamente condenados como culpables por una guerra en que mi padre había tomado parte —había pasado una noche entera en una trinchera con un francés y, en un momento dado, se había quedado dormido al lado del cadáver.

En la época en que Alemania era una congestión de heridas, mi madre chupaba el cabo de las hebras con los labios hacia dentro, poniendo una cara de tortuga que me hacía reír, mi padre escuchaba la radio después del trabajo fumando cigarrillos Juno y Franz dormitaba en la cuna con el brazo doblado y la mano cerca de la oreja, sus pequeños dedos apretados en un puño de carne tierna.

En mi habitación, hacía el inventario de mis culpas y mis secretos, y no sentía ningún remordimiento.

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5

—No entiendo nada —murmuró Leni. Estábamos sentadas a la mesa del comedor, ya recogida después de la cena, con los libros abiertos y los lápices que nos habían dado los centinelas—. Hay demasiadas palabras difíc

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